No puedo creerlo! ¿Hace cuánto que no subía algo a FanFiction?

Pido las disculpas pertinentes por el largo tiempo que estuve sin subir absolutamente nada. Mas vale tarde que nunca, ¿no?

He estado con muchas cosas que me han bloqueado bastante la cabeza ultimamente. Conflictos en el colegio, trabajos, estudios y un factor importante que, para mi suerte, no es malo, sino algo extremadamente hermoso que me hace feliz (?) Si, una lectora en particular sabrá a qué me refiero xD De todas formas es curioso que aún en ese estado no me haya inspirado para escribir algo tan amoroso como ésto.

Espero poder avanzar más rápido ahora que le agarré el hilo (nuevamente) a la historia.

DISC: los personajes no me pertenecen. Propiedad de Tetsuya Nomura, Kingdom Hearts, el juego más fabulosamente hermoso de la b1d4.

Esta vez usé una melodía de David Lanz que se llama Christofori's Dream. La usé para un cortometraje y quedó muy bonito. Es más o menos melancólica, lo que creo que se vé reflejado en el título del chap xD No doy más lata, lean.


Roxas (Melancholic) Dreams.

Un lunes más, aburrido como es de esperarse. Rutina: levantarse, arreglarse para ir a clases, clases, clases, bravucones, clases, salida, amenazas y humillación, casa y estudios, dormir. ¿Podría ser diferente este día también? Pues la respuesta era sí.

-Es muy decidido, no debo bajar la guardia. Dudo que me haya mentido. –pensó Roxas mientras se abrochaba los botones de su camisa. –Espero que no venga…

Las manos del rubio temblaban al momento en que abotonaba lo último que le quedaba, pensando en ese instante en aquel sujeto de los ojos rasgados de color verde. Le ponía tenso pensar que lo vería después de haberlo evitado por más de una semana. Pero le extrañaba, le extrañaba mucho y no era capaz de admitirlo. Quería verle, si, de todas formas sentirlo frente a él, cruzar sus miradas, olerlo.

-Ese aroma a… frío. ¿Hielo? –dijo Roxas mirando al suelo. Se mantuvo en esa posición unos segundos y luego se incorporó en sus quehaceres previos a partir hacia la escuela. Bajó corriendo las escaleras, saltando los escalones de dos en dos, cogió un trozo de pan y se lo llevó a la boca. Con su mochila en el hombro y el pan colgándole de los dientes, se subió a su patineta que estaba estacionada afuera y se fue hacia su colegio.

No estaba llegando tarde, tampoco estaba apurado por hacer algo antes de comenzar las clases, sólo estaba distraído. Su corazón se agitaba y por ente sus movimientos. Agarraba gran velocidad en las calles con pendiente y casi parecía que volaba. El viento rozaba refrescante su rostro, haciéndole lagrimear de vez en cuando, a lo que debía refregarse los ojos. Varias veces pasó sin cuidado frente alguna señora o niños que caminaban desprevenidos.

-¡Lo siento! –repitió varias veces cuando casi atropellaba a alguien. Fue suerte que no se haya estrellado, pero así logró llegar con el suficiente tiempo como para arreglarse el cabello desordenado, acomodarse la camisa, guardar cuadernos y sacar otros de su casillero, sentarse en su banco y dormitar un poco. Cuando llego el profesor se enderezó en su puesto para que no le regañasen y le saludó a coro con sus compañeros.

-¿No vas a sacar tu cuadernito de anotaciones homosexuales el día de hoy?- le dijo uno de los compañeros que se sentaba atrás. Roxas lo ignoró, a lo que éste, enojado, añadió-: No seas imbécil, Roxas. Estás perdiendo el tiempo con tus niñadas. No puedes hacernos esto, cambiaste mucho. ¿Acaso no te importan los amigos?

-Si fueras mi amigo me aceptarías con o sin mis "anotaciones homosexuales", no seas superficial conmigo. Tus palabras no me valen. –respondió el rubio mirando al frente, hacia el pizarrón, sin darle mayor interés al chico de atrás.

-Estás acabado. Te la buscaste rubiecito. Ya verás como caes. Nos decepcionas, a mí y a los chicos. ¡Eres pura basura!

-¿Ustedes decepcionados? Entonces ¿cómo estaré yo? –volvió a responder el rubio con un tono neutro, sin demostrar ninguna emoción. De pronto sintió el cuello de su camisa cerrarse, algo le ahorcó levemente. Sintió los dedos helados de su compañero, pero no se volteó, siguió firme mirando al pizarrón.

-¡Ya basta! –susurró la niña que se encontraba al lado del abusivo. –Si quieres pelear espérate al recreo. Algunos queremos poner atención. –le tomó la mano al chico y la hizo a un lado, soltando a Roxas. Ahora se dirigió al rubio, acercándose a su oído derecho. –Y tú no te hagas el indiferente. En cierta forma tiene razón. Me preocupa verte así de solitario, no te refugies en tu música. Sé que se te hace difícil estar aquí con esos idiotas que te amenazan, pero hay algunos que si te aprecian, incluyendo tus creaciones musicales, solo que tú no te dejas socializar.

