Ryunosuke volvía siempre inquieto al mismo lugar donde en sus primeras noches era el cobijo y escondite de su existencia, claro, cuando él aún lo acompañaba de manera silente, a veces dirigiéndole la palabra, pidiendo su opinión en aspectos banales o inclusive cuestionando (aunque sus itinerarios estuvieran por demás claros), el cuándo y cómo llegarían a su destino.

Se prometía constantemente seguir estudiando aquella temática llena de terminología compleja y palabras rebuscadas como era para él el estudio de la ley y el derecho en Reino Unido; si bien era irónico en gran medida el tener claros deslices y consultas apresuradas del idioma inglés, siendo en la universidad Yumei un estudiante de lengua inglesa, que si bien no era ni admirado ni destacado entre la sociedad universitaria, el pasar por aquella facultad le daba valor y orgullo en el fondo de su ser, no obstante, admitir su total desconocimiento ante la temática comentada era un primer paso, deseaba profundamente que aquel hombre estuviera con él y fuera a quien le preguntara aquellas dudas elementales que no dejaban de atormentarlo fascículo tras fascículo que leía incansable.

Aunque Susato Mikotoba fuera quien resolviera y le expusiera en palabras más digeribles los conocimientos requeridos, tal punto que reiteraba el agradecimiento de una figura como ella para trabajar; la falta de Kazuma Asogi le carcomía profundamente, haciéndole inclusive pausar sus estudios para mirar hacia el camarote en constantes ocasiones.

Por supuesto que, nunca cuestionaría ni se pondría en contra de Susato, aun si su cólera y dolor lo cegaran, por no ser ella quien le devolviera a Asogi y mucho menos la cuestionaría por su género, aún relegado en su tierra. Fue cruelmente admitido de labios de aquella dama el hecho de que sus estudios habían sido discretos; que su padre había logrado educarla para ser aún más que una chica tradicional para, en un principio, ayudar a Kazuma, buscar ser una perfecta asistente legal. El mismo Ryunosuke admitía la tenacidad y la erudición de su acompañante más cercana, sabía que era lamentable el que una chica de tal calibre y que notaba tan intensa fe en su persona, fuera vista como un objeto más en la sociedad tradicional.

Al final, se daría cuenta de que no superaba aún que el camarote estuviera vacío y helado por el pasar de los días sin tener a su verdadero dueño descansando en el lugar. Podría ser él quien lo ocupaba, pero era incapaz de incomodar a quien creía que era el espíritu de aquel muchacho buscando descansar luego de morir sin haber cumplido sus sueños más profundos o sin lograr llegar a su destino.

Sus manos paseaban por el lomo del libro, marcando con cuidado en sus dedos el sitio exacto dónde continuaba su lectura, para llevarlo así al armario del que no lograba apartarse, tal vez por terquedad o por respeto a la abrupta llegada de la muerte al barco, logrando seguir dentro de aquel cerrado, frívolo y polvoriento espacio a oscuras, la lectura de la cual estaba dependiendo su futuro. Tal vez se estaba haciendo inmune a la oscuridad o se tornaría ciego culpa de tan mal hábito que estaba tomando; la importancia era mínima, si se había prometido hacerlo por alguien, y más por él, por quien debería estar en la cama, por quien no debía morir o por lo menos, de una forma terriblemente injusta.

La lectura cada vez se le hacía más pesada y de poco disfrute, queriendo caer en manos de Morfeo, quien le buscaba incesantemente, ¿por qué seguía intentándolo?, ¿por qué no acabar con aquel mal juego e irse a Japón?

Querer rendirse era, de entre sus opciones, la que su versión más desesperada de sí mismo buscaba como consuelo, más, su mente, debatiéndose entre lo racional e irracional, se respondía en automático, como un mensaje interno, "lo haces por él". Repetido en susurros inteligibles por sí mismo, mezclando de una manera espantosa el japonés y el inglés, olvidando totalmente de que iba el texto, aquel que se suponía que debía terminar para aquel cuestionario que posiblemente repetiría una y otra vez en manos de Susato. Se había deslizado el libro de sus manos, cayendo al suelo de madera del barco. Morfeo había ganado la batalla, ganaba su agotamiento intenso y su ser menos coherente, cerrando sus ojos inmediatamente, cayendo en manos del sopor invadido tiempos atrás, aunque hubiera querido luchar aquella guerra, tarde o temprano caería rendido.

