4 de octubre, 1588; Castillo de O'Rourke, Condado de Leitrim, Irlanda.

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La última vez que España había pisado sus tierras, hacía ya varias décadas, lo había hecho con una amplia sonrisa y unas ropas que parecían haber traído el mismísimo Sol a ellas.

El pelo negro de su abrigo contrastaba con los detalles dorados que había en su forro, también presentes en los bordes de su jubón de un vívido color rojizo. Uno de sus dedos estaba enganchado en su cinto, muy próximo a la empuñadura dorada de una espada.

Todos aquellos lustrosos detalles no hacían más que ensalzar aquella cruz de madera, colgada de su cuello mediante una simple cuerda.

Irlanda recordaba la manera en la que sus comisuras se habían estirado mientras soltaba una sonora carcajada; el calor en sus mejillas al haberse dado cuenta de que se había quedado mirándolo durante el suficiente tiempo como para que se percatase de ello.

Recoger su dignidad había necesitado de algo más que inspirar hondo y apretar sus labios para endurecer su expresión.

En esos días, sin embargo, la cosa había cambiado bastante. Cuando habían llegado a las tierras de O'Rourke y habían sido recibidos por su servicio, Irlanda había encontrado prioritario cambiar las ropas de ambos y poder limpiarse la sangre de encima. España, por otro lado, había fijado desde su llegada su atención en un grupo de varios hombres, de rostros ensombrecidos y marchitos, encorvados sobre una hoguera.

Las manos de cada uno habían sostenido un cuenco humeante, con su cuchara de madera correspondiente perenne sobre el borde del recipiente.

Que España se acercase, por más lento y torpe que fuese su paso, había tenido un efecto revitalizante tanto en él como en el resto. Irlanda podía recordar cómo uno de ellos había llevado sus ojos en su dirección, por pura casualidad, y cómo estos se habían iluminado. Sus piernas lo habían puesto en pie de inmediato, atrayendo la curiosidad de los demás.

Irlanda había ignorado si conocía a aquellos hombres de antes, o si ellos sabían de su verdadera identidad. Tampoco había tenido oportunidad de preguntárselo en los días posteriores; apenas había tenido contacto con él más allá de miradas fugaces que podía dirigirle entre una conversación y la siguiente con cada uno de sus hombres.

Además, ella también había preferido mantener la distancia, y más dada la implicación que parecía tener con todo lo que habían vivido. Tenía puesta aún la camisa empapada de sangre seca, y era casi milagroso que el servicio de O'Rourke le hubiese convencido para que se pusiese unos pantalones, unas botas y un manto que no había hecho más que caer descuidado sobre sus hombros.

(Casi tenía la impresión de que el hombre que había recogido en la playa era un impostor; alguien a quien le había asignado el nombre de España de manera no muy acertada, como ya habían hecho sus gentes durante los últimos días).

Irlanda pasó sus dedos por las telas del sayo doblado ante ella, se levantó de la silla y suspiró. Tuvo a bien dirigir sus ojos hacia un espejo, pudiendo comprobar que varios de sus rizos se habían escapado de debajo del pañuelo blanco. Resopló mientras dirigía sus manos hacia el nudo y comenzaba a deshacerlo hasta poder quitárselo.

La esposa de O'Rourke, por más estima que le tuviese, no tenía siempre las mejores ideas.

Después de alcanzar un cepillo e intentar domar sus rizos —sin mucho éxito—, Irlanda terminó optando por enrollar el pañuelo sobre sí mismo y utilizarlo para retener su cabello en una cola de caballo, un poco más holgada de lo que le hubiese gustado.

Se recolocó el manto, de un tono prácticamente idéntico al corrompido por la sangre, aunque ajeno a toda su historia, y se sacudió el extremo de la camisa. La opción de un vestido le había parecido contraproducente, y más teniendo en cuenta la temporalidad de su presencia.

Recordando las palabras del mensajero, ella se levantó de su silla y salió presta de la habitación. No se preocupó por cerrar la puerta antes de descender por las estrechas escaleras hasta la entrada principal.

