Uf! Al fin otro chap subido!... Ahora se pone entrete la cosa. He estado con muuuuuuuuchas tareas y pruebas, así que no tengo tiempo ni para respirar, pero ahora que se vienen las vacaciones, pues tendré más tiempo para escribir. La hago corta porque estoy colga al wifi de un amigo y me está retando porque tiene lag T_T del mal
Disc: Los personajes no son mios, propiedad de AH!1 se me olvido el nombre por la presion T_T
D: La cancion de hoy: Tears of Alice de David Lanz y Valencia del mismo...
T_T me retan D:
Tears For Roxas
No entendía absolutamente nada. ¿Por qué hizo eso? No lograba comprender la situación, el momento, las acciones, las palabras, las miradas, la respiración agitada, su aliento y el roce de sus cabellos rojos en su piel. Tan solo recuerda haber esperado un largo momento con los ojos cerrados a que un beso suyo le haya sido robado, pero a medida que pasaban los tediosos segundos, logró enfrentársele de una vez. Claro que se sintió culpable al instante de decirle que no, al momento de rechazar, sin embargo, no podía mantenerse siempre sumiso. ¿¡Pero en qué mierda estaba pensando! Agitaba su cabeza con agresividad para quitarse de la mente aquella imagen seductora de Axel, pero no dejaba de imaginar cómo hubiese sido ese dulce beso, esos bellos labios rojos que, a pesar de verse delgados, de seguro eran suaves y muy dulces. ¿Acaso cuando tragó saliva no fue más que un acto de resignación? Quizás si quería realmente que le robasen un pequeño roce en los labios, quizás deseaba algo más. El orgullo a veces puede cegarte y negarte muchas cosas en la vida, pero es que una vez más en esa situación le hacían recordad lo innombrable, lo que no debía ver y lo que tenía que olvidar a toda costa.
Hacía frío afuera. A pesar de tener una chaqueta, igual el viento helado le acariciaba poco cariñosa la nuca. Sus cabellos se movían con ésta y danzaban en el aire sin protegerle el cuello del helado otoño que se avecinaba. Caminaba algo encorvado con las manos tomadas y los hombros en alto, ocultando por completo el cuello. Tiritaba de vez en cuando, pero de pronto se incorporaba a su caminata y seguía su largo camino a casa. No traía absolutamente nada que le pudiese servir de transporte. Tampoco andaba con mucho dinero, lo suficiente como para un pasaje en metro, aunque eso sólo le sirviese para acercarse un poco a su hogar. El resto del camino debía caminarlo, o correrlo, dependiendo de su estado de ánimo. Pero no le agradaba la idea de estar solo en la tarde –casi noche- caminando a la deriva por las calles de su querido Londres. Le temía, de alguna forma, no sabe por qué, a las veredas que aún mantenían a su lado un pasaje con adoquín, y éstas estaban por montones a lo largo de su camino de regreso. De todas formas se hacía las fuerzas para continuar y eliminaba toda posibilidad de ser atacado, pues cuando más piensas en ello, más lo atraes, o así pensaba él.
Siguió, pues, su camino a casa. Demoró alrededor de 30 minutos en llegar a su calle, luego otros 5 hasta su casa y 1 minuto en abrir la puerta, intentando achuntarle al orificio de la cerradura a su suerte por la falta de luz. Cuando abrió la puerta se encontró con sus padres viendo televisión. Se acercó a ellos y se colocó detrás del sofá donde permanecían sentados.
-Como lo habrán notado, ya llegué. –dijo Roxas.
-¿Por qué tan temprano? Pensamos que estarías hasta más rato con tu amigo. –dijo la madre girándose para ver a su hijo.
