23 de septiembre, 1588; Proximidades del condado de Leitrim, Irlanda.
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España le había escrito una carta, hacía ya bastantes meses.
En ella le contaba los primeros imprevistos que habían acontecido en la preparación de la que él llamaba la «Empresa de Inglaterra». Le hablaba sobre la fiebre pestilencial que había invadido los puertos de Lisboa, de la que él había conseguido librarse, y que se había llevado al que debía haber estado al mando de la operación.
También mencionaba las palabras de su hermano, que parecía empeñado en hacerle ver que aquella empresa estaba condenada al fracaso, a pesar de que habían traído naves desde todos sus territorios para conformarla. Él admitía que los tiempos de espera y la indecisión que parecía envolverla no les hacía ningún favor, pero que esperaba que ahora, con su traslado a La Coruña, la suerte les sonriese.
Y que pronto pudiesen volver a verse con una más que excelente noticia.
Irlanda ni siquiera se había molestado en escribirle una respuesta; ni siquiera conservaba ya el manuscrito en el que había llegado a ella.
Las cosas que pensaba podrían esperar a aquella reunión que él le había adelantado en el papel. Total, no podrían haberlo alcanzado a tiempo.
Un suspiro se encargó de interrumpir sus pensamientos, y le hizo girar su rostro hacia el joven a su lado. Este había detenido a su caballo justo en aquel claro del bosque, y llevaba sus ojos desde el camino ya recorrido hacia el frente en bucle.
—Creo que… —Necesitó carraspear antes de continuar—, debería volver ya.
Irlanda asintió con la cabeza.
—Deberías —respondió. El joven alzó su mirada hacia ella con el ceño fruncido, y, aunque abrió su boca, de ella no salió ni un sonido comprensible—. Tu madre y tú habéis hecho suficiente, así que no me gustaría que tuvieseis que arriesgaros más.
—Pero…
—De verdad, ha sido suficiente.
A pesar de la espesa barba del joven, Irlanda fue capaz de ver cómo su nuez destacaba en su garganta.
—¿Sabéis… Sabéis entonces cómo llegar a las tierras del señor de Bréifne Occidental? —Apretó sus labios—. ¿Sin cruzaros con los ingleses?
Irlanda suspiró y señaló con la cabeza hacia el cuerpo aún lánguido sentado ante ella. Además de repuestos para todas las prendas destrozadas —aunque no le terminaba de convencer que el manto fuese de aquel color anaranjado—, la madre del joven también le había ofrecido un barreño con una cantidad generosa de agua para lavarle el cabello y el rostro.
Por la expresión de confusión en la cara de la mujer cuando había vuelto a la sala con otra muda de ropa, Irlanda había supuesto que su intención había sido que lo lavase de pies a cabeza. Sin embargo, no había dado señas de haberlo entendido; no le parecía apropiado, y mucho menos en su estado.
Era algo muy diferente a lavarse ella en un arroyo cercano, lejos de lo que a cualquiera de los dos se le antojaría como cómodo.
Él mismo se encargaría de su aseo en cuanto fuese capaz.
Lo único que le importaba era que no le llegase aquella pestilencia hasta que volviese en sí.
—¿Señora? —El joven devolvió su atención hacia él.
—No te preocupes, Cillian. Las provisiones son más que suficientes para lo que nos queda. —Señaló el zurrón, en cuya superficie se marcaba la forma de aquella botella sellada, para después apuntalar con suavidad el costado de Aoife—. Así que no creo que tengamos que pasar por ninguna villa.
Cillian no pareció demasiado convencido, pero se abstuvo de comentar nada antes de inclinar su cabeza a modo de despedida, poner el caballo en marcha y volver al galope por donde había venido.
Le pareció escuchar un «Mucha suerte» de su parte, aunque su poco volumen le llevó a atribuirlo más a un silbido del viento que a la voz de Cillian, cuya figura a esas alturas se mezclaba con la frondosa vegetación en su camino.
Irlanda dirigió su mirada hacia el frente cuando hubo terminado de perderlo de vista, y apretó sus brazos en torno a la rígida cintura de España. Este, al igual que muchas otras veces, no emitió queja alguna y se limitó a pegar su espalda contra su pecho. Al menos, la capucha impedía que sus rizos se le metiesen en la boca, y los aromas que le llegaban eran relativamente agradables.
Aunque ojalá aquello hubiese acabado con todos sus problemas.
Ella era consciente de que los daños que había sufrido habían sido graves; los había visto con demasiada claridad, pero, ¿por qué estaba tardando en volver?
En unas cuantas horas se cumpliría el día desde que lo había encontrado.
No había tiempos fijados para aquellas… etapas de recuperación. En su propia experiencia, siempre había sido poco más de medio día, aunque estaba comenzando a dudar si acaso variaba entre los individuos de su misma clase y había tenido la mala suerte de que España tenía un ciclo mucho más lento.
O quizá se debía a su situación actual, que no era ni siquiera comparable con la suya.