Roxas miró de reojo a la niña por sobre su hombro. No le dijo nada, sólo la miró. Luego movió los labios sin emitir ningún ruido. Ella sonrió, dijo "de nada" y volvió a acomodarse en su puesto.

Largas horas de clases pasaron. El día comenzaba a nublarse y pocas gotas de lluvia caían sobre la ciudad. A veces Roxas miraba por la ventana melancólico esperando la hora para salir. En otras ocasiones solamente pensaba en él, y luego se lo negaba rotundamente, pero entonces ¿por qué le veía en el reflejo de la ventana con esa cálida sonrisa?

-¿Qué esconderás? –susurró Roxas al vacío. Volvió a posar sus ojos en la ventana y divisó una silueta algo confusa. Su corazón se aceleró inexplicablemente. -¿Será él? –se preguntó al instante en que enderezaba su cuerpo encorvado. Luego miró aún más reparo y su cuerpo comenzó a temblar.

-¿Qué miras marica? –dijo el mismo tipo que le molestó en la mañana. –Tú y yo tenemos que hablar.

-¿Tu séquito de idiotas descerebrados hostiles cuentan como tú? –respondió Roxas desafiante, aún mirando por la ventana, dándole la espalda a su atacante.

-No me vengas con estupideces, rubiecito. –Respondió el otro completamente molesto. Se acercó aún más a Roxas, apoyó su mano en el hombro de éste y con la otra agarró el cuello de su camisa, haciendo que se parara de inmediato. Se encontraron frente a frente y se miraron a los ojos, ambos con actitud desafiante y agresiva. –Tu estatura no me significa absolutamente nada aterrador. –añadió al ver que su contrincante le sobrepasaba por unos largos centímetros. –No eres capaz de golpearme, siempre fuiste una nena para las peleas. Pero yo no, y no me importa dejarte ahora en ridículo. Me vas a respetar y volverás a ser parte de nosotros. –terminó con el puño alzado frente a la nariz del rubio.

-¿Temerte es acaso sinónimo de respetar? Y por cierto, si tanto te disgusta lo que soy realmente, ¿para qué quieres que vuelva con tu grupito si no me aceptas tal y como estoy ahora? Lo único que te desagrada es que era el único realmente bueno en esa tablita con ruedas, lo que le daba a tu "manada" cierta categoría. Ahora que ya no pertenezco ahí (y nunca pertenecí), no son absolutamente nada y su reputación se ve afectada. ¿Me equivoco?

Como recompensa de lo dicho, Roxas recibió un puñete en la nariz, cayendo torpemente al suelo y sangrando por la ñata.

-¡Tú te las buscaste por las malas! ¡No vuelvas a decir una cosa como esa! –añadió el tipo y se fue del salón a paso rápido, escapando de las miradas de quienes permanecían en el salón.

Como todos quedaron atónitos con la escena, nadie atinó a ayudar a Roxas hasta que éste se levantó y logró enderezarse. Con el brazo derecho se tapó la nariz, ensuciando la manga de su camisa, y salió en dirección al baño.

-¡No vayas, Roxas! Podrían estar esperándote en el baño para continuar golpeándote. –dijo uno de los chicos que estaban en el salón.

-Ven, vamos a limpiarte. –añadió la niña que se sentaba detrás de él, agarrándole del brazo que tenía libre y llevándoselo por los pasillos de la escuela al baño de niñas. Una vez ahí hizo entrar a Roxas, avisando que se encontraría ahí en caso de que a alguna otra niña le molestara. –Ensuciaste toda tu manga, podrías haber estirado tu cabeza para atrás para que no cayera la sangre.

-No atiné a hacerlo… -dijo Roxas con cierta dificultad y gangosidad.

-Te oyes divertido así. –ella sonrió y luego le quitó con cuidado el brazo que tenía junto a su nariz. –Acércate al lavamanos. –Le ayudó a agacharse y a llevar la nariz bajo le llave de agua. Ella abrió la llave y mientras caía el chorro de agua le mantuvo apretada la parte superior de la nariz. –Avísame cuando ya no sientas que tragas sangre.

Estuvieron ahí un par de minutos hasta que Roxas dejó de sangrar. Dejaron el lavadero limpio, tomaron un poco de papel confort en caso de emergencia y salieron del baño para volver al salón de clases. Iban retrasados, por lo que se apresuraron en llegar y en dar las excusas pertinentes.

-Nuevamente gracias. –dijo Roxas.

Ella sonrió, pero no dijo nada. Apresuraron el paso y lograron entrar con el profesor que también se había retrasado. Se disculparon con éste por si les llegaba a regañar y luego entraron rápidamente al salón y se sentaron en sus respectivos puestos.