-Pues no. Se oscurece muy temprano y no tenía nada para venirme más rápido, así que tuve que dejarle.- respondió el rubio algo complicado por la mentirilla que decía. No es que fuese una mentira precisamente, pero no podía llegar y expresar su malestar porque un hombre estuvo a punto de sobrepasarse y, bueno, besarle o algo más. Desvió los ojos de la mirada se su madre, posando ahora sus cristales en el techo. Paseó con la vista alrededor de la sala y miró al televisor. Al instante se hizo notorio su enfado. –Ya están viendo esa mierda de gays con mallitas. Es asqueroso. ¿Cómo se pueden exponer a eso? ¡Y encima bailan como idiotas tratando de imitar la fineza de una chica!
-No seas así, hijo. Es un deporte y si a ellos les gusta, pues es su problema. De todas formas, les pagan bastante bien. –respondió el padre. –No seas discriminador. Al menos ellos tienen la cara y hombría para salir a la pista con mallas y estar seguros de su virilidad. –añadió mirando de manera sugerente al rubio. -¿Qué crees tu, Roxas?
-Que no están seguros de su virilidad y se ponen esas mallas para anunciarle al mundo que son travestis y necesitan que les den por detrás. –respondió Roxas con agresividad. –Vean alguna otra cosa: películas, noticias, monitos animados… es más entretenido que eso. –agregó mientras dejaba a la pareja viendo la televisión.
-Te perderás a una niña muy buena. –alzó la voz la madre. –No recuerdo su nombre, pero es excelente. Además, es muy bonita y tiene tu edad. ¿Cómo te verías con ella de novia? –rió. Luego se incorporó el padre. Roxas no se volteó para ver los rostros burlones de sus padres y subió al segundo piso de la casa para ir a su habitación.
Estaba oscuro arriba. Sintió un poco de miedo al abrir la puerta de su pieza que permanecía completamente cerrada. Giró la perilla con desconfianza y abrió lentamente la tabla de madera para entrar con cierta lentitud y cuidado a su más preciado espacio personal. Antes de meter su cuerpo ahí, buscó con la mano el interruptor que encendía la luz. No tardó mucho en encontrarlo y en hacer que la habitación se alumbrara completamente. Recién ahí, entonces, entró con más calma.
Como siempre, se fue directamente a la cama, donde se lanzó y se giró para quedar boca abajo en el colchón. Apretó con fuerte la almohada que le cubría la cara y luego se levantó con fuerza, inhalando la mayor cantidad de aire posible para luego soltarlo a modo de suspiro. No sabía que le impulsaba a hacerlo, pero ahora, cada vez que entraba a su habitación y se sentaba en su cama, recorría todo el lugar con los ojos. Y, como ya era de esperar, volvió a posarlos sobre aquel objeto cubierto en un rincón oscuro y olvidado. Pero ésta vez no se quedaría de brazos cruzados pensando en lo que podría ocultar aquella sábana, por lo que se levantó con lentitud y caminó hacia el objeto oculto con cierta curiosidad. Se hacía creer a él mismo que nunca en su vida había visto cosa semejante, a pesar de haberle pertenecido hace ya unos años atrás. Era como una fuerza repelente o una muralla enorme de acero la que le separaba de aquella cosa detestable y a la vez hermosamente secreta. La apreciaba como un recuerdo muy pasado y casi olvidado. Casi, porque si lo hubiese desechado completamente, quizás, no estaría recordando y pasando por sus ojos cada una de esas asquerosas y tristes imágenes del pasado que, en algún momento, le significaron un gran trauma. Sin embargo, tampoco es que el quisiera desecharlo por completo. Aún hay algo que desea mantener latente en su corazón, no en su mente. Pero lo recuerda y lo vuele a sentir con recelo.
A medida que acercaba su mano derecha y la posaba sobre la sábana, aquel miembro entre sus piernas comenzaba a levantarse por la excitación que le producía quitarse esa curiosidad y, además, sentir –en su imaginación- el roce de las manos de aquel ente oscuro y borroso pasando por sus jóvenes piernas. ¡Qué demonios! No podía creer que sus latidos del corazón estuviesen aumentando cada vez más.
-Lo mismo sentí ahora, cuando Axel casi se me tira encima…-reflexionó Roxas para sí. No podía explicárselo, pero sabía que pronto encontraría una respuesta para eso.
