Oh! Por fin subo el segundo capítulo de este fic largucho que se me ocurrió. Pido disculpas por la espera D: pero que es no se me había dado la inspiración hasta ahora que se me ocurrio escuchar una canción mega sexy de George Michael xD

Este se viene aún más largo que el otro chap :O No suelo escribri cosas tan extensas, pero esto es un desafío personal que quiero cumplir x3

DISC: los personajes no me pertenecen o.o Propiedad de Tetsuya Nomura :3

Meh, Dancing on the Berlin Wall es la música, también de David Lanz, con la que Xión y Axel (se supone) participarán en las mundiales en pareja :3 Ojalá les guste este chap o.o


Dancing on the Berlin Wall

-¡Coordínense con la música! –repetía el entrenado cada vez que uno de los patinadores se adelantaba o atrasaba en los movimientos de la coreografía. -¡Axel, es tú compañera! No puedes perderla de vista. Mantenla siempre en tus ojos.

-¿Aún cuando estoy girando? –preguntaba mientras seguía la coreografía junto a Xion. Patinaba hacia atrás en forma de zig-zag. Luego, giró sobre su pie izquierdo y con el derecho entró a picar el hielo para darse impulso. En el aire, tres giros simultáneos y luego un aterrizaje perfecto con la pierna derecha completamente extendida hacia atrás. – ¡Pues no pude verla mientras giraba! –comenzó a reír con travesura.

-¿Cómo puede hacer un Axel con tanta facilidad? Y, aún más, ¿cómo lo hace estando completamente desconcentrado? Este chico tiene talento, pero… -pensó el entrenador mientras paraba la música y se adentraba a la pista.

Xion y Axel se detuvieron al sentir los patines del entrenador. Ambos se acercaron y esperaron a que el sujeto llegara a donde ellos estaban. No hablaban, solo se miraban.

-¡Concéntrate! –dijo finalmente el hombre a Axel, golpeándole en la cabeza con un royo de diario. Luego miró a Xion con el ceño fruncido, a lo que ésta reaccionó con temor, escondiéndose detrás del largo cuerpo de Axel. Luego suspiró. –Se que estamos recién empezando con las prácticas, pero ustedes tienen talento y son profesionales. Deberían estar ya con la coreografía completa y perfecta. Quizás afinando algunos detalles.

-Pero… -Xion interrumpió. Sin embargo, un gesto con la mano de su entrenador le hizo entender que no debía hablar.

-Quizás les estoy exigiendo demasiado. O quizás soy demasiado blando y ustedes ya no me respetan como antes.

-¡Pero entrenador! Nos atrasamos porque este grandulón se escapa… -dijo finalmente mirando a Axel con enojo. –Si no fueras tan rebelde, podríamos acabar con esto pronto. Pero tú sólo quieres ser "libre" y te vas por ahí. –criticó ahora al pelirrojo, apuntándole con el dedo índice.

Axel no se movía. Tampoco mostraba ninguna expresión. Nada más escuchaba cómo su compañera le regañaba, pero no le importaba en absoluto. ¿O sí le importaba?

-¡No quiero volver a patinar contigo si dejas de lado el entrenamiento! Tenemos que ganar las mundiales, Axel. ¡Es nuestra obligación! –continuó la niña.

Los ojos de Axel se abrieron al escuchar la palabra "Obligación". Como si hubiese sido hecho para patinar y solo ganar trofeos, lo cual era lo de menos. Pero ella no entendía realmente el motivo que tenía para hacerlo y jamás lo sabría si cada vez que hablaban de eso, Xion le ignorara o el interrumpía para que no dijera nada.

-Está bien, continuemos. –dijo Axel con resignación. No era de costumbre verle tan desanimado o serio. Pero a Xion pareció no importarle, al igual que el entrenador, por lo que continuaron con naturalidad el entrenamiento.

Practicaron desde las cinco de la madrugada hasta que el reloj marcó las doce treinta del medio día. Por fin un momento de descanso y colación para ambos atletas que se esforzaban para lograr ganar en nombre del país. Sin embargo, Axel no se sentía cómodo con la posición en la que se encontraba ahora: tener la obligación de ganar un trofeo. Odiaba como sonaba esa palabra: Obligación. Y no dejaba de resonar en su cabeza cada vez que veía a su entrenador dándole algún consejo u observación.

No volvió a sonreír hasta que hubo salido a las cuatro de la tarde, escapando del recinto para poder hacer de su día algo más relajado.

Había salido de clases a la hora de siempre: las cuatro con quince minutos. Debía volver a casa para comer algún aperitivo y dejar su mochila con los libros y cuadernos en casa, además de aprovechar la instancia para quitarse ese incómodo uniforme y buscar su patineta.

