Hola a todos.
Bienvenidos a esta nueva historia que os voy a estar viajando. No es de mi propiedad pero tengo el permiso de la autora para subirla y que puedan disfrutar de ella.
La autora ya tiene un libro publicado, esta pequeña historia es una precuela de esa, por lo que cuando acabe de subirla y si aún tienes ganas de más puedes leer los libros que fundan.
Aviso: Ni la historia ni los personajes que me pertenecen. Los personajes son de Masashi Kishimoto y la historia es de Marta Márquez Olalla, la cual me ha dado permiso para traeros su historia, que originalmente está en Wattpad.
Algunos personajes de Naruto no se corresponden al carácter que tienen originalmente .
Capítulo 1: Mañanas de Acero y Tormenta
'Mierda' pensó Sakura mientras corría por el camino de tierra, la pesada mochila rebotando en su espalda y un cielo plomizo sobre su cabeza. Le había vuelto a pasar, se había vuelto a quedar dormida y las clases estaban a punto de comenzar. Lo peor era que le tocaba física a primera hora, y al profesor no le llamaban el Estirado precisamente por su amabilidad y comprensión. Lo que menos le apetecía era aguantar una de sus broncas delante de toda la clase, y muy especialmente cuando sentía la energía de su pecho tan revuelta.
Aquello había sido de hecho la causa de que se hubieran quedado dormida. Le pasaba siempre en los días anteriores y posteriores a la luna llena, cuando estaba tan henchida en el cielo que parecía el plenilunio. Algo dentro de ella despertaba y empezaba a filtrarse por su sangre, por sus músculos y por sus huesos, llenándola de una fuerza tan intensa que todo su ser se ponía en alerta. Ni queriendo era capaz de conciliar el sueño. El problema era que cuando la luna se ocultaba Sakura caía rendida, y permanecía adormilada y de mala leche el resto del día.
No era tonta, sabía por qué le pasaba aquello, un secreto familiar que guardaba con celo. Desde que tenía uso de razón había visto a su madre dedicarse al poco noble oficio de cazadora de seres sobrenaturales, y era muy buena en lo que hacía. La piel y los colmillos de un cinántropo se pagaban muy bien en el mercado negro, aunque ese no era el motivo por el cual Mebuki se dedicaba a aquello. En realidad tenía que ver con su padre. Sakura no le conocía, pero su madre no había tenido reparaciones en contarle cómo se hizo con ella y la dejó embarazada para luego desaparecer con excusas antes de su nacimiento. Indagando fue como descubrió que su marido y padre de la criatura era un cinántropo; un hombre perro, que venía a ser algo así como un hombre lobo pero en doméstico.
Aquel era el motivo por el cual Sakura no era capaz de dormir cuando se acercaba la luna llena, porque ella había heredado la sangre de su padre. Afortunadamente se conocía un atajo a través del pinar, y no tuvo ningún problema en salir del camino de tierra para lanzarse bosque a través. Era otoño y la humedad en el ambiente había creado una pálida niebla que cubría todo el pinar como una vaporosa cortina. Eso no era un problema ya que Sakura lo conocía de sobra como para ser capaz de moverse con agilidad entre los troncos, esquivando helechos, piedras y raíces sin dificultad alguna.
Tan concentrada estaba en llegar a su destino que no vio a la criatura que se cernía sobre ella. Tampoco escuchó sus pisadas, tan silenciosas pese a su frenética carrera que las suyas propias las hacían enmudecer. En la niebla llegó a apreciar una pálida silueta, pero eso fue todo lo que vio apenas un segundo antes de sentir el golpe contra su cuerpo que la mandó rodando por el suelo. Dolio, vaya si dolio. Gimiendo, cubierta de barro y hojas de los pies a la cabeza y un poco aturdida, Sakura levantó la mirada.
—¡Ay, joder! —exclamó, llevándose una mano a la boca, notando cómo el corazón le daba un vuelco.
Era un perro y no lo era. Era un cánido enorme, del tamaño de un mastín, blanco entero salvo por el hocico, que lo llevaba manchado de sangre fresca. La criatura la miró con miedo impregnado en aquellos ojos negros y gimoteó, echando las orejas hacia atrás. Antes de que ella pudiese decir o hacer nada, claro que estaba tan sorprendida por el encuentro que tampoco atinó a poner en orden sus pensamientos, el perro se dio la vuelta y echó a correr bosque arriba, desapareciendo entre la niebla. Durante unos minutos, Sakura se quedó allí sentada, jadeando y con el corazón latiendo a toda velocidad.