Para no seguir con aquella sensación media extraña e incómoda, cerró de los ojos con fuerza, apretó la sabana y la lanzó lejos, dejando ver un hermoso órgano eléctrico. Marca Yamaha, por lo menos 4 escalas de Do a Do, de un brillante color negro, casi como nuevo. Teclas blancas y relucientes, como si las hubiese estado limpiando cada día de la semana, a cada instante. Parecía nuevo, pero ya tenía sus años sin uso. Lo mantenía ahí para juntar polvo y aumentar su colección de suciedad, pero no para, al menos, tocar una pequeña melodía básica como la novicia rebelde, típica.
Soltó la sabana y se mantuvo rígido frente al instrumento. Deseó tocarlo y sentir sus dedos resbalando por las blancas y relucientes teclas, pero se contuvo y volvió a ocultarlo bajo esa manta oscura. Retornó a su cama y ahí decidió quedarse boca arriba, pensativo. Sus ojos no estaban lo suficientemente abierto, parecían cansados. Aún era temprano, alrededor de las siete. El viento soplaba con fuerza afuera, ahora corría con más velocidad y crudeza que hace un par de horas. No desearía salir en este momento para congelarse.
De pronto, un escalofrío le invadió y recorrió toda la espalda, lo que le hizo perder momentáneamente el control de su cuerpo y saltar por aquella extraña sensación de frío y cosquillas a la vez. Se retorció en su cama y luego rió sin razón alguna como un idiota. Volvió a esconder su rostro en la almohada que descansaba a su lado y sonrió. Sintió su rostro ardiendo y se llevó las manos a las mejillas para comprobar qué tan caluroso estaba. Corrió al baño para ver qué sucedía y se encontró completamente enrojecido. ¿Por qué? Su cuerpo no estaba para nada mal. Tampoco estaba enfermo o algo por el estilo. ¿Entonces, qué sucedía con él? Y volvió a encontrar miles de imágenes en su cabeza que le atormentaban. No quería recordarlo ¿Por qué ahora? No quería y tampoco debía. Era algo ya del pasado pero…
Al fin amaneció. Pero aún era domingo y no había absolutamente nada que hacer. Generalmente los domingos son días aburridos: estas solo en casa con tus padres que no hacen más que dormir, comer y ver televisión. Los que podrían estar saliendo con Roxas de seguro se la pasan holgazaneando o mirando chicas, lo cual al rubio no le interesa –no es tan necesitado, piensa él-. Y como no tenía nada más que hacer, ni siquiera estudiar para el colegio, entonces se dedicó a… la verdad es que a nada, no tenía la suficiente imaginación como para ingeniárselas en algo. Es más, por él se hubiese quedado en cama todo el día vegetando por la pura idea de no pensar en el qué hacer, pero le obligaron a salir de ahí y tomarse una ducha, vestirse y permanecer en pie en caso de "emergencia" (más bien la llegada de visitas inesperadas). Y es claro que a Roxas le desagrada aquella idea, así que no hizo nada mejor que encerrarse en su habitación con algo para comer y una botella de coca cola de un litro para él.
Se sentó en la silla de su escritorio y encendió su computador con la idea de que se entretendría por ahí. El Internet a veces salva bastante, pero no era el caso de éste rubio adolescente cambiante. Con tan solo abrir la ventanilla de Internet se sintió completamente fuera de lugar, especialmente cuando la página de inicio es de una tienda deportiva con las mejores patinetas.
-¡Eso ya no me interesa! –replicó Roxas contra el aparato. Pasó sus manos por la frente y luego se dispuso a escribir alguna cosa, pero no hacía más que mover los dedos como estúpido. No sabía qué poner ahí, qué revisar, qué hacer, estaba molesto de tanta ansiedad insaciable, y de vez en cuando miraba aquel rincón en el que se encontraba el teclado, pero se volvía de inmediato, rechazando toda idea de volver a tocarlo.