Ella inspiró hondo y chasqueó la lengua. Aoife adoptó un paso algo más rápido, y, ante el frío que picó sus mejillas, Irlanda cerró sus ojos y se pasó la lengua por los labios. El aroma a tierra mojada ya no se percibía en el ambiente con la misma intensidad a la que estaba acostumbrada, a pesar de que sus cielos seguían cubiertos por un espeso manto de nubes.
Abrió sus ojos y los dirigió hacia las nubes, que no habían hecho más que oscurecerse durante los últimos días.
En su interior había surgido el debate sobre si deseaba que las nubes liberasen toda su carga sobre sus tierras, o si debían abstenerse porque aquello le obligaría a tener que buscar refugio.
Y no era algo que se pudiese permitir.
Cuando las copas frondosas que hacían de marco al cielo desaparecieron, Irlanda detuvo a Aoife. La yegua de inmediato obedeció y dobló su cuello hacia el pasto, que comenzó a arrancar del suelo y mascar con agitación.
Apartó sus ojos del cielo y revisó sus alrededores. Los delgados troncos de los árboles lograban hacer una muralla en torno a ellas, que, si bien funcionaban como una especie de barrera protectora, también le impedían distinguir con claridad a cualquiera que se les acercase, escondiéndolo tras su maleza.
Pero era algo que se esperaba.
No se había detenido ahí por creer que estaban a salvo.
Aflojó la cuerda en torno al zurrón hasta que pudo introducir su mano. Sus nudillos chocaron entonces con la fría superficie del cristal, pero ignoró la sensación y siguió profundizando con el fin de encontrar aquel pedazo de pan. Lo partió en dos, y, en vez de extraer la corteza, se dedicó a rascar una cantidad decente de miga antes de sacarla junto a su mano.
Ni siquiera se molestó en dividirla antes de meterla en su boca y comenzar a masticarla.
A pesar de que su estómago no había reclamado nada en varios días, el contacto de su lengua con la miga hizo que una ola de calor recorriese la mitad superior de su cuerpo. Tuvo que presionar sus piernas sobre el lomo de la yegua para impedir que el estremecimiento pudiese desequilibrarla, aunque también ocasionó que Aoife se tensase y alzase su cabeza con sus orejas completamente erguidas.
Irlanda suspiró y acarició su lomo para que se tranquilizase, aunque la manera en la que sus orificios nasales se ensancharon le dijo que su gesto no había sido bien recibido. Sin embargo, con el paso de los minutos, y tras ella reacomodarse sobre su lomo, Aoife regresó a pastar tan tranquila.
Ese mismo periodo de tiempo fue lo único que necesitó su estómago para volver a activarse, esbozando Irlanda una mueca al sentir cómo este se retorcía sobre sí mismo. Pero no quería abrir la botella, y mucho menos pasar por el suplicio de encender una hoguera. Tampoco podía terminarse el resto de las provisiones que la mujer le había entregado, por lo que optó, por difícil que le resultase, por ignorarlo.
Al final, Aoife fue quien marcó el final del descanso al levantar su morro del suelo y sacudirse. Irlanda le dio unos golpecitos en el hombro con la mano, haciéndole una promesa cuyo cumplimiento no dependía de ella en ningún aspecto.
La yegua pareció no tenérselo en cuenta, y se puso en marcha de nuevo.
Se adentraron de inmediato en el bosque, aunque en esa zona los árboles tenían una mayor distancia entre ellos. También comenzaba una bajada bastante empinada y escarpada. Irlanda esbozó una mueca ante lo inoportuno que les resultaba. Sin embargo, no duró demasiado ante la decisión que mostró la yegua al bajar, mediante algunos saltos bastante osados para su gusto, hasta un punto mucho más seguro.
Irlanda necesitó llegar a ese punto para recuperar el aliento y volver a colocar bien a España, que había quedado inclinado de una manera algo peligrosa.
Si había algo más descolocado, ella no tuvo oportunidad de comprobarlo antes de que la figura de un hombre ante ellos captase su atención. Le estaba dando la espalda, lo que le permitió observar los arañazos sobre sus omóplatos, algunos aún teñidos de un color rojo intenso, y cómo sus huesos destacaban en su piel.
Estaba desnudo salvo por unos helechos y paja, que apenas lograban esconder nada de él, y avanzaba con un claro defecto en su pierna derecha.
No le requirió razonar demasiado el determinar de dónde venía, aunque sí que le sorprendía que hubiese sido capaz de llegar hasta allí en tan poco tiempo y en tal estado.
Ella apuntaló el costado de la yegua y tiró de sus riendas para modificar su trayectoria.
Afortunadamente, logró rebasar al hombre sin que este se percatase de su presencia, aunque no se atrevió a acelerar el paso. Pese a no tardar demasiado tiempo en perderlo de vista, aquello no parecía haber hecho más que empezar; múltiples hombres rondaban por diferentes tramos del bosque, muy pocos con sus ropajes más o menos intactos, otros en grupos de dos o tres, pero la mayor parte de ellos tenían en común las heridas y los moratones sobre diferentes partes de sus cuerpos.
