Capítulo 2


Estaba oscuro y le llevó un momento enfocar la visión. Sin embargo, en cuanto consiguió concentrarse, identificó una distracción de Hannibal que le permitió zafarse de la presión insoportable en su cuello. Se incorporó, veloz, y lo arrojó al suelo.

En sus nuevas posiciones, la daga que Hannibal le había lanzado al apuntarle con el arma ahora estaba más cerca de él que del otro. De un zarpazo, la tomó y la empuñó hacia Hannibal. Sin darle tiempo a nada, sin pensarlo él mismo, como si desde un inicio esta hubiera sido su única intención, atravesó su vena yugular con una punzada que dejó la sangre salir a chorros.

Permaneció inmóvil, observando al hombre que yacía bajo él mientras su rostro se salpicaba de rojo. Hannibal no le ofreció ninguna mueca de dolor. Por el contrario, mientras mantuvo la conciencia, le sonrió.

A medida que las gotas se escurrían por su cuello, Will fue alcanzado por la convicción de que su destinado siempre viviría en él. Y, con el cuchillo aún en su mano, reconoció el placer que lo desbordaba.

Fue en ese preciso instante cuando abrió los ojos.

Con una rápida ojeada a su propio cuerpo, supo que estaba sentado en el sillón de su casa. Su ropa no tenía arrugas visibles ni manchas de fluidos corporales. También sus manos se veían limpias. Sus perros dormían plácidamente a su alrededor.

Todo parecía indicar que no había salido de su casa aquel día. ¿Había sido un sueño? Que Hannibal fuera un asesino... y que él lo hubiera matado a su vez, con una no del todo clara excusa de defensa propia. Un sueño. O una pesadilla.

Sonaba razonable. Era posible que, en medio del delirio del insomnio permanente, se hubiera sentado en el sillón un momento para reflexionar sobre el caso que tenía entre manos o para acariciar a sus perros y simplemente se hubiera quedado dormido hasta el día siguiente. Solo el ruido persistente de una gotera estropeaba esa plácida suposición. No recordaba tener una canilla que perdiera.

Pero la fontanería no pudo seguir ocupando su mente. Enseguida otra cosa, mucho más grave, llamó su atención. Se inclinó sobre sí mismo para olfatear su ropa cerca de las axilas y el cuello. Su aroma... había cambiado. Se trataba de su característico aroma de alfa, como si hubiera olvidado tomar sus supresores durante una semana entera. Y él nunca olvidaba tomar sus supresores.

Como si fuera poco, no solo podía percibirse más fuerte que nunca. También estaba… distinto. Cerró los puños y se le escapó un gruñido. Varios de sus perros se giraron a verlo, atentos a cualquier orden que pudiera darles. Pero Will no estaba ahora para prestarles atención y ocuparse de transmitirles la tranquilidad que no tenía.

Es que solo había dos cosas que podían cambiar el aroma de un alfa o de un omega. Haber anudado —y eso estaba bastante seguro de no haberlo hecho— y haber encontrado a su destinado. El aroma del reconocimiento. Su propio cuerpo avisándole que había dado, finalmente, con el hogar.

Un hogar lleno de muerte.

La certeza cayó sobre él como una nueva forma de la asfixia. Había encontrado a su destinado... y se trataba del asesino más buscado del país.

En un rapto de lucidez, tomó su teléfono y marcó el número de Jack. Debía decírselo de inmediato. Antes de que Hannibal pudiera planear una coartada, antes de que se escapara del país… mientras el teléfono sonaba, por fin levantó la mirada para contemplar su entorno, más allá del sillón y de los perros, y fue entonces que lo vio: un brazo colgado entre sus utensilios de cocina, goteando sangre desprolijamente sobre su fregadero.

—¡Will, al fin me devuelves la llamada! —exclamó Jack del otro lado, sorprendiéndolo—. Ha habido otro crimen, te necesitamos en la escena. Sea quien sea, el asesino se ha llevado dos trofeos, el hígado… y el brazo derecho. El Dr. Lecter está colaborando con el perfilamiento, pero te necesitamos a ti.