¡Ah! Pero la simple idea de acariciar las teclas una vez más le producía un dolor en el estómago que le golpeaba con fuerza. ¡Maldición, Roxas, vuelve a tocar tu maldito teclado otra vez! Ha estado esperando tanto tiempo a que su inspiración volviera y ahora que por fin llega no hace más que negarse.
Se levantó con decisión, se acercó al teclado y le quitó la sábana bruscamente. Tenía el ceño fruncido y los dientes apretados con fuerza. Una vez la sábana estaba en el suelo, Roxas tomó el órgano y se lo llevó hasta su cama. Luego fue en busca del atril y lo dejó junto a su colchón. Volvió a posar el teclado en el atril y metió el interruptor en el enchufe, dándole la energía necesaria para volver a tocar.
Estaba él frente al teclado sin saber qué hacer. Mantuvo sus manos sobre las teclas, estaban temblando. Miraba cada una de las notas y al pasar de escala respiraba profundamente. Finalmente se decidió por encender el aparato y comenzar a tocar.
Cerró los ojos y dejó deslizar sus manos con suavidad por cada tonalidad. Sus dedos se movían con rapidez y precisión a la vez. No se perdía absolutamente ninguna nota, ni tampoco tocaba una de más. Lo hacía con tanta certeza que parecía ser demasiado fácil, pero ni los mismos ojos del más fiel espectador podrían descifrar ni predecir el movimiento de las manos del rubio. Y, aún cuando él se estuviese moviendo con la mayor fuerza posible, su música no era ninguna otra cosa más que calma y armonía.
Valencia de David Lanz, una obra maestra. Roxas tenía a sus favoritos, pero de todos, su mayor exponente siempre fue él, Lanz. Lo clásico nunca fue tan motivador como algo más contemporáneo, a pesar de que igual se le considera dentro de la clasificación clásica. De todas formas no le importaba, Roxas sólo tocaba lo que su corazón dictaba, y ahora, explotando al fin toda esa emoción reprimida después de cuatro años, deleitaba sus propios oídos con Valencia. Contenía la respiración al momento de tocar una y otra vez la misma escala, y luego un bajo, y continuar más aún con la escala para acompañarla de una melodía, y seguir con la escala.
Cuando por fin terminó con la melodía ejecutada de manera perfecta, gritó de la emoción y se tiró a la cama con los brazos extendidos. Respiraba agitado, como si hubiese corrido toda una maratón. Se reía con alegría, estaba satisfecho; aún no había perdido ese toque, ese talento, esa hermosa habilidad. Estaba tan feliz, que no dejaba de reírse solo. En algún momento subieron las escaleras sus padres. Éstos le miraron completamente extrañados, pero al darse cuenta de que había utilizado su instrumento musical nuevamente, se alegraron también.
-¿Cómo es que volviste a toca? –preguntó la mamá emocionada. Se le caían las lágrimas de la emoción.
-Escuchamos un piano, pero jamás pensamos que serías tú. –añadió el padre con igual agitación. –No has perdido para nada tu talento. Hijo, te felicito.
-No es nada, en serio. No sé qué me pasó. –respondió Roxas avergonzado. –Simplemente quise tocar de nuevo y, ahí me ven.
Los padres de Roxas se miraron mutuamente y sonrieron. Ella abrazó a Roxas y le besó la frente. Él le dio un golpecito en el hombro y acarició su cabeza, despeinando su cabello. Luego se alejaron y se mantuvieron en el umbral de la puerta.
-Estamos orgullosos de ti, hijo. Jamás pensamos que lo harías nuevamente.
-No se emocionen tanto. Es sólo por esta vez. Quizás mañana no quiera volver a tocar jamás.-dijo Roxas acomodándose en la cama para seguir tocando.
-Descuida, hijo. Con verte una vez más ya somos felices. Hacía tiempo que no nos alegrabas con tu música. ¿Por qué lo habrás dejado antes? –añadió el padre dejando la habitación del rubio.
-Dejaré la puerta abierta.