Afuera del establecimiento estudiantil, tomó su bicicleta y se fue pedaleando a gran velocidad por las calles de Londres. Evitó pasar por el parque para no retrasarse. Tenía la extraña sensación de que aquel sujeto, Axel, si estaría esperándole ahí, y debía estar a tiempo para que eso sucediera. Pero seguía con la incertidumbre y la abrumadora curiosidad que no hacía más que contradecirse a sí mismo. Sin embargo, si él no llegaba, al menos habría salido un momento de casa y se habría distraído, aunque no se imaginaba la decepción que se llevaría al no verle ahí. Quizás su ilusión era tremenda, mas quería asegurarse de que aquel extraño era un hombre de palabra.

Demoró alrededor de quince minutos en llegar a su casa. A penas estacionó su bicicleta y ya se estaba desesperando por encontrar las llaves de la puerta de entrada. Logró sacarlas del bolsillo derecho se su pantalón y colocarlas torpemente en la cerradura. Abrió la puerta de golpe y la dejó abierta a su suerte. Subió las escaleras hacia su habitación, lanzó su mochila, se cambió de ropa lo más rápido que pudo y bajó nuevamente a hurguetear en la cocina hasta encontrar algo fácil y rápido de comer, sin la necesidad de cocinar. Buscó su patineta en jardín trasero de la casa y se fue en ella por la calle, comiendo una pequeña barra de cereal.

A medida que adquiría mayor velocidad en su trayecto, cerraba sus cristalinos ojos y dejaba que el aire refrescara su rostro. Sus suaves cabellos de un brilloso color rubio se dejaban llevar libres por el viento, oscilando junto a él. Por fin lograba liberarse de toda tensión escolar y familiar. Daba igual lo que se cruzara en su camino: peatones, animales, vehículos. No les tomaba en cuenta, ni tampoco se interesaba. Tampoco pensó en atentar en contra de su vida, tan solo se sentía libre. Y extendía sus brazos para dejarse llevar por la velocidad por las calles de su hermosa y antigua ciudad.

Dio una vuelta por la periferia del parque para ganar un poco de hora y no estar tan temprano esperando. Su emoción era tanta que no lograba conciliar ni un minuto de calma en alguna banca cerca. Olvidó la posibilidad de practicar algún salto o giro en su tabla o de pensar en algún tema de conversación en común con el pelirrojo. Y por un segundo olvidó su nombre, su aspecto, el sonido de su voz, pero jamás su cálida sonrisa.

Tembló y cayó de la patineta, hiriéndose la rodilla derecha y haciéndose un agujero en el pantalón. Se quedó sentado con su pierna flectada, quejándose por dolor que le causaba el roce del viento con la carne viva y abierta. Para su mala suerte, a nadie se le ocurrió pasar junto a él para ayudarle y tampoco se veía algún ente vivo que pudiese fijarse en el accidentado. Así que se lamentó aún más, enrabiado, e intentó sanar su herida con un poco de saliva. Sin embargo, tras él se dejó caer un paquete de pañuelitos desechables, casi como si fuese el regalo milagroso de algún ángel –o al menos así pensó Roxas- piadoso y observador que le estuviese cuidando desde arriba. Y miró curioso hacia el cielo sin encontrar ninguna figura parecida a la de un hombre alado, pero sí encontró, justo tras su espalda, al pelirrojo sonrisón con quien debía encontrarse.

-Jamás pensé que te encontraría fuera del parque y en este estado. –dijo Axel con un dulce tono de voz, acogedor y suave, pero varonil. –Supuse que vendrías más temprano.

-Pues tus suposiciones parecen ser correctas. –respondió el rubio con voz quejumbrosa, algo ronca. –Ayúdame a pararme… -añadió mientras se acomodaba para quedar frente al pelirrojo y estiraba ambos brazos para que el otro le tomara y le impulsara hacia arriba. Sin embargo, Axel hizo caso omiso al gesto de Roxas y le tomó en brazos. El rubio se ruborizó y pataleó un instante para que le bajaran. Sin embargo, Axel rió con gracia y dejó a Roxas tendido en una Banca. Fue en busca de la patineta, la dejó junto al rubio y luego se agachó para verle la herida.

-¡No es nada! –dijo Axel con una alegre sonrisa en el rostro. Le quitó los pañuelitos que aún tenía el rubio en la mano y sacó uno. Se lo puso en la rodilla y apretó con fuerza para absorber la sangre infectada. Miró a Roxas que tenía un rostro complicado, algo angustiado. Le posó una mano en la cabeza y en seguida quitó el pañuelo. –Disculpa si te dolió. Así lo hace mi entrenador cuando me caigo.

