.
El cielo había oscurecido en su totalidad y el aire era más frío de lo normal, Saitama yacía sentado en una banca a las afueras de un parque cualquiera lamentándose de no haber traído algo más abrigador. Llevaba al menos dos horas deambulando.
Se puso de pie de nuevo para estirar sus pies y caminar por los alrededores sin rumbo fijo. Las calles no estaban tan concurridas como creía que lo estarían, las luces de los faros eran más tenues y alguna que otra brisa se colaba sobre su cabeza, quizás anunciando la llegada temprana del invierno.
En el fondo Saitama seguía sintiéndose mal, podría haber comido pastel si tan sólo hubiera ido a la fiesta.
En verdad deseaba comer pastel.
El hambre lo venció y fue así que decidió detenerse en una tienda de conveniencia para comprar algo de comer. Él se consideró suertudo de haber encontrado un par de bollos rellenos de crema, lo cual era lo más cercano, y barato, a lo que sería un pastel.
Saitama salió de la tienda y siguió su paso sobre la banqueta, terminó su primer bolló y comenzó a comer el segundo justo antes de detenerse junto al semáforo para cruzar la calle.
Parada en la banqueta del otro lado, con un largo abrigo oscuro, estaba Fubuki.
Su cabello negro, vestido negro, botas negras. Ella podría perderse perfectamente en la oscuridad todo lo que quisiera, pero para Saitama siempre era muy fácil encontrarla.
Fubuki alzó su vista y se encontró al instante con la de Saitama, lució de pronto sorprendida.
Saitama hizo el ademán de alzar su mano para saludarla pero ella se dio la vuelta y se alejó de ahí antes de eso.
En cuanto el semáforo marcó el paso libre, Saitama corrió hacia ella.
—¡Fubuki, oye! —Le gritó él lo suficientemente fuerte para ser escuchado, moviendo sus pies lo suficientemente rápido para alcanzarla.
Fubuki se detuvo y bufó en señal de rendición. —¿Qué quieres?
—¿Qué haces aquí? ¿No tenías una fiesta de cumpleaños justo ahora?
Ella agachó la mirada y se abrazó más a sí misma, cubriéndose mejor con su abrigo. No hubo respuesta más allá de continuar con su rápido caminar.
—Fubuki.
Ella lo ignoró.
Saitama creyó haber notado algo extraño y decidió seguirla. —Oye, ¿qué pasa? ¿Estás bien?
—Déjame en paz.
—Pero te ves triste.
—¿Te importa?
—Es tu cumpleaños.
—Exacto. Es mío, no tuyo. Déjame.
Pero Saitama no tenía ganas de hacer eso. Él continuaba siguiéndola.
No importa cuánto Fubuki acelerara su paso, Saitama siempre podría alcanzarla en un abrir y cerrar de ojos. No importa cuánto se alejara o cubriera su vista, ella siempre estaba próxima a él.
—Me preocupas. —Soltó de pronto él.
Fubuki se detuvo al instante, Saitama casi chocó con ella por detrás.
Finalmente, Fubuki volteó a verlo. Su rostro lucía completamente extrañado.
Saitama entonces sintió su rostro calentarse. —Q-quiero decir, pareces preocupada por algo, ¿no?
Los hombros de Fubuki decayeron y el brillo de sus ojos se apagó. —Claro, ¿y tú por qué crees que es?
Saitama tomó su distancia dando un paso hacia atrás, estaban muy cerca. —Ohm, no lo sé. ¿No te gustó tu fiesta?
—Mi fiesta era espectacular, el Grupo Fubuki hizo su mayor esfuerzo.
—Genial, entonc-
—Pero de alguna forma mi hermana se enteró y apareció de la nada. —Fubuki frunció el ceño mientras colocaba una de sus manos sobre su cadera y otra sobre el puente de su nariz. —¿Cómo fue que supo sobre la fiesta? Se supone que no debería, fuimos MUY discretos al respecto.
Saitama desvió la mirada y tragó en seco. —Oh...
Cuando regresó su vista hacia Fubuki, ella ya se había dado la media vuelta y empezaba a subir las escaleras del puente peatonal.
