Ya. Odienme, golpeenme. Lo sé. Me demoré nada más ni nada menos que UN MALDITO AÑO! Si, soy un asco de escritora T_T pero jamás he dejado de pensar en mis fics ò.ó se los aseguro.
Demasiadas cosas han pasado, entre ellas mucho estudio y lectura y esfuerzo por sacar la carrera, además del pololeo (noviazgo) que toma batante tiempo (aún más si lo paso tan bien y disfruto), y las amistades que hay que mantener siempre porque son hermosas flores de un jardín que hay que cuidar. En fin...
Para que se motiven (aunque creo que el echo de haber escrito ya es una motivación), este capítulo viene con muchas cosas... y les aseguro, cosas que han estado esperando hace tiempo. Uy si!
No doy más la lata. Si quieren pueden acompañar la lectura con la música de entrada del juego Kingdom Hearts, Dearly Beloved, que es la que Roxas está componiendo ahora. Recomiendo la de KH 2, es mi favorita :)
DISC: Los personajes no son míos. Propiedad de Nomura, Square Enix y, supongo que Disney xD.
Una última acotación: mi pc se come las S! así que si falta alguna... perdónenlo. :)
Dearly Beloved
Ella lo sabía, él lo insinuaba –suponía Axel. Quizás la duda era demasiado tortuosa en su mente, mas su corazón era gentil y comprensivo. El tiempo no debía ser un factor ahora, sino más bien desvanecerse y dejar de contarlo en los planes de ligue. Si, podría estar dudoso en cómo lo haría, pero de que lo haría, lo haría firmemente. ¿Cómo decirle a alguien de tu mismo sexo que te gusta? Parecía una tarea difícil, pues era posible que la gran amistad que tenía con Roxas, debido a una falta de cariño de pareja, le produjese alguna (estúpida) esperanza. Debía lanzarse a los tiburones, eso estaba claro. De todas formas perdía… o quizás gana algo. ¿Reaccionaría bien Roxas a todo esto? ¡Qué chico más difícil es éste! Toda una caja de sorpresas, cambiante en emociones, bastante inestable podría decirse, adolescente en conclusión. Si, definitivamente es una tarea muy difícil: Desafío Aceptado.
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No más escuela, no más tareas innecesarias. Ahora sólo importaba él y su futuro. Quizás aún no le tomaba el peso a lo que estaba haciendo en este preciso instante: música, pero estaba seguro de que con eso, al menos en lo que se proyectaba de vida, iba a ser feliz.
No llevaba mucho dentro de sus nuevos estudios, pero ya había demostrado ser un gran músico, y especialmente compositor. Por ende, era reconocido en el medio, incluso alabado ya por algunos.
Ahora eran muchas las oportunidades que tenía para demostrar su talento innato en cada uno de los instrumentos en los que se había formado, especialmente en piano. A eso se le sumaba el tiempo que disponía para componer nuevas melodías y, posiblemente, el de un pronto trabajo de grabación. Eso le excitaba bastante.
Ya había comenzado con algo. No tenía título, pero la melodía principal –en flauta traversa- estaba casi completa. Sólo faltaba añadirle unas pocas voces, alguna base en piano que le diera fuerza a su composición, y quizás algún otro acompañamiento en arpa (curioso, pues nunca había intentado nada con éste instrumento) para hacerla más intensa. Pronto aquel pentagrama nuevo que se había comprado se iba gastando.
-¿Qué tiene ahí, Roxas? –se oyó la voz de un hombre de bastante edad.
Roxas no respondió. Parecía perdido en el horizonte.
-¿Roxas? –insistió el hombre, ahora acercándose al rubio y colocando sus manos sobre los hombros del joven. -¿Puedes mostrarnos lo que estás componiendo?
-Disculpe, estaba algo distraído. –se disculpó Roxas al incorporarse. Miró al hombre que era su maestro de composición y agachó levemente la cabeza en muestra de disculpas. –No es nada. Sólo unas notas sueltas que aún no se armonizan.
-¿Podrías mostrármelo de todos modos? –insistió el profesor, extendiéndole la mano derecha para que Roxas le entregara el pentagrama.
El rubio lo miró con cierto temor. En su estómago sentía unas pequeñas pero muy molestas cosquillas. Miró su pentagrama, cerró los ojos mientras paseaba sus dedos sobre el papel, respiró profundamente y lo tomó para entregárselo al anciano. Una vez en las manos de éste otro, Roxas le miró con las cejas levemente arqueadas. Estaba nervioso.