-¿Entrenador? –preguntó Roxas extrañado. -¿Practicas algún deporte?

-¡Pues claro! –respondió el pelirrojo con naturalidad. Sin embargo, reflexionó un momento y no dijo nada a continuación.

Roxas le miró en espera de una respuesta más contundente, la cual revelaría el oficio del joven. Pero a cambio no obtuvo ninguna información al respecto. Tragó saliva y se apresuró a preguntar:- ¿Qué deporte practicas?

-Fútbol –respondió el otro rápidamente, ocultando su rostro. –Si, juego fútbol.

-Genial… -añadió Roxas.

El silencio era un poco incómodo. Roxas estaba recostado boca arriba en una banca, suspirando de vez en cuando, mientras que Axel se preocupaba de la herida que ya no sangraba y comenzaba a cicatrizar. Miraba hacia arriba, hacia los lados y hacia abajo. Parecía un tanto complicado con la respuesta que le había dado al muchacho, especialmente porque no le gustaba mentir y sabía con certeza que el fútbol no fue la mejor respuesta que podría haber dado. Reía dentro de sí al pensar en la gran contradicción que había formulado. –Odio el fútbol…- pensó mientras se levantaba.

-¿Ya puedes caminar?

-Supongo. –Roxas se sentó, apoyó sus pies en el piso y se levantó con ayuda de sus brazos. Dio unos pocos pasos cojos en su pierna derecha, pero logró avanzar sin mayor dificultad.

-Llevaré tu patineta. Si no puedes caminar mucho, te puedo llevar. –Se ofreció Axel con otra sonrisa. Tomó la patineta de Roxas y comenzó a caminar parque adentro. – ¿Tienes hambre? –dijo repentinamente.

-Creo que no. –respondió Roxas mirando a su estómago con inocencia. De él sonaron sus tripitas, a lo que Axel comenzó a reír a carcajadas. El rubio se ruborizó y añadió. –Bueno, creo que si… -se integró a las risas.

Caminaron en busca de algún vendedor ambulante de comida, pero no encontraron nada en la periferia del parque. Roxas posaba sus manos en su estómago algo avergonzado mientras Axel buscaba algún lugar adecuado para comer. Sin embargo, no había nada más que tiendas de vestuario, bancos, algunas farmacias y restoranes de alto rango donde un plato podría costar tres veces lo que sería una hamburguesa en algún McDonald.

Al rubio ya no le costaba tanto caminar por la herida en su rodilla, por lo que ahora se mantenía firme junto al pelirrojo. De vez en cuando alzaba la vista para mirar las finas terminaciones de su rostro, tan solo por unos pocos segundos de curiosidad. Luego se volvía hacia el frente sin explicación alguna a los latidos de su corazón que se aceleraban. Una extraña sensación de seguridad le crecía al estar junto a Axel, y el impulso de tocarle, aunque fuese un mínimo roce, le ponían aún más nervioso que de costumbre.

Por su parte, Axel se mantenía en una inquebrantable paz a la que Roxas quería pertenecer también. Parecía que estuviese encerrado en su propio mundo, inaccesible para todo desconocido. -¿Quién tendrá el maravilloso poder para entrar en él? –se preguntó Roxas en uno de esos momentos en que le miraba desde abajo con asombro y admiración. Por un instante se sintió insignificante a su lado y se encogió de hombros.

-¿Te molestaría ir a mi casa? –dijo Axel repentinamente. –No hay ningún lugar donde podamos comer, tan solo estamos perdiendo el tiempo.

-No tienes que ser cortés conmigo. –respondió Roxas con seriedad. -¿Se te hace normal invitar a un extraño a comer a tu casa?

El pelirrojo le miró asombrado. -¡Pues claro que no! –vio el rostro inexpresivo de Roxas y reflexionó. Dijo algo entre dientes sin que el otro le escuchara y le miró nuevamente con una sonrisa. –No estoy invitando a un extraño, sino a un nuevo amigo.

Roxas sonrió avergonzadamente y se sonrojó levemente. Sus pómulos adquirieron un suave color rosa que resaltaban en su blanco rostro alegre. Rió para sí mismo y luego suspiró. No añadió absolutamente nada luego de lo que el pelirrojo dijo, tan solo se repetía en su mente la palabra amigo, lo que le hacía temblar aún más de la emoción. Y siguió a Axel por inercia hacia donde vivía para compartir una merienda –casi cena- junto a su nuevo amigo, por el cual ya sentía un afecto que no podía cuestionarse.

Atravesaron unas pocas cuadras de adoquín hasta encontrarse frente a un alto edificio de grandes ventanales y largos balcones por piso, especialmente los de más arriba. Se veían lujosos, de un alto costo monetario y difícil acceso para una persona relativamente normal.