A pesar de que no había ningún fuego que calentase la estancia, el rostro de Irlanda fue alcanzado por una ráfaga de aire frío nada más atravesar el umbral de la puerta. La calidez que le brindaban sus prendas logró evitar que se estremeciese, aunque necesitó esconder sus manos desnudas bajo su manto mientras llevaba sus ojos por las proximidades de la torre en su busca.

Apoyó su hombro en el marco de piedra y suspiró.

Su reunión parecía no querer demorar más.

Tras un primer vistazo, Irlanda frunció el ceño al no encontrar ni rastro de aquella camisa roja. Por un momento fijó sus ojos en aquel grupo de españoles perennes alrededor de la hoguera, cuya asidua conversación se le antojaba sospechosa, se despegó del marco de la puerta y alzó su rostro para ver si era cuestión de perspectiva, pero aquello tampoco hizo que apareciese ante ella.

En las chozas de paja era muy improbable que hubiese entrado.

Llevó su mirada entonces hacia aquellos que merodeaban por las orillas del lago, y, tras unos cuantos segundos en los que aprovechó para pasarse la lengua por los labios, decidió emprender su marcha hacia uno de ellos, con la camisa medio rasgada, una ligera cojera, armadura prácticamente intacta y una vaina de cuero sobre su cinto, a quien había visto hablar con España en múltiples ocasiones.

En cuanto el hombre percibió que se aproximaba, detuvo sus pasos y fijó su mirada en ella con una ceja arqueada. No se le escapó que posaba sus dedos en su cinto, cerca del cuchillo.

—Señora. —La recibió de medio lado, con la punta de su nariz dirigida hacia las orillas. Irlanda sintió ganas de resoplar—. ¿En qué puedo ayudaros?

Al menos hablaba en latín y no le hacía más difíciles las cosas.

—¿Dónde está España?

El hombre parpadeó por un momento antes de girar su rostro hacia ella.

—¿Os referís a don Antonio?

Masculló un «lo que sea» antes de asentir con la cabeza. El español alzó la mano del cinto y la llevó hacia la orilla; hacia una zona en la que el descenso del terreno comenzaba a esconderse tras una frondosa vegetación.

Irlanda le dirigió un gracias, y no se quedó a esperar la respuesta del soldado. ¿Ahora a qué estaba jugando, a esconderse de su vista? ¿Qué debía entender en aquel acto? No estaban en una situación precisamente fácil; estaba segura de que su rostro ya debía circular por todo su territorio, buscando a aquel que quisiese sacarse un dinero aunque fuese traicionando los principios con los que le habían criado.

Apenas hubo rebasado los primeros árboles, Irlanda se detuvo de forma súbita y parpadeó, ignorando la sensación del barro bajo sus suelas.

De hecho, poco le importaba lo que estuviese ocurriendo a su alrededor.

Desde ese punto podía ver perfectamente la espalda desnuda de España, con la columna encorvada. Cada cierto tiempo, sus manos formaban un cuenco hundidas en el agua, que se alzaba hasta contactar con su rostro y parte de los rizos de su flequillo. Irlanda intentó llevar su atención hacia cualquier otra zona, aunque fijar sus ojos en las vendas alrededor de su torso no fue de ninguna ayuda.

Inspiró hondo y sacudió su cabeza.

No podía permitirse quedar igual por tercera vez.

Logró distraer su atención con aquella camisa tirada sobre la tierra, de un tono rojo tan intenso que el naranja de las hojas no lograba atenuar. Ella se aproximó con pasos cortos hasta que estuvo a rango suficiente como para agacharse y levantarla del suelo.

La camisa estaba en un peor aspecto de lo que había podido ver desde la distancia. Los agujeros no hacían más que agrandarse bajo las yemas de sus dedos, obligándola a buscar algún rincón más o menos entero para evitar que se le cayese al suelo.

Estaba tan centrada que no se dio cuenta de que el chapoteo había cesado hasta escuchar un bufido.

Ella alzó sus ojos en la dirección de la que había venido, encontrándose a España. Sus labios se habían curvado, permitiendo que se dibujase sobre ellos una sonrisa que hizo que su corazón diese un pequeño brinco.

