3 de noviembre, 1591; Tyburn, Condado de Middlesex, Inglaterra.

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El paso de los días no le brindó la respuesta que esperaba.

Brian O'Rourke se había presentado ante la horca unas cuantas horas antes, con sus rasgos endurecidos y barbilla alzada. No se había permitido siquiera verse inmutado mientras los soldados ingleses lo ataban al poste de madera.

Su encarcelamiento en la Torre de Londres y su posterior paseo arrastrado por un caballo habían hundido sus mejillas y sus ojos, pero no habían evitado que estos brillasen con determinación y orgullo al observar a la multitud.

Irlanda tuvo la impresión de que la mirada del hombre se posaba sobre ella, a pesar de la pesada capa que llevaba encima.

No era demasiado descabellado; su propio hermano, en primera fila para aquella ejecución, había fijado sus ojos en ella y alzado sus cejas. «¿Qué haces tú tan lejos de tus tierras?», le decía su mirada, a la vez que una de sus comisuras se curvaba hacia arriba. «¿Acaso ya te has rendido? ¿Tan fácil?»

Ella se había limitado a apretar sus puños y había devuelto sus ojos hacia la horca.

Había sido una muerte lenta; humillante.

La cuerda había sido colocada alrededor de su cuello, holgada. El anciano había entonces cerrado sus ojos y movido sus labios, y a Irlanda casi le había parecido escuchar el latín que emanaba de ellos. Un hombre había interrumpido sus palabras desde la tribuna, con una petición de que se arrepintiese de sus pecados.

Un intérprete le había comunicado las palabras al noble en gaélico.

O'Rourke tenía aún la fuerza para ladear su rostro hacia él y soltar una sonora carcajada.

—¿Y me lo pedís vos, un traidor a la fe? ¿Cuáles han sido mis pecados? —O'Rourke no se había detenido allí y había paseado las vergüenzas del arzobispo delante de la multitud. Irlanda incluso llegó a pensar, al terminar este, que se había cebado.

Sin embargo, aquella sensación desapareció en cuanto el hombre suspiró y, con sus mejillas algo coloradas, se santiguó e instó a los soldados a que continuasen con la ejecución.

—No hay nada que pueda hacer por él —se lamentó mientras se alejaba del atril.

Los ojos de Irlanda no pudieron apartarse de la figura del gran hombre que su hermano le arrebataba. De nuevo. Y de la manera más cruel que se les podría haber ocurrido.

A continuación, el barreño de sus pies fue sustituido por uno de menor altura, que hizo que la cuerda se abrazase a la piel bajo su mandíbula. O'Rourke jadeó y su rostro se arrugó del dolor, pero la presión no era suficiente como para romperle el cuello y librarle de su sufrimiento.

La muchedumbre estalló en murmullos, y algunos ladearon ligeramente su cabeza en dirección contraria, conocedores de lo que se vendría.

No era la primera vez que Irlanda observaba una ejecución por «alta traición».

Y que su hermano se situase tan cerca del verdugo tampoco era una novedad.

Lo despojaron de sus ropas y lo castraron, dejando nada más que un reguero de sangre en la zona.

El hombre había apretado sus dientes y cerrado los ojos con fuerza, aunque, al terminar, su cabeza caía flácida hacia su derecha y sus párpados dejaban ver una ínfima parte de sus pupilas, cristalinas.

Irlanda dirigió una oración silenciosa al Cielo para que el anciano perdiese la consciencia lo antes posible. Dudaba de hecho que fuera capaz de sentir cómo extraían sus vísceras y las depositaban frente a él para quemarlas.

Ella se levantó el borde de la capa para cubrirse la nariz.

Muchos de los presentes se retiraron ante el olor, pero Irlanda continuó incapaz de hacerlo.

Inglaterra la miró de reojo mientras lo desataban del poste. Su rostro estaba salpicado por la sangre de O'Rourke, por lo que ella fue incapaz de sostener su mirada antes de devolverla hacia el hombre.

Su único deseo era que lo decapitasen cuanto antes, cosa que hicieron de una manera extremadamente lenta para que hasta el último aliento le resultase doloroso. Una vez que terminaron, el verdugo sostuvo su cabeza por los cabellos y la alzó hacia la multitud con un berreo.

