Volví con el tercer capítulo de éste fic.
Advierto que quizás se haga un poco tedioso y aburrido por una situación familiar que ocupa casi todo el desarrollo del chap, sin embargo el final se viene más interesante.
Me he estado demorando por los días llenos de responsabilidades, pero me hago mi espacio para escribir. Ahora que llevo una planificación más sofisticada para este chap, puedo avanzar con más facilidad... aunque igual se me olvidan ciertos detallitos xD En fin, espero les guste ésto :) Vendría siendo una conti del chap anterior, por eso el nombre casi similar.
DISC: los personajes no son míos, propiedad de tetsuya nomura... quiero la play 3 con todos los juegos de KH pa play existentes originales D:!
Un saludo al mundo :D
Dancing on the Broken-Berlin Wall
Cada movimiento, cada salto y cada giro en el hielo eran perfectos. Una postura recta, delicada pero estética. Suaves movimientos de brazos y manos que acompañan la coreografía y fuertes pasos que marcan el pulso y velocidad del baile.
El la toma de las manos y comienza a girar sobre su mismo eje, mientras que ella extiende sus piernas. Poco a poco se van acercando al suelo, hasta que la chica roza con su cabello el hielo. Luego ambos se levantan y rodean la pista con un zigzagueo constante, de vez en cuando cruzándose por el camino del otro, acompañando el paseo con ondas formadas por los brazos, hasta la punta de los dedos.
-¡Deténganse! –dijo el entrenador desde las galerías del estadio. Se colocó sus patines y entró a la pista, deslizándose hacia donde se encontraban los atletas. –Lo están haciendo bien. Ya se coordinan perfectamente y los saltos y giros no pueden estar más perfectos. –agregó algo alegre. –Sin embargo, aún los noto un poco tensos e inseguros. Especialmente tú, Axel.
El pelirrojo tan solo miró a su entrenador. Estaba tan cansado, que a penas pudo disculparse con una voz casi indescifrable. Tragó saliva, respiró hondo y con un grito de desahogo expulsó todo el aire concentrado en sus pulmones. Junto con esa acción, Axel giró y se llevó los brazos a la cabeza. –Es mi culpa, lo sé.
-Estás en otro mundo, Axel. –añadió la niña mirándole algo preocupada. -¿De verdad que no te pasa nada fuera de la pista?
-Segurísimo, segurísimo. –respondió el pelirrojo apresurado. –No me pasa nada. Es solo que estoy muy cansado. Después del sermón que me diste… -miró a la chica con recelo. –me da miedo saltarme una pequeña hora de entrenamiento.
-Así mi gusta, Axel. No dejaré que perjudiques nuestro posible primer lugar en parejas. –añadió ella.
-No seas exagerada. Lo ganaremos de todas formas…
El entrenador volvió a las galerías y esperó a que los patinadores se colocaran en la posición de inicio para dar comienzo, otra vez, a la coreografía.
Luego de tres agotadoras horas de práctica, Axel y Xion se dirigieron a sus respectivos camarines para ducharse y cambiarse de ropa.
El pelirrojo se tardó en salir. Completamente ido, Axel se quedó bajo la ducha con el rostro enfrentando los chorros de agua caliente que salían desde el aparato. Tenía los ojos cerrados y la boca semi abierta. De vez en cuando pasaba sus manos por los ojos para quitarse algunas gotas y así poder abrir ambos cristales, pero no lograba más que refregarse un poco los pómulos y frotarse los párpados de manera innecesaria.
Estaba pensativo. Fruncía el ceño cuando parecía que recordaba algo, y luego volvía a ablandar su delicado rostro. Suspiraba hondo y estiraba su cuello haciendo sonar los huesos. Y se quedó bajo la ducha por unos minutos mientras recordaba y se imaginaba vagamente la imagen de aquel rubio que no veía hace más de una semana y que aún no llamaba para darle una explicación. Había roto la rutina de pasear por el parque y beber un delicioso café, pero no le preocupaba lo suficiente como para sentir algún cargo de conciencia. Después de todo, el no era su novio ni nada de eso. Tan solo eran amigos, y por el carácter de Roxas, sabía que éste no se molestaría lo suficiente. "Quizás su amistad es algo superficial" pensaba el pelirrojo.
Cerró la llave del agua, abrió la cortina de su ducha y salió de esta, pasando por el frío pasillo de baldosas hacia los vestidores. Estaba tan distraído que olvidó llevar una toalla para secarse, por lo que de su cuerpo caían gotas de agua que humedecían el suelo por donde caminaba. Y una mala maniobra, un paso resbaladizo, le hizo caer. Su pierna derecha, al resbalarse producto del agua en su pie, se impulsó con fuerza hacia adelante, ejerciendo gran fuerza en la que estaba apoyada en el suelo y así torciéndole el Peroné. Sus glúteos amortiguaron la caída y sus manos le sostuvieron antes de estrellar su cabeza con las baldosas.
No gritó, no lloró, y tampoco se alarmó. Nada más se quejó por sus glúteos, pataleó por la situación estúpida en la que se encontraba y luego suspiró resignado. Se acomodó para levantarse, pero su pierna izquierda no respondía adecuadamente. Tuvo que arrastrarse por el suelo helado hasta alcanzar una toalla que le cubriese las caderas para luego poder levantarse afirmado por la banca, en la cual se sentó posteriormente.
