Cuando todo pasó tenía dieciséis años. Cuando todo pasó, creí que tenía el mundo en mis manos. Cuando todo pasó, creí que era especial. Cuando todo pasó, creí que tenía su amor. Pero… resultó que nunca fue así. Que estaba muy equivocada y enterarme de la cruel realidad me costó casi la vida.

Mis amigos, murieron en batalla y con el deseo ferviente en su corazón de que ese maldito pudiese morir bajo la espada del guerrero por cual lo dieron todo. Por el que se sacrificaron para darle el tiempo de asestar un golpe certero, un golpe mortal.

Mi gran amor, él único, eligió la muerte tras perder a la mujer que lo era todo para él. Y aunque en ese momento creí que esa desilusión de verlo marcharse de la mano de la mismísima muerte, por ella… era lo peor y más doloroso del mundo, nunca se comparó con el martirio de quedar a merced de aquel a quien juró derrotar, nuestro enemigo.

Tiempo después nada de eso se comparó al hecho de darme cuenta de que no envejecía y que jamás podría liberarme de él, que la muerte nunca llegaría a mí como mi última aliada, como el sagrado al que los dioses misericordiosos enviaron a mi para salvarme de las garras de ese maldito. No. Siempre estaría atrapada en esa cárcel en el corazón de una montaña, esperando un final que jamás llegaría. Esperando de rodillas a mi enemigo venir a mí. Esperando escuchar su petición del día. Esperando el golpe de su mano dura sobre mi rostro. Y forzada a cumplir todas y cada una de las retorcidas fantasías. Y luego, verme reducida a la nada.

Esperando que a que un día apareciese un valiente guerrero y acabase con su vida, que pudiera terminar lo que mis amigos no fueron capaces de hacer, lo que yo no pude lograr.

Mi corazón contaminado por los celos y el enojó me impidió salvar el mundo, me impidió salvarme a mi misma.