La clase de ahora era Español. Como Roxas era un chico estudioso, no le iba tan mal, aunque estudiar aquel idioma era realmente complejo para él por las innumerables reglas que existen y sus tiempos verbales distintos para cada persona. Pero no le duró mucho el entusiasmo y sacó a los pocos minutos su pentagrama. "Jamás hablaré español en acá. Me basta con aprender lo básico para entenderme fuera del país…" pensó mientras sacaba cuidadosamente su cuaderno musical. Lo abrió sin vergüenza y sin temor a burlas y volvió a leer desde el principio todas sus anotaciones.

Era todo un librito con historia, recuerdos, melodías inolvidables, perfección, cambios. Valencia era su favorita, se la sabía ya de memoria y la interpretaba a la perfección, incluso dándole un toque personal en su forma de tocarla. Luego un pequeño trabajito, "Storm" de Vivaldi. También estaba modificada un poco para darle su propio estilo. Esa la tocaba en violín. Luego Behind the Waterfal con la melodía del piano y también de flauta, aunque este instrumento no lo tocaba hace mucho tiempo. Y así continuó leyendo cada una de sus anotaciones, hasta encontrarse con el título de una melodía que deseaba olvidar. No tenía título aún, sólo el nombre de su compositor. Estaba llena de borrones, notas por aquí y por allá, rayas, manchas de lápiz. Era como si esta melodía en particular se hubiese estado trabajando y modificando completamente. Repasó con cuidado cada una de las notas y entonó la melodía con un murmuro suave. Continuó su pequeña pieza, pero luego se encontró con un vacío; no estaba terminada aún. Frunció el ceño y sintió un pequeño golpe en su estómago. Se angustió, quiso llorar, tragó saliva y se sintió mejor. Luego, para evitar otra decepción, cambió la página y se encontró con algo nuevo. "Tears for Roxas" lo llamó y era una creación netamente de él. Ahora se sintió orgulloso. ¡Una melodía compuesta única y exclusivamente por él! Le emocionaba bastante la idea, y fue entonces cuando le surgió una imagen, un concierto. Si, él en el medio con el piano interpretando sus propias melodías, sus creaciones. Sería músico y uno excelente, pero debía ser reconocido a partir de ahora. ¿Cómo? Continuó cambiando las páginas hasta que el cuadernillo llegó a su fin.

Un día escolar menos. Por fin el reloj dio la hora de salir. Fue el último en salir del salón, caminando con calma, algo pensativo. Tarareaba su creación y de vez en cuando cerraba los ojos para imaginarse las notas en su cabeza. Caminó cinco o seis pasos por el pasillo que le conducía hasta su casillero y logró ver desde lejos una persona justo donde él guardaba sus cosas. Se detuvo, respiró hondo y continuó su camino con naturalidad.

-¿Qué haces aquí? –preguntó Roxas con algo de frialdad. Abrió su casillero y guardó los cuadernos que no necesitaría para estudiar. Metió otros a su mochila y sacó su patineta, luego cerró el casillero y lo protegió con un candado.

-Me hice la idea de que te golpearían de nuevo, así que te esperé. Si salimos juntos, quizás, no te hagan nada. Por último, si es necesario, los distraigo para que salgas corriendo, no le pegarían a una niña. –dijo la misma chica que lo ayudó después de ser golpeado. Era delgada y alta. Sus cabellos tenían un color miel y brillaba hermosamente a la luz, era largo y en las puntas se le hacían pequeños rizos. Sus ojos eran café oscuro, su piel rosada y tersa, como una rosa. Su nombre era Alice, una chica estudiosa igual que Roxas, preocupada de su imagen, amable, preocupada, algo tímida, pero igualmente sociable.

-No tenías por qué quedarte. Además, me demoro mucho en irme, has perdido tiempo innecesariamente. Si ellos quieren golpearme, que lo hagan. –dijo Roxas.

-¡No! –se precipitó a exclamar la niña. Miró a Roxas avergonzada y se sonrojó. –Antes fue uno, pero ahora pueden ser más.

-Déjalos, si no me harán nada. Son unos cobardes que no tienen ni una pizca de valor (en todos los sentidos de la palabra). Ya se aburrirán. –agregó el rubio alejándose de Alice, dirigiéndose a la entrada. –Además, si quieren seguirme y alcanzarme no podrán, siempre fui más rápidos que ellos en la patineta. Que un nerd los supere en eso debe dolerles demasiado en el orgullo… -Rió.

-De todas formas saldré contigo. Ya me quedé esperándote…

Roxas dejó su patineta bajo su axila y caminó junto a Alice hasta la entrada del colegio. Se acercaron curiosos y algo ansiosos a la puerta para asomarse y ver hacia afuera. Pronto, su curiosidad se vio apagada cuando no encontraron a nadie afuera.

-Te dije que no pasaría nada. –Dijo Roxas. –Pero de todas formas gracias (otra vez) por la preocupación.

-Está bien, mejor vete antes de que salgan de sus escondites. –dijo Alice. Se acercó a Roxas y le acarició la cabeza, desordenándole el cabello. –Pórtate bien, no te metas en líos. Cualquier cosa me llamas. –Se dio la vuelta y tomó el camino hacia la izquierda, lado contrario a donde iba Roxas.