Intentó extender ambas piernas para secarse, y así hizo con la derecha. Sin embargo, el color morado y la hinchazón que había en su pierna izquierda debajo de la rodilla le asustaron. Mas no dijo nada y se cambió de ropa con tranquilidad y sumo cuidado para no sentir ninguna molestia. Se colocó sus zapatillas con delicadeza para terminar con su trámite y luego se echó el bolso y los patines al hombro. Se paró con dificultad e intentó caminar, pero no podía apoyarse completamente; tuvo que saltar en un pie para llegar a la puerta de salida del camarín. Ahí afuera le esperaba Xion.
-Tardaste demasiado, Axel. –dijo la niña con la cabeza gacha y los ojos cerrados. –¿Tuviste un momento agradable de reflexión? –agregó mientras se acercaba al pelirrojo.
-La verdad es que sí… -respondió el otro ocultando el dolor que sentía.
-¿Quién es, Axel? Sé que estas pensando en alguien y eso te mantiene bastante distraído. No has hecho más que ensayar estos últimos días y se te nota en la cara que necesitas verle. –Xion miró a Axel desde abajo con una ceja alzada y una pícara sonrisa. -¡Dímelo! Quiero saber como se llama. ¿Es bonita? –añadió excitada.
-Xion, ¿Qué cosas estás diciendo ahora? –Axel rió avergonzado. –No estoy pensando en ninguna chica.
-Cuéntame mientras salimos, por favor. Axel no puedes ocultármelo, yo lo se todo. Te conozco demasiado como para no darme cuenta que algo te sucede. Picarón.
Xion le dio la espalda a Axel y comenzó a caminar por el pasillo interno del recinto hacia el hall central, donde se encontrarían con el entrenador. Continuó hablando hasta que se dio cuenta de que el pelirrojo no le seguía. Ella se detuvo, se volteó y posó sus manos en la cadera esperando a que Axel reaccionara. -¿Qué te dije? Estas pensando en ella ahora.
Axel intentó caminar, pero no podía apoyar su pie izquierdo. Un pequeño roce con el suelo le eran fatal y un horrible sufrimiento. Y no pudo esconder su angustia y gritó del dolor, se lanzó al suelo y ahí se quedó extendido con su vista al techo y unas pequeñas lágrimas corriendo por su rostro. La niña abrió los ojos y corrió hacia donde estaba Axel, agachándose frente a él. Le miró, posó una mano en su frente y le secó las lágrimas.
-¡Axel dime que te pasa! –gritó Xion desesperada.
-¡Arg! ¡Mi pierna! –respondió el pelirrojo quejumbroso y desesperado.
-¡Idiota! ¡Si te pasa algo debes decírmelo de inmediato y no quedarte callado! ¿Acaso hubieses llegado a tu casa así como estas? –regañó Xion a Axel mientras levantaba el pantalón del pelirrojo y revisaba su pierna. Una expresión de horror delató la gravedad del asunto. -¡Entrenador! –gritó reiteradas veces hasta que el hombre llegó.
Mientras Xion llamaba urgentemente a una ambulancia, el entrenador revisaba la herida y calmaba al pelirrojo. Luego lo recogió y se lo echó a los hombros para acercarlo al hall. En eso, Xion tomó el bolso y los patines de Axel y se los llevó con ella.
-Xion, tú vete a casa nomás. Yo me iré con él en la ambulancia para ver que sucede.
La niña hizo caso a las palabras de su entrenador y se fue, bastante nerviosa, al departamento de Axel, donde dejó sus cosas. Ordenó la cama y se la acomodó para cuando llegara. Hizo el aseo y organizó la cena.
-¿En qué estabas pensando cuando te caíste, Axel? –dijo para sí.
El otoño ya comenzaba a deslumbrarse completamente a lo largo de toda Europa. En Londres, las paseos de los extensos parques estaban todos cubiertos por las hojas secas que caían sin cesar de los árboles. El pasto generalmente permanecía húmedo producto de la falta se calor y luz solar y las diversas lluvias, aún no muy torrentosas, que abrazaban la ciudad como una delgada manta.
A penas había pasado una semana de Septiembre y el cruento otoño se veía llegar con impotencia. El viento ya soplaba con más fuerza que antes, disminuyendo su temperatura y transformando los días cálidos en jornadas de intenso frío.
Para ir a clases, Roxas debía llevar una chaqueta cuero sintético que por dentro estaba cubierto de polar, pequeñas fibras de lana amontonadas. A menudo se presentaba con una bufanda roja de lana tejida por su madre, pero a penas llegaba a su salón se la quitaba y ocultaba porque decía que era demasiado femenina para él. Además, tenía que guardar la chaqueta porque no correspondía al uniforme del colegio y se la podían quitar.
Poco a poco, Roxas fue alejándose de quienes eran sus "amigos". Por fin se había dado cuenta de que los comentarios u opiniones que emitían frente a un tema no eran más que palabras torpes y atropelladas que no tenían ningún sentido. Comprendió que su mala fama dentro de su colegio fue adquirida tan solo por seguir a esa banda de "delincuentes" –como les llamaba ahora el rubio- que le buscaban y obligaban a hacer cosas que no eran de su agrado.
Poco a poco fue retomando su personalidad, sus verdaderos intereses y su real forma de actuar, comenzando por limpiar su nombre, mejorar su reputación y alejarse de ese grupo de pelmazos molestos que no sabían hacer otra cosa más que andar en patineta, reprobar en los exámenes y emborracharse junto a un grupo de chicas que, lamentablemente, no tenían más cerebro que aquellos sujetos como para no involucrarse.
Sin embargo, a pesar de sus múltiples negaciones y su nueva forma cortante de responderles, aquellos chicos seguían buscándole e integrándole en cada conflicto o problema, aún cuando el rubio no estuviese para nada dentro de ese embrollo. Era como si ellos supiesen lo que Roxas intentaba hacer y no quisieran dejarle libre, quizás porque para ellos él si era un buen amigo.