-No, madre. Ciérrala, por favor. Estoy trabajando en algo y no quiero que nadie escuche aún.
-De acuerdo. –La mujer le guiñó un ojo y cerró la puerta.
Comenzó con una nueva melodía. Esta vez se detenía a cada instante. Cuando una nota no le sonaba, Roxas se rascaba la cabeza buscando una explicación, pero no había tal respuesta, así que continuaba repitiendo una y otra vez la misma parte. De vez en cuando dejaba que sus manos se desplazaran solas por el teclado, y si algo le gustaba, entonces lo repetí para que no se le olvidara. Pero la memoria es frágil… muy frágil. Roxas se levantó, entonces, y buscó en su closet un cuadernillo. Buscó y buscó, lanzando cuadernos, soltando hojas y dejándolas volar por los aires, hasta encontrar un pentagrama o pauta de 5 líneas horizontales. Estaba viejo, bastante usado, pero aún así en buen estado. Se lo llevó al lugar en el que se encontraba tocando y ahí lo dejó mientras buscaba un lápiz. Ya cuando hubo encontrado todo lo necesario, volvió a sentarse en su lugar y abrió el cuaderno. Sostuvo con la mano derecha el lápiz, mientras que con la izquierda cambiaba de página. ¡Tantas manchas negras escritas! Tenía toda una gran composición en aquel cuadernillo. Pero aún quedaban unas pocas hojas amarillentas en blanco, sin nada escrito. Entonces, repitió aquella melodía que había compuesto y pasó su escritura al papel.
Repetía constante la melodía para convencerse de que estuviese acorde a lo que tenía en mente y sonara en armonía. Y continuaba lanzando escalas, acordes, secuencia de notas y melodías sin mayor cuerpo, pero perseveraba. Todo lo que hacía le servía. Todo era parte de esta gran obra que ahora se largaba a escribir, pero que aún no tenía una columna vertebral que la sostuviera.
Se pasó absolutamente todo el día aislado tocando el órgano eléctrico. En ningún momento se distrajo, salvo para comer e ir al baño, pero se mantuvo cien por ciento atento a todos sus movimientos, suave desliz. Y como era de esperarse, terminó agotado de tanta concentración y ceño fruncido por el análisis u orden de sus partituras.
Vio la hora y decidió terminar ya con su sesión musical. Eran pasadas las diez de la noche y al día siguiente tenía clases nuevamente, por lo que debía de acostarse ahora para poder estar bien despierto al día siguiente. Entonces se levantó de la cama y volvió a dejar su teclado donde se encontraba. Recogió la sábana que había dejado tirada desde un comienzo y cubrió su instrumento nuevamente, ahora con sumo cuidado, preocupación e incluso algo de cariño. Ordenó los papeles y cuadernos que había dejado en el suelo para despejar el camino. Luego dejó la pauta musical y el lápiz que había estado usando sobre su escritorio. Se colocó el pijama, abrió su cama, salió a lavarse los dientes, y cuando volvió se encontró con una llamada perdida en su teléfono celular. Con una mueca de despreció lanzó lejos el celular y se metió a la cama, dejando sólo afuera su cabecita y los ojos. Miró a su alrededor y recordó apagar las luces. Se dispuso a levantarse nuevamente para apagar las luces, pero algo le aterró: la idea de que alguien se encontrara bajo su cama y le tomara los pies cuando vaya a acostarse… miedo de niño chico que volvió a manifestarse en él. Pero ya era un hombre, o algo así, así que debía hacerlo. No había razón para que alguien se encontrara debajo de su cama. Después de todo, había estado todo el día ahí encerrado y jamás vio a alguien o algo entrar a su habitación, ni a sus padres.
Tuvo que guardar fuerzas para poder levantarse con algo de temor. Corrió hasta el otro lado de la habitación para apagar la luz, y se devolvió de igual forma a la cama, pegando un saltito antes de llegar al borde de ésta para evitar que alguien le tomase. Producto de la adrenalina el corazón se sobresaltó, pero de a poco fue calmándose hasta cerrar sus bellos cristales azules y quedarse completamente dormido.
