Bueno, por fin terminé este chap, aunque es bastante cortito. Recomiendo a las lectoras andar con un pañuelito a mano y alejar las escopetas y antorchas de mí D:!
Se terminan las vacaciones y recién ahora me dieron ganas de escribir xD Pues varias cosas antes: Primero, debo avisar que hay algo de lemon, osea no sé, el tema es que es mi primera vez haciéndolo, por lo que si está malo entenderé y les daré la razón xDD. Segundo, tiene varios saltos de escenas y de tiempos, por lo que espero no se enreden, aunque están avisados por cada separación que hago con el famoso "*****"
DISC: Roxas y Axel no me pertenecen. Propiedad de Tetsuya Nomura :)
OC: debo decir que aparece este sujeto nuevo en la historia, bastante trascendental. Andaba corta de nombre y un amigo me dijo que le pusiera así "charlie"... lástima que ahora lo leo y recuerdo a un unicornio afeminado con voz de macho.
Música del chap: Dirge for the XIV de Yoko Shimomura. Melodía de KH 358/2 days, momento de tensión en la historia.
Espero les guste :)
Dirge for the Master
Llevaba años practicando, casi tantos años como los de su edad actual. Era un niño talentoso, y en él habían incubado aquel gusto y habilidad excepcional en la música. Sólo pensaba en ello, día y noche, y era lo único que le motivaba a despertar cada mañana.
El piano era un elemento con gran significado en su vida personal; canalizaba cada una de sus emociones y las llevaba a las teclas, interpretando con perfección cada composición, inclusive la de los más grandes. Gracias a ésta habilidad, había desarrollado un nivel de disciplina que para su edad era casi como ver a un adulto. Tenía un respeto inigualable hacia todo lo que le rodeaba y era cuidadoso con cada objeto que se encontrara en su entorno.
Quizás un niño soñado, el hijo que todos quieren, pero todo tiene una razón de ser…
-Excelente, Roxas. Cada vez mejoras más. –dijo el hombre que permanecía al lado del pequeño rubio.
-Pero aún no soy excelente. –respondió el Rubio. –Necesito practicar aún más.
-Tenemos práctica tres veces a la semana, ¿no te basta con eso?
-No… siento que aún me falta mucho.
-Eres un niño, casi adolescente. Deberías intentar relajarte un poco y comenzar a disfrutar más de tu juventud. –dijo el hombre posando su mano sobre el hombro de Roxas.
-No lo sé, Charlie… quisiera poder llegar a ser perfecto…-añadió el rubio algo desanimado.
Charlie es un hombre alto de cuerpo robusto. No es gordo, tampoco tiene panza, sino más bien un cuerpo de huesos anchos y grandes músculos. Sus manos son acordes a su cuerpo: palma grande y dedos alargados, capaz de tomar una pelota de basketball con una de ellas. Sin embargo, su piel era suave y delicada. En su rostro reflejaba una inmensa amabilidad; Sus cejas eran delgadas, nariz no muy recta, labios delgados y de un tono rosado pastel. Sus ojos eran rasgados y pequeños con largas pestañas. Su color, profundo café, casi negro, absorbentes. Y su cabello, hermoso, liso, brillante castaño. Era el profesor de piando de Roxas, le había estado enseñando desde sus inicios, ya hace unos ocho años, por lo que la relación entre ellos ya era de mucha confianza, casi de padre e hijo. Y ambos se estimaban lo suficiente como para decir que se querían.
Aquella tarde de práctica Roxas estuvo ensayando una pequeña pieza de Lanz, su compositor favorito. Repasó Valencia, Behind the Waterfall, Christofori's Dream, entre otros, y todos con la mayor perfección posible. Pero se sentía vacío, como si algo le faltara en lo más profundo. Desde pequeño, el piano había sido su mayor desahogo, pero en este preciso momento no sentía aquello. Quizás rellenar por un instante con el violín podría saciarle, pero no era a lo que venía hoy su profesor.
-Te veo bastante complicado. ¿Sucede algo, Roxas? –preguntó entonces Charlie al verle bastante acomplejado.
-No me siento bien tocando esto nada más…-respondió el rubio sin desviar sus ojos de las blancas teclas, un maldito Do mayor que no sonaba para nada bien.
-¿Practicamos con el violín?
-¡No! –volvió a responder Roxas sin moverse, ahora con un poco de enojo que antes. –Debo arreglar esto. No sé que me pasar, pero esto no me llena como antes.
-Quizás es porque estás creciendo y ya comienzas a perder el gusto por la música. –añadió el hombre para calmar un poco la ira de su pupilo.
