Capítulo 4


Aunque había reconocido el número de Jack en la pantalla del teléfono, Hannibal dejó que el aparato sonara. Sabía de qué podía tratarse. Seguramente, sería algún otro crimen de aquel omega impertinente cuyo perfil Will había estado elaborando. Llegaron a hablar de ello en una de sus sesiones y además había tenido oportunidad de leer los informes. Las observaciones del agente, como siempre, tenían la agudeza que una persona solo podría tener sobre sus propias motivaciones, si las personas fueran capaces de alguna honestidad consigo mismas. Desde luego, Will no era capaz de esa honestidad consigo mismo, pero esa era otra cuestión.

Ahora mismo, lo importante era que ese muchachito que solo pretendía llamar la atención no era lo suficientemente relevante como para que Hannibal fuera a entorpecer el delicado proceso de encurtido que absorbía toda su concentración por hablar por teléfono sobre uno de sus muertos.

Solo cuando hubo terminado y la vajilla estuvo de nuevo impecable, se dignó a guardar su delantal y contestar la cuarta llamada de Jack.

—Diga.

—Dr. Lecter, lamento interrumpirlo, pero esto es una urgencia...

—Puedo imaginarlo.

Media hora más tarde estaba ya dentro del perímetro acordonado por el FBI. Podría haber aducido alguna excusa para no acudir a semejante reunión social, después de todo, la mayoría de los agentes carecía de la habilidad de entretenerlo y particularmente hoy no estaba con disposición para aburrirse. Desde que había tenido aquel encuentro inesperado con un alfa —con su alfa—, sus hormonas estaban alborotadas hasta el punto de imponerle cierta dificultad a la hora de tolerar esa forma del ganado que se hacía llamar humanidad. Sin embargo, Jack había dicho que Will iba en camino y Will nunca lo aburría.

Era graciosa la habilidad de Jack para elegir a las personas. Primero a Alana —casi un peón obediente cuando la tenía bajo su influencia, siempre tan accesible a sus requerimientos—; luego a Will, un hermoso lobo cubierto con la sangrienta piel de un cordero; y él mismo, quien había tenido ocasión de masticar a algunos de los oficiales a su cargo, aunque el miope Jack nunca podría verlo. Casi lo consideraba un amigo, sino un aliado, pues la disposición de aquel equipo singular le había traído más de un divertimento en el último tiempo.

En esta ocasión, le daba especial curiosidad a qué conclusiones podría arribar el perfilador ahora que contaba con tres cadáveres presuntamente del mismo autor. Dudaba que Will pudiera reconocer el mal gusto de este joven, la torpeza en sus cortes —en definitiva, su asqueroso aroma de omega en celo impregnado por todas partes. Pero estaba seguro de que encontraría algo interesante que decir. Algo inesperado.

Echó un vistazo por encima al informe que le tendía Jack. Hasta la elección de las víctimas era burda. Un abusador y asesino de niños, ¿en serio? ¿No podía ser más obvio? Estaba tratando de congraciarse con alguien, con la prensa, con el FBI o tal vez con Will. De hecho, sabía que las tres víctimas estaban relacionadas con casos que Will solía analizar en sus clases —a estas alturas, había pocas cosas que Will hubiera hecho y que él desconociera, en verdad. Esta última víctima debía de ser particularmente preciada para el agente, por la atrocidad de sus actos y la impunidad absoluta que había conseguido. El asesino había encontrado el modo de averiguarlo. Es decir que era torpe, pero no idiota.

Sí, eso tenía sentido.

Ese sucio omega, ese criminal de cuarta, pretendía captar la mirada de Will. Acapararla para sí, como una ridícula señorita enamorada.

Qué desagradable.

Entonces Will llegó y las cosas no mejoraron. Su aroma seguía siendo fuerte pero estaba cambiado, contaminado. Sus pasos eran firmes y, a pesar del frío, llevaba un botón de la camisa desabrochado de manera por completo innecesaria. Sonreía, mostraba el borde de sus bellos dientes. Como si sus instintos más primarios hubieran sido satisfechos, tras largas e injustificadas hambrunas. Se veía vigoroso. Imponente.

Hannibal podía ver en sus ojos risueños que la observación del cadáver era solo simulada.