Él se quedó mirándole, hasta que ella desapareció completamente de su vista. Luego dejó su patineta en el suelo, se acomodó su bolso en los hombros y partió dándose vuelo en la patineta. Cuando ya obtuvo la suficiente velocidad subió su pie izquierdo, dejando la punta cerca del piso para impulsarse cuando hiciera falta. No se fue directamente a casa, más bien decidió pasar por el parque para practicar unas piruetas. Pasó por barandillas, saltó obstáculos, se hizo unos cuantos trucos girando la patineta en el aire y cuando se aburrió retomó el camino a casa.

Cuando llegó se metió inmediatamente adentro, subió las escaleras y se encerró en su habitación. Se cambió la camisa que tenía ensangrentada por una polera y un suéter y se tiró sobre cama. Estiró un poco su cuerpo y luego se sentó en el borde, recogió su mochila y sacó de ésta su pentagrama viejo. Volvió a ojear el cuadernito y suspiró cuando acabó. Fue a buscar su órgano eléctrico y comenzó a tocar la melodía que había compuesto con toda perfección. Era algo triste, melancólica, y reflejaba completamente lo que sentía en ese momento, algo de soledad, incomprensión, angustia, duda. Le echó más fuerza a la melodía y cerró sus ojos, recorrió el teclado con sus suaves y veloces dedos y luego acabó con un acorde bajo que se mantuvo por el tiempo de una redonda. Luego volvió a recordar aquella pieza sin nombre e inconclusa que alguna vez escuchó e intentó imitar. Buscó la pauta de la música y la siguió.

-Me parece que era más veloz…-dijo Roxas hipnotizado con las manchas negras que veía en su cuadernillo. De vez en cuando se equivocaba al tocar una tecla que no correspondía, a lo que el rubio volvía a borrar notas y a colocar la correspondiente. –Quizás ahora si la toco con más calma pueda mejorarla. –añadió igual de concentrado. No desviaba la mirada de las notas, se quedaba ahí e incluso parecía que perdía su enfoque y miraba al vacío. Pero tocaba con lentitud cada nota para no perder ni el más pequeño detalle. –No puedo continuar… -dijo de pronto Roxas. Levantó la vista y miró alrededor de su habitación, como solía hacerlo por las tardes. -¿Tendré algún otro pentagrama por ahí? –se levantó de la cama y buscó entre sus cuadernos aquel que le servía para anotar su música, pero no logró hallar nada. Estaba seguro de no tener ningún otro cuadernito musical, por lo que sintió algo de decepción. Resignado volvió a su cama, se sentó sobre ésta y dejó sus dedos improvisar sin prestar mayor atención.

Luego una suave melodía comenzó a interpretar. Se detuvo y se acomodó, estiró sus dedos y los colocó correctamente en el teclado, cerró los ojos y comenzó a tocar. Era algo más o menos conocido (para él), no estaba improvisando. De vez en cuando se detenía para pensar en lo que venía más adelante, pero su mala memoria le llevó a revisar una vez más el cuadernito.

-Ya recuerdo… -dijo Roxas con una leve sonrisa. Volvió a posar la yema de sus dedos y comenzó a tocar ahora sin interrupción. –Mi primera melodía…- añadió el rubio con los ojos cerrados, embriagado por la melancólica música que ahora envolvía toda la habitación. Dejó caer una pequeña lágrima de nostalgia mientras recorría el teclado con sus hábiles manos. Una nube de recuerdos oscuros le envolvieron y le llevaron al pasado, recordando aquel momento decisivo en su carrera musical que se vio tristemente cortada por el mismo que fue motivo de iniciación. Su admirable figura se tornó asquerosa y despreciable, y aquel sueño infantil que ahora se transformaba en una meta que alcanzar, estaba completamente afectado por su pena, por su violación a algo más que la infancia, algo más que lo carnal. Su único sustento, su única carrera en la vida se había desmoronado ante sus ojos y no podía perdonar aquella traición, aquel abuso, pero ya estaba en sus manos nuevamente y le hacía llorar. La nostalgia, la rabia de perder algo y la inmensa alegría de volver a tenerlo escurriendo entre sus dedos. El talento no se había ido, la pasión estaba volviendo y le ardía en las arterias. Su inspiración retornaba a su mente, a su corazón, a sus dedos locos que se movían con ganas, con rapidez, precisión, amor por la música.

Pero de pronto un ruido. Algo no encajaba en su melodía. La repitió una y otra vez, y fuera de su mundo la luz del sol había cesado, la noche llegado e instalado la luna. Su puerta se abrió lentamente, y detrás de ella, bajo el umbral con un tenue destello de luz, una figura femenina, intrigada.

-Hijo, no te has dado cuenta, pero tu padre y yo te hemos estado llamando hace más de una hora. –dijo la mujer algo tímida, asustada.