-¡De eso nada! ¿Dejar la música? ¿¡Cómo se te ocurre decir algo como eso! –le gritó Roxas en la cara con la mayor desesperación. Se levantó y apoyó sus manos en el teclado, dejando que éste sonara estridentemente con los acordes desafinados, algo más ruidoso que melódico. -¿Cómo…? –Roxas caminó de un lado a otro, como queriendo entender a lo que su profesor se refería. El otro, en tanto, sólo le miraba. No se dirigieron más la palabra.
Entonces comenzó una melodía algo desesperada, rápida, confusa, pero a la vez hermosa, llena de sentimiento. Charlie movía sus dedos con gran velocidad, no se detenía en ningún instante. Primero un forte, luego un leve piano, stacatto, y volvía al forte para darle énfasis a la escala. Se mantenía con los ojos cerrados, a veces blandía la cabeza y sus cabellos sobre su frente bailaban al son de la música. Y continuaba moviendo sus dedos a gran velocidad.
Pronto aquella melodía logró cautivar los oídos de Roxas, calmándole completamente. El rubio, atónito por lo que escuchaba y ahora miraba, se acercó a su profesor y se sentó a su lado. Miraba con sus inocentes ojos muy abiertos cómo aquel hombre fornido se dejaba llevar por algo más que inspiración. Era como si cuerdas invisibles le moviesen, ya que no podía creer tal destreza. Pero era cierta, magnífica, incuestionable. El talento el cual quería superar se encontraba justo a su lado y no quería aceptarlo. ¿Alguien puede ser mejor que él? Y la respuesta era él mismo, pero no se le ocurrió buscar en su interior aquellas simples letras que conformaban la palabra "yo".
-Es hermoso…- salieron las palabras de los labios del rubio. No pudo contenerlo ni un instante más.
-¿Te gusta? –preguntó Charlie deteniendo sus dedos poco a poco, con un sutil piano, algo así como un fade out. –Logró calmarte. –sonrió.
-Lo siento, Charlie. No debí comportarme así… -se disculpó el rubio algo arrepentido. Bajó su cabeza y miró al suelo con las cejas arqueadas.
-Descuida. Es normal que te comportes así ahora. Estás creciendo, te transformas en un hombre, aunque aún te falta mucho para eso. Tómate tu tiempo y disfruta como un niño aún. Esa inocencia tuya que se esconde tras tus ojos es hermosa. –dijo con una suave voz, casi como un susurro. Miró al rubio y con su mano derecha levantó el rostro de éste para encontrarse con sus azules ojos. Le miró fijamente por un segundo. Sintió como algo le impulsaba a continuar con el ataque. Algo muerto entre sus piernas comenzaba a enderezarse, pero eso no debía notarlo él aún.
A su vez, un cosquilleo en el estómago incomodaba a Roxas. "¿Qué mierda estoy sintiendo ahora?" se preguntaba mientras desviaba la mirada y fijaba sus ojos en un punto algo movedizo que no dejaba de llamarle la atención. Por debajo de sus brazos notó aquel miembro de gran tamaño que poco a poco se hacía notar. Esto le asustó en gran parte, por lo que más cosquillas le invadieron el cuerpo, pero logró calmarse y actuar de una forma más madura de lo que se le esperaba, algo reservado y superficial; Se levantó diciendo con suavidad un simple "permiso" y dejó la habitación, cerrando la puerta detrás de él para no sentir que lo siguieran con la mirada a través del pasillo de la casa.
Se encerró por un largo tiempo en el baño. Se lavó la cara con agua fría y se miró en el espejo, buscando en sí alguna señal o respuesta a lo sucedido para entenderlo mejor. Aún era un niño, le faltaba mucho por madurar y cosas por descubrir y entender, la cuales no tenía ningún interés… o simplemente no debía saber. No salió de inmediato, tampoco se dedicó a orinar después de lavarse la cara. Tan solo se quedó esperando, a nada en especial, solo ahí, quieto, perdido por un instante en el espacio.
Por fin se decidió a abrir la puerta y a salir. Primero movió la manilla y se apoyó en la tabla de madera, intentando ver por el pequeño espacio entreabierto que había dejado. Cuando no vio nada extraño o sobresaliente se dejó ver completamente. Sacó su persona fuera de aquella pequeña y fría habitación y caminó de regreso al estudio donde se encontraba su hermoso piano de cola negro. Los rayos de luz del atardecer que entraban por la ventana a través de los vidrios le cegaron un poco, haciéndole difícil la tarea de ver hacia el frente. Ya acostumbrado a la luz, buscó a su alrededor al hombre que llamaba maestro, pero éste no apareció. Su corazón latió con fuerza cuando se imaginó aquella figura amable –que ahora veía como algo monstruoso y sediento- detrás de él, sobresaltándose luego de girar bruscamente en su mismo eje para cubrirse las espaldas, pero tampoco halló ahí atrás algo parecido a un hombre. Buscó entonces sus pertenencias que siempre dejaba en un sillón junto al piano, pero tampoco logró encontrarlas. Como último recurso: su mamá.
