13 de diciembre, 1588; Orillas del lago Melvin, Condado de Leitrim, Irlanda.
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Diecisiete días llevaban allí acampados.
Si no hubiese sido por otro soldado, que contaba los días haciendo una marca en su casco, habría sido incapaz de llevar la cuenta desde el 28 de noviembre. Inglaterra recordaba con amargura que durante los cinco primeros días había pensado que parecía idiota.
Ya en la primera jornada, FitzWilliam había ordenado que ahorcasen a dos españoles enfrente del castillo, dejando claras sus intenciones a los asediados. Inglaterra había deseado poder ver la cara de España en la azotea del castillo en esos momentos, o la de su hermana, cuya presencia había supuesto incluso en las noticias que habían llegado del lugar.
Pero la voz cantante en esos momentos la llevaba otro que no sabía identificar. Había escuchado del Gobernador que debía de tratarse del «capitán» español, aunque a Inglaterra no podía importarle menos.
La presencia de España se había hecho mucho más notable durante los próximos días. Inglaterra era consciente de que él hacía la gran mayoría de guardias, con la punta de su mosquete asomada por encima de la piedra y señalando de forma permanente en su dirección. No necesitaba siquiera que se le presentase.
Su hermana estaba, efectivamente, con él.
Se le solía unir durante la noche, a la hora a la que prendía la hoguera. Inglaterra casi podía escuchar los murmullos de ambos unidos a los otros sonidos de la noche.
Con el paso de los días, el tiempo había ido empeorando. El asentarse en las orillas de un lago les estaba pasando factura, causando que los efectos de la lluvia fuesen amplificados.
Escuchó un carraspeo a sus espaldas que le hizo fruncir el ceño y girarse hacia el sonido. Uno de los soldados que más cercano había visto a FitzWilliam requería su atención. Él sintió ganas de bufar al contemplar que tenía los ojos prácticamente tapados debido a la errada inclinación que había adoptado su casco.
—Lord Kirkland, el gobernador quiere hablar con vos. —Su voz se apreciaba temblorosa.
Inglaterra resopló antes de ponerse en pie y dar un rodeo al taburete en el que estaba sentado para situarse frente a él. Extendió sus brazos hacia el soldado y le quitó el casco, para inmediatamente después arrojarlo a sus espaldas.
Pudo contemplar cómo la nuez se escondía por un momento en el cuello del soldado.
—Si estimas a tu Reina, recogerás ese casco y te pondrás a vigilar en mi ausencia.
El hombre no tardó en asentir con la cabeza de manera repetitiva.
Inglaterra lo rebasó y se dirigió hacia la carpa establecida para FitzWilliam. Durante el camino tuvo que luchar con el barro que se afanaba a sus botas con cada vez más insistencia, hasta un punto de llegar a envolver su pie por completo.
Esto no lo detuvo de llegar a su objetivo.
Apartó la tela de entrada a la carpa con su mano cerrada en un puño y dio un paso hacia el interior. William FitzWilliam se encontraba sentado en una silla de madera, con su mano sosteniendo su cabeza ligeramente ladeada.
El lánguido suspiro que emitió cuando fijó sus ojos en Inglaterra fue suficiente para hacerle presionar sus puños con aún más fuerza.
—Lord Kirkland, nos retiramos.
—No.
Su respuesta creó arrugas en torno a las cejas de FitzWilliam, quien se apresuró a erguirse en su silla.
—Lord Kirkland, nos retiramos —reiteró, esta vez con un tono mucho más firme—. No estamos haciendo nada asediando el castillo de ese salvaje más que hacer reír a los españoles que ahí se esconden. La Reina sabrá apreciar nuestro acto de sensatez.
—La Reina quiere a España en un calabozo en Londres, a Irlanda en uno en Dublín; en el mismo de donde nunca debería haber salido bajo vuestra guardia, y a MacClancy, a sus apoyos y al resto de españoles sin cabeza —siseó, inclinándose sobre la mesa ante el hombre—. Y permitir que se rían de sus tropas y de vos es hacer que se rían en su cara.
El gobernador chasqueó la lengua.
—¿Y cómo queréis sacarlos del castillo, Lord Kirkland? ¿Tenéis alguna idea que no se nos haya ocurrido por el momento?
Inglaterra soltó un gruñido y de inmediato le dio la espalda, salió raudo y veloz de la carpa, recogió un mosquete tirado en el suelo en el exterior y regresó el lugar del que FitzWilliam le había hecho apartarse. El soldado se giró hacia él, e Inglaterra lo agarró del brazo para obligarlo a levantarse.
—Vuelve a la carpa del Gobernador y dile que esto es lo que se tiene que hacer.
—P-Pero…
Él lo soltó del brazo, permitiendo que cayese al suelo de espaldas. Sin siquiera mirarle a los ojos, el hombre se sacudió en el barro antes de conseguir ponerse en pie y correr hacia la carpa de FitzWilliam.
Inglaterra inspiró hondo y llevó sus ojos hacia la azotea del castillo.