Roxas se incorporó en la tierra. Fue como un golpe a la realidad, el despertar de un profundo sueño. –Lo siento, madre. No me di cuenta de la hora ni de que habían llegado ya. –respondió.

-Baja, que la cena está lista. –añadió la mujer abriéndole más la puerta y mostrándole la salida para que se apresurara. Roxas respondió obedientemente, levantándose de su cama y dejando de inmediato todas sus partituras a un lado. Bajó las escaleras con ella y se dirigieron a la cocina, donde estaba el padre esperándoles para comenzar a comer.

No se hablaron. Cruzaban sus miradas de vez en cuando. Tampoco estaba tensa la situación familiar. Quizás Roxas estaba demasiado distraído, los padres cansados. Quizás no era momento de hablar, pero tampoco fue un momento muy ameno. No duraron más de media hora en la mesa. Los padres del rubio se levantaron a limpiar los platos y volvieron a sus labores: ordenar la casa, preparar la comida para el día siguiente, revisar algunos informes pendientes del trabajo, ver televisión, leer y dormir. Roxas, en tanto, volvía a encerrarse en su mundo musical.

Ya eran las ocho y media. El timbre de la casa sonó, Roxas ni se inmutó. La madre fue a abrir la puerta, un tanto indecente vestida con la parte de debajo de un pijama de dos piezas, un suéter viejo y un delantal de cocina.

-¿Quién es? –preguntó la mujer antes de abrir la puerta.

-¿Se encuentra Roxas? –dijo la persona que se encontraba afuera.

La madre del rubio abrió la puerta con calma. Cuando vio quién se encontraba afuera no podía creerlo. Abrió los ojos de par en par y se llevó las manos a la boca con sorpresa, sus mejillas se tornaron roja por la vergüenza y dejó salir un leve ¡Oh!

-Yo a usted la conozco… ¡hace unas semanas me pidió un autógrafo! –agregó la visita. –Disculpe, señora. Necesito hablar con Roxas. –dijo en seguida.

-Adelante, pasa. ¿Te sirvo alguna cosa? –ofreció la mujer amablemente. Dejó pasar al tipo a la casa, mostrándole la sala principal. Cerró la puerta y luego le siguió.

-No gracias, solo vine por Roxas. Lo invité a beber algo por ahí, se lo devuelvo en un par de horas.

-Lo llamo de inmediato. –ella dejó al chico solo en el living y subió las escaleras. Entró a la habitación de Roxas algo intrigada y excitada, pero cuando le vio inmerso en sus melodías apaciguó su impulso de preguntarle cómo lo había conocido a él. Entonces se acercó, le tocó el hombro para llamar su atención y le informó que lo esperaban abajo. No dijo quien para no hablar de más y meter las patas. Después de todo, Roxas odiaba profundamente a los patinadores artísticos y ahora era amigo de uno. ¿Sabía realmente lo que era o él también le mintió para no recibir discriminaciones ni prejuicios de ningún tipo?

El rubio no le importó lo que le dijo su madre. Es más, la ignoró. Continuó tocando el piano, completamente encerrado en su mundo interior, hasta que unos minutos después volvió a sentir una presencia dentro de su espacio vital.

-No sabía que eras músico. Por cierto, eres bueno. –dijo el joven que había llegado recientemente.

-¿Qué haces aquí? –preguntó el rubio, deteniendo abruptamente el movimiento de sus dedos y quebrantando la armonía con unos acordes terroríficos y ruidosos que no tenían nada que ver una nota con la otra. Alzó su cabeza medio ladeada y miró de reojo a quien se presentaba frente a él con decisión. –Axel, pensé que no insistirías.

-Te advertí que vendría por ti hoy, quizás lo olvidaste. No me hagas perder el tiempo y acompáñame. –El pelirrojo agarró firmemente el brazo de Roxas y lo tironeó hasta que éste se hubo levantado (de muy mala gana). –Sólo son unos minutos, quizás una hora. Además, te invito a tomar algo por ahí, lo que quieras.

-Está bien, pero sólo para que no sigas insistiendo. Causarás un lío en mi casa si mis padres ven que vienes recurrentemente en mi búsqueda… -añadió con resignación el rubio. Siguió a Axel hasta abajo, se despidió de sus padres y avisó que volvería en un rato. Cuando salió se encontró con aquel hermoso auto rojo en el que alguna vez se había subido. -¿No crees que tu auto llama mucho la atención?

-Para nada, hay muchos Alfa Romeo en la ciudad. –rió el pelirrojo. Empujó a Roxas hasta el auto y le abrió la puerta del copiloto, esperó a que se sentara y luego la cerró. Rodeó el auto por delante y se metió por la parte del conductor, cerró su puerta, le señaló el cinturón de seguridad a Roxas, introdujo la llave en la cerradura para encender el vehículo y se llevó al rubio por las calles sin rumbo alguno.