Su agotamiento y su intento por mantenerse racional siempre acaban cuando llega el subconsciente al ataque, retumbaba en su mente las culpas y las indirectas que había entendido tardíamente, aunque hayan pasado meses de que se las haya dicho, el inconsciente traicionero buscaba remediarlo, hacerlo tan vívido que pareciera una realidad.

Se encontraba de nuevo en Japón en sus ensoñaciones, un campo tradicional en que la vida brotaba entre los lirios y el fragante aroma del roble que brotaba en el cercano bosque, conocido como un lugar seguro en la universidad Yumei, tal vez para estudiar, tal vez para cuestionar el talento y teatralidad de Ryunosuke, quien volvía a recitar un soliloquio de manera exagerada, limitándose a la imitación del arte Rakugo, sin pretender usar abanicos exagerados o kimonos extravagantes. Mientras tanto, Kazuma torpemente luchaba con la vergüenza de tropezar con sus palabras entre los juegos y trabalenguas que su acompañante buscaba de manera histriónica representar para complacerlo cuál bufón de corte con el humor de sus palabras. Naruhodo era un amante de ver de labios del descendiente de samuráis, una sonrisa ladina u orgullosa de ese alguien que era en ojos públicos su amigo, pero que sabía que, emocionalmente, su conexión no podía ser más que personal. Las palabras de este eran como un desliz fuera de contexto, pero que en las almas que se destinan desde un inicio, podría ser la declaración más sincera que podía oírse de labios de este.

— Ryunosuke, tu histrionismo y tu teatralidad en el habla nunca me han decepcionado, incluso siendo tu cercanía la que mantiene un intenso magnetismo entre mi sensibilidad y mi racional ideal de lo que verdaderamente seas para mí. —

Asogi tragaba saliva dubitante, tal como le recordaba en aquella intensa declaratoria que mantenía los límites entre la cordialidad y el gusto por lo que consideraba una amistad, aunque sus palabras evidencian lo contrario. Naruhodo por su parte, buscaba remediar sus palabras, como si cumplido aquel sueño, todo volvería a ser como antes, que él estaría a su lado, que él sería el estudiante estrella y que su persona sería el mismo bufón que buscara sus manos en el consuelo de sus futuras derrotas. El de cabellos azabaches sabía ya qué responder, ya sabía qué expresión tomar, aquella sonrisa socarrona, rascarse el cuello como si no supiera nada, tal vez Kazuma, aunque fuera su sueño, supiera su resolución.

— La verdad, solo intento ser yo mismo, incluso con alguien como quien en boca de compañeros seas mi amigo, pero, sabes que tengo un inmenso cariño hacia tu presencia, Kazuma. —

Sus palabras habían sido incorrectas, aunque bien quiera compartir su sentimiento y aceptar que no había puesto su mirada en alguien más que en él y su imponente presencia, la cual parecía acercarse cada vez más, con cuestionamientos tal vez más temerosos o tal vez más realistas, sabida la situación social de lo que era el amor entre personas de un mismo sexo, por mucho que ignoraran aquel detalle.

