No he escrito hace tiempo, y creo que me demore un poco -mucho- en escribir y subir este capítulo.
La verdad es que no he tenido ánimos de seguir, pero cuando escribo no hay quien me pare. Sin embargo, a pesar de que ya se me ha ido todo el estrés escolar y comienzan las vacaciones, no me nacen las ganas de escribir, menos la inspiración.
Quizás es porque encontré otra entretención, algo que me motiva mucho más (y vaya que me motiva). En fin, intentaré seguir con ésto y pido las disculpas pertinentes por mi retraso, que ya no creo que sigan esperando esto.
El título, bah, eso. Una mierda, aunque también entenderán porqué es una mierda.
Disc: Los personajes blah blah blah... Tetsuya Nomura, Square Enix, Kingdom Hearts, etc le pertenecen a esos. Con mucho respeto señor Nomura uso a sus personajes para homosexualisarlos.
Pues, la base de este chap es Dirge for the XIV y Xion's Theme... que claro, algo alteré ahí (A)
Enjoy (es cortito)
Mierda
Sus músculos se apretaban al momento de darse impulso hacia adelante. No lograba controlarse completamente, lo que quedaba al descubierto al momento de que el otro se quejara con sufridos gemidos de dolor. Pero ese olor, ese sabor, ese tacto tan profundo le insinuaba algo más, un paulatino vaivén que aumentaba. Y se hundían en las sábanas, en el colchón de la cama, luego en la madera oscura y reluciente de su apartamento, en el pasto, en lo profundo de la tierra, y de pronto en las suaves y húmedas nubes que les empapaban hasta los huesos.
-¡Continua!- pedía a gritos el inocente rubio que, a pesar de sentir un pequeño roce en su interior que le encendía y quemaba la piel, necesitaba sentir el placer de llegar al punto final, a ese punto que te hace estremecer. –¡Ah!- gritaba al mismo tiempo que jadeaba.
El también jadeaba. Estaba cansado, pero nada lo detenía. Se sentía potente, su cuerpo ardía en calor, su pelo flameante como llamas de un rojo intenso y brilloso producto del sudor acariciaba su pecho y el de su presa.
De pronto, un ruido molesto. ¿Una campana? No, algo más ruidoso aún… El timbre, si. Alguien llamaba a su puerta. Entonces abrió los ojos y se halló solo en su habitación sobre su cama completamente desordenada. Las sábanas se habían caído, las almohadas se encontraban al otro extremo de la cabecera. Él se encontraba al borde del colchón, a punto de caer. Se sentía incómodo, un poco friolento.
¿Pero qué diablos? Estaba desnudo sobre su cama y su miembro altivo, de lo más bien instalado, listo para atacar nuevamente.
-¿¡Pero qué demonios estoy haciendo! –gritó Axel al ver entre sus piernas. -¿Por qué me pasan estas cosas? –se lamentó. Se sentó al borde de su cama, buscó una bata en su closet y se la colocó. Entró al baño y se miró en el espejo algo confundido. Tocó su rostro como si no se reconociera y luego lavó su cara. El timbre seguía insistiendo, por lo que se apresuró a secarse e ir a abrir. -¿Quién es? –alzó la voz antes de llegar a la puerta para que le respondieran sin necesidad de ver por el pequeño orificio delatador de visitas.
-¡Ábreme! –ordenó una suave voz femenina. –Te he estado llamando hace diez minutos, ¿Qué sucede contigo? –volvió a tocar el timbre.
-Ya, ya. Tranquila, estaba durmiendo… -Axel abrió la puerta. –Buenos días, Xion.
