CAPÍTULO 02

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Dos niños de siete años, cinco niños de ocho años. Siete pares de ojos voltearon a ver a Emile, divididos entre niños y niñas. Emile recordaba bien los rostros de todos y cada uno de ellos, incluido sus castas.

Hace quinientos años, se desarrolló una serie de genomas a partir de los genes de animales, basándose en la investigación de un muy antiguo científico llamado Vladimir Volsk. De aquellos genomas, las mutaciones dieron origen a la división de resultados en base a las castas; Alfas, Betas, Omegas, Deltas y Gammas. Para ser reconocidos, se era guiado por el olor de cada uno, iniciando por los Alfas quienes tenían un aroma fuerte, los Betas poseían un olor neutral, poco notorio, y eran los Omegas quienes portaban aromas suaves o dulces. Además, los lobos, uno de los genomas existentes, tenían cuerpos gruesos, de movimientos rápidos. En la infancia, aunque sus edades eran pequeñas, los niños se veían casi preadolescentes, incluidas las niñas.

La población de individuos con los genomas en sus ADN había aumentado, y dado que estas mutaciones también contenían la probabilidad de poseer una longevidad mayor al humano común, la población humana disminuía con gran notoriedad. La mayor parte de los pueblos, ahora llamados Coutyard, tenían menos humanos que mutantes genéticos.

Emile dejó de pensar en la humillante historia humana para concentrarse en el presente. Ante él se vislumbraba una escena deprimente; en ese salón no habían mesas ni sillas donde sentarse, no para los niños al menos. Algunos estaban sentados en el suelo sobre toallas, retazos de tela, o cartón. Sus mochilas fueron dejadas en un rincón con descuido. Las paredes estaban manchadas, con huellas de manos sucias, resquebrajadas por la humedad. Quizá lo más decente en el sitio era el escritorio para el maestro y el pizarrón de tiza.

—Buenos días... —Emile los saludó por inercia, sin recibir ninguna respuesta de regreso. Los niños estaban callados.

Sí, eso era lo normal por aquellos días del pasado en sus regresiones anteriores. Estos niños claramente desconfiaban de él.

Emile lo pensó un momento, y decidió que actuaría sobre la marcha. Se tomó muy en serio el estudio de aquella semana, teniendo la seguridad de que podría ganarse a estos niños, en especial a Ragnar. Dejó la usual mochila que siempre llevaba en esa época sobre el escritorio, dando una suave palmada para llamar la atención de todos.

—Muy bien. Todos, formemos un círculo. —Emile se aseguró de usar palabras suaves, sugestivas, señalando cada trozo de tela que veía. Se sentía raro siendo tan manso, pues no lo había sido desde la regresión número cinco, mucho menos con estos niños ya que en esa oportunidad lo había sido con un Ragnar adulto que estaba demasiado enloquecido—. A ver, tomemos eso. Atrae eso, sí, juntemos todo hasta formar una alfombra donde entremos todos. Venga, venga, no tengas miedo. Hoy haremos algo diferente.

Le tomó unos cinco minutos exactos lograr que los niños lo obedecieran. Muchas veces tuvo que controlar su impaciencia. Estos niños le tenían miedo, era normal que no acataran sus indicaciones tan rápido como él las quería. Tenían una alfombra que combinaba retozos de cartón, tela sencilla, tela mullida, y a los siete niños sentados ahí. Emile no ocupó la silla, solo cogió la tablilla con los nombres para pasar lista. Obtuvo una reacción de sorpresa e incredulidad de los niños en el momento en que vieron a su maestro sentarse en el suelo sucio frente a ellos.

Emile trató de ignorarlos. En realidad, sentarse en el suelo sucio era lo de menos. En vidas pasadas, Emile había estado revolcándose en cosas muchísimo peores.

—Vale. Pasaré lista, y luego haremos un recuento de todas las lecciones que tomamos, ¿sí? Haremos un cambio. —Emile explicó, usando su mano libre para formar un semi-círculo—. Comenzaremos desde cero, de nuevo. Bien. La primera en la lista es Lucille... —Una niña de cabello castaño levantó la mano. Ella era del grupo de ocho años—. Max... —Una cabecita rubia levantó la mano, era otro del grupo de ocho años—. Jakoda. —Este niño Beta de siete años tenía el cabello castaño—. Bowie... y Wyatt. —Eran hermanos, eso quedaba claro por sus rasgos y mismo cabello de un castaño rojizo, solo que Wyatt era el mayor por un año, sin contar que era un Alfa opuesto a su hermano menor que era Omega—. Luego... —Emile observó el nombre con intensidad unos segundos, levantó la mirada al grupo. Dado que solo faltaba un niño y una niña por nombrar, la última niña rubia era Kaia, mientras que el niño de cabello negro, ubicado al fondo del grupo, con sus bracitos rodeando sus piernas, sin olvidar la vacía mirada con la que lo observaba—. Ragnar... —Ni levantó la mano, tampoco dijo algo—. Y Kaia...