-Madre, ¿has visto a Charlie? –preguntó Roxas alzando la voz para que la mujer le escuchara.
-Salió hace un par de minutos… -respondió ella desde el pasillo, acercándose a la sala. -¿No le has visto salir?
-Estaba en el baño… Se fue sin despedir. –dijo con voz apagada, cabeza gacha, algo preocupado, pero de todas formas aliviado. ¿Por qué? No sabía para nada. -¿No dijo nada antes de irse?
-Tan solo que siguieras con tus prácticas. Y que continuaras mejor con el violín, al parecer el piano te está aburriendo ¿O no, hijo? –preguntó ahora la madre. Se acercó a Roxas, deteniéndose frente a él y acercando sus manos a la cabeza del niño para acariciarle. Movió sus dedos entre la cabellera, bajando hasta el cuello. Roxas, mientras, cerraba sus ojos y se relajaba. Jamás se había sentido tan protegido. Esto sólo sucede con su madre y ahora entendía que eso necesitó en el instante en que Charlie se le insinuó.
Cayó la noche y Roxas debía prepararse para ir a la escuela. Ese lugar para él también era seguro, a pesar de que estuviesen algunos niños antipáticos que le molestaran. Prefería ser burlado a algo más. Él sabía exactamente lo que sucedía, pero no quería admitirlo, mucho menos decirlo. ¿Amor? No era eso exactamente. Quizás sentía un cariño hacia su profesor, algo así como una admiración, y se podía hablar de amor si entre ellos existía la misma pasión: la música. Pero no, de eso otro nada. ¿Sería que Charlie lo sentía de esa forma? Le resultaba completamente extraño. La edad ya era un problema, pero… ambos son hombres. Es decir, esas cosas no suceden… ¿o si?
No pudo dormir con calma esa noche. Es más, no durmió absolutamente nada por la inquietud que en él había despertado. ¿¡Pero qué demonios estaba sintiendo! Esas cosquillas en el estómago no son cualquier cosa. Las únicas veces que alguien siente eso –según los libros y comentarios de las chicas de su clase- es cuando te estás enamorando. ¿Enamorando de quién? ¿De Charlie? ¡ja! Eso no sucede ni en bromas.
Y pasó la noche en vela intentando justificar lo que su joven estómago pretendía decir, mas no lo escuchó. Ya en la mañana se levantó como un zombie con nuevas ojeras que delataban su cansancio. Se duchó con agua fría para intentar despertar de aquel sombrío sentir, pero nada le ayudó a mejorar su estado de ánimo. No es que estuviese enojado, tan sólo le molestaba el hecho de haberse quedado despierto durante unas largas horas de supuesto descanso pensando en aquel sujeto y en cómo se verían si fuesen, de alguna forma u otra, una tierna parejita homosexual. Pero esa idea le cargaba, ya que de igual forma detestaba a aquellos seres de dudosa sexualidad, comenzando por los patinadores que, desde entonces, mostraba un gran rechazo hacia ellos y sus mallitas de colores brillantes.
Al salir de casa nadie lo notó. Cuando caminó por las concurridas calles hacia la escuela, nadie le miró. Nadie, porque no se encontraba ni siquiera una sombra, un respiro, un aire por las calles. Pensó que había salido tarde y se apresuró a llegar antes de la campanada de entrada, y corrió sin ninguna recompensa, ya que su institución se encontraba completamente cerrada.
-¡Diablos! –gritó y se llevó las manos a la cabeza, afirmándose los cabellos. -¡Hoy no hay escuela!
-Claro que no, si estás de vacaciones, pequeño. –dijo una voz detrás de él.
Roxas se volteó a mirar quien le hablaba. Era el conserje, un viejo arrugado y encorvado que siempre limpiaba los pasillos y baños del colegio. –Se me olvidó… -respondió el rubio avergonzado.
-No eres el único. Siempre llegan otros con el mismo problema… chiquillos olvidadizos, nunca prestan atención a nada. –reclamó el anciano.
-Eh… bueno. Lo veo en dos semanas después… -añadió Roxas alejándose lentamente de la escuela.