Un deseo le invadía completamente. Algo le hacía estar intranquilo, y no sabía el qué o el porqué. Se despertó algo asustado, pero de pronto se incorporó y pudo calmarse. Se quedó con los ojos abiertos un largo tiempo mirando al techo, aún recostado. Eran las cuatro treinta y siete de la madrugada y se había despertado producto de un mal sueño… o alguna inquietud que desconocía. Entonces algo le impulsó a tomar el lápiz y cuadernillo que había dejado sobre el escritorio. Movió sus cortinas para que entrara la luz de la calle o de la luna y se dispuso a escribir algo en hoja nueva. Eran distintas manchas negras en un extraño orden: unas sobre las líneas del pentagrama y otras entremedio, algunas incluso sobre, por lo que Roxas inventaba otras rayitas horizontales.
Y escribía y escribía sin detenerse. Una brillante idea se le había venido a la cabeza y no debía perderla por nada. Tenía que plasmarla en el papel y probarla cuando tenga más tiempo, pero para que no se le olvidara, debía, casi como una obligación, guardarla en algo tangible y confiable, algo que no fuese la mente, la imaginación, una vaga imagen que después pasa a la historia de los no recordados.
Cuando ya se le hubo perdido la idea, volvió a dejar sus materiales sobre el escritorio. Se recostó en su cama pensativo y nuevamente cerró los ojos para dormir.
¡Qué noche más terrible aquella! Durmió poco y además mal. Se levantó a la mitad y no pudo dormirse de nuevo hasta que el reloj marcó las cinco con diez minutos, lo cual significaba bastante tiempo para él que cuenta con las horas mínimas (y seguidas) de sueño para un adolescente. Y de pronto llegó el día y tuvo que levantarse rápidamente para ir a la escuela. Se vistió y tomó desayuno, uno bastante bueno y reparador para la noche que tuvo. Buscó su mochila, guardó el pentagrama en ella y luego bajó las escaleras corriendo, repasando en su mente cada una de las asignaturas que le tocaban el día de hoy. Llegó al antejardín y no encontró ninguno de sus transportes. Se dio la vuelta a la casa y llegó al patio trasero, donde se encontraba una pequeña casita de madera. Entró ahí y encontró todas sus cosas. –Mamá…-pensó el rubio algo molesto, y comenzó a buscar lo que le serviría para desplazarse más rápido.
Por una extraña razón no quiso tomar su patineta ni bicicleta: esta vez quiso ir en patines. Buscó las rodilleras, coderas y casco y se los puso de manera torpe. Luego se sentó en el suelo y se colocó los patines. Se levantó con dificultad y mantuvo un instante el equilibrio. Colgó sus zapatillas en la mochila y se dirigió por el pasto hasta la calle por la que iría a la escuela. Cuando llegó a la superficie lisa, las rueditas de los patines comenzaron a girar solas por la pendiente. El rubio se dejó llevar por aquel impulso y siguió el camino con cierta gracia y aire triunfador.
Se impulsaba de vez en cuando para agarrar más velocidad. En las luces rojas se detenía frenando de lado, creyéndose un profesional, tal cual se hace en el patinaje sobre hielo. Saltaba de vez en cuando y en otras ocasiones se lanzaba por barandillas de escaleras para hacer equilibrio. Jamás se cayó.
Llegó a la escuela a tiempo. Se encontró con los sujetos que antes eran sus amigos y les saludó por simple respeto y educación. Luego se sentó en las escaleras de entrada y se quitó los patines para ponerse nuevamente sus zapatillas. Guardó las coderas y rodilleras en la mochila y se soltó el casco. Sonó la campana de entrada a clases y se apresuró en tomar sus cosas.
