12 de enero, 1589; Condado de Antrim, Irlanda.

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España llevaba unos cuantos días rascándose la cara con insistencia.

Irlanda podía jurar que lo escuchaba cada vez que le daba la espalda, aunque cuando se giraba de nuevo hacia él volvía a tener sus manos sobre la crin de Adonis. Por suerte o por desgracia, las marcas rojas en su rostro eran lo suficientemente reveladoras.

Ella había notado su mentón mucho más áspero durante los últimos días.

Y no había forma de negar aquella mata que se iba formando poco a poco alrededor de su boca.

Irlanda tiró de la rienda de Aoife para detener su paso y girarse de medio lado hacia España. Él había hecho lo mismo, y la miraba con la ceja alzada.

—No parece que estemos cerca de la costa.

Ella sintió ganas de tirarse de los pelos, aunque terminó por inspirar hondo.

—¿No quieres dejarte crecer la barba como el resto de tus hombres? —cuestionó, con su nariz arrugada.

Él chasqueó la lengua y se llevó la mano hacia la mandíbula para, ahora sí, rascarse sin ninguna clase de vergüenza.

—Las barbas son incómodas, Irlanda —contestó—. Y más cuando hay que cuidarlas. Es mejor afeitarse y ya. Pero… —Torció el gesto—. No he tenido oportunidad para hacerlo durante estos meses.

—Podrías habérmelo pedido.

España alzó una de sus comisuras a la vez que una ceja.

—¿Tú me afeitarías?

Irlanda asintió con la cabeza con una ligera sonrisa, para después devolver su rostro hacia el frente. Se apartó la capa de su cintura para sujetar el pomo de su cuchillo. Eso debería servirles.

—Aunque, ¿cómo te las arreglas en alta mar? Porque probablemente tus viajes te lleven mucho más que estos meses.

—Pues… —Él carraspeó—. Me afeito pocas horas antes de que el barco salga. La mayoría de las veces arribo a tierra antes de que tenga la oportunidad de molestarme; ya conozco las rutas lo suficiente para calcularlo. —A pesar de que no podía verle la cara, notaba el tono burlón de sus palabras—. Pero antes, cuando no sabía cuándo iba a llegar o la mar se complicaba, recurría a un consejo que me dio Portugal.

Irlanda arrugó la nariz.

—¿Y cuál sería ese maravilloso consejo? —masculló.

—Es un secreto que solo saben algunos de mis hijos, Portugal y yo.

—Y seguramente Inglaterra —comentó ella, con su rostro de medio lado y su ceño ligeramente fruncido.

España arqueó la ceja.

—Tu hermano es imberbe. Apenas le crecen cuatro pelos en la cara.

Ella inspiró hondo.

—Pero entiendes mi punto.

España hizo más prominentes las arrugas en torno a su ceja, a la vez que se volvía a rascar uno de los costados de su rostro con cierta ansiedad.

—Confío en mi hermano, Irlanda. Por más… —Chasqueó la lengua y se recolocó sobre el caballo, que apenas se inmutó—. Por más decisiones erróneas que haya tomado, es mi hermano. Y ahora mismo estamos unidos bajo la misma corona, así que… No digas esa clase de cosas. —Intentó volver a levantar sus comisuras—. ¿Cómo piensas tú afeitarme la barba?

Ella puso sus ojos en blanco, aunque no tuvo reparos en contagiarse de su expresión.

—Vamos a pararnos cerca de un río escondidos por la vegetación, cercano a una villa. —A pesar del obstáculo que le supuso la falda, consiguió darse la vuelta sobre Aoife e inclinarse sobre la bolsa cargada en su grupa—. Tengo un ungüento que puede servir también para esto. Aunque del cuchillo en tu garganta no te libras.

Alzó su mirada hacia España, que la contemplaba con una sonrisa que surcaba su rostro de oreja a oreja. Irlanda bufó mientras apartaba la solapa de la bolsa y metía su mano en su interior. Incluso si habían salido cargados de los terrenos de MacClancy, habían tenido la oportunidad de obtener aún más provisiones de unas villas en las que se habían escondido de los ingleses que, según se decía, patrullaban por la zona.

Necesitó sacar dos botellas de la bolsa y cedérselas a España para poder seguir hurgando sin demasiado riesgo. Había querido Dios que se quedase prácticamente en el fondo, debido a la pequeña utilidad que le había encontrado durante los últimos tiempos.

—Confío en tu pulso —comentó la voz de España.

Irlanda no se molestó en alzar su rostro hacia él.

—Más te vale —masculló. Frunció su ceño al rozar con uno de sus dedos un objeto punzante, que extrajo de inmediato. Parpadeó al apreciar otro cuchillo, de una menor longitud al enganchado en su cinto, completamente al descubierto.

Su mirada se cruzó con la de España por un momento, cuya ceja había vuelto a quedar enarcada. Los labios apretados y unas ligeras arrugas en la zona de su ceño eran nuevas adiciones al gesto.

Poco después metió otra de sus manos, y tardó mucho menos que la vez anterior en hacerla emerger con la funda perteneciente al filo. Lo cubrió con el cuero y lo enganchó en su cinto.

Al notar un ligero ardor en la punta de su dedo, Irlanda lo alzó hacia ella; una pequeña gota carmesí crecía en su superficie. Se lo metió en la boca, haciendo una ligera mueca al pegar su lengua a la herida y detectar el sabor a metal que se desprendía de ella.

El suspiro de España llevó la atención de Irlanda de nuevo hacia él.

Aquella vez tuvo que girar su cabeza hacia uno de los costados.

Él había azuzado ligeramente a su caballo para que quedase a su altura. Allí, extendió sus brazos para levantar la bolsa de Aoife y llevarla hacia su regazo —encima de las botellas de cristal—, con bastante facilidad.

Tras este introducir su mano en la bolsa, le pareció que de sus labios salía un «déjame que te ayude» en forma de murmullo. Pronto decidió que probablemente se había equivocado al ver el enfurruñamiento general de su gesto mientras seguía rebuscando. Irlanda se sacó el dedo de la boca para comprobar que en su yema se había formado un pequeño punto de color rojo pálido, que apenas varió en los segundos siguientes que lo estuvo observando.

Suspiró.

Metió aquella mano debajo de su manto y devolvió sus ojos hacia España. Este continuaba luchando con la bolsa, hasta tal punto que esta había engullido la mayor parte de su brazo.

—Te aseguro que está ahí dentro —señaló Irlanda—. Por más que pueda parecer que no.

España apenas la miró de reojo antes de soltar un suspiro y sacar aquel tarro achatado del interior. Emitió el principio de una carcajada a la vez que llevaba sus ojos hacia ella y le extendía el brazo que sostenía el recipiente de cristal.

—No sabía que esta bolsa podía albergar tantas cosas.

—Si no pudiese hacerlo, sería inservible —respondió ella mientras tomaba el frasco con la única mano que tenía disponible y lo dejaba metido en el pequeño zurrón. Aunque no podía negar que le parecía un milagro que hubiese permanecido intacto debajo de tantas cosas—. ¿Nos desviamos ya hacia el río?

España terminó de meter las botellas en la bolsa y se inclinó para dejarla sobre la grupa de Aoife, con sus piernas presionadas con fuerza en los costados negros de su caballo. En vez de responderle como una persona normal haría, él aprovechó su oscilación para rodear su cintura con su brazo, acercarla ligeramente a él y darle un beso en la mejilla.

Que vino acompañado, por supuesto, por su cálido aliento.

Irlanda tuvo que luchar bastante para fruncir su ceño, aunque el que España envolviese sus dedos alrededor de la muñeca que escondía entre sus paños le dio el impulso suficiente para girar su rostro hacia él.

—Te podrías haber cortado el dedo entero con eso ahí destapado.

Ella bufó y le permitió sacar su mano. El contacto de su piel con el frío del ambiente le hizo estremecerse y desear que los dedos de España no solo cubriesen su muñeca.

—Estaba tapado cuando lo metí.

—¿En los terrenos de O'Rourke?

Irlanda asintió con la cabeza. España no necesitó explicar en voz alta la razón de aquel chasquido de lengua, aunque sostuvo su mano durante el tiempo suficiente como para rasgar una pequeña parte de su manga y envolver su dedo con él.