Ella lo miró de arriba hacia abajo. Cuando notó que estaba desnudo le miró a los ojos con ademán de retarlo. Entró sin decir nada, pero al momento de pasar junto a él, no dejó de sentir un roce con un pedazo de carne que no debería estar en su lugar…
-¡Asqueroso! –gritó ella, enseguida le pegó una bofetada. –Ve a vestirte ahora mismo y no quiero ninguna explicación con respecto a lo que sentí ahí abajo tuyo… -dijo indignada. Apuntó con firmeza hacia la habitación del pelirrojo y sin mirarle esperó a sentir sus pasos para poder sentarse tranquila en el sillón blanco. -¿Y si lo hizo aquí mismo? No es un mal lugar para… ¡Pero qué asco, Xion! ¿Cómo puedes pensar en esas cosas? Arg, no quiero ni imaginármelo… -pensó con asco, susto, algo de nervios. Suspiró y se sentó entonces con resignación. Miró a su alrededor en busca de alguna evidencia que delatara el acto de Axel durante la noche, pero parecía estar todo muy limpio. No se le ocurrió pensar en que podría haberlo limpiado, ya que cuando llegó el pobre aún estaba durmiendo y, bueno, sería muy poco apasionante limpiar aquello después de un momento tan placentero. Lo ideal sería dormir junto a ella después de eso. Y entonces, ¿dónde está ella? ¿Lo habrá dejado mientras dormía el otro? ¿Y si aún está ahí? No, no se asomaría a la habitación para ver, pero moría de curiosidad. ¿Quién era ella, de dónde salió, cómo la conoció, qué diablos le encontró ella a ese pellejo pálido, a ese esqueleto? Si, tenía buen trasero y algunas calugas bien marcadas, y unos brazos tan fuertes. Ya, tenía músculos bien definidos a pesar de ser tan flacuchento, pero aún así le faltaba carne. Y su rostro afilado, sus ojos verdes rasgados, esas cejas que aún no sabe por qué se las depila, llamaban la atención de cualquiera. Era muy guapo ahora que lo analizaba, pero no era su tipo. Además, tantos años juntos le habían hecho ver a Axel como un hermano, a veces como a un hijo rebelde.
-Disculpa Xion, no sé qué me pasó…-dijo Axel al salir de su sucucho. –Qué bochorno…- se pasó la mano por la cara y luego por la cabeza, enredándose con sus cabellos. Traía puesto unos jeans apretados, una camisa roja y una chaqueta negra, muy larga.
-Descuida. Mejor que te haya visto yo a otra persona. –respondió ella para tranquilizarlo. –A propósito, Axel. ¿Dónde se encuentra ella?
-¿Quién? –él la miró confundido.
-¡No me digas que eres gay!
-¡No! ¿Pero qué sucede contigo?
-¿Estuviste soñando?
-Si, chiquilla, detente un momento y no pienses más en cosas de ese estilo. Sabes que primero te cuento si estoy saliendo con alguien.
-¿Me vas a contar entonces?
-¿Qué debo contarte?
-Olvídalo… -ella se levantó y caminó hasta donde se encontraba Axel. Le miró y luego sonrió. –Vamos para que te quiten ese yeso. Ya quiero que vuelvas a entrenar conmigo. Ganaremos estas olimpiadas, lo sé.
Otro día más de Septiembre, por suerte era día sábado. ¿Qué podía hacer? Mientras a sus padres no se les ocurriera salir como familia nuevamente a hacer alguna estupidez o a pasar vergüenzas (como decía Roxas), todo estaba bien.
Después de que Axel estuvo en su casa y le señaló su equipo para grabar música, lo único que había estado intentando hacer era traspasar sus melodías al computador para tenerlo respaldado completamente. Lo había intentado porque no había tenido el tiempo necesario. El colegio le demandaba mucho de su espacio personal, y como ahora quería mejorar las calificaciones bajas que había obtenido anteriormente por ese estúpido paso por la rebeldía, se dedicaba mucho más a eso que a salir o divertirse, aunque siempre dejaba un momento para la música. Pero hoy si podría, o al menos eso tenía destinado hacer.