-¡Disfruta tus vacaciones!
Avergonzado y molesto por lo que había pasado, Roxas volvió a casa cabizbajo. A paso muy lento retomó el camino de regreso. A veces seguía el ritmo del compás de la música que tocaba, otras veces se detenía a tararear la melodía. Luego intentó seguir el ritmo de aquella composición que su maestro le había mostrado ayer, pero era tan confusa que no logró mucho. Entonces, no pudo evitarlo, le recordó. Frente a sus ojos pasaron las imágenes de ayer. Cómo latía su corazón, la forma en que se le acercaba y le tocaba la cara, y, por último, aquella cosa entre las piernas que se asomaba. Y logró sentir que entre las suyas algo también se movía. Se sonrojó y abrió los ojos de par en par. Buscó a su alrededor a alguien, pero no para pedir ayuda, sino para pasar desapercibido. Por suerte nadie le vio, y antes de que eso sucediera, comenzó a correr de vuelta a casa. Poco a poco se fue tranquilizando su carne muerta, así que no tuvo que ocultarse al entrar por la puerta principal. De todas formas, a pesar de que ya no pasaría ninguna otra vergüenza, subió corriendo las escaleras a su habitación.
Logró dormir un rato. Su madre le despertó para almorzar y notó que estaba con el uniforme puesto. Le preguntó y Roxas debió contarle, a lo que ella rió enseguida. Bajaron juntos a comer, cuando el rubio encontró en el comedor a Charlie.
-¡Ahí estás! –dijo Charlie con una alegre sonrisa, como era natural. –Como estás de vacaciones ha venido más temprano a tus clases, así podemos tener una hora de piano y otra de violín. ¿No te molesta?
-P-para nada… -respondió Roxas algo atónito. Se acercó al comedor y se sentó a almorzar. Se sintió bastante incómodo mientras se metía a la boca un bocado del pastel de papas que su madre había preparado. Odiaba que alguien le mirase mientras come, aún más si ese alguien era su profesor, el cual ahora le daba muy mala espina.
-Lo siento… -dijo Charlie de repente.
-¿Lo sientes? –preguntó al mismo tiempo el rubio.
-¡Claro! No debí haberme ido sin avisar el día de ayer, pero es que me llegó una llamada de emergencia y tú te demoraste mucho en el baño. –respondió con energía el hombre.
-Comprendo… -añadió Roxas algo confundido. –"¿Habrá olvidado lo que sucedió o sólo quiere ocultarlo?" –pensó mientras bebía un poco de agua.
Cuando ya hubo terminado su plato de comida, Roxas se disculpó y se levantó tomando los platos para llevarlos a la cocina. Luego, indiferente a sus clases, caminó en dirección a su habitación.
-Si vas a tu habitación, entonces yo tendré que subir con el violín para que ensayemos ahí. –dijo Charlie apoyando un pie en el primer escalón de la escalera.
Roxas se detuvo en el umbral de su puerta. Miró hacia atrás de reojo, cubriendo sus espaldas de algún posible ataque. Suspiró y dio media vuelta para bajar al salón donde tenían habitualmente las clases de música.
-No quiero que entres a mi habitación. –murmuró el rubio al pasar junto a su profesor. Entonces se fue a paso lento, algo molesto, hacia el salón con el gran piano de cola negro que relucía por la luz que penetraba a la habitación.
Detrás de él estaba Charlie. Le miraba, no sé de qué forma, pero no dejaba de seguirlo con sus profundos ojos oscuros. Estaba serio, algo complicado. Sus manos temblaban, su mandíbula inferior le acompañaba. De vez en cuando se mordía la lengua para evitar algún impulso, pero no podía aguantar un deseo.
-Quiero comenzar con el violín. El piano me tiene algo aburrido… -Roxas tomó el violín que se encontraba guardado en un estuche especial a prueba de caídas que se encontraba sobre un sillón. Se lo llevó al hombro izquierdo y comenzó a afinar las cuerdas. Con el arco hizo algunos sonidos que no se parecían en nada a la hermosa melodía que podía interpretar; más bien parecía un gato en aquellas luchas en la noche, cuando gimen por su deseo prohibido en los tejados. Ese sonido, entonces, le produjo una sensación algo extraña. Su estómago comenzaba a revolverse nuevamente. En una primera instancia pensó que era por la comida que le había caído mal, pero luego descubrió que ese cosquilleo iba acompañado de una fuerte excitación. Cerró los ojos y continuó tocando esos feos sonidos, hasta que de pronto las hiló con alguna melodía improvisada. Se detuvo de repente. -¿No me vas a acompañar el día de hoy? Si te quieres quedar sólo a escuchar, entonces te pido que te sientes o que te vayas, no quiero interrupción. –dijo entonces con seriedad y firmeza.
