Capítulo 3
Una semana después, Will se encontraba nuevamente en la escena de un crimen. Los asesinos de ese maldito país parecían decididos a no darle un respiro. Apenas había tenido tiempo de sacar turno en una clínica que aseguraba absoluta confidencialidad en torno al segundo género de sus pacientes y cuya especialidad eran los tratamientos para suprimir los diversos rasgos propios de alfas y omegas, pero no tendrían disponibilidad hasta dentro de un mes más adelante. Así que esos días había sobrevivido a base de automedicarse: había optado, aleatoriamente, por triplicar la dosis de supresores, combinando los de tres marcas distintas. Como eso no daba los resultados que había esperado, se estaba literalmente bañando en perfume cada mañana. Y esquivaba a Hannibal cuanto podía, claro. Lo cual no era mucho.
Al menos, en esta ocasión tuvo la suerte de que Jack solo lo había convocado a él, tal vez porque respondió rápido a su llamada, porque llegó de inmediato o porque su análisis de la situación fue increíblemente veloz y verosímil, cosas que no siempre podía ofrecer. Este caso, sin embargo, le resultaba transparente. De hecho... demasiado transparente.
Fue fácil reconocer el patrón e identificar al mismo omega que se había cobrado la vida del último cadáver que había debido revisar. La forma de disponer el cuerpo, las herramientas que había utilizado para desollarlo... y el tipo de víctima: en ambos casos, se trataba de sujetos con prontuarios escabrosos, que difícilmente no merecieran el destino que les había tocado.
Cuando cerró los ojos frente al muerto para reconstruir los hechos, pudo ver con claridad cómo el asesino había dejado pruebas con deliberación. Había querido dejar un mensaje. Sí; dejarle un mensaje a él.
—Este es mi diseño...
¿Debería hablarlo con Jack? No era más que una intuición, no tenía en verdad muchas maneras de demostrar que estaba en lo correcto. Quizá lo mejor sería aguardar a comprender mejor el panorama antes de compartir alguna idea equivocada.
Ya en su hogar, con la copia del informe que Jack le facilitó, volvió a revisar las fotografías y los datos reunidos. Aunque no era sencillo de explicar, lo que él veía era... un lugar. Una dirección. El descubrimiento se le presentaba evidente, aunque endeble en sus motivos.
Se puso de pie y anduvo en círculos entre sus perros. Algo bullía en su interior. Se sentía entusiasmado. No era esta la emoción que debería embargarlo en este contexto. Pero por mucho que pateara los muebles o insultara al aire, su corazón no se movió ni un ápice de ese lugar cercano a la excitación.
Tomó su chaqueta y las llaves y partió hacia el sitio en cuestión. Solo.
Se trataba de una vieja fábrica abandonada, ubicada en un enorme predio silencioso. En el interior, la oscuridad era absoluta. Will avanzó tanteando, despacio, acumulando toda la información que podía sobre la estructura del edificio y sobre los objetos que se encontraban repartidos allí. Podría llegar a necesitar alguno.
El asesino, por supuesto, estaba esperándolo. Su voz reverberaba en todas direcciones.
—Agente especial Will Graham. Veo que acudió a mi cita —murmuró, en un tono seductor.
—Y yo veo que sabes mi nombre.
—Oh, claro que lo sé, eso y muchas otras cosas, incluso las que usted preferiría mantener en secreto. He hecho mi tarea, estuve investigándolo.
Will soltó un gruñido. No tenía muchas ganas de andar adivinando, prefería conversar de frente y con expresiones directas. Continuó su recorrido, abriéndose camino entre los pasillos.
—¿Por qué me citaste aquí? —espetó.
—Ya que haya reconocido mi invitación demuestra que acerté al elegirlo. Creo que usted y yo podríamos comprendernos, señor Graham.
—¿Y en qué consistirá esta "cita"?
Concentrándose al máximo, logró identificar el sonido suave de pisadas. Combinando eso con el modo en que la voz se repartía en variados ecos, Will fue diseñando en su mente el trayecto que debía hacer.
—Ya lo verá, señor Graham. Creo que le gustará el regalo que he preparado para usted.
Finalmente, Will discernió una habitación con una iluminación tenue un poco más adelante. Se dirigió allí sin temor.
A pesar de la luz rojiza y el abarrotamiento de objetos, era claro que en el centro de aquel espacio había un hombre arrodillado, con las manos atadas a la espalda y pesadas cadenas fijándolo en su lugar. Su respiración entrecortada era casi inaudible y su movilidad se reducía a breves espasmos productos del dolor. No hacía falta una gran capacidad de observación para comprender que había sufrido torturas severas y que se encontraba cerca de la muerte. A su alrededor había diversos instrumentos que podrían acelerar su inevitable muerte o prolongar su agonía.
La deformación resultante del maltrato, no obstante, no le impidió a Will reconcer al sujeto: había sido el principal sospechoso en un caso de hacía dos años atrás, muy resonante, que él había analizado en sus clases en más de una ocasión. Habían desaparecido 12 niños, de los cuales 9 fueron encontrados despedazados y con marcas de abuso. El equipo que lo investigó no logró reunir suficientes pruebas de valor legal y todo quedó en la nada. Pero Will había revisado una y otra vez las fotos de los cuerpos, lo que se sabía de las víctimas y de la vida del sospechoso y estaba completamente convencido de su culpabilidad. Se trataba de un zorro astuto, alguien que sabía con exactitud qué era lo que no debía hacer para que no lo atraparan. Will recordaba la cara de cada uno de los niños que había secuestrado. Uno en particular era un huérfano que vivía en la calle. Había llegado a conocerlo porque a menudo pedía monedas cerca de la Academia donde él enseñaba. Destacaba entre otros mendigos porque siempre apartaba algo de su propia comida para repartirla entre los perros callejeros. Will le había llevado alimento, para él y para los perros, más de una vez.
