22 de octubre, 1588; Lurganboy, Condado de Leitrim, Irlanda.
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Maldita fuese su suerte.
Casi se podía imaginar a FitzWilliam mandando soldados hacia esas zonas como buen perro de la Reina inglesa. La había atormentado en Dublín, y parecía querer seguirlo haciendo pese a su huida.
Gracias a la buena fe de los lugareños habían conseguido evitar la presencia de tropas, aunque se habían desviado bastante de la ruta que ella había planificado. Y, a pesar de que España parecía ajeno al paso del tiempo, Irlanda iba contando cada uno de los días que pasaba. Al igual que las tierras de los nobles cuyos accesos habían quedado bloqueados.
Y eso le había obligado recurrir de nuevo a uno de sus mayores confidentes.
Los Desmond habían dejado de ser una opción unos cuantos años atrás.
Un rugido proveniente de su estómago y una carcajada le hicieron volver a la realidad; a ese sendero en el bosque en el que no habían tenido otra opción que refugiarse debido a que a los ingleses se les habían sumado las lluvias.
—¿Quieres otro trozo de pan? ¿O por fin vas a aceptar mi oferta de cazar uno de esos ciervos rojos? —cuestionó España. Irlanda parpadeó al apreciar que su voz no venía exactamente de su espalda, sino de uno de los costados de la yegua, y giró su cuello para comprobarlo.
En efecto, él había decidido bajarse del caballo y pasear a su lado, con su hombro justo a la altura de la bolsa en la que había metido todas sus provisiones.
Irlanda frunció de inmediato el ceño.
—¿Qué haces, España? Súbete a Aoife.
Él levantó por un momento la solapa de la bolsa con una de sus manos enguantadas, y se quitó con los dientes el guante de cuero de la otra para después meterla en su interior. Sacó sin mucho esfuerzo un pedazo de pan y se lo ofreció con una sonrisa.
Irlanda ni siquiera se inmutó.
—España, súbete al caballo.
España suspiró.
—Quiero permitirle descansar por un momento. Y ahora no estamos en peligro, así que no hace falta que estemos los dos subidos y la cansemos más de lo necesario. Además, le caigo mal. —Tocó la pierna de Irlanda con la mano que sostenía el trozo de pan—. Toma.
—Los ingleses pueden aparecer en cualquier momento, Espa…
Un rugido volvió a emerger de su estómago, y, con su rostro prácticamente ardiendo, se vio obligada a aceptar el trozo de pan. De inmediato lo partió y comenzó a desmigarlo.
—No entiendo cómo puedes alimentarte de ese pan tan… soso —comentó España mientras ella saboreaba la miga en su boca y hacía todo lo posible por ignorarlo—. Ni por qué bebes esa leche agria cuando el agua es maravillosa. Hemos tenido varias ocasiones un ciervo frente a nosotros como un regalo de Dios, pero tú te has negado a dispararle una simple flecha en el corazón. Y eso nos hubiese dado alimento durante… días.
Irlanda tragó la miga antes de suspirar y devolver su mirada hacia España.
—Hubiese sido contraproducente. Sangre, tiempo y carne que probablemente no hubiese durado tanto tiempo. Ahora, súbete al caballo.
España la miró con una sonrisa, aunque, en cuanto dirigió sus ojos hacia el frente por un momento, esta se convirtió en una fina línea. Su mano se dirigió hacia el mango de la espada, que extrajo de su cinto mientras fruncía el ceño.
Irlanda inspiró hondo antes de llevar su mirada hacia el frente. Se encontró con la figura de un hombre que se dirigía hacia ellos a paso lento, sin armas y un atuendo bastante simple que contrastaba con los jubones rojos que llevaban los soldados ingleses. Aun así, no culpaba a España; cualquiera podía tener la intención de engañarlos, por muy buenos irlandeses que fuesen.
Quién sabía si, escondidos en la frondosidad de los árboles que los rodeaban, había un batallón de ingleses.
—¿Mi señora Irlanda? —preguntó la voz del hombre en irlandés, que de inmediato le resultó conocida. Solo tardó unos cuantos segundos en tener su nombre en la punta de la lengua.
—¿Lo conoces? —murmuró España.
Irlanda giró su rostro de vuelta hacia él y asintió con la cabeza. España hinchó sus fosas nasales antes de guardar su espada en el cinto. Tampoco se le pasó por alto la manera en la que la miraba de refilón.
Todo quedaba en ella.
—¿Sois vos, mi señora Irlanda? —inquirió mientras ponía su mano delante del morro de Aoife y detenía su paso. Que la yegua rozase su hocico contra su mano y le permitiese tocarla fue la última confirmación que necesitaba. La sonrisa en el rostro del hombre era dulce, y lo continuó siendo cuando puso sus ojos sobre ella—. Os he estado esperando bastante tiempo. Y el hombre que os acompaña… —Dirigió sus ojos hacia España—. Vos sois España, ¿cierto? —añadió, en latín.
España se irguió antes de asentir con la cabeza.
—¿Y vos, buen hombre?
—Un simple clérigo al servicio de Nuestro Señor. Perdone mis ropajes, pero debo salvaguardarme de los ingleses que se asientan en nuestras tierras.
—Por supuesto —respondió España, para después evitar que el clérigo se pusiese de rodillas ante él. Le echó un vistazo a Irlanda con la ceja alzada.
—Su nombre es Cormac de Lough —señaló ella, a lo que Cormac inclinó ligeramente su cabeza hacia ambos con su mano sobre el pecho—. Es un conocido que tener en cuenta.
—He oído de vuestra llegada a nuestras tierras, España. De muchos hombres que han sido llamados como vos.
España alzó una de sus cejas.
—¿Os habéis encontrado con otros españoles?
Cormac esbozó una sonrisa que transmitía tranquilidad antes de asentir con la cabeza.
—Algunos están junto a varias familias en una villa aquí cercana, que no revelarán su posición incluso si les va la vida en ello. Si gustáis podría llevaros hasta allí.
Irlanda arrugó la nariz.
España cruzó un momento su mirada con ella antes de devolverla hacia el clérigo y suspirar.
—Es Irlanda quien fija nuestro rumbo.
La mirada de Cormac siguió el rumbo de la mano de España, que terminó por señalarla.
—Nos dirigimos, sin otra opción, hacia las tierras de MacClancy.
—Sin duda le placerá la oportunidad de teneros a ambos como invitados. —Sus ojos volvieron a posarse sobre España—. Hay una gran parte de los españoles que continuaron hacia sus tierras, y, en cierto modo, el señor siempre ha tenido la esperanza de poder recibiros. Y más después de haberle dado cobijo a nuestra señora durante los meses anteriores.
—¿Está presente en sus tierras? —cuestionó España.
El clérigo asintió con la cabeza.
—MacClancy es cauto —añadió Irlanda, aprovechando para reacomodarse en el lomo de Aoife. Todavía tenía la mitad del trozo de pan entre sus manos—. Pese a también estar en contra de la Reina inglesa, no es tan belicoso como O'Rourke. Pero es igual de confiable.
España elevó ligeramente sus comisuras.
—¿Queda mucho para llegar a su castillo?
—Unas cuantas jornadas —señaló ella—. Que terminaremos de recorrer cuanto antes si te subes ya al caballo. —Estas últimas palabras las dijo en tono bajo, y fueron respondidas por una sonrisa que deslumbraba por la presencia de dientes.
España inclinó la cabeza hacia el clérigo.
—Encantado de haberos encontrado en estos caminos. Que Dios os proteja de los herejes.
—Vos sois más importante que yo. Que Dios os guarde a los dos.