Por fin se escucharía tranquilamente tocar Valencia, Tears for Roxas y Christofori's Dream. Podría notar errores y así mejorarlos para obtener, finalmente, aquella obra maestra llamada perfección. Repasó una vez más esa obra llena de desesperación (con algo de incomodidad y nostalgia) que alguna vez le había escuchado a ese sujeto, y que ahora él la había mejorado, e incluso acabado. Y comenzaba con una nueva que se parecía a aquella melodía de gran potencia, pero con un ritmo más suave, lento, melancólico. Su música reflejaba su estado de ánimo, y al darse cuenta de lo triste que sonaba, no dejó de afligirse un instante. ¿Por qué en este momento se sentía así? Habían pasado demasiadas cosas en un tiempo muy pequeño. Habían sido demasiados cambios, demasiadas decisiones, demasiadas situaciones que le acomplejaban o ponían en duda su razón, su existencia, su motivo para estar ahí parado. ¿Y si debió dejarse…? No, no seguiría formulando más preguntas tontas, ni mucho menos respuestas para ellas. De algo estaba seguro y era que no caería en la depresión. Había estado mucho tiempo escapando de sus problemas como para volver a caer en ese vicio. La música era su desahogo, la única que le entendía, su refugio, su más profundo reflejo. Pero lo que dijo Alice era cierto, no podía permanecer cien por ciento envuelto en ese mundillo de notas y claves, silencios y bemoles.
Respiró hondo y se detuvo. Dejó a un lado su teclado y su equipo y bajó las escaleras hacia el primer piso. Fue a la cocina, pero no encontró a su madre. Luego se dirigió al escritorio, pero tampoco vio a nadie. Gritó llamando a ambos padres, pero ninguno respondió hasta después de unos minutos.
-¿Qué sucede, hijo? –se escuchó una voz débil desde arriba.
-¡Voy a salir un momento! –dijo Roxas asomándose por la escalera, sin subir ningún peldaño. –No sé a que hora vuelva, no me esperen para almorzar.
-Descuida, te dejaremos comida de todas formas. Pásalo bien a donde sea que vayas. –añadió el padre en seguida.
Una vez anunciada su salida, Roxas descolgó un abrigo café que estaba en el perchero de la entrada y salió a la calle. Buscó su bicicleta en la parte trasera de la casa y subió en ella. Metió sus manos en los bolsillos para confirmar que tenía todo: llaves, celular y dinero. Una vez listo, comenzó a pedalear.
Era demasiado temprano y no se encontraba mucha gente por las calles, lo cual fue bastante conveniente para el rubio en su andar en bicicleta. Una curva por acá, luego seguía pedaleando, un semáforo, luz roja, se detiene. Luz verde, continúa y sigue su camino en línea recta. Pronto se encontró en una pequeña calle con tiendas a cada costado. Bajó de su bicicleta y la apoyo frente a una pequeña casa de color anaranjado, algo opaca por el paso de los años sobre la pintura. Tenía una gran ventana que cubría la mitad de la pared frontal y a través de ella se veía una hilera de guitarras eléctricas, bajos, teclados y platillos para batería. Como vitrina se encontraba una hermosa composición de instrumentos clásicos: una silla con un violín sobre éste y un atril al frente, un contrabajo apoyado en su atril, en pequeño piano de cola negro, y sobre él un ramo de rosas rojas.
Entonces Roxas entró por una pequeña puerta de vidrio que tenía un cartel que decía "Abierto". Una vez adentro sintió un poco de calor, se quitó el abrigo que traía puesto y miró a su alrededor como si estuviese en un nuevo mundo por conocer. Se acercó al mesón del vendedor, donde se encontraba un anciano.
-¿Disculpe? –dijo con un tono vergonzoso. -¿tiene pentagramas? –añadió. Se acercó aún más al mesón y apoyó sus manos con timidez.
El anciano lo miró de reojo y se levantó. No miró al rubio, tan solo se desplazó por la tienda con lentitud. Se dirigió a un estante cerrado con puertas de vidrio donde se encontraban distintos elementos musicales anexos y sacó de éste una caja de cartón cerrada. Volvió al mesón y dejó la caja ahí encima. Luego se agachó y buscó en un cajón unas tijeras, con las que posteriormente quitó la cinta adhesiva que cerraba la caja.
-Recién llegaron, tienes suerte. Estos son los que más rápido se venden. –dijo el anciano mientras abría la caja. –Aunque lamentablemente son los únicos que tengo. Los otros más económicos los venden en los supermercados.
-Da igual, necesito uno de estos. Mejor que sea más profesional, así le da un mayor valor, ¿no? –le conversó Roxas.
-¿Qué instrumento tocas, niño? –continuó metiendo conversación el anciano sacando los pentagramas.