Buscando respuestas, Saitama volvió a seguirla. —Pero, es tu hermana, ¿por qué no invitarla?
Entonces Fubuki disminuyó la velocidad de sus pasos hasta quedarse de pie, su mano sobre el barandal, su vista perdida y la luz de los carros que pasaban por debajo iluminando el contorno de su rostro.
—"¿Por qué no?" —Repitió Fubuki con burla, casi soltó una risa sin ningún rastro de felicidad. Fubuki se giró hacia él. —Tú la has visto, Saitama.
Él devolvió la mirada y asintió. —Sí, es molesta y grita mucho.
—Y asusta a todo el mundo, todos le temen, también es incómodo, ¿sabes lo que es estar siendo vigilada en todo momento?
Sí, Saitama podría darse una idea. Tenía a Genos y a Sonic.
Los ojos de Fubuki lucieron de pronto inquietos, ella comenzó a negar lentamente con la cabeza. —Con quién hablo, qué hago bien, qué hago mal, cómo me comporto. —Su voz bajó y su sonrisa falsa y temblorosa desapareció. —Es mi cumpleaños, sólo quería pasarla bien con mis amigos.
Dando un paso más cerca, subiendo el escalón, Saitama se atrevió a preguntar, su voz sonó más suave y calmada de lo normal. —¿Así es como pasabas tus otros cumpleaños?
Fubuki lo miró y después se abrazó más a sí misma, su mirada desviándose, como escondiendo su cara de Saitama. —No. —Soltó ella en voz baja. —Este... esta es la primera vez.
—¿Tu primera fiesta de cumpleaños?
—La primera en la que mis invitados en verdad asisten.
Saitama se mantuvo observándola en silencio, incapaz de dar otro paso al frente.
Fubuki se recargó sobre el barandal tras ella y finalmente se permitió relajarse y mostrar su rostro afligido y cansado. Estaba muy oscuro, pero Saitama podía verla a la perfección.
—...No importa cuánto insistiera, nadie iba a mis fiestas de cumpleaños. Todos le temían a mi hermana.
—...Oh. —Saitama sabía de eso, o al menos podía imaginarlo. Organizar una fiesta a la que nadie asiste era simplemente horrible y cruel. Ahora Saitama sabía que incluso alguien como Fubuki también había pasado por eso. —Lo siento... —Dijo él en voz demasiado baja, pero lo suficiente para ser escuchado por ella.
Fubuki levantó su cabeza y lo miró, ella realmente parecía estar cansada. —¿Por qué te disculpas?
—¿Eh?
Cierto, ¿por qué se estaba disculpando?
—Tú no tienes nada que ver con esto.
—Lo sé, es sólo que, bueno, ¿y... y qué pasó con la fiesta? Ellos notarán que faltas tú, eres la cumpleañera.
Fubuki resopló. —Ellos podrán arreglárselo, la fiesta tenía una organización impecable después de todo.
Saitama asintió, incapaz de dar otra respuesta, o de agregar un comentario al respecto. ¿Qué se puede decir o hacer en esos casos?
No había más tema de conversación. Saitama no hacía otra cosa que observar a Fubuki. Ella acababa de abrir sus sentimientos y un poco de su pasado, quizás él pudiera hacer lo mismo, ¿no?
Sólo un poco. Porque es su cumpleaños.
Saitama dio otro paso al frente, a sólo dos escalones de Fubuki, miró hacia los lados, se asomó hacia la banqueta y no encontró a nadie. Eran ellos dos y la noche sobre las escaleras de ese puente peatonal. Perfecto. Nadie los escucharía.
Él se inclinó un poco hacia ella y cubrió con una de sus manos su boca, Fubuki se acercó para escuchar.
—Yo también tengo malas experiencias en los cumpleaños. —Dijo él.
Fubuki alzó una ceja, su rostro lució sorprendido y sus ojos se bañaron en una curiosidad instantánea.
Saitama continuó. —A decir verdad... Nunca fui invitado a una, nunca tuve amigos que me organizaran una en primer lugar.
Él rascó su cuello con una de sus manos y giró su cuerpo para imitar la posición de Fubuki, teniendo así a ambos recargados sobre el barandal.