-Obvio. –pensaba Roxas. –Claro que seré un buen amigo para ellos si soy el único imbécil que siempre les ayuda con las tareas (o más bien se las hago), que les prepara para los exámenes (o que se deja copiar durante los exámenes), que los defiende y que, además, se hace responsable de muchas cagadas que ellos mismos cometen.
Ya no podía soportarlo más, pero tampoco sabía qué decir y cómo actuar frente a ellos. –Seguramente me golpearán. –se imaginaba a sí mismo en el suelo siendo pisoteado por cada uno de aquellos engendros. –O se burlarán de mí y me catalogarán como un nerd más. –continuó pasando el rollo de una cruel película en su cabeza, ahora de él en el centro de un grupo de seres risueños que le apuntaban con el dedo índice mientras reían a carcajadas.
Pero de pronto recordó una figura delgada y alargada, la cual le parecía bastante familiar pero que extrañaba por una razón inexplicable. Recordó que no se encontraba con aquel sujeto desde hace unas cuantas semanas, y que en un par de ocasiones pudo conversarle a través del teléfono –que por fin atinaron a intercambiarse números-. Y sentía un leve dejo a soledad en su corazón, especialmente ahora que decidió alejarse de sus antiguos camaradas. Así que sacó su celular del bolsillo derecho de su pantalón y lo sostuvo en su mano por unos segundos de vacilación. Buscó entre sus contactos el nombre Axel, y ahí se mantuvo un instante pensativo, pero no se atrevió a marcar y guardó nuevamente el aparato con resignación.
Las clases durante ese helado día se le hicieron eternas el joven rubio. Sus ojos azules estaban cansados y algo adoloridos. A pesar de ser un día miércoles, Roxas sentía un agotamiento feroz que no le permitía ni mover sus piernas para empujar su bicicleta por el camino de regreso a casa. Así también se explicaba el hecho de que no salía muy a menudo al parque a practicar en su patineta, puesto que consigo arrastraba un cansancio profundo que le hacía sentir sueño a medio día.
No sabe cómo pudo haber llegado a casa, pero sí se enteró de que, de alguna forma, pedaleó hasta llegar a su hogar, subió las escaleras hacia su habitación, y ahí se quedó dormido hasta que sus padres habían llegado y le despertaron para cenar juntos.
-Se te ve cansado, hijo. –comentó el padre de Roxas con gracia. – ¡Se nota la poca costumbre con respecto a los estudios! –añadió mientras reía.
-¿Qué bicho te picó? –preguntó la madre en seguida. –Hoy llamaron de tu escuela para felicitarte. Haz mejorado tus calificaciones en muy poco tiempo.
-En los exámenes de las últimas semanas has obtenido calificaciones sobresalientes, algo que no nos esperábamos desde que tenías 13. –agregó el padre.
-Tan solo he estado estudiando y haciendo mis tareas, es todo. –dijo Roxas con calma, algo mañoso y adormecido. –No es la gran cosa.
Los padres el joven se miraron entre sí y se encogieron de hombros demostrando su incredulidad y sorpresa frente a la actitud que había adquirido el rubio. Se sentaron junto a su hijo para la cena y conversaron de algunos temas importantes para la pequeña familia.
Un gran cambio se veía ahora que Roxas pretendía cambiar su actitud de rebeldía. Era más atento y servicial con su madre en las labores hogareñas, conversaba más abiertamente y gesticulaba con mayor gracia para darle más énfasis a sus opiniones, anécdotas, sucesos o momentos que había vivido durante el día.
-Se te ve más pleno ahora. –comentó la mujer mientras retiraba los platos de la mesa. -¿Ha sucedido algo con tus amigos últimamente? Hace tiempo que no sales con ellos por las noches. Prefieres quedarte en casa a ver los partidos de Jockey o carreras de autos.
-Mas o menos. –respondió Roxas. –No me gusta salir con ellos, no son muy buenos amigos. Me involucran en todos sus problemas y después debo hacerme responsable de cosas que ni me entero.
-Pues ahora tienes más tiempo libre para salir con nosotros. –dijo la mujer con una voz sugerente, dulce y graciosa a la vez, emitiendo pequeñas risas vergonzosas. -¿Qué te parece ir a patinar en hielo un fin de semana? Sólo nosotros tres con tu papá.
-¿Patinar en hielo? –Roxas parecía algo incómodo con la propuesta. –Mamá, no me gusta patinar en hielo.
-¡No seas exagerado! –interrumpió el padre. –Que no te gusten los sujetos en mallita no significa que no puedas patinar con nosotros una sola vez en algún lago.
-Lo sé, papá. Pero te recuerdo que aún no se congelan los largos para ir a patinar por ahí en algún parque… -respondió el rubio con una leve sonrisa pícara en su rostro.
-Pues vamos al gimnasio que está cerca de tu escuela. Ahí se puede ir a patinar un día en familia. Averiguaré durante la semana cuándo está abierto para el público y vamos. –el padre miró a Roxas con los ojos entreabiertos y una sonrisa pícara, igual a la de su hijo, devolviéndole el gesto desafiante.
-Está bien. –dijo el rubio. –por esta vez iré con ustedes. Pero les advierto que esto no sucederá muy seguido.
Parecía haber sido una instancia cálida y muy amena junto a sus padres. Roxas sentía su corazón lleno, aliviado, alegre y muy satisfactorio. Su energía había vuelto y se sentía con ganas de actuar, de hacer cosas, de estudiar, leer o trabajar adelantando materias. Pero de pronto recordó cierto trámite que realizaría durante clases y que olvidó completamente: llamar al susodicho perdido.