—Este corte de aquí... y este otro. No fueron hechos por la misma persona. Aquí hubo dos cuchillos, dos manos —explicó Will, señalando un lado del cuerpo y luego otro.

—¿Fueron dos? ¿Como en el caso en el que... hablamos de una especie de "cita"?

Jack se acercó para comprobar sus palabras, como si un ojo obtuso como el suyo fuera a notar las diferentes maneras en que se puede desollar a un sujeto. Pero Will le siguió el juego y continuó hablando como si creyera que Jack podía entenderlo.

—Sí, estoy convencido de que se trata de dos individuos, como en esa ocasión. Y esto ha sido, también, algún tipo de ritual, una ceremonia amorosa. Sin embargo, no creo que se trate de los mismos individuos. O, al menos, uno de ellos no es el mismo.

Por supuesto, Will estaba hablándole solo a él.

Hannibal cerró sus puños dentro de los bolsillos de su elegante saco.

Aunque había dado con una combinación de medicamentos que aplacaba considerablemente sus feromonas, lo bastante como para que una persona ordinaria no pudiera reconocer su aroma de omega, podía ver ahora que no alcanzaba. Necesitaría aumentar la dosis. De lo contrario, si no era ese el problema, no sabía qué otra cosa podría justificar la irritación creciente que comenzaba a desestabilizarlo.

Durante los días siguientes, Hannibal se dejó hundir en sus recetas más complejas, se compenetró con cada exquisita comida, vaciando su mente de todo pensamiento superfluo. Si Will deseaba realizar sus primeras exploraciones en el terreno del asesinato sin él, eso solo aceleraría el desarrollo de los acontecimientos. No se trataba de hechos que contradijeran su plan original. En ocasiones, se precisaba echar mano de individuos de importancia menor para avanzar en el camino, como peldaños de carne que acercaban más rápido a la altura del objetivo final. No había de qué preocuparse. Con mantener sus hormonas dominadas bastaría.

Para cuando fue el turno de otra de las sesiones de Will, Hannibal se encontraba sereno. Era consciente, sin embargo, de que debería tomar cartas en el asunto de su interés con mayor claridad o los resultados podrían desviarse. Nunca era posible librar nada al azar, maestro de la traición y el tormento.

Cuando el agente se desparramó sobre el cuero negro del sillón con su habitual desparpajo, Hannibal se cruzó de piernas y aspiró la esencia que enseguida ahogó la sala. Olía a madera, a nieve, a sangre. Una combinación encantadora que activaba sus sentidos y le despertaba la urgencia de anidar. No pudo evitar que se curvaran suavemente sus comisuras. Will debía de haber notado su gesto, porque lo correspondió con una sonrisa sobradora que por un momento no terminó de encajar en la situación.

—Tus feromonas están cada vez más incontrolables, Will —afirmó, con las manos descansando en sus rodillas—. Deberás hacer algo al respecto.

El agente negó con la cabeza, todavía con ese gesto ambiguo en la boca.

—Descuide, Dr. Lecter, ya me estoy ocupando.

—¿Y cómo lo harás, si puede saberse?

—De la manera ordinaria… asentando cabeza con una pareja.

La luz que ingresaba por los ventanales iluminaba de forma directa el rostro de Will Graham. Sus marcadas facciones destacaban con aquel brillo asfixiante, así como destacaban también en las opacas escenas de los crímenes y en su grisácea casa de Wolf Trap y en la paleta de colores entera.

¿Su pequeño alfa había conseguido decidirse, por fin? Hannibal se regocijó. Eso le facilitaría las cosas.

—La humanidad busca en el amor una fantasía de estabilidad que encubre el deseo del caos —respondió, con su habitual tono de recitador de versos antiguos.

—En este caso solo pretendo resolver un problema lo más rápido posible.

Hannibal se llevó una mano al mentón e hizo la pregunta definitiva, la que cerraría todo aquel asunto de una vez.

—¿Y ya has encontrado esa pareja, Will?

Entonces, el hombre frente a él alzó la vista con ligereza y lo que vio en sus ojos lo confundió.

—De hecho, sí… y creo que le caerá muy bien. Me gustaría presentárselo.