Roxas alzó la vista para asimilar la altura del rascacielos, sin embargo tuvo que inclinar su cabeza hacia arriba para darse cuenta de lo alto que éste era. Sus ojos se abrieron de par en par por la inmensa edificación en la que se encontraba. No podía creer que ahí era donde vivía el famoso Axel. Pensó que, seguramente, su departamento era uno de los primeros, de esos más sencillos y de un costo menor.

-¿Tan pronto en casa señor Axel? –dijo un hombre que se encontraba detrás de un enorme mesón en la entrada del edificio. –Sea bienvenido usted.

-Pues acabé pronto con el entrenamiento. –respondió el pelirrojo con una sonrisa.

-¿La señorita no se molestara?

-Da igual. Siempre se molesta, aunque esté a tiempo. Un día que me tome no mata a nadie. –Axel alzó la mano derecha para despedirse del portero. Luego, con la misma mano empujó a Roxas hacia los ascensores. –No es la gran cosa. Has quedado sorprendido. –rió.

Roxas tampoco respondió a eso. Más bien se encogió de hombros y se sintió algo pequeño, indecente e inadaptado ante tan esplendoroso recinto. Y fue creciendo esa sensación al ver que el elevador sobrepasaba los 20 pisos.

-¿En qué piso vives? –preguntó Roxas con una voz leve, tímida. Jugaba con sus manos entrelazando sus dedos y estirándolos.

-Piso 32. –respondió el pelirrojo con toda calma. -¿Te asustan las alturas? –preguntó en seguida algo preocupado. Posó la mano libre en la cabeza de Roxas y la mantuvo ahí hasta que el ascensor se detuvo en el piso correspondiente y las puertas se abrieron. Ahí volvió a empujar al rubio, guiándole hacia la izquierda por el largo pasillo en el que se encontraban ahora. Lo detuvo cuando se hallaron frente a una puerta de madera oscura, en la cual Axel insertó una tarjeta por un sistema moderno de seguridad, y gran tabla de madera se abrió sola.

Axel dejó la patineta de Roxas apoyada en la pared junto a la puerta y entró al departamento. Roxas se mantuvo en el umbral de la puerta boquiabierto por la escena que tenía en frente: Un lujoso living, bastante amplio con el techo muy arriba, de blancas paredes y oscuro piso flotante. En el centro, una mesa alargada de madera, también oscura, con un florero blanco lleno de Rosas Rojas. Rodeando la mesa había un largo sillón de cuero blanco en forma de C, también con dos floreros alargados de color blanco en cada esquina. La poca luz que quedaba del atardecer entraba por unos ventanales tan alargados que cubrían toda la muralla desde el techo hasta el piso. Unas cortinas blancas cubrían aquella pared de vidrio del exterior.

-No te quedes ahí parado. Entra y siéntete como en tu casa. –interrumpió Axel asomándose y rompiendo el la visión de Roxas. Tomó del brazo al rubio y lo introdujo al departamento tironeándolo, olvidando completamente la anterior herida que se había hecho. Roxas se quejó un poco por el dolor que sintió en su rodilla, pero pasó desapercibido.

El rubio se sentó en el enorme sillón y sintió que se hundía. Se acomodó y miró a su alrededor manteniendo el asombro. Dándole la espalda, a la derecha (viendo desde la puerta de entrada) se encontraba una escalera con un pasillo en el que había 3 puertas cerradas. Debajo de aquel pasillo habían otras dos puertas y un balcón que, según lo que Roxas vio desde abajo, rodeaba casi todo el departamento. Y, para finalizar, frente a él, a la izquierda, había una cocina estilo americana, también de muebles oscuros con el mesón blanco. Tenía un refrigerador y un congelador, un lavavajillas, horno y cocinilla de restaurante fino, todos de un hermoso color blanco de terminaciones metálicas. De las paredes colgaban distintos implementos de cocina, uno al lado del otro. A un costado había una pequeña mesa con un par de sillas más o menos sencillas, mientras que al otro lado había un mesón alargado para doce personas, según la cantidad de asientos que habían dispuestos a lo largo del mueble. También tenía un bar con un mesón anexo que se integraba a la cocina, y detrás de él, un estante alargado donde guardaba todo tipo de copas y licores.

-¿Qué deseas comer? –preguntó Axel, rompiendo nuevamente la escenografía de Roxas. –Dime lo que se te antoje y lo preparo de inmediato. –añadió guiñeando el un ojo.

-Algo sencillo. No quiero causarte molestias. –respondió el rubio algo incómodo. –Soy feliz con una hamburguesa.