Y ese tipo era el que lo había secuestrado, lo había tocado y lo había asesinado. Will apretó los dientes, echando la mandíbula hacia adelante en un gesto de desprecio que su cuerpo hacía de manera automática. Los dedos de ambas manos no le alcanzarían para contar las veces que lo había imaginado así.
—Ha tenido lo que merece aquí, gracias a mí —explicó entonces la voz—, pero creo que el castigo final debería darlo usted mismo, señor Graham.
Mientras consideraba la extraña situación en la que se encontraba, Will olfateó el aire. Por sobre la sangre, el sudor y las heces, un aroma particular invadía la sala, penetrando hasta el fondo de su nariz. ¿De dónde venía? ¿Por qué era tan intenso? Las preguntas flotaron en su mente hasta que la reacción de su propio cuerpo por fin le reveló lo obvio: era el aroma de un omega en celo… el asesino iba en serio cuando había dicho que se trataba de una cita.
Absurdamente, Will se encontró pensando en Hannibal, en el modo en que había descrito a su víctima como una excusa, "un ritual para conectar", significara eso lo que significara. Pero no era posible que en este caso fuera él, ese no era su olor ni tampoco su manera de proceder. En contra de lo que hubiera esperado —en contra de lo que hubiera querido—, esa conciencia lo decepcionó, como si una parte de él hubiera conservado la esperanza de cruzárselo en esta situación inverosímil. Resopló, siempre molesto consigo mismo.
Cuando pudo sacudir aquellas ideas de su mente, contempló al hombre amordazado y encadenado frente a él y luego las herramientas a su disposición. Aunque quizá no estuviera dispuesto a admitirlo ni ante sí mismo, lo cierto era que el deseo urgía en lo más profundo de su ser. Incluso, podría decirse que desde que había entrado en la fábrica algo en su interior se agitaba ansiando una oportunidad semejante. Algo que se había desatado al reconocer a Hannibal y que ahora impregnaba todo en él, hasta confundirse con su identidad.
¿En este se había convertido? ¿Esta era la persona que sería de ahora más? Un alfa solo desataba lo más esencial de su espíritu cuando encontraba a su omega. Le daban ganas de reír. Pero otras ganas se impusieron.
Se acomodó frente al hombre. Echó un vistazo breve pero atento a los instrumentos a su disposición. Tomó un cuchillo especialmente afilado. Y comenzó a desollarlo, sin poder pensar en nada más.
Actuó guiado por una necesidad que desconocía pero que ahora no podía ignorar. Concretar por fin esta fantasía que tantas veces había circulado por sus sueños lo hacía sentirse poderoso. Y auténtico.
Mientras Will estaba concentrado en esta actividad, el asesino salió de las sombras. Era un muchacho más joven que él, alto, blanco y musculoso, con el pelo muy corto y nariz y orejas prominentes. Le dedicó apenas una mirada rápida pero alcanzó para que se le cruzara la idea de que era atractivo. De todos modos, habría sido difícil que no le resultara así, con la abundante cantidad de feromonas que expulsaba. Ver a Will arrancar aquella piel asquerosa debía de haber aumentado su excitación, porque su aroma era incluso más agudo que antes.
El muchacho se arrodilló detrás de él con las piernas separadas y apoyó el cuerpo contra el suyo, fascinado por su falta de reacción, por su imperturbabilidad. Will lo supo, Will recibía todas las señales que le permitían entender la situación y sin embargo no podía dejar de trabajar sobre esa piel, no podía oír otra cosa que los gemidos del moribundo.
Percibió cómo el chico tomó a su vez otro cuchillo, cómo se sumó a su tarea desde la extremidad opuesta, buscando ocasionalmente el contacto, acercándole la mejilla o el pecho o rozando su mano. Percibió el calor emanando de él, la presión de sus cuerpos cada vez más cerca.
Will se dejaba hacer. Ignoraba si era el efecto de la embriaguez de la venganza, el impacto de las feromonas o el mero recuerdo de Hannibal, pero él también se estaba excitando y, mientras terminaban, juntos, de acomodar aquel amasijo sanguinolento en una posición de penitencia, permitió que el chico lo besara, que lo acariciara torpemente sobre la ropa.
Horas más tarde, Will se duchaba en su casa, escarbando para quitar los últimos rastros de sangre de debajo de sus uñas. La adrenalina aún corría por sus venas. No podía dejar de sonreír.
Ya no había vuelta atrás. Jamás recuperaría su vida solitaria y pacífica. ¿Le preocupaba el cambio en sus feromonas? Ja. Eso era lo de menos. Ahora lo sabía. Una nueva era había comenzado para él y debía pensar muy bien cómo quería que esa era fuera.
Notas: ¿Sí reconocieron al joven de orejas prominentes? xD Si no lo hicieron, ¡echen un vistazo a las etiquetas! Bueno, quizás este capítulo sea polémico, no sé cómo lo verán... pero no ocurrirá nada fuera de lo que puse en las advertencias iniciales, doy mi palabra. ¡Nos faltan solo dos capítulos y terminamos! ¿Qué creen que pasará a continuación? ¿Qué hará Hannibal cuando se entere de lo que ha pasado? Por cierto, ¿les gustaría ver su punto de vista en algún momento? ¡Ahhhh quedo aguardando ansiosa sus comentarios! Si les está gustando cómo va, por favor recomiéndenlo, soy nueva en el fandom y nadie me conoce :P