Por detrás de Roxas reían algunos compañeros. Aquel profesor era bastante estricto, y sus opiniones no eran de lo más agradable. Para él, casi todo era basura, y no se conocía alumno alguno que fuese, al menos, felicitado o reconocido con algún gesto, palmada en el hombro o sonrisa.
Los latidos del corazón del rubio comenzaban a acelerarse. ¡Sus manos ya estaban sudando! Ahora sólo faltaba el momento de saber si estaba bien o no lo que creaba en aquél cuaderno de música, y quizás sufrir de las burlas de sus compañeros.
-A ver… Roxas. –dijo el profesor mientras dejaba de leer el pentagrama. Con su mano libre acomodó sus anteojos y se recorrió el bigote. -¿Qué quieres que te diga? Me lo pude imaginar en mi cabeza aquella melodía, pero se entrometieron otras imágenes.
-¿Qué significa eso? –preguntó Roxas muy nervioso al instante que recibía el cuaderno que al fin era devuelto.
-La música es bastante caprichosa. Hoy en día se ha perdido un poco la intención de transmitir. –respondió el anciano. Miró a la clase y se dirigió a todos. –Estoy de acuerdo en que hoy siguen vibrando algunas canciones, pero deben tener en cuenta que muchas veces es la literatura la que logra esto, y no la música. Ustedes como músicos clásicos (espero yo), deberían intentar lograr decir algo y crear imágenes con una sola melodía. No muchos lo logran.
-Como si el instrumento hablara por si sólo al interpretarse algo en él. –añadió un compañero por detrás de Roxas.
-Exacto. –afirmó el profesor. Luego continuó, ahora dirigiéndose al rubio. –Y debo decir, señor Roxas, que usted es de aquellos que logran transmitir algo en su música. Lo felicito.
El curso entero enmudeció. Los que estaban alrededor del rubio se voltearon y dirigieron sus miradas hacia él. Por su parte, éste no sabía de qué modo reaccionar. Era un mito bastante potente la exigencia de éste profesor en particular. Todos los estudiantes, tanto nuevos como antiguos, temían a sus críticas. Muchos habrían renunciado a la música por eso… Simplemente nadie podía creerlo. Ameritaba una celebración; llamaría a Axel.
A penas salió del recinto, Roxas cogió su teléfono celular y marcó el número de Axel. Estaba tan contento, que había olvidado lo de la última vez que se vieron. Pero con tan sólo volver a ver ese rostro serio, bastante irreconocible en Axel, el arrepentimiento de llamarlo volvía a él, así como sucedió en ocasiones anteriores. Eso si, le extrañaba mucho, y con eso sus dudas volvían a brotar.
Antes de que pudiese contestarle, Roxas cortó la llamada y se quedó mirando la pantalla del aparato. Recordó a Xion. Tampoco había hablado con ella… incluso no le importaba tanto como Axel. Al parecer su interés por ella se habría esfumado. Quizás nunca fue. De todas formas la extrañaba, pues era su amiga -con la que hablaba bastante-, y últimamente había sido muy ingrato con ella. Lo extraño es que ni Xion le llamaba, cuando era ella la insistente.
Volvió a intentarlo, esta vez no se rendiría así de fácil. Marcó el número de Axel, miró la pantalla de su celular esperando a que la llamada comenzara a ser efectuada y luego se llevó el aparato a la oreja derecha. Ahora sonaba tono de espera.
-¿Diga? –contestó Axel al fin. -¿Roxas?
-Hola… -respondió Roxas desanimado a pesar de poder conectar la llamada.
-¿Qué sucede?
-Nada, disculpa. ¿Cómo has estado? –dijo volviendo a su estado natural de ánimo.
-Bien. Algo ocupado, si, pero bastante bien. ¿Qué hay de ti?
-Yo, bien… -volvió a disminuirse. –Han pasado cinco días desde la última vez que nos vimos. ¿Tienes algo que hacer? –añadió algo tímido, con voz temblorosa.
-No creo que pueda, Roxas. Tengo muchas cosas que hacer en estos días. Quizás la próxima semana. Además, son sólo cinco días, puedes esperar más.