—Mnh. —Dijo entre labios Fubuki, su rostro más pensativo y mucho menos afligido que antes. Sus ojos miraban hacia la calle de forma distraída, dejando que su frente y la punta de su nariz se iluminaran por los faros de los carros que pasaban. Su cabello negro se mecía con el viento y brillaba con la noche. Hoy estaba más bonita de lo normal.
—¿Y bien? ¿Tú qué haces aquí? —Preguntó ella, rompiendo el silencio y sacando a Saitama de su ensimismamiento.
Al instante llegó a la mente de Saitama el recuerdo del regalo y la fiesta, la caminata y su arrepentimiento a última hora.
Cierto, el regalo de cumpleaños.
Saitama extendió de pronto su mano, ofreciendo su bollo a Fubuki. —Es para ti.
Fubuki lo tomó y alzó una ceja mientras lo inspeccionaba con la vista. —¿Este es mi regalo?
—Aún está caliente, así que es un buen regalo.
—Está mordido.
—Y es de crema.
Entonces Fubuki volteó a verlo. —Saitama, esto está a medio comer.
Saitama decidió que era el momento perfecto de fingir demencia, no escuchar, no ver, sólo él y esa piedra en el suelo que repentinamente había captado su atención.
Con un suspiro, Fubuki cedió ante el silencio y observó el bollo entre sus manos por unos momentos.
Un bollo a medio comer, medio caliente, medio manchado de crema.
Fubuki suspiró rendida una vez más y le dio una mordida. —Mnh, está bueno, sabe a pastel.
Una tenue sonrisa apareció en el rostro de Saitama mientras regresaba su vista. —Lo sé, ¿no es genial?
Fubuki lo miró mientras masticaba, tratando de ocultar su propia sonrisa con su mano. Finalmente tragó y se limpió la boca. —Gracias.
—Sí, está bien.
—No planeabas darme nada, ¿verdad? —La vista de Fubuki se concentró en el bollo una vez más. —Tampoco planeabas ir a mi fiesta de cumpleaños. Debe ser aburrido para ti, supongo.
La confusión se esparció por el rostro de Saitama. —¿Aburrido?
—Sí, el tener que ir a una fiesta de una simple conocida y, además de eso, tener que comprarle un obsequio.
La forma en la que Fubuki hizo énfasis en la palabra "conocida" llamó la atención de Saitama.
El cuerpo de él se enderezó y se giró hacia Fubuki, su voz sonó tranquila, paciente, estableciendo una verdad. —Sí planeaba ir.
Fubuki dejó entrever una sonrisa triste. —¿Genos te presionó?
—Yo era quien quería ir, Genos ni siq- —Saitama de detuvo.
La mirada de Fubuki de nuevo estaba fija en él. Un rostro sorprendido con unos ojos verdes, brillantes, profundos y llenos de curiosidad.
Saitama trató de poner un rostro serio. —Mira, sí tenía planeado ir a tu cumpleaños, pero me surgió algo a última hora y tuve que cancelarlo.
—¿Y qué es eso tan urgente que es más importante que mi cumpleaños?
La frente de Saitama comenzó a sudar. —N-no puedo decírtelo.
—Hazlo. —Ordenó Fubuki.
—No.
Ella dio un paso al frente, a tan sólo un escalón de distancia. —Dímelo.
Él retrocedió otro escalón. —Es confidencial.
Fubuki baja rápidamente los dos escalones que los separaban, alzando un poco su voz. —¿Era una misión de la asociación?
—¡A-algo así! —Saitama dio de forma inconsciente un paso hacia atrás, resbalándose con el último escalón y cayendo sentado hacia atrás.
Fubuki se acercó con rapidez y lo ayudó a levantarse. —¿Estás bien?
Ella estaba demasiado cerca. Su mano era suave y fría.
Saitama se puso de pie al instante. —Sí, sí, como sea. —Sus manos se sentían sudar tanto como su frente, sus orejas se sintieron calientes, el frío había desaparecido. Estar tan cerca de Fubuki lo hacía sentir acorralado, inquieto, su corazón estaba más acelerado de lo normal. —S-será mejor que me vaya. —Dijo con prisa.