Emile carraspeó, dejando la tablilla a un lado. Fingió dar un vistazo a cada niño, sin embargo se aseguró de notar cada detalle posible en Ragnar.

Lo primero era su extrema delgadez. No estaba raquítico, eso le alivió el corazón, pero sin lugar a dudas este niño estaba por debajo del peso saludable. Su piel era pálida, algo cetrina, no debía dormir bien porque tenía muy ligeras bolsas bajo sus ojos. Emile en el pasado solía burlarse de su aspecto, golpearlo, obligarlo a hacer tareas forzosas, denigrarlo, regañarlo sin razón, y mil peores cosas más. En algunas vidas optó ignorarlo, fingir que no existía. En otras vidas, ordenó que no le dejaran entrar nunca. Grandísimo tonto que era, ninguna de esas cosas había funcionado, puesto que solo agrandó el rencor y odio que Ragnar le tenía. Justo ahora, no quería mostrarle su lástima, por el contrario, Ragnar era un niño herido, temeroso, sintió alivio que por el momento tan solo pasaron cuatro meses desde que entró a su vida, por lo que Emile creía que aún tenía una oportunidad de remediar las cosas.

Emile, ahora que tenía un plan factible, debía andar con extremo cuidado para no arruinar nada cuando ni había comenzado.

—De acuerdo. Bowie... —Emile dirigió sus ojos al pequeño pelirrojo. Se humedeció los labios, tuvo un nudo en la garganta y no sabía bien qué palabras usar. En internet, indicaba que se debían usar palabras amables con los niños pero... ¡Emile no tenía idea de cómo ser amable!—, ¿qué lecciones hemos visto hasta ahora?

Trató de no imprimir ningún tono agresivo en su voz. ¿Había funcionado?

Emile escuchó al niño con toda la paciencia que pudo, apenas prestando la justa atención, también a Jakoda cuando le preguntó qué más aprendieron, e hizo lo mismo con Kaia. Para entonces, Max y Lucille también deseaban ser escuchados, así que quisieron participar. Eso le hizo bajar las tensas defensas a Emile también. La postura relajada que adoptó, su infinita atención y paciencia les incitó a abrirse con confianza. Emile cayó en cuenta cuán mediocre fue. Estos niños eran burros, por no usar una palabra peor, pues solo repetían las lecciones de cursos anteriores, apenas habían avanzado, y en esos cuatro meses solo aprendieron nada. Emile recordó que el curso era de nueve meses, tendría que esforzarse en recuperar el tiempo perdido.

Algo que Ragnar le echaba en cara durante sus torturas de las vidas pasadas fue lo pésimo que había actuado como maestro, así como cuánto aprendió él por su cuenta propia. No solo debía ganar puntos con Ragnar como persona, también como maestro.

—De acuerdo. No he sido un buen maestro. Voy a mejorar eso y solicitaré que me ayuden, ¿está bien? —Emile pidió, usando las palabras con cuidado—. No tenemos sillas ni mesas aquí, pero para mañana estarán y aprenderemos la gramática y también matemáticas. Hoy leeremos todos juntos y también aprenderemos sobre geografía. Vamos. —Emile se levantó, presuroso para acercarse a los niños para ayudarlos a levantarse. Levantó a Bowie, ayudó a Max y Kaia. Fue rápido en pararse tras Ragnar, levantando su cuerpo a tiempo. Lo soltó poco antes de que el niño se apartara por su cuenta, fingiendo no darse por aludido cuando avanzó a su escritorio.

Ragnar, desde su posición, se quedó de pie todavía sintiendo las manos tibias de aquel maestro. Desde el momento en que llegó ha estado actuando extraño, todo callado y atento. También vestía diferente. Desde el primer día, el maestro Emile usaba ropas llamativas, de colores chillones, su aroma era muy intenso, el olor natural escondido tras baños de colonia costosa, similar al de su padre. El maestro Emile era un humano común, Ragnar tenía poco contacto con los humanos y sus olores solían ser terribles, siempre ocultos por fuertes colonias que hacían picar su nariz. Ese día, el maestro Emile no usaba perfume, así que todos en aquel salón percibieron el aroma frutal del melocotón combinado con jazmín. Hoy usaba un pantalón jean azul, una camisa de vestir blanca haciendo juego con una chaqueta en color beige. Era ropas muy raras puestas en él. Para Ragnar, era como si otra persona ocupase el lugar del maestro Emile.

¿Sería algún gemelo? ¿El maestro Emile de los meses anteriores era la versión malvada, y habría cambiado lugar con su gemelo bueno? ¿Por cuánto tiempo duraría este cambio? Las cosas buenas nunca duraban mucho, y Ragnar creía con seguridad que pronto volvería el demoníaco maestro Emile a volver su vida escolar un infierno otra vez.

—Ragnar, ven acá. No tienes libro de lectura, ¿cierto? —Emile, el "gemelo bueno", lo llamó, palmando el lugar a su lado derecho. Jakoda estaba ocupando el izquierdo, porque tampoco tenía libro de lecturas—. Siéntate aquí para que leas.