De pronto, una impresión. Miró a su alrededor algo alterado mientras los últimos estudiantes que iban llegando tarde corrían a sus salones. Buscó algo, no sabía qué. Se giró en su mismo eje y no logró encontrar nada. Iba llegando tarde y aún debía guardar algunas cosas en su casillero. Debía correr y eso hizo, dejando atrás cualquier cosa extraña que le haya llamado la atención. Mientras corría por los pasillos escuchó el motor potente de un auto. Se volteó para verlo, pero ya se había ido. Entonces, siguió corriendo hacia su salón.
Durante las clases estuvo bastante perdido, desconcentrado. Había entendido algunas cosas, pero se aburría con facilidad. En esos casos, antes, sacaba un cuaderno donde escribir técnicas y rutinas de patineta, BMX y otros deportes sobre ruedas. Pero ahora era diferente: sacó su pauta y leyó cada una de las notas que había escrito en la madrugada. Repasó en su mente la supuesta tonalidad en las que la quería, moviendo su dedo para marcar el tiempo del compás. Por atrás, aquellos que le acompañaban en las maldades y patines, se miraban atónitos.
-¿Qué sucede con él? –susurró uno a su compañero de banco.
-Ni idea, pero algo anda mal con el sujeto. Nos ignora, nos está evitando. –respondió el otro.
-Algo debe de haberle pasado. De ser un nerd, pasó a convertirse en un tipo genial y estiloso…
-Y ahora es un nerd nuevamente.
-Parece que le gusta al idiota. –rieron los dos.
-De todas formas, era el mejor en patineta y BMX. Más encima ahora empieza con los patines… de seguro es bueno con ellos también. No me extrañaría viéndole hacer unas piruetas.
-Ja, imposible. Especialmente si ves lo que está haciendo ahora.
-¿Música? ¿Desde cuando?
-Siempre dijo que la aborrecía.
-Da igual, es un imbécil por no seguir con nosotros. ¿Volverá a ser presa para nosotros?
-¿Quieres molestar al pobre idiota? Si es así, estoy contigo. –volvieron a reír, ahora menos discretos.
A la salida, Roxas esperó a que todos se fueran, o casi todos. Fue en busca de tus patines y protecciones y salió del recinto para colocárselas en las escaleras, afuera, con toda calma. Pero nuevamente se sintió incómodo, observado, y se volteó para ver quién se encontraba detrás. Y no era nada más ni nada menos que la parejita de amigos que tenía antes.
-Ah, son ustedes. Hola… -dijo el rubio volteándose y continuando con su equipamiento. Los ignoró lo más notoriamente posible, lo cual enfureció a los otros dos.
-No creas que somos tontos, Roxas. ¿Crees que podrás ignorarnos así de fácil?
-¿Qué sucede contigo, amigo?
-Nada, solo estoy colocándome mis patines con calma. –respondió el rubio sin mirarles, completamente tranquilo.
-Me enoja tu forma de ser… Te convertiste en un asqueroso nerd. –alegó el que estaba a la derecha del rubio. –Ya no podemos mezclarnos contigo, nuestra reputación se verá afectada…
-Entonces no lo hagan y déjenme tranquilo. –Roxas permanecía tranquilo. No se iba a agitar por la conducta de estos tipos superficiales, aunque sabía que tarde o temprano le harían daño. Sin embargo, es mejor dejarlo pasar e ignorarlos… Esa es la mejor arma.
-¡Me harté de ti! ¡Se hombre y enfréntanos! –el que se encontraba a la izquierda se descontroló. Bajó las escaleras de la entrada y se colocó en frente de Roxas. Mostró su puño al rubio, quien no prestó atención, y luego le tomó del cuello, levantando su cuerpo. De inmediato se integró el otro bravucón, mostrando dos puños y apuntando uno a su nariz. -¿Crees que por haber sido parte de nosotros te salvarás de ésta? Nos dejaste en vergüenza, y eso no lo pasaremos por alto.