— Tu aceptación me alivia, Ryunosuke, más, ¿pretendemos esconder el evidente deseo de continuar juntos nuestro camino en una fachada de supuesta amistad que nos cobija?, es preocupante a sabiendas de que irás conmigo a Reino Unido. —

— ¿Por qué debería preocuparme si no podré amarte sabiendo que morirás a manos de alguien en el barco del viaje de nuestros sueños sin poder evitarlo? —

El primer error del mundo de los sueños siempre será reconocer que lo visto será un sueño, sus imágenes se tornaron aún más borrosas que de costumbre, sintiendo como una sacudida lo sacaba del ensueño, cayendo al suelo desde su posición acostumbrada en el armario justo en el libro de texto ya en el suelo, tal vez por el efecto del viaje en el barco o tal vez por no haber cerrado bien aquel espacio que consideraba seguro para lograr descansar, más en su despertar precipitado, la presencia de aquel kimono rosa destacaba de entre lo grisáceo del lugar. El rostro de la dama era por lo demás preocupante, su expresión desconcertada habló más que sus palabras que eran dirigidas ahora por parte del mayor, quien, aunque levantándose lo más rápido posible, no evitó marearse debido a esto.

— Señorita Susato, no era mi intención asustarla al caer tan precipitadamente del armario, ¡discúlpeme por favor! ¡Continuaré mis estudios lo antes posible! —

Aunque sonaran motivantes aquellas palabras del mayor, Susato tenía cuestionamientos bastante evidentes por los cuales había llegado allí, no solo con el afán de seguirle enseñando, sino saber el porqué de su falta de apropiación al punto que ahora era suyo.

— Naruhodo – san, mi preocupación no es solo por aquella estrepitosa caída, si no, ¿por qué sigue durmiendo en aquel armario?, hablamos con el capitán Strogenov días atrás, ¿no lo recuerda? —

— Lo recuerdo bastante bien, solo que…—

"Solo qué…", ¿Cómo podía darle una explicación medianamente lógica a alguien de por qué seguía allí?, ¿Cómo explicarle a una dama que su mente había sido cautivada por quien debería estar sentado en el escritorio expresando sus pasiones y emociones en el viaje sin que sonara medianamente mal ante una sociedad insegura con una expresión tan respetuosa como es el sentir algo por un hombre?, aquello era terriblemente frustrante, más Susato completó ante su percepción lo ocurrido con su compañero.

— ¿Le preocupa que el espíritu de Kazuma – sama le atormente por invadir su espacio más personal al irse de este mundo de una manera tan fugaz? Sé que Kazuma – sama respetará que use su espacio, después de todo, por algo entró aquí en una maleta, Naruhodo – san. —

El japonés asintió, podría guardar el secreto de entre sus entrañas una noche más, podría buscarse gracias a aquellas palabras que conservaban un tono de cordialidad y cercanía más evidente, aunque su rostro igual mantenía aquella expresión preocupada por aquella falta de sueño del mayor, que si bien, era la falta de costumbre al dormir en la embarcación, entorpecía bastante el proceso de estudio de este y más al "olvidar" (aunque fuera da una manera intencionada), la existencia del lugar donde podía descansar.

Más este no sería ni el primer ni el último día en que la chica cuestionara la cordura de su acompañante de estudio.

Veía como entablaba conversaciones a la nada, buscando respuestas al aire, como si el viento le llevara las palabras a su receptor. Reconocía claramente a quien iban dirigidos esos cuestionamientos; era evidente, estaba hablando con Kazuma, como si aún estuviera allí, como si nada hubiera pasado, ni, aunque ella le dijera que no estaba y aunque dijera que su voz no podía ser escuchada, aunque lo deseara con todas sus fuerzas, no podía comprenderlo. Tal vez su comprensión y su cercanía al luto, era menos compleja de la que podía ver en su compatriota.

Más, las cuestiones emocionales de un luto por amor no han de ser para nada solucionadas con 10 días sin él, ya que se acentúan de una manera evidente con el tiempo, cuando aquellas sobras de comida que acostumbraba a compartir con él seguían allí, cada día llegando al evidente punto de putrefacción. Esperaba que un Kazuma invisible se alimentara y despertara de su eterno letargo gracias a la comida, que al final, aunque de manera desagradecida, debía ser desechada tarde o temprano, culpa de aquel acto desinteresado, culpa de un luto sin superar. Era evidente que habían pasado del puerto de Hong Kong días atrás.