Entre sus cabellos castaños se apreciaban ciertos mechones más claros que, bajo el Sol, no hacían más que destacar cuales briznas doradas. Sus labios se encontraban apretados por la concentración mientras terminaba de hacer el nudo de la tela, y ya ni hablar de sus cejas y sus ojos entrecerrados.

El mundo pareció pararse a su alrededor.

Apenas era capaz de escuchar más que el latido de su corazón en la garganta.

¿Cómo podía asegurarse de que todo lo que había pasado en los últimos meses no era un sueño? ¿Cómo convencerse de que no cabía la posibilidad de despertarse en un pozo de tinieblas en Dublín, sin aquella compañía? Por más raro que fuese un sueño tan profundo, no le resultaba del todo imposible.

La luz reflejada en los dientes mostrados en medio de su sonrisa no hacía más que ofrecerle dudas.

Quien hubiese urdido aquella ilusión la conocía demasiado bien; era muy consciente de algunos de sus secretos y, probablemente, otros de España. Quizá aquello… no había sido más que una burla.

—… ¿Irlanda? —La voz de España dispersó sus pensamientos y le hizo sacudir su cabeza. Su mano había abandonado su muñeca, aunque aquel trozo de tela parecía una mariposa nívea que se había posado sobre su yema—. ¿Hacia dónde tenemos que desviarnos ahora?

Ella alzó su mano sana hacia su barbilla, y al apoyarla sobre su mandíbula pudo apreciar la dureza de aquella barba que apenas empezaba a vislumbrar. Arrugó su nariz y contrajo su brazo.

Inspiró hondo de manera áspera.

—¿Irlanda? —repitió él, con su voz apenas un susurro.

Ella parpadeó.

—¿Q-Qué? —cuestionó, prácticamente sin aliento.

Sus comisuras temblaron mientras parecían alzarse.

—Si quieres besarme sabes que no tienes que preguntar.

El calor de sus mejillas a continuación no fue nada fácil de disimular, y la sonrisa de España no fue más que una muestra de ello. Gracias a un brusco movimiento de Aoife, Irlanda sacudió su cabeza antes de poner sus ojos en blanco.

—Te besaré cuando tengas esa barba fuera. —Dirigió sus ojos hacia los alrededores y apuntaló el costado de Aoife—. Sígueme.

No necesitó respuesta antes de devolver sus ojos hacia el frente. Dejó el camino en manos de Aoife, que supo orientarse con mayor presteza que ella y dirigirse hacia las costas del río Foley.

Hubo un momento en el que Irlanda se permitió chasquear la lengua y ocasionar que la yegua acelerase su ritmo. No había manera de que pudiesen perderse; el río estaba escondido detrás de un evidente muro de árboles cuyas copas era capaz de detectar desde allí.

Por supuesto, tal como había esperado, España de inmediato azuzó a su corcel y la siguió. Irlanda no tuvo siquiera que girarse para comprobarlo: podía escuchar el sonido de sus pezuñas a un ritmo diferente al que iba la yegua.

Durante todo el camino, Irlanda se mantuvo a la cabeza hasta detenerse frente a los troncos.

Giró su cuello hacia España, que no tardó más que unos segundos en reducir su ritmo y llegar a su lado. Adonis respiraba con tanta fuerza que podía apreciar cómo sus costados y orificios nasales se hinchaban, además del temblor de sus patas, y España dedicó un momento a acariciar su cuello antes de bajarse de su lomo y permitirle recuperar el aliento.

Irlanda hizo lo mismo, aunque la sonrisa en su rostro no se la iba a quitar nadie.

—La próxima vez no te atrevas a burlarte de Aoife.

España chasqueó la lengua para después sacudir su cabeza.

—Corre que da gusto, desde luego. —Se aproximó a la yegua y le dio unos golpecitos en la grupa. Esta solo se limitó a sacudir su cola castaña mientras continuaba pastando.

Ella enganchó su brazo con el suyo y tiró de él hacia el interior de los árboles.

España se dejó llevar sin oponer ninguna clase de resistencia, aunque sí que giró unas cuantas veces la cabeza hacia sus espaldas.

—No te preocupes por los caballos, España —señaló ella. El torrente de agua era tan fuerte que podía sentir múltiples gotas impactar contra su rostro. Eso no la detuvo de quitarse el zurrón y dejarlo caer sobre las piedras—. Aoife sabe muy bien cómo cuidarse. Se esconderán si lo requieren.

Él inspiró hondo antes de dirigir sus ojos hacia Irlanda y asentir con la cabeza.

Se llevó una mano hacia el flequillo para peinarlo entre sus dedos.

—¿Y no puedes también recortarme un poco el pelo?

Irlanda frunció sus labios.

—Yo no lo veo tan largo para necesitarlo.

Sus rizos castaños habían pasado de bordear su mandíbula a casi tocar sus hombros, aunque a ella tampoco le parecía un cambio demasiado drástico. De hecho, había tenido la ilusión de que, en algún momento, se le hubiese ocurrido sujetarse el cabello con un paño de lienzo.

España tampoco insistió demasiado en el tema y se sentó en las piedras a la orilla del río. No se atrevió a hacer sobresalir sus botas de la orilla, e Irlanda no pudo evitar mirarlo con sus brazos en jarras.

Él alzó su rostro y una de sus comisuras.

—¿Qué?

—¿No te vas a quitar la camisa de encima?

Su expresión no tardó en agriarse y giró ligeramente su cuello en dirección al río. Incluso si no la estaba enfrentando, podía apreciar la tensión a la que estaban sometidas sus comisuras. Ella decidió sacar el tarro del zurrón y desenroscar la tapa para dejar reposar su contenido.

Irlanda arrugó su nariz mientras se agachaba y depositaba el recipiente sobre las piedras.

El aroma a tierra mojada era demasiado incluso para ella.

Cuando España suspiró, Irlanda devolvió sus ojos hacia él con el ceño fruncido.

Su rostro continuaba ladeado, aunque ya se había quitado el abrigo y sus manos se encontraban deshaciendo los nudos de los costados de su jubón. De una manera sumamente lenta.

Ella puso sus ojos en blanco y se recogió el manto con el fin de alcanzar el mango del cuchillo. Tras sacarlo de su funda, pudo apreciar un ligero trazo cobrizo que apenas se había alejado de la punta.

Irlanda se mordió el labio inferior.

¿Le había dado tiempo a tanto?

No tardó demasiado en ponerse de cuclillas y sumergir el metal en el agua fría. Apenas pasaron segundos antes de que perdiese la sensibilidad de los dedos y se viese obligada a separarla del agua.

Al menos en ese tiempo había conseguido limpiar la superficie.

Aprovechó para recoger el tarro de cristal y extender el brazo que lo sostenía hacia España, que ya se había quedado únicamente con aquella camisa de mangas anchas y se abrazaba con sus brazos. Eso no le impidió recogerlo de su mano casi de inmediato.

—Mójate un poco la mano y empieza a extenderte el ungüento por la parte de la barba.

No le estaba mirando a la cara, pero podía imaginarse cuál era su expresión al respecto.

Casi le pareció escuchar cómo tragaba saliva y olfateaba el interior del frasco.

—No me vas a meter las manos por debajo de la camisa, ¿verdad? —cuestionó la voz de España, que se notaba algo temblorosa.

Ella utilizó un borde de su manto para secar la cuchilla antes de llevar sus ojos hacia él. Se le ocurrió dibujar una ligera sonrisa en su rostro, que contrastaba con el brillo de terror presente en sus pupilas.

Por supuesto, todavía no se había aplicado el ungüento y el tarro había quedado abierto e intacto.

—Te voy a tener que tocar la cara si no lo haces tú mismo. Pero si no quieres que lo haga, tampoco hace falta. —Ella se encogió de hombros. Se abstuvo de comentar su preocupación por el blanco puro de su camisa; tampoco quería torturarlo—. Eres tú el que ha demostrado molestia por la barba.

España simplemente se dedicó a chasquear la lengua y después hundir sus dedos en el ungüento, incapaz de disimular la manera en la que torcía su gesto. La expresión se hizo incluso más prominente cuando sacó sus yemas cubiertas por el mejunje y se obligó a acercarlos a su mentón.