—¡España, no sabía que tenías tantas ganas de convivir entre salvajes! ¿Acaso te has olvidado de que tienes un Imperio al que volver? —Se quedó callado y fijó sus ojos en el lugar en el que estaba antes la boca del mosquete. Había desaparecido. Alzó ligeramente una de sus comisuras mientras esperaba a que España se asomase. Levantó además sus brazos mientras se agachaba para dejar el mosquete en el suelo—. ¡Al contrario que mi hermana, yo tengo una forma de devolverte a la civilización! ¡Si aceptas mis condiciones, podrías estar tomando un barco desde Dublín para volver a España! ¡Tú y tus hombres! ¡Te doy mi palabra! —Se puso la mano sobre el pecho para darse una serie de golpecitos.
El silencio que se había formado en torno a la azotea del castillo era tan sepulcral que Inglaterra lo anotó como una victoria. Giró su cuello hacia sus espaldas para observar a FitzWilliam apoyándose sobre un bastón y mirándolo con la ceja alzada.
Inglaterra bufó para después devolver su rostro hacia el castillo.
—¡Pero la oferta es temporal! ¡Así que debes responder…!
Se quedó sin aire en los pulmones al sentir un fuerte ardor a un costado de su pecho, por encima de su axila. Sus dedos se aferraron al cuerpo de madera de la saeta por puro instinto mientras caía al suelo con suma lentitud.
En el extremo de la flecha, enganchado junto a las plumas, había una serie de rizos anaranjados que el viento mecía al mismo ritmo que su caída. Inglaterra intentó inspirar hondo, aunque el agarre de sus dedos no hizo más que aumentar la intensidad del dolor.
Apenas pudo balbucear al caer sobre la cama de barro.
Su sangre hirvió con ganas de maldecir a su hermana, a España y a todo aquel que se hubiese librado de tener rebanado el cuello.
Sintió cómo unas manos se envolvían alrededor de sus brazos y piernas, pero Inglaterra intentó sacudirse para apartarlas. Gruñó mientras sus dedos tiraban de la saeta, causando nada más que un ardor reflejado en las lágrimas que emborronaban su vista.
Poco a poco fue perdiendo fuerza, facilitando la tarea de que sus brazos y piernas fuesen sostenidos.
Inglaterra fue separado del barro poco después de que sus párpados se cerrasen por su propio peso.
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24 de diciembre, 1588; Castillo de MacClancy, Condado de Leitrim, Irlanda.
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Sus gentes llevaban de fiesta desde su regreso al castillo.
Daba igual que hubiese pasado más de una semana desde la retirada de los ingleses, o que se hubiese solapado con la Nochebuena. No obstante, Irlanda había necesitado alejarse al barullo y volver a la azotea del castillo, incluso si la oscuridad no le permitía atisbar los alrededores.
Los recordaba lo suficientemente bien.
Aún podía ver a su hermano sentado muy cerca de las murallas del castillo, con sus ojos fijos en la zona que ocupaban. España había insistido en que lo mantendría vigilado, con el cañón de su mosquete siempre apuntando hacia él.
Era capaz de repetir las palabras que le había gritado a España tras volver, la manera en la que sus ojos verde oliva se habían fijado en ella de manera inmediata. Irlanda había negado con la cabeza con su ceño fruncido, sobre todo ante su supuesta promesa, y España había alzado sus comisuras.
Todavía no sabía qué le había hecho alzar su arco y dispararle.
Aunque, en realidad, tenía muy claras sus razones. España logró expresarlas cuando dedicó esa victoria a todos aquellos fallecidos a manos de los ingleses tras los hundimientos, e Irlanda se permitió añadir también a sus gentes desde mucho antes del horror que había traído la Reina inglesa.
Pero no podía describir el sentimiento que había invadido su pecho al prever que, si no le disparaba en ese momento, nunca lo haría.
Ella pegó un pequeño respingo al sentir una pesada prenda caer sobre sus hombros.
De inmediato, apartó sus ojos del lugar y los dirigió hacia la figura tras ella, iluminada por la luz de una pequeña lumbre que sostenía entre sus manos enguantadas.
—No creo que los ingleses vuelvan pronto —comentó España, con sus comisuras alzadas.
Irlanda inspiró hondo y aprovechó para recolocarse el abrigo que había dejado caer sobre sus hombros. Por más que hubiese tenido la manta encima, se agradecía un poco más de calor.
—Pero lo harán en algún momento.
La sonrisa en las facciones de España flaqueó antes de que este suspirase.
—Le he dicho a Manglana que nos marchamos mañana o pasado. Que necesito volver a España cuanto antes, y que no puede retenerme aquí. —Fijó sus ojos sobre los suyos—. ¿Te puedo preguntar, sinceramente, cuánto tiempo ha pasado desde que naufragué en aquella playa?
—Hace tres días se cumplieron tres meses.