Sin embargo, no necesitó más que su mirada hiciese un amago de seguir descendiendo para saber qué peligros le aguardaban por debajo de la línea de la mandíbula. Y no estaba hablando de la cruz que colgaba de su cuello. Irlanda inspiró hondo antes de entrecerrar sus ojos y cruzarlos con sus pupilas verde oliva, esperando que en su mente apareciesen las palabras ideales para interrumpir aquel silencio atronador.

Por suerte, España decidió tomar la iniciativa.

—No quería desprenderme de ella —comentó. No esperó siquiera a terminar su propia frase antes de agacharse para recoger el manto, en el que Irlanda no había reparado por su cercanía a la orilla. Observó con atención cómo él posaba la tela sobre la integridad de su espalda hasta el punto de llegar a cubrir sus brazos—. P-Pero he llegado al punto de no tener otra opción.

No se le pasó por alto la manera en la que su espalda permanecía encorvada, ni tampoco las arrugas en la tela que formaba por la fuerza con la que apretaba sus puños.

Irlanda parpadeó. Apenas necesitó un momento para comprender aquellas últimas palabras, aún reverberantes en su cabeza, antes de soltar un bufido y ofrecerle el gurruño que alguna vez había sido su camisa. España alzó su barbilla hacia ella, con su ceja alzada, aunque en cuanto fijó sus ojos en el trozo de tela, los llevó hacia Irlanda.

Ella esperaba que él se irguiese para enfrentarla.

Pero lo siguiente que España hizo fue soltar un suspiro, flexionar sus rodillas y sentarse en un punto intermedio entre el barro y las piedras de la orilla. Recogió sus piernas con sus brazos, escondiendo la mayor parte de estas bajo la manta.

Irlanda frunció el ceño.

—¿Hay… alguna razón por la que hayas venido a verme? —Sin embargo, España se adelantó a la hora de poner sus pensamientos en palabras.

Ella despegó sus labios, incapaz de, por unos cuantos segundos, acordarse de la que debía de ser su respuesta. Para su suerte, esta no tardó demasiado en volver a su cabeza.

—Uno de los criados de O'Rourke me dijo que deseabas reunirte con su señor. —Dedicó el momento que España tardaba en asentir con la cabeza para recuperar el aliento. Aprovechó también para limpiarse el sudor que sentía en las palmas con la fina tela de la camisa—. Y este mismo me ha transmitido que, por mucho que esté encantado de que estés refugiándote en sus tierras, no le es posible volver por el momento.

La ceja de España había ido profundizando las arrugas a su alrededor con cada palabra que Irlanda iba diciendo. Ella le devolvió el ceño fruncido y se cruzó de brazos en cuanto hubo terminado de hablar.

—¿Por el momento?

Irlanda puso sus ojos en blanco.

—Los ingleses son insistentes. Y no va a cederles ni un palmo de sus tierras a su Reina. —Al ver que España despegaba sus labios, ella chasqueó la lengua—. Ni se te ocurra.

España hizo un mohín, aunque relajó su expresión soltando un simple suspiro, que salió de sus labios acompañado de un estremecimiento cuya presencia probablemente él no había pretendido.

—… No estaba pensando en eso. —Otro temblor recorrió todo su cuerpo de forma brusca, interrumpiendo sus palabras. Las arrugas en la manta se hicieron algo más prominentes, al igual que las venas del cuello de España. A pesar de que intentó suspirar para salvaguardarse, el que apretase sus labios con fuerza revelaba que sabía el gesto fallido—. Es… —Chasqueó la lengua—. He recibido noticias sobre un conocido que naufragó en una zona que José define como cercana, y que ha logrado hacerles frente a los ingleses con una guarnición importante de hombres. Planea aguantar hasta la llegada de un galeón rezagado que pueda devolverlos a España. —Alzó sus ojos hacia ella, tirando de una de sus comisuras para formar una sonrisa lateral. La curvatura de sus cejas no hizo más que concederle cierta tristeza a su expresión—. Si el señor no se plantea venir, quizá… es una opción salir hacia allí.