Gotas de sangre volaron hacia los que estaban en primera fila, causando que retrocediesen y profiriesen unos chillidos desgarradores. Aun así, los gritos de «¡Traidor!» no se hicieron esperar mientras los soldados terminaban de cortar el cuerpo en otros tres pedazos.

Irlanda se preguntó si su cabeza tendría el dudoso honor de acabar en algún lugar por el que fuese a caminar la Reina inglesa. O quizá alguno de sus brazos o sus pies.

Terminado el circo, la muchedumbre no tardó en dispersarse. A pesar de que sabía que debería haberse mezclado con ella y alejarse del lugar, Irlanda permaneció pegada al suelo. El olor metálico que la rodeaba era más que abrumador. Aun así, observó con ojos entrecerrados cómo Inglaterra se agachaba y se limpiaba la cara y las manos con un paño antes de bajarse del escenario y dirigirse hacia ella.

Irlanda apretó sus puños e inspiró hondo.

—¿Acaso quieres darle otra ejecución igual de sangrienta a las gentes del lugar? —cuestionó él, con voz hastiada.

—Sería quemada, hermano; no tendrías la oportunidad de disfrutar del espectáculo. —No pudo evitar la rabia que se filtró en su voz a la vez que lo miraba a los ojos. Por la manera en la que sus cejas temblaron y sus pupilas ardieron, Irlanda sabía que no era la única alterada—. Y ningún tribunal inglés tiene el derecho de juzgarme a mí ni a ninguno de mis nobles.

—Eres un Reino más… —empezó a sisear.

Irlanda lo interrumpió con un bufido.

—Un soberano inglés no tiene nada que hacer en mis tierras. Ni ahora ni cuatro siglos atrás. Y mucho menos una hereje como la que ocupa tu trono.

Inglaterra alzó su mano hacia ella, aunque Irlanda fue rápida a la hora de retener su muñeca entre sus dedos. Él intentó zafarse de su agarre; ella se limitó a bajar su brazo y comenzar a retorcerlo hasta que una serie de arrugas se formaron alrededor de sus cejas.

Debía ser prudente.

«Pero no pienses ni por un segundo que podrás humillarme como a Siobhan y a Fionn.»

—Has estado así durante cuatro siglos, Irlanda. ¿No crees que es momento de rendirte y aceptarlo? —masculló. A continuación, dio un tirón que la convenció de que era el momento de soltarlo.

—Nunca me someteré a ti, y mucho menos mientras sigas sufriendo derrotas tan humillantes por Europa. —Se permitió alzar sus comisuras al apreciar cómo las cejas rubias de su hermano se curvaban en respuesta—. ¿O acaso ya has olvidado cómo volvieron tus barcos de España? ¿Qué tal está tu corsario después de eso?

La expresión de Inglaterra se quedó petrificada en su rostro, e Irlanda rezó para que aquella imagen permaneciese en su mente lo máximo posible. No supo cuánto tiempo transcurrió hasta que logró carraspear y girar su cuello hacia el poste de madera, pero se le hizo demasiado corto para lo que hubiese deseado.

Su hermano la miró una vez más con el ceño fruncido.

—No creas que podrás seguir resguardándote detrás de las victorias de España por demasiado tiempo. Eres completamente insignificante para el resto del mundo, y mucho más para él —masculló.

Irlanda permitió que Inglaterra se girase sobre sus talones y comenzase a alejarse de ella. Esta inspiró hondo antes de darse la vuelta y deshacer el camino que había hecho varios días atrás, con un último vistazo hacia los restos de la carnicería. Apretó su puño en el aire como si lo estuviese haciendo sobre la cruz en su pecho y formuló una última oración por el nuevo mártir a la causa.

Una vez se hubo alejado del lugar, y con las palabras de su hermano en mente, no pudo reprimir su sonrisa por más tiempo.

España había mandado una carta, ya hacía dos años.