El más horrible con diferencia fue uno al que un grupo de varios le estaban rasgando las vestiduras y, ante la resistencia del hombre, que incluía lo que ella suponía como una retahíla de improperios, los compañeros no tenían reparos en patearle. Uno de ellos torció su brazo hasta tal punto que incluso Irlanda, que observaba estupefacta la escena desde una distancia prudencial, pudo escuchar el crujido del hueso.
El extranjero no pudo contener el grito de dolor, cuya crudeza sacó a Irlanda de su estado absorto y la forzó a continuar con su camino. Por más frío y rígido que estuviese el cuerpo pegado a ella, no podía permitir que observase aquello por más tiempo.
Que Dios lo llevase pronto ante Él, a ser posible sin hacerle pasar por un mayor sufrimiento.
Aquellas escenas, con diferentes protagonistas, se le siguieron apareciendo hasta que el cielo se hubo teñido con tonos anaranjados, manifestándose incluso a través de las nubes. Apenas se dio cuenta de cuándo Aoife se apoderó de la capacidad de decidir su rumbo.
La oscuridad, aunque traicionera, conseguía que solo los sonidos le llegasen con claridad.
Al acabar el día, lo único que retumbaba por todo el espacio eran unos sollozos. Y, con cada paso que daba la yegua, más aumentaban en intensidad y en la agonía que los acompañaba. Irlanda fue incapaz de indicarle que cambiase la dirección, aunque sí que tiró de las riendas para detenerla antes de sobrepasar la muralla de árboles para acceder al claro.
Justo en el centro, iluminado por un foco de luz de luna, había un muchacho arrodillado con los ojos rojos. Su torso sufría espasmos de una manera prácticamente constante, delatándolo como el dueño de los sollozos. En su cabello destacaban abundantes mechones descoloridos, escasos en su rostro, y, por sus ropas y rasgos, Irlanda pudo reconocerlo como uno de los suyos.
Estaba atendiendo a un cuerpo postrado sobre la tierra, desnudo, cuyos quejidos le decían que no había seguido, o al menos todavía, el camino de sus compatriotas. Se encontraba doblando la rodilla con cierta constancia, zona en torno a la cual el muchacho estaba envolviendo un trozo de tela.
Pese a la distancia, podía reconocer el tinte rojo que iba adquiriendo el pañuelo.
Irlanda torció el gesto. No parecía una herida que fuese tan simple de curar. Quizá… Volvió a aflojar la cuerda del zurrón e introdujo su mano. Desgraciadamente, por las adiciones más recientes, el frasco en cuestión había quedado sepultado en el fondo de la bolsa, causando que casi se le saliese la botella.
Ella la sujetó del cuello con la otra mano y la retuvo en el lugar, aprovechando entonces para extraer aquel tarro achatado de cristales opacos. Devolvió sus ojos al hombre postrado, y, por un momento, llegó a flexionar una de sus piernas con la idea de pasarla por encima del dorso de la yegua, aunque al final la dejó a medio camino.
Quizá podía… Emitió un escueto silbido, y permaneció con su vista fija en el muchacho.
Este no hizo ningún gesto que indicara que la había escuchado, aún inmerso en su llanto.
Irlanda chasqueó su lengua, llevando sus ojos hacia el frasco en su mano, y despegó sus labios.
—¡Eh! —Una voz más grave que la suya le quitó las palabras de la boca. Ella procuró recuperarse rápido del sobresalto y rastrear con su mirada de dónde había venido. Pudo detectar a una cierta distancia de ella, junto a la luz que desprendía una lumbre, la figura de un hombre a caballo con una antorcha en la mano—. ¿Qué hacéis?
Ella tragó saliva y le dio un toque al costado de la yegua, aunque no sin antes dirigirle un último vistazo a las figuras del claro. No pudo captar demasiado de ellos antes de que Aoife comenzase con un galope en una dirección aleatoria, pero sí los gritos del hombre en inglés, pese a lo que le había parecido en un primer momento, y unos crujidos tras ella.
Se levantó ligeramente el camisón solo para rozar con sus dedos la vaina de cuero que colgaba de aquel improvisado cinto. Cuando se hubo dado cuenta, ya habían salido del bosque, e instantes después tiró de las riendas para detenerla.
La yegua agitó su cabeza, pero terminó por obedecer y detenerse en seco.
Cuando Irlanda se giró para comprobar si había podido seguirlas, no encontró pista de él. Permaneció así unos cuantos minutos antes de chasquear su lengua para que Aoife retomase el paso.
Menos mal, porque no hubiese sabido cómo reaccionar ante él.
Al fin y al cabo, por más diferencias que hubiese entre ellos, seguía siendo de los suyos.
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25 de septiembre, 1588; Lago Glencar, Condado de Leitrim, Irlanda.
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El cielo aguantó cuatro días exactos desde la última tormenta para volver a liberar su furia sobre ambos.