España torció el gesto mientras depositaba el platillo con la vela ante ella y se alejaba hacia la escotilla de bajada. Irlanda lo siguió con la mirada y el ceño fruncido, aunque España sacudió su mano para quitarle importancia.
A pesar de que estaba envuelto en la oscuridad, ella pudo distinguir cómo se agachaba sobre la escotilla y después se volvía a levantar para deshacer sus pasos. Cuando llegó a su lado, le ofreció una vasija de madera hacia la que ella extendió sus brazos de inmediato.
—Te olvidabas la cerveza —comentó, con su sonrisa de vuelta en su rostro. A continuación, recogió la cola de su abrigo para sentarse junto a ella y hacer contactar su recipiente con el suyo.
Irlanda puso sus ojos en blanco, aunque permitió que sus comisuras se alzasen ligeramente.
—Se suponía que tú me traías el vino, España, y que de la cerveza ya me ocupaba yo.
España no se resistió a soltar una carcajada.
—Aunque se me educó para apreciar el vino, no puedo negar que me gusta mucho. Por más que sea amarga.
Él aproximó la bebida a sus labios para darle un pequeño sorbo, e Irlanda aprovechó para hacer lo propio. Se agradecía la sensación de ardor del alcohol bajando por su garganta después de tanto tiempo de abstinencia por… lo que pudiese pasar.
España suspiró con sus ojos cerrados.
—¿No vas a volver a celebrar la Nochebuena con los tuyos? —cuestionó Irlanda, ocasionando que él despegase sus párpados y la mirase con la ceja alzada.
—¿Por qué habría de hacerlo? He venido hasta aquí para estar contigo.
Irlanda se mordió el labio inferior y pasó la yema de su dedo índice por los bordes del vaso.
—¿Por qué? —musitó.
Supo de inmediato que debería haber mantenido la boca cerrada.
España parpadeó y miró a Irlanda con su ceño ligeramente fruncido.
—Porque quiero estar contigo. Porque… confío más en ti que en cualquier otra persona en esta isla.
Irlanda alzó su rostro hacia él y bufó.
—… ¿De verdad?
Las arrugas del gesto de España terminaron por desaparecer antes de encogerse de hombros.
—¿Qué hay que no sepas de mí; que no puedas saber por mi expresión?
Irlanda se pasó la lengua por los labios y se metió las manos bajo el manto en un intento de calentarlas. El día anterior había nevado, aunque apenas se conservaban montones de nieve sobre las copas de algunos árboles y la cima de las murallas de MacClancy.
—¿Confiabas en que la Armada de Inglaterra conseguiría su objetivo?
España suspiró y se llevó el vaso de cerveza a la boca. Los sucesivos tragos que tomó fueron evidenciados por los movimientos de su nuez antes de suspirar y dejar el vaso sobre el suelo de piedra, lugar donde quedaron fijos sus ojos.
—Portugal decía que, con lo que estaba pasando ya en Lisboa, debía ser suficiente para darme cuenta de su posible destino. Flandes alegaba no tener opinión al respecto, aunque apoyaría lo que fuese que decidiese. Nápoles señalaba que no tenía ninguna razón para acumular tantos barcos de todas las partes del Imperio y llevarlos contra Inglaterra. —España alzó ligeramente su rostro, compartiendo una breve mirada con ella antes de dirigirla hacia la vela—. Decidí no preguntar más, porque había hecho demasiadas promesas y aquello tenía que salir bien. Pero, por más barcos que hubiese del resto, iría yo solo.
Irlanda se mordió el labio inferior y se resistió de hacer un comentario sobre sus compañías.
—Eso no es lo que te he preguntado.
España chasqueó la lengua.
—¿Alguna vez te he hablado de las Indias?
Irlanda llevó sus ojos hacia él y negó con la cabeza.
—Ni una sola vez. Sé más lo que son por Inglaterra que por ti.
España esbozó una ligera sonrisa para después resoplar.
—Pues menuda fuente más confiable has escogido.
—No tenía otra opción —señaló Irlanda, con su nariz arrugada—. Y eso no era lo que te estaba preguntando.
—Sí, lo es. Porque sabrás tú que la Reina inglesa permite la piratería en contra de las posesiones españolas, ¿cierto? —Pese al enfado que revelaba su tono, se detuvo por un momento hasta que Irlanda asintió con la cabeza—. Y habrás escuchado hablar a ese pirata de tres al cuarto de Drake, al que la hereje le ha dado un título de caballero y no es más que… —Él chasqueó su lengua—. Un vándalo.
—Tuve la desgracia de conocerlo en la Corte inglesa —respondió ella.
España bufó.
—Y encima se atreve a pasearse por ahí —masculló, para después inspirar hondo y devolver sus ojos hacia Irlanda—. Bueno, pues también sabrás que Inglaterra se lleva muy bien con él.
Ella se abstuvo de darle una respuesta más allá de una breve sacudida de cabeza.