-Nada más quiero verte tocar. –respondió Charlie mirándole a los ojos.
-Entonces, por favor, siéntate allí. –añadió Roxas señalando el sillón.
-No lo deseo. –volvió a responderle desafiante el hombre.
Roxas no quiso seguir con esa estúpida pelea de niños. Sus ojos recorrieron todo el círculo posible queriéndole decir Idiota al otro. Le ignoró y continuó tocando aquella melodía improvisada que había comenzado mientras ejercitaba. De a poco se fue incorporando su cuerpo al ritmo que llevaba con su interpretación, moviéndose de vez en cuando para acomodarse o para acompañar la música, logrando quedar de espalda a su profesor. –"así no tengo porqué soportar su mirada…"- pensó por un instante.
-¡Roxas! Me voy a trabajar… -dijo la madre desde la cocina.
-Está tocando ahora…-respondió Charlie para que Roxas continuara con su interpretación, pero éste dejó de tocar. -¿Por qué te detienes?
-No puedo tocar si me interrumpen… -contestó con rabia. -¡Que te vaya bien en el trabajo!- le gritó a su madre para que ella le escuchara. Esperó una respuesta suya, pero solo sintió al cabo de un minuto la puerta de la entrada cerrarse. Volvió a posicionar el violín en su hombro y siguió tocando.
Charlie se levantó del sillón y se dispuso a caminar de un lado a otro, como si estuviera acechando al rubio mientras tocaba con sus ojos cerrados. Volvía a contener la respiración y a morderse la lengua, ahora de forma más notoria, algo más nervioso que antes. Sus manos temblaban aún más y su corazón se agitaba a medida que se acercaba a Roxas. Y no pudo aguantar más los deseos. Se acercó al rubio por la espalda y con sus manos le rodeó la cintura.
-¿Qué haces? –preguntó Roxas asustado, dejando de tocar. -¡Hey! ¡Déjame! –se resistió el rubio.
Charlie se aferró al joven y le contuvo, acercándolo a su cuerpo. Cuando ya lo sostuvo con firmeza, soltó una de sus manos, con la que le quitó el arco y el violín para dejarlo sobre el piano. Luego volvió a abrazarlo
-¿Acaso no sientes cómo tu sangre se va calentando más y más? –susurró el hombre al oído del ojiazul. -¿Ves lo que haces?
-Yo no hago nada… ¡suéltame! –volvió a insistir Roxas, intentando soltarse de las manos de aquel hombre. -¿Qué te sucede? ¡Eres un asquero…! –Roxas abrió los ojos de par en par y dejó de hablar. Bajo sus piernas sintió una pequeña protuberancia. No era de él, definitivamente. Se examinó como pudo y eso no era lo que había sentido, para nada. –Charlie, no me hagas nada ¡por favor!
-Te estas convirtiendo en un hombre, Roxas. ¿No quieres avanzar al siguiente escalón que te toca subir?
-¡Claro que no! –continuó resistiendo el rubio.
Por detrás, un poco más debajo de sus glúteos, algo se asomó. Ahora pudo reconocerlo con más facilidad. –Pero qué cerdo eres… -dijo con rabia el rubio, girando su cabeza para enfrentarse al hombre.
-No me culpes a mí. Tú eres el que despierta este deseo… -respondió Charlie sin darle importancia a la situación. –Vamos, Roxas. Yo se que te encanta lo que estás sintiendo ahora. Nada más mira como se te levanta. ¿Puedes sentir el mío? Quiere jugar un poco contigo. –añadió en susurros. Luego lamió la oreja de Roxas, bajando por el cuello y girando hasta alcanzar una mejilla, el comienzo de los labios, y finalmente encontrarse con aquella de su misma especie dentro de la boca del rubio.
Sus labios se unieron y el hombre pudo saborear aquella esencia que el rubio despedía como aliento. Chocaron sus perlas por dentro y se acariciaron las lenguas. De vez en cuando Charlie le mordía para retenerlo. Roxas nada más gemía o se quejaba. Entonces se separaron y Charlie giró completamente a Roxas para mirarle a los ojos.
-¡Asqueroso! –le gritó Roxas en la cara, escupiéndole con desprecio.
-No seas pendejo, Roxas. –le alegó el otro pasándose la mano por la mejilla derecha, donde cayó el escupitajo del niño. –Déjame que te enseñe algo nuevo. Ya basta de la música, me tiene aburrido. Ahora sí tendrás verdaderas lecciones, niñato de mierda.