Se preveía llegar a su destino en menos de un mes, cada día se le hacía eternamente agobiante, si bien en Japón se consideraba de las personas con el menor grado de conocimiento, los hechos sociales debido a su disgusto y pereza para leer el periódico, la ignorancia más que tranquilizarlo o hacerle sentir algún atisbo de tranquilidad, se le hacía abrumadora; cuestionando por primera vez en años el estado social de las tierras que dejó atrás bajo el amparo de un sueño conjunto.

De los días más fatídicos, en su primer descanso de los estudios, con el permiso de Susato, que apreciaba y motivaba la constante evolución de su compatriota en temas legales, revisaba indiscretamente la valija en la que había entrado para lograr infiltrarse en aquel lugar, aquello le había hecho esbozar una sonrisa.

Rememoraba las últimas horas antes de entrar al SS Burya, Aquella valija había sido un regalo de la casa Mikotoba, específicamente de Susato, para el transporte de todos aquello que necesitaría para su viaje. Recordar las charlas jocosas en la que empacaban y desempacaban objetos para ambos, algunas ropas, objetos de posible inutilidad y tal vez empacados en algún bolsillo furtivo, las dudas, temores y cuestionamientos sobre aquella misión encomendada al que era el más cercano a su persona, quien evitaba su mirada cada vez que repetía sus preguntas, buscando excusarse con el contarlo al llegar a su destino.

Entre las charlas, con aquella carga de chistes confianzudos, debían buscar el equilibrio y más cuando el hijo de samuráis iba a hacer su plan para ser acompañado, rezando para no tener que sacar más ropas u objetos de la gran valija que estaba en el centro de la habitación, empero, solo podía saber si era suficiente espacio si lo comprobaban allí mismo.

— Kazuma, ¿estás seguro de que allí adentro tendré espacio para respirar?, ¡además pueden notarme cuando abran la valija en alguna inspección! —

Si bien Naruhodo no se consideraba alguien que se adelanta a los hechos, el riesgo era grande, y las ganas de volver a una prisión, por algo que esta vez posiblemente era ilegal, eran nulas; aunque la verdad la diversión de Asogi era evidente, acercándose hacia su contraparte para darle el coraje suficiente para hacer la prueba por sí mismos.

— Ryunosuke, sabes bien, mi buen amigo, que no te dejaría morir ni dentro de un espacio cerrado como este, además, estarás entre mis ropas, y dudo que los marineros anden hurgando por ahí, si no, ¡Karuma hablará a tu nombre! —

Nunca fue un chiste de mal gusto, su cuerpo cabía perfectamente en la valija de Kazuma, siendo la posición fetal, perfecta para tal fin. Había buenas noticias en la continuación del plan, por fin, pasaría desapercibido. Tal vez viéndolo en perspectiva en el barco, teniendo el contacto de la tela sobre su rostro, no estaba tan mal aquel minúsculo espacio después de todo, las ropas emanaban el gusto a las hojas del té y al incienso ritual japonés, y su suavidad era tranquilizante en los momentos más duros del embarque o incluso en la asignación de camarote. Olvidaba muchas veces en que posición se encontraba, era simplemente descansar entre las finas ropas y creer que todo estaba bien.

Sus manos tocaron de nuevo una y otra vez las telas, esta vez frías al tacto y arrugadas por los dobleces mal acomodados, al fin y al cabo, su dueño no estaba para reclamar aquellos atavíos conformados por camisas de franela blancas, pantalones elegantes con tirantes, su uniforme universitario e inclusive, kimonos y yukatas.

Admitía (aunque no abiertamente) que Kazuma era más alto y atlético que su persona. Si bien, Ryunosuke sabía algo de artes marciales no era lo que destacaba entre sus talentos; su fuerte era el tiro con arco y las artes lógicas del shoji. Envidiaba totalmente la apariencia de Kazuma con los ropajes más tradicionales, envidiarle tal vez fuera su fachada por el querer entrar en ellas y sentirse por una vez en la vida como el hombre al que se arrepentía no admitirle que su varonil apariencia y su gallardía lograban exaltar su ser más sensible y alejado a la concepción cultural de la amistad masculina. Tal como lo logró en sueños, que bien eso eran, meros sueños.