Roxas, asumiendo su posición, cerró los ojos con fuerza y ladeó su cabeza otorgando su mejilla para que le golpearan. No tenía miedo, simplemente no le interesaba. No quería pertenecer a una jerarquía, pero ya que se lo habían impuesto, no le quedaba otra opción más que asumirse. Por ende, tampoco intentó librarse o defenderse. No quería violencia, no la necesitaba para nada. Sabía que esta situación acabaría de alguna forma, obviamente beneficiosa para él.
Esperó entonces a ser golpeado, pero sintió como poco a poco su cuerpo fue dejado con cuidado en el suelo. Abrió con lentitud ambos ojos y se encontró con una larga y delgada sombra que solo le cubría una mitad del rostro.
-Continúen, por mí está bien…-dijo el sujeto desconocido.
Los dos abusivos se miraron buscando en el otro alguna respuesta rápida. Como si se hubiesen puesto de acuerdo con la mirada, ambos miraron a Roxas con el ceño fruncido, le mostraron los dedos del medio de sus manos y se fueron corriendo en la misma dirección. Roxas, sentado en el suelo –completamente indefenso como un cachorro-, alzó la vista para descubrir quién era su "salvador"; su expresión no fue la mejor cuando descubrió que éste era Axel.
-¿Qué quieres? –le preguntó Roxas con frialdad, volviendo a retomar su actividad anterior.
-Tenemos que hablar… -respondió Axel.
-No tengo nada que hablar contigo, Axel. No vengas a perder el tiempo. –bajó la vista y notó el yeso en la pierna del pelirrojo. -…especialmente si está con una lesión en tu pierna.
-Eso da igual, puedo moverme.
-No puedes obligarme a conversar. No lo lograrás, aún cuando quieras causarme lástima con tu pierna. –Roxas se mantuvo frío.
-No vine a causarte lástima…-respondió el pelirrojo algo dolido.
-Entonces vete.
-No. Tienes que venir conmigo.
-¡No lo haré! –gritó Roxas tomando sus cosas y parándose para irse. –¡Deja de agobiarme! –añadió y se fue patinando, abandonando al pelirrojo.
-¿Por qué me busca? ¿Qué quiere de mí este sujeto? –se preguntó Roxas mientras se deslizaba por el cemento. –¡Me asusta! Es demasiado misterioso, no se nada de él. ¿Cómo es que apareció? ¡Arg! Lo odio, pero… -Cerró los ojos, agitó su cabeza y luego volvió a concentrarse en su camino y los obstáculos que se interponían por delante. –Es extraño como mi corazón late con fuerza cuando lo recuerdo… a él, no a éste, sino que a él. ¡Ni yo me entiendo! ¿A quién me refiero ahora? Se me vienen los recuerdos a la cabeza, pero también están los suyos de ahora que… no sé. Me rindo.
Luego de tanta reflexión, Roxas logró llegar a su casa. Entró y subió las escaleras sin quitarse los patines. Recién cuando llegó a su habitación recordó que debía hacerlo, y los tiró lejos, casi con odio. Tomó la almohada de su cama y la presionó con ira, luego tapó su cara con ésta y gritó. Tiró también la almohada y se recostó en su cama, rodando sobre ésta.
De inmediato recordó que tenía una tarea pendiente, la cual no dejaría escapar. Volvió a levantarse, mareándose levemente, y caminó algo embriagado hasta donde se encontraba su teclado. Se lo llevó a la cama y ahí se sentó. Buscó en su mochila el pentagrama y comenzó a leer sus anotaciones musicales previamente escritas.
Se mantuvo así hasta que llegaron sus padres. Bajó a cenar con ellos y luego volvió a encerrarse en su mundo de melodías. Estaba completamente lejos de su entorno, enajenado a todo lo que le rodeaba. En sí no había más que notas musicales que se unían a fuertes sentimientos que no podía explicar. Comenzaba a llorar completamente compungido y no sabía porqué. Solo le ahogaba un sentimiento de tristeza, casi de nostalgia, pero que a su vez le significaban un trauma, una herida del pasado que aún se mantenía, y que ahora, con aquel nuevo intruso, volvía a florecer. Entonces, sin darse cuenta, había terminado su composición.