No se hablaron mientras estaban en el auto. Roxas permanecía serio mirando por su ventanilla cómo las luces de la calle, casas o departamentos, autos, en fin, dejaban una estela deslumbrante detrás de ellos. Axel, en cambio, a pesar de estar concentrado en el manubrio se dejaba cautivar unos segundos por esa mirada melancólica de azules ojos que curiosamente hoy se veían tristemente grises.

-¿Sucede algo? –preguntó Axel al no soportar tal curiosidad.

-Nada… -respondió Roxas con un hilo de voz, agudo, angustiante.

Axel prefirió no insistir. Continuó manejando, aún desviando sus ojos de vez en cuando para asegurarse de que el rubio estuviese bien. Tenía la extraña, pero no equívoca sensación de que en cualquier momento Roxas estallaría en llantos, y si eso llegaba a suceder, no sabría qué haría para consolarle, especialmente si desconocía el motivo de esa tristeza que esperaba no ser él.

Se detuvo al cabo de unos 17 minutos de manejo frente a un callejón en una calle completamente desconocida para el adolescente. Dejaron el auto estacionado en la vereda del frente, junto a un pequeño faro que a penas iluminaba un pequeño trozo de cemento. Era un camino estrecho donde sólo cabía uno. Primero fue Axel, luego Roxas con cierto misterio, desconfianza e intriga. Al final del callejón, a un costado derecho, había una puerta negra de madera que tenía un signo de Ying Yang con luces de neón azul y blanco. Axel tocó a la puerta y ésta se abrió inmediatamente hacia adentro.

-Adelante, te estábamos esperando. –dijo un hombre que se encontraba al otro lado de la puerta, dentro de un salón que más allá se ampliaba en un hermoso pub-restaurante, algo clandestino con hermosos adornos y finas terminaciones.

Axel y Roxas entraron por esa puerta que se cerró a penas los dos se perdieron en la oscuridad. Se sentaron en una mesa al fondo, en un rincón donde tampoco había mucha luz.

-¿Qué es este lugar? –preguntó Roxas algo asustado.

-Vengo aquí siempre, desde que tengo tu edad…-respondió Axel mirando al rubio. -¿Te gusta?

-Desde afuera no parece ser lo lujoso que es aquí adentro. –añadió el rubio mirando asombrado a su alrededor.

Las mesas eran de una fina madera barnizada color chocolate. Las sillas tenían un tapiz blanco contrastante con las mesas y el suelo de cerámica café. Las paredes estaban pintadas con un tenue color dorado. Arriba, las pocas lámparas que había eran de lágrimas de cristal con fierros dorados.

-Me recuerda tu casa.

-Puede ser… por los colores, supongo. Quizás tengo unas cuantas influencias de este lugar para adornar mi pequeño hogar.

-Pequeño… -Roxas rió.

Una mujer joven se acercó a los dos. Les ofreció la carta y se quedó al lado de la mesa esperando a que le dieran la orden.

-¿Tienes ganas de comer alguna cosa en especial? ¿Beber? Quizás un whiskey, vodka, un orgasmo… -miró a Roxas con una sonrisa traviesa.

-No, gracias. No bebo…

-Tráeme una tabla de carnes y coca cola. Si, para los dos. Gracias.

-¿Qué quieres Axel?

-¡Vaya! –exclamó el pelirrojo. Se sorprendió por la pregunta que le acababa de hacer Roxas. Sintió algo de nervios, un pequeño golpe en el pecho, un tirón de orejas. Se acomodó en su silla, acercó sus brazos a la mesa y apoyó sus codos. Miró entonces a Roxas con una seriedad que ni el mismo se la habría creído. –No pensé que fueras a ser tan directo…

-Te acompañé porque querías hablar conmigo. Ahora dime. –exigió Roxas. Apoyó su espalda en el respaldo de la silla y cruzó sus brazos por sobre su pecho. Sus ojos siguieron los movimientos de los ojos verdes del otro. Suspiró un par de veces esperando a que Axel rompiera el silencio.

-¿Te miento o te digo la verdad? –rió el pelirrojo.

-No estoy para juegos, Axel. Es en serio. –Roxas permaneció quieto con su mirada fría.

-Está bien, señor amargado… -Axel se echó hacia atrás y se acomodó en la silla nuevamente. Se rascó la cabeza y suspiró. Recorrió con sus ojos el suelo y repentinamente clavó su mirada en la de Roxas, lo que sobresaltó al rubio. –Quería verte, ¿sabes? Sé que me equivoqué la otra vez. No debí atacarte de esa forma.

-¿Por qué lo hiciste? –Roxas continuó con esa pose fría.

-No lo sé, sólo fue un impulso… Ni yo puedo responderme a esa pregunta que, debo decirlo aunque no me creas, también me la he formulado desde entonces.

La mujer que los atendió llegó con una bandeja enorme. Dejó dos vasos largos con Coca Cola frente a cada uno de los chicos. Al medio dejó un plato con varios tipos de carnes rojas con distintos condimentos, pequeños posillos con el jugo de las carnes calentitos y un plato con papas fritas. Luego dejó unas servilletas, tenedores, y se retiró.