La sonrisa de España se congeló en su rostro, quedando evidenciado por la repentina opacidad de sus pupilas. Repitió el gesto de segundos antes y su intención quedó clara en la bolsa de Aoife, a la que se aferró con la mano que había quedado sin guante para darse el impulso definitivo y poder subirse al lomo con gran agilidad.
Irlanda intercambió una ligera despedida en irlandés con el clérigo antes de chasquear su lengua y apuntalar el costado de Aoife con su talón. Cormac se apartó y permitió que ella siguiese caminando.
España apoyó su barbilla sobre su hombro y soltó un suspiro.
—Te vas a caer —musitó Irlanda. España envolvió sus brazos alrededor de su cintura, aunque permaneció rígido, sin apoyarse completamente contra ella.
No hizo ningún amago de sacarlo del silencio que lo continuó.
Sería él mismo quien le pondría fin, mediante alguna ocurrencia que ella apenas podía prever que causaría que se recuperase la conversación. Aquella, después de todo, no era la primera vez.
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28 de octubre, 1588; Largydonnel, Condado de Leitrim, Irlanda.
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Los débiles rayos de Sol que se posaron sobre su rostro fueron suficiente para obligarla a abrir sus ojos. Aunque aquello no la eximió de soltar un gruñido al respecto y taparse la cara con las manos.
Fue Aoife la que terminó por despertarla al relinchar prácticamente en su oído.
Se encontraba tendida en el suelo, con una manta lo suficientemente gorda como para protegerla de la humedad de la hierba. Arrugó la nariz al no poder acordarse de qué estaba haciendo exactamente ahí, apenas protegida de la lluvia por la copa de un árbol. El tronco de este estaba a tan poca distancia que le resultaba extraño no haber apoyado su espalda sobre él para dormir.
De hecho, ¿por qué se había detenido para dormir?
Al ponerse de rodillas, Irlanda notó que uno de sus talones contactaba con la fría superficie del cristal, y se giró para observar el objeto: la botella de leche que tanto había atesorado durante estos días permanecía vacía, con manchas de tierra.
Ella frunció el ceño.
Giró su cabeza y en aquella manta tirada en el suelo, orientada de manera cuasi paralela a la suya, encontró su respuesta.
—España —masculló, para después volver a restregarse los ojos.
Había sido él el que había insistido en que se detuviesen porque ella, según decía, se estaba cayendo del sueño. Para su desgracia, España lo había tenido fácil para arrebatarle la rienda de Aoife de las manos, y la yegua, contra todo pronóstico, había decidido colaborar con él.
Seguramente para fastidiarla.
De todos modos, apenas recordaba lo que había ocurrido después, salvo que España le había puesto la botella en las manos y después se había depositado sobre su regazo para, en sus propias palabras, evitar que se levantase. Y todo con una maldita sonrisa en su rostro, reconocible incluso en lo borroso de la imagen.
Ella le había mencionado que tenía un Imperio que se extendía por todo el mundo y que debía comportarse como uno. O al menos lo había pensado, porque luego sus párpados habían caído por su propio peso y… se había despertado.
Y ni siquiera había visto bostezar a España en todo ese tiempo.
Sentía su cabeza nublada.
Aun así, barrió los alrededores con sus ojos y frunció el ceño. Esta vez, su cabeza acompañó al movimiento y el latido de su corazón se fue acelerando con cada segundo que pasaba. No estaba. Incluso con la pesadez de sus articulaciones, Irlanda fue capaz de ponerse de pie y volver a echar un vistazo a sus alrededores.
Nada había cambiado en aquellos escasos segundos.
—¿España? —cuestionó, con la voz medio quebrada—. ¿España? —Lo volvió a intentar con un mayor volumen y estabilidad en su voz.
Se quedó en silencio.
No halló respuesta.
Irlanda se puso una mano sobre el corazón y se convenció de inspirar hondo. Tenía que haber una explicación más razonable para ello que todo lo que se le estaba pasando por la cabeza. Recogió las mantas del suelo e intentó doblarlas en sus brazos, aunque al final las dejó sobre el lomo de Aoife sin demasiado miramiento antes de tomar las riendas entre sus manos y hacerla avanzar unos cuantos pasos, hacia el punto con mayor distancia entre los troncos.
Y justo entonces, la figura de España apareció sobre un caballo frisón. En cualquier otra situación, Irlanda hubiese admirado aquella imagen; ya no solo porque España resultase magnánimo en esos momentos, sino también por el intenso color negro del animal y su propio talante, que le hacía parecer tallado para su jinete.
Pero su corazón seguía latiendo desbocado en su pecho.
La sonrisa que España había traído en su rostro terminó por flaquear y fue sustituida por una ceja arqueada. En su mejilla derecha pudo notar una mancha que se extendía por todo el pómulo, e incluso un corte en su ceja, pero tampoco le dio demasiada importancia.
Irlanda inspiró hondo, con sus brazos en jarras y su ceño completamente fruncido.
—Pretendía volver antes de que te despertases, pero me fue un poco más difícil de lo que pensaba —señaló él, para después acariciar la crin del corcel—. Este tiempo en tus tierras lo había asalvajado por completo.
—¿Y no te podrías haber quedado aquí hasta que me despertase? —gruñó Irlanda—. ¿Lo que sea para evitarme un susto?
España suspiró, para después bajarse del caballo y ponerse frente a ella.
—¿Qué susto, Irlanda? —cuestionó—. ¿Por qué habría de huir de ti? Y si nos hubiesen descubierto los ingleses, te habrías enterado. Además, tú llevas insistiendo bastante tiempo en que no necesitamos a otro caballo. Y vale, sí, no te debería haber dejado sola, pero vi a una manada de caballos cercana y reconocí a varios de los que habíamos subido a los barcos. Haberlos seguido podía habernos desviado. —Se quitó el guante para poner su mano cerca del morro del frisón, quien se encargó de establecer el contacto con su palma. España despegó sus labios para mostrar sus dientes junto a su sonrisa—. Se había hecho una manada él solo en el tiempo que llevaba así.
El gesto de Irlanda se suavizó considerablemente, pero conservaba algunas arrugas en torno a sus cejas y había aprovechado para originarlas en su nariz.
—¿Y si te hubieses encontrado con los ingleses?
España se encogió de hombros.
—Supongo que hubiese tenido que renunciar a él y volver aquí. Pero, afortunadamente, ese no ha sido el caso. —Le dio una serie de golpecitos en el cuello—. Y a este sí que le caigo bien.
Irlanda soltó las riendas de Aoife y se permitió acercarse al animal. Era precioso, sí, pero se preguntaba si acaso esa era exactamente su intención. España era ajeno a la mayoría de los seres en sus tierras; era una presa fácil para cualquiera de ellos, y más para una criatura especialmente traviesa.
Se atrevió incluso a tocar el pelaje de su cuello, aprovechando la zona en la que justo estaba España, con el fin de comprobar su verdadera identidad. Y todo le hizo llegar a la conclusión de que era un simple caballo.
Gracias a Dios.
—Lo siento por haberte causado tan mal despertar —comentó España—, pero al menos, ¿has dormido bien?
Irlanda desvió sus ojos de los suyos por un momento antes de asentir con la cabeza.
—Apenas sabía lo que había pasado al despertarme —respondió, para después mirarlo de reojo—. ¿Y tú? Porque, si yo necesitaba un descanso, tú mucho más.
España apretó sus labios, aunque mantuvo una de sus comisuras alzadas.
—Tampoco tenía demasiado sueño.
Irlanda parpadeó.
—Han sido más de tres semanas desde la última vez que pudiste haber dormido sin que yo me enterara.