Buscó en su pantalón (que jamás se cambió) su celular. Ahora no dudó en ningún instante y marcó el número del pelirrojo con excitación. Cada vez que sonaba el tono de espera de la llamada, el corazón de Roxas le golpeaba el pecho y mariposas recorrían su estómago.
-¿Axel? –preguntó el rubio al teléfono al notar que le habían contestado.
-¿Diga? –escuchó Roxas que le hablaban desde el celular. La voz no era la del pelirrojo, sino que la de una chica. -¿Quién es?
Roxas colgó de inmediato. Miró hacia el frente con los ojos muy abiertos y tragó saliva. Luego miró a su celular que comenzaba a vibrar y se lo llevó a la oreja nuevamente.
-Roxas, ¿eres tú? –se escuchó ahora la voz de un hombre. Roxas logró reconocerla. –disculpa que no te haya podido contestar yo, estaba algo ocupado.
-Ah, descuida… -respondió el rubio tímidamente. -¿Quién era?
-Xion, aun amiga. –respondió Axel. –se está quedando conmigo estos días, me está cuidando por un tiempo.
-¿Cuidando? ¿Pasó algo?
-Me caí en el camerino después de la ducha y me fracturé una pierna. –dijo el pelirrojo. Se escucharon unas risas nerviosas. -¿Cómo has estado tú? ¡Hace mucho que no te veo! Deberíamos salir un día, pero deberás tener paciencia, que no puedo caminar muy bien.
-No te preocupes, Axel. –Roxas le habló algo complicado. –No tienes porqué sentirte comprometido a que nos veamos. Reposa y si quieres voy un día a verte a tu casa, pero no es necesario que tu salgas de ahí. Es mejor que te cuides y mantengas tu pierna sin actividad.
-¿No ves? ¡Ese niño tiene razón! –Xion comentó detrás de Axel. Roxas escuchó todo y comenzó a reír.
-Es mejor que le hagas caso. Tú dime que día quieres que vaya a verte y ahí nos encontramos. Llámame para saber
-Está bien. Pero no faltes, que no puedo dejar así a un amigo.
Roxas, luego de una despedida bastante apurada, colgó el celular y dejó el aparato sobre su escritorio. Se tiró sobre su cama con los brazos extendidos y suspiró. Paseó sus ojos por cada rincón de su habitación, hasta posarlos fijamente en algo que estaba cubierto por una tela fina, sedosa, sin ningún objeto sobre ella. Algo ocultaba por debajo, y tan solo se lograban ver las patas de un atril. Pero el rubio sabía exactamente lo que estaba oculto tras esa manta y no deseaba, aún, descubrirlo nuevamente. Así que continuó con su paseo hasta volver al punto de inicio: el techo.
Llevó sus manos a su cabeza y las colocó entrelazadas debajo de la nuca. Cruzó sus piernas extendidas y se mantuvo pensativo en su cama. Y como si no fuese de esperar, Roxas se quedó completamente dormido. Tan profundo era su sueño, que jamás se percató de la presencia de su madre, quien le miraba y acariciaba la cabeza con ternura, y que además le recostó dentro de las sábanas para que el chico no se resfriara producto del intenso frío que comenzaba a hacerse en las noches del nuevo otoño que se aproximaba.
La tenue luz solar entró tímidamente por la ventana del rubio. Las cortinas que permanecían cerradas tapaban completamente el cristal, pero aún así se dejaron apreciar aquellos destellos solares, poco luminosos producto de las nubes que le cubrían cada vez más.
Quejumbroso, Roxas despertó y se levantó de inmediato para comenzar su día escolar. Se mantuvo un momento sentado al borde de su cama para estirar brazos, piernas y trozo, y luego se dispuso a pararse para vestirse, arreglarse y así bajar las escaleras a desayunar.
No tardó más de veinte minutos en realizar aquellas tareas cuando recordó que aquel día no era otro más que un tranquilo Sábado. Y decidió, algo molesto por su descubrimiento, volver a su cama para dormir un poco más, pero su madre le detuvo al encontrarse con él en las escaleras.
-Tu padre está realmente emocionado con eso de ir a patinar. –dijo la mujer mientras bajaba los primeros peldaños de la escalera. Se detuvo en el quinto y estiró su brazo izquierdo para impedir el paso de Roxas. Le miró a la cara y añadió-: hoy está abierto el centro de Patinaje de Londres, aquel que queda camino a tu escuela por el parque. Prepararé el desayuno para que salgamos lo antes posible. Luego podemos ir a comer en algún restaurante.
-¿Tiene que ser hoy? –Roxas le habló desanimado, algo molesto.
-¿Por qué preguntas? ¿Saldrás con tus amigos?
-No tengo planes. Es solo que… -se detuvo. Pensó un instante en su padre, suspiró, pasó su mano derecha por el rostro y luego continuó-: está bien. Sólo por esta vez.
La mujer besó a Roxas en la frente y continuó bajando las escaleras, algo excitada. Roxas, en cambio, siguió su camino hacia arriba, entrando a su habitación. Se mantuvo en el umbral de la puerta e hizo una vista panorámica de lo que tenía, y nuevamente posó sus ojos en aquel pedestal tapado. Recorrió de arriba hacia abajo, y de abajo hacia arriba aquel objeto de gran tamaño, pero no se acercó a verlo, simplemente no se atrevió a descubrirlo. Así que pasó de largo hasta su cama, donde se subió para acercarse a las cortinas para abrirlas, dejando el paso a la poca luz que el sol irradiaba. Se mantuvo en cuclillas sobre la cama con los brazos extendidos y el rostro en alto con sus ojos cerrados frente a la ventana. Respiró hondo y luego botó todo el aire que tenía contenido en sus pulmones.