Ragnar titubeó. Estaría sentado muy cerca del maestro Emile. Todavía recordaba que durante la última lectura, el maestro Emile lo había obligado a leer un cuento de nivel superior. Ragnar tuvo problemas para pronunciar palabras complicadas. El gemelo malvado Emile se irritó por su ineficacia, golpeando su cabeza con el libro enrollado.

—¡Tienes ocho años! Ya deberías saber leer estas cosas. —Emile lo golpeó una vez más—. A tu edad, ¡yo ya sabía leer enciclopedias! ¡Veamos si con esto no te entran las palabras! ¡Qué inútil!

Ragnar apretó las manos. No. No quería sentarse junto a Emile. Sus pequeños pasos lo llevaron a ubicarse al lado de Kaia, apretando una vez más las piernas contra su pecho.

Emile, ocultando su decepción, asintió para mostrarse de acuerdo con la decisión de al menos ubicarse con un compañero. Así que, en aquel caso, invitó a Jakoda a sentarse en el centro de sus piernas, e instó al niño a sujetar el libro de cuentos. Emile vio una imagen similar en internet, así que pensó que no estaría mal replicarlo, si bien en el fondo le fastidiaba la postura de alguien más en su regazo.

—Veamos... Busquemos la página... 17. Todos busquen el cuento de la página 17.

Ragnar se tensó. Emile les había obligado a leer aquel cuento. Ninguno pudo completarlo, y fue cuando Ragnar recibió las palizas. Cada niño trató de ocultar su temor, en especial Jakoda en brazos de Emile quien había presenciado los castigos hacia Ragnar. Ragnar no pudo completar el cuento, ¿qué castigos recibiría Jakoda en su lugar?

—Vale. ¿Todos están en la página 17? El cuento cuyo título es "La Aventura de Wolf en el Crucero". —Emile dijo en voz alta para que todos lo escucharan—. Yo comenzaré con la primera línea. Jakoda, continuarás con la siguiente. Después Wyatt, Bowie, y seguiremos hasta llegar a Ragnar. Escuchemos y leamos juntos...

El labio de Jakoda temblaba. Aunque Emile leía alto, claro y con calma, sentía que sus palabras eran dichas rápido. La línea fue acabada prontamente, las palabras clavadas en su cabeza, pesados y duros, como los golpes del libro enrollado similares a los que recibió Ragnar en el pasado. Cuando Emile acabó su línea, Jakoda casi no tenía voz al pronunciar las suyas.

—Un poco más alto. —Emile palmeó su hombro derecho—. No te escuchan.

—... Wolf ca-caminó po-por la cubierta del barco, un barco gra-grande al que lla-llamaban tla-tlan... —Jakoda sintió sus dedos fríos, el corazón le latía con fuerza, y no tenía el control de su lengua. Esta palabra... ¡Esta palabra!—. Tlan... Tlansatico... Tlan...

Ragnar, desde su posición junto a Kaia, perdió todo el color, viendo a Jakoda luchar como él con aquella palabra infernal. Podía ver el momento en que el maestro Emile se enfadaría, rompería en indignación, enrollaría el libro de cuentos y golpearía a Jakoda. Era el menor del grupo por debajo de Bowie, aunque fuera un beta. Si Emile se atreviera a golpear a Jakoda como le golpeó a él en el pasado, Ragnar... ¡no sería capaz de controlarse!

—Transatlántico —dijo Emile cerca del oído de Jakoda. Guió su dedo índice para subrayar la palabra y que Jakoda lo viera—. Trans-a-tlán-ti-co —repitió una segunda y tercera vez—. Estos barcos son cruceros a gran escala capaces de navegar por días a través de los mares y océanos sin avistar las costas —explicó ahora para todos—. Vengan, repitan después de mí. Trans-a-tlán-ti-co.

Los niños se vieron incitados a replicar las sílabas, después a pronunciar la palabra completa varias veces, sin presión ni amenaza. Emile lo repetía las veces que fuera necesario, como un mantra hasta les pidió que lo repitieran de forma individual, siendo Jakoda el primero y Ragnar el último.

—Transatlántico —dijo Ragnar, un poco más bajo, sin apartar la mirada de Emile.

—Perfecto —Emile asintió, llevando sus ojos oscuros al resto de los infantes—. Aprendimos una palabra muy difícil hoy. La clave para no olvidarla es continuar repitiéndola. Cuando no sepan decir una palabra, levantan la mano y les ayudaré, ¿está bien? Ahora, continúemos el cuento...

Ragnar apenas escuchó con atención las palabras de Emile.

Este nuevo maestro...

No entendía qué le estaba ocurriendo; si era un gemelo bueno, un ángel, o simplemente el demoníaco maestro Emile de antes desapareció para siempre. Si continuaba así el resto del curso escolar, Ragnar podía respirar tranquilo por primera vez en años.