Irlanda suspiró. Se recogió el manto con una de sus manos antes de tomar asiento a su lado.

Aquellos ojos verde oliva eran lo único que le evitaba poner una mano sobre su hombro.

—¿Qué tan cerca?

—No lo saben. Apenas conocen las tierras que han recorrido hasta llegar aquí, así que es imposible saberlo de ellos. Y ningún criado ha querido colaborar.

Irlanda intentó ignorar el tono de aquella última frase.

—¿Fue en la misma playa?

España negó con la cabeza.

—Dicen que fue después. Aunque ninguno de los hombres aquí presentes puede asegurarlo.

Pues, entonces, ella no podía hacer nada para ayudar. Inspiró hondo mientras se peinaba el flequillo con los dedos, notando sus yemas extremadamente frías.

—Por más tentador que pueda ser, no es seguro —señaló. Sus palabras atrajeron de inmediato las pupilas de España—. Entiendo que te pueda atraer la idea de encontrarte con un conocido, pero está rodeado de ingleses, como tú mismo has dicho. Y mi intención es alejarte lo máximo posible del peligro. Con O'Rourke estamos más seguros.

—¿Hasta cuándo?

Irlanda se pasó la lengua por los labios, que el frío, además de otros factores, había dejado secos.

—Apenas sabemos sobre el barco, España. No podemos arriesgarnos y salir de aquí persiguiendo algo de lo que no se puede asegurar siquiera su existencia. —Irlanda le chistó al ver que abría su boca, gesto que fue recibido con una mueca de desagrado. Pero no le importaba mientras siguiese en silencio—. Por favor, ten sentido común. En esta situación tan delicada debes mantenerte a salvo. No es el momento indicado para arriesgarte. Conozco a muchos otros nobles irlandeses que pueden mantenernos a salvo, y seguramente alguno pueda darte el método para volver a España.

—Pero…

España.

Él resopló y dirigió sus ojos hacia el lago por un simple segundo antes de devolverlos hacia ella.

—Como tú dices, Irlanda, soy bastante importante. Por lo tanto, mi sola presencia les pone en peligro. Así que es mejor que salga de estas tierras cuanto antes y…

Irlanda lo interrumpió con un gruñido.

—Ellos ya están en peligro. La situación de O'Rourke ya era bastante complicada sin siquiera estar tú aquí; cualquiera que se atreva a llevarle la contraria a la Reina inglesa tiene puesto precio a su cabeza. Y tú y tu… tu actitud solo los pondría en mucho más peligro. Eres la fortaleza; el gran aliado. Ya es suficiente que los ingleses hayan vencido ante tu Arma…

—¡Los ingleses no han vencido ante nada! —exclamó, con el ceño completamente fruncido. A Irlanda le dio la sensación de que se iba a poner en pie por el puro impulso aunque, para su cierta sorpresa, permaneció pegado al suelo.

—Eso díselo a ellos —musitó ella.

España apoyó su frente sobre la manta e inspiró hondo. El temblor que aquella ira momentánea fue sustituido por el del frío, que tenía por compañía el indistinguible castañeo de sus dientes.

Irlanda sintió la tentación de rodear sus hombros con su brazo, pero se abstuvo de hacerlo.

Ella inspiró hondo. El silencio pronto se hizo demasiado largo para su gusto, y, al no ver ninguna intención de parte de España de romperlo, se puso en pie y se sacudió tanto la camisa como el pantalón. A pesar de que todas las capas que tenía debajo habían evitado que lo sintiese, habían quedado claramente empapadas de barro.

Soltó un bufido.

Pues nada, a limpiar las ropas para intentar rescatarlas.

Ella prefirió darle la espalda, deseando ahorrarse una escena de la que ni siquiera estaba segura de cómo salir, y comenzar su camino de vuelta al castillo. Sin embargo, España parecía tener otra idea y ella, aparentemente, no hacía más que facilitarle las cosas; solo le hizo falta emitir un simple carraspeo para que Irlanda girase su cuello de vuelta hacia él.