—¿Tan pronto? Pero si aún me debes un regalo de cumpleaños.
Saitama de detuvo. —¿Eh? Pero si te di un bo-
—Eso no es un regalo de cumpleaños y lo sabes. —Fubuki colocó una de sus manos sobre su cadera y afiló la mirada.
—Per-
—No hay discusión. —Lo cortó ella de nuevo. —Me debes un regalo decente.
Cierta molestia comenzó a integrarse junto al nerviosismo de Saitama.
Fubuki lo hacía sentir nervioso y molesto al mismo tiempo.
—Entonces tú me debes una disculpa.
—¡¿Disculpa?! —Fubuki frunció su ceño y lo señaló con su dedo. —¡No pretendas culparme de algo que no he hecho!
Saitama se mantuvo firme. —No me invitaste a tu fiesta.
El rostro de Fubuki se mostró de pronto confundido, luego nuevamente molesto. Con sus dedos comenzó a enumerar sus respuestas, picando el pecho de Saitama frente a él. —Primero, yo no organicé la fiesta. — Fubuki alzó otro de sus dedos y volvió a picar. —Segundo, esa era una fiesta para amigos cercanos y contactos especiales, tú no eres ninguno de los dos. Y tercero, ¡sí te invité!
—¡P-pero fue a última hora! ¡Ni siquiera me dio tiempo de ahorrar para comprarte un regalo!
—¡Eso no fue mi culpa!
Saitama deseó tener a Genos ahí, él era mucho mejor discutiendo.
—Si me hubieras invitado desde un princip-
—Saitama. —Lo detuvo Fubuki, sus palabras sonaron pesadas y lentas mientras brotaban de sus labios, su rostro completamente serio. —No somos amigos, tú lo dijiste, ¿por qué esperabas que te invitara?
Una vez más, Saitama no tuvo respuesta.
Ella tenía razón.
Quizás todo eso había sido fruto de aquel sentimiento de ser desplazado por alguien.
Soledad, melancolía, Fubuki había estado distante últimamente y eso era raro porque ella siempre pareció ser alguien muy próxima. Fácil de encontrar, incluso en la oscuridad. Fácil de alcanzar sólo con acelerar un poco sus pasos. Nunca había tenido que buscarla porque ella era la primera en hacerlo.
—E-es que tú…
La voz de Fubuki sonó más severa. Pequeñas espinas fueron lanzadas con cada palabra soltada. —No eres mi amigo, no eres un amigo de un amigo, ni tampoco mi subordinado, tampoco tienes interés en nada que tenga que ver conmigo.
La forma en la que ella lo dijo desconcertó a Saitama, pero no tanto como el rostro triste y de completa derrota que Fubuki estaba haciendo justo en ese momento.
—No puedes decirme algo como eso y luego esperar que siga actuando como si tuviéramos algo entre nosotros. Sólo soy una conocida.
Entonces la claridad llegó a Saitama. Él pudo reconocer esas palabras como suyas.
—¿Eso que dije… —comenzó él dubitativo, comprendiendo el "¿cómo?" pero no el "¿por qué?" —…fue algo malo?
Un aire de frustración salió de la boca de Fubuki en forma de suspiro, o queja, o gruñido. Saitama no estaba seguro.
—Sólo olvídalo. Buenas noches. —Dijo ella con la intención de darse la media vuelta, guardando el bollos en la bolsa de su abrigo.
—Fubuki, espera…
—Está bien, fue mi culpa, no debí tomar tanta confianza contigo.
—¿Entonces fue lo que dije? ¿Entonces sí fue mi culpa?
Esta vez, fue Fubuki quien se mostró confundida.
Así que Saitama trató de explicarse. —Desde ese día no volviste a mi casa.
—Tú odiabas que fuera a tu casa.
— Te comiste mis galletas de la alacena y nunca me las pagaste.
—Te ofrecí ser miembro honorario de mi grupo. —Dijo ella, como si eso fuera a compensar el asunto de las galletas.