Unas arrugas se formaron en la frente de su homólogo durante su afirmación, aunque desaparecieron en cuanto este sacudió la mano que sostenía su guante.
—Seguramente me haya quedado dormido en algún momento, y como me he despertado con los cascos de la manada, no me he dado cuenta. —Mantuvo su sonrisa incluso cuando Irlanda alzó su ceja—. Es lo más probable. Pero no te preocupes; ya no te molestaré si tengo que dormirme durante el camino que nos queda.
Ella puso sus ojos en blanco, aunque no dijo nada para sacarlo de su error.
Él mismo debería saberlo bien.
—No volveremos a parar —le advirtió Irlanda, señalándolo con el dedo—. Y mucho menos no por un motivo como ese.
España negó con la cabeza.
—No necesitaremos hacerlo. Ahora, ¿me puedes pasar mi manta? —España extendió sus brazos hacia ella, y, a pesar de que Irlanda frunció su ceño en un principio, terminó por recoger la tela de encima de Aoife y entregársela.
Él la puso sobre el dorso de su caballo y comenzó a enrollarla en la parte más cercana al lomo. Antes de que Irlanda tuviese la oportunidad de preguntar por sus intenciones, España se quitó el otro guante y los juntó a ambos entre sus dientes. Cerró los dedos de sus manos en torno a la crin oscura del corcel, y, tras un pequeño salto, ya se encontraba con el estómago apoyado en las telas sobre el lomo del animal.
Solo fue cuestión de tiempo que se acomodase, dejase sus guantes sobre la cruz del caballo y le dirigiese una ceja alzada junto a una sonrisa.
Irlanda suspiró, e hizo lo propio con Aoife. Aunque se aseguró de quitar las mantas antes de hacerlo.
Cuando devolvió sus ojos hacia España, este tenía un brazo en torno al lugar de la herida, una mano sobre su frente a modo de sostén y sus dientes fuertemente presionados sobre su labio inferior, hasta el punto de dejarlo blanco.
Ella de inmediato azuzó a Aoife para que se aproximasen y pudiese poner su mano sobre su brazo.
Que, por supuesto, él apartó con un gesto brusco.
Irlanda frunció el ceño.
—¿España?
Este inspiró hondo de manera áspera antes de quitarse la mano de la frente y alzar su rostro hacia ella. Su sonrisa apenas era creíble con la inesperada palidez adoptada por su rostro y su frente brillante por el sudor.
—E-Estoy bien —respondió, sin aliento.
—¿Es la herida? ¿Se te ha abierto? —Irlanda devolvió su mano a su brazo y clavó sus dedos en las telas de su manga.
Él chasqueó la lengua.
—No, no es eso… Es… —Alzó sus ojos hacia el cielo, e Irlanda pudo notar cómo se le humedecían. España se sorbió la nariz antes de sacudir la cabeza—. No es nada.
Irlanda bufó mientras le soltaba el brazo.
—¿Cómo que no es nada?
Se restregó los ojos con los dedos.
—Estaba… Estaba pensando en qué nombre ponerle al caballo. Que lo reconociese de la Armada no significa que sepa cuál era.
Irlanda frunció el ceño.
—España…
—Por más que vaya a ser temporal, puesto que yo ya tengo a Lucero como mi corcel de confianza, quiero darle un poco de dignidad. —Mientras pronunciaba estas palabras, terminó por apartar el brazo que cubría la zona de su herida—. ¿Algún nombre que se te ocurra?
—España.
Él la miró con la ceja alzada.
—Estaba pensando en algo más como… —Torció el gesto—. Leyva. O algo así.
Irlanda inspiró hondo, con el fin de resistir las ganas de tirarse de los pelos.
—Tú decides —masculló.
—Pues, si ya está todo zanjado, adelante. —Hizo un gesto con la cabeza, que ocasionó que Irlanda apuntalase el costado de Aoife y se pusiese por delante de él. Por suerte, la yegua parecía recordar el camino para sacarlos de aquel claro—. ¿Cuánto nos queda para llegar al castillo del señor?
Irlanda lo miró de reojo y suspiró.
—Poco. Menos si no hay lluvia ni ingleses.
España soltó el comienzo de una carcajada a sus espaldas antes de musitar algo en español. Y, por más tentador que le resultase, Irlanda se abstuvo de preguntar algo que no había obtenido antes respuesta.
Alzó sus ojos hacia el cielo y se pasó la lengua por los labios.
—¿Por qué no puede ser todo tan fácil como a veces aparenta? —cuestionó en gaélico.
Su pregunta, como ya le era obvio, no encontró respuesta.
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1 de noviembre, 1588; Lago Melvin, Condado de Leitrim, Irlanda.
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El castillo de Rosclogher, propiedad del noble MacClancy, se erigía entre las aguas del inmenso lago que aparecía ante ellos. Solo un estrecho camino de tierra les permitía acceder al lugar sin tener contacto con el agua.
Y en ese mismo punto les esperaba un hombre de barba y cabellos blancos y cara delgada, apoyado sobre un bastón y cubiertos sus hombros por un abrigo de lana. Estaba rodeado por una multitud de personas; hombres, mujeres e incluso niños que los miraban, o más bien a España, con una mezcla entre extrañeza y curiosidad.
En cuanto estuvieron a pocos pasos de él, el hombre inclinó su cabeza.
—Mi señora Irlanda, un placer volver a veros por aquí.
Irlanda inspiró hondo y se apartó el flequillo con los dedos.
—Muchas gracias por recibirnos. —Giró su cabeza para observar a España, quien azuzó a su caballo para ponerse a su lado—. A España y a mí —añadió, esta vez en latín, aprovechando su posición para señalarlo.
—Cormac de Lough avisó días atrás de vuestra llegada. ¿Ha sido un buen viaje hasta aquí? —El noble los miró a ambos, aunque dedicó mucho más tiempo a escudriñar a España con una mano bajo su mentón.
España alzó sus comisuras.
—Las complicaciones no han sido demasiadas. Vuestras gentes nos advirtieron de los caminos que los herejes recorrían, lo que nos permitió evitarlos. Además, conté con muy buena compañía durante mi periplo. —Dirigió sus ojos hacia Irlanda y permitió en su sonrisa que sus dientes pudiesen vislumbrarse entre sus labios.
Se mordió el labio inferior y parpadeó, hasta que se percató de las miradas fijas sobre ella y carraspeó. El tono rojizo que ocasionaba el calor en las mejillas y en la punta de su nariz era atribuible al frío; aquella reacción no.
—Una alegría. —La sonrisa de MacClancy fue sincera mientras les hacía unos gestos a varios hombres a su alrededor para que se destacasen en la multitud—. Ahora bien, puedo suponer que os encontráis cansados, así que miembros de mi servicio os guiarán hasta vuestras habitaciones. De los caballos también nos ocuparemos nosotros. Y os procuraremos un festín.
España inclinó su cabeza.
—Os lo agradecemos. —Y, en un abrir y cerrar de ojos, él ya se había bajado del caballo y se había situado delante de MacClancy—. De hecho, ¿habría alguna forma de contactar con mi Rey por carta?
MacClancy torció el gesto, aunque le murmuró que lo intentaría.
Para el momento en el que Irlanda se bajó de Aoife, la multitud se había disgregado siguiendo a España y a MacClancy. Solo quedaba el criado al que le cedió la rienda de la yegua, una serie de jóvenes que se alejaban del castillo y un hombre en el que no se fijó demasiado en una primera instancia.
Y, cuando lo hizo, se dio cuenta de la tristeza que expresaban sus labios apretados y sus cejas enarcadas. No le hizo demasiada falta indagar en sus memorias para reconocerlo.