Las ropas no las hurgó a profundidad ni buscó entrar en ellas en aquel momento, aunque su piel lo anhelaba locamente en aquellos instantes, evitó hacerlo, más la cinta roja que adornaba su cabellera no podía dejarla volando como si de un objeto desechable fuera, después de todo, había sido amablemente apartada de la cabellera de su dueño por parte de los marines y entregada con su katana de manos de Susato. Era mayor la necesidad de buscar usos y como lucirla para enorgullecerle. Buscó usarla entre su cabeza al igual que él lo hizo; en el fondo no le gustaba aquello en absoluto, amarrarlo a sus manos se le hacía tan insensible como querer usarlo al cuello, siendo peligroso en su estado menos apropiado, su cordura se veía netamente machacada con el contacto con los recuerdos agridulces que compartía con él, anudando con fuerza el pedazo de tela haciendo una intensa presión en la zona de la tráquea, en la que el nudo de la garganta y la pérdida del aire de manera lenta, le hacían olvidar su fin por un instante, siendo su instinto de conservación el que por su cuenta le hizo soltar aquella gruesa cinta de tela y palparse el cuello aún tibio por aquel contacto, sintiendo un temblor en sus manos temerosas que hacían que rozara suavemente la zona apenas enrojecida. Prometió fielmente que no tocaría más aquella cinta, o al menos, no sin antes dejarla en la empuñadura de Karuma, cuidando de no maltratarla con tus toscas manos, inexpertas en el cuidado de la espada, o, mejor dicho, del alma de su amigo, su buen amigo, su dulce amante y su compañero, el verdadero dueño de la cinta, la cual, bien merecida tenía el adornar su alma, con el color de la vitalidad y la energía, el apasionante sello de Kazuma Asogi, todo lo que podría representarle.

Tal vez aquel estado de efervescencia lo habían hecho reaccionar profundamente, los pasos hacia atrás, el chocar con la cama vacía, ¿los dioses le estaban permitiendo tomar el puesto del espíritu rebelde al que respetaba para lograr acabar su tormento? ¿Podría al menos cerrar los ojos en la cama ocupada por un espíritu tan activo y pasional como era el de Kazuma?, en el fondo se sentía complacido por tal oportunidad que su estado le había contemplado, pero, por otro lado, las dudas lo carcomían y un sonrojo nervioso lo delataba al recordar de nuevo al hombre que solía ocupar la cama pidiendo que, por una vez, antes de esconderse en su urna de madera, le permitiera compartir un cálido contacto, tal vez un abrazo, tal vez calor humano. Se maldecía de nuevo por ignorar verdaderamente aquellas señales que le daba para estar con él, con excusas tan ilógicas como la entrada imprevista de algún integrante de la tripulación. Era evidente, el mundo real era innecesario, cuando entre utopías podría tener con deseo aquel contacto, que pareciera tan lejano en momentos como este.

Soñar eternamente podría ser ahora ser la prioridad y deseo más frágil que tenía en momentos como esos, sus manos esta vez rozaron la impoluta cama, efectivamente, estaba helada al no tener contacto alguno con esta desde el inicio, era bastante ajena a su persona, tal vez ordenó algunos objetos cercanos del lugar y tal vez acomodó torpemente la cama el día de la muerte de Kazuma, aunque en sus manos las pesadas cadenas le coartaran de manera constante el libre movimiento, podía actuar de manera responsable y ordenada.

Estaba dubitante por lo que iba a hacer, podría ser un paso para lograr sobrevivir a la intensa locura que estaba llevándole la soledad emocional; quitándose la parte superior de su uniforme para mayor comodidad, logrando recostarse por primera vez en el camarote.

No fueron minutos para que Ryunosuke se diera la vuelta en la cama, posando su nariz en la almohada, perdía aquella esencia que recordaba de las ropas de su compañero más cercano, el último contacto en búsqueda de la ritualidad, enseñándole este el milenario ritual olfativo samurái que le abriría la mente y los sentidos para afrontar cada estado natural. El olor dulce de las flores de vainilla, el roble japonés secándose, dejando sus notas de madera o las flores de cerezo que eran de lo poco que podía nunca olvidar al abrazar con profundidad a Kazuma, sabía que ese era su aroma, él te amargo en una tetera entremezclada con las finas notas de los cerezos en primavera.