—¿De qué está hecho esta cosa como para que huela… así? —masculló España, a la vez que comenzaba a repartirlo por toda su mandíbula.

Irlanda suspiró. Si España se estaba quejando del olor, ella prácticamente se estaba planteando arrojar el tarro al río para librarse del pestazo.

Pero la vida se trataba de autocontrolarse.

—En un principio no estaba preparada para estos usos, pero servirá.

España se abstuvo de comentar nada al respecto mientras continuaba extendiendo el ungüento por su rostro. Cuando la mayoría de la piel por debajo de su nariz estuvo cubierta por aquella pasta de un tono verde oscuro, Irlanda dejó de secar la cuchilla y soltó el extremo de su manto.

Él separó su mano de su rostro de inmediato y levantó ligeramente su barbilla hacia ella. Sus labios seguían apretados con firmeza, pero una de sus comisuras parecía dubitativa de la posición que debía tomar.

Irlanda le dio un rodeo hasta posicionarse en su espalda.

El temblor de la mano que sostenía la cuchilla le hizo presionar aún más sus dedos en torno al mango. Aprovechó también para posicionar dos dedos de la otra en su mentón, que no se había librado del ungüento, y girar su rostro hacia un lado con sumo cuidado.

No se dio cuenta de que había estado conteniendo la respiración hasta que se vio obligada a inspirar hondo. Podía notar la tensión que se había acumulado en su mandíbula, y que, por más que quisiese evitarlo, terminaba por transmitirle.

España cerró sus ojos y tragó saliva en el instante en el que Irlanda apoyó el costado de la hoja sobre su piel. Irlanda la arrastró hacia su mentón lo más pegado a su piel que pudo, esperando cualquier indicio de que debía apartarse.

Pero él permaneció en silencio mientras Irlanda se agachaba y metía la cuchilla en el agua, que no tardó en despojarla de los restos. Resopló antes de volver a ponerse en pie y repetir sus gestos previos. Aquello iba a ser duro.

Maldito fuese el momento en el que había decidido que un barreño no les sería de utilidad.

Por suerte, España ya tenía sus ojos abiertos para la segunda vez.

—Si quieres me pasas la cuchilla y yo la sumerjo en el río. —Y, para la cuarta, parecía haber recuperado las ganas de hablar.

—¿Incluso con lo fría que está el agua?

Agradeció que España esbozase una sonrisa cuando no tenía la hoja sobre su rostro.

—Ya estoy pasando frío igual.

Irlanda puso sus ojos en blanco, aunque se limitó a poner la cuchilla frente a sus ojos. España prácticamente se la quitó de las manos antes de agacharse y extender su brazo para sumergirla en el agua. Ella pudo apreciar la violenta sacudida que recorrió sus hombros ese breve instante.

Se mantuvo callada hasta que le devolvió la cuchilla y pudo proseguir.

En cuanto hubo terminado, España se apresuró a entregarle el filo mientras ella recogía el cabello de este en una coleta. Sus puntas habían quedado manchadas por el potingue, y no estaba dispuesta a volver a lidiar con algo así.

—¿No decías… que no ibas a cortar? —cuestionó, tenso. Durante sus palabras, se había inclinado y extendido su brazo hacia su jubón, hasta el punto de que las yemas de sus dedos estaban a punto de rozar la tela. Y no parecía querer ceder.

Ella le dio una cierta holgura a la coleta antes de cortar el pelo con diversos tirones.

Irlanda se mordió el labio inferior cuando España se llevó la mano a la nuca para tocar sus puntas, completamente deshilachadas. Los mechones entre sus dedos eran irrecuperables, por lo que no tuvo más remedio que permitir que se los llevase el viento.

A continuación, puso sus manos sobre los hombros de España, que ya estaban cubiertos por su abrigo.

—Estaba sucio —señaló, a la vez que España alzaba su barbilla para que ella quedase en su rango de visión—. Si no, no te lo hubiese cortado de esa manera. Es… —Capturó uno de sus mechones entre sus dedos, claramente desigual al resto—. Es horrible.

—Crecerá —respondió él, con una suave sonrisa dibujada en su rostro—. Y, en cuanto vuelva a España…

—¿España?

Una voz rompió el hechizo en el que ambos se habían sumido, e Irlanda frunció el ceño y llevó sus ojos hacia la dirección de la que había venido la voz. Una muchacha de cabello rubio y tez extremadamente pálida los observaba desde la otra orilla del río, ojiplática.

Entre sus dedos llevaba finas cadenas de plata y oro.

Su mirada estaba fija en España.

—¿Vos sois uno de los supervivientes del naufragio? —cuestionó en gaélico.

—¿N-Naufragio? —musitó España en el mismo idioma.

Irlanda arrugó la nariz e hizo descender su rostro hacia él, aunque la atención de España ya estaba en otra parte.

La muchacha asintió con la cabeza de una manera algo torpe.

—Del barco que llamaban La Girona —respondió. Irlanda pudo sentir cómo él inspiraba de manera brusca bajo sus manos—. Hace unos meses. En la playa de…

—Vamos, España —murmulló Irlanda a su oído, para después quitarle las manos de encima. España apenas ladeó su cabeza antes de asentir con ella y poner sus manos sobre sus rodillas para levantarse.

Él dio un paso hacia la orilla y le dirigió unas palabras de agradecimiento que Irlanda no se molestó siquiera en escuchar. Estaba más ocupada recogiendo el recipiente del ungüento y acomodándolo en su zurrón, aunque la pregunta del cuándo se resistía a abandonar su mente.

Aoife se asomó entre los árboles antes de siquiera haberla llamado. Su rienda estaba entre los dientes de Adonis, que quedó libre en el momento en el que España se subió a su lomo. Irlanda hizo lo propio segundos después en su corcel, con los labios apretados de su homólogo como indicación de que debía mantener el silencio.

Por supuesto, ella fue la que guio el resto del camino.

No era muy diferente del que pretendía seguir antes, aunque el objetivo había cambiado.

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Llegaron a la playa cuando el cielo se debatía entre la claridad y la penumbra, mucho más cercano a esta última. De la galeaza apenas quedaba un simple esqueleto de madera, con el mástil partido y delgados trazos de tela esparcidos entre la arena y las piedras.

Ella se vio obligada a pinzarse la nariz ante el hedor insoportable que le llegaba.

Sabía que la mayoría de los cadáveres habían sido enterrados en una fosa común cercana a la zona; ambos se habían detenido en el cementerio y habían dedicado una oración por sus almas. Irlanda no había pasado por alto el hecho de que España se había curvado ligeramente sobre el agujero, y le había puesto la mano sobre el hombro.

Él se había limitado a cubrirla con la suya.

Una respuesta suficiente que se sumaba al detalle previo de las fechas.

Los pocos cuerpos que quedaban en la playa estaban rodeados por cuervos, aprovechando la poca carne que quedaba a esas alturas. España se bajó de Adonis y se aproximó hacia ellos. Los cuervos que no abandonaron su posición en aquellos momentos lo hicieron poco después, al España sacar la espada de su cinto y sacudirla en el aire.

Sin embargo, no hizo ni un ademán de aproximarse tras guardar la espada en su cinto.

Apenas había nada que salvar de ellos; yacían en la playa desnudos, despojados incluso de la mayor parte de sus propias pieles.

España hincó una de sus rodillas en la arena y se desabrochó el cuello. Alcanzó el cordón para dejar caer la cruz sobre su pecho antes de inclinar su cabeza y juntar sus manos. Irlanda no tardó en bajarse de Aoife y caminar hasta llegar a su lado, donde pudo apreciar el ligero temblor de sus hombros.

Ella inspiró hondó y giró su cuello en dirección contraria a la mar.

Un grupo de siluetas estáticas aguardaba en la línea entre las piedras y la arena. Incluso si no era capaz de verlos, podía sentir cómo los ojos de todos la perforaban. Estaban en un silencio absoluto, hasta el punto de que los murmullos de España y el aullido del viento no tenían nada con lo que competir.

Irlanda se mordió el labio inferior. Por más incómoda que estuviese bajo su escrutinio, no podía culparlos; su presencia debía haber levantado su curiosidad después de tanto tiempo.

Aquel campo yermo había dejado de ser interesante para ellos hacía varios meses, así que, ¿por qué lo sería para aquellos extraños?