Irlanda recibió las primeras gotas con relativa alegría, llegando incluso a cerrar sus ojos y disfrutar del suave toque de las lluvias en su rostro. Sin embargo, no pasó demasiado tiempo antes de que ganasen ferocidad, hasta llegar al punto de verse obligada a hacer uso de su capucha.
La tela, por gruesa que fuese, no lograba amortiguar la caída de las gotas. Conseguía que su rostro no pudiese llegar hasta el punto en el que estaban sus manos, que apenas sentía por el frío que se había intensificado durante las últimas horas y el dolor por aquellos pedruscos líquidos, pero la molestia seguía ahí.
E iba en aumento. Al igual que la intensidad de la lluvia.
Ella intentó aguantarlo, sobre todo porque no sería su primera vez a caballo bajo un aguacero de tales proporciones. Trató incluso de cobijar sus manos en las mantas que cubrían a España, y el encontrarlos mojadas no hizo más que empeorar su estado. Cuando pudo darse cuenta, tenía sus dientes presionados entre sí para evitar que castañeasen —sin demasiado éxito—, y apenas era capaz de retener los espasmos que asaltaban sus hombros.
Inspiró hondo, sin obtener los resultados esperados, y presionó aún más sus brazos en torno a la cintura de España.
Le pareció notar cómo este se estremecía, aunque de inmediato lo desechó como un producto de su imaginación.
Tras poder recomponerse lo suficiente como para dirigir sus ojos hacia sus alrededores, se percató de que la lluvia había dejado de caer con tanta fuerza. Enfocó entonces la vista y alzó su rostro, solo para encontrarse con una serie de troncos que se alzaban en dirección al cielo, tapando con sus frondosas hojas el camino del agua.
Las lluvias habían comenzado cuando estaban en las proximidades del río Glencar; Aoife parecía haber tomado la decisión de empezar a bordearlo dada su incapacidad de siquiera razonar en esos momentos.
Irlanda no encontró necesario reprender a la yegua por ello. Ni siquiera cuando esa ruta arbolada los llevó frente a una cascada, cuyo estruendo superaba con creces al de la tormenta —aunque ella ya no supiese decir cuál era realmente la fuente—, o al menos no hasta que hubo revisado mejor sus alrededores y detectó una treintena de…
El pecho de España se hinchó de una manera tan repentina y brusca que ella apartó sus manos de su cintura por pura sorpresa. Su figura se irguió y comenzó a forcejear con las mantas que aprisionaban sus brazos mientras lanzaba patadas a diestro y siniestro. Sus movimientos desbocados, además de las toses ahogadas, hicieron que Aoife se impulsase con sus patas delanteras y las levantase del suelo.
Irlanda intentó presionar sus muslos en torno a las costillas del caballo para mantenerse, pero el peso de España le hizo ceder prácticamente de inmediato.
Que le pareciese que había pasado una eternidad hasta el momento de impactar contra el suelo no mitigó el dolor de sus costillas. El cuerpo de España no hizo por mejorar la situación; al caer sobre ella, Irlanda sintió algo crujir en su interior a la vez que todo el aire abandonaba sus pulmones.
Ella puso toda la fuerza que le quedaba en quitárselo de encima, sin quedarse tranquila hasta que se hubo liberado de aquella presión.
Irlanda cerró sus ojos, inspiró hondo y se abrazó con sus brazos. No pudo evitar sentir entonces el contraste entre el barro pegado a su espalda, que lograba calar hasta sus huesos, y el calor en la zona de su vientre, acompañado de una viscosidad que…
Se incorporó de inmediato, pese al dolor de sus costillas, y abrió sus ojos. Toda la mitad inferior de su camisón, sus mangas y manos habían quedado teñidas de aquel tinte granate que parecía incapaz de quitarse de encima.
Apenas hubo un instante de pánico antes de girar su rostro hacia su costado y confirmar sus sospechas.
España se seguía retorciendo a su lado mientras los mantos que lo mantenían sujeto se iban volviendo completamente rojos. Su rostro, ya al descubierto, estaba arrugado del dolor, con sus párpados firmemente presionados entre sí. Irlanda se olvidó de todo lo demás antes de dirigirse hacia él a cuatro patas.
El corazón de Irlanda se encogió al percatarse de que sus sacudidas cada vez se hacían más débiles. Intentó sujetar una de sus piernas, aunque solo logró detener una patada en dirección a su estómago.
—España —masculló entre dientes, tirando de su pierna para arrastrarlo hacia ella.
Aunque al principio se revolvió para zafarse de su agarre, sus palabras lo paralizaron por completo y le hicieron fruncir aún más el ceño. Irlanda tuvo la tentación de observar las muecas en su rostro, pero su atención se vio rápidamente desviada cuando recordó su problema principal.
Presionar una de sus manos sobre la herida cubierta solo le arrancó un alarido de dolor. Irlanda se estremeció y tuvo que cerrar sus ojos con fuerza para poder pensar en su siguiente movimiento.