Lo que le hacía buscar aún más su presencia, era el cerrar los ojos e intentar no olvidarle, ¿pero cómo podría él pensar en esas preocupaciones de olvidar lo que está vivo en la mente?, tal vez el temor era mayor al esperado, no reconocerle en vista, no reconocer su voz, su risa socarrona, su mirada orgullosa y tal vez la confianza en sí mismo tal como la que le tenía a su persona, ahora mismo cuestionar porque no temía en confiar en él era evidente, confiar en un muchacho que simplemente hirió de una manera inusual su orgullo en una competencia podría ser lo que los marcaría y lo que los podría alejar, más, ¿confianza?, aquello lo hacía sentir honrado, acoplado a alguien que no temía en cuestionar sus métodos y su personalidad y quien más que confianza parecía un completo enamorado de su mentalidad abierta y de su habilidad oculta por hacer comentarios que podrían ser o inmensamente inteligentes o terriblemente absurdos a sus oídos.

Ryunosuke no salía de su ensoñación profunda, los aromas y los sabores lo estaban tentando a caer rendido al eterno descanso, el que lo haría caer en brazos de algún dios benevolente que lo dejaría al lado de quien más amó, y que le dejara hablar día y noche y que no dejara que se preocupara por términos de leyes que por ahora a duras penas manejaba y de los que, en la corte, temería usar de manera incorrecta. Verdaderamente, quería llorar, no había tenido oportunidad ni la valentía de hacerlo frente a la gente, no quería mostrarse débil frente aquellos que lo rodeaban, y menos, cuando las lágrimas de un hombre eran tan mal vistas que podían ser símbolo de falta de masculinidad, de valía o coraje frente a las situaciones más desafortunadas que le fueran enfrentadas.

Su nariz seguía posada en la almohada de calidad cuestionable del camarote, seguía buscando el olor desvanecido de Kazuma Asogi, no había éxito, y amargas lágrimas caían en la cama, sintiendo un intenso dolor en su alma, cuerpo y espíritu rebelde; ¿por qué no podía dejar de sufrir por un hombre? ¿Por qué la pérdida de un ser que de manera póstuma y que en sueños había declarado un intenso sentimiento pasional y romántico podía destruir su cordura de manera tan evidente?, ahora mismo no tenía mayores respuestas, solo quería ahogar sus lágrimas, caer cuesta abajo en el amargo elixir del dolor que sentía, que para algunos pareciera netamente exagerado, pero para él, si pudiera describirlo como una enfermedad de muerte, lo pondría en su autopsia como una "muerte por amor" o "muerte por intenso dolor".

Los sollozos lo ahogaban, aunque cada vez se acallaban más mientras el cansancio le ganaba cada vez más, tapando su cuerpo por completo, no quería que lo vieran así; al fin y al cabo, si algún integrante de la tripulación lo necesitara, podría ocultarse entre las excusas del eterno descanso, o bueno, no tan eterno, sabiendo que al otro día iba a seguir con las mismas arduas rutinas de aprendizaje que hacía por su fallecido compañero.

Ya hubiera querido soñar con algo menos comprometedor, algo más sutil y tal vez algo que le generara menor grado de culpabilidad como los sueños y recuerdos de los termales japoneses, aquel reloj oxidado por el contacto con el calor y las sales, y la compañía de un supuesto amigo, no sabía si aquello era una prueba para demostrar que reprimía todo aquello que sentía o si era el recuerdo de la figura de Kazuma que hasta en la vista de la desnudez era tan gallardo y atractivo que podría temblar por los nervios de solo soñarlo, imaginando mil y un cosas que podrían comprometerle, desheredarle y quitarle cada uno de sus sueños por sentir aquellos labios furtivos en los termales y los suaves roces de sus manos bajo el yugo de una población en negación, que esperaba que buscara sentar cabeza y tal vez casarse prontamente en vez de andar haciendo algo obsceno, a la vista de la sociedad tradicional, pero tal vez no le importaba porque era un sueño, o mejor dicho, su sueño más profundo, perdiéndose a lo lejos por el terror del descubrimiento ajeno, de sus padres, profesores, del terror de la pérdida de sus sueños, y perderlo a él; ¿hasta en sus deseos más profundos lo perdería por un miedo tan intenso frente a la moral japonesa?, aquello lo atormentaba, incluso al punto de despertarlo.