Con la cabeza lo suficientemente despegada de las mantas, Irlanda pudo contemplar la manera en la que apretaba sus labios. Esa fina línea se abrió durante unos cuantos segundos para permitirle soltar un suspiro algo tembloroso antes de mirarla.

—¿Podrías… Podrías traerme algo de ropa?

Irlanda apenas tardó en relajar su expresión y sacudir su cabeza en dirección del castillo.

—Sígueme.

España hizo una ligera mueca.

—¿Y no me la puedes traer aquí? —Ante el ceño fruncido de Irlanda, España volvió a apretar sus labios—. Por favor. No puedo permitir que me… vean así.

Irlanda estuvo a punto de preguntar si acaso no le había importado ir con esas pintas y esa camisa roñosa durante esos días, pero el brillo de súplica en sus ojos la obligó a quedarse callada. ¿Por qué hacerle sufrir más, cuando él ya había cumplido?

—De acuerdo. Pero espero que estés aquí para cuando vuelva.

Las comisuras de España esbozaron una ligera sonrisa en sus labios, que fue acompañada por el inicio de una carcajada incompleta y una sacudida de cabeza.

Y, a pesar de que Irlanda había fruncido su ceño ante el gesto, terminó por partir con una relativa seguridad.

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Por más que le hubiese gustado añadir una espada, ninguno de los criados parecía estar dispuesto a aparecer para proporcionársela. Había tenido que desistir y llevarle esas ropas, a las que en su recorrido por el interior había añadido unas calzas, unas botas, un cinto, un manto para sustituir el que ya debía haber empapado y un abrigo de pelo.

Había cruzado la puerta principal del castillo hacia el interior cuando al Sol aún le faltaba recorrer la mitad del camino hacia su cumbre, cubierto por una delgada capa de nubes.

Lo había vuelto a hacer, aunque en sentido contrario, cuando ya regía en el centro de los cielos, con su fulgor atravesando el manto de nubes a través de pequeños huecos que estas dejaban entre sí.

Ella había mascullado una maldición en gaélico al alzar sus ojos hacia el cielo, y se había apresurado a recorrer la distancia que la separaba de la orilla. Ante la ausencia de lluvias durante las últimas horas, el barro había quedado lo suficientemente endurecido como para poder cruzar aquella zona con comodidad.

España apenas se había movido desde que se había ido.

Y lo único que había cambiado era que su rostro volvía a encontrarse oculto bajo las mantas.

Irlanda inspiró hondo.

—¿España? —cuestionó.

El sonido de su voz le hizo alzar su cabeza y dirigir sus ojos hacia ella. Él suspiró e intentó esbozar una sonrisa, aunque el estremecimiento de sus hombros y las arrugas en torno a sus cejas delataban la fragilidad del gesto.

Le dejó las ropas sobre el suelo; en el punto más limpio que pudo haber encontrado, y se las señaló a España. Este tiró de sus comisuras hasta el punto de mostrarle los dientes, gesto que hizo que una pequeña chispa recorriese su columna vertebral de un extremo a otro.

Afortunadamente, apenas lo mostró en la superficie.

España se puso de inmediato manos a la obra y se quitó la manta de los hombros. Por más que Irlanda comprendiese justo después que debía apartar la mirada, unas manchas en la venda le hicieron arrugar la nariz.

—¿Hace cuánto que no te has cambiado la tela?

España arqueó la ceja y dirigió sus ojos hacia aquella zona.

—Eh… No me la he cambiado.

Irlanda puso sus brazos en jarras.

España.

—No he tenido tiempo, Irlanda. Y no me molestaba, así que pensaba quitármela y ya.

Ella resopló, y España suspiró. Sus manos se dirigieron hacia el nudo de la venda —que ni ella sabía que iba a durar tanto al momento de hacerlo—, y sus dedos se pusieron a luchar contra la tela para deshacerlo. Que estuviese temblando probablemente tuviese algo que ver con lo difícil que se le estaba haciendo la tarea, aunque Irlanda apenas podía imaginarse qué podía estar causando que se estremeciese más allá del frío.