-Ah… está bien, Axel. Cuando quieras hacer algo, ya sabes. Adiós. –dijo el rubio, luego cortó. Se quedó inmóvil observando su celular. ¿Qué le habrá pasado a Axel? Él no contestaba de ese modo el teléfono, menos rechazaba una propuesta como esa. Además, ¿qué tanto estaría haciendo? ¿Entrenar fútbol? A estas alturas ya no le creía absolutamente nada con respecto a eso, sino habría visto fotografías de sus triunfos cuando fue a su habitación aquella vez. Pero al parecer no era cierto que era futbolista. Quizás se avergonzaba de decir en lo que se dedicaba… ¡Qué desánimo más grande se llevó!
Ya había llamado a Axel. No tenía ganas de llamar a Xion, pues si Axel ya estaba ocupado, entonces Xion lo estaría el doble. Qué mal. Respiró hondo y miró al cielo. El cielo se veía algo gris, como si estuviese a punto de llover. Era mejor regresar pronto a casa.
Pedaleó lo más rápido que pudo hasta llegar a casa. En el camino el viento comenzó a soplar con fuerza, y desde el cielo un estruendo se dejó oír. Cuando hubo llegado a su morada, entró su bicicleta con apuro al patio trasero. Desde ahí, entró a su casa por la cocina.
-¿Mamá? –gritó el rubio al entrar. Cerró la puerta detrás de él, se arregló el cabello y miró de reojo hacia la habitación siguiente. Dio unos pasos hacia el comedor; no había nadie. Continuó hasta el pasillo, el cual cruzó para llegar al living. Tampoco estaba. Y de haberlo estado, habría contestado. ¿Habrá salido sin avisar si quiera? -¡Mamá! –gritó con más fuerza. Salió del living y fue a su habitación. Tampoco estaba. ¿Se estaría escondiendo de él? Ese no era un buen juego ya, no le causaba gracia. Continuó ahora subiendo las escaleras y dirigiéndose de inmediato a su habitación. La puerta permanecía cerrada, tal cual la había dejado antes de salir. Así que abrió ésta y entró en su mundo. Quedose en el umbral de la puerta y observó con atención cada rincón de su habitación. Definitivamente no estaba, debe haber salido entonces.
Caminó entonces con calma hasta su cama. Ahí lanzó su bolso donde guardaba sus partituras, y sus llaves. También dejó su celular. Luego se sentó ahí y no hizo nada más que mirar hacia el frente. Estaba algo cansado, confundido con tanta emoción contraria, aburrido. No sentía la inspiración necesaria como para continuar componiendo su nueva melodía, y para qué iba mentir, tampoco quería tocar nada. Le preocupaba, si, que esto ahora se transformara en una obligación, como en el colegio, y que debido a ello dejase de gustarle. Continuó mirando al vacío, ahora pensando en Axel. También pensaba en Xion, pero más que eso, recordaba la fotografía que ambos tenían en sus respectivas habitaciones… deben de ser como hermanos esos dos.
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Se sentía un poco mareado, la cabeza le daba vueltas, el estómago estaba pidiendo energía. Su cuerpo, el cual permanecía tendido, se levantó con lentitud. Una vez cómodo y con la cabeza estable, recorrió su habitación con los ojos; no había nada extraño. Estiró sus brazos al mismo tiempo que despedía por su boca un bostezo. Respiró hondo y se impulsó –con la poca fuerza que tenía- para levantarse completamente y poder recorrer el lugar. Caminó hasta la puerta de su habitación, que curiosamente estaba cerrada, y la abrió desconfiadamente. ¿Habría pasado algo mientras se quedó dormido? ¿Qué había sucedido? No recordaba haberse quedado en cama por mucho tiempo… Llevó sus manos a la cabeza y cerró los ojos con fuerza para intentar recordar algo, pero nada pasó por su mente más que algún delicioso bocado de pan. Continuó su camino, bajó escaleras y caminó por el pasillo de abajo. Miró hacia su derecha, donde se encontraba el comedor. Desde ahí se escuchaba algo. Cruzó el comedor y se encontró en la cocina.
-¡Ah, despertó el dormilón! –Exclamó el padre de Roxas, quien estaba preparándose un té con unas tostadas. -¿Dormiste bien, pequeño?
-Buenas tardes, papá. –respondió Roxas. -¿Hace cuánto llegaste?