—Hace prácticamente 12 años, una tripulación liderada por ambos llegó a la ciudad de Santo Domingo, en la isla de La Española. Mi… —Se vio obligado a inspirar hondo mientras sus puños se apretaban—. Mi hija creyó que podría hacerles frente, a pesar de que toda la población de la ciudad escapó con la mayor parte de los objetos de valor, y apenas había alguien que se atreviese a hacerles frente. Reconozco que a los que más instruí fue a Cuba y a Puerto Rico, y a ella solo le di unas lecciones básicas, pero no creo que ni siquiera hubiesen sido capaces de resistir un duelo. Los muy bárbaros la superaron en número, la amordazaron y la obligaron a ver cómo destruían y saqueaban la ciudad, además de incendiar las naves españolas del puerto. La encerraron en la Catedral, momento para el cual la carta de Cuba me llegó. Tuvimos que negociar la entrega de 25.000 ducados para que abandonasen la isla, y, aun así, se llevó, entre otras cosas, las campanas de la iglesia.
España inspiró hondo mientras jugaba con sus dedos.
Irlanda abrió su boca, aunque ninguna de las palabras que se le podían ocurrir eran las correctas.
—Luego… atacó Cartagena de Indias —prosiguió España—. Afortunadamente, nadie merodeaba por ahí, y les prohibí que se aproximasen. Tuvimos que pagar 107.000 ducados. Y lo último fue Cádiz. Hemos hecho lo posible para mejorar las ciudades portuarias y la flota, pero son ofensas que no me puedo permitir. Por el bien de todos. Y hay más, pero supongo que eres consciente de ello.
Él devolvió sus ojos hacia la lumbre.
Ella volvió a pasarse la lengua por los labios y le dio otro trago al vaso de cerveza. Casi le apeteció levantarse para rellenarse el vaso, pero no quiso dejarlo solo en la azotea.
—Pero fracasaste.
España se estremeció ligeramente antes de cruzar su mirada con la suya.
—Pero no ha sido por los ingleses, sino por los elementos. —Se restregó los ojos con los dedos de una mano—. Necesito comunicarme con mi Rey y con mi hermano, o con cualquier otro, para saber cómo han terminado las cosas. —Suspiró mientras se quitaba la mano de la cara y alzaba ligeramente sus comisuras—. ¿Algo más que quieras saber?
Irlanda levantó su brazo para después poner la mano en el hombro de España. Él se arrastró hasta el punto de que sus hombros se tocasen, e Irlanda pudo pasarle el brazo por detrás del cuello. Debido al gran número de capas que tenía encima, parecía prácticamente una hoguera andante.
Sintió cómo su corazón comenzaba a latir con fuerza.
—¿Por qué no te has ido con el resto de tus gentes?
España resopló.
—Irlanda, por favor.
—Lo digo en serio. ¿Por qué insistes en estar conmigo? Si tantas ganas tienes de volver, podrías haberte ido con el resto y encontrar tu propia forma.
—Te he respondido antes. Confío mucho más en ti que en cualquier otra persona en esta isla, y más teniendo en cuenta que no hay un mapa con el que me pueda guiar por estas tierras.
—¿Y si lo hubiese? —cuestionó ella, inclinándose hacia su rostro.
Él chasqueó la lengua, se sacudió para quitarse el brazo de encima mientras se incorporaba y giraba su rostro hacia la oscuridad de la noche.
—¿Cuántas veces necesitas que te lo repita? Te aprecio y confío en ti. —Devolvió su mirada hacia Irlanda. La lumbre se impregnó en sus pupilas, ocasionando que se tornasen de un color avellana—. No puedes hacer como si no nos hubiésemos conocido ya por siglos, y por ello no creo que deba explicártelo.
Intentó alcanzar sus manos con las suyas, pero Irlanda las apartó para después resoplar.
—Si vas a estar dando vueltas sobre lo mismo, para eso no me respondas —masculló, con su atención fija en la vela.
España suspiró tras un largo tiempo de silencio sepulcral.
—¿Por qué viniste a recogerme a la playa?
Irlanda alzó su rostro hacia él. ¿Ahora era su turno?
—Si tus razones deben resultarme obvias, ¿no debería ser igual?
—¿Por qué no te has ido tú con tus gentes a celebrar la noche, y estás aquí, pasando frío en la azotea del castillo?
Irlanda se removió bajo las mantas.
—No tengo frío —musitó, aunque la ceja alzada de España le hizo saber que sus palabras no le valían de nada. Resopló—. Quería tener un momento para pensar a solas. Y alejarme de las fiestas perpetuas en el castillo. Pero… —Inspiró hondo mientras extendía las piernas y apoyaba las palmas de sus manos en la superficie de las piedras. Aquello ocasionó un escalofrío que casi hizo a sus piernas perder el mínimo de sostén que le otorgaban—. Creo que debería volver…
Antes de que tuviese la oportunidad de siquiera darse un impulso, una de sus manos quedó atrapada entre los cálidos guantes de España. Irlanda frunció el ceño y giró su cabeza hacia él, que apretaba sus labios y arqueaba una de sus cejas.