-No bromees. No prepararé hamburguesas. –dijo el pelirrojo mirándole de forma sugerente. Se acercó al rubio y le enfrentó directamente, juntando sus párpados de tal forma que a penas veía a través de sus pestañas. –Debe haber algo que se te antoje con ganas. –continuó mirándole.

Roxas respondió al gesto de igual manera y acercó su rostro al de Axel desafiante. –si insistes, quiero comer langosta en mantequilla. –dijo mientras cruzaba sus brazos y se apoyaba completamente en el respaldo del sillón. Cruzó las piernas y sonrió pícaramente.

Axel se enderezó, sonrió igual que Roxas, desafiante, y se fue a la cocina riéndose para sí. Abrió el congelador, hurgueteó por un instante, sacó la cabeza y miró a Roxas sonriendo y tomó algo del congelador que no mostró. Roxas permaneció intrigado ante la sospechosa forma de actuar del pelirrojo y se levantó para mirar mejor. Como no pudo ver por sobre el mueble, caminó hacia la cocina hasta apoyarse en el mesón.

-¡Me estas jodiendo! –dijo Roxas sin comprender nada mientras Axel reía a carcajadas. -¿Acaso eres mago? ¡Es imposible que tengas langosta, es carísima!

-Pues tengo. –añadió el pelirrojo sacándole la lengua con burla. –Te dije que te prepararía lo que quisieras. –guiñó el ojo derecho.

Roxas se mantuvo apoyado en el mesón de la cocina viendo como el otro preparaba la langosta. Nunca mencionó la forma de preparación que le gustaba, pero tampoco fue necesario puesto que Axel hizo al pie de la letra –ya de memoria- la receta más típica y deliciosa –al gusto de Roxas- de la langosta a la mantequilla.

Entre tanto ajetreo Roxas tropezó y se golpeó en la pierna con una esquina. La herida de la rodilla se le abrió nuevamente y comenzó a sangrar, pero ninguno se dio cuenta hasta que, por simple casualidad, Axel miró al suelo y notó una pequeña mancha de sangre.

-Estás sangrando de nuevo, siéntate acá. –dijo Axel acercándole una silla del comedor. –Espérame mientra traigo algo para curarte. –añadió y cruzó el living con prisa. Subió las escaleras y caminó por el pasillo hasta la tercera puerta a la izquierda. Ahí entró a una habitación que Roxas no logró observar y que tampoco le importó mayormente, especialmente porque pronto el pelirrojo salió de ahí con un botiquín.

-En el parque no desinfectamos la herida. Ahora quizás te duela un poco más producto del alcohol. –Axel se agachó y dejó el botiquín en el suelo junto a él, lo abrió y sacó de el un poco de algodón, gasa, una botellita de alcohol clínico y scotch especial para la gasa. Untó un poco del líquido en el algodón y luego limpió la herida por el borde. Poco a poco fue limpiando la rodilla para que solo quedara la cicatrización y así untar un poco más de alcohol.

-Tsss, ¡argh! –se quejó Roxas cerrando los ojos y apretando los dientes. –Me arde mucho. –añadió algo incómodo. Tenía ambas manos sujetas con fuerza a la silla, aprisionando con los dedos cada vez más. No podía mover la pierna o todo lo que el pelirrojo intentaba hacer sería en vano. -Lo siento. –dijo luego de un momento de silencio. Estaba cabizbajo, levemente entristecido.

-¿Por qué dices eso? –Axel levantó la cabeza y le miró extrañado. –No tienes porqué pedir disculpas.

-Lo que podría haber sido un paseo tranquilo por el parque se convirtió en una molestia para ti. Primero me traes a tu casa, usas tu comida costosa para alimentarme y además me tienes que curar una estúpida herida. –respondió el rubio con enojo.

-Pues a mi no me molesta en absoluto, Roxas. –Axel sonrió nuevamente, ahora con un pequeño dejo de amabilidad y ternura.

El pelirrojo cortó un poco de gasa. Sobre la tela colocó un poco de algodón limpio y luego tapó la Herida. Con el scotch pegó la gasa a la piel como un parche curita. –Quédate con la rodilla estirada mientras estás acá. Ya te traigo la cena.

Roxas movió la silla en dirección al comedor y ahí se quedó esperando, incómodamente, a que el pelirrojo le atendiera. Se sintió inútil por un momento, ya que el también podía ayudar a poner la mesa y a servir los platos. Sin embargo, la exageración de Axel –o al menos así lo cría él- le cohibía y, como dueño de casa, prefería hacerle caso.

La mesa quedó ordenada en muy pocos segundos. Mientras el rubio miraba con sus azules ojos como Axel se deslizaba con gracia por el suelo de madera, el otro tarareaba y pensaba en cómo servir los platos. Pero no se molestó en nada muy extravagante, así que se llevó la langosta entera sobre una manta de tiernas hojas de lechuga y un poco de mantequilla a la mesa, colocando el festín justo en el centro.