-¡Mamá! –gritó con fuerzas Roxas para ser salvado por ella, pero nada sucedió. Se vio completamente atrapado, inofensivo y acabado, como si no existiera ninguna otra salida más que dejarse tocar por Charlie. –Ma… má… ayu…-dijo con resignación. De sus ojos caían finas gotas de cristal que humedecían su rostro. Se había inclinado hacia adelante y sus cabellos se dejaban caer.
Impulsado por aquel fuerte deseo de placer y excitación, Charlie tomó con fuerza a Roxas por los brazos e intentó llevarlo al sillón, pero éste se logró zafar. Roxas intentó correr hacia el pasillo, sin lograr demasiado por sus nervios que le traicionaron, tropezando con los pies de su atacante.
-No seas llorón. –dijo Charlie levantándole del suelo y apoyándolo en el piano. Volvió a acorralarlo, sujetándole por la mejilla para que le mirara. –Recordarás este rostro para siempre. ¿No pequeño? –añadió y rió con malicia.
Llevó sus manos a la entrepierna del rubio y allí hurgueteó, haciéndole cosquillas a Roxas, quien trataba de sacar aquella mano intrusa y cerrar sus piernas. Luego llegó más lejos: bajó el cierre del pantalón del rubio y le metió la mano por dentro de los calzoncillos para jugar con su carne muerta.
-¡Ya basta! –se quejó Roxas moviendo sus piernas para intentar cuidar sus genitales. Sus manos apartaban el rostro del acosador y le hacían difícil la tarea de estarse frente a frente, muy cerca.
-¡Deja de quejarte! –le gritó Charlie. Sacó la mano traviesa de donde estaba y se defendió de los rasguños que el niño le tiraba, logrando tomarle de las muñecas. –Me cansaste. Tú y tu ingenuidad, maldita forma de comportarte. A tu edad yo ya era un hombre, las cosas no siempre son tan fáciles. ¿eh? Te estoy haciendo un favor. –Giró nuevamente el cuerpo del rubio, empujándole la cabeza hacia abajo y afirmando sus manos por la espalda. Luego, con una mano, desabrochó su pantalón y dejó salir su erección. Bajó entonces lo que cubría a Roxas de sus caderas hacia abajo y se acomodó, rozando con su punta los blancos glúteos del rubio. Finalmente, después de escuchar la agitada respiración de Roxas, comenzó con su vaivén, entrando en el territorio prohibido.
El piano sonó con fuerza y desafinación, al mismo tiempo que el ojiazul soltaba un grito de dolor. Roxas había logrado apoyar sus manos en las teclas para no caer, a pesar de que le estuvieran sujetando por la cintura. Y las teclas sonaban constantemente producto del choque entre su cuerpo y el piano.
-Ya… basta… por favor… -dijo Roxas a duras penas. Su respiración se agitaba, al igual que su corazón. Poco a poco el también erectó, sintiéndose avergonzado.
La atmósfera fría que lograba añadir el sonido del piano a la escena aterrorizaba a Roxas. No dejaba de imaginarse cómo estaría su violador jugueteando detrás de él. Su asquerosa cara toda sudada. Cerraba los ojos esperando a que ese mal sueño pasara luego, pero no podía evitarlo más. Era como si le estuviesen absorbiendo toda la fuerza. Ya no podía mantenerse en pie, no podía hablar, no podía casi ni respirar. El sueño le estaba invadiendo completamente, y junto con las lágrimas que dejaba caer, sus ojos se le cegaban completamente. De vez en cuando gemía al sentir un roce, y le dolía ya bastante todo lo que para su profesor significaba un juego placentero.
Continuaba el vaivén, ahora con brutal fuerza. Volvió a gritar de dolor el rubio, mientras que aquel hombre de profundos ojos reía para sí y entrecerraba sus ojos disfrutando del maravilloso baile que llevaba con el chico. También él respiraba con dificultad, algo cansado. Entonces comenzó a tararear aquella melodía que interpretó el día anterior, moviendo sus caderas al ritmo del compás, cambiando la velocidad y el ritmo de las negras a corcheas, a largas redondas y volviendo a negras. Toda una hermosa melodía. Y no se detuvo hasta que su obra estuviese completa.
-¡Ha estado magnífico el día de hoy! –dijo Charlie con su habitual sonrisa. –Su hijo es un maestro, todo un niño prodigio. Triunfará en la música, sin duda.
-Gracias por las clases, Charlie. –dijo la madre de Roxas estirándole la mano derecha para despedirse. –Te veremos mañana entonces.