Era un mar de emociones en aquel instante, el sudor frío recorriéndole, el temblor intenso de sus manos y perdiendo aquella capacidad de respiración debido a los nervios; sosteniéndose la cabeza en evidente confusión, ¿él lo amaba de tal forma?, ¿sería capaz de romper la moral ideal de su tierra solo por un capricho carnal?, la negación lo desesperaba intensamente, haciéndole perder la noción del tiempo. Volvía a cerrar los ojos, la retrospección de las escenas producto del sueño le hacían tener aquel molesto nudo en la garganta que hacía que su respiración se entorpeciera, intentando recuperarla de manera agitada, inhalando y exhalando con rapidez.

— Mierda, mierda… ¡mierda!, ¿por qué ahora?, Kazuma, juro por los dioses que quiero cumplir tu sueño, pero ¿acaso estaré enfermo por pensar en tu presencia de tal manera?

Cuestionó a la nada de nuevo como si esta fuera a responderle de manera afirmativa, palmeándose el rostro con claro desasosiego, como diciéndose que debía ser castigado por sus pares por verse amando a alguien que está muerto y además es su compañero más cercano de estudios y de confidencias. Para sus adentros algo andaba terriblemente mal consigo mismo. Había hablado demás y además de eso, con tal dureza que había llegado a tocar la puerta de metal aquella voz femenina que tanto reconocía como era Susato, tal insistencia era evidente, después de todo, aquellos insultos no podían ser poca cosa para sus oídos. Y ni abriendo la puerta actuando como si nada hubiera pasado podía salvarlo de un cuestionamiento de aquella dama, que era por demás inteligente.

Cuestionaría de solo abrir la puerta si Ryunosuke estaba cuerdo, aquella sensación de falta de descanso que veía en él, la mirada apartada, e incluso la falta de receptividad ante sus palabras podían ser la primera alerta de Susato ante lo que podía ver en presencia de aquel muchacho. Mantuvo la calma intentando luego de una reverencia cuestionar por el estado del mayor, y como sentía el viaje en generar, a pocos días de llegar al puerto de Dover.

— Naruhodo – san, ¿usted está seguro de querer continuar este viaje?, desde hace un rato no he escuchado más que insultos y frustración… ¿ha estado bien?, como su asistente legal siempre he querido ayudarlo de la mejor manera posible. —

Exclamaba la dama, manteniendo una aparente impasibilidad, mirando con la cabeza ladeada a su acompañante, quien intentó (casi sin éxito), restarle importancia.

— Simplemente, he tenido un mal sueño y me he despertado asustado, no es la gran cosa ni algo que competa este viaje, gracias por su preocupación, señorita Susato. —

La mentira se sentía en su voz temblorosa, lo dubitante de sus palabras y los tropiezos mentales que le hacían equivocarse entre frase y frase, como si quisiera disimular yendo a su mesa de estudios, terriblemente desordenada entre la tinta y las manchas entre anotaciones, para continuar con sus estudios. Pero era evidente, aquello no podía engañar a Susato, preguntando de manera directa sus sospechas, aún si fuera la respuesta aquella automatizada y falta de confianza que iba a recibir.