Los ojos de ambos brillaban al ver tan delicioso plato. No habían comenzado a comer y ya saboreaban la Langosta con tan solo imaginársela dentro de sus bocas. La olían y se embriagaban con su fuerte aroma a mar, apaciguado sutilmente por el toque a mantequilla y aceite que llevaba en la preparación. Escuchaban el crujir de la coraza roja por el calor al que había sido sometido y no aguantaban más por sentir la textura suave del crustáceo.

-Adelante. –dijo Axel interrumpiendo con el momento de placer. –Disfruta de la cena.

-¡Con permiso! –añadió Roxas entusiasmado por comer pronto aquel manjar. Se abalanzó al plato central y sacó una tenaza del animal. Lo llevó a su plato, lo dejó ahí y luego lo miró con ansias. Desvió sus ojos hacia Axel y le sonrió. Y, finalmente, se llevó un trozo a la boca. Un momento de incertidumbre en el pelirrojo; Roxas se quedó inmóvil mirando hacia el frente con los ojos bien abiertos. Nada más masticaba con lentitud, pero no movía nada más. Jugueteó un instante con la comida dentro de su boca y luego tragó, pero en vez de reaccionar, se quedó nuevamente inmóvil mirando hacia el frente.

-Dilo: está malísima, ¿cierto? –Axel movió un el trozo que había sacado con su tenedor y lo miró con desprecio. Suspiró desganado y corrió la silla hacia atrás para levantarse. Tomó su plato y añadió:- prepararé algo realmente comestible. Disculpa por hacerte probar eso.

Roxas no dijo absolutamente nada, se mantuvo quieto con la vista al frente hasta que reaccionó. Se levantó rápidamente de su asiento e interceptó a Axel para que volviera a sentarse. -¿Estas loco? ¡No puedes desperdiciar algo tan delicioso como esto! ¿Dónde diablos aprendiste a cocinar de esa forma? ¡Está muy sabroso! –dijo el rubio completamente emocionado. De sus ojos cristalinos saltaban unas pocas lágrimas de alegría. Se había conmovido completamente al saborear aquella Langosta. Para él fue como retroceder en el tiempo y recordar algo completamente perdido en su subconsciente. –No pude reaccionar por lo delicioso que estaba. Realmente me hiciste retroceder en el tiempo.

Ambos volvieron a sentarse en el comedor. Axel no podía entender la reacción de Roxas hasta haber probado su platillo. Ni él pensó que podría cocinar de esa forma, sorprendiéndose al igual que el rubio por aquel talento culinario del cual jamás se había dado cuenta. Y se conmovió por haber sido felicitado con tanta emoción.

-Nunca había sentido tanta satisfacción al hacer algo. –reflexionó Axel un poco conmovido por la sorpresa. –Nunca hago nada para nadie. Ni si quiera para mí… -secó una lágrima que no alcanzó a caer de su ojo.

-Pues deberías comenzar a hacerlo más seguido. –Roxas sonrió y siguió comiendo su langosta. –Tus amigos tienen mucha suerte al venir aquí y ser atendidos con algo tan delicioso preparado por el mismísimo dueño de casa.

Axel no respondió y continuó comiendo. Se mantuvo serio y pensativo, pero eso no obstaculizó el agradable momento que pasaba con Roxas en su casa. Sin embargo, sintió el ambiente algo tenso y se incomodó ante aquel cumplido que, más bien, no significaba nada para él. Y pensaba en todos los momentos que había vivido solo: Navidades, cumpleaños, Halloween, pascuas, día de los enamorados, etc. Tampoco un día del padre o madre había pasado junto a ellos. Pero luego recordó aquella personita de baja estatura, profundos ojos azules y negro cabello corto y muy liso: Xión. Y se dijo a sí mismo como un balbuceo: -está ella conmigo.

Roxas le miró de reojo sin hacer notorio lo que había escuchado. Es más, ignoró completamente aquello y continuó comiendo, conversándole de cosas muy triviales al pelirrojo de vez en cuando para hacer algunas pausas en su ingesta de alimento.

Acabaron de cenar a las ocho con cuarenta y tres minutos. Roxas aún permanecía sentado con la pierna estirada y sus manos pozadas en el estómago, completamente satisfecho. Axel retiraba los platos, botaba las sobras y apilaba la vajilla en el lavaplatos. Ninguno se habló por ese instante. No había música, ruidos de televisión, ni nada de eso. Tan solo el pasar veloz de los autos por las calles de Londres y el agua del Lavaplatos escurriendo por la llave. De pronto sonó un ringtone proveniente de uno de los bolsillos de Roxas. Éste se apresuró en sacar su celular y contestar: su madre le llamaba para saber dónde se encontraba.

