Aviso: Ni la historia ni los personajes que me pertenecen. Los personajes son de Masashi Kishimoto y la historia es de Marta Márquez Olalla, la cual me ha dado permiso para traeros su historia, que originalmente está en Wattpad.
Algunos personajes de Naruto no se corresponden al carácter que tienen originalmente.
Capítulo 4: Sangre de Luna y Añicos de Plata
La noche hacía rato que había llegado, pero su reina incuestionable todavía no había salido. Sakura estaba sentada en su viejo y desvencijado escritorio, que cojeaba de tantas veces que lo había desmontado para poder llevárselo cada vez que se habían mudado de casa, que habían sido muchas. Delante de ella tenía un cuaderno abierto lleno de garabatos y tachones, porque lo de llevar las cosas en limpio no iba con ella. Era un ejercicio sintáctico aburridísimo en el que tenía que analizar varias oraciones, y Sakura no entendió por qué necesitaba saber aquella cosa inútil pero como tenía que aprobar se esforzaba todo lo que podía.
Sin embargo aquel día no estaba siendo tan productivo como le hubiera gustado. Bueno, ni ese ni todos los anteriores desde hacía unos días. Tras soltar un quedo suspiro de frustración, Sakura dejó caer el bolígrafo y miró por la ventana, al cielo sin nubes vetado de estrellas que gobernaba sobre el silencio de la noche. Ya habían pasado cuatro días desde aquella desastrosa quedó para comer con Ino y su amigo Sasuke. Ya habían pasado cuatro días desde que Ino sembrase la sombra de la duda dentro de ella. En realidad no le gustaba, no le conocía todavía y había algo en él que le decía que no estaba siendo del todo sincero. Su comportamiento distaba mucho de ser espontáneo, y eso la mosqueaba bastante. Pero había algo en lo que quizás Ino sí tenía razón; Sasuke no le gustaba, pero le podía llegar a gustar. De hecho podría llegar a enamorarse de él,
—Naruto… —gimió, notando cómo se le hizo un nudo en la garganta.
Al escuchar aquel nombre Kas, su dobermann de dos años, se levantó de la cama donde había estado acostado y se acercó a ella gimoteando, consternado por la actitud de su amiga. Al sentir su cálido y húmedo hocico rozando sus manos, al apreciar sus ojos marrones observándola con preocupación, Sakura no pudo controlarse más y se tiró al suelo para abrazar a su perro. Temblorosa se aferró a él, buscando en su calor, en su paciente y silenciosa presencia, el consuelo que necesitaba. No lloró, siempre controlaba el llanto porque lo que su cuerpo le pedía hacer era otra cosa y no podía permitírselo, no con su madre cerca aunque ella ya lo supiese. Nunca contó lo que pasó aquella noche, nunca contó que Naruto, el amor de su vida, murió por su propia estupidez y que por eso no quería dejar que nadie más se acercase a ella. Era peligroso ser su amiga,
Cuando se relajó lo suficiente como para dejar de temblar se apartó de Kas y le acarició la cabeza. El perro, enorme, de tupido pelo negro y fuego y orejas cortadas que llevaba de punta, la demostró con atención como si intentase comprender el motivo de su súbita angustia. Naturalmente él no podía entenderlo, ya que tan sólo era un perro, pero su silenciosa presencia, su apoyo incondicional, era suficiente para ella. Acto seguido volvió a mirar por la ventana, a aquel cielo límpido y salpicado de estrellas brillantes que aguardaban pacientemente a que la reina de la noche emergiese de su letargo. Había otro motivo por el cual estaba inquieta, algo que tenía que ver con una fuente de energía que sentía removerse por su pecho. Siempre la había acompañado, pero en noches como aquella la sentía con más fuerza.
—Quédate, Kas. Volveré pronto.
Tras darle un beso en la cabezota Sakura salió de la habitación y cerró la puerta. La casa era pequeña, tan sólo dos habitaciones, así que no tardó en cruzarla entera para llegar a la entrada. Allí se encontró su madre ataviada con su atuendo de trabajo, del auténtico, no del que tenía como tapadera. Sakura le dedicó una rápida mirada mientras sacaba del armario de la entrada un par de zapatillas y su abrigo. Como siempre la mujer vestía un prieto chandal negro que se ajustaba a las formas de su cuerpo, aunque todavía no había cubierto su rostro con el habitual pasamontañas. Daba igual, sus ojos grises eran iguales de fríos enmarcados por sus rizos rubios o por la tela negra. Colgada del cinturón llevaba su ballesta, el arma que más le gustaba, pero también llevaba consigo el puñal de plata y un revólver cargado con balas del mismo material.