Dirigió de inmediato sus ojos hacia una de las cabañas que había detectado antes del inesperado… «despertar», y, a pesar de que la lluvia caía con relativa suavidad, consideró oportuno arrastrarlo hacia ella más adelante.
Con su mano libre sujetó la correa de su zurrón y lo llevó hacia el frente, donde pudo aflojarlo con una mayor comodidad. Además de la mitigada sorpresa inicial de que la botella no se había roto pese al golpe, tuvo que profundizar bastante —arañándose con todas las migas de pan que le recordaban que todavía no había acabado con él—, para encontrar aquella cuartilla de tela.
Dichosa fuese la madre de Cillian, que había previsto aquella situación.
Mientras lo desenvolvía con la ayuda de sus dientes, llevó su mirada hacia el rostro de España. Que sus ojos verdes oliva nublados la mirasen no era algo que se hubiese esperado, e Irlanda se encontró pensando en cuáles podían ser las primeras palabras que le dirigiese.
Sin embargo, antes de que pudiese concluir nada, España movió sus labios, de los que no salieron más que sonidos incomprensibles. Su cara se encontraba completamente roja, y su piel brillaba bajo la escasa luz por el sudor que la recorría. Irlanda al final tuvo que desistir y devolver sus ojos hacia donde presionaba su mano, cuyos dedos apenas podía sentir desde hacía un rato.
La apartó para poder desatarle el manto y apartar las ropas de encima. Pese a la cantidad de sangre de la herida, esta parecía haberse reducido desde la última vez que había estado al descubierto. Necesitó recoger un poco de agua con su mano en forma de cuenco para lavarla ligeramente antes de confirmarlo.
Él se mordió el labio inferior hasta que la piel alrededor de sus incisivos quedó blanca.
Suspiró aliviada al ver la verdadera magnitud de la herida, para después comenzar a envolver aquella venda alrededor de esta. Le dio todas las vueltas que le permitió la longitud de la tela, que fueron por lo menos cuatro, antes de hacer un nudo con los extremos sobrantes.
A continuación, se puso en pie, sacudiéndose el barro de las rodillas y girando su cuello hasta encontrar la figura de la yegua. Aoife se había quedado pastando cerca de una de las cabañas, con sus ojos fijos en ella.
—I-I-Irlanda…
La susodicha llevó su mirada hacia España, que intentaba extender uno de sus brazos hacia su pierna. En las arrugas de su rostro se podía ver el dolor que le producía, e Irlanda se agachó para poder ponerle la mano en el hombro y devolverlo al suelo.
Él apenas fue capaz de resistirse por unos segundos antes de que la totalidad de su espalda volviese al barro.
—España, calma —musitó ella, dejando caer sus rodillas sobre el barro.
—I-Irlanda…
Ella puso sus dedos sobre su frente. La cantidad de sudor que había impregnando su piel no hizo más que confirmar sus sospechas anteriores, acompañado además de aquel siseo. No le evitó, sin embargo, hacer descender sus yemas sobre sus párpados y hacerlos cubrir sus ojos.
Se mantuvo masajeando su rostro hasta escuchar cómo su respiración se iba facilitando, y los apartó después de que su cuello perdiese rigidez y dejase caer su nuca al suelo.
Al contrario de la escena que había contemplado días antes, su piel no perdió el poco color que había recuperado y su gesto se le antojó tan tranquilo que tuvo la tentación de rozar sus nudillos contra la piel de sus mejillas. Desistió debido a un resoplido de Aoife, que se había aproximado mientras no la miraba, y se levantó de nuevo.
Pasar sus manos por debajo de sus hombros fue sencillo, ignorando, por supuesto, la presencia de barro mezclado con la sangre de España, y la lluvia, que parecía haber vencido a la muralla que la había atenuado.
El interior de aquella cabaña no era demasiado grande ni lujoso; es más, ni siquiera tenía una puerta, y mucho menos un suelo que mantuviese a la vegetación en el exterior. Lo único que lo hacía más acogedor era que les escondía de la lluvia —aunque Irlanda le había parecido que alguna que otra gota había caído sobre su coronilla—, la tierra estaba seca, tenía algo de paja y la persona que hubiese habitado allí había tenido a bien dejar una esterilla y un par de leños amontonados.
Irlanda acomodó a España sobre las láminas de paja, mordiéndose el labio inferior ante la comprensión de que sería incapaz de limpiarles a él y a sí misma.
Aoife se sacudió antes de entrar.
Su pelaje había quedado oscurecido debido a la cantidad de agua que había absorbido, hasta el punto de que no importaba lo que hiciese; era incapaz de librarse de ella. Se puso pegada a una de las paredes, con la cabeza gacha y los ojos cerrados.
Irlanda la dejó en paz, preocupándose más por apoyar su espalda en las ramas que conformaban las paredes de su refugio contra la lluvia.
Un repentino escalofrío recorrió su columna y le obligó a echarle un vistazo al montón de madera a uno de sus costados. Devolvió su mirada hacia el zurrón y lo aflojó para sacar aquella botella que parecía incapaz de romperse.