-Piano, también toco violín, pero no lo he practicado hace mucho tiempo. Sé tocas flauta y algo de guitarra. –respondió Roxas.
-Entonces esto estará bien para ti. Es un cuadernillo bastante grande, así que podrás sacarle mucho provecho antes de tener que invertir en otro.
-Así veo…-dijo Roxas al ver un enorme cuaderno para anotaciones musicales. Sus ojos brillaban de asombro, ya quería tener ese cuadernillo. Quería anotar en él sus nuevas creaciones y, quizás, guardarlo como una hermosa reliquia de gran valor para lo que sería su familia en un futuro. Se imaginó a sí mismo en un concierto de piano con aquel cuadernillo abierto para ver las notas musicales, vio en sus ojos el precio de este material y casi perdió el aliento.
-¿Se lo lleva? –preguntó entonces el anciano dejando solo un cuadernillo sobre el mesón y escondiendo la caja que había vuelto a cerrar.
-Si. –respondió Roxas decidido.
Parecía un niño con juguete nuevo o una jovencita con una gran compra en vestimenta. Movía la bolsa en la que traía su nuevo cuadernillo al mismo tiempo que daba pequeños brincos, algo tímidos pero alegres, hacia la salida de la tienda. Casi olvida su bicicleta si no se hubiese tropezado con ella. La tomó, dejó la bolsa colgando en el manubrio y se subió en ella. Retomó el camino a casa, pero esta vez se fue con más calma, disfrutando el paisaje.
Cuando llegó a casa tiró la bicicleta en el pasto del patio delantero y entró torpemente por la puerta principal. Sus padres estaban rondando por ahí, aún en pijama. Se veían cansados, aún con mucho sueño, pero ya era hora de levantarse, hacer las cosas de la casa e incluso almorzar.
-¿Haremos algo el día de hoy?- preguntó Roxas al verlos rondar por el living y el pasillo.
-Nada, hijo. Quizás tu padre salga con sus amigos a ver un partido de fútbol, pero yo me quedaré aquí en casa para descansar un poco. –respondió la madre.
-Avísame cuando esté listo el almuerzo. Estaré en mi habitación tocando un poco de música, así que quizás no escuche mucho.
Roxas subió las escaleras hacia el segundo piso y se metió a su pieza. No cerró la puerta para escuchar el llamado de su madre. Sacó el pentagrama de la bolsa y esta última la dejó caer en el suelo. Sacó de su mochila un lápiz y el pentagrama antiguo y comenzó a organizar su música.
-Esta última no está completa… tendré que transcribirla aquí, aunque desconozco el final de la canción… no me queda más opción que inventarla yo… -Comenzó a pasar notas con un lápiz mina en caso de que se equivocase a medida que repasaba la melodía y su ritmo en su cabeza. –Quizás esta parte… no, no queda bien. Pero está incompleta de todas formas, le falta fuerza. En piano, si, piano de cola. Podría quedar más bonito, pero aun le faltaría algo, quizás si… -pensó y pensó. Le comenzaba a doler la cabeza, era mucho que crear, que imaginar y luego pasar al papel, hacerlo, de alguna forma, real. Cerró los ojos, se dejó descansar un instante. Repasó nuevamente lo que había transcrito a su nuevo cuadernillo, se convenció, y continuó. –No puedo terminar esta melodía en su otra versión si aún no sé cómo queda completa la original… ¿Podría ser que le preguntara? No, me prometí no volver a verlo… a ese maricón… -añadió en voz baja, rencoroso, una voz temible, cruda y a la vez muy potente.
Pasaron los minutos, una hora y algo más, llamó la madre a Roxas y éste bajó inmediatamente para compartir un rico almuerzo con su familia.
-Creíamos que te irías por ahí con algún amigo. –dijo el padre sentándose a la mesa.
-La verdad es que no. No me fijé en la hora cuando salí, era demasiado temprano. Pensé que volvería tarde, e incluso planeé salir a comer algo por ahí si es que me encontraba a alguien, pero no, aquí me ven.
-Mejor. Así no gastas dinero. Tu madre te tiene un almuerzo delicioso, deberías aprovecharlo y disfrutarlo al máximo. –añadió ella.
-Estoy de acuerdo. –dijo el rubio y sonrió.