-Estoy en la casa de un amigo, volveré un poco más tarde. –dijo Roxas luego de saludar a la mujer por teléfono. Escuchó un instante las instrucciones de ella y añadió:- Mañana no tengo clases, puedo volver más tarde. Si, si, ya cené. Y no, no estoy con ellos, sino que en la casa de otro amigo. Si, ya lo conocerás algún día, ya, ya. Adiós. –terminó de hablar, suspiró y guardó el aparato en su bolsillo nuevamente. Luego se dirigió a Axel. –Era mi mamá. Quería saber dónde estaba y con quien…

-Está bien esto, ¿o no? –preguntó Axel inocentemente mientras lavaba la porcelana.

-Si, es normal que se preocupe. Pero a veces siento que es demasiado y me priva de mi libertad. –respondió el rubio algo desanimado. –Es extraño que me haya dejado estar acá un momento más sin conocerte aún.

-Entiendo. Pero ya eres bastante grande para eso. –Axel dejó el último plato para el secado, cerró la llave del agua y secó sus manos. Se acercó a Roxas y posó una mano en su cabeza, desordenándole el pelo como gesto de simpatía. Se dirigió al living y se sentó en su sillón blanco. –Eres un niño reprimido y por eso actúas de forma rebelde y te vistes así como estás ahora y te juntas con compañeros de mala fama e influencia. O también sufriste algún trauma o decepción tan grande que decidiste cambiar tu verdadera forma de ser. Sin embargo, cuando estás conmigo eres distinto… -pensó un instante. –No, no eres distinto. Eres tal cual eres y te escondes o usas una máscara superficial con el resto. Y mientras más piensas en que no te molesta, más solo e incomprendido te sientes. Al final te ahogas solo y vuelves a escapar de aquella mentira que tú mismo has creado.

Los azules ojos de Roxas se fueron abriendo poco a poco, al igual que sus labios incrédulos. No podía dar crédito a sus oídos por lo que había escuchado. Viniendo de un "extraño" fue sorprendente darse cuenta que nada de lo que había dicho era mentira. Había dado justo en el clavo y no lo podía creer.

-Pero Roxas, está bien. Es muy normal crear máscaras y hacer de ti un personaje ficticio cuando no estás seguro de cómo te tratarán y quieres guardar una imagen que te haga reconocible ante todos. –continuó el pelirrojo. Se acomodó en el sillón y cruzó sus piernas.

-Aún así no puedo quitar la reputación –mala reputación quiero decir- que tengo en clases, frente a mis padres, etc. Y por más que intente, no hago más que enemistarme más con quien debería mejorar. –alegó Roxas. –Lo intento, pero los que se suponen que son mis amigos son demasiado absorbente y me integran, aunque yo no haya estado, en cada una de sus estupideces.

-¿Y por qué no lo hablas con ellos?

-Porque no quiero ser amenazado nuevamente.

-Así no funcionan las cosas. Te atormentas a ti mismo.

Roxas bajó la vista con tristeza. Caminó hacia el living y se sentó junto a Axel en el sillón. Esta vez no se dejó hundir por los suaves cojines, sino que se mantuvo con la espalda recta, sentado casi en el borde del mueble.

-Es difícil. –dijo con angustia el de los ojos azules. Suspiró y se levantó. Miró a Axel y luego su reloj. –Debo irme o me prohibirán volver a salir contigo.

-No hay problema. –Axel se levantó, acarició nuevamente la cabeza de Roxas con intención de desordenarle el cabello y lo escoltó a la entrada. Tomó la patineta del rubio que casi olvidaba y le abrió la puerta. –Te llevaré a casa. Ya es muy tarde para que andes solo por ahí.

-No molestes. Estas diciendo lo mismo que mi madre después de haberme retenido una noche completa en el parque conversando. –alegó el rubio con cierta burla infantil.

-Tienes razón. –rió el pelirrojo. –pero déjame llevarte a casa. Estaré intranquilo sabiendo que irás con esa herida en patineta. No quiero que te caigas y lastimes de nuevo.

El corazón de Roxas volvió a latir con fuerza. Se aceleraba y su cuerpo se calentaba, era invadido por una extraña sensación de llenado, como si estuviese desbordante de un sentimiento incomprendido. Pero supo controlarse por esta vez y aceptó la oferta de Axel, saliendo por la puerta y esperando a que él le guiara hasta el estacionamiento. Bajaron los 32 pisos más dos de estacionamiento. Caminaron por los oscuros pasillos del recinto cerrado donde todos los carruajes de alto costo eran guardados hasta toparse con un Alfa Romeo C8 spider de un fuerte y brillante color rojo bermellón.