-¿Hace cuánto? –Preguntó extrañado. Luego comenzó a reír a carcajadas. Roxas le miraba asombrado por aquella reacción. Recuperó el aire y respondió: -Bueno, Roxas. Llegué ayer a casa, a la hora de siempre.
-¿¡Qué!? ¿Qué hora es?
-Ahora, pues son las ocho… Parece que estuvo buena la siesta.
-Jamás me imaginé que… Pero, no entiendo.
-Quizás estabas muy cansado, hijo. No te preocupes, hoy no tienes que ir a estudiar música, ¿Cierto?
-No sé ni qué día es…
-Tranquilo, Roxas. De seguro tu celular responderá aquella incógnita. Ahora ven a desayunar conmigo, pronto vendrá tu madre.
Roxas se acercó a la mesa. En su habitual puesto ya había un té recién servido hasta la mitad de la taza, un jarrón de leche fría y un plato con dos tostadas cubiertas con mermelada. Aún con el cansancio en el cuerpo, el rubio se desplomó en la silla y estiró sus piernas. Luego de unos segundos completamente inútil e inerte, Roxas se acomodó y llenó lo que faltaba de su taza con un poco de leche. No comió hasta que su madre llegó y se sentó con ellos.
-Hijo, ¿no tienes que ir saliendo ya? –preguntó la madre.
-No que yo sepa.
-Yo pensaba que los Martes tenías clases muy temprano.
-¿Hoy es Martes? –preguntó el rubio asustado.
-Así es, hijo. –respondió el padre desinteresado, mientras observaba una columna en el periódico.
-Mamá, dime qué fecha. –dijo aún más desesperado.
-Martes diez, hijo. ¿En qué mundo vives tú?
Ya con las cosquillas recorriéndole el cuerpo, Roxas se levantó de sobresalto y se fue directo a su habitación con apuro. Los padres en la cocina se miraron intrigados por la reacción del chico. Luego se escucharon veloces pasos por las escaleras hacia abajo y un portazo en la entrada. La madre se dirigió al comedor y miró hacia afuera por la ventana. Ahí vio a su hijo pedaleando con rapidez, todo destartalado. No pudo aguantarse más y rió.
Pedaleaba y pedaleaba rápidamente el joven ojiazúl para llegar lo antes posible al examen que, al parecer, ya había comenzado. Estaba nervioso, no solo por tener que dar un examen frente a un gran público y jurado, sino que también por lo que significaba llegar tarde y, quizás, interrumpir a otros compañeros con su llegar.
Pasó junto al parque en el cual conoció a Axel. Recorrió el exterior con los ojos, tal como hacía los primeros días después de haber conocido al pelirrojo, pero no reconoció a nadie ahí. Recordó el examen y volvió a concentrarse. ¿De qué trataría? Decían en el conservatorio que precisamente éste es el examen más difícil para los nuevos músicos. ¿Pero de qué sería? ¿Interpretar, escribir, teoría? Lo que fuese, debía sentirse preparado. Era el niño prodigio, ¿no? De esos que llevan la música por la sangre y no necesitan de estas clases para ser grandes. Nunca hay que subestimar.
Cuando hubo llegado al recinto, no se dio el tiempo de amarrar su bicicleta. A penas se bajó, la dejó ahí tirada junto a un poste de luz. Corrió hasta la gran entrada principal y luego por los pasillos que le conducían al auditorio. Una vez frente a la puerta, respiró profundamente para calmarse un poco, arregló su cabello y su camisa, ordenó sus partituras y suspiró. Abrió aquella puerta con calma, despacio para que no emitiera ningún ruido, y sigilosamente para pasar desapercibido.
Para su suerte, nadie notó su llegada. Estaba todo oscuro ahí dentro; a penas pudo notar algunas cabezas en los asientos más cercanos al escenario, el cual estaba vacío. Como no quería molestar más, decidió quedarse atrás, junto a la pared, esperando a que le llamaran.
Poco a poco fueron llamando algunos nombres. Debían subir al escenario y esperar a que los profesores le pidieran interpretar la partitura en la que cada uno ha estado trabajando; es decir, interpretar la propia música, la propia escritura, tal cual ha sido escuchada en la cabeza una y otra vez, y que ahora sería reproducida en público por primera vez.