Esta vez la comida fue algo más amena. Rieron juntos y conversaron. Debatieron algunos temas y los padres del rubio se enorgullecieron de lo maduro que estaba su hijo, de lo mucho que había cambiado y del hombre en el que se estaba transformando. Duraron mucho tiempo sentados, comiendo postre y haciendo sobre mesa. Hablaron de la música de Roxas, de sus libertades, de sus amigos y la escuela.
-Ya, es hora de irme. Iré a ver el partido de Fútbol. –dijo el padre al cabo de unas horas de conversación. –Sino, llegaré tarde y no me quiero perder el inicio.
-Está bien. Roxas, ¿tú te quedarás aquí? –dijo la madre dirigiéndose al rubio.
-Si, no pretendo salir. Si sale algún panorama te aviso, pero en realidad lo dudo. Tengo unas cosas que hacer y no quiero perder el tiempo que me otorga un fin de semana.
-Bueno, Roxas, espero que aproveches bien ese tiempo tuyo. –añadió el padre corriendo la silla en la que estaba sentado hacia atrás. –Bueno, ya se me hace tarde y debo ir a juntarme con los chicos. Se me portan bien los dos, y tú –se dirigió a Roxas- cuida a tu madre mientras no estoy. –Se levantó, besó a su mujer en la frente y pasó su mano por la cabeza de Roxas, despeinándolo.
Se escuchó a lo lejos la puerta de la entrada cerrándose, unos pasos y luego el motor del auto encendiéndose. Ambos, Roxas y su madre, se quedaron en silencio y muy atentos a los movimientos del padre hasta que el auto ya no se escuchó más.
-Entonces, ¿te vas a esconder en tu habitación?
-Algo así. Quiero probar una música que estoy escribiendo y arreglando, así que estaré muy concentrado. –Roxas miró a su madre, quien estaba un poco molesta con lo que le acababa de decir su hijo, mas también se mostraba resignada completamente. El rubio suspiró, bajó la vista, mordió sus labios y volvió a mirarle con un rostro más amigable. –Pero si quieres podemos hacer algo juntos. –Sonrió.
-Precioso… -la madre se acercó a Roxas y le acarició el rostro. –Haz lo que tengas que hacer, no te preocupes por mí. –Besó la frente del rubio y se levantó. –Ahora lavaré los platos, luego creo que descansaré un ratito. Si quieres alguna cosa me dices nada más.
-Está bien, mamá. Gracias. –Se levantó y salió de la cocina, subió las escaleras a su habitación. Volvió a sentarse en su cama con sus pentagramas y a traspasar notas. Se esforzó por encontrar un final para su nueva melodía, pero no podía lograrlo. Se la imaginaba una y otra vez en la cabeza y nada le gustaba. ¿Qué podía hacer? Su última opción era encontrarle y exigirle que tocara para él, pero temía algún tipo de agresión o aprovecho por parte de él, por lo que no, se negó rotundamente a buscarlo. Podía solo, si, era capaz de lograrlo. Era un músico profesional, ¿cómo iba a estar preguntando por ahí qué escribir? Y, de todas formas, esa melodía no era suya. Era plagio y no, no podía mostrarla al mundo de esa forma, pero era tan genial, tan buena, hermosa, rítmica y con tanto sentimiento, que debía mostrarla, debía hacer que otros se emocionaran más y más, al igual que él hizo en su momento. –Debo probarla. Pero antes pasaré al computador algunas melodías mías. –Dijo en su cabeza dejando de lado sus cuadernillos. Instaló el equipo de grabación en su computadora y luego la conectó al teclado. Movió la pantalla de su computador hacia su cama, desde donde tocaría. Dejó todo listo, ya comenzaba a grabar. Daba igual unos segundos de silencio, pronto lo editaría. Se sentó sobre su cama junto a su teclado y respiró profundamente. Buscó en el pentagrama viejo su melodía "Tears for Roxas" y comenzó a tocar.