Will tragó fuerte. Su mesada, sus baldosas, todo rezumaba rojo como si el cadáver hubiera sido despedazado en su propia casa. Aunque pasara el resto del día limpiando ese desastre, las pruebas incriminatorias permanecerían en todas partes. No le hacía falta buscar para saber que nada de aquello apuntaría hacia Hannibal. Debía elegir rápido y las opciones eran pocas, si es que tenía alguna realmente.

—Voy para allá —fue todo lo que pudo decir.

Quitó el brazo de la ganzúa que lo sostenía para que el insistente sonido de goteo parara de una vez. Pero no hizo nada más. Ni siquiera intentó deshacerse de alguna de las manchas de sangre. ¿Para qué?

Condujo cerca de una hora hasta el sitio que Jack le indicó por mensaje. Jack, Hannibal y varios agentes seguían allí, dando vueltas entorno al cadáver que él ya conocía, agregando cintas para impedir el paso, carteles numerando las pruebas y otros objetos desagradables que entorpecían la calidad artística de todo aquello.

Will se estremeció al comprender que, apenas había llegado, lo primero que había pensado fue que aquel cuerpo dispuesto como un cuadro de Caravaggio, con sus luces y sombras, era bellísimo. ¿Cómo había llegado a formular semejante idea? Además, ¿desde cuándo tenía él presente en su mente la estética de Caravaggio?

¿Cuánto... cuánto había conseguido meterse en su cerebro ese psiquiatra?

(Era mejor llamarle así, era mejor poner la distancia que aún se pudiera).

Antes de que continuara esa línea de pensamiento, una voz demasiado conocida resonó en la habitación.

—Fueron dos trofeos, dos personas llevando adelante un ritual para conocerse y conectar —declaró Hannibal, caminando en torno al cuerpo.

—¿Estás diciendo que este es el resultado de algún tipo de cita amorosa? —respondió Crawford, incómodo.

—Tal vez no una cita sino un encuentro fortuito, pero… significativo —agregó Will, mirando a Hannibal.

Había entrado en su juego. La posibilidad de simplemente confesar se le hacía cada vez más lejana. Tendría que resolver esto a su manera. Aunque sin dudas su facultad para reflexionar disminuía de forma manifiesta mientras Hannibal le devolvía la mirada, con las comisuras apenas torcidas hacia arriba en una sonrisa visible solo para él.

Trató de concentrarse en el caso, de buscar vueltas para ser sincero sin delatarse. No obstante, lo único que quería era irse de allí, irse y que la presencia de ese omega encubierto dejara de nublarle los sentidos hasta casi asfixiarlo. Y nada estaba más lejos de cumplírsele.

Una hora y media después, estaban reunidos en la oficina de Jack, con el muerto en una camilla y los objetos que lo acompañaban repartidos en torno a los microscopios. Como si no fuera suficiente para Will con soportar los ojos de Hannibal constantemente sobre él, Jack tuvo la genial idea de convocar también a Alana para consultar su opinión sobre los acontecimientos, justo una de las personas más cercanas a él y ante quien fingir se le hacía un tanto más complicado.

Aunque, claro, con lo crípticos que eran los comentarios de Hannibal y los suyos propios, no era de extrañar que Jack necesitara una tercera opinión.

En cuestión de minutos, Alana, que trabajaba habitualmente cerca de allí, ingresó por la puerta y ya estaba en mitad del gesto de tomar el informe que Jack le tendía cuando se volteó hacia Will con expresión confundida.

—Hueles distinto —le dijo, con el ceño fruncido.

—Cambié de perfume —respondió de inmediato, seco.

Entonces ella, sosteniendo el informe pero sin abrirlo, se acercó a Hannibal. Según sabía Will, en el pasado Hannibal había sido su mentor, quizá fuera por ello que la mujer a menudo se tomaba confianzas con él. Como desgraciadamente estaba haciendo ahora mismo.

—¿Tú también cambiaste de perfume? —preguntó, la desconfianza latiéndole en la voz.

Hannibal puso entonces esa cara tan habitual en él: como si no tuviera idea de qué le estaban hablando, cuando era evidente para cualquiera que debía de ser el tipo más inteligente en aquella sala, o en toda la central del FBI, o en la ciudad entera.

—Algunos cambios ocurren juntos, aunque no siempre puede saberse la conexión entre ellos.