—No puede ser. Un cinántropo…
Empezó a llover. Sakura, irritada, soltó un bufido. No podía tener peor suerte, pero tampoco era como si pudiese hacer algo contra eso. Tras quitarse un poco el barro y las hojas de la ropa reanudó su carrera. Llegó al instituto cuando la estridente campana ya estaba sonando y, patinando en los pasillos con las suelas mojadas de sus zapatillas, corrió hacia las escaleras y se impulsó por los escalones de tres en tres. Jadeando entró en la clase justo momentos antes de que lo hiciese el Estirado, y su aspecto era tan lamentable que todo el mundo se quedó mirando. Levantando la cabeza con cierta altivez cruzó hacia su pupitre, el último atrás del todo. No le importaba que la mirasen, tampoco era la chica más popular de clase. Había un motivo por el cual se sentaba sola, y realmente lo prefería así.
—¿Nueva moda? —dijo Karin, la pija de la clase cuando Sakura pasó a su lado.
Sus amigas le rieron la gracia.
—Karin, han llamado del taller. Dicen que ya puedes pasar a por tu aparato de insultar, que ya está calibrado —soltó Sakura, y la otra chica, que siempre iba divina, torció el gesto en una mueca de desprecio.
En cuanto Sakura se acomodó en su sitio sacó de la mochila su cuaderno y su estuche y se preparó para la clase. Sus apuntes eran una cosa más parecida a garabatos que a apuntes, con tachones aquí y anotaciones torcidas y configuradas al límite de la página. No eran bonitos pero ella se enteraba y con eso le bastaba. No le iban a dar un premio por tener el cuaderno más bonito y ordenado de todo el instituto. Además ella generalmente era una chica aplicada, incluso con todos sus problemas, o mejor dicho a causa de todos sus problemas. Estudiaba duro porque realmente no sabía qué otra cosa hacer. Era una manera de no hundirse en la desesperación, tener siempre objetivos claros y perseguirlos. Sin embargo aquella mañana estaba distraída. Soltando un quedo suspiro miró hacia la ventana, al cielo plomizo y lluvioso del exterior. Un cinántropo a plena luz del día, y tenía el hocico manchado de sangre. No eran buenas noticias.
—Señorita Haruno, ¿le importaría responder a la pregunta?
La voz del profesor la arrancó abruptamente de sus pensamientos. Bruscamente, apartó la mirada del cielo color acero que se podía ver a través de la ventana para fijarse en el hombre enjuto, estirado y de mirada severa que tenía delante. En la pizarra había una serie de fórmulas escritas junto a un dibujo que mostraba la órbita de un grupo de objetos estelares interaccionando entre ellos. Tras analizar probablemente la fórmula hizo un rápido cálculo mental y soltó la respuesta. Por la manera en que el profesor torció el gesto Sakura supo que la respuesta que había dado era la correcta. Tampoco esperaba algo diferente, se esforzaba mucho en clase, hacia sus ejercicios y la asignatura se le daba bien. Al fin y al cabo no quería suspender, necesitaba aprobar aquel año, segundo de bachillerato, si quería marcharse de casa cuanto antes.
—Hum… —Con un ademán que parecía casi indignado, el profesor volvió su atención al resto de la clase—. Para el día quiero que resolváis la próxima fórmula aplicándola a distintos cuerpos del Sistema Solar.
Consciente de que había dejado de ser interesante para el profesor, Sakura bajó la mirada hacia su muñeca, a la cicatriz blanca con forma de perrito que había en el envés. No era una marca cualquiera, era un recordatorio más de la sangre que corría por sus venas, la sangre de los hijos de la luna. La mayoría de los profesores preferían ignorarla, ya que nunca daban problemas en clase y siempre presentaban los trabajos a tiempo. Sin embargo había dos que parecían obcecados en ella; la de biología porque intentaba ayudarla, y el Estirado porque parecía estar siempre pillarla desprevenida.
—Imbécil… —masculló, apretando los dientes y aguantándose las ganas de arrugar el labio y gruñir.
Tampoco tenía realmente claro a cuál de los dos se refería. Agradecía el esfuerzo de Kurenai, la profesora de biología, pero las cosas eran demasiado complicadas. Apretando los labios en una mueca dejó salir un hondo suspiro y se giró nuevamente hacia la ventana, dejando que sus ojos grises se posasen en el cielo del mismo color, un cielo muy a juego con sus emociones. Las gruesas gotas de lluvia caían sobre el cristal, deslizándose perezosamente como lágrimas a través de la fría superficie. Incluso a través de la ventana cerrada el olor a tierra mojada era intenso. Sí, pensó nuevamente a la vez que arrugó la nariz, contrariada por aquel olor que percibía con nitidez, las cosas eran demasiado complicadas como para que nadie pudiese ayudarla.