Estuvo una hora en el mismo asunto, repitiendo una y otra vez la misma melodía. No se convencía, no quedaba bien. Para un oído común sonaba espectacular, pero para Roxas no. Estaba mal, no era lo que quería. ¿Qué pasaba? Quizás algún sentimiento. Claro, si estaba muy triste cuando escribió eso y ahora no se sentía para nada de ese modo. ¿Tenía que volver a pelear con Axel para sentirse así? Pero esa absurdo, Roxas, que tonto pensar eso, no puedes jugar con los sentimientos.
Decidió entonces que dejaría esa melodía para otra ocasión y que se preocuparía ahora por aquella melodía sin terminar, decidido a darle un fin. Dejó su equipo de grabación y se sentó en su cama –lugar de máxima inspiración para el rubio en este momento- y comenzó a repasar, como siempre hacía, la melodía por su mente. De vez en cuando tarareaba lo que tenía escrito en su pentagrama para reconocer bien las notas musicales y su verdadera tonalidad.
-Es bonita, si. Pero me gusta más lo que estoy haciendo yo… -dijo Roxas mirando las manchitas negras que subían y bajaban por el pentagrama dando forma a la melodía. –Será mejor que realice esa melodía y me centre en ella y, si logro encontrarle un hermoso final, podré adaptarlo a la otra. –añadió pensativo. Luego comenzó a deslizar sus dedos en el aire repasando la melodía que él había creado en base a la de Charlie, la cual era bastante más lenta y melancólica. En poco tiempo se había decidido hacer lo contrario a lo inicial, terminar su obra, pulirla, grabarla, y así darle algo más convincente a la otra monstruosidad de ese cochino. Y así permaneció una hora, completamente inmerso, ajeno a todo lo que transcurría afuera de su habitación, pero fue provechoso para él. Rindió aquella hora. Había terminado al fin y se convencía de su nueva partitura, ahora solo tenía que interpretarla para pulirla y dejarla perfecta.
Volvió a acercar el teclado a su cama. Lo encendió, hizo tronar los huesos de sus dedos, los movió con gran rapidez en el aire y suspiró. Cerró los ojos a medida que apoyaba sus dedos en las teclas blancas, sin hacer ni un solo ruido. Sólo cuando abrió los ojos dejó salir la música de sus dedos.
Era hermosa, triste pero esperanzadora, suave, dulce, como… como una hermosa bailarina joven, una niña, un recuerdo rosa y negro, un terrón de azúcar envuelto en polvo amargo de café, unos ojos que lagrimean por temor, pena y a su vez alegría. Era una mezcolanza de emociones y sensaciones que no se podía explicar, pero seguía siendo hermosa, ¡y eso que tan sólo era la base! Ahora tenía que hacer un acompañamiento, algo que le diera más profundidad, y quizás una tercera voz, ¡o cuarta! Tenía tantas melodías nuevas que se emocionó y no pudo evitar tomar su cuadernillo nuevo para escribir los acompañamientos. Sin embargo, esta vez no se detuvo, simplemente escribió y escribió hasta terminar. Y no quedó contento hasta probar la segunda voz, luego la tercera, y la cuarta, no hacia falta en realidad.
-Debo hacerlo, debo probarla. –Dijo ansioso. –No creo que a mi mamá le moleste. –añadió. Tomó el cuadernillo, bajó rápidamente las escaleras y caminó por el pasillo principal hasta la puerta que se encontraba al final, justo en frente de la puerta de entrada. Era de vidrio y tenía una cortina de mimbre que cubría el interior. Roxas se encontraba aún más ansioso y su corazón latía con fuerza. No había entrado a esa habitación desde aquel incidente, hace ya casi cuatro años en el pasado. Pero debía hacerlo, algún día debía superar ese temor, ese recuerdo, ese martirio.
Respiró, colocó su mano derecha en la manilla de la puerta y la giró. Estaba abierta, no le habían echado llave, casi nunca lo hacían, pero esperaba encontrarla cerrada por completo. Pero no, fue así de simple, muy fácil. Entonces empujó la puerta hacia adentro y, curioso, asomó su sus pies, su brazo izquierdo, su mano y el pentagrama que llevaba. Luego su nariz, sus rubios cabellos y, finalmente, se halló dentro de la habitación.