-Sin duda. Seguiremos trabajando muy duro. –respondió entregando su mano a la señora. Luego hizo una reverencia y salió por la puerta principal.
Arriba en el segundo piso, dentro de la habitación con las luces apagadas, la puerta entreabierta y su rostro sombrío oculto detrás de la madera, justo en el umbral, Roxas dejaba caer sus lágrimas, asustado. Sentía impotencia, una rabia que le ahogaba y se apoderaba cada vez más de él. Quería gritar, explotar y seguir gritando junto a sus tristes sollozos, pero no podía decirlo, ¡no podía delatarlo! Simplemente no podía y eso le mantenía atado a la situación. Era un secreto, uno malo y asqueroso, uno que sólo compartía con Charlie, pero que quería olvidar, quería desear que no fuese real. Tan solo imaginar que al día siguiente, mañana, en la siguiente práctica haría lo mismo. Le hacía latir más y más fuerte su corazón, estremeciéndose con fuerza, encerrándose en un mundo donde nadie pueda hacerle nada. Lo habían lastimado, humillado y avergonzado, utilizado como un juguete indefenso y débil. Ya no tenía orgullo, se lo habían quitado, apuñalado y pisoteado frente a sus propios ojos.
Aún sentía en sus manos el olor a genital, a orina, transpiración y leche. No había tenido tiempo de lavar su propio cuerpo después de acabar con el crimen. Debió de limpiar el piano y el piso de la habitación, colocarse los pantalones y secarse las lágrimas para esconder lo sucedido. Y, con la poca fuerza de flaqueza que le quedaba, tomar el violín y continuar tocando.
No habló con su padre ni con su madre. Se encerró en su habitación y esperó a que el día por fin llegara para, al menos, pensar en alguna forma de escapar de las clases, saltárselas y perderlas. Alguna forma de evitar toparse con su violador, aquel que para él fue una gran figura y que, ahora, se desmoronaba completamente ante sus pies.
Bajó las escaleras decidido. El sol se había posado ya y algunos pájaros cantaban frente a la casa. La madre de Roxas le miraba circular por el pasillo algo indeciso y quiso preguntar:
-¿Sucede algo, Roxas?
-No. –respondió el rubio con una voz tan débil, que la madre no logró escuchar.
-No te ves muy bien. ¿Quieres que cancele por hoy tus clases? Charlie entenderá. –añadió la mujer acercándose a su hijo y acogiéndolo con sus cálidos brazos.
-Odio la música… -dijo entonces Roxas rompiendo en llantos. –La odio. No quiero volver a tocar nunca más.
-¿Por qué dices eso, hijo? Tienes un gran talento que deberías aprovechar. Si estas cansado sólo dímelo, así coordinamos con Charlie y tienes menos clases para dedicarte a ti. –dio como solución la mujer. Estaba algo confusa y compungida. ¿Por qué Roxas se comportaba de esa manera? Entendía que su hijo estaba pasando por la adolescencia y que sería una transición difícil con muchos altibajos, pero odiar la música de un día para otro le resultaba incomprensible y hasta incoherente. –Charlie estará en poco rato acá. Mejor será que seques esas lágrimas y te prepares para la clase. Luego hablaré yo con él para quedar en un acuerdo.
-¡No! –gritó Roxas, alejándose de su madre y corriendo hacia el salón de música. -¡No volveré a tocar nunca más esta mierda!
-¡Roxas, no me hables así! –le regañó la mujer, pero luego se dio cuenta de que su hijo no le prestó atención. -¡Roxas! ¿Qué haces?
El rubio tomó un florero de fierro que se encontraba junto al sillón y lo utilizó como arma mortal. Con desesperación y rabia, completamente fuera de sí, azotó el hermoso piano de cola con aquel pedazo de metal. La mujer, horrorizada por la reacción del niño, no logró hacer nada más que observar y llorar, llevándose las manos a la boca.
Saltaban las teclas sueltas del piano, crujía la madera y caían las astillas del piano. Acordes completamente incoherentes sonaban cada vez que el fierro interpretaba la rabia del rubio en las pocas teclas que lograban quedar en su posición. Se agachaba y golpeaba las patas del instrumento, hasta que éste no logró resistir en pie y cayó, sonando estrepitosamente. Luego, para finalizar con la hermosa obra de arte, Roxas gritó a todo pulmón y se arrodilló frente a su destrucción a llorar.
-¿Qué has hecho? –la mujer se acercó lentamente a Roxas, atónita por lo que acababa de ver: su pequeño niño convertido en un monstruo.
-La odio, mamá, ¡La odio! –dijo Roxas en sollozos.