Ella se pasó la lengua por los labios y flexionó sus rodillas hasta quedar prácticamente a ras del suelo y dejarse caer sobre la arena. Se inclinó hacia el rostro de España, que tenía sus ojos cerrados con fuerza, sus labios en u y su rostro dirigido hacia el frente, y extendió su mano hasta apoyar dos dedos sobre su barbilla.

El contacto provocó que él despegase sus párpados y virase su cuello en su dirección. Ante sus ojos bien abiertos, Irlanda hizo contactar sus frentes por un breve instante.

Cuando se separó, España había pasado a fruncir el ceño.

—No he terminado —musitó, con un tono que se la antojaba más lastimero que furioso.

—Lo sé. —Tomó el rostro de su homólogo entre sus manos—. Pero tenemos que irnos. —Sacudió su cabeza en dirección a la multitud, que no hacía más que aumentar en volumen—. Nuestra presencia aquí es sospechosa, y el revuelo de la zona puede terminar llamando la atención de los ingleses.

Las arrugas no tardaron en desaparecer de su rostro con un profundo suspiro.

Irlanda creyó necesario juntar sus labios por un momento y disfrutar de la calidez que era capaz de desprender. España los despegó poco después, y ella deslizó sus manos hasta depositarlas en los pliegues sedosos de su cuello y capturarlos entre sus dedos…

Solo hizo falta un resoplido para romper la atmósfera entre ambos y hacer que España se separase y carraspease.

—Tienes razón —musitó. Le dedicó unos cuantos segundos a girar su rostro en dirección a la multitud, de la que se podían escuchar murmullos, para después asegurarse sobre sus rodillas y ponerse en pie con suma presteza. Aprovechó entonces para sacudirse las calzas y las medias, que habían quedado blancas por la arena—. Tenemos que irnos.

Irlanda puso sus ojos en blanco antes de girar su rostro hacia Aoife, que había inclinado su cuello hasta quedar su morro a la altura de sus cabezas. España le extendió su brazo e Irlanda se enganchó a él para permitirle que la pusiese en pie sin apenas tener que esforzarse.

Una vez estuvo en pie, se percató de que los ojos verde oliva de España se mantenían fijos en un determinado punto a espaldas de Irlanda.

Ella acunó su rostro, pero ni siquiera eso desvió su mirada.

España. —No le bastaba que sus labios se torciesen—. Mírame.

—¿No p-podemos, aunque sea, e-enterrarlos?

Irlanda inspiró hondo.

—Sería mucho más sospechoso. —Ella le puso el dedo índice sobre los labios y consiguió, por fin, que sus ojos se posasen sobre los de Irlanda. Suspiró y bajó su tono—. Permite que sean los habitantes de la costa los que lo hagan, porque, por más que te pueda asegurar que la mayoría de los que están congregados a tus espaldas son de fiar, las gentes hablan y verte enterrar un cadáver es algo bastante jugoso. Además de quitarnos tiempo.

España le mantuvo la mirada durante un tiempo que se le antojó eterno, aunque las arrugas alrededor de sus comisuras y sus cejas le revelaban que el conflicto no estaba siendo con Irlanda. Al final, chasqueó la lengua y sacudió su cabeza.

—Pues nos vamos.

No tardó en acercarse a Adonis y subirse a su lomo. Irlanda hizo lo propio con Aoife, y azuzó a la yegua en dirección a aquella multitud. Escuchó la exclamación a modo de pregunta de parte de España sobre a dónde iba, pero se abstuvo de hacer algo más que sacudir su mano para quitarle importancia.

Las siluetas huyeron de su cercanía, hasta que no quedaron más que un anciano y una muchacha, aunque en los ojos de esta última y la manera en la que el hombre tenía sus dedos apretados en torno a su brazo se intuía que no por voluntad propia.

—¿Qué deseáis? —cuestionó el hombre, con una mirada pétrea dirigida hacia ella.

Irlanda frunció su ceño.

—¿Por qué esos dos hombres de la playa no han sido enterrados junto al resto?

El anciano apretó su mandíbula.

—Porque fueron devueltos y ajusticiados por los soldados de la Reina semanas después del naufragio y las gentes temieron cambiarlos de posición. Y, como os podréis imaginar, no es agradable arrastrar un cuerpo podrido incluso por tan poca distancia. —Reacomodó su pisada a la vez que inspiraba hondo—. Además, tampoco puedo decir que aquella fosa sea el mejor destino. Lo que sí podemos hacer por vos y vuestro compañero es enterrarlo cerca de la propia playa. —Arqueó su ceja—. ¿Os resulta suficiente?

Irlanda inspiró hondo de una manera áspera, pero terminó por asentir con la cabeza y apuntalar el costado de Aoife para volver hacia donde estaba España. Para su cierta sorpresa, este apenas se había movido del lugar en el que le había dejado minutos antes, subido a su caballo.

Solo se había puesto sus guantes y recolocado su abrigo para cubriese una parte de su cuello.

Ella se esforzó por elevar una de sus comisuras ante la inquietante rigidez de las suyas.

—Nos vamos.

España asintió con la cabeza y apenas presentó queja a la hora de retomar el camino.

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14 de enero, 1589; Binevenagh, Condado de Londonderry, Irlanda.

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Ver a España tener que anudarse el jubón, adecentarse los rizos y rozar su piel en torno a las zonas de su espalda y cuello con mayor tinte rojizo era un placer al que Irlanda aún no terminaba de acostumbrarse. Y mucho menos a las palabras que aprovechaba a susurrar en su oído, el roce de sus yemas sobre todos los rincones de su piel y los labios que se incrustaban en su cuello mientras se amaban en algún lugar perdido del bosque.

Sus ganas de compartir dichos momentos no hacían más que aumentar conforme, por alguna extraña razón, su sentido insistía en recordarle que aquello podía esfumarse en cualquier mísero instante.

Y ver a Aoife recibir con tal gusto la comida de aquel hombre tan familiar al volver la hizo detenerse e inspirar hondo para intentar calmar su corazón desbocado.

España también cesó sus pasos, y giró su cuello hacia ella con la ceja arqueada. Aunque sabía que no era el momento, Irlanda no pudo evitar fijarse en la marca roja que había dejado en sus comisuras y que él trataba de borrar con su pulgar.

Inspiró hondo mientras tiraba de los bordes de su manta y devolvía su atención hacia el hombre junto a Aoife.

Dio la casualidad de que el obispo también reparó en ella. Y sus ojos no tardaron demasiado en desviarse hacia España.

—¿Os estoy importunando demasiado cuando os pido que vengáis conmigo? —Llevó sus ojos hacia Irlanda e intentó alzar sus comisuras en una sonrisa, aunque terminó por no parecer más que una mueca de dolor—. Sé que vuestro objetivo es encontrar el modo de llegar a Escocia.

Irlanda no necesitó mirarlo para saber que los ojos de España estaban fijos en ella, inundados de toda clase de interrogantes.

Tuvo que inspirar hondo antes de encontrar las palabras idóneas.

—En… efecto, esa es la intención. —Volteó su cabeza hacia España y extendió su brazo en dirección al hombre—. Este es Reimundo Termi, Obispo de Temis. Te aseguro que podemos confiar en él.

España no tardó en asentir con la cabeza y hacer una ligera reverencia a la vez que dirigía sus ojos hacia el obispo.

—Y puedo ofreceros un refugio durante un par de días, hasta que salgan los curragh de camino a Escocia. —Osó pasarle la mano por la frente a Aoife, cosa que ella permitió con un burbujeo gustoso que Irlanda no era consciente de que podía emitir—. Hace tiempo tomé posesión de un castillo en el que he refugiado a varios de vuestros hombres. Apenas llegan a ser una decena, entre que llegan y se van, así que no llaman demasiado la atención.

España presionó sus labios.

—No quiero meteros en problemas. Como ya ocurrió con Manglana.

Irlanda le puso la mano en el hombro y tiró de él hacia ella.

—No os preocupéis. Apenas estaréis allí unos cuantos días antes de que partan las embarcaciones. —El obispo habló antes de que Irlanda tuviese la oportunidad de aproximarse a su oreja, aunque sí que logró atraer su atención durante unos cuantos segundos.