—Esta noche hay luna llena —dijo la mujer con una voz tan gélida como un témpano de hielo.
—Sí, hay luna llena — respondió Sakura con secuencia mientras se anudaba los cordones.
—Yo voy a salir por la zona de La Pedriza. El bosque de pino silvestre al norte del pueblo es mi coto particular, ningún cazador rondará esa zona —dijo su madre con gesto distraído mientras se colocaba el pasamontañas.
Un frío helado recorrió sus venas. Aquellas eran las cosas que no comprendían su madre. Era cazadora, y no sólo era buena en lo que hacía sino que además era una absoluta psicópata. La había visto matar decenas de veces, y en todas ellas disfrutaba como si fuera una fiesta. No había motivo para no pensar que le haría lo mismo a su propia hija, y sin embargo parecía aceptar el hecho de que no fuera humano como algo cotidiano e inmutable.
—No he cambiado —dijo con secuencia, luchando para que no se notase el leve temblor de miedo en su voz.
-¿Oh? Interesante. ¿Entonces sales todas las lunas llenas por si acaso? —dijo la mujer, mirando a su hija con aquellos fríos ojos grises como si pretendiese penetrar en su mente para comprobar si lo que decía era cierto.
—¿Te sorprende? Mataste a Naruto delante de mí, y desde ese día los impulsos son cada vez más fuertes. ¿Crees que no sé qué heredó la sangre de mi padre? —exclamó levantando la mano para mostrar la cicatriz blanca que tenía en la muñeca.
—Sólo a ti se te puede ocurrir ponerte una pulsera de plata sabiendo lo que es tu padre —dijo con aire distraído, colocándose bien el pelo bajo el pasamontañas para que no le estorbase durante la caza.
—¡Tenía trece años! —exclamó Sakura, poniéndose en pie.
—Eres la hija de una cazadora y de un cinántropo. Deberías haber tenido más cabeza.
Sakura apartó la mirada y se pasó la lengua por los labios. Sí, ella sabía desde que era pequeña que por sus venas corría la sangre de los hijos de la luna. Ponerse aquella pulsera sin mirar si era de plata, y sin confirmar si la plata le hizo daño o no, desde luego no había sido su idea más brillante. Lo peor fue lo que sintió cuando vio aquella quemadura en su piel porque era la confirmación de que los genes de su padre habían sido más fuertes que los de su madre. En un instante toda su frágil realidad quedó reducida a un puñado de añicos difíciles de recomponer. Su madre la estaba entrenando para ser cazadora, para perseguir a los que eran como ella. En ese momento no supo cómo gestionar aquella disonancia cognitiva así que simplemente lo ignoró, tratando de convencerse de que no porque la plata le hiciese daño quería decir que ella no era humana. Naturalmente las cosas no funcionaban así, pero no sabía qué otra cosa hacer.
—Uno de los pastores de la zona dice que un perro enorme le ha matado un cordero. Si no eres tú tendré que ir a echar un vistazo.
—Un perro enorme… —jadeó Sakura, pensando inmediatamente en su encontronazo con aquel cinántropo.
Al mirar a su madre la vio revisando por última vez sus armas antes de salir. Lo hacía como si fuera un simple carpintero asegurándose del buen estado de sus herramientas antes de acometer un encargo, no como el verdugo que era realmente. Después de la muerte de Naruto, Sakura se negó en rotundo a seguir cazando. Naruto era un buen hombre y no se merecía morir, no por algo tan arbitrario como era no haber nacido humano. Una rabia sorda alimentó la energía de su pecho, activándola. No podía impedir que su madre siguiese cazando, pero no dejaría que lo hiciese delante de ella. Tan cerca del pueblo aquel cinántropo bien podría ser alguno de sus compañeros de clase, y si hubiera dado muerte a un cordero seguramente era un cachorro con escaso control de sus impulsos instintivos. Morir por no haber nacido humano le parecía una injusticia.
—Yo lo buscaré —dijo Sakura, mirando a su madre fijamente a los ojos y alzando los hombros de manera instintiva.