-¿Sabes cuando le costó a tu padre comprar éste piano? –comenzó a llorar ella. -¿Cómo crees que se sentirá él cuando vea lo que acabas de hacer?
-Tu no entiendes… ¡No entiendes!
-¿¡Y qué tengo que entender! ¡Si no me dices no podré entenderte!
-¡Es que no puedo! –continuó llorando el rubio.
Esa tarde ella canceló las clases de música con Charlie hasta nuevo aviso. Roxas no salió de su habitación durante tres días, refugiándose en una inmensa soledad, negando todo lo que antes había significado una gran pasión y su única razón en la vida. Cuando salió no habló con nadie, ni siquiera en la escuela con los chicos, menos los profesores. Poco a poco se fue transformando en un niño rebelde, insolente y contestador, dejando atrás esa imagen de respeto que tanto agradaba a todo su alrededor. Y ese pequeño corazón suyo, tan lastimado que estaba, se volvió negro y podrido.
Intentó nuevas cosas, probó otro pasatiempo y halló en las patinetas, bicicletas y demases con ruedas una entretención y una nueva liberación. Mejoró en habilidades y se integró a un nuevo grupo de chicos de mala fama, siguiendo con ellos los pasos de los odiados, rompiendo reglas, burlándose de individuos que en algún momento fueron igual a él, metiéndose en peleas y saliendo victorioso de ellas. Jamás robó, tampoco fumó ni probó drogas, nunca fueron parte de él, pero sí hizo cosas que jamás había pensado hacer, cosas por las cuales antes luchaba para que no sucedieran, y que ahora se pasaba por el trasero y hacía de todas formas, riendo y disfrutando de las amargadas caras de sus demás compañeros. Su popularidad creció nuevamente, ahora con la peor de las famas. Sus calificaciones bajaron, sus padres se decepcionaron. Todos se decepcionaron al verle tan decadente, pero jamás nadie supo el porqué. Vivió con ese secreto a oscuras. Podría habérselo dicho a su madre, a algún policía, alguien, pero la vergüenza que sentía y el miedo a ser atacado le impedían actuar a su favor.
Volvió a encontrarle un día con un hermoso cello. Se escondió tras los autos que estaban estacionados en la calle y le siguió con la mirada. Seguía igual, un poco más gordo. Su corazón comenzó a latir a gran velocidad. Sintió gran impotencia y un fuerte impulso le llevó a correr hacia él para golpearle, pero logró detenerse antes de acercarse lo suficiente y le vio perderse entre la multitud. Aquel mismo día se encerró en su habitación y escribió en el pentagrama una melodía que parecía bastante confusa. Jamás la interpretó en el órgano eléctrico.
Sonó el teléfono celular. Roxas lo tomó y contestó indiferente.
-Roxas, por favor escúchame. Necesito hablar contigo. –se escuchó una voz masculina desde el aparato. –Es urgente. No quiero que esto quede así, te debo una explicación… y unas disculpas.
-Axel… no. Ya basta. –respondió el rubio. Alejó el celular de su oreja y le miró. Llevó el dedo índice de su mano libre al botón de cortar y ahí se detuvo.
-Iré a buscarte mañana en la noche. No me importa si estás solo, con tu madre, o qué estarás haciendo. Iré de todas formas. –dijo y luego cortó.
Roxas se quedó mirando el aparato por un buen rato. Luego, como si su mano estuviese muerta, dejó caer el celular.
-No entiendes… Nadie entiende… -dijo el rubio arrodillándose. Encorvó su espalda y se llevó las manos a la cabeza. De él se escapó un leve sollozo.
Detrás de su puerta, en el pasillo, estaba la madre.
-No, Roxas. –dijo muy despacio para que él no le escuchara. –Jamás entenderé si no me lo dices… -añadió y también comenzó a llorar.
Era tenue le luz de la luna que lograba entrar por la ventana del rubio. Él permanecía en la oscuridad, nuevamente refugiado en esa soledad que el mismo había creado. Y ahora se hallaba incomprendido y nuevamente desprotegido. Aún era demasiado débil.
Ta dah~
Pues nada, agradecer los comentarios de mis lectors, algunas sin cuenta para responderles u.u pero me dan ganas de seguir escribiendo cuando leo sus mensajitos xD
Avisar que no congelaré el proyecto, así que no se preocupen. Sin embargo demoraré por diversas cosas con relación al colegio, estudios y por ser mi último año debo prepararme para una gran prueba. Peeero no dejaré el fic. intentaré, al menos, seguir en papel para pasarlo al compu.
Saludos~