Aquello tampoco lo detuvo por mucho más tiempo de deshacer el lazo, haciendo que la tela apenas fuese capaz de aferrarse a su piel antes de caer al suelo. Irlanda intentó recuperar el aliento antes de centrarse en la zona: una fina línea de costra era lo único que revelaba que alguna vez había tenido un mástil atravesándole el estómago, además de, bueno, la palidez de la piel nueva que la rodeaba.

—¿Ves? —inquirió, prácticamente sin aliento y con la ceja alzada.

Ella asintió con la cabeza.

—Se ha curado… bien. —Devolvió sus ojos hacia su rostro—. ¿Te molesta algo?

España se encogió de hombros, aunque no añadió nada más. Su mirada se encontraba fija en las ropas que había dejado a su lado.

Irlanda lo comprendió y se giró de inmediato sobre sus talones. No había habido ningún gesto que le indicase que debía quedarse, pero ella lo hizo. Por si acaso, como se decía a sí misma. El susurro de cada una de las prendas y la manera en la que, con cada movimiento que hacía, se alteraba su respiración eran dos de las muchas razones por las que se le llegó a pasar por la cabeza marcharse.

No se movió ni un palmo.

—Quería… —España inspiró hondo, mientras Irlanda agradecía en lo más profundo su decisión. Por más que su corazón estuviese a punto de salirse de su pecho—. Quería darte las gracias por todo lo que has hecho. A pesar de que sé que no lo he mostrado, soy consciente de que todo sería diferente si no hubieses estado allí. Aunque no tuvieses por qué y te hayas puesto en peligro.

Irlanda resistió las ganas de voltear su cuello hacia él antes de suspirar.

—Ya te he dicho que…

—Mi presencia aquí sí que te pone en peligro a ti. Te limita en muchas cosas; no me puedes decir que no cuando sé cómo funciona esto. Y por eso, aunque no haya demostrado mi gratitud, quiero que sepas que valoro mucho lo que has hecho por mí durante las últimas semanas.

Ella se mordió el labio inferior.

Por más que sus propios intereses hubiesen tenido bastante que ver en su presencia en la playa, tampoco podía obviar la presión en su pecho al enterarse del naufragio, al contemplar a Lug en el firmamento, y cómo había dejado a un lado lo que estaba haciendo —que ni siquiera recordaba, a decir verdad—, para buscar a Aoife en el establo.

Y mucho menos la sensación que la había acompañado durante todo el trayecto.

—¿Irlanda?

Ella parpadeó y giró ligeramente la cabeza, aunque no lo suficiente como para tener a España en su campo de visión. Un tintineo le hacía advertir que todavía no había terminado de… adecentarse.

—Vuelvo ya al castillo. Cuando estés preparado, y si lo deseas, nos reuniremos para hablar sobre nuestro siguiente destino. —Muchos se le pasaban por la cabeza; pocos debían reunir las condiciones indicadas—. Yo iré avisando a los criados y al propio O'Rourke de nuestra ida.

—Yo me ocuparé de comunicarme con O'Rourke —comentó España. Su voz había recuperado aquella magnitud de la que había carecido en sus interacciones anteriores.

—De acuerdo —masculló. Le llegarían dos cartas con información bastante parecida entonces.

Devolvió su vista completamente hacia el frente, y, sin esperar otra respuesta, sus brazos se encargaron de apartar la vegetación que taponaba su salida. España lo haría mucho después, según pudo ver ya ante la puerta cuando giró la cabeza por pura curiosidad, y se reuniría con el hombre con el que había hablado antes Irlanda.

A pesar de no ser comparables con aquellas que había llevado tanto en la visita a Irlanda de 1529 como en Inglaterra a mediados de siglo, aquellas ropas sí que le hacían recuperar cierta parte de ese aura.

Suspiró, y, en su entrada al castillo vio con el rabillo del ojo a un hombre sentado sobre el suelo. Su espalda se encontraba apoyada sobre la pared, su rostro dirigido hacia el frente y ambos brazos abrazando una de sus piernas. La manta que lo cubría estaba deshilachaba y sus extremos habían sido roídos, aunque bien sabía ella que le habían dado lo mejor que podían.