—¿Sabéis dónde están mis hijos, señora? —le preguntó.
Irlanda parpadeó.
—¿C-Cómo? Pero… ¿Fionn todavía no ha vuelto?
MacDougal tragó saliva.
—Ni Fionn ni Siobhan. Ambos os siguieron a la playa, pero ninguno ha vuelto a casa.
Ella se mordió el labio inferior.
—No me encontré con Siobhan en la playa; Fionn llegó solo. Y le dije que volviese de inmediato, pero no me hizo caso. Pensé… —Inspiró hondo—. Pensé que habría vuelto para este momento.
Él negó con la cabeza.
—Mi esposa y yo no los hemos visto desde aquella desgraciada noche.
Ella chasqueó la lengua. Ya se podía imaginar qué había pasado, y solo le dejaba ver lo idiota que era el muchacho. ¿Por qué no le había escuchado en vez de irse a saquear el resto de los barcos que siguiesen naufragando en sus costas? Tenía todo lo que necesitaba.
Irlanda inspiró hondo antes de ponerle la mano en el hombro.
—Vuestro hijo volverá, os lo aseguro. Lo hará más pronto que tarde. Debe confiar en que su hijo tenga la mollera suficiente como para comprenderlo. Y si Siobhan está con él, probablemente se lo hará ver.
Las cejas de MacDougal aumentaron su inclinación mientras daba un paso hacia ella.
—¿Y si les ha pasado algo? El señor es como vos, y dice que mantengamos la esperanza. Pero, conforme más días pasan, más temo que realmente haya pasado algo pero nos lo estéis intentando ocultar.
Ella desvió sus ojos hacia el suelo antes de devolverlos hacia él.
—No lo sé. Al encontrarme a Fionn en la playa, le dije que se fuese de inmediato. Que no tenía nada que hacer ahí. Pero usted sabe cómo es su hijo. —Irlanda se pasó la lengua por los labios—. Y a la vez, confíe en que ha sido precavido y que solo esté siguiendo la pista a los naufragios.
Los dientes del hombre rechinaron.
—Deberíais haberlos llevado contigo de vuelta, señora. Con vos estaban seguros, pero decidisteis abandonarlos en esa playa, y… —Sus ojos fueron adquiriendo un tinte rojizo a la vez que sus puños se apretaban en sus costados—. ¡M-Mis hijos e-e-están p-p-perdidos, y…
—Mi señora. —Una tímida voz interrumpió las palabras del padre, atrayendo la atención de ambos hacia ella.
La muchacha, con un pañuelo de lienzo sobre la cabeza y un vestido extremadamente sencillo, la miraba fijamente con sus ojos azules, de un tono tan pálido que ella sentía que se estaban clavando en lo más profundo de su alma.
Irlanda se vio obligada a restregarse los ojos para apartar las lágrimas que emborronaban su visión y sorber su nariz antes de mirarla con la ceja alzada.
—La esposa del señor me ha enviado a buscaros. —Inclinó ligeramente su cabeza mientras sujetaba con sus dedos los laterales del vestido—. Para llevaros hasta vuestra propia habitación. Desea que estéis preparada para el festín en honor a España.
Irlanda dirigió un momento sus ojos hacia el padre de Fionn, percatándose de su ausencia. Lo buscó entonces con la mirada, pero apenas pudo identificarlo entre las gentes que caminaban por la zona. Le hizo entonces un gesto con la mano a la muchacha para que retomase su paso, cosa que hizo de inmediato.
Conocía bastante bien lo que encontraba tras las murallas en torno al castillo; aquellas pequeñas casas hechas de paja, pegadas a la estructura del castillo, y el patio de hierba en el que la mayoría de los habitantes desarrollaban sus tareas.
A las gentes no las reconocía. Apenas había compartido con más de dos familias, y una de ellas… Inspiró hondo y cerró sus ojos con fuerza, para después volver a abrirlos y fijar su atención en el castillo que se alzaba en el extremo de aquella península.
Tras cruzar el portón de este, Irlanda contempló el gran número de personas que transcurrían por la zona hacia lo que pudo identificar como el comedor.
Aun así, siguió a la muchacha hacia las escaleras, hacia aquel pasillo, algo estrecho para su gusto, de la primera planta en el que se detuvo frente a una puerta de madera.
Irlanda se mantuvo quieta, atenta a su próximo movimiento.
Pero la muchacha solo terminó por mirarla.
—Es… vuestra habitación, señora. No me corresponde a mí abrir la puerta.
Irlanda intentó dibujar una sonrisa en sus labios, aunque las arrugas en la frente de la muchacha hicieron que relajase las comisuras y suspirase antes de empujar la puerta.
—Gracias —masculló, sin girarse a comprobar el gesto de la muchacha.
Entre aquellas cuatro paredes pudo hallar un colchón individual de juncos, cubierto por una manta verde con apariencia de ser bastante gorda, y que se encontraba separado del suelo por un armazón de madera; un escritorio; una chimenea; una silla y una librería. Todos estos añadidos ocupaban gran parte del espacio de una habitación ya de por sí pequeña. La poca luz que accedía a la estancia lo hacía a través del cristal translúcido de la ventana.
Con solo un paso hacia el interior, Irlanda halló un guardarropa pegado a una de las esquinas.
Tampoco le dio demasiada importancia antes de rodear la estructura de la cama y llegar hasta la librería. No se resistió a rozar con las yemas de sus dedos los lomos de los libros, y reconocer algunos de los títulos.
Agradecía que los hubiesen trasladado a esta habitación, diferente a la que había ocupado antes. Aunque aquello no fuese más que una ínfima parte de la colección de escritos que había reunido a lo largo de los siglos, le agradaba tenerlos a su disposición, y más debido a su incapacidad de acceder a la mayoría de ellos.
Le hubiese gustado tomar uno de ellos, pero en ese momento no le era posible.
Se distrajo entonces con el guardarropa, de la misma madera de buena calidad que el resto de los muebles.
No tardó en caminar hacia él, poner sus dedos sobre la clavija y abrir la puerta. Una camisa larga y prístina, un jubón y un paño de lienzo apenas eran capaces de rellenar todo el espacio que tenían disponible.
El conglomerado de prendas, aunque algo abrumador, era mucho más sencillo que cualquiera de las que se había visto obligada a llevar en la Corte inglesa. Y, pese a que el jubón bajaba más allá de su clavícula, Irlanda llevaría tanto el cuello alto de la camisa como el manto que le había entregado el servicio de O'Rourke para protegerse del frío que también llenaba las estancias del castillo.
Y Enihm no estaba ahí para obligarla.
—La esposa del señor también desea que sepáis que la puerta frente a la vuestra es la de España —añadió la muchacha, antes de que el sonido de los pasos se hiciese cada vez más lejano hasta terminar por desaparecer.
Irlanda suspiró. Por supuesto.
Dedicó un momento a cerrar su puerta y afianzarla con la llave sobre la cerradura. A continuación, la quitó y la puso sobre la superficie del escritorio antes de devolver su plena atención hacia el armario.
Se deshizo el nudo del paño de lienzo y soltó sus rizos, para después dedicar un momento a peinárselos con los dedos. Entonces se quitó el manto de los hombros, y se mordió el labio inferior con sus ojos fijos en las prendas del armario.
Su camisa no era lo suficientemente grande como para reemplazarla, por lo que se vio obligada a quitársela. Por más capas que tuviese, la ausencia del manto la obligó a abrazarse con sus brazos para darse algo de calor mientras se dirigía hacia el armario.