Algunos subían con temor, temblando del pánico. Otros no podían si quiera intentarlo. Había algunos que subían con seguridad e interpretaban su música, abiertos a las críticas de sus profesores. Algunos simplemente no sabían ni tocar el instrumento que tenían a la mano. Y estaban, por supuesto, los pocos que sabían hacerlo bien, pero no perfecto.
Lo llamaron a él.
-Roxas, adelante y con el instrumento que desee. –dijo uno de los profesores, quien lo escoltó hasta el escenario.
-¿Puedo pedir un piano? –preguntó el rubio con timidez.
Del backstage le entregaron un órgano eléctrico. El rubio no lo aceptó y volvió a insistir.
-Un piano. ¿No tienen un piano de cola? –exigió ahora con más personalidad.
Se miraron unos a otros los profesores y los encargados de los instrumentos. ¿Piano de cola? Eso es pedir demasiado. ¿No se puede contentar con algo fácil y simple de acarrear? Discutían por el material, por estar retrasando al resto, porque ya era hora de colación, porque nada era bueno. Pero de pronto una silueta se levantó por detrás de la mesa de los profesores.
-Denle al chico lo que desea. Si quiere piano, le daremos un piano. Luego podrán juzgarlo. Ahora no hace falta. –dijo la silueta con vieja y rasposa voz. Los profesores se voltearon para verle y con la cabeza gacha le pidieron disculpas por la imprudencia. Sin que Roxas pudiese verle el rostro, el anciano volvió a sentarse, cruzando las piernas.
Después de unos minutos, un hermoso piano de cola se instaló en el escenario. Roxas con elegancia se sentó en la silla que había para tocar en él. Olió las teclas del instrumento y acomodó sus partituras que, por suerte, las había dejado ordenadas de antes. Hizo tronar los dedos y el cuello, acomodó su trasero y sus manos sobre las teclas, sin tocarlas. Esperó la señal del profesor encargado y respiró. Cerró los ojos y exhaló. Comenzó.
Sus dedos se deslizaban con delicadeza. Algo pausado. Notas agudas que pronto se equilibraron con la tensión de una escala grave. Lo que debía ser en violín, lo interpretó en el piano. Suspiros iban y venían, movimientos de cabeza como si se fuera de control, y la inspiración se hizo cuerpo en el cuerpo de Roxas, y con ello, se creó una obra de arte. Lágrimas caían del rostro del rubio, quien intentó contenerlas para no hacerlas evidentes. ¿Qué estaba pasando por tu mente, pequeño niño de dorados cabellos? ¿Es que en tus cristales de color cielo viste a quien le escribías esta melodía? Y de pronto, acabó con un respiro. Agachó Roxas su cabeza y con disimulo limpió sus lágrimas. Miró a los profesores y esperó algún comentario.
Todo el auditorio quedó en completo silencio. No se escuchaba ni un solo respiro. De lo poco que veía el rubio, pudo notar algunas lágrimas caer y bocas abiertas de asombro. ¿Debía alegrarse y reír para sí? Volvió a levantarse la silueta del anciano y comenzó a aplaudir. De a poco se fueron integrando algunos estudiantes y profesores, hasta que todo el auditorio comenzó a resonar con tanto aplauso. Roxas se paró y caminó hasta el centro del escenario, donde hizo una reverencia. Volvió a acercarse al piano para buscar sus escritos y ahí se quedó a la espera de la evaluación.
-Muy bien, Roxas. Ya los escuchaste a todos. ¿Qué quieres que te diga? ¡Eres un genio! –dijo el anciano que comenzó a caminar en dirección al escenario. Era William, el productor de la disquera que lo buscó.
-¿Señor William, qué hace usted aquí? –preguntó Roxas confundido.
-¿Yo? Soy el dueño y director de esta escuela de música. ¿No te había dicho?
-¿Y qué hay de la disquera?
-Tenemos convenio con ella, y como director de esta escuela, en la disquera me encargo de seleccionar a nuestros mejores estudiantes para que tengan éxito en lo que les apasiona, como tú. –dijo el viejo. Caminó aún más. Subió al escenario y se encontró cara a cara con el pequeño músico. –Tienes mucho talento, Roxas. Sé que no serás un rockero, un cantante de pop o de esos estilos musicales que salen hoy en día. Lo tuyo es la música clásica, lo cual es muy complejo de vender hoy en día como música comercial. Pero sé que podrás triunfar, pues en tu música hay algo más que sólo notas que suenan armónicamente. Hay pasión en ellas. Eso es lo que queremos escuchar, pasión, amor, genialidad.