—Hum… —Mebuki se golpeó el pasamontañas a la altura del labio con un dedo, sus ojos observando a su hija con una expresión divertida—. All Right. Consigue que no provoque más problemas y yo lo dejaré en paz. Pero si sigue atacando al ganado yo mismo le daré caza, ¿entendido?
Hacía frío y la hierba de los prados crujía bajo sus pies, pero Sakura apenas lo sentía. De hecho le gustaba el frío tanto como la lluvia, le hacía sentirse viva de nuevo y también era su gran aliado. El clima invernal, especialmente en aquella cara de la montaña, desaparecerá a la gente encerrada en sus casas durante las horas oscuras. Lejos de las miradas indiscretas de los humanos Sakura se sintió libre. La noche siempre había sido su dominio, primero como cazadora, y ahora… ahora era una apátrida que no tenía tierra, que no era cazadora pero tampoco era presa, y tampoco pertenecía a la estirpe de los humanos. Antes de adentrarse en el bosque se detuvo y miró hacia abajo. Las palpitantes luces de su pueblo brillaban pálidas, cubiertas por una fina película de niebla que apenas permitía que su luz escapase. suspiró.
Acto seguido levantó la mirada hacia el bosque que tenía delante y parpadeó. Poco a poco, a medida que sus ojos se ajustaron a la oscuridad de la noche, lo que era un impenetrable muro de negrura se diluyó como una neblina disipándose. Los árboles se dibujaron ante ella como si estuviera admirando el interior de una imponente catedral. Los troncos eran las columnas que, junto con las enormes copas, creaban ante ella arcos de azul y gris. Como si fueran las imágenes decorativas y la bancada de los feligreses, a los pies de los troncos se vieran varias rocas prominentes y la vegetación arbustiva. Sakura no debería ser capaz de ver todo aquello con semejante nitidez, bajo aquella claridad pálida similar a un amanecer nublado. De hecho antes no era capaz. La noche en la que murio Naruto fue la primera vez en la que sus ojos cambiaron para ajustarse completamente a la oscuridad. Desde entonces aquello le pasaba siempre cuando caía la noche. La luna llena estaba a punto de salir.
—Me pregunto si al final encontraré mi lugar, o si siempre seré una apátrida.
Al menos existía un lugar donde se sentía bien, donde no sentía que sobraba, y ese lugar era el mismo bosque que tenía delante. Tras inhalar una larga bocanada de aire, porque aunque era tranquila también se sentía aterrada, empezó a caminar y se sumergió entre los silenciosos colosos. La energía que siempre notaba enroscada dentro de su pecho se desperezó y comenzó a fluir por sus venas, llenándola de una fuerza poderosa y vibrante. Era una sensación que la llenaba de vida, y también la asustaba porque sospechaba que aquello era lo que impulsaba el cambio, así que una parte de sí misma la intentó contener mientras que la otra quería sumergirse en ella por completo, abrazarla y dejarse llevar.
Mientras caminaba respiró hondo, inhalando tantísimos aromas que por un momento se sintió abrumada. Era el olor a pino, a helecho, a tierra húmeda, a musgo, era el olor de la libertad, de la tranquilidad y del silencio roto por el viento susurrando entre las ramas de los árboles. Con sus labios curvándose en una sonrisa Sakura miró hacia arriba y abrió los brazos, dejándose envolver por el frío de aquella noche otoñal. A través de los huecos presentes en la celosía que formaban las copas de los árboles comenzó a caer una lluvia de plata que descendió sobre su rostro. La luna llena la abrazo y comenzo a susurrar en su oido. Llamaba a su hija para que se dejase llevar y se uniese a ella. No podía negarse que era una tentación difícil de resistir.
Tan sólo sería un instante. Tan sólo tenía que dejarse llevar por el arrullo de la luna, por el flujo de energía que sentía recorriendo sus venas, por sus ganas de aullar y todo cambiaría para siempre. Una vez aceptase su verdadera naturaleza podría sumergirse en el bosque y escapar finalmente de su madre, del gremio de cazadores y de una sociedad humana que jamás la aceptaría. Entonces podría finalmente desaparecer, vivir como lo hicieron sus ancestros, caminando entre los árboles sin más preocupaciones que sobrevivir. Por un instante se visualizó a sí mismo corriendo a cuatro patas por aquel mismo bosque, libre, completamente libre. Era difícil no anhelar aquella libertad.