Will soltó el aire con fuerza ante el descubrimiento de que en su propia cabeza había colocado a Hannibal por sobre sí mismo en inteligencia, precisamente uno de los pocos talentos que él se jactaba de tener. Para su suerte, en aquel instante la forense Beverly Katz los interrumpió para entregar el primer documento producto de la autopsia.

—Tampoco podemos saber ahora la conexión entre estos dos asesinos… pero la averiguaremos —murmuró, mientras desplegaba ante ellos los papeles con los nuevos datos.

Era entrada la madrugada cuando Will pudo por fin emprender el regreso a casa, agotado y perturbado. Necesitaba desprenderse de los últimos acontecimientos para calmarse y pensar. Cuando había vuelto a tener a Hannibal frente a él esa tarde, su aroma lo había dominado, olía maravillosamente, nunca había olido nada tan delicioso y apartarse de él había resultado difícil, casi doloroso físicamente.

Pero urgía que se concentrara en los hechos, que los analizara. Su destinado era un terrible asesino en serie y él ahora estaba obligado a ocultarlo por siempre, esa era su nueva vida y no podía dejarse llevar por pequeños factores como si le gustaba el nuevo aroma de Hannibal. Que había cambiado por encontrarse con él. El aroma de su omega. Mierda.

Sus pensamientos estaban ocupados en esas disquisiciones, estando aún en viaje, cuando recibió otra llamada de Jack. Por supuesto, no era un mensaje de cortesía... había habido un segundo asesinato y se barajaba que pudiera tener los mismos responsables.

Will dio un volantazo y partió hacia la dirección que le dio, sorprendido, ¿tan rápido Hannibal había matado a alguien más? Al arribar a la escena, sin embargo, supo de inmediato que se trataba de otra persona.

—Esto es obra de alguien más… un imitador —explicó, enfocándose en cada detalle de la tortura ejercida a aquel cuerpo—. Alguien que lo hace para sentirse poderoso, porque no es poderoso. Es un omega…

—¿No te estarás dejando llevar por los prejuicios sobre los omegas? No todos tienen complejo de inferioridad ni mucho menos se vuelven criminales por ello.

—No todos. Pero este sí. —Y, en su mente, Will agregó que no era el único, aunque eso no podía compartirlo con sus colegas—. De profesión... quizá sea carcelero o enfermero, tiene un puesto menor que a la vez le permite una posición de mucho control sobre otros, sobre sujetos en posición de vulnerabilidad. Podría ser también que trabaje en un psiquiátrico. Sabe proveer primeros auxilios, pero no es capaz de realizar una intervención quirúrgica como la que vimos en el caso anterior.

A pesar de su precisa descripción, Jack solo se detuvo en una cosa.

—Alana tiene razón, Will. Hueles distinto… ¿ocurrió algo?

Will negó con la cabeza, intentando ocultar una sonrisa irónica que se le escapaba de control. Había un asesino suelto —dos; no, tres—, y Jack le hacía esa pregunta estúpida...

—Demasiadas cosas, Jack… dos asesinatos el mismo día, ¿no es bastante para alterar a cualquiera?

Entre medio de todas las preocupaciones que se acumulaban sobre él desde hacía menos de 24 horas, de pronto destacó absurdamente que debería hacer algo para justificar el disparo brutal de sus feromonas… y que debería hacerlo rápido.


Notas: Se me hizo bastante tarde y en mi país ya empezó el domingo, pero todavía no me fui a dormir así que cuenta como sábado (? Hablando en serio... la verdad es que me hubiera gustado desarrollar un poco más este capítulo, pero he tenido unos días con muchas responsabilidades en mi trabajo y ayer me eliminaron mi cuenta de Wattpad en la que estaba la mayoría de mis lectores, así que no estoy de ánimo para seguir revisando el texto la verdad. Les agradezco mucho mucho mucho a quienes están leyendo esto en FFnet, y si dejaran reviews o favs, doblemente gracias. No sé si lo saben, pero ustedes, como lectores, tienen un gran ascendente sobre mis estados emocionales jaja me haría feliz saber qué opinan de este capítulo y del rumbo que están tomando las cosas. Les dejo un fuerte abrazo.