Sin razón aparente, Roxas sintió una emoción indescriptible. Su corazón latía con fuerza, sus manos temblaban por el exceso de adrenalina en su cuerpo. Sus ojos se mantenían muy abiertos, sus labios apretados, de vez en cuando se los mordía.
Se incorporó dando un salto desde su cama. Buscó una chaqueta para el frío y luego bajó corriendo las escaleras hacia la cocina. Ahí le esperaban sus padres en la mesa para desayunar. No tardó en devorar una taza de té con leche tibia y dos trozos de pan amasado con mantequilla, además de un par de galletas que tenía junto a su plato para untar en el líquido, sus padres, mientras, le esperaban con calma. Y ya cuando los tres estuviesen listos, saldrían de inmediato para aprovechar la mañana.
Fueron en auto hacia aquel recinto. Se estacionaron en la calle, cerca del parque, y caminaron hasta el centro de patinaje. Como era fin de semana, era común que las puertas estuviesen abiertas para todo público, por lo que la familia de Roxas no era la única en ingresar. Sin embargo, al ser otoño no había mayor motivación –aún- para patinar, ya que lo entretenido es ir un día de invierno. Pero eso no significaba nada para alegre familia del rubio, que no dejaban de tararear la misma canción y de mirarse el uno al otro con una sonrisa pícara y amorosa a la vez. Por su parte, Roxas sentía algo de náuseas con tanto corazón, besitos al aire y amor de padres que nunca antes había presenciado. Se había quedado voluntariamente más atrás que ellos, quienes iban tomados de la mano, para no avergonzarse más de lo que ya estaba. Les miraba con cierta repugnancia y en algunas ocasiones sacaba la lengua como queriendo vomitar. "Demasiado amor para mí…" prensaba el rubio mientras miraba cómo movían sus brazos alegremente, como cual niño pequeño.
Una vez dentro del recinto, Roxas se acercó a los dos adultos y se entrometió en el medio con cierta molestia, ceño fruncido y manos temblorosas. Caminaron sin hablarse hasta un mesón enorme que tenía detrás grandes estantes con patines, trofeos, fotografías y medallas.
-Roxas, tu tienes tus patines ¿cierto? –dijo la madre mirándole amablemente.
-Si, los tengo acá. –respondió el rubio mostrándole el par de patines colgados a su espalda.
-Dos pares, por favor. –dijo en seguida el padre a uno de los empleados que se encontraban detrás del mesón.
Aquel sujeto buscó por unos minutos los números pedidos por los padres de Roxas, hasta que pudo encontrarlos. La madre se llevó a Roxas a la pista, mientras el padre recibía el vuelto de lo pagado.
El Lugar no estaba tan lleno como creían. Había un área delimitada para una chica que patinaba con gracia, se notaba profesional. Al otro lado estaban los que iban tan solo a pasar el rato, como Roxas.
La familia se sentó en una banca cerca de la entrada y ahí se colocaron sus patines. Dejaron sus bolsos y se pararon con cierta dificultad para meterse en la pista y recorrerla con la gracia necesaria. Padre y madre se ayudaron mutuamente, Roxas no necesitaba apoyo, podía pararse solo y moverse con facilidad sobre los filos del patín. Entraron los tres a la pista y se desplazaron hacia el medio. Ahí, Roxas miró a su alrededor y se alejó de los otros dos que se tomaban nuevamente de la mano y se iban patinando hacia cualquier lugar como dos nuevos enamorados.
-No puede ser. –dijo Roxas entre dientes mientras se alejaba de la pareja. –Un solo día que les dejo salir conmigo y se comportan como dos adolescentes enamoradizos… Me enferma tanto amor.
El rubio se unió al grupo de gente que se movía en círculos a la pista. Pocos eran los que se quedaban en el centro practicando piruetas que, en su mayoría, no eran más que intentos fallidos con malas poses y poca precisión.
-¡Roxas, ven acá y enséñanos esos giros! –gritó el padre siguiendo al rubio con los ojos.
-No puede estar pasándome esto… -murmuró Roxas entre dientes. Salió del tumulto de gente y se acerco desganado a donde estaban sus padres. -¿Qué deseas?
-¡Gira! –dijo la madre con entusiasmo alzando los brazos hacia arriba.
-Algo aprendiste cuando te metimos a esas clases de patinaje. Muéstranos ahora. –añadió el padre.
-Está bien… -dijo Roxas con poco animo. –Esto es un "Cross Foot" si no mal recuerdo. –Suspiró y se concentró. Tomó algo de impulso patinando alrededor de la pareja y en un momento se detuvo, cruzó las piernas y llevó los brazos al pecho, haciendo girar su cuerpo con gran velocidad. – ¡Ahora haré un Camel! –gritó mientras estiraba su pierna izquierda y con la otra flectaba la rodilla, sin dejar de girar.
-¡Oh! Eres muy bueno. –dijo la mujer orgullosa del rubio.
Roxas volvió a donde estaban los padres y se quedó ahí tomando un poco de aire, mientras ellos le miraban con sorpresa, orgullo y alegría.
-¿Aprendiste algún salto? –pregunto en seguida el padre.
-Claro que aprendí, pero eso es más difícil. Puedo intentar hacer algunos, pero quizás me caiga.
-No hay problema, confiamos en que te saldrá. –dijo la madre llevándose las manos al pecho.