A pesar de que había estado evitando el abrirla, en aquel momento lo veía bastante necesario.
Necesitaba fuerzas para continuar con la travesía, y a esperar a que la lluvia amainase se le había sumado que España se despertase con más fuerza, por lo que podía emplear ese tiempo en ello.
Despegó su espalda de la pared y extendió su brazo hacia los leños, con el fin de reunirlos en el centro de la estancia. Procuró también limpiar la zona de paja, puesto que, a pesar de que tenía muchas ganas de quemar la ropa que llevaba, prefería hacerlo cuando no la tuviese encima, y, una vez hubo terminado, puso de nuevo su espalda contra la pared y llevó su mirada hasta uno de los leños que conformaba el montón.
Cerró sus ojos a la vez que chapurreaba una arcaica melodía, y no se detuvo hasta que pudo olisquear la madera quemándose.
Al despegar sus pesados párpados, comprobó que en aquel punto había nacido una pequeña llama.
Irlanda aprovechó para arrojar la paja que había acumulado a un lado para alimentarla y tras haber alcanzado esta un tamaño suficiente para que pudiese sentir el roce del calor en su rostro, aproximó la botella.
Le pesaban los párpados, y los ligeros ronquidos que emitía España a su lado no le ayudaban a quitarse ese sentimiento de encima. Acercó la botella a la lumbre, y, a pesar de que su mano seguía en torno al cuello de cristal, sus ojos se desviaron hacia el cuerpo de España.
Irlanda lo había dejado bocarriba sobre la esterilla, con una postura bastante rígida.
Durante el tiempo en el que había estado preparando la hoguera, España parecía haberse sentido libre de adoptar una postura más viva; había posicionado sus brazos, antes flácidos contra sus costados, sobre su vientre, flexionado sus piernas y ladeado ligeramente su cabeza en la dirección de Irlanda.
Su boca había quedado entreabierta, de tal forma que sobre la paja se había formado una mancha continuando el carril de baba que discurría por sus comisuras.
Ella esbozó una ligera sonrisa, aunque se marchitó con rapidez al notar el vidrio arder contra su piel. Lo retiró de ahí lo antes posible, y depositó la botella en el suelo con menos cuidado del pretendido. El material del que estaba hecho debía ser uno de cuya resistencia no había sido informada, porque aquello tampoco causó ni una fractura en su superficie.
Se sopló en la palma de la mano para mitigar el dolor, y utilizó sus dedos para comprobar cómo la temperatura sobre el vidrio había ido disminuyendo hasta el punto de resultarle tolerable.
El aislamiento de la botella fue difícil de quitar, sobre todo por la pesadez de sus extremidades, pero le resultó bastante sencillo aproximar la boquilla a sus labios y permitir la entrada de la leche más allá de su garganta. Se estremeció ante la sensación momentánea de calor en su interior, que le hizo soltar un lánguido suspiro ante la vuelta de aquel frío.
Su cuerpo se deslizó a través de la pared hasta llegar a la altura del de España, al que se pegó ante el calor que le sentía desprender incluso sin tener contacto directo con él. El ritmo estable de su respiración y la tranquilidad que esta le transmitía le hicieron imposible despegarse.
Enrolló sus rizos en sus dedos, disfrutando de su textura.
Sus párpados se tornaron tan pesados que se vio obligada a cerrarlos por un simple instante, e inspiró hondo. Quizá podía permitirse descansar un poco sus ojos… Por un simple instante…
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Un aliento cálido acarició su mejilla con suavidad.
Ella arrugó su nariz, pero mantuvo sus ojos cerrados y se acurrucó aún más sobre sí misma.
Un roce áspero se unió a aquella calidez intermitente.
Irlanda chasqueó la lengua, y permitió que uno de sus brazos se despegase para apartar a quien le estuviese molestando. Ya era suficiente con el leve aroma de una llama extinguida. Se encontró con un pelaje rasposo y le dio un ligero empujón. Este gesto fue recibido por un resoplido que empapó de babas su rostro y le hizo abrir los ojos e incorporarse.
Aoife retrocedió antes de que ella tuviese la oportunidad de empujarla, y sacudió su cabeza.
Irlanda gruñó mientras se sentaba y se restregaba los ojos con sus dedos. Aoife no parecía haber desistido al dar de nuevo un paso hacia ella.
—Aoife, ¿qué demonios te pasa? —masculló. La yegua se quedó petrificada en el sitio, y a ella le dieron ganas de bufar al ver que la expresión de Aoife parecía de ofensa—. D…
Calló al escuchar unas voces mucho más próximas de lo que le gustaría, y volvió a encontrar sus ojos con los de la yegua. Esta resopló, gesto que hizo que Irlanda pusiese uno de sus dedos sobre sus labios y chistase.
El silencio que lo continuó le permitió identificar las diversas voces que participaban en la conversación y descartar que estaban hablando en inglés. Aun así, sus ojos se dirigieron hacia la forma durmiente de España, ajeno a todo lo que estaba pasando a su alrededor, hasta el punto de que Irlanda sabía ya en esos momentos que se iba a arrepentir de sus acciones.
Aunque aquello no la detuvo.
Extendió su mano hacia su boca y la bajó con suavidad sobre ella. La respiración de España se entrecortó ligeramente y sus cejas se curvaron, dando lugar a un gran número de arrugas en su frente, pero no abrió sus ojos. Irlanda inspiró hondo, intentando tranquilizar su corazón antes de dirigir la otra mano hacia su hombro. Empezó por darle una pequeña sacudida que le arrancó un ligero gruñido: nada más. Clavó sus dedos en sus hombros, buscando poder agitarlo con más fuerza sin la intención de llegar a hacerle daño, pero, conforme sus intentos fueron fallando, sus zarandeos se hicieron cada vez más bruscos.
Ante su constante falta de respuesta, Irlanda sintió la tentación de llamarle, pero unas risotadas le recordaron la situación en la que se encontraban y le hicieron apretar los labios.
Después de lo que Irlanda solo pudo denominar un largo tiempo, España dejó de intentar zafarse de su agarre y abrió los ojos con cierta pereza. Desde un principio sus pupilas verde oliva se dirigieron hacia ella, aunque necesitó de varios minutos para enfocarla y fruncir su ceño.
Irlanda presionó entonces la mano que tenía sobre su boca, profundizando las arrugas del rostro de España. Él sujetó su muñeca con una de sus manos, pero no fue capaz de reunir la suficiente fuerza para apartarla.
Ella le chistó.
Él mantuvo su mano presionada sobre su muñeca, y, pese a que su fuerza no era mucha, sí que era la suficiente para comenzar a entumecer sus dedos. No ayudaba tampoco que su palma estuviese quedando impregnada de baba.
Por supuesto, eso no iba a cambiar nunca, ¿cierto?
Afortunadamente, las voces en sus proximidades eligieron ese momento para volver a hacer acto de presencia, causando que España relajase su gesto y pasase simplemente a arquear la ceja.
—Ya te lo explicaré más tarde —musitó en latín, agradeciendo por primera vez que sus narices estuviesen a punto de tocarse—. Pero por ahora necesito que no digas ni una palabra y te subas al caballo conmigo, ¿de acuerdo?
España asintió con la cabeza, aunque Irlanda no le retiró la mano de la boca. Él la miró con sus ojos entrecerrados; Irlanda arqueó su ceja y le soltó el hombro para pasar a sujetarle la muñeca de la mano que mantenía en su brazo.
Él la quitó de enseguida, e Irlanda hizo lo propio con la que cubría su boca antes de proceder a levantarse. Aoife ya se había posicionado ante la apertura que funcionaba de salida, aunque teniendo cuidado de permanecer escondida.
Cuando devolvió sus ojos hacia España, comprobó que apenas había logrado sentarse con sus piernas flexionadas. Todos sus movimientos habían sido acompañados por suaves crujidos. Su aspecto tampoco era demasiado favorecedor; la camisa había quedado rasgada, agujereada y manchada de sangre en su mitad inferior, y ya ni hablar de sus calzas y medias. No se había percatado antes, quizá porque en los últimos días no había resultado el centro de atención, pero estaba descalzo.
Irlanda se mordió el labio inferior y sacudió su cabeza, para después asomarse a través del arco de la puerta. Las voces habían cesado —aunque aquello no significase nada a esas alturas—, y no se veía nadie en los alrededores, por lo que asumió que aquel sería un buen momento.
Echó lo que pretendía ser una fugaz mirada hacia España, justo a tiempo para observar la mueca de dolor sobre su rostro tras echarse hacia delante y apoyar su palma sobre el suelo.
Ella no pudo hacer más que observar el vendaje en torno a su torso, cuyo débil tono rosado contrastaba con el carmín intenso de la camisa. Cuando se puso en pie la venda permaneció sin ninguna clase de cambio, al igual que durante aquellos pasos torpes hacia ella.
Irlanda sintió la tentación de extender su mano hacia él; de permitirle descargar su peso sobre su hombro para facilitarle el camino.
Le invitaban a hacerlo la manera en la que temblaban sus rodillas, la respiración entrecortada que acompañaba a cada uno de sus pasos —cuyo ritmo y poca elegancia contrastaban demasiado con las zancadas que había exhibido sólo unas cuantas décadas atrás—, las muecas de dolor esbozadas cada vez que uno de sus pies se posaba y su brazo en torno al vendaje, mientras el otro estaba extendido en lo que parecía busca de apoyo.
Sin embargo, no lo hizo.
Ya sabía cómo sería recibido el gesto. Ella suspiró y procedió subirse al lomo de Aoife, que ya había salido de la cabaña, procediendo a fingir un mayor interés en recolocar las riendas que en lo que había a sus alrededores.
—I-Irlanda —jadeó España. Irlanda giró su cabeza hacia él, contemplando que ya había conseguido llegar a un costado de la yegua. Tenía sus manos apoyadas sobre la grupa de la yegua mientras estabilizaba su respiración, y sus ojos fijos en ella mientras apretaba sus labios.
Irlanda alzó la ceja.
—Ni una palabra —le recordó.
Le pareció que España apretaba sus puños y presionaba sus labios entre sí, hasta el punto de que se redujeron y perdieron prácticamente todo su color. Irlanda intentó mantener la expresión sobre su rostro, pero se fue suavizando conforme más tiempo lo estuvo observando; su tez se encontraba invadida por una palidez enfermiza, con unas grandes bolsas debajo de sus ojos a pesar de todo el tiempo que había dormido, y ella era consciente de que no tenía la suficiente fuerza para subirse.
Así que terminó por sentarse de medio lado sobre el lomo de Aoife y extender su brazo hacia él. España intentó, aun así, engancharse a solo Dios sabía qué para subirse, hasta el punto de que Irlanda no pudo reprimir un gruñido y le agarró del cuello de la camisa, aprovechando el impulso del salto que acababa de dar para conseguir subirlo.
A pesar de la mueca de dolor en su rostro cuando su vientre contactó con el costado de Aoife, España logró contener la respiración y quedar sentado sobre su lomo. Irlanda hizo lo propio, tras haber inspirado hondo, y envolvió las riendas en torno a las palmas.
Antes de que pudiese apuntalar el costado de Aoife, se giró un momento hacia España. A duras penas se mantenía completamente erguido, y sus brazos caían lánguidos sobre su costado. Irlanda se giró hacia él y tomó una de sus muñecas, encontrando apenas resistencia antes de llevársela hacia su propia cintura.
Él inspiró de manera brusca al verse obligado a apoyarse contra su espalda; Irlanda hizo lo mismo cuando este decidió que su otra mano también se enrollase en torno a sus ropas.
—… Lo m-mejor s-será que te sujetes. No creo que tus piernas tengan fuerza para resistir el camino —murmuró Irlanda, para después girarse hacia el frente y volver a inspirar hondo con el fin de calmar su corazón desbocado. Él le respondió un escueto «Por supuesto» con el que ella supuso que debía de conformarse.
Por fortuna, había decidido proseguir con su costumbre de hablar en latín: la única lengua en la que se entendían sin demasiados problemas, a pesar de que la fluidez de España siempre había dejado en ridículo su manera de hablarlo.
Pero, ¿qué esperar de alguien que había sido criado por aquel que había dominado la lengua?
Irlanda chasqueó la lengua para que Aoife que volviese a emprender el paso.
A pesar de que el cielo seguía nublado, no parecía dar señales de lluvia; mantos completamente blanquecinos les ocultaban el color azul del cielo sin resultar una amenaza.
La yegua los sacó de la arboleda en un abrir y cerrar de ojos, aunque Irlanda no podía decir que le estuviese prestando atención al camino; la respiración profunda de España, que liberaba su cálido aliento sobre su nuca y se entrecortaba a cada momento, el ligero estremecimiento de sus brazos en torno a su cintura… Ella se obligó a sí misma a cerrar sus ojos, a morderse el labio inferior y a centrarse en el camino.
Era bastante desafortunado que hubiese tenido que dejar atrás aquel manto ensangrentado.
Desde luego, le estuviese ahorrando bastantes problemas.
Irlanda inspiró hondo mientras se ajustaba la tela del suyo.
—Nos queda poco para llegar a un lugar seguro.
Pese a que no se giró para recibir respuesta, Irlanda podía sentir los ojos de España clavados en su espalda. Conforme fue pasando el tiempo y el silencio se fue haciendo cada vez más pesado, se encontró deseando que no tuviese que ser ella la que diese el siguiente paso.
—Son las tierras de un señor que se proclama aliado de tu Rey, y que está dispuesto a acoger a los náufragos españoles. —Escuchó cómo la respiración de España se entrecortaba ligeramente, e Irlanda tomó una generosa bocanada de aire—. De… la Armada hundida.
No se atrevió a girarse hacia él, a pesar de poder escuchar claramente cómo tragaba saliva. Sus brazos se presionaron con más fuerza en torno a su cintura, y apenas había terminado de sobresaltarse cuando su frente cayó sobre uno de sus hombros.
Se mantuvo así un tiempo que ella no pudo determinar; su mente estaba mucho más ocupada en captar cada uno de los temblores que el contacto le transmitía con una mayor intensidad. Apenas se dio cuenta del momento en el que Aoife comenzó a ralentizar su ritmo, hasta el punto de detenerse.
España inspiró de manera áspera.
—¿Cuán… Cuán h-h-horrible f-fue? —musitó a su oído.
Sus labios esbozaron un «¿Cuánto de todo eso recuerdas?», pero su garganta se cerró antes de que pudiese expresarlo en voz alta. En su afán por desviar su atención, se percató de que la yegua se había detenido, y apuntaló su costado para que retomase el paso.
Era lo último que le faltaba.
España permaneció callado durante el camino restante.