Ella se sacudió para zafarse de su agarre y se dejó caer de nuevo en el suelo, aunque no sin antes soltar un resoplido y mirarlo con el ceño fruncido.
Esto le hizo chasquear la lengua y dirigir sus ojos hacia el suelo.
—Lo digo de verdad, Irlanda. Quisiera saberlo de ti, porque todo me hace parecer que no te agrada mi compañía.
Irlanda arrugó su nariz y devolvió su mirada hacia él.
—¿Cómo puedes decir eso?
—¿Acaso me equivoco? —Ni siquiera se molestó en volver a alzar su rostro en su dirección.
—¡Claro que te equivocas! —Irlanda necesitó pasarse la lengua por los labios, y aprovechó para inspirar hondo. Tuvo la tentación de extender sus manos hacia él, pero se limitó a inclinarse ligeramente—. Si fuese como dices, ni siquiera me hubiese molestado en irte a buscar a la playa. Eres un aliado, y valoro tu presencia aquí.
Él se encogió de hombros mientras jugaba con la vasija vacía.
—A veces no lo parece. —Juntó sus manos enguantadas sobre sus piernas, para después suspirar con su mirada fija en el suelo. Irlanda pudo apreciar cómo se formaban arrugas en torno a sus cejas—. Es como si… Como si me estuvieses evitando en la mayoría de las ocasiones. Como si cada vez que intentase algo, tú estuvieses ahí…
Irlanda le chistó, logrando interrumpir sus palabras.
España de inmediato alzó su rostro y la miró con la ceja alzada. Irlanda inspiró hondo antes de reunir la fuerza suficiente como para levantar sus manos y acunar entre ellas el rostro de su homólogo.
Ni siquiera supo si atribuir la perplejidad en su rostro a lo frías que estaban sus propias palmas en vez de a lo evidente.
Porque su rostro estaba tan cálido que no fue capaz de despegarlas de él.
—Te puedo asegurar que, sea lo que sea que te estás imaginando, no es así.
Él chasqueó su lengua, aunque Irlanda también apreció la manera en la que su nuez destacaba ligeramente. Las puntas de sus narices casi se rozaban.
—P-Pero… —musitó.
El resto de sus palabras murieron en su garganta.
A Irlanda no se le ocurrió otra cosa que cerrar sus ojos, inclinarse y juntar sus labios. Al notar la inmediata rigidez de la mandíbula de España, se llegó a plantear la opción de que aquello había sido un error y debía separarse.
Aquellas dudas desaparecieron en cuanto él abrió sus labios y siguió el torpe ritmo que Irlanda había comenzado. No tardó demasiado tiempo en apoderarse del beso, envolver sus brazos alrededor de su cintura y poder profundizarlo. Irlanda apenas fue capaz de hacer nada más que llevar sus manos hasta su nuca y presionarlo contra ella.
Pese a que el amargor de la cerveza predominaba en su boca, podía detectar cierto toque a madera acompañado por un cierto dulzor.
No se percató del momento en el que su espalda contactó con el suelo; su atención estaba puesta en sus manos, que buscaban la forma de empezar a despojarle de las múltiples capas que lo separaban de ella.
Hasta que él tuvo la osadía de separarse con un jadeo.
Irlanda abrió sus ojos y lo miró con el ceño fruncido.
—No… No lo entiendo —señaló él, sin aliento, con una de sus cejas enarcada.
Ella resopló.
—¿Qué no vas a entender?
España abrió la boca y movió sus labios, aunque ninguna de las palabras que se le pasaban por la cabeza consiguió salir de ella.
—¿Por qué…? ¿Por qué ahora? ¿Por qué no…?
Irlanda le puso un dedo sobre sus labios.
—No te puedo demostrar las cosas de una mejor manera que esta. —Inspiró hondo, y empleó una de sus manos para retirarse el cabello de la cara—. Ahora bien, ¿quieres hacerlo aquí o en un lugar más cómodo?
España apretó sus labios.
—Irlanda…
—Tranquilo. —Le puso una mano en el pecho—. Deja de dudar. Estoy convencida de esto.
—Pero…
—España. Por favor.
Él utilizó sus brazos para apoyarse y quitarse de encima de ella. En un principio, Irlanda frunció el ceño y se dedicó a observar sus movimientos; cómo flexionaba sus rodillas, apoyaba las plantas de sus botas en la piedra y se ponía en pie con cierta torpeza.
El movimiento de su abrigo apagó la lumbre de la vela que los había acompañado.
Y, entonces, le extendió la mano con sus comisuras ligeramente alzadas.
Irlanda la aceptó con presteza, y su fuerza fue suficiente como para ponerla en pie sin que ella tuviese que intervenir. El brazo de España se envolvió en torno a su cintura, pegándola más a su costado.
Ella no encontró razón por la cual resistirse mientras se dirigían hacia la escotilla de la azotea.
—¿Estás segura? —musitó él.
Irlanda inspiró hondo.
—¿Por qué no iba a estarlo? ¿Por qué te resulta tan difícil de aceptar? Lo importante es que tú estés seguro de ello. —Alzó su rostro ligeramente hacia él, aunque las prendas alrededor de su cuello le impedían vislumbrar sus facciones—. ¿Lo estás?
Pudo notar cómo el pecho de España se hinchaba de una manera exagerada. La mano desenguantada de España enredó sus dedos en uno de sus mechones, llegando al punto de que sus nudillos rozasen su mandíbula. Musitó unas palabras en español que le fueron imposibles de reconocer.
Ella no hizo nada para apartarlo.
Sus dedos terminaron situándose por debajo de su barbilla con el fin de alzarla y volver a juntar sus labios. Irlanda cerró sus ojos al notar cómo profundizaba el beso, aunque opuso algo de resistencia ante sus movimientos cada vez más ansiosos.
Se vieron obligados a separarse para bajar por la escalera hacia los interiores del castillo.
No hubo lugar para las palabras durante el resto del camino hacia la habitación. Y menos durante las próximas horas.
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25 de diciembre, 1588; Castillo de MacClancy, Condado de Leitrim, Irlanda.
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Pese a que se había despertado con el contacto de los primeros rayos del Sol, Irlanda simplemente se había recostado contra su pecho y había dejado que el pacífico ritmo de su respiración la meciese.
No se resistió a peinar sus suaves rizos castaños mientras observaba su rostro y tarareaba una arcaica melodía.
Carecía de arrugas que expresasen cualquier tipo de preocupación.
Le parecía mentira lo contagioso que resultaba el gesto.
Al escuchar una serie de golpes en la puerta, Irlanda detuvo el movimiento de su mano y la melodía, para después girar su cuello hacia la ventana. El Sol ya había pasado a reinar en un lateral del firmamento, permitiendo contemplar el extraordinario color azul del cielo.
Arrugó la nariz mientras regresaba su mirada hacia el rostro de España.
Pudo percibir entonces cómo sus párpados se arrugaban ligeramente ante los siguientes toques en la puerta, y aún más cuando el hombre al otro lado comenzó a llamarlo en latín. Irlanda puso sus ojos en blanco antes de sujetar la muñeca de España y apartar el brazo que había quedado en torno a su cintura.
Él emitió un pequeño gruñido cuando ella se hubo sentado sobre el borde del colchón.
Irlanda solo pudo suspirar.
—Sigue durmiendo —musitó.
Recogió sus propios rizos entre sus manos y formó una improvisada cola de caballo para dejarla caer sobre uno de sus hombros. Agradeció conservar su camisa larga por encima, por más fina que fuese, antes de agacharse y comenzar a rebuscar entre la montaña de ropa que había a un lado de la cama.
Lo primero que levantó fue su manto, que puso sobre su regazo antes de escarbar y encontrar el pantalón. Volvió a escuchar los toques en la puerta, por lo que se apresuró a colocarse la manta sobre los hombros antes de levantarse y ponerse el pantalón.
No fuese a terminar despertando a España con su impaciencia.
Las plantas de sus pies se encontraron con el frío suelo al separarse ligeramente de la cama, pero Irlanda inspiró hondo y se limitó a envolverse lo máximo posible en el manto.
Cuando llegó ante la puerta, se puso de medio lado para comprobar en el espejo que la ropa tapaba todo lo que quería. Le dedicó también un veloz vistazo a España, quien sí había caído rendido completamente desnudo, y suspiró con cierto alivio al comprobar que la colcha tapaba la integridad de su cuerpo por debajo de sus hombros.
Entonces se giró hacia la pieza de madera, puso la mano sobre el pomo y giró su muñeca.
Abrió una ranura suficiente como para solo asomar su rostro.
Al muchacho de cabello castaño se le había ocurrido acercarse a su puerta y comenzar a golpearla sin demasiada clemencia. Irlanda carraspeó para que este girase su cuello en su dirección.
Permaneció ojiplático por un momento, lo que hizo que Irlanda arquease la ceja y este se viese obligado a aclararse la garganta.
—Mi señora. —Dio unos escasos pasos para aproximarse a la puerta—. ¿Está España con vos?
Irlanda bufó, aunque se abstuvo de hacer la pregunta que se le estaba pasando por la cabeza.
El muchacho torció el gesto. Irlanda decidió suspirar y agitar su mano hacia él.
—Todo lo que le queráis decir a él me lo podéis comunicar a mí.
Notó cómo él ladeaba su cabeza en dirección hacia la ranura. Irlanda pegó su cuerpo por completo a ella y lo miró con el ceño fruncido.
—Eh… —Carraspeó—. Por supuesto. —Dirigió sus ojos hacia sus botas mientras juntaba sus manos en su espalda—. Padre quiere saber cuándo está pensando marcharse. Supone que será después de la misa de Navidad, que espera celebrar con ambos y que será en menos de una hora, pero desea saber el momento exacto.
Irlanda parpadeó. Ante el crujido del colchón a sus espaldas se le ocurrió apartarse de la ranura y concretarlo, pero dudaba que aquella fuese la mejor opción.
—Descuidad. Él mismo se lo comunicará después de la misa.
El muchacho chasqueó la lengua antes de que tuviese la oportunidad de apartarse y cerrar la puerta.
—A padre le gustaría saberlo antes de la comida.
—Lo sabrá. —A Irlanda le dio tiempo a separarse de la madera y estamparla prácticamente en la cara del muchacho antes de suspirar y girar su cuello hacia la izquierda.
Tal como podía haber intuido, España se había sentado en el borde de la cama y se restregaba los ojos con sus dedos. Había tenido a bien conservar la protección de la manta en todo su cuerpo excepto en uno de sus brazos y por debajo de sus rodillas.
El silencio se prolongó hasta que España metió su otro brazo debajo de la colcha y la miró con sus labios apretados.
—¿Tú qué crees? ¿Hoy o mañana?
Irlanda se aproximó a él y se dejó caer sobre el borde de la cama. Quedó lo suficientemente cerca como para apoyar la cabeza en su hombro.
—Creo que hoy es un día perfecto para irnos. —Levantó su rostro de él para mirarlo a los ojos. Como podía presumir por la manera en la que se habían hundido sus hombros, permanecía con los labios apretados y jugueteaba con sus dedos por debajo de las mantas. Él se apresuró a romper el contacto visual—. ¿Qué te detendría de hacerlo?
España suspiró y volvió a alzar su mirada hacia ella.
—Manglana no quiere que el resto se vaya. Quiere mantenerlos como soldados que luchen contra los herejes cada vez que se acerquen en los más mínimo a sus dominios —murmuró.
—Y ellos no quieren.
España negó con la cabeza.
—Desean volver a España tanto o incluso más que yo. —Se vio obligado a sacar una de las manos entre las mantas para taparse la boca mientras bostezaba. Una vez hubo terminado, se secó los ojos con los dedos. Irlanda se abstuvo de comentar al respecto—. A Cuéllar le ha ofrecido hasta a una hermana, pero él la ha rechazado. Quería hablar con Manglana para intentar convencerle de que su presencia aquí es tan peligrosa como la mía, pero él solo me dijo que para ellos es más arriesgado y desde entonces solo quiere saber cuándo me voy.
Irlanda inspiró hondo.
—Considerando lo que pude ver durante el asedio, no creo que tengan planes de quedarse incluso si MacClancy así lo quiere.
España se limitó a poner un dedo índice sobre sus labios, sacar su otra mano para ponerlo sobre los suyos y chistar. Irlanda puso los ojos en blanco.
—Pero quiero asegurarme de que escapen. Y no quiero perderles la pista hasta… hasta nunca.
Para ese momento, el torso de España había quedado al descubierto, y la cruz en su cuello colgaba sobre su pecho sin ninguna clase de pudor. Ella no se pudo contener de pasar sus dedos desde uno de sus hombros hasta el otro, regocijándose por la manera en la que se estremecía durante el recorrido.
España dibujó una sonrisa con sus dientes al descubierto y soltó el inicio de una carcajada.
—¿No tuviste suficiente con lo de anoche? —musitó mientras inclinaba su cabeza hacia ella hasta que sus frentes y narices se tocaron.
Irlanda alzó sus comisuras.
—Tú eres el insaciable aquí, no te equivoques —señaló ella. España chasqueó la lengua y se zafó de su toque al agacharse para alcanzar sus ropas. Necesitó apartar bastantes prendas antes de llegar a su camisa blanca, y ya ni hablar del jubón y las calzas.
—Eso es discutible —comentó él, al mismo tiempo que se levantaba. A pesar de que intentó sostener la manta en torno a su cintura, priorizó sus ropas dobladas sobre su antebrazo, por lo que la tela cayó al suelo sin ninguna resistencia.
Irlanda se pasó la lengua por los labios ante la vista de toda la parte trasera de España. Por más que se le pasase por la cabeza el apartar la mirada, era demasiado tentador. Su corazón latía incluso con más fuerza mientras sus ojos se permitían recorrer todo lo que tenía la vista.
A pesar de que le diese la espalda, podía ver los bordes alzados de las comisuras y escuchar alguna que otra carcajada ahogada de su parte mientras terminaba de vestirse. Ni siquiera las marcas blancas que cubrían la parte inferior de su espalda y una ínfima superficie de sus piernas, contrastando con el tono tostado aunque empalidecido de su piel, lograban dispersar su admiración.
Otras de mayor longitud en la parte superior de la espalda solo le hicieron dirigir sus ojos hacia sus propias uñas. Pudo detectar en ellas un cierto tinte rojizo y se mordió el labio inferior.
Quizá sí que se había dejado llevar un poco por la emoción.
—Entonces… —En cuanto se hubo ajustado el jubón y las mangas, España se dejó caer sobre el borde de la cama. Irlanda alzó su rostro hacia él de inmediato—. ¿Te vas a poner el jubón o vas a ir así a la misa?
Ella puso sus ojos en blanco.
—No sé, con las ganas que tenías tú de quitármelo de encima no sé si ponérmelo. —Se encogió de hombros.
España la miró con la ceja alzada.
—Irlanda. —A pesar de la sonrisa que dominaba su rostro, su tono había retumbado con seriedad.
Ella bufó y se levantó de la cama para después rodearla y agacharse ante sus ropas. Había tenido a bien apartar el jubón cuando el hijo de MacClancy había estado tocando su puerta, así que logró erguirse de inmediato con la prenda entre sus manos.
Tras quitarse el manto de encima, giró ligeramente su cuello hacia él. España se había subido en la cama, con sus rodillas flexionadas sobre su pecho, y la miraba con la ceja enarcada y una comisura alzada.
Irlanda inspiró hondo mientras desataba los nudos del jubón.
—¿Nos vamos hoy o mañana?
Su sonrisa se descompuso durante unos cuantos segundos antes de chasquear su lengua.
—¿Hoy después de la comida te parece perfecto? —España apenas le dio tiempo para asentir con la cabeza antes de proseguir—: Pues adelante. —Se encogió de hombros—. Supongo que les puedo dar algo de información para su escape.
Irlanda suspiró. De hacerse los nudos del jubón se estaban encargando sus manos de una manera casi automática.
—Estoy segura de que, cuando vuelvas, los terminarás por recibir. A ellos y a… —Arrugó su ceño—. ¿José se llamaba?
España torció el gesto.
—José… —Apretó sus labios y dirigió su rostro hacia el frente de la habitación—. No creo que José siga vivo.
—¿Has recibido alguna noticia sobre él que te haga ser tan pesimista? —cuestionó Irlanda, con su ceño fruncido. España negó con la cabeza—. Y, ¿entonces?
Devolvió su rostro hacia ella.
—Pura… intuición. No lo sé exactamente. Supongo que más tarde nos enteraremos.
Ella parpadeó con la nariz arrugada, y, a pesar de que abrió su boca, no se atrevió a expresar sus pensamientos en voz alta. Decidió observar a España, que llevó su mano a uno de sus costados y frunció su ceño antes de girar su cuello hacia la cama.
Tras varios segundos, España llevó sus ojos en su dirección.
—Irlanda, ¿has visto mi espada?
Irlanda parpadeó antes de fruncir el ceño.
—¿Pretendes llevártela a la misa?
España chasqueó la lengua y se llevó una mano a la nuca.
—No ha habido problemas en las ceremonias anteriores; no creo que los vaya a haber ahora.
Ella bufó, aunque no tardó en hacerse el nudo definitivo y rodear la cama hacia España. No recordaba haber tenido que lidiar con el arma al momento de despojarlo de sus ropas, y mucho menos al bajar por las escaleras hasta allí.
—¿Estás seguro de que la has dejado por aquí?
Él alzó sus ojos del suelo y la miró con ciertas arrugas en torno a sus cejas. Se mantuvo así durante un tiempo que ella no pudo determinar, hasta chasquear la lengua y desviar su mirada hacia lo que Irlanda le pareció cualquier punto de la habitación que no fuese ella.
—Supongo que… —Inspiró hondo y se restregó los ojos con los dedos—. Da igual. Le pediré a MacClancy otra antes de irnos.
Irlanda parpadeó.
—¿De verdad no recuerdas dónde está?
—¿Bajamos ya a la misa? —respondió con cierta pesadez, a la vez que sacudía su cabeza en dirección a la puerta.
Irlanda arrugó la nariz.
—España. —Aprovechó para poner sus brazos en jarras y mantenerle la mirada. No le podía venir ahora con eso, no después de lo de la noche anterior—. ¿Dónde demonios has dejado la espada? No creo que sea tan difícil.
Él volvió a chasquear la lengua a la vez que se sobaba una parte de la mandíbula.
—No sé dónde la he dejado, Irlanda. Pensaba que la tenía conmigo todo este tiempo, pero… —Se tapó los ojos con la mano a la vez que soltaba una sonora carcajada. Irlanda le puso la mano sobre el hombro, con el ceño fruncido. España inspiró hondo—. No lo sé. Por más que pienso, no se me ocurre nada.
Irlanda presionó sus dedos en torno a su hombro y dibujó una ligera sonrisa en sus labios.
—Vamos. Cuanto antes terminemos con esto, antes podremos marcharnos de aquí.
La mirada que España le dirigió, con aquella ceja arqueada y un brillo en sus ojos que identificó de inmediato, sirvió más que todas las posibles palabras.
Irlanda se mordió el labio inferior y se encogió de hombros.
España estiró sus comisuras antes de llevar una de sus manos hacia el mango de la puerta, abrirla y desaparecer tras el muro de madera.
Ella se permitió dejarse caer sobre el borde de la cama y dirigir sus ojos hacia un punto aleatorio de la pared.
Muy a su pesar, España no podía ayudarla a responder su propia pregunta.
Todo dependía de ella.
De nuevo.