Roxas les miró y no pudo decir que no al sentir aquel cálido cariño y apoyo por parte de sus padres. Suspiró nuevamente resignado y volvió a tomar impulso hacia atrás. –Haré un "Salchow", es el más básico y fácil de aprender. –dijo y continuó impulsándose hacia atrás. Con el borde interior de la pierna izquierda salta. Con la derecha se gira e impulsa el salto, aterrizando de espaldas con el borde exterior del pie derecho.
Los padres aplaudieron. Junto con ellos un grupo de personas que se habían quedado mirando al rubio también se incluyeron en los aplausos. Poco a poco la gente comenzó a acumularse para ver cómo patinaba el rubio, quien continuó con su pequeña demostración.
A lo lejos, la niña que estaba entrenando arduamente separada de los visitantes, también escuchó las ovaciones. Pensó en primera instancia que iban para ella, pero notó que todos se acumulaban al centro del otro lado. Se detuvo e intentó acercarse, pero su entrenador le llamó la atención, por lo que tuvo que seguir ensayando su rutina. Sin embargo, la curiosidad le mataba y no lograba concentrarse en su trabajo. En más de una ocasión se cayó al suelo al intentar divisar al personaje.
-No puede ser Axel, se le vería el cabello. Además, es demasiado alto y no puede ponerse patines por su lesión. –pensó la niña. –Y aunque no pudiese, sé que lo haría. ¡Irresponsable! –continuó diciendo en su cabeza a medida que estiraba sus brazos hacia arriba conforme a la música.
La mañana había pasado volando y la familia comenzaba a sentir hambre. Decidieron juntarse a la salida después de dejar los patines e ir al baño si lo necesitaban. Una vez juntos cerca del auto, miraron a su alrededor para encontrar algún restaurante e ir a comer.
-Vamos al que está en frente. –dijo la madre señalando con el índice hacia el frente. –He ido algunas veces en hora de almuerzo y es muy deliciosa la comida.
Los otros dos asintieron con la cabeza y cruzaron la calle hasta el pequeño parque, el cual atravesaron como turistas y descubridores de un nuevo mundo, hasta llegar al otro extremo.
Entraron al local y se sentaron en una mesa para tres. Ahí pidieron sus platos y algún bebestible. Conversaron, se conocieron más. Preguntaron por las amistades de Roxas, el extraño cambio y comportamiento amable que había adquirido este último tiempo y rieron juntos. Sus platos llegaron después de media horas y cada uno disfrutó de su banquete. El padre bebió un café mientras ella pidió un pedazo de pie de limón. El rubio les miró ya con un dejo de cansancio por tanta actividad física. Siempre después de comer se sentía con sueño, por lo que sus padres entendieron que ya era hora de volver, aunque éstos hubiesen querido estar un momento más juntos por las calles de Londres.
-Se te ve cansado, hijo. –dijo la mujer mientras partía un trocito de su pie de limón. -¿Deseas que volvamos a casa ya?
-La verdad es que no lo sé. –respondió el rubio. Estaba completamente recostado sobre la mesa, ocultando su cabeza entre los brazos.
-¿Tienes algún otro panorama? –preguntó ahora el padre. Bebió un sorbo de su taza de café cortado.
-La verdad es que no… -volvió a responder el rubio sin alzar la cabeza. –Pero es posible que algo surja en la tarde o en la noche.
-Con la cara que tienes no me convence que vayas a salir. ¿Con los chicos ya no sales a patinar? –añadió la mujer algo curiosa.
-No.
-¿No te invitan?
-Si me invitan. Yo no quiero ir más con ellos. Son mala influencia.
-Eso explicaría el cambio…-dijo el padre con una voz suave, casi silenciosa. Miró a la mujer y ésta le respondió con una expresión preocupada. Ninguno dijo nada para no importunar al rubio.
Pagaron la cuenta del almuerzo y se levantaron para salir en busca del auto. Los padres cruzaron el parque, mientras que Roxas decidió bordearlo para estar a solas un momento.
La pareja llegó a los pocos minutos a recoger el auto. Se encontraban a unos pasos de la pista de patinaje algo sorprendidos por lo que se veía justo en frente.
-Ese es el campeón Nacional. –dijo la mujer por debajo, tapando sus labios con la mano izquierda como si fuese un secreto. –Es un chico muy talentoso.
-Roxas pudo haber sido como él si no se hubiese revelado en contra de las mallitas.
-Es muy guapo. –añadió ella sin dejar de mirar al sujeto que se encontraba a lo lejos. –Me pregunto quién será esa niña que le acompaña.
-Es la misma que estaba patinando cuando nosotros fuimos. Debe de ser una compañera más del centro que quiere llegar a profesional.
-Lo veo difícil con tanta competencia nueva, aunque es muy joven aún… y bastante bonita. ¿Serán novios?
-Lo dudo. El no se ve una persona de compromisos. Su rostro me dice que es más bien libre y no le gustan las ataduras.
-Pero ella parece controlarle bastante. Quizás la relación entre ellos es como de hermanos, lo cual también es muy bonito y simpático. –ella rió. –Quiero su autógrafo. –dijo decidida. Se soltó del brazo de su marido y cruzó la calle a trote suave para alcanzarle. Buscó en su cartera un lápiz y algo de papel para poder pedirle un autógrafo, y cuando lo encontró se le acercó directamente. –Tu eres Axel, ¿cierto? –dijo con una sonrisa en la cara, sacando el lápiz y el pedazo de papel para entregárselos al sujeto. –¿Me darías tu autógrafo? Admiro lo que haces, y hubiese deseado que mi hijo también siguiese el mismo camino, pero a éste le gustan otras cosas no tan sofisticadas. Ya sabes, el tema de las mallas no le agradan. Pero tú eres más que eso. Por favor, que sea un hermoso recuerdo.