Parpadeaba con cierta confusión mientras su ceja se debatía entre si arquearse o no. Irlanda tampoco necesitaba un espejo para saber que idéntica expresión reinaba en su rostro, acompañada por los latidos de su corazón desbocado.

¿Días?

—¿Y las siguientes? —cuestionó España, poniendo voz a los pensamientos de ambos.

El obispo se encogió de hombros.

—Es imposible saber cuándo habrá otras disponibles. Pero no os preocupéis, podréis descansar antes de partir y os atenderé en todo lo que necesitéis. —Alzó una de sus comisuras y juntó sus dos manos—. Sobre todo, en los temas espirituales que necesitéis.

Gracias a su cercanía, Irlanda fue capaz de sentir cómo el pecho de España se inflaba de sobre manera, además de apreciar cómo se pasaba la lengua por los labios. Cuando alzó su barbilla para permitir que sus ojos se cruzaran, ella asintió con la cabeza.

Después de todo, ¿qué otra opción les quedaba?

Se separaron para dirigirse hacia sus caballos, aunque, una vez que Irlanda ya se había acomodado sobre Aoife, el obispo le hizo un gesto a España para que se aproximase. Él le dedicó un breve vistazo antes de acercarse al hombre junto a su caballo.

Ambos compartieron unas palabras mientras reanudaban sus pasos, aunque ella apenas fue capaz de captar una mirada de refilón que le envió España. Ante su ceño ligeramente fruncido, él apretó sus labios y chasqueó su lengua, devolviendo su cabeza hacia el frente.

Una vez que hubieron terminado la conversación, España se subió a su corcel y lo azuzó para poner distancia entre ellos.

Irlanda arrugó su nariz, aunque cualquier intento de seguirlo fue interrumpido por el obispo, que se posicionó a su lado.

—Verá el castillo en la distancia, no es preocupéis, mi señora. Pero necesitaba hablar con vos.

Ella no pudo evitar inspirar de una manera áspera, y se mordió el labio inferior con fuerza para intentar que su expresión no la traicionase ante el obispo.

—¿Qué queríais, obispo?

La ceja canosa del hombre se alzó ligeramente.

—¿Vais a ir con él hacia las tierras de vuestro hermano?

Sus dientes se presionaron sobre su labio inferior, que no tardó en sentir entumecido. El obispo respetó su silencio y lo mantuvo mientras caminaba a su lado. Para más inri, Aoife ignoró los golpes en su costado y continuó con el ritmo que llevaba el hombre, que a veces hurgaba en una pequeña bolsa en su mano y sacaba de ella unas semillas que la yegua estaba deseosa de alcanzar.

—¿Sabe vuestro otro hermano de su presencia?

Irlanda bufó mientras se recolocaba el manto sobre sus hombros con una mano y con la otra intentaba adecentarse el cabello.

—Nos lo encontramos en el castillo de MacClancy.

El hombre ladeó su cabeza hacia ella, con una comisura estirada.

—¿Participó en el ejército del asedio?

Irlanda asintió con la cabeza.

—Estuvo vigilando día y noche, al igual que España. —Arqueó su ceja—. ¿Ha llegado tan lejos esa noticia?

—Como podréis imaginar, una humillación tal a los ingleses es algo que las gentes agradecen escuchar. Y más si es de parte de los españoles. Es una pena que no vaya a llegar tan lejos como la derrota de la Armada.

Ella puso los ojos en blanco.

—España se enfadaría si escuchase esas palabras de vuestra parte. Que no fue…

—Pero es lo que dicen los siervos de la Reina inglesa por toda Europa. —El obispo se detuvo para inspirar hondo. Aoife se tomó la libertad de hacer lo mismo—. Que «Dios» se ha puesto de su lado y les ha permitido triunfar frente a la Armada, a la que también le han puesto el apodo de «Invencible». Toda Europa debe conocer los eventos desde hace meses.

Irlanda se dignó a mirarlo a los ojos.

—Seguramente.

—Y vuestro hermano probablemente los conozca de primera mano. —Flexionó sus rodillas para arrancar lo que a Irlanda le parecieron nada más que hierbajos. En cuanto se incorporó, se apresuró a retomar su paseo.

Ella parpadeó a la vez que arrugaba la nariz.

—Por supuesto que los sabe. Os acabo de decir…

—Estoy hablando de Escocia. Lo que me lleva a volver a preguntaros, ¿pensáis ir con él hacia las tierras de vuestro hermano? Tened en cuenta que la situación allí es… complicada.

—Mi hermano estará de nuestra parte.

El obispo hizo una mueca, pero se abstuvo de comentar nada. Puso su mano en el cuello de Aoife y la mantuvo sobre su pelaje hasta que estuvieron frente a las murallas del castillo. Entonces el hombre separó la mano de Aoife y carraspeó, para después inclinar ligeramente su cabeza y cruzar el arco de la puerta.

La yegua trató de seguirlo.

Irlanda tiró de sus riendas y le hizo bufar y sacudirse. Ella puso sus ojos en blanco antes de bajarse de su lomo con un salto, y adentrarse en el descuidado patio de armas, puesto que el pasto se abría paso entre las losetas de piedra que debían cubrir por completo el suelo.

Apenas tuvo que barrer el patio una vez para encontrar a España. Se encontraba hablando con un hombre de una manera más que animada. Aunque lo que escuchaba de ambos era su lengua, sobre los hombros del desconocido destacaba una tela de un color azul gastado que demostraba que había seguido una ruta distinta pero similar.

Los ojos verdes de España no tardaron en encontrarla, instante en el cual se iluminaron.

Sus comisuras tiraron de sus labios para mostrarle sus dientes a la vez que ponía su mano sobre el hombro del otro. Cuando este se giró hacia ella, Irlanda quedó perpleja ante la sonrisa que se reflejaba en sus ojos y la ausencia de arrugas.

Era más joven de lo que había pensado en un inicio. A pesar de aquella barba naciente.

España no tardó demasiado en rebasar al joven y situarse al lado de Irlanda. Llegó incluso a rodear su cintura con su brazo, y ella se pegó para aprovechar el calor que desprendía. Sin embargo, no se permitió inclinar su cabeza para apoyarla en su hombro, por más que quisiese hacerlo.

—Este es Juan, un muchacho al que conocí en La Coruña poco antes de que la Armada partiese.

El joven se puso una mano sobre el pecho antes de hacerle una breve reverencia.

—Un placer conoceros, eh…

Catalina. —España respondió antes de que Irlanda pudiese siquiera procesar la pregunta, y ella se giró para mirarlo con el ceño fruncido. Aquello solo arrancó una ligera carcajada de su parte antes de que devolviese su mirada hacia el tal Juan—. O al menos así es cómo se pronuncia su nombre.

Irlanda lanzó una mano hasta su solapa y tiró de ella con tal de aproximarse a su oído y murmurarle «Caitlín» unas cuantas veces.

La sonrisa de España solo se amplió.

—¿Os conocíais de antes del naufragio? —cuestionó el muchacho, con la decencia de continuar en latín.

España fue el primero en romper el contacto visual y dirigir sus ojos de vuelta al joven.

Irlanda no tuvo otro remedio que seguirlo.

—Sí. Por asuntos de comercio que me llevaron a uno de los puertos, más al sur.

—Mucho más —masculló Irlanda.

El joven alzó una de sus cejas.

—¿Os habéis enfrentado a estos mares más veces?

España hizo una pequeña mueca antes de chasquear la lengua.

—He enfrentado peores. Y solían ser bastante tranquilos.

Él la miró de reojo, e Irlanda se encogió de hombros.

—Últimamente se ha revolucionado.

El muchacho se puso la mano en el mentón y se mantuvo pensativo durante unos cuantos minutos. Sus ojos se posaron sobre España, que arqueó su ceja, para después dirigirlos hacia Irlanda. Durante mucho más tiempo del esperado. Ella arrugó su nariz y se removió para quitarse el brazo de España de encima.

—Voy a buscar al obispo para preguntarle por la habitación —señaló, en gaélico. Aprovechó también para ponerse las manos sobre la espalda y estirarse—. Quiero descansar un poco, por más que solo podamos quedarnos una noche. Y más después de la sesión de esta mañana.