Las ventanas estaban cerradas. Las cortinas blancas no volaban como lo hacían en su memoria cuando ensayaba, pero la luz si penetraba con fuerza, como recordaba. Pero algo estaba mal, faltaban cosas… muchas cosas. Ya no estaba el sillón donde siempre se sentaba a observar a su maestro, tampoco estaban los atriles con el violín y donde colocaba sus partituras. Faltaban lámparas, mesas, y lo más importante, no estaba su hermoso piano de cola. Roxas bastante confundido se precipitó a entrar. Miró a su alrededor extrañado, sin entender absolutamente nada. ¿Qué había pasado aquí? ¿Acaso sus padres se habían vuelto locos y habían vendido el piano? ¡Era su piano!
-¡Mamá! –gritó Roxas enfurecido. -¡Mamá! ¡¿Dónde mierda está mi piano? –continuó gritando.
-¿A qué te refieres? –dijo la madre mientras salía del estudio y se dirigía al pasillo principal. -¿Qué haces ahí, hijo? –Se sobresaltó al ver a Roxas dentro de ese salón después de tanto tiempo. Caminó hacia allá y se quedó bajo el umbral de la puerta. -¿Por qué gritas tanto? No estés enojado.
-Quiero saber por qué no está mi piano aquí, ¿Qué le han hecho? –exigió explicaciones con el ceño fruncido, enfurecido completamente. Tenía los dientes apretados y el puño que estaba libre completamente contenido en su fuerza para no hacer daño.
-Pero, Roxas… -dijo la madre asustada, triste también. Se llevó las manos a la cara y dejó salir un pequeño sollozo. –Tu piano ya no está hijo… -después de cuatro años debía explicarle a Roxas, al igual que a un niño pequeño, por qué su gran juguete ya no estaba. Pero era demasiado doloroso. Nunca pudo explicarse el cómo, el por qué de ese ataque de histeria, esa locura, esa enorme ira que desató aquel día.
-¿Por qué, mamá? No tenían que hacerlo… -dijo el rubio resignado.
-Roxas, ¿no lo recuerdas? –dijo entonces la mujer con poca fuerza.
-¿Qué tengo que recor… -Roxas abrió los ojos, miró a la mujer completamente destrozada y dejó caer su cuadernillo. Frente a sus cristales azules pasaron miles de imágenes; Los ojos de ese hombre, su violín hecho trizas, el piano de cola desplomándose, el sonido de las teclas desafinadas al caer, las astillas de su violín y patas del piano volando, las heridas que le hicieron al piso –a lo que Roxas miró hacia el suelo y encontró numerosos rasguños y hendiduras-, el sillón destrozado, las manos cerca de su miembro, cuerdas que volaban por los cielos, el vaivén, su sexo completamente levantado, el sexo de Charlie dentro de él. Entonces, después de todo ese flasback, una lágrima, un rostro traumado, una respiración dificultosa, una explicación que debió dar que jamás halló palabras para decir. –Yo… lo siento… mamá, de verdad.
La mujer lo vio con ternura, se acercó a su hijo y lo abrazó. El rubio se mantuvo con los ojos abiertos, perdidos en el espacio, cristales remojados en un mar, traumados.
-Puedo explicarlo, lo juro… ¡Puedo hacerlo! –Roxas se zafó de los brazos de su mamá y, completamente en una postura defensiva, la atacó con excusas, palabras sin sentido, estupideces que le venían a la cabeza, pero que no daban resultado. En cambio, la mujer lloró más y más, y cuando el rubio intentó acercarse para consolarla, ella salió corriendo. A lo lejos se escuchó un portazo y unos llantos aún más fuertes. El corazón de Roxas se destrozó, se partió en mil pedacitos. Entonces comprendió que nunca debió callar, su trauma no solo había afectado su mente, sino también la integridad con su familia, con sus pares. Pero era tan cobarde que no podía decirlo, no podía ni mencionárselo a sí mismo. Tanto, que incluso había olvidado aquel episodio.
Se quedó inmóvil en el centro de la habitación. No fue capaz de mover sus piernas, sus brazos, ni cuerpo entero, nada. Su pentagrama quedó en el suelo abierto con algunas hojas dobladas. Su arte, su obra maestra en el suelo, basura inservible, como él en este momento. Inútil, nada, vacío. Mierda.