Hannibal apretó los labios. Esa no era la respuesta que esperaba. Will debía de ser capaz de leer su enojo en el sutil cambio en su fragancia. Desde que habían descubierto que eran destinados y sus cuerpos habían conectado, Hannibal ya no podía disimular ni interrumpir sus propias reacciones frente a él como lo hacía antes. El odio que manchaba sus latidos se mezclaba con sus hormonas y se reproducía a una velocidad bestial.

—Podrías traerlo a cenar, entonces. Podría ser hoy mismo.

—Eso me encantaría.

—Casi parece que te interesara obtener mi aprobación.

—Sí… de hecho, sí me interesa. Estaremos aquí puntuales.

Apenas la soledad lo envolvió nuevamente, Hannibal soltó un rugido y dio vuelta un mueble cualquiera. No entendía lo que ocurría. Estaba preparado para que le llevara algún tiempo hacerle entender a Will el valor de su estilo de vida y la necesidad de conservarlo —de compartirlo—, sabía que daría algunas vueltas, que podría distraerse de forma momentánea con algún sujeto de prueba... pero nada le había permitido anticipar esta flagrante traición por parte de su alfa. ¿Otra pareja? ¿Había hecho a otro omega su pareja? ¿Para qué? Su acople sería imperfecto, sus hijos defectuosos, su vida miserable, a la insulsa altura de la vida de cualquier individuo ordinario. Pero Will no era ordinario, Will era su alfa y por lo tanto debía de estar a su nivel, no podía merecer menos que lo que Hannibal podría ofrecerle y nadie sería capaz de ofrecerle más, nunca. ¿Por qué Will se empeñaba en negar lo evidente? ¿Estaba buscando un modo de librarse de él, como si anudar con un omega aleatorio fuera a borrar de su sistema todo rastro de oscuridad? ¡La oscuridad que alojaba en su centro desde mucho antes de conocer a Hannibal, una oscuridad que había estado dejando gangrenar, inútil, encerrada en su corazón porque sus vicios morales le impedían verla a los ojos! ¿Pensaba Will que existía alguna forma de purificarse que no implicara la muerte? ¡"Resolver un problema lo más rápido posible"! ¿Creería ilusamente que negando su propia naturaleza encontraría la manera de delatarlo, de atentar contra su libertad y contra su evidente superioridad moral?

Detuvo la hilera de preguntas insidiosas en su interior y contempló sus actos. Había despedazado una repisa, cinco libros, una estatuilla y el tapizado de uno de los sillones. Él no era esto. Él no tenía exabruptos, no dañaba lo que era bello. Will lo estaba volviendo débil. Will lo estaba pudriendo.

Solo había una salida. Era imposible esquivar esa certeza.

Debía matar a Will. Matarlo y comérselo.

Enfocado en ese objetivo, reparó los destrozos y ordenó la sala. De inmediato, revisó sus fichas de recetas para escoger la adecuada. Aquella cena debía ser la más esplendorosa e inolvidable. Sería legítimamente una última cena y haría honor a semejante acontecimiento. Ingresó en el sótano, decidido a buscar sus mejores ingredientes, las carnes con más tiempo de maceración, los vinos mejor añejados. Podría recordar esta noche por años con la satisfacción que da alcanzar lo perfecto. La noche en que se adueñaría por completo del cuerpo de su destinado.

Solo había un punto oscuro y mohoso que echaba a perder la belleza absoluta del cuadro que pretendía pintar: que la supuesta "pareja" de Will fuera a probar también las delicias hechas por su mano.

Qué desperdicio.

Pero no había cómo remediarlo.


Notas: ¡ahhhhh volvió Hannibal! ¡Y con qué fuerza volvió! Fue todo un desafío cambiar la focalización y tratar de representar su estilo de pensamiento, completamente distinto del de Will. ¡Qué nervios! ¡Solo falta un capítulo! Estoy fantaseando con volver a actualizar antes del sábado, aunque no estoy segura de si me alcanzará el tiempo, pues el capítulo final requiere varios retoques. Ya veremos. Ojalá puedan darme su opinión de este capítulo, ¡su apoyo vale oro! Les dejo un fuerte abrazo.