¿Qué iba a hacer ahora? Pues claro, salir y correr de alegría, contarle a todo el mundo. Llamaría a su madre y a su padre, a Axel y… ¿Por qué tendría que llamar a ese estúpido? ¡Se estaba alejando solo! Pero no, Roxas. Eso no arruinaría su momento especial, su peldaño hacia arriba. Por fin sus puertas se habían abierto y además las estaba cruzando hacia el éxito. De tanta alegría olvidó la bicicleta, pero la energía que tenía en ese momento era inagotable, así que no le importó correr a buscarla nuevamente. Y para qué decir lo rápido que llegó a casa.
Lamentablemente, no había nadie ahí. Sin embargo no importaba mucho, pues eso le dio la libertad de gritar y llorar a solas. Por fin, Roxas. Tus lágrimas son de alegría.
Pasaron las horas para el rubio, solitario en su casa. Ya se había calmado, por lo que no fue tanta la euforia con la que saludó a sus padres cuando ambos llegaron.
-¿Cómo te fue en tu examen, hijo? –preguntó el padre entre risas, mientras recordaba la escena de la mañana. -¿Llegaste tarde?
-Si, lamentablemente. Pero me fue…
-Lo sabemos, Roxas. –interrumpió la madre. -¡Te felicito! –añadió mientras se acercaba a Roxas con los brazos extendidos para abrazarle.
Roxas se dejó acariciar por su madre, cosa que no sucedía hacer ya muchos años. Se apoyó en el hombro de la mujer y cerró sus ojos. Inhaló con fuerza el perfume de ella y luego la miró a los ojos. Por encima de los hombros de la mujer, miró al padre. Le sonrió y en seguida volvió a apoyarse sobre la madre.
Esa noche decidieron salir a cenar. Los tres se vistieron con sus mejores ropas y salieron por Londres en busca de algún restaurante reconocido. El éxito de Roxas era motivo de celebración. Volvieron a recordar los viejos tiempos en los que Roxas, aún un niño, disfrutaba de la música y no dejaba de hablar sobre ello. Era como ver una escena del pasado, hacia ya más de cinco o seis años atrás. Sonrisas iban y venían, pero un vacío sintió el rubio. No era mucho, más bien fue algo mínimo, un segundo, un pequeño instante. Y lo dejó pasar, pues no era importante en absoluto para el momento que estaba re-viviendo.
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Nuevo día, nuevo aire, nuevo humor y nuevas sorpresas. Curiosamente ese día fue el celular el que despertó al rubio. ¿Quién sería? ¡Lo mataría! ¿A quién se le ocurre despertar a Roxas con una llamada? El rubio tomó el celular torpemente y revisó la hora. Siete de la mañana en punto, llamada entrante de Axel. ¡Ja! Ahora se le ocurre llamar al desgraciado, pensó el rubio apretando los dientes. ¿Contestar o no contestar?
-¿Qué quieres? –dice Roxas malhumorado, casi murmurando y con puchero.
-Perdón, Roxas. ¿Te desperté?
-Si, Axel. Me despertaste y muy temprano.
-Pensé que irías a eso… ya sabes, lo de la música. A estudiar. –se escuchó el pelirrojo algo nervioso.
-Pues si hablases más seguido conmigo, quizás sabrías que hoy no voy a estudiar "musiquita" a "ese" lugar. –continuó refunfuñando el rubio.
-Ah, lo siento. –respondió Axel desanimado. –No estás de humor… Disculpa si te molesté. Que tengas buen día.
-Si, tú… -Roxas dejó de hablar. Miró la pantalla de su celular y se dio cuenta de que Axel ya había cortado.
Ya lo habían despertado, no tenía por qué volver a dormir. Además, de hacerlo, sería con gusto amargo, lo cual perjudicaría su posterior despertar y su creatividad musical. ¡Pero qué diablos! Más temprano o más tarde, ya estaba de mal humor, y quizás más que eso. ¿Angustia?
-No sé lo que es eso… -Pensó Roxas mirando hacia el techo. –Angustia…
Pasó largos minutos en cama, pensativo como siempre. Repitió una y otra vez la palabra Angustia, intentó comprender su concepto, incluso en lo más profundo de la filosofía. ¿Era realmente lo que sentía? ¿No es más simple que eso, Roxas? Por suerte se aburrió y se decidió por levantarse y producir. Si, producir creatividad, pasión, música.