España alzó sus comisuras.

—Fuiste tú la que empezó.

Ella puso los ojos en blanco, aunque su sonrisa continuó sobre sus labios a la vez que se giraba sobre sus talones.

—¿Vais a venir con nosotros? —preguntó el joven, volviendo al latín.

Necesitó un momento para inspirar hondo y morderse el labio inferior. Pudo sentir los ojos de España clavados en su espalda al empezar un paso acelerado, y también escuchar su respuesta, aunque la hubiese dado en un idioma que ella no terminaba de entender y que para esos momentos ya estuviese mucho más próxima a la puerta.

Empujó con su hombro uno de los portones principales y se introdujo de manera veloz en el vestíbulo. Al subir las escaleras se encontró con varios españoles, sin siquiera esperar que uno de ellos se le enfrentarse con una mano alzada. Irlanda se detuvo lo miró con el ceño fruncido e intentó rebasarlo, pero el hombre insistió.

—¿Qué quieres? —gruñó ella en latín.

—El obispo ha dicho que os espera en la planta baja —masculló, recolocándose su sombrero para que su punta ensombreciese sus ojos—. No hacéis nada subiendo.

Irlanda necesitó unos instantes para procesar la información, tras lo cual parpadeó y asintió con la cabeza de una manera ciertamente torpe. Cuando ya le había dado la espalda y había descendido unos cuantos escalones, Irlanda arrugó la nariz.

¿Era tan necesario que se hubiese comportado de aquella manera?

Tras dejar atrás el último escalón, ella sacudió su cabeza.

Puso sus brazos en jarras antes de barrer el espacio del vestíbulo con sus ojos. Estos se detuvieron prácticamente al instante de comenzar, cuando ella apenas había girado ligeramente su cuello, en una puerta de madera oscura incrustada en el muro de piedra bajo la escalera.

Apenas estaba ornamentada más allá de una pequeña clavija oxidada.

Irlanda inspiró hondo y dio unos cuantos pasos hasta llegar frente a ella. Arrugó la nariz al enganchar sus dedos en la pieza de metal y notar la rugosidad del óxido, además de aquella pestilencia inherente a aquellas manchas de un color verde oscuro adheridas a su superficie.

A pesar de la resistencia que opuso la puerta, logró abrir una pequeña rendija suficiente para deslizarse a través de ella. La clavija que enfrentó al otro lado para cerrar la puerta tenía una superficie lisa y fría, con un brillo que prácticamente le permitía apreciar su reflejo.

Podía ver las bolsas debajo de sus ojos, los rastros de barro que habían quedado aferrados a sus mejillas y mechones y la manera en la que sus labios se habían fruncido sin ella siquiera darse cuenta.

Antes de encontrarse al obispo habían planificado darse un baño en algún arroyo cercano.

Le había costado bastante convencer a España, cuyos dedos habían arrugado las mantas que habían cubierto sus hombros, pero las concesiones parecieron ser lo suficiente como para que pareciese bastante deseoso de llegar.

Ahora… Ahora ya no tenían tiempo para eso.

Irlanda resopló. No se había percatado al entrar, pero había una especie de melodía flotando en el ambiente. Ella se giró sobre sus talones en dirección al sonido, pudiendo contemplar la espalda del obispo frente al altar improvisado.

Estaba vestido con una casulla blanca con bordados dorados, con el cuello inclinado hacia el altar y las manos escondidas de su vista.

Le parecía tan diferente del obispo que había encontrado fuera de aquellas cuatro paredes que casi sintió la tentación de rodear el altar y comprobar que su rostro no había cambiado con el resto.

Casi.

Irlanda se recogió la falda con una mano e hincó una de sus rodillas en las losetas del suelo. El contacto de su rótula con la piedra emitió un sonido hueco que hizo que el obispo se sobresaltase ligeramente, aunque Irlanda no se percató al haber cerrado sus ojos para santiguarse con las frías yemas de sus dedos.

—Iba a celebrar misa para bendecir vuestro camino de mañana. Y su posterior travesía por la mar, que no sea como la última vez —comentó el hombre, junto a un sonido seco y prolongado. Irlanda abrió sus ojos y alzó su barbilla para apreciar que le seguía dando la espalda—. Saldréis acompañados por una decena de españoles que llevan esperando bastante para poder tomar las curragh.

Ella apoyó sus manos sobre el frío y se puso en pie. Aprovechó para sacudirse la falda y recolocar el dobladillo, con el fin de que volviese a caer más allá de su rodilla.

Barrió entonces sus alrededores con sus ojos. La capilla de MacClancy había sido mucho más amplia, con su iluminación dependiente de las tres lámparas con innumerables velas y los candelabros en los huecos de la pared, y carecía de bancos.

El obispo, sin embargo, había optado por iluminar aquella reducida estancia con dos ventanales que daban al patio interior y dos pequeñas velas a ambos extremos del altar. La madera del respaldo de los dos bancos tenía ciertas manchas verdosas incrustadas en las hendiduras, cuyo aroma Irlanda podía captar incluso desde la distancia.

Sobre la zona del asiento había una fina sábana, cuyo blanco prístino hacía tiempo que se había corrompido a amarillo y sus extremos habían quedado consumidos.

—¿… Señora?

Ella parpadeó y devolvió sus ojos hacia el obispo, que había pasado a darle la espalda a la mesa y la miraba con el ceño ligeramente fruncido.

Irlanda inspiró hondo.

—¿Qué ocurre? —Posó una de sus manos sobre el respaldo, aunque de inmediato arrugó la nariz al sentir la madera prácticamente podrida bajo sus dedos.

—¿Os molesta la idea?

Fijó sus ojos en los azules del obispo durante un par de segundos, a la vez que sus dientes iban aumentando su presión sobre su labio inferior.

—¿Tengo…? —Necesitó inspirar hondo y juntar sus manos sobre su regazo—. ¿Tengo alguna otra opción al respecto?

El obispo llevó sus ojos hacia el suelo y frunció sus labios.

—Muchos de los españoles que he resguardado aquí habían llegado a las tierras de O'Cahan, creyendo que el príncipe estaría de su lado y les daría su protección. —El hombre le hizo un gesto hacia el banco, e Irlanda se tomó la libertad de recogerse la parte trasera de su falda y sentarse. Podía notar la humedad que desprendía el paño incluso con las capas que lo separaban de su piel, y el removerse no hizo más que empeorarlo. Su tentación de levantarse se disipó cuando el obispo tomó asiento a una pequeña distancia de ella—. Se encontraron con todo lo contrario; ingleses rondando por la villa del señor, con la libertad de apresarlos y llevarlos a Dublín. Muchos fueron ayudados por buenas cristianas que se compadecieron de ellos y le recomendaron dirigirse hacia aquí. Pero…

—… No están seguros, lo sé. —Ella le echó un vistazo al altar, a una de las pequeñas lumbres que temblaba ante las incesantes ráfagas de viento, y después a la cruz incrustada en la pared.

—Os entendería si lo hicieseis —respondió el obispo tras un prolongado silencio, e Irlanda giró su rostro hacia él. Se manoseaba el mentón y ella podía percibir la tensión que acompañaba a su mandíbula—. El Señor os ha dado la misión de protegerlo, y quién sabe qué le esperará en las tierras de vuestro hermano.

—Habrá que confiar en él —masculló Irlanda.

El obispo ladeó ligeramente su rostro hacia ella, aunque se abstuvo de añadir nada al respecto.

Tardó unos cuantos minutos en levantarse y encaminarse de nuevo hacia el altar, donde tomó el platillo que recogía la cera de una de las velas y lo volvió a posar en el mantel cerca del pico de la mesa.

Irlanda apartó su mirada del hombre a la vez que apoyaba sus manos en los bordes de la tabla y se daba un impulso para levantarse. Inclinó su cabeza y, tras una breve oración, se santiguó. Tras rodear los dos bancos y posar su mano en el frío metal de la varilla de la puerta, pudo escuchar el carraspeo del hombre.

—La misa será en cuanto se ponga el Sol —comentó, en un murmullo. Irlanda giró su cabeza hacia la ventana y se agachó ligeramente para poder atisbar el cielo azul grisáceo. El Sol apenas se había movido en uno de los laterales del firmamento, lo que le hizo suspirar—. Vuestra habitación ya debe estar preparada para estos momentos.