Por alguna razón, su rostro se le hacía conocido.

Después de segundos en los que él obvió su presencia, Irlanda cruzó el umbral del portón.

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7 de octubre, 1588; Castillo de O'Rourke, Condado de Leitrim, Irlanda.

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Ajustó la cincha en el lomo de Aoife antes de meter la botella en la bolsa.

Además del recipiente, había guardado también unos cuantos panecillos de avena, prendas de ropa que los protegiesen del invierno próximo y varias armas, como un arco con tres flechas cuyos cabezales había asegurado hacía pocos segundos o dos cuchillos.

Pasó su mano por el cuello de la yegua, aunque esta apenas se inmutó y continuó pastando. Irlanda no le insistió; necesitaban que ella estuviese en la mejor forma posible para lo que aún les faltaba por recorrer.

Dirigió sus ojos hacia el cielo. Las nubes lo cubrían sin dejar ni un espacio para el Sol, cuya forma se distinguía detrás de aquel manto. Los tonos grisáceos claros le indicaban que probablemente no les molestarían durante estos primeros días, y con eso les bastaba.

No había forma de que pudiesen encontrarse en un aprieto parecido al de días anteriores.

Y solo les faltaba la pieza más importante.

Irlanda suspiró, puso sus brazos en jarras y dirigió sus ojos hacia España. Este se encontraba terminando el duelo de espadas que había emprendido hacía poco con uno de los jóvenes al servicio de O'Rourke.

La sonrisa en el rostro de España mientras blandía su espada fue todo lo que necesitó Irlanda para decidir esperar a que terminase aquella ronda. Además, la dificultad que presentaba el muchacho que lo enfrentaba para detener sus estocadas le decía que lo haría pronto.

Su resistencia era admirable, pero la de su adversario era mayor.

España evitaba ponerse frente a su adversario, y parecía dispuesto a acabar con la paciencia del muchacho, que se le abalanzaba. El combate terminó con la espada del otro escapándose de su palma gracias a un movimiento bastante arriesgado de España.

A pesar del ceño fruncido del joven y la manera en la que se sobaba la muñeca, el que España enfundase su espada y se acercase a darle la mano pareció relajar sus malos humos. Y, entonces, su homólogo llevó sus ojos hacia ella.

Irlanda se limitó a cruzarse de brazos, y España respondió con una carcajada que le llegó incluso a esa distancia.

Sin embargo, no tuvo tiempo de dar el primer paso hacia ella antes de que uno de sus hombres, el que el mismo España le había presentado como José, le pusiese una mano en el hombro y lo detuviese. La sonrisa de inmediato desapareció de su rostro mientras José, acompañado por los movimientos de sus manos y de su cabeza, desarrollaba su historia.

Cuando la ceja de España se alzó y sus ojos se dirigieron de refilón hacia ella, Irlanda se temió lo peor.

Ambos hombres se despidieron con un solemne abrazo antes de que España retomase su camino hacia ella.

—¿Nos vamos ya? —cuestionó, recolocándose el manto. Solo había necesitado ese breve paseo para recuperar la sonrisa en su rostro.

Irlanda inspiró hondo antes de cruzarse de brazos.

—¿Qué te ha dicho?

España la miró con la ceja alzada.

—¿Quién?

España.

Él suspiró mientras dirigía sus ojos hacia la espada en su cinto, guardada en aquella funda marrón.

—Se va a perseguir al galeón del que apenas tenemos información. Lleva con esa intención desde que llegó, aunque esperaba persuadirlo de que viniese con nosotros mientras se le curaba la cojera. —Ante la mueca de desagrado de Irlanda, España se encogió de hombros—. Es testarudo y prefiere arriesgarse.

—Con nosotros también hubiese sido un riesgo, España. No puedes irlo ofreciendo de esa manera.

España decidió llevar su atención hacia la yegua, que tampoco le hizo demasiado caso.