En cuanto el camisón estuvo a su alcance, lo sacudió sin demasiado cuidado con el fin de extenderlo y enrollarlo sobre sí mismo. Una vez que pudo pasar sus brazos a través de las mangas, dejó que la tela cayese por su propio peso y le llegase hasta prácticamente los talones.
Pues los pantalones se quedaban. Y las botas también.
Luego se puso el jubón, e inspiró hondo antes de tirar de los cordones. Ya podría haber añadido un espejo al mobiliario, y más si pretendía dejarle aquella prenda. Fue bastante complicado el hacerse el nudo en aquellas circunstancias, pero al final pudo completar la tarea.
Inmediatamente después se puso el manto sobre los hombros y lo anudó por el frente.
Hizo caso omiso a los dos pañuelos blanquecinos antes de volver a tomar la llave y utilizarla para desbloquear la puerta. Ya cuando la abrió, pudo escuchar unas carcajadas que resonaban por toda la estancia.
Irlanda suspiró.
La fiesta parecía haber empezado sin ella.
Aun así, se tomó su tiempo para cerrar la puerta, asegurarla con llave, buscar un rincón de su apretado jubón en el que meter la pieza de metal y peinarse el cabello con los dedos antes de dirigirse a la planta inferior.
Con cada paso, las voces se iban haciendo cada vez más claras para sus oídos. La de España la reconoció prácticamente de inmediato, aunque había decidido hablar en un tono tan bajo que Irlanda apenas podía captar alguna que otra palabra suelta.
Las puertas que conducían a aquel comedor estaban abiertas, lo que le permitió apreciar la escena que estaba teniendo lugar en el interior de la estancia; España estaba sentado de espaldas a ella, rodeado por una serie de hombres con los que mostraba tal cercanía que hacía a Irlanda acertar en su origen, y sus propias gentes en la mesa los miraban con fijeza.
En las manos de todos, vasos de madera que desprendían un olor indistinguible.
Irlanda inspiró hondo antes de adentrarse en la habitación y buscar un asiento. Dio la casualidad de que justo España giró su rostro en su dirección, y le dirigió una sonrisa a la vez que alzaba el vaso hacia ella. Apreció también el tinte rojizo con el que se habían teñido sus mejillas y la punta de su nariz.
Y, por alguna razón, sus pies decidieron que lo mejor era dirigirse hacia él.
—¿Cuánto de cerveza llevas? —musitó cuando estuvo lo suficientemente cerca.
España soltó una carcajada antes de aproximar el vaso de nuevo a sus labios y tomar otro sorbo. En su otra mano le ofreció otro recipiente, que Irlanda no tardó en acoger entre sus manos.
—Acabo de empezar —le respondió España. Irlanda arqueó la ceja, aunque su atención se vio desviada hacia los diferentes platos sobre la superficie de madera. Pudo reconocer diversas variedades de carne; vaca y cabrito, según los aromas que llegaban hasta ella, su estimada manteca de cerdo, pescado asado, leche agria y pan de avena, estos últimos dos alimentos que España probablemente ni siquiera se dignaría a tocar después de las constantes quejas. Aunque sí que se había apropiado de abundantes trozos de carne—. Este señor tuyo realmente quiere que nos pongamos las botas —añadió, en un ronco susurro.
Irlanda asintió con la cabeza.
Era sorprendente incluso para ella. Pero tampoco se iba a quejar. Acercó el vaso a sus labios y lo inclinó ligeramente para permitir que el amargor de la bebida invadiese su boca.
Apenas había pasado un mes desde la última vez que la había probado, pero la ausencia se había notado. Por su parte, España aprovechó para meterse en la boca uno de los trozos que había acumulado en su plato y comenzar a masticarlo.
Un codazo de uno de los hombres a sus costados le hizo acompañar la comida con un trago de cerveza.
—Intenta tampoco ponerte las botas —le advirtió ella, dándole un toque en el hombro para que este dirigiese sus ojos hacia Irlanda. También aprovechó para robarle un trozo de carne del plato e introducirlo en su boca—. Voy a buscar otro lugar para sentarme.
España alzó su ceja.
—¿Por qué? Ahí hay sillas. —Extendió su brazo hacia una de las esquinas de la estancia en la que había acumuladas varias de estas piezas de madera—. Busca una y siéntate con nosotros.
Irlanda arrugó su nariz. Había suficiente bullicio en la sala, constituido tanto por las voces de sus gentes como las de España, aunque en torno a este último se concentraba la gran cantidad de los berridos de sus hombres. La alegría que estos expresaban se mezclaba con el alcohol, puesto que los sirvientes no hacían más que volver a hacer rebosar sus vasos en cuanto faltaba una sola gota de cerveza.
—Tengo que hablar con MacClancy un momento.
España arrastró su silla hacia atrás, con sus manos sobre la mesa para ayudarse.
—Pues vamos los dos. Aún tengo que solucionar varias cosas con él.
Irlanda le puso la mano en el hombro y lo mantuvo en la silla.
—Y descuida que se lo recordaré, pero quiero hablar con él a solas.
Él torció el gesto, aunque se limitó a introducir un trozo de carne en su boca y hacerla pasar con un trago de cerveza. Ella apartó su mano y suspiró antes de alzar su rostro hacia sus compatriotas. Al entrar, le había parecido vislumbrar a MacClancy al lado de su esposa en aquel punto reservado a ambos.
Cuando volvió a dirigir sus ojos hacia la mujer, se percató de que la figura de su marido había sido sustituida por la de un soldado español con el que hablaba de una manera bastante asidua. No tardó en abandonar aquel asiento tras ser llamado por uno de los soldados cercanos en posición a España.
Su ceño permaneció fruncido incluso tras llegar a su lado.
La mujer la recibió con una sonrisa de oreja a oreja que no dejaba lugar a la intimidación.
—Buenas tardes, señora. Os veo complacida por nuestra compañía —comentó.
Irlanda suspiró antes de arrastrar la silla y obtener un espacio suficiente como para caber entre esta y la mesa.
—Estaría mucho más complacida si supiese dónde está vuestro marido.
Ella frunció sus labios y sacudió su mano en repetidas ocasiones de una manera que a Irlanda se le antojó desinteresada.
—Ya sabéis que mi marido está bastante ocupado con otros asuntos. No creo que esté disponible hasta dentro de varios días.
—¿Ni siquiera para atenderme a mí?
Enihm alzó sus comisuras en una sonrisa mientras negaba con su cabeza ladeada.
—Ni a vos ni al mismísimo España. Y creedme que es algo que desea mucho más que sus tareas actuales.
Irlanda bufó y tomó un trago del vaso de madera. Este gesto se dio varias veces en el siguiente minuto, hasta el punto de que el recipiente quedó prácticamente vacío. Antes de tener siquiera que pedirlo, uno de los sirvientes se acercó con una jarra y volvió a llenar el vaso.
Ella realizó el mismo ciclo. Una y otra vez.
Las palabras de Enihm se fueron haciendo cada vez más difusas con cada vaso que se terminaba.
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Al contrario que la mayoría de los presentes, Irlanda pudo regresar a su habitación por su propio pie y con su coordinación prácticamente intacta. De la caída del manto de la noche apenas habían pasado horas, pero España por fin había dejado el vaso sobre la mesa y se había levantado para después abandonar la habitación con pasos torpes.
Irlanda lo había contemplado con sus brazos cruzados sobre la mesa, su barbilla apoyada sobre estos y su ceja alzada.
Había debatido por minutos eternos si seguirlo o no. La esposa del señor había abandonado la estancia junto a la mayoría hacía tiempo, y, con su marcha, no tenía ninguna razón para proseguir en el lugar. La mayoría de los españoles se habían retirado o habían encontrado el frío suelo de piedra como el mejor lugar para dormir.