De nuevo abrió los ojos, encontrándose cara a cara con la luna dibujada en sus pupilas brillantes de depredador nocturno. Los rayos de plata acariciaban su rostro con el gesto cariñoso que tenía una madre con su hija. La energía siguió fluyendo por sus venas, avivando sus impulsos instintivos y alimentando sus ganas de aullar. Sin embargo aquella noche tampoco ocurrió, y no porque Sakura se intentase resistir con todas sus fuerzas. Tenía miedo, sí, y encontró un férreo control de sus instintos porque sabía cómo funcionaban los cazadores y les tenía verdadero terror. Quizás por eso el cambio no terminó de llegar, porque estaba tan asustada de convertirse en una presa que inconscientemente no se estaba dejando llevar por el arrullo de la luna llena.
—Quizás si mi padre no nos hubiera abandonado ahora no tendríamos todos estos problemas. —Arrugó el labio y gruñó—. ¡Maldito cabrón!
Mientras caminaba por el bosque, rumiando sobre su mala suerte en la vida, escuchó un revuelo a no demasiada distancia que la hizo detener sus pasos y buscar rápidamente cobijo entre los arbustos. Sí, su madre le había dicho que este era su territorio y otros cazadores no vendrían, pero Sakura conocía al gremio y no siempre había honor entre ladrones. Lo más sensato que podía hacer era o bien esconderse, o bien intentar huir. No le darían caza en forma humana, los cazadores querían colmillos, pieles y huesos para venderlos en el mercado negro. Claro que lo que realmente hacía que los cazadores eran tan letales era que aprendieron a ser absolutamente silenciosos, y lo que fuera que estaba allí iba golpeando la tierra y rompiendo arbustos con su desenfrenado paso.
—Un momento… —se dijo cuándo un ronco bramido llegó hasta sus oídos—. Eso no es un cazador, de hecho parece…
Lo siguiente que escuchó fue un escalofriante y agudo gañido de dolor, un gañido que pertenecía de manera inconfundible a un cánido. Acto seguido el estruendo de cuatro grandes patas golpeando el suelo en desesperada huida empezó a acrecentarse.
—¡Ay, mierda! —exclamó Sakura.
Justo a tiempo se tiró hacia un lado, usando el tronco de un enorme pino de Valsaín como escudo, y rodó por el suelo. Un ciervo rojo de enormes dimensiones, con una cornamenta de tantas puntas que aquello sólo podía ser un macho adulto y experimentado, pasó al galope justo por dónde ella había estado escondida, destrozando el arbusto con su frenético paso. A su paso iba dejando una estela de olor a sangre que no era únicamente suya, ya que además de la herida que tenía en uno de sus cuartos traseros, una de las puntas de sus astas chorreaba un viscoso líquido carmesí. Tan asustado estaba el animal que no tardó en desaparecer entre la vegetación, sin tan apenas reparar en la chica que había estado a menos de dos metros de él.
—Atacar a un venado en plena berrea. ¿Está loco?
Tras sacudirse el barro y la tierra de la ropa Sakura miró a su alrededor, fijándose en los destrozos que el ciervo había dejado en su huida. Mordiéndose el labio miró hacia el lugar por donde había venido. Si luego había sido obra de un cinántropo, como así parecía, tendría que tener cuidado al acercarse, no porque fueran peligrosos sino porque muy probablemente le asustaría y saldría huyendo. Lo mejor sería intentar que no la viese, al menos hasta que encontrara la manera de hacerle saber que no le quería hacer ningún daño. Los cinántropos eran muy esquivos, y tenían motivos más que de sobra para serlo. Adoptando todo lo que había aprendido de su madre, aunque sin duda Mebuki era mucho más silencioso que ella, siguió el camino de destrucción a través del bosque hasta que llegó a un pequeño claro.
Un rápido vistazo desde la cobertura que le mostró la vegetación le mostró que no había nadie allí. El cinántropo se había marchado, pero probablemente habría dejado un reguero de huellas así que Sakura se adentró en el claro y analizó su entorno. Lo primero en lo que reparó fue la tierra rota y removida por las pezuñas del ciervo junto a un parche de hierba que estaba mordisqueado. Algunas de las briznas rotas estaban todavía en el suelo, habiendo sido escupidas por el venado al sentirse atacado.
—El animal estaba comiendo cuando el cinántropo lo emboscó, seguramente desde allí. ¿Consiguió acercarse a tan poca distancia de un ciervo sin ser detectado? —se dijo mordiéndose el labio—. Pero atacó a un macho adulto en plena temporada de berrea, uno muy grande. El ciervo se revolvió, consiguió quitarse de encima al cinántropo y lo ensartó antes de salir huyendo.