Rodó por su cama hasta caer en el suelo torpemente. Se levantó con dificultad, frotó su cabello y sus ojos, bostezó y caminó hasta el baño. Lavó su rostro y volvió a su cuarto. Nuevamente bostezó en el umbral de la puerta y se quedó ahí, como ya era de costumbre, observando cada objeto que completaba su habitación. Pero esta vez no reflexionó sobre nada, no buscó ningún elemento en particular, ni deseó encontrar algo que pudiese llenarle algún vació emocional. No. Esta vez dio la vuelta y bajó por las escaleras hacia la cocina, esperando encontrar a uno de sus padres, quienes –lamentablemente para el rubio- no estaban despiertos aún.
Parecía ser una mañana floja, y por ende la tarde se vendría igual. Pero el ánimo llegó una vez se sentó en su cama con su teclado para interpretar lo que podría lanzarle al éxito como compositor. Y como nunca, su motivación se elevó tanto, que logró componer por completo unas cuantas partituras para posible violín, acompañamiento de teclado, una que otra percusión, y un dulce toque a arpa. Horas estuvo borrando y reescribiendo sobre su pentagrama ya no tan nuevo, mas poco a poco fue perdiendo energías, y con eso creatividad.
Tomó su celular, el cual había dejado debajo de la almohada, y miró la hora con desgano. Las cinco de la tarde, hora de un delicioso té para refrescar la mente. Su padre y su madre deberían volver a casa en una o dos horas, por lo que tendría que disfrutar de ello solo. No quería. Deseaba la compañía e alguien, intercambiar palabras, alzar su voz. ¿Quién le acompañaría? ¿Ese estúpido de Axel? Se preguntó varias veces. ¿Y qué hay de Xion? Quizás está estudiando o entrenando, y sólo sería una molestia. ¡Ah, pero parece que Roxas atrae las cosas cuando las desea! Su celular comenzó a vibrar en su mano.
-¿Estás de humor ahora? –Era Axel al teléfono, como siempre con esa voz alegre de que nada hubiese pasado.
-Si, algo mejor. ¿Por qué? –respondió Roxas con desgano fingido.
-¿Quieres venir a visitarme? Estoy aburrido y tengo deseos de cocinar algo nuevo. Necesito un conejillo de indias que pruebe mi veneno. ¿Te parece?
-¿Por qué no invitas Xion?
-Porque quiero invitarte a ti, tontito. Hace unos días ya que no hablamos… y las cosas no andan muy bien entre nosotros. Realmente quisiera arreglar las cosas contigo. ¿Puedes venir, por favor? –dijo Axel con un repentino cambio de voz. Era dulce, suave, acogedor. Amable, pero no como siempre, sino que de un modo más cercano, más interno. Era como si por fin Axel demostrara algo de lo que esconde tras su sonrisa.
-Ee… está bien. –titubeó Roxas al teléfono. –Salgo de inmediato.
-Ven en tu patineta.
-Si. Nos vemos. Adiós. –colgó de inmediato el celular. Su corazón comenzó a palpitar con una fuerza inexplicable. Le invadieron las cosquillas en el estómago y un frío recorrer su espalda. Sus manos comenzaron a temblar.
A penas recapacitó, saltó de su cama y comenzó a buscar ropa decente. Se vistió rápidamente y luego se peinó, como siempre, con algunas mechas hacia arriba y otras ocultando un poco su mirada para darle un toque de misterio. Luego se colocó perfume, a lo que inmediatamente se preguntó por qué lo hacía si solo era Axel. Volvió a sentir cosquillas en el estómago. Eso lo acompañó con un recorrido rápido de su sorprendido rostro en el espejo. Pero ya, iba a llegar tarde.
Tomó sus llaves y su celular, y los guardó en sus bolsillos del pantalón mientras bajaba rápidamente las escaleras. Salió por la puerta de enfrente y fue en busca de su patineta al patio trasero. De ahí salió corriendo y cuando ya se encontró sobre pavimento, la dejó caer y se colocó sobre ella.