-A penas cerraste la puerta de mi casa me di cuenta de lo que había hecho. En serio, lo siento. –continuó Axel. Tomó un tenedor e insertó en él una tira de filete dorado por fuera y semi-crudo por dentro. Se llevó el trozo de carne a la boca, saboreó su jugo y cerró los ojos. Masticó aquel pedazo de filete, y cuando se lo tragó continuó -¿Por qué te molestaste tanto?

-Yo… -Ahora fue Roxas quién sintió el golpe en el pecho. ¿Molestarse? El nunca dijo que estaba molesto. ¿Lo habrá demostrado en su actuar? Pero estaba equivocado, nunca se enojó… o quizás si. -…no estaba molesto. –Bajó la cabeza y volvió a demostrarse débil y melancólico. –Es solo que me asusté un poco. No supe qué hacer, cómo reaccionar y, lo siento yo también. Actué mal y te evadí cuando lo mejor era decirte que necesitaba un espacio.

-¿Te pasa algo, amigo? No te ves nada de bien. –Axel notó cómo Roxas se iba deteriorando cada vez más. Su cuerpo encorvado, su voz temblorosa y suave, casi muda, sus ojos grises y levemente mojados con lágrimas acumuladas por el tiempo.

-Axel, no quiero hablar del asunto. Ambos nos equivocamos, fue una estupidez, no volverá a pasar y fin del asunto. Si quieres estar más tranquilo, si, te perdono. No vuelvas a tirarte encima de mí otra vez. –añadió Roxas algo apurado. Estaba nervioso, de su frente salían pequeñas gotas de sudor. Sus manos temblaban. –A propósito… ¿Cómo está tu pierna?

-Bien, aquí está, donde siempre. –respondió Axel sin dejarse llevar por el cambio de tema. –Estaré un buen tiempo así y no podré entrenar en seguida, así que tendré mucho tiempo libre.

-¿No te aburres?

-Si, me aburro bastante. Entrenar me ocupa casi todo el día y es entretenido, además de que no estoy solo. Jamás había tenido tanto tiempo para mí, pero creo que no sé ocuparlo adecuadamente. Entonces me aburro y no sé que hacer. Ver televisión nunca fue llamativo para mí, a menos que sea en ESPN y las competencias de… -recordó que no había dicho que era patinador.

-¿De qué? –Roxas le miró intrigado. Comió un pedacito de carne que untó en un jugo picante y luego bebió de su vaso. –Me gustaba ver el ESPN. Los X games eran entretenidos, pero me cabrea cuando cortan las competencias para dar las nacionales, regionales, mundiales, qué se yo, de esos maricones en patines. Digo, las niñas están bien. En mallas se ven hermosas y muy delicadas, pero que haya una categoría de hombres es asqueroso.

-¿Por qué, Roxas? No debes tratar así a la gente. No los conoces. –Axel se extrañó y ofendió un poco con lo que Roxas decía.

-No necesito conocerlos para darme cuenta de que son maricones. –respondió el rubio con rudeza.

Axel continuó comiendo unos trozos de carne. No siguió hablando del tema, ya que iba por mal camino, especialmente si él estaba involucrado –en secreto para Roxas- con los patinadores y esa arte. ¿Maricón? Nunca lo había visto de esa manera. Siempre fue un deporte difícil, dedicado, de mucho trabajo físico y mental, que además era hermoso.

Un nuevo silencio, algo incómodo y tenso. Suspiros iban y venían, tos, dientes que masticaban y desgarraban la carne, el tragar y otros ruidos musicalizaban el lugar. Roxas, aburrido, comenzó a mover sus dedos como si estuviera siguiendo una melodía en su cabeza. Axel se percató de ese extraño comportamiento suyo y no pudo evitar preguntar sobre la música que tocaba.

-No es mía, sino de Lanz, un músico. –respondió Roxas sin dejar de mover sus dedos.

-No conocía ese lado tuyo. Siempre pensé que eras un sujeto rebelde. Nada más me acuerdo de la primera vez que te ví… Has cambiado mucho desde esa vez, y no ha pasado tanto tiempo.

-Si, pero fue para mejor. ¿Sabes? Ahora me va bien en la escuela, estudio y compongo música… aunque ya viste que ahora soy objeto de burla y maltrato por quienes se suponía que eran mis antiguos amigos, pero me da igual.

-Pero Roxas, eso está mal. También debes defenderte. –Axel volvió a acercarse un poco a la mesa. –No puedes dejar que abusen de ti por que cambiaste, porque te diste cuenta de qué era mejor para ti.

-Axel, en serio. A mí me da igual lo que digan o piensen. Me basta con la música.

-¿Y tus amigos?

Roxas no respondió. Detuvo el movimiento de sus dedos y bajo sus brazos. Miró a Axel con las cejas un poco arqueadas y los ojos tristes.