Se había puesto en pie sin demasiado problema, había salido del salón con el cuidado de no pisar a cualquiera de los durmientes, había llegado a las escaleras y las había subido con cierta rapidez. A su vez, también había aprovechado para sacar la llave de su jubón. Aunque, nada más pisar el último escalón, no le había hecho falta dar siquiera un paso más para apreciar a España sentado en el suelo.
Su espalda estaba apoyada en un punto intermedio entre la pared y la puerta, al igual que su nuca, puesto que había encontrado bastante divertido dirigir sus ojos hacia un punto inespecífico del techo.
Ni siquiera se había molestado en prender una de las velas para iluminar el pasillo.
Irlanda inspiró hondo y, poniéndose las manos sobre las rodillas, se encorvó sobre él.
—Te dije que te contuvieses un poco.
Sus ojos nublados se posaron sobre los suyos, y sus labios se despegaron en una sonrisa.
—Tampoco te he visto contenerte demasiado. —A su voz claramente inestable se le sumaba el hipo que le obligó a interrumpir sus palabras y cubrirse la boca con la manga.
Irlanda soltó un suspiro.
—¿Quién está sentado en la puerta de su habitación sin poder levantarse?
España se mantuvo en silencio durante unos segundos, tiempo que aprovechó para ladear su cabeza y extender su brazo hacia ella. Irlanda arqueó la ceja hasta darse cuenta de que uno de sus mechones colgaba a un costado de su rostro, pero la mano de España se mantenía muy lejos de este.
—Tenéis… —Se reacomodó sobre la pared y carraspeó, empleando sus manos para doblar sus piernas sobre su pecho—. Tenéis unos ojos que, al reflejarme en ellos, me imagino caminando por los campos de la placentera Galicia tras una semana entera de lluvias. Pero vuestros cabellos… —Cerró sus ojos por un momento antes de asentir con la cabeza para sí mismo—. Vuestros enredados cabellos me recuerdan la rebeldía y ferocidad de un fuego que crece con todo acto, a pesar de lo suaves que aparentan ser.
Volvió a abrir sus ojos y a mirarla con una sonrisa.
Irlanda bufó, aunque alzó una de las comisuras de sus labios.
—Desde luego no eres un poeta.
España arqueó una ceja.
—Quizá si entendieses mi idioma pudieses haber apreciado la melodía de mis palabras.
Las arrugas de su gesto terminaron por desaparecer en muy poco tiempo, y sus ojos verde oliva quedaron fijos en ella. En estos podía apreciar un brillo que hizo que su corazón comenzase a acelerarse, e incluso plantearse…
Plantearse cosas que no podrían ser.
Irlanda inspiró hondo de una manera brusca y se irguió. Aprovechó su posición para empujar la manija de la puerta y abrirla, lo que le dio la ocasión a España de demostrar los pocos reflejos que aún conservaba para no caerse de espaldas. Ante el ceño fruncido de este, Irlanda se giró sobre sus talones y metió la llave en su cerradura.
—Buenas noches, España.
Y se adentró en su habitación para después bloquear la puerta con la misma llave.
Él no protestó desde el otro lado.
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11 de noviembre, 1588; Castillo de Rosclogher, Condado de Leitrim, Irlanda.
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España se encontraba junto a MacClancy en las puertas del castillo.
Su homólogo apretaba sus labios, enarcaba sus cejas y permanecía con sus brazos cruzados mientras MacClancy continuaba hablando. Y a Irlanda le hubiese gustado que aquellas palabras llegasen a ella, porque para algo no se habían encerrado en una alcoba a conversar.
Por más que España hubiese aclarado que quería hablar solo con el señor.
Sin embargo, apenas era capaz de hacer más que observar cómo sus labios se movían.
—Y, si no es mucha discreción, señora, decidme, ¿cuál es la relación entre ambos? ¿Qué os ha llevado a conoceros… tanto? —Enihm entrecerraba sus ojos y apretaba sus labios.
Irlanda cerró su libro con cierto cuidado antes de suspirar.
—El simple curso de la Historia.
La mujer puso sus ojos en blanco.
—No me refiero a eso. Incluso con las circunstancias, ¿qué os ha hecho ser tan cercanos en tan poco tiempo?
Ella la miró y parpadeó, con su nariz arrugada. Se llegó a plantear preguntarle si su esposo le había hecho partícipe de su verdadera identidad, aunque se abstuvo de expresar sus pensamientos en voz alta.
—Lo mismo podría preguntaros sobre el soldado español que llegó hace unos cuantos días. Porque vuestra camarilla y vos apenas os despegáis de él por un momento.
Enihm alzó sus comisuras mientras que con sus manos se recolocaba el manto.
—Es un valiente España que ha llegado hasta aquí tras atravesar una gran cantidad de penurias. Se merece bastante atención de nuestra parte. Y más con las cosas que suelta por la boca. Tiene mucha más experiencia que cualquiera de los que he hablado. Aunque, me pregunto… —Apoyó su barbilla sobre la palma de su mano—. ¿Qué tiene por contar el vuestro?
—… Mucho. Pero no tiene muchas ganas de hacerlo.
O, al menos, no las mismas que había demostrado siglos atrás, cuando sus visitas, con o sin Francia, incluían un breve relato de lo que se cocía en Europa.
Pero su posición en aquellos tiempos era bastante similar, mientras que en el último siglo no había tenido ni punto de comparación. España tenía asuntos mucho más importantes de los que encargarse, según demostraba la luz que se filtraba por debajo de su puerta durante la noche y el olor a tinta que llegaba del interior.
—Una lástima —comentó la mujer.
Irlanda se encogió de hombros, para después devolver sus ojos hacia España. Ambos parecían haber terminado la conversación, puesto que, mientras que España caminaba en su dirección, MacClancy se dirigía hacia las murallas. Enihm se disculpó antes de ponerse en pie y apresurarse en llegar al lado de su esposo.
Aunque la mujer tampoco tuvo demasiado problema en detenerse delante de España con una sonrisa.
Enihm lo retuvo durante lo que a Irlanda se le antojó una eternidad. Con sus labios apretados, sus comisuras alzadas y las venas prominentes en su cuello, España parecía estar pensando lo mismo que ella. Su sospecha terminó por ser confirmada cuando puso su mano en la espalda de la mujer y extendió su brazo para señalar en la dirección en la que se había ido su marido.
Ella se sacudió para quitarse su brazo de encima antes de asentir con la cabeza y dejarlo por fin en paz.
Cuando España terminó de recorrer la distancia que los separaba se dejó caer sobre la piedra que había ocupado antes la mujer. El suspiro y la manera en la que torcía el gesto le abstuvieron de preguntar.
—Me parece que me voy a ver obligado a terminar recurriendo a una paloma mensajera —comentó, con sus ojos fijos en el suelo y su barbilla apoyada sobre su puño.
Irlanda inspiró hondo.
—Lo máximo que te puedo ofrecer es un cuervo.
España giró su cabeza hacia ella y la miró con la ceja alzada. Una de sus comisuras se había curvado ligeramente, aunque no lo suficiente como para formar una sonrisa. Sus ojos se desviaron hacia el libro sobre su regazo, aunque se mantuvo en silencio.
—¿No te apetece sacar a los caballos del establo? Estoy seguro de que Aoife y a Adonis les encantará salir un poco de él. Está un poco mohoso.
Irlanda arrugó la nariz.
—¿Adonis? Pensaba que le habías puesto Leyva.
España se encogió de hombros.