En cualquier otro momento, Saitama se sentiría molesto por sacar el tema del Grupo Fubuki a colación. Pero en ese instante sentía que simplemente le daba igual. —Ya te había dicho que no. —Respondió.
Sorprendentemente, Fubuki no replicó.
Ella apretó sus labios y asintió con un rostro apagado. —Sí, lo hiciste, muchas veces.
Saitama también asintió, luego se rascó la mejilla. El ambiente se había tornado de nuevo incómodo.
Pasó un tiempo en silencio entre ambos, a una distancia más corta que antes y con un aire ligeramente más cálido entre ellos. Saitama la miraba de reojo, Fubuki miraba distraídamente algo en el suelo.
Saitama pensó en disculparse, incluso si no sentía que era su culpa. A decir verdad, para él esas palabras no tenían impacto alguno, ni siquiera las recordaba, habían sido dichas casi sin pensar. Él todo lo que quería era que Tatsumaki se tranquilizara y dejara de destruir el edificio.
Movió un poco sus dedos buscando tranquilizarse para tomar algo de valor. A pesar de todo, Saitama necesitaba disculparse. Fubuki no merecía estar triste en su cumpleaños.
—Fubuki, yo…
Pero las palabras lo abandonaron cuando ella volteó a verlo. El cabello de Fubuki se mecía con gracia entre sus mejillas, iluminado con las luces de los coches que pasaban y definiendo aún más el contorno de su barbilla, de sus labios, de su frente y sus pestañas. Su piel parecía ser suave. Sus labios eran rojos. Sus ojos eran bonitos incluso cuando estaba triste.
—Yo… —Saitama trató de hablar. —Yo…
Fubuki esperaba pacientemente, quizás un poco en alerta. Su mirada expectante hacía sentir débil a Saitama, su cuerpo entumido y sus manos sudorosas.
—Fubuki, yo… —Él tragó saliva y apretó sus puños. Finalmente se rindió. —…debo irme, buenas noches.
No podía hacerlo. Aún no era capaz de consolar a alguien, mucho menos disculparse.
La vista de Fubuki regresó hacia el suelo mientras Saitama se dio la media vuelta y comenzó a alejarse con rapidez. Esta era una batalla que no quería tener.
Él dio dos pasos, luego tres y entonces se detuvo.
Saitama se quedó quieto mirando hacia el piso, frunciendo el ceño y negando con la cabeza.
Eso no podía seguir así. No podría dormir tranquilo por la noche si no hacía algo.
Él no debía irse de ahí sin disculparse, incluso si aún no entendía cómo exactamente aquello que dijo sin pensar pudo afectarle tanto a Fubuki.
Saitama respiró profundamente antes de darse la media vuelta y regresar. Lo hizo en el momento exacto para ver a Fubuki recogiendo un papel arrugado del suelo.
Ella lo tomó entre sus manos y comenzó a desdoblarlo con curiosidad. Saitama lo reconoció y sintió que la sangre caía a sus pies. Rápidamente rebuscó entre sus bolsillos pero no encontró nada.
Mierda.
Fubuki lo leyó. Alzó sus cejas con sorpresa y volvió a leerlo. Saitama intentó acercarse pero entonces Fubuki levantó su cabeza y encontró sus ojos.
El cuerpo de Saitama se paralizó al instante. Su boca, sus pies, sus párpados. Era como un ciervo bajo las luces de los autos.
—¿Es tuyo? —Preguntó Fubuki.
Los pies de Saitama aún no respondían, mucho menos su voz. No podía negarlo, recordaba haber puesto su nombre ahí. Estaba demasiado avergonzado.
Como si no fuera suficiente, Fubuki volvió a leer la carta una vez más mientras Saitama pensaba en lanzarse del puente.
Los ojos de Fubuki se entrecerraron y su cabeza se ladeó ligeramente. Sus ojos analizaron la carta con detenimiento.
—¡E-es un error! —Comenzó a defenderse Saitama. —¡Debí escribirlo dormido o algo, ni siquiera lo recuerdo! Es que, bueno, verás, es que no sabía qué darte de cumpleaños y es raro, por eso dije que no, Genos trajo el carbón pero las bolsas eran muy pequeñas y la fiesta era en menos de una hora pero yo sólo tení-
—¿Se supone que esta carta era mi regalo de cumpleaños?