-Muchas gracias. –dijo Axel un poco sonrojado. Tomó el papel y el lápiz y escribió su firma y un cariñoso "besos para la bella dama de cristal".
-¡Eres realmente grandioso!
-Tan solo es la práctica. –respondió humildemente mientras sacaba algo de su bolsillo. Su celular sonaba y vibraba, por lo que se lo acercó a la oreja y contestó. –Disculpe un minuto. –dijo a la mujer entregando el papel y el lápiz. –He esperado tu llamada. No estoy en casa, pero iré en seguida. ¿Nos encontramos en el metro? Necesito que alguien me lleve. –rió. –Si, estaré solo. Nos veremos ahí en unos 10 minutos. Adiós. –cortó el teléfono y lo guardó en su bolsillo nuevamente.
-No te seré más inoportuna. Gracias por el autógrafo y espero verte ganando las mundiales. –dijo la mujer mientras se alejaba y volvía al auto, donde le esperaba su esposo ya dentro.
Axel y la chica que le acompañaba se fueron caminando lentamente en dirección al metro, desapareciendo del centro de patinaje. Mientras, los padres de Roxas esperaban al rubio en el auto.
Este se apareció unos minutos después algo agitado. Se acercó a la ventanilla del lado del copiloto y le hizo una seña a su madre para que bajara el vidrio.
-Me juntaré con un amigo ahora. No sé a qué hora volveré, pero les aviso antes de que sea de noche. –dijo Roxas mientras agitaba sus manos queriendo despedirse.
La pareja se miró y encendieron el auto sin responderle con palabras al joven. Le dejaron en la calle y se fueron de vuelta a casa. Roxas, entonces, caminó con calma al metro más cercano. Aún le quedaban unos minutos, pero deseaba llegar a tiempo en su encuentro.
Bajó las estrechas escaleras al subterráneo y compró en boletería un pasaje del metro. Lo introdujo en una máquina que se lo tragó, permitiendo que girara una barrera para dejarle pasar al otro lado. Bajó las escaleras algo apurado por el tren que estaba llegando a la estación.
Corrió hasta encontrarse con el metro y sus puertas abiertas, pero algo le llamó la atención. Sus ojos se abrieron y las manos le temblaron.
-¿¡Axel! –gritó por el ruido ensordecedor que hacía el otro tren que llegaba desde el frente.
Se dio vuelta aquel a quien llamaban y se encontró con el rubio. Sonrió y se giró, pero luego recordó que no estaba solo. Se volteó nuevamente para buscar a su compañera, pero ésta estaba dentro del tren que acababa de cerrar sus puertas. Los ojos de ambos se abrieron enormemente. Axel no supo que hacer a medida que el tren comenzaba a avanzar, mientras que ella, desde el andén, veía cómo un extraño, pero guapo chico rubio se acercaba al pelirrojo. Sus ojos se entrecerraron con odio y sus dientes rechinaron de lo apretados que estaban por la rabia.
El tren se fue y separó a los dos patinadores, dejando a Axel –lisiado- a la suerte de Roxas.
-Pensé que nos encontraríamos en la estación más cercana a tu casa. –dijo Roxas acercándose a Axel con una leve sonrisa nerviosa.
-Pensaba en lo mismo. –respondió el pelirrojo. -¿Qué haces por acá?
-Estaba en un paseo familiar. Mis padres locos que querían ir a patinar en hielo… no me gusta, pero los acompaño para estar un momento con ellos y darles un pequeño gustito. –respondió el rubio con naturalidad.
-¿No te gusta el patinaje? –preguntó Axel, ahora un poco curioso.
-Lo odio… -dijo Roxas con calma, pero demostrando su disgusto con respecto al tema. –Cuando era pequeño me obligaban a practicarlo y no me disgustaba, pero cuando me dijeron que tenía que usar mallas y me llevaron a competir con otros chicos, quise salirme de inmediato de ese ambiente de homosexuales asquerosos de aspecto afeminado y fino.
-Ya veo… -respondió Axel algo decepcionado por las duras, pero verdaderas palabras del rubio. Respiró hondo y luego liberó el aire en sus pulmones en forma de suspiro. No pudo mirarle a la cara de inmediato, puesto que esas palabras le llegaron al corazón y le lastimaron profundamente. Sin embargo, decidió olvidarlo y dejarlo pasar.
-¿Y tú qué hacías acá? –preguntó ahora el rubio volviendo a mostrar su limpia sonrisa.
-Estaba acompañando a una amiga… la que se fue en el tren anterior sin que yo me diera cuenta. –respondió Axel algo complicado por la situación.
-Ups, eso debe haber sido cuando te llamé… Cuando la veas le pides disculpas de mi parte, creo que fui inoportuno.
-Descuida, no tenía intenciones de estar ahora con ella. De todas formas nos separaríamos, me iba a juntar contigo, ¿no? –dijo Axel con su alegre y cálida sonrisa.
Roxas sintió un golpe suave, casi como un cosquilleo, en el estómago. De a poco sus ojos se fueron iluminando por las palabras del pelirrojo, pero debió controlarse. Ni él sabía lo que pasaba en su interior.
-Vamos, el tren ya está llegando. –añadió Axel interrumpiendo la introspección del Rubio en su propio ser.