Ella giró ligeramente su cabeza hacia el obispo y asintió con su cabeza antes de atraer la puerta hacia sí.

En cuanto asomó su cabeza por la rendija de la pieza de madera pudo ver a España, con su espalda apoyada sobre la pared y sus brazos cruzados, hablando con una cierta animosidad a un interlocutor fuera de su campo de visión.

Sus ojos verdes no tardaron en deslizarse sobre ella y su sonrisa se hizo incluso más amplia.

Los devolvió hacia el hombre con el que había estado hablando antes, le dirigió unas veloces palabras antes de devolver su atención hacia Irlanda y despegarse de la pared.

—¿Qué tal todo? —musitó mientras le ofrecía su brazo.

Irlanda puso sus ojos en blanco y se limitó a ponerle la mano en el hombro para empujarlo con suavidad. España chasqueó la lengua, aunque sus comisuras ni siquiera se inmutaron. Una vez que hubieron superado el primer conjunto de escaleras, Irlanda enganchó su brazo en el suyo.

—Quiero hablar contigo. —No tuvo reparos en apoyar su barbilla en su hombro.

España apoyó su mejilla sobre su coronilla y se mantuvo en silencio.

Irlanda cerró sus ojos.

—Luego —añadió—. No es algo por lo que quiera preocuparme en estos momentos. —Lo dijo en una voz tan baja que ella dudó siquiera que hubiese salido de sus labios ante la repentina hinchazón del pecho de España.

Se separaron en cuanto llegaron al primer piso, e Irlanda tomó la delantera hacia la primera de las puertas. Puso su mano sobre la madera y la empujó. Ni siquiera con su máxima fuerza fue capaz de abrirla.

Resopló antes de separarse y pasar a la siguiente puerta.

Escuchó los pasos de España a sus espaldas, aunque no giró su rostro hacia él hasta que la cuarta puerta cedió con tres simples empujones. En la estancia no había más una cama de paja de una sola plaza, un armario y un barreño cercano a la puerta que no pudo ver hasta que la segunda revisión.

Irlanda se adentró para después girarse hacia España con sus brazos en jarras. Este atravesó el umbral de la puerta y se apresuró a cerrarla tras de sí. Entonces se giró hacia ella con una ceja arqueada.

—¿Qué querías decirme?

Ella suspiró y volvió a barrer la habitación con sus ojos. Se centró mucho más en el techo; en la lámpara, cuyas velas estaban tan consumidas que apenas podía ver el borde blanquecino.

Irlanda… —canturreó España. Irlanda devolvió su mirada hacia él y comprobó que su expresión apenas había cambiado—. ¿Qué ocurre?

Irlanda frunció sus labios.

—… Nada. —Se aproximó a la ventana, que daba hacia otro patio de armas. En algún momento, aquel castillo debía haber pertenecido a uno de sus señores, que había cuidado la maleza para evitar que se comiese la piedra mientras vivía. Irlanda arrugó su nariz y hurgó lo máximo posible entre sus memorias, pero no llegó respuesta. Apretó sus puños, aunque inspiró hondo, y se giró sobre sus talones de vuelta a España, con sus comisuras alzadas—. ¿Has encontrado a alguno de los hombres de MacClancy?

España torció el gesto y negó con la cabeza, aunque las manos de Irlanda hicieron imposible que el brillo de sus ojos desapareciese. Él bufó cuando ella le quitó la espada de su cinto y la dejó caer sobre el suelo. Sin embargo, permitió que sus dedos siguiesen rondando hasta alcanzar los cordones de su zurrón.

Él se inclinó ya por instinto, dejando su barbilla sobre su hombro, y pasó a sujetar su cadera entre sus manos.

Irlanda puso sus ojos en blanco.

—Mi intención es que nos lavemos.

España soltó una carcajada que rebotó por las paredes de la habitación y murmulló algo en su idioma.

A ella casi le pareció entender sus palabras y pegó su nariz a su mejilla antes de inspirar hondo.

Por más cerveza que hubiese consumido durante sus meses allí, seguía conservando aquel aroma tan… Ella cerró sus ojos con fuerza y utilizó sus manos para rondar por su cuerpo, obteniendo todo tipo de alientos entrecortados y risas de su parte.

Y eso le era suficiente.

.

17 de enero, 1589; Magilligan Point, Condado de Londonderry, Irlanda.

.

La mar quedaba ante ellos.

Irlanda lo había captado hacía unas horas, con el hedor a sal que le había hecho arrugar la nariz. España se había dado cuenta de inmediato al mirarla justo en ese instante y se había reído.

Dos de sus hombres se habían encontrado incapaces y España les había cedido con gusto a Adonis.

Por más que el caballo pareciese contrariado, Irlanda no pudo oponerse a su decisión.

Uno de ellos había avanzado bien durante las primeras horas, hasta que, al detenerse para repartirse el pan de la comida, se había caído al suelo y se había visto incapaz de retener una retahíla de alaridos. Cuando España le había preguntado qué le pasaba pálido y con los labios apretados, Irlanda le había quitado la bota.

Ni siquiera le hacía falta palparlo como para saber el desastre de huesos que se escondía bajo su piel; las pequeñas protuberancias y la hinchazón anormal que presentaba le fueron suficiente.

El muchacho —Rodrigo—, masculló entre dientes que varios de esos salvajes le habían golpeado el pie con una piedra para que no huyese, pero él había encontrado las fuerzas para hacerlo. Durante el tiempo con el obispo no lo había notado, aunque ahora…

Irlanda suspiró.

En el momento en el que Rodrigo se había acomodado en el dorso de Adonis, España le había ofrecido la opción a Alfonso, de mediana edad, que había salido de los dominios del obispo con un palo para ayudarse en su cojera. Ella había visto la expresión de España cuando el hombre había insistido al obispo en recibir la extremaunción, por lo que tampoco le había extrañado.

Otra cosa muy diferente era que le agradase.

Pero España había rechazado cualquier ofrecimiento a subirse junto a ella.

—A Aoife le caigo mal —le decía, con aquella sonrisa sobre sus labios, para después acariciar el cuello de la yegua.

Irlanda había puesto sus ojos en blanco.

—Da igual.

España había soltado una carcajada mientras se limitaba a darle golpecitos al cuello del animal.

Daba igual cuánto lo repitiese o en qué momento del día; España no parecía desfallecer y negaba con la cabeza con vehemencia. Y así se habían pasado las dos jornadas.

Para el momento en el que llegaron frente a la mar, Irlanda tenía que luchar para mantener sus cabellos fuera de sus ojos y boca mientras se pinzaba la nariz y controlaba su manto.

Habían llegado al extremo de la península, al punto en el que les estaban esperando una serie de embarcaciones de madera de las que Irlanda solo podía ver la vela que sacudía el viento.

Irlanda sintió su corazón a punto de salirse de su pecho.

¿Y así pretendían continuar el camino? ¿Con la opción de terminar en Inglaterra si no tenían demasiado cuidado?

Ajenos al peligro, el grupo de hombres se aproximó a las embarcaciones. Una de ellas comenzó a temblar de una manera mucho más brusca de la que se le podría relacionar al viento.

España había continuado a su lado, aunque su mirada claramente estaba en otro lugar.

Irlanda inspiró hondo.

—Quizá… quizá deberíais esperar a que amaine el viento.

Las arrugas que aparecieron en el rostro de España, con su mirada perdida en sus hombres, le revelaron que sus palabras no servían de nada. Querían volver a su hogar después de tan horribles vivencias, y aquel era el primer paso. Incluso si no era capaz de entender las palabras a la luz de la hoguera, el brillo de sus pupilas era suficiente. España también había tenido sus ojos perdidos en la llama, y, aunque mantenía el silencio —en gran parte sabía que por ella—, a veces sus labios le traicionaban y musitaba algo en respuesta a sus hombres y asentía.

Irlanda sacudió su cabeza.

Este no tardó en alzar sus ojos hacia ella, con sus labios firmemente presionados y cejas curvadas. Irlanda se mordió el labio inferior; no podía estarle haciendo eso, y menos en esos momentos.

Irlanda se bajó de la yegua y puso las manos sobre el cuello de su camisa.