Había sido la primera de muchas, pero a Irlanda nunca se le olvidaría cómo aquella paloma, de un blanco níveo, se había posado sobre el marco pedroso de la ventana. En su cuello llevaba enrollada una cinta de color rojo que había sido determinante para que apreciase en su pata un pequeño rollo de papel.

El animal se había desplazado a uno de sus dedos cuando se lo había ofrecido, y le había permitido desenrollar el manuscrito.

«El mensaje completo lo tiene un humilde servidor en nuestro estimado puerto», se leía en su superficie. Con una letra espachurrada en una esquina le había dado la información que requeriría en un futuro.

Irlanda no podía negar la vergüenza al recordarse acercándose el papel a la nariz para detectar aquel aroma a vino que desprendía.

Y no le había decepcionado.

Lo había pensado dos veces, pero no había encontrado nada que la retuviese allí. O'Neill era alguien del que no podía fiarse, a pesar de que la había acogido con gusto en su palacio hacía cerca de un mes.

Aoife se había mostrado más que dispuesta a recorrer el camino hacia Kerry en el paso de tres jornadas, y habían llegado a Dingle cuando el Sol se alzaba desde la mar.

Se había arrastrado por los muelles hasta llegar a la zona en la que conversaban varios pescadores españoles. Para su suerte, uno de ellos había alzado su rostro de inmediato al observarla acercarse y había extraído una carta del zurrón.

Irlanda se había apresurado a agacharse sobre el muelle y aceptar el sobre en sus manos.

(Esta no le hacía falta aproximarla a su nariz; podía ver su impronta en la letra con la que había escrito su nombre).

—Muchas gracias —había musitado en latín.

El pescador había asentido con la cabeza.

—Se lo debía.

Irlanda había musitado una pequeña despedida al ver que el hombre volvía a hablar con sus compañeros y se había retirado con el sobre pegado a su pecho.

Aoife y ella se habían refugiado en los jardines que rodeaban a la iglesia de Saint James, lugar en el que había roto el sello para extraer la carta de su interior.

La recibía con un «estimada y querida», cosa que le había hecho inspirar hondo mientras se recordaba que no era ningún poeta.

El viaje en curragh desde Irlanda había sido algo turbulento, aunque habían llegado a Escocia sin ningún problema. Le revelaba que se arrepentía de no haber conseguido llevarse a Adonis, porque tuvieron que andar bastante hasta el territorio del primer noble escocés que aceptaría refugiarlos.

«… Él fue nuestra única protección, puesto que el Rey parecía deseoso de entregarnos a Inglaterra…», relataba. Escocia había llegado a las tres jornadas y, tras una conversación que él definía como «no demasiado agradable», había accedido a conseguir una embarcación para llegar hasta Flandes.

Pero solo podía interceder por él.

Irlanda se había mordido el labio inferior, imaginándose a un España animado por sus hombres a continuar con la promesa de que se verían en Flandes.

(La ausencia de información al respecto le había hecho temer lo peor.)

Tras un comentario sobre que la mar no les estaba siendo demasiado favorable, España relataba que en las costas flamencas lo esperaba la propia Flandes. En cuanto se hubo bajado del barco, ella había corrido hacia él para darle un abrazo, aunque inmediatamente se había separado y le había incitado a que la siguiese.

«… Una vez me hube adecentado, Flandes me dijo que me permitiría descansar una semana antes de partir. Yo, sin presentar queja, me preparé para volver a la mar, pero ella negó de inmediato: iríamos por tierra. Esperé un momento en silencio, aguardando sus risas, pero Flandes continuó seria. Y así fue; cruzamos Francia…»

Por supuesto, Francia había encontrado interés en el que él mismo denominó como «náufrago» o incluso «resucitado de entre los muertos» —España había dejado plasmada su discrepancia con aquella blasfemia—, y los había acompañado durante todo el camino hasta los Pirineos.

Irlanda no había podido más que sonreír. Era consciente de cómo podía ser Francia, y más cuando tenían por delante un viaje de varias jornadas hasta la próxima frontera en la que pudiesen quitárselo de encima.