—Porque antes creía que tenían algo en común. Pero tampoco quiero ponerle a un caballo que ha logrado sobrevivir el nombre de un fallecido. —Devolvió sus pupilas hacia ella—. ¿Te apuntas entonces?
—No deberíamos salir de aquí. Sabes que es bastante peligroso. Y créeme que yo soy la primera que quiere salir de estas murallas.
Él chasqueó su lengua.
—Aunque sea unas carreras. Nunca he visto a Aoife al galope, y dudo mucho que, a pesar de tener patas tan gordas, solo sirva para ir al paso.
—¿Es que acaso no te bastó con la expedición con Cormac de Lough? ¿Aquella para rescatar a aquel soldado del herrero? Porque me parece que volver a Largydonnel es distancia suficiente como para estirar las patas.
—Para lo único que ha servido es para darle a la esposa de Manglana un amante para divertirse —señaló él—. Y al capitán Cuéllar una corte de damas para más de lo mismo. —Sus ojos volvieron al libro que tenía en su regazo—. ¿Tienes al menos un libro en latín que pueda comprender?
Irlanda asintió con la cabeza.
—Aunque no creo que te interese demasiado su contenido.
España devolvió sus ojos hacia Irlanda, para después ponerse en pie. No se molestó en preguntarle dónde iba, puesto que, en cierto modo, ya lo sabía.
Prefería esperar a que volviese.
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23 de noviembre, 1588; Castillo de Rosclogher, Condado de Leitrim, Irlanda.
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Había llenado la hoguera de leños que había recogido antes siquiera de que saliese el Sol y, tras prenderlos, se había acostado sobre su colchón con un libro entre sus manos.
Su lectura se había visto interrumpida por la misa, aunque, una vez terminada, ella había vuelto presta a acomodarse en su alcoba.
En cierto modo, podía comprender cómo se había sentido España durante las últimas semanas. Apenas podía alejarse de las murallas del castillo, y, cuando estaba dentro de estas, se sentía mucho más cómoda dentro de su habitación que fuera. Aunque su compañía fuese un simple libro.
Pero no podía moverse.
El perro de la Reina inglesa estaba actuando.
Y solo en las hojas del libro podía encontrar algo de tranquilidad.
Escuchó un carraspeo al otro lado de la puerta, acompañado por unos golpecitos secos a la madera. Irlanda resopló antes de dejar el libro sobre la cama y ponerse en pie. Caminó hacia el escritorio y observó la pieza de metal en su superficie.
Él volvió a golpear la puerta con sus dedos.
—No voy a bajar a entrenar contigo —respondió Irlanda mientras recogía la llave de la mesa—. La espada no se me da bien, por más que insistas. Arcos, cuchillos, ballestas… Dame lo que quieras excepto una espada.
—Y no vengo a obligarte. Ni a molestarte.
Irlanda omitió la pregunta que debería haber ido a continuación y se limitó a caminar hacia la puerta y desbloquearla con la llave. Como había esperado, España se encontraba en el exterior, con una tablilla de madera bajo el hombro y un carboncillo en su mano. Pegado a él tenía a uno de los niños del clan MacClancy, que en ese momento no sabía ubicar, al que España revolvió el cabello con su mano libre y una media sonrisa.
—Me ha venido persiguiendo desde la misa para decirnos que Manglana está reuniendo a todos —señaló él, con su atención fija en el niño—. Que tiene un anuncio importante.
Irlanda suspiró.
—Gracias.
Sin embargo, España no se movió del sitio, a lo que Irlanda se cruzó de brazos y frunció el ceño.
—Pero Manglana nos ha tenido esperando durante varios días, por lo que no está mal que le dejemos esperando un poco. —Al contemplar que Irlanda hacía el amago de separar sus labios, España alzó una mano—. Tengo a varios, entre ellos uno que comprende tu lengua, en la reunión. Vendrá a informarnos en cuanto termine.
Irlanda llevó sus ojos hacia el niño, que apretaba sus labios y dirigía su mirada hacia el suelo. España se puso de cuclillas a su nivel, tomó la muñeca del niño y le volteó la mano. Dejó por un momento la tabla, sobre la que había una hoja de papel, y el carboncillo en el suelo para después introducir la mano en uno de sus bolsillos.
Tras sacarla la abrió sobre la palma del niño, dejando una serie de monedas.
Los ojos del niño estuvieron a punto de salirse de sus órbitas antes de que cerrase su mano en un puño un instante después. España solo necesitó darle un toquecito en el hombro para que desapareciese de su vista.
A continuación, dirigió sus ojos hacia los de Irlanda con una sonrisa en su rostro.
Ella no pudo evitar bufar.
—Te di esas monedas por si acaso, no para que sobornases a un niño con ellas.
España soltó una carcajada mientras se encargaba de recoger la tablilla junto a la hoja y el carboncillo del suelo.
—Hay muy pocas personas de las que acepto recibir órdenes, y solo las de mi Rey por obligación. El resto debe ganarse mi respeto. Y Manglana, por más que aprecie su ayuda y sea consciente del peligro en el que se ha puesto, no lo ha hecho —comentó tras ponerse en pie—. Ahora bien, ¿me permites pasar?
Irlanda puso sus ojos en blanco, pero se apartó de la puerta y permitió que cruzase al interior. España lo hizo y se encaminó de inmediato hacia el escritorio y la silla. Tras dejar tanto la tablilla como el carboncillo sobre la mesa, sus dedos se posaron sobre el respaldo de la silla y la arrastraron hasta dejarla mirando hacia la cama.
Ella decidió entonces girarse para cerrar la puerta y bloquearla con llave.
Sus latidos comenzaron a aumentar en intensidad, y se vio obligada a inspirar hondo antes de voltearse de nuevo hacia él. España se había acomodado en su silla y había puesto la tabla con el papel sobre su muslo.
—¿Qué quieres hacer? —cuestionó ella.
España se encogió de hombros.
—No molesto, no te preocupes. Tú solo… —Posicionó su carboncillo sobre el papel—, sigue leyendo. Como si yo no estuviese aquí.
Irlanda arrugó su nariz, aunque terminó por sentarse sobre el borde de la cama más alejado de él y volver a tomar el libro entre sus manos. Lo abrió de nuevo en la página en la que se había quedado, e intentó que las palabras le diesen la misma tranquilidad que antes.
Pero podía escuchar el roce del carboncillo sobre el papel de una manera cuasi constante.
—¿Cuáles eran los detalles de la reunión de MacClancy? —preguntó, con sus ojos fijos sobre España.
En el rostro de este se habían formado una serie de arrugas mientras miraba el papel con suma concentración. Irlanda desvió sus ojos de vuelta a las páginas, aunque aquella vez era la curiosidad la que no le permitía centrarse en su tarea.
¿En qué momento le había parecido que era una buena idea permitirle pasar?
—¿Qué tan urgente era la reunión de MacClancy? —Volvió a llevar sus ojos hacia él.
España se encogió de hombros sin apartar su atención de la hoja.
—Algo sobre los herejes. Aunque tampoco tengo demasiados detalles.
Irlanda bufó.
—¿Y no se te ha pasado por la cabeza que sea algo serio y necesiten de nuestra presencia?
—No cambiaría nada si estuviésemos allí. De todas formas, Rodrigo vendrá a informarnos en cuanto haya terminado la reunión.
Ella puso sus ojos en blanco y dejó el libro abierto sobre el colchón, con la cuerdecilla de tela roja como única garantía de conservar el lugar por el que estaba leyendo. Juntó a continuación la mayoría de sus mechones a modo de coleta para hacerlos caer en cascada por uno de sus hombros.
—¿Qué estás haciendo exactamente como para que sea más importante que lo que tenga que decir MacClancy?
España alzó su rostro hacia ella con una sonrisa dibujada en sus labios.
—El retrato de una dama como vos. —Separó el papel de la tablilla y se lo tendió. Irlanda lo recogió con el ceño fruncido, que se deshizo en cuanto llevó sus ojos hacia el dibujo. En el centro del papel estaban detallados sus cabellos, rostro, cuello y parte de sus hombros en distintos tonos de gris—. Ya me ha sido bastante difícil conseguir un carboncillo como para reunir el resto de materiales que tengo en mi casa y darle color.
Irlanda hizo caso omiso a sus palabras.
Su atención se había posado plenamente sobre el retrato que sostenía en sus manos. El rostro estaba de medio lado, de forma que sus ojos parecían estar mirando el horizonte que tuviesen ante ellos; las cejas poseían un ligero ángulo de inclinación y formaban unas pequeñas arrugas en su ceño, aunque sus comisuras ligeramente elevadas lograban quitarle indicios de agresividad a la expresión; y su cabello…
Ella no pudo resistir la tentación de pasar una de sus manos por encima, porque no recordaba que sus rizos tuviesen tanto volumen como el que mostraba el dibujo.
Ni tampoco haber visto nunca tal expresión en sus facciones. Era casi como si…
—¿Te gusta? —La voz de España logró sacarla de aquel trance.
Ella alzó sus ojos hacia él, que enarcaba su ceja con una ligera sonrisa.
Irlanda se mordió el labio inferior.
—España…
Unos porrazos en la puerta la interrumpieron e hicieron que ambos llevasen sus ojos hacia la madera. Irlanda se percató entonces de que se había dejado la llave incrustada en la cerradura, por lo que depositó el papel encima de la manta y se levantó para llegar a ella antes de que España tuviese la ocasión de hacerlo.
—Don Antonio. —Las palabras llegaron amortiguadas al otro lado de la pared, e Irlanda se giró a mirar a España a sus espaldas con el ceño fruncido.
—Será Rodrigo —murmuró—. Ábrele la puerta.
Ella giró su muñeca y la desbloqueó, para después atraerla hacia sí. Un joven de cabellos azabaches y ojos marrones los esperaba a una distancia bastante prudente. Solo necesitó que España asintiese con la cabeza para inspirar hondo y poner sus manos sobre su espalda.
Sus labios apretados no le dieron ninguna confianza.
—Manglana dice que el gobernador inglés de Dublín ha escuchado sobre nuestra presencia en sus tierras y se dirige hacia aquí con una guarnición de 1700 hombres.
A ella se le retorció el estómago.
—¿FitzWilliam? —cuestionó Irlanda, sin apenas aliento.
—No lo sé, señora. Pero probablemente.
—¿Qué planea hacer Manglana? —preguntó España.
—Se está preparando para ocultarse en las montañas al norte del gran lago sobre el que está su castillo. Allí permanecerán hasta que los herejes decidan marcharse al no encontrar nada.
España procedió a preguntarle algo en su lengua de origen. Irlanda aprovechó esos momentos para profundizar en sus pensamientos. Por un lado, confiaba en las decisiones de MacClancy. Por otro, podía ser la excusa que había estado intentando sacar.
En un instante determinado, pudo captar una palabra bastante conocida de los labios de España; «capitán», que le hizo interesarse por la conversación pese a la barrera impuesta por el lenguaje.
Rodrigo asintió con la cabeza, y España soltó el inicio de una carcajada mientras sacudía su cabeza.
Irlanda lo miró con el ceño fruncido cuando sus miradas se encontraron. España le hizo entonces un gesto a Rodrigo para despacharlo, añadiendo otra retahíla de palabras ante la que el joven asintió con la cabeza.
No tardó en perderse en la oscuridad del pasillo.
—Manglana nos ha ofrecido ir con él —señaló España.
—Y con eso cumpliríamos el evitar a los ingleses. —La manera en la que él apretó los labios hizo que Irlanda profundizase las arrugas de su ceño—. ¿En qué demonios estás pensando?
España inspiró hondo.
—A algunos se les ha pasado por la cabeza, entre ellos al capitán Cuéllar, que, debido a la posición del castillo y el armamento que han encontrado por el momento, no les sería difícil resistir durante semanas.
Irlanda parpadeó mientras trataba de asimilar sus palabras, con la ligera esperanza de que hubiese escuchado mal.
—… Estás loco. Todos vosotros estáis locos. ¡Mis gentes hacen todo lo posible para manteneros fuera del peligro y vosotros os ofrecéis a poneros delante sin necesidad!
—No podemos permitir que Manglana pierda este castillo. Vale, se va, sí, y se aleja del peligro. Pero, ¿y si los herejes se quedan con sus territorios? Podemos resistir durante varias semanas. Te lo aseguro.
Irlanda apretó sus dientes.
—¿Has escuchado sobre el asedio de Ard na Caithne? —Ella apretó sus puños cuando España arqueó la ceja—. ¿Acaso Smerwick te suena más? —Le chistó al apreciar que iba a abrir su boca para hablar y le señaló con su dedo índice—. Quizá tú no lo aprecias porque ni siquiera estabas ahí, pero yo llegué con el ejército irlandés y vi las cabezas de todos los fallecidos. Ellos también pensaban que iban a aguantar el asedio.
—No, no lo pensaban.
—¡No sabes nada!
España inspiró hondo y chasqueó la lengua.
—Escuché las noticias de Smerwick y recibí cada uno de los detalles de los supervivientes. Los mercenarios papales, más de 400, si no recuerdo mal, quedaron encerrados en un fuerte cercano a Dingle junto a la población local. —Pese a la agresividad de su tono, no lo elevó más allá de un simple susurro—. No tenían alimento; no tenían suficiente armamento, y, para más inri, los barcos ingleses bloquearon su única vía de escape. Se vieron obligados a rendirse, creyendo en las condiciones de los ingleses. Hemos aprendido la lección.
Los ojos de Irlanda habían comenzado a arder, pero se abstuvo de hacer nada para demostrarlo.
Ambos quedaron inmersos en un duelo de miradas en el que Irlanda, tras lo que se le habían antojado como minutos, se vio obligada a girar su cabeza.
—Estáis locos. Mi conflicto y el de mis gentes con Inglaterra es algo que ni siquiera os incumbe y, aun así, insistís en meteros en medio y se os ocurre permitir que os asedien. —Irlanda inspiró hondo—. ¿Cuántos hombres y armas?
Las comisuras de España se alzaron. A Irlanda le dieron ganas de vomitar al recordar aquella imagen del Campo de las Cabezas y el olor a descomposición que había impregnado el ambiente.
—Nueve sin incluirme. Para el momento en el que Rodrigo vino, habían encontrado seis mosquetes, el mismo número de arcabuces y gran cantidad de munición, además de comida para resistir semanas o incluso meses. Yo iba a ir ahora a seguir buscando. Supongo que nos veremos en bastante tiempo.
Irlanda puso los ojos en blanco y los brazos en jarras sobre sus caderas.
—¿Y tú te crees que yo te voy a dejar solo?
España despegó sus labios para mostrar sus dientes mientras se sacudía por unas carcajadas que no terminaban de salir a la superficie.
—Es tu momento de demostrar tu puntería. Estoy seguro de que tendrás bastantes ganas de ensartar a más de uno.
Él tomó sus manos entre las suyas y las presionó antes de soltarlas y seguir el camino por el que había desaparecido Rodrigo.
Al quedarse sola, Irlanda se dio cuenta de que sus manos estaban temblando. Las refugió en la parte más cálida de su manto antes de inspirar hondo.
No quisiese Dios que España se equivocase.