—Si hubiese una manera… —empezó él.

Ella le chistó mientras le ponía un dedo sobre sus labios.

—No la hay. Y lo sabes. Tú… —Irlanda aumentó la fuerza de sus dientes sobre su labio cuando España puso sus manos sobre sus muñecas—. Tenemos nuestras responsabilidades, y, por más tentador que me resulte, debo dejarte ir.

España cerró sus ojos con fuerza e hizo contactar sus frentes.

—Vol…

—No puedes hacerlo —musitó—. No es seguro.

Él abrió sus ojos y la miró de tal manera que Irlanda se forzó a sí misma a sacudir la cabeza.

—Pero…

—Pero nada, España —insistió, presionando sus manos sobre sus mejillas hasta el punto de fruncir sus labios—. No puedes volver aquí. Esto, por más que me duela, es territorio controlado por los ingleses y fuente de mala suerte para vosotros.

—Pero…

España.

Él chasqueó la lengua.

—No es justo. Se supone que yo… —España apartó sus manos de su rostro. Irlanda no pudo encontrar respuesta para aquellas acciones, y permaneció ahí, con sus ojos fijos en él. Contempló entonces cómo colaba sus dedos por debajo de las solapas de su camisa. Se quedó sin aliento al observar cómo elevaba la cuerda, ya algo deshilachada, por su cuello y cara hasta liberarla y aproximarla a ella. Endureció sus rasgos antes de mirarla—. Prométeme que nos volveremos a ver.

Irlanda ni siquiera extendió sus manos hacia él y se limitó a mirar la cruz con el ceño fruncido.

España intentó capturar una de sus muñecas, pero Irlanda retrocedió y negó con la cabeza mientras enterraba sus manos en su manto.

—No puedo aceptarla, España. Es tuya.

—No, es de una persona que llegó a significar mucho para mí en uno de mis peores y a la vez mejores momentos. Ella precisamente aceptaría que tú la tuvieses, dada tu situación.

Irlanda resopló.

España

—¡Tómala! —Esta vez sí que pudo alcanzar una de sus muñecas y dejar la cruz sobre su palma. Pese al tono empleado con anterioridad, sus dedos rozaron los suyos con suavidad y los cerraron en tono a la pieza de madera—. Por favor —musitó—. Como una promesa de que nos volveremos a ver, y que esto no se quedará así. Te escribiré cartas para que nos mantengamos en contacto.

A continuación, soltó su mano.

Ella despegó sus labios, aunque que España posase uno de sus dedos sobre ellos fue suficiente como para hacerla desistir y cerrar sus ojos.

Los volvió a abrir poco después, cuando sus yemas rondaron desde su mandíbula hasta la palma en la que había dejado su cruz. No tardó en despegar la pieza de su piel.

Irlanda necesitó inspirar hondo para poder fruncir su ceño.

Sus labios temblaron, pero de ellos no salió sonido alguno. Se limitó a observar cómo España extendía la cuerda y la hacía pasar desde su coronilla hasta la base de su cuello.

Le apartó los rizos que evitaban que la cuerda contactase con su piel, aunque sus dedos se quedaron atrapados en sus mechones anaranjados, acariciándolos mientras se adentraba aún más en aquel trance.

—¡Don Antonio! —exclamó una voz que ella no fue capaz de reconocer, pero que logró atraer la atención de España y hacerle girar su cabeza en dirección a la embarcación.

Esta ya se encontraba libre, mecida por el ahora suave ritmo de las olas.

Todos sus hombres se habían subido a la madera, y, a pesar de que la distancia no le permitía apreciar sus ojos, Irlanda sabía que los miraban. Que lo miraban.

Pudo percibir la nuez resaltando en su garganta.

España la rodeó con sus brazos y la atrajo hacia sí antes de que pudiese darse cuenta. Sus labios parecían dubitativos, aunque Irlanda sabía exactamente lo que estaban luchando por decir. Tras tirar de la cruz para afianzarla sobre su cuello rodeó su nuca con sus propios brazos e inició un beso.

Un beso que esperaba que fuese suficiente para resolver sus dudas.

Porque no sabía él, pero ella no podía dejar de desear que la Historia les diese otra oportunidad para encontrarse.

A ser posible cuando las cosas hubiesen mejorado.

En el instante en el que España trató de profundizarlo, Irlanda se separó y le puso las manos sobre las mejillas.

—Ve —musitó, para después apartar sus manos de su rostro.

¿Cuándo sería la próxima vez que tendría la oportunidad de tocarlo de esa manera?

España comenzó a darse la vuelta, aunque se detuvo y la miró con sus labios apretados.

Irlanda empujó su hombro hacia el barco.

Aun así, España se resistió.

—¡Vete! —exclamó ella.

Él suspiró y asintió con la cabeza, aunque le dedicó un momento a acariciar el morro de Adonis y volver a cruzar una mirada cargada de significado antes de girarse y darles la espalda. Su paso hacia la embarcación fue fúnebre y tortuoso, con su espalda encorvada y sus botas arrastrándose por la arena.

Adonis intentó seguirlo desde el principio. Irlanda sujetó su rienda de inmediato para retenerlo en el lugar, y, a pesar de que el animal lo entendió al primer tirón, no dejó de dirigir su mirada hacia la embarcación.

Ni siquiera la caricia que le ofreció logró distraerlo; era consciente de que nunca volvería a los terrenos en los que había nacido. Irlanda había prometido protegerlo, aunque estaba mucho más acostumbrada a que Aoife fuese más una compañera que un animal al que cuidar.

Tampoco se podía permitir otra cosa.

Cuando devolvió sus ojos hacia la espalda de España, este ya había alcanzado la embarcación con el agua llegándole más allá de las rodillas, y había sido ayudado por sus hombres a subirse. Una vez que se hubo acomodado, Irlanda casi pudo sentir cómo sus ojos se posaban sobre ella, a pesar de ya no ser capaz de verlos.

A su vista emborronada se le sumó un manto de niebla, que guareció al curragh bajo ella hasta que el blanco de la vela y el cuerpo de madera desaparecieron por completo.

Irlanda se restregó los ojos y sorbió la nariz, aunque no se permitió ir más allá.

Ni tampoco le dejaron.

Un graznido resonó a través del silencio y le hizo alzar sus ojos hacia el cielo; la enorme silueta de un cuervo negro la sobrevolaba trazando círculos.

Ella inspiró hondo.

Lug —musitó, aunque la pregunta se quedó en su garganta.

Dirigió un último vistazo a la mar, mucho más tranquila que hacía unos momentos, y formuló una petición en dirección a los terrenos de su hermano.

«Por favor…»

En un instante a la hoguera en el que Irlanda había intentado sacar el tema, él había soltado un suspiro y mascullado que, la última vez que había visto a Escocia, le había prometido que salvaría a su Reina de ser ejecutada.

Irlanda no había podido contener el reproche de que no debía dar su palabra para esa clase de cosas.

España había chasqueado su lengua para después soltar una carcajada sin gracia.

—¿Y qué más puedo hacer? Se me exige tener un compromiso; se me ruega esa promesa, aunque no sea en voz alta. —Había apoyado su cabeza en su hombro, permitiendo que sus rizos castaños acariciasen sus mejillas—. Él me la pidió con los ojos, y yo se la di. No soy culpable, aunque comprenda que pueda estar enfadado —había musitado, incluso si Irlanda apenas podía prestarle atención a sus palabras.

Ella se dio una serie de golpes en las mejillas para regresar a la realidad y alzó sus ojos hacia el cielo. Otro graznido le hizo devolver su mirada hacia la tierra, hacia el último árbol antes de llegar a las piedras; el cuervo había quedado posado en una de sus ramas, y su pico señalaba hacia el bosque que habían atravesado hacía nada.

Irlanda inspiró hondo y retrocedió hacia Aoife para subirse a su lomo. En el proceso soltó la rienda de Adonis, que no hizo más que aproximarse a la yegua.

El cuervo echó a volar, sacudiendo en el proceso el árbol entero.

Ella azuzó a Aoife para que lo siguiese, con un pequeño vistazo hacia Adonis para asegurarse de que caminaba en su dirección antes de fijar su atención en Lug, que había reemplazado al Sol en el firmamento con la vuelta de los nubarrones.