-No tienes… -Axel no se atrevió a ver de nuevo esos ojos tristes que pedían auxilio y posó la mirada en su vaso medio vacío de Coca Cola. Pensó por un momento y luego volvió a ocultar esa faceta seria suya, mostrándose alegre con una sonrisa. –Pero puedes contar conmigo. Yo soy tu amigo…

No dijo nada. Tampoco cambió su expresión en la cara. Incluso se entristeció aún más, pero no iba a llorar, menos frente a él en un lugar público.

-Cómete eso que queda. –dijo Axel rompiendo el hielo. Ya es tarde y mañana tienes clases.

-Está bien… -Roxas hizo caso a lo que dijo el pelirrojo y se comió los últimos trozos de carne. Bebió lo poco que quedaba de su bebida y se levantó de su asiento. -¿No hay que esperar a que venga la señorita a cobrarnos?

-No, pago a la salida. Sino se demoran mucho. –Axel también se levantó. Sacó su billetera y se acercó a la caja, donde pagó lo que habían comido.

Salieron de aquel recinto. Hacía mucho frío afuera, y ninguno de los dos estaba lo suficientemente abrigado como para soportarlo. Caminaron por el callejón hasta el auto que, curiosamente –pensó Roxas-, no había sido robado. Se subieron y Axel emprendió viaje hacia la casa del rubio.

-Sabes, necesito música.

-¿Música? ¿Para qué?

-Para concentrarme… a veces necesito escuchar música para estar tranquilo y poder hacer las cosas bien. ¿Podrías prestarme algo de lo que tú tocas? Es perfecta.

-No tengo música de ese estilo en mi computador. No sé donde están los CDs de música clásica, pero los buscaré para pasarte algunos.

-¿Tú no podrías grabarme algo? No pude dejar de ver que tenías un equipo de grabación en un rincón al lado de tu cama. Supuse que también grababas lo que componías, entonces por eso te pregunto…

-¿Equipo de grabación? –Roxas se extrañó. Luego recordó. -¡Axel! No se me había ocurrido eso, gracias. Ahora podré tener un registro de lo que toco y así mantenerlo y practicarlo más y después podría mostrarlo y así ser reconocido y quizás podría ser famoso tocando en alguna orquesta nacional y… -se entusiasmó. Sus ojos tristes de pronto se abrieron de par en par llenos de ilusión. Sonreía cada vez más a medida que iban surgiéndole nuevas ideas de cómo ser famoso en el ámbito musical. –Está bien. Te grabaré lo que me sé y tengo escrito. He hecho algunos arreglos nuevos que quiero probar, así que si, acepto hacerte el favor. Serás el primero en escuchar mis creaciones… Genial.

Axel sonreía satisfecho. Había logrado acercarse, entrar en su círculo. Ahora podría volver a intentarlo, pero con cuidado, más despacio. No quería asustarlo de nuevo, no quería perderlo. Lo había extrañado tanto… pero él también. Si, sabía que Roxas también lo había extrañado, y eso le hacía acelerar el corazón.

Llegaron a la casa de Roxas. Las luces estaban apagadas, excepto la de su habitación y la de sus padres. Axel le desordenó los cabellos y Roxas le dio las gracias por la salida. Se tomaron de la mano para despedirse, pero el pelirrojo no pudo aguantar y tironeó a Roxas para acercárselo. Lo abrazó cálidamente, aunque un poco tembloroso y nervioso por cómo reaccionaría el rubio, pero éste no se molestó. Si, lo había extrañado y necesitaba sentirlo cerca, pero ¿por qué? ¿Qué era eso, una necesidad, un impulso, el gusto de tener que tocarlo, sentir su pecho, su respiración y latidos del corazón, su piel cálida y brazos acogedores que, a pesar de su delgado grosor eran bastante fuertes y decididos? Roxas llevó tímidamente sus brazos al cuerpo del pelirrojo y rodeó su cintura, acercándose más a él.

Permanecieron abrazados un largo minuto. Ninguno quería soltarse. ¿Qué dirían si los veían tan cerca, tan cariñosos, tan necesitados el uno del otro? Roxas fue el primero en soltarse producto de las dudas y los prejuicios que salieron a la luz en su cabeza. Axel lo dejó ir y no le desvió la mirada. Se mantuvo vigilante hasta que el rubio entró a su casa y le hizo una seña desde la ventana de la entrada para que se fuera.

Roxas subió las escaleras con rapidez, entró en su habitación y se encerró. Se lanzó hacia su cama y se acercó a la esquina que Axel le había mencionado donde estaba su equipo de grabación. Y efectivamente se encontraba ahí. El rubio había olvidado completamente la existencia de eso… ahora podría grabar sus arreglos musicales con el teclado y si, su violín…


Y como siempre agradezco a mis lectores por sus comentarios. Algunos los respondo de inmediato, pero hay quienes no están registrados y no puedo devolverles el mensajito personalmente, así que los digo por acá: GRACIAS por leerme xD La verdad es que cada vez más me pongo más tímida con esto de escribir, de qué dirán... nose, debería ser al revés, curioso ¿no?

Ya llegaré con otro chap :)