— Usted… ¿quería mucho a Kazuma – sama? —

— Era el mejor amigo que he tenido en toda mi vida… ¿Cómo no lo iba a querer? —

El suspiro por parte de la dama era decepcionante, sus sospechas eran mayores a las palabras directas, a lo positivo o negativo que diera sobre una supuesta cercanía más allá de la amistad que podía estar hablando el futuro estudiante de leyes inglesas en el extranjero. Pero no siempre las respuestas se darían en forma oral; tal vez si ella no hubiera llegado a tiempo, si no estuviera pendiente de su presencia, ¿podría perdonarse por eso?, tal vez no, y menos por su cantidad de responsabilidades que podía cargar bajo sus hombros o los del detective a cargo, que aún no había sido relegado de sus acciones, como era el detective Hosonaga, que buscaba el bienestar general con tal lealtad y porfía que merecía todo su respeto.

No pasarían más que unos días, tan pocos como para estar a cortas de desembarcar en Reino Unido y acabar con tan agotador viaje que más que alegrías les daba una intensa sensación de agotamiento para darse cuenta Ryunosuke que podía llegar a enloquecer solo por actuar con una actitud tan irracional que rozaba la testarudez. Había leído con demasía más que literatura sobre leyes y estudios, sobre la ritualidad de la muerte en sus tierras, el honor del samurái para morir, había acabado aquella época unos años atrás, pero, ¿podía lograr aceptar que estaba lentamente olvidando quien era él por buscar razones?, sonaba a una excusa netamente pasional, pero podía ser justo su salvación, luego de tales intentos infructuosos de seguir vivo cuando su corazón estaba muerto en gran medida, ojalá morir de tal manera lo llevara ante aquel descendiente de samuráis y lo llevara al éxtasis de alguna u otra forma, así fuera con un beso.

Era un milagro haber encontrado un vestuario blanco que pudiera vestir sin sentirse deshonrado ante los que cometieron tal acto de manera más justa; buscando una de las valijas de equipaje, ahora vacías, para posar lo que sería su espada, Karuma, con aquel filo tan impoluto, con la sutileza de sus dueños; las armas no podían estar permitidas en el barco, más, para él no podía ser más que el alma de aquel hombre. Ahora faltaba su nota final, su despedida, lo que la tinta le diría a quien lo encuentre. Debía estarle temblando aquella mano, ya que, los primeros intentos de escritura, eran por demás, infructuosos. Más las palabras exactas las tenía justo con él:

"El alma del hombre al que amé, dejará escapar el último aliento que se escuche entre los rugidos de las olas." Ryunosuke Naruhodo.

El olvido, el momento borroso, tal vez su memoria, o tal vez porque en el fondo la muerte todavía no quería llamarle hicieron que aquel filo impoluto no se manchara de la sangre de un inocente. Había llegado alguien a quitarle aquella arma de sus temblorosas manos; ni aunque quisiera, era capaz de que continuara aquel ritual. Aquella hoja con aquel poema había volado hasta el suelo, Susato lo sabía de solo leer aquella nota, los sentimientos del mayor hacia su fallecido "amigo", eran aún más fuertes de lo que aparentaban ser; por mucho que no los exteriorizara. Ryunosuke no podía más que temblar con terror, sintiendo el intenso dolor de haber fallado a Kazuma de no ir con él a dónde sea que estuviera. La dama volvió a cuestionarle como la primera vez que lo hizo, esta vez, sin evitar abrazarlo, como si aquella muestra de afecto público lograra calmar algo.

— Naruhodo – san, ¿usted quería a Kazuma – sama a tal punto que querría morir? —

— Kazuma, era mi mundo, ¿Cómo podría vivir sin él? —

— Pero, le hizo una promesa, seguir su legado, estudiar leyes por él, ¿no es así? —

— Aunque la tenga, si no fuera por esa promesa, no tendría nada por lo que seguir aquí, Señorita Susato. —

La promesa de seguir estudiando por Kazuma podría haberse desmoronado por otra muerte, más la salvación de ambos, más allá de ser encontrado en aquellos momentos, era otra frase que esta vez venía de labios de uno de los integrantes de la tripulación, era evidente.

— En pocas horas desembarcaremos en Reino Unido, estén preparados para desembarcar cuando se les diga. —