—Somos tanto una maldición como una bendición para nuestras gentes, ¿cierto? —murmuró mientras acariciaba la crin de Aoife. A continuación, alzó su rostro hacia ella—. ¿Estás segura de que podrá llevarnos a los dos sin cansarse?

Irlanda puso sus ojos en blanco.

—Aoife ha transportado tu cadáver desde la playa hasta aquí. No creo que le sea demasiado problema.

—Puede serlo a largo plazo. Y seguramente ahora vaya a resultarle más pesado.

Irlanda se pasó la lengua por los labios, y llevó su mirada hacia la empuñadura de la espada, que él toqueteaba constantemente con el dedo gordo de su mano. No sería España si no lo hiciese, ¿verdad?

—¿Qué tal la espada que te ha regalado O'Rourke? ¿Cumple con tus expectativas?

España hizo una mueca al mirar su espada.

—Bueno… Aunque aprecio mucho el regalo, no es lo mismo una que ya te dan que una que has ido forjando con el paso de los siglos y tiene un valor más allá de lo que cualquiera podría comprender. —Su suspiro le resultó bastante pesado—. No me molesta cómo es: es un poco más larga y pesada que la mía, sino el pensar que la otra puede estar en las manos de cualquiera en estos momentos. Menos mal que no traje conmigo la alabarda.

Irlanda se mordió el labio inferior.

—A lo mejor puedo saber dónde está —respondió, atrayendo de inmediato los ojos verdes de España hacia sí misma. Desbordaban demasiada esperanza para todos los condicionantes—. Pero no estoy del todo segura.

No podía saber si Fionn había actuado con la cautela que le había pedido.

En sus labios se dibujó una ligera línea perteneciente a una sonrisa.

—Me basta con que haya una posibilidad de volver a tenerla en mis manos. Ahora bien… —Le dio unos golpecitos en el hombro a Aoife—. Creo que es relevante considerar, más adelante, conseguir otro caballo.

Irlanda se abstuvo de hacer una pregunta tan estúpida como de dónde lo iban a sacar y recogió las riendas en sus manos.

—¿Ya estás listo para irte? —cuestionó ella.

España asintió con la cabeza.

Irlanda tiró de Aoife para dirigirla hacia uno de los muros de piedra de la propiedad, del que se ayudó para subirse a su lomo. España hizo lo mismo pocos segundos después, aunque, nada más llevar su pierna de un extremo a otro de su costado, Aoife se sacudió con un bufido.

No se giró para comprobar la mirada que le estaría dirigiendo España; la conocía ya de sobra, y golpeó el costado de la yegua.

Mientras Aoife se adaptaba a su paso algo rápido, Irlanda volvió a notar cómo España envolvía sus brazos en torno a su cintura. Incluso si no era tan fuerte; tan desesperado como la última vez, sí que se notaba la firmeza que el gesto tenía detrás.

Sus manos se habían entrelazado justo sobre su estómago.

A pesar de las infinitas capas de ropa, el contacto había hecho que las mejillas de Irlanda enrojeciesen y ella se viese obligada a inspirar hondo para intentar mitigar el calor. Apartarse, según le hizo saber España al apoyar la integridad de su torso sobre su espalda, no era una opción. Tampoco ayudó que una de las manos de Irlanda se dirigiese por puro impulso hacia la zona y que tuviese un breve contacto piel con piel.

Irlanda no pudo evitar pegar un pequeño salto e inspirar de una manera áspera.

Y, para más inri, España puso su barbilla sobre su hombro.

—Muy bien sujeto te noto —masculló ella entre dientes. No tendría acceso a su sonrisa, pero sí a la carcajada y al cálido aliento que la continuaron.

—Yo te he avisado de que a lo mejor necesitaríamos otro caballo —musitó él.

Irlanda se abstuvo de comentar nada al respecto y dirigió sus ojos hacia el cielo, que se había oscurecido durante su conversación. Apenas habían cruzado las murallas de los terrenos de O'Rourke, pero ni siquiera se planteó la opción de devolverse.

Confiaba en que las nubes se contuviesen durante un par de días más.

Y en que tenerlo a él consciente haría mucho más llevadero lo que quedaba de viaje.