La voz de Fubuki sonó calmada, sus ojos eran taciturnos, sus labios estaban ligeramente entreabiertos.
Las manos de Saitama se movieron de un lado a otro, su boca se abrió y volvió a cerrar. Su frente estaba sudando más de lo que debería.
Él agachó su rostro, más caliente de lo normal, y suspiró. —No soy bueno escribiendo cartas. —Dijo él por fin. Entonces se acercó y extendió su mano al frente. —Sólo dámelo, prometo darte un regalo después. Ya pensaré en algo. No le digas a nadie de esto.
—No.
—¡¿Eh?! —Saitama levantó su rostro pasmado, aterrado de que Fubuki quisiera chantajearlo de alguna forma con eso.
Pero ella tenía en su boca esa clase de sonrisa enternecida y divertida y ligeramente burlesca escondida tras el papel. —Este regalo está bien. Esto es más que suficiente. —Estableció Fubuki con su rostro ahora escondido con sus cabellos, ladeado en una forma en la que Saitama ya no era capaz de ver sus ojos. Pero él aún podía percibir parte de su sonrisa y un poco del rojo en sus mejillas.
—¿Eso… es suficiente? ¿En serio?
Fubuki dio un pequeño asentimiento. —…Gracias.
Saitama la miró, luego al papel, luego a ella y entonces no pudo evitar sonreír también. Ella se veía rara, pero de cierta forma le resultaba dulce. Fubuki podía enfadarse por razones muy extrañas y, al mismo tiempo, lucir feliz por razones igual de extrañas.
Una idea se plantó dentro de Saitama y él decidió proseguir con ello. Saitama se acercó a Fubuki con sus brazos extendidos.
Fubuki lo miró y pparpadó. —¿Qué?
—¿No es obvio? No me digas que no los conoces. —Saitama miró de lado, haciendo lo mejor que podía para mostrarse sereno e indiferente. —Un abrazo de cumpleaños.
Sin dejar de mostrarse sorprendida, Fubuki se acercó.
Saitama suspiró aliviado ante esto, en el fondo temía hacer el ridículo siendo rechazado.
Fubuki se colocó de forma dubitante entre sus brazos. Saitama la rodeó al instante y así ambos se abrazaron. El contacto era incómodo para los dos, pero también era cálido y muy reconfortante. Él se preguntaba si al día siguiente recordaría eso y se sentiría raro, si eso sólo volverá aún más incómoda su relación con ella.
Al separarse, Saitama notó que los ojos de Fubuki estaban más brillantes de lo que deberían, como si quisiera llorar.
—¿Estás bien? —Preguntó él en voz baja, para no alterarla, no había necesidad de alzar la voz porque sus cuerpos estaban muy cerca.
Aun así, Fubuki dio un pequeño brinco hacia atrás y se limpió sus ojos. —¡Estoy bien!
Saitama volvió a acercarse. —¿Segura?
Ella asintió con rapidez. —Debo irme.
—Oh…
Fubuki se dio la media vuelta y comenzó a subir de nuevo por las escaleras con prisa. —Hasta pronto, Saitama.
Él la miró irse y sintió cómo la calidez abandonó su cuerpo como una ráfaga de viento nocturno. Con sus brazos entumidos, con sus pies anclados al suelo, Saitama soltó la respiración que no sabía que estaba conteniendo.
Se suponía que la carta y el abrazo harían sentir mejor a Fubuki, pero parecía que sólo la habían hecho llorar.
Saitama se preguntó si ella necesitaría otro abrazo de cumpleaños como consuelo. No es que él quisiera otro porque se haya sentido bien de alguna forma ni nada por el estilo, pero no era justo que él dejara ir a Fubuki con esos ojos llorosos, sola y en la noche del día de su cumpleaños.
Quizás podría darle uno o dos abrazos más. Quizás podría acompañarla a casa y comer juntos un par de bollos de crema con sabor a pastel.
—¡Fubuki, oye, espera! —Gritó Saitama yendo tras ella.
.
Fin.