Con paso lento y metódico, procurando no pisar nada que pudiese ser una pista, Sakura se acercó al lugar donde el cinántropo había caído. Los helechos estaban aplastados bajo su peso y las hojas estaban manchadas de sangre. Con dos dedos tomó una muestra y la rozó entre sus dedos, apreciando su viscosidad. Acto seguido se llevó la mano a la nariz y olfató con atención.
—No hay rastro de otros fluidos corporales. Seguramente no llegó a tocar ningún órgano. Fue un desgarro amplio, pero sólo tocó músculo. No creo que haya perdido demasiada sangre, pero debería asegurarme.
Con mucha atención lo que parecían ser las huellas que la criatura dejó al incorporarse, pero estaban demasiado borrosas como para ser confiables, como si hubiera intentado borrarlas. De hecho no tardó en abandonar el terreno blando para caminar a través de una tierra más asentada, donde sus patas no dejasen más que una tenue y prácticamente marca imperceptible. Sakura sabía que había pasado por allí no porque no tenía ningún don especial, sino por las gotas de sangre que había dejado sobre la vegetación. previamente los cinántropos se curaban con extraordinaria rapidez, así que no llegaron a dar ni dos pasos antes de perder completamente el rastro. Sin embargo había sido suficiente para reconocer el lugar al que se dirigió; el riachuelo. Seguramente había ido allí a aliviar su sed ya limpiarse tras el intento fallido de caza.
—Me tiene completamente confundida. Un cinántropo que ataca a ganado suele ser un cachorro con escaso control, y persigue a un venado adulto en plena berrea tampoco es muy inteligente. Lo excepcional es que haya conseguido emboscarlo. Sabe usar el terreno, sabe moverse en silencio. Es un cazador, le gusta cazar y alimentarse de sus presas, le estimula la caza —se dijo mientras caminaba con cuidado hacia el riachuelo, pendiente de cualquier huella que pudiese encontrar.
No tardó en empezar a escuchar el susurro del agua circulando por su cauce. Apenas unos minutos despues llego al riachuelo. Tampoco había esperado encontrar a nadie allí. Si era un poco inteligente no permanecería mucho tiempo en el mismo lugar. Sin embargo no pudo evitar sentirse bastante decepcionada al no ver nada salvo el brillo de la luna reflejándose en la superficie cristalina. Un poco frustrada, se cruzó de brazos y resopló.
—¿Se habrá desviado de rumbo sin que yo haya dado cuenta?
Las copas de los árboles se mecieron en ese instante sacudidos por una suave brisa, dejando entrar por un resquicio entre sus ramas la luz de la luna. El rayo plateado descendió sobre un acebo que estaba oculto bajo la protectora sombra de un enorme pino silvestre. No fue el arbusto lo que llamó la atención de Sakura. Fue algo blanco que habia quedado enganchado en sus ramas y que se mecia suavemente como si fueran hilos de seda. La joven lo cogió con cuidado y lo rozó entre sus dedos, apreciando su algodonosa suavidad.
—Un mechón de pelo… no, es subpelo. Es un nórdico, tipo spitz, con doble capa de pelo, y está en plena muda de otoño. Debe de ser el mismo que me encontre hace unos dias.
Acto seguido miró a su alrededor. Si había pelo tenía que haber huellas, pero no vio ninguna. Al menos no hay una primera vista. Era normal, la zona por donde había pasado tenía un terreno algo más asentado y, si su paso había sido ligero no había dejado ninguna marca sobre el suelo. Sin embargo, al mirar más de cerca Sakura pudo apreciar ciertas sutilezas que pasaban desapercibidas a primera vista, como alguna hebra de hierba partida o unas pequeñas piedrecitas que se habían movido dejando un pequeño surco en la tierra.
—Muy listo… — susurró, sus labios curvándose en una amplia sonrisa cuando la excitación por un rastreo difícil despertó en ella—. No eres ningún cachorro. Eres un cabrón experimentado y me vas a hacer esforzarme. Muy bien, acepto el reto.
Y hasta aquí.
Este ha sido un capitulo mas largo que los otros asi que espero que lo hayais disfrutado.
Ya sabemos mas sobre Sakura y su vida (que mala la madre, ¿verdad?), así como el cinántropo que parece estar rondando. ¿Sera capaz de encontrarlo?