-Si, vamos. –respondió Roxas algo desorientado. Se colocó al lado del pelirrojo, le miró desde arriba con cierta admiración y, cuando el tren ya hubo llegado, le acompañó adentro del vagón. Se quedó de pie junto a Axel, quien debía sentarse por su discapacidad. Le llevó las muletas para que éste no estuviese incómodo en el metro y le sonrió de vez en cuando.
No intercambiaron nada más que miradas y sonrisas en todo el viaje. Tampoco lo hicieron cuando salieron del subterráneo ni al llegar al departamento. Solo cuando ya estuvieron dentro del lujoso hogar, Axel le dirigió una mirada y con ello unas pequeñas palabras sin profundidad alguna -: ¿deseas comer alguna cosa?
A Roxas se le apretó el corazón. Por un instante, casi inexplicable, sintió que algo más valioso le diría, quizás una confesión. ¿Pero en qué estaba pensando realmente? Es un chico, no puede estar enamorándose de un hombre y menos de algo así como un extraño. Aunque la amistad iba creciendo, de todas formas no era totalmente un conocido amigo de confianza. De todas formas, se dejaba llevar por las situaciones y por las propuestas del pelirrojo como si fuesen íntimos de más de tres años. Y no se lograba explicar cómo había llegado así; un día lo conoce en el parque y se sienta a hablarle de manera casual, y al siguiente ya se convierten en amigo. ¿Podría ser una obsesión lo que sentía? Por que si no lo veía o no le hablaba, lo sentía lejos y lo extrañaba, como pasó en un principio.
Se quedó de pie cerca de la puerta de entrada del departamento. Miraba todo con nuevo asombro y algo de timidez. Axel, en tanto, caminaba con dificultad hacia el gran sillón de cuero blanco. Una vez ahí sentado, miró a Roxas y le hizo una seña con la cabeza para que éste se acercara aún más.
-No seas tímido. Ya habías venido antes, no puedes quedarte así. –dijo Axel mirándole algo sorprendido. –¿Aún no te acostumbras a esto?
-¿A qué? –se preguntó Roxas. Le devolvió la mirada extrañada al pelirrojo y se acercó a él con lentitud, algo perdido y desconfiado. –No sé, Axel. Siento que no encajo…
-¿No encajar? No entiendo.
-Eres un sujeto inalcanzable. Tienes mucho dinero, eres independiente, llamativo, simpático… Yo solo soy un adolescente incomprendido que no tiene nada interesante. No sé cómo puedes considerarme un amigo cuanto tienes un mundo aún más amplio que el mío.
-No se trata de eso. –dijo Axel luego de unos segundos de tenso silencio. Bajo la cabeza, arqueó las cejas y reflexionó un instante. Luego volvió a alzar la vista y a buscar en los ojos del rubio un apoyo, una estabilidad, un poco comprensión. –Da igual el dinero, da igual el mundo, lo que yo haga, lo que yo piense. Eres mi amigo y debes entender que a mí me gusta compartir contigo. ¿De qué me sirve tener un departamento lujoso y espacioso si no puedo compartirlo con mis amigos?
Axel halló en Roxas un destello, un brillo acuoso. Se asustó al verle sus ojos algo lagrimosos, y contuvo la respiración al verle tenso, inmóvil, serio y pensativo. Pero logró relajarse al verle suspirar y caminar hacia él, sentándose a su lado con algo de incomodidad.
-Tienes razón…- dijo Roxas un poco triste por la situación. –Fui un egoísta al decirte eso, jamás pensé en ti… pero es que ya no sé qué es tener un amigo de verdad. Toda mi vida he vivido inmerso en la superficialidad de las relaciones a conveniencia, y eso me ha lastimado lo suficiente como para olvidar un amigo en quien confiar.
-Tranquilo, que ya somos dos en cuanto a ese tema… -añadió Axel con la vista al frente, siguiendo con los ojos un pétalo de rosa roja que caía en zigzag con delicadeza sobre la mesa oscura. Una vez en superficie, el pelirrojo miró al rubio y luego se acomodó en el sillón, apoyándose completamente, casi hundiéndose en el cuero. Estiró el brazo derecho y rodeó a Roxas con él. El rubio se quedó quieto, pero sus piernas temblaban. No sabía qué sucedía ahora y deseaba escapar, pero algo le mantenía atado al sillón, algo le decía que debía quedarse sentado y esperar a que sucediera. Pero no, no podía.
Cuando se atrevió a mirar hacia el lado, se encontró con el rostro del pelirrojo muy cerca del suyo. Fijó los azules cristales en los labios lisos y rojos de Axel. Tragó saliva y cerró los ojos esperando a que algo sucediera, pero por fin pudo sacar fuerzas de flaqueza y levantarse.
-No, Axel. No sé que quieres, pero así no. –dijo con la voz temblorosa e intentando a que le saliera dura. Caminó precipitadamente a la puerta de entrada, la abrió y salió del departamento con apuro, pegando un portazo sin importarle absolutamente nada.
El pelirrojo se quedó sentado en el sillón viendo la escena. Por un instante sintió a su corazón campeón bailando. Vio por un instante cómo se derrumbaba la pared que le separaba del rubio, pero de pronto ésta volvió a aparecer; como el muro de Berlín que, a pesar de estar destrozado, aún sigue la historia dividiendo y espantando a los intrusos que desean entrar en aquel acorazado y frío ser sufrido y amargo.
Bueno, ahora que lo pienso, también me estoy demorando más en este fic porque los chaps son más largos. Me quiero dedicar a escribir algo un poco más profundo, por ende los capítulos son algo más tediosos, aunque soy consiente de que escribo muy simplesito. Espero haya gustado este chap, aunque el prox se viene mejor :)
Hola Kami :D!