Nuevamente Roxas quedó sin habla por el lujoso auto que poseía Axel. Y se acercó a él con cuidado, apreciándolo en todo su esplendor, casi con le gesto de tirarse encima y abrazarle. Lo deseó pero no le envidió. Pero no dijo nada y prefirió ubicarse antes de tirar algún comentario inapropiado al niño rico con el que había hecho amistad. Así que se subió con calma al auto, acariciando el aterciopelado asiento, cómodo y suave, igual de placentero que el sillón de cuero blanco.

Recorrieron Londres a gran velocidad antes de llegar a la casa de Roxas, pero por la hora ya debían estar ahí para despedirse. Axel se apresuró en dejarle a tiempo siguiendo las indicaciones del rubio para guiarlo en el camino de ida.

Una vez ahí, Axel miró la casa de Roxas y sonrió. –Hay alguien en tu casa. –volvió a posar una mano cariñosa en la cabeza de Roxas y le desordenó el cabello. –Cualquier cosa, estaré aquí hasta que entres.

-No tienes porqué hacerlo, Axel. Ya no soy un niñito. –dijo algo molesto el rubio. Salió del auto con cuidado y tomó su patineta. Caminó por el antejardín y dejó la tabla detrás de unos matorrales. Volvió hacia donde estaba Axel y se despidió de él con un movimiento de mano. Y, finalmente, caminó hacia la puerta de entrada de su casa y ahí sacó las llaves. Abrió la puerta y entró a su casa. Caminó en busca de sus padres, los saludó cuando los vio y se asomó por la ventana del living que daba a la calle para buscar a Axel, pero éste ya se había ido.

Roxas suspiró y se integró nuevamente en la casa, contándoles a sus padres lo que había hecho en el día y los planes que tenía para el fin de semana. Los acompañó durante la cena y les conversó como no había hecho hace más de tres años. Luego subió las escaleras con una nueva sensación gratificante en su corazón y se encerró en su habitación. Se lanzó a la cama con los brazos estirados y suspiró con fuerza.

¿Estaría sintiendo algo nuevo? Porque, cada vez que se encontraba con Axel su corazón latía con fuerza, pero jamás logró entender la razón de ello. Y tan solo se conocieron hace un par de días, nada más. Entonces no se imaginaba el surgimiento de un sentimiento amoroso hacia él. Pero, como tampoco había tenido una amistad –o sentido una como la que ahora creía tener- tan fuerte, no podía asimilarlo.

Recordó al ente perdido que alguna vez quiso con fuerza, pero ya no podía recordad ni si quiera su nombre o su imagen. Había pasado tanto tiempo desde aquella tragedia, aquel trauma, que ya lo había borrado completamente de su memoria y no era capaz de reconocer el rostro de…

Nuevamente se desanimó y escondió su cabeza bajo la almohada de su cama. Cerró los ojos y mordió las sábanas para desahogar su incomodidad sin razón aparente. Volvió a tomar aire y se mantuvo acostado, medio pensativo.

-¿Quién será la señorita a la que se refirió aquel portero? –se preguntó Roxas. -¿Tendrá Axel una pareja? Me lo hubiese dicho desde un principio, o quizás aún no somos tan "amigos" como el dice y aún me guarda algunas cosas de su vida. –suspiró. –Pero eso no debería de importarme aún. El tampoco sabe muchas cosas sobre mí. ¡Ni si quiera sé su número de teléfono! Habiendo sido invitado a su casa, mínimo que me diga su número para llamarlo. Ahora no sabré si lo volveré a ver en el parque caminando…

Cerró los ojos y se quedó ahí, acostado, cansado y semi-dormido. No respondió a nada, ningún ruido, ningún llamado, por dos horas. Luego se despertó medio atontado, revisó la hora y se colocó el pijama desganado, casi inerte. Se metió en la cama y cerró los ojos nuevamente. -¿Quién será ella? –se preguntó nuevamente con un dejo de dolor en esas palabras y se volvió a quedar dormido profundamente.


No puedo decir nada más que estoy muy cansada. Intento seguir este en el computador, mientras que en mis tiempos de ocio continuo con "Donde el cielo y el mar son uno solo" en un cuadernito que me llevo al colegio. Luego pasaré en limpio ese fic y mejoraré para subirlo por aquí.

Mientras, quiero mantenerme un poco dispersa para planear bien el fic, escribirlo con calma y también tenes tiempo con el colegio. No quiero estresarme... Ya estoy estresada, de hecho ._. y el año recien comienza xD En fin, agradezco la comprensión y los reviews del chap anterior. Y reitero, disculpas por la tardanza de este chap y de los que, posiblemente, se vendran u.u