El estridente sonido de la campana se clavó en sus oídos, haciéndola encogerse sobre sí mismo y acrecentando la sensación de estar siendo arropada por una manta fría y húmeda. Después de años de estar yendo al instituto ya debería haber acostumbrado a aquel sonido, pero no lo había hecho. Cada vez que sonaba, y lo hacía varias veces al día, era como si un chirrido agudo le estuviese taladrando la cabeza. No lo soportó, y no únicamente por lo molesto que le resultó. Sus sentidos eran más agudos que los de sus compañeros, en especial el olfato y el oído, y tenía entendidos que eso no era nada comparado con un cinántropo que ya había cambiado por primera vez. Si para ella ya era insoportable no podía ni imaginarse cómo tenía que ser para los que sí habían pasado el primer cambio.
-¡Ey! ¡Sakura!
Aquel vozarrón llamando a gritos su nombre a través de toda la clase sólo podía pertenecer a una persona; Ino. La chica, un año mayor que ella pero que estaba repitiendo el segundo de bachillerato, Sakura sospechaba que porque no quiso dejarla sola en su último año académico, sacudió la mano en un vigoroso saludo a la vez que se acercaba. Era todo un espectáculo verla ya que era una chica enorme, con su metro ochenta, quizás algo más, sus anchas espaldas, su rostro cubierto de pecas y el tupido pelo rubio que siempre llevaba largo. Verla acercarse hizo que Sakura se sintiese un poco mejor, y la tímida sombra de una sonrisa comenzó a asomar en sus labios. Ino no era sólo su mejor amiga, era su única amiga y la única persona que se había acercado a ella cuando llegó nuevo el curso anterior. Tampoco podía culpar al resto de sus compañeros,
—Tía, vengo a hacerte una proposición indecente —dijo la chica, que tenía una sonrisa de oreja a oreja, apoyándose con sus codos sobre el pupitre.
—Miedo me da. ¿Qué se te ha ocurrido ahora? — Sakura preguntó mientras cerraba su cuaderno de física para guardarlo en su mochila.
—En el club de senderismo y acampada al que voy hay un chico nuevo. Todavía no ha hecho amigos, y había pensado que quedarían a tomar algo y así te lo presento.
—En serio, ¿vas a recoger a todos los raros solitarios como si fuésemos perros abandonados?
Ino soltó una atronadora carcajada que ocasionalmente que algún otro compañero mirase en su dirección.
—Visto así quizás tenga madera de voluntaria de protector —dijo con una amplia sonrisa.
—Venga chicos, todos a sus sitios que vamos a empezar —dijo Kurenai, la profesora de biología, que acababa de entrar en la clase.
—Bueno, tía, te espero a la salida de clase. Ya verás, te va a caer genial. Es un tio de puta madre.
—Espera Ino, todavía no he dicho que… —dijo alargando la mano hacia su amiga, que ya se estaba marchando hacia su pupitre en la otra punta de la clase—. Si…
Tras soltar un largo y profundo suspiro, Sakura dejó caer la mano y bajó la mirada hacia su mochila. Rebuscó con gesto aburrido entre sus cuadernos hasta que localizó el de biología y lo abrió delante de ella. Al levantar la mirada intercambió un breve cruce con la profesora, una en la que bruscamente bajó sus ojos queriendo dejar todo lo claro posible que no necesitaba ni quería su ayuda. Sin embargo le había dado tiempo a ver la expresión de obstinada paciencia en su rostro, y aquello fue suficiente para que algo se revolviese en su estómago. Kurenai era una buena mujer y no se merecía la manera en la que la despreciaba constantemente, pero no podía hacer otra cosa. Era la única manera de alejarla de ella todo lo posible. Kurenai no pudo ayudarla, y todos los que lo habían intentado en el pasado no habían salido bien parados.
—Joder, Ino, ¿por qué me metes en estos fregados?
Y hasta aquí el capitulo. ¿Os ha gustado? ¿Queréis a continuación? Recordad que los comentarios alegran muchísimo y siempre los leo.
Mi intención es ir subiendo 1 capítulo por semana a no ser que algo cambie.
Gracias por leer y espero veros en el siguiente capítulo.
Un saludo a todos.