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Era la primera vez que cocinaba brownies, y había que reconocerlo: le quedaron espectaculares, al menos en cómo se veían. También preparó pan, el cual dejó en el centro del comedor. Tenía ya dos tazas de té, un plato de pan, cuchillos y tenedores, pequeñas cucharitas para el azúcar, un jarrón con leche blanca tibia, mermelada de frutilla y un surtido de galletas de mantequilla. Ahora que estaban listos los brownies, colocó uno en cada puesto.
Sonó el timbre. Su corazón se sobresaltó. También sentía inexplicables cosquillas en el estómago, aunque podía reconocer un poco más el motivo. Respiró hondo, exhaló todo el aire que tenía, volvió a respirar con normalidad y se acercó a la puerta de entrada donde, se supone, estaría Roxas al otro lado esperando.
-Hola… -dijo Roxas una vez la puerta se abrió. -¿Qué tal?
-Hola. –Respondió Axel de inmediato. Le miró de abajo hacia arriba hasta encontrar los misteriosos ojos del rubio. Rápidamente desvió la mirada y sonrió. –Adelante, no te quedes ahí parado. Ya conversaremos de nosotros cuando te sientas cómodo. –añadió para romper el hielo y se hizo a un lado para dejar pasar a Roxas.
El rubio dejó su patineta en la entrada y luego se acercó al comedor que, claramente, llamó su atención por lo preparado que estaba.
-Huele muy bien.
-¿Tu crees? Hice brownies. Mi primera vez. –dijo Axel orgulloso.
-Ya tengo ganas de probar… -agregó Roxas por cortesía.
-Siéntate a comer si lo deseas. Te traigo de inmediato el té que acabo de preparar.
Roxas hizo caso a lo que dijo el pelirrojo y se sentó en la cabecera de la mesa que tenía una taza. Ahí esperó a que el anfitrión acercara el té para que le sirviera. Lo siguió con los ojos hasta que Axel se sentó a su lado.
-Por favor, prueba.
Volvió a seguir las órdenes de Axel y bebió un poco de té. Luego tomó el borwnie, olió el intenso chocolate caliente que desprendía y dio una pequeña mordida. Mirando hacia arriba y con el cuerpo totalmente inmóvil, Roxas saboreó el Browne hasta que se lo tragó. Luego miró a Axel -quien estaba esperando atentamente algún comentario-, y le sonrió con aprobación. A esto, Axel devolvió la sonrisa con un dejo de alivio y probó también el borwnie.
Durante toda la hora del té, los dos jóvenes a penas se hablaron. Sólo se miraban de vez en cuando con timidez o se sonreían. No parecía haber mucha conversación a nivel de contenido, pero a nivel relacional parecía haber algo más que una pequeña reconciliación.
Cuando terminaron, Roxas se levantó de inmediato. Agradeció la comida y felicitó al pelirrojo por lo delicioso que estaba. Comenzó a tomar las tazas y platos para llevarlos al lavavajillas, pero Axel le tomó del brazo y lo detuvo.
-Deja las cosas ahí. Yo lavaré más tarde, no te preocupes.
Roxas, como ya había estado haciendo desde que llegó, sin omitir ninguna palabra dejó lo que había tomado sobre la mesa. No se volvió a sentar, sino que se quedó parado junto a Axel, esperando a que éste hiciera su próximo movimiento.
-¿Sucede algo, Roxas? –Axel parecía un poco nervioso. Era la primera vez que Roxas lo veía así (y que lo dominaba).
-No, nada. Es sólo que me detuviste, estoy esperando a que hagas algo. –respondió el rubio con un poco de indiferencia.
-Ah, si. Disculpa, estaba volando. –respondió Axel con dificultad. De inmediato se levantó y caminó hasta aquel cómodo sillón blanco en medio del living. –Ven. Siéntate a mi lado.
Nuevamente Roxas volvió a ser dominado, a lo que Axel rió y comentó que parecía una pequeña mascota que sólo recibía órdenes. El rubio lo ignoró y se sentó en el mismo sillón, dejando notoriamente un espacio libre. Miró a Axel y bajó la cabeza.
-Roxas, sé que no me he portado bien contigo. De verdad, quiero remediarlo. –dijo entonces el pelirrojo con total sinceridad.
-La verdad es que la última vez me pusiste nervioso. –respondió de inmediato Roxas. –No sé qué fue lo que realmente pasó por tu cabeza, pero lo que sí me pasó a mi fue realmente extraño. Además, después de tal insinua…
Roxas fue interrumpido. Aquella última "a" se transformó de pronto en la