España apenas daba detalles de cómo había sido el resto del viaje y se centraba en su llegada a La Coruña. Cerca de allí habían terminado los barcos que habían bordeado sus costas con éxito. Por más que la decisión causase asombro a Flandes, él la había despachado en Vizcaya y la había mandado a Madrid a que se disculpase con su hermano y con su Rey, y que él volvería en cuanto tuviese la ocasión.

España se felicitaba por su juicio.

«… Puesto que a esa ciudad llegó, en mayo de este mismo año, una escuadra dirigida por el corsario Drake. Tu hermano iba con ellos, y recuerdo perfectamente su expresión al verme allí a la hora de asediar la ciudad. ¡Ojalá pudiese transmitirte su cara! Parecía que fuese un fantasma ante él…»

La ciudad había luchado con uñas y dientes contra el invasor, sin poder evitar los daños, hasta que una mujer cuyo nombre España recordaba bien había atravesado con su lanza a un alférez. Ante el desconcierto de los ingleses, él había tenido la oportunidad de capturar a su hermano, que acababa de caer al suelo con su última estocada.

Sin embargo, se había abstenido de hacerlo, encontrando una mayor satisfacción en verle huir.

Tras la retirada de La Coruña, la escuadra, algo reducida, se había dirigido hacia Lisboa.

«… Al contrario de lo que creerías, mi hermano se opuso a recibir a Inglaterra con los brazos abiertos. Es más, me lo encontré en una embarcación que pretendía repeler las invasiones. No me dio ninguna explicación, pero, tras un abrazo por el reencuentro, me miró de esa forma en la que solo él sabe hacerlo y asintió con la cabeza…»

España se disculpaba por no poder relatar como tal la persecución a Drake, que se había dirigido a la desesperada hacia las Azores, puesto que se había visto obligado a partir hacia Madrid justo después. Sin embargo, sí que le mencionaba el detalle de que Inglaterra había desertado tras escapar de Lisboa.

Portugal se lo había asegurado.

(Y no había sido el momento de dar rienda suelta a la sospecha.)

«… A pesar de que todavía no he tenido tiempo para ponerme al día, puesto que espero carta de mis hijos en respuesta a las que envié en La Coruña y planeo ahora una expedición hacia las Indias, me llena de alivio ver que todos mis miedos no tenían ninguna base real.»

España terminaba la carta de una manera cortés, casi mecánica, aunque Irlanda apenas había reparado en ello.

Solo habían pasado cinco meses juntos, y, aun así, España parecía pensar que había sido una eternidad. Aunque tampoco podía culparlo por ello.

Tras guardarse la carta en el zurrón, Irlanda había alzado la vista ante un resoplido de Aoife, a tiempo para percatarse de que el pescador español se aproximaba hacia ella a través de la maleza que rodeaba la iglesia. Ella había fruncido su ceño, pero el hombre se había limitado a extender un objeto envuelto en un paño hacia Irlanda.

No había necesitado siquiera ponerle la mano encima para reconocer a qué pertenecía su forma.

—Don Antonio también quería que le diese esto. —El hombre había sacudido su mano, e Irlanda había terminado por extender la suya para asegurar el objeto entre sus dedos. Era más ligera de lo que hubiese pensado.

Cuando el hombre se había retirado, Irlanda había apartado la tela de su superficie, dejando que los rayos del Sol se reflejasen sobre los detalles de metal de aquel arcabuz en miniatura.

«Utilízala como gustes», rezaba en un papel enrollado sobre el cañón.

Irlanda se la había traído consigo a Inglaterra, aunque en esos momentos, al subirse a la barca que la devolvería a sus tierras, no hacía más que dudar de su decisión.

Ellos no mataban Reyes. O nobles. O al menos no de forma directa.

El pistolete estaría mejor en las manos de otro, pero todavía no había encontrado al indicado.

Cuando metieron la barca en el mar, Irlanda dirigió una mirada hacia las tierras de su hermano. Una figura ensombrecida por la distancia los observaba, sobre la última colina antes de la playa. Irlanda inspiró hondo, más que segura de su identidad.

Pero decidió dejar el pistolete donde estaba y dirigir su mirada hacia el frente, en el que todavía no se apreciaban sus tierras.

Afortunadamente, aquel barco no iba en dirección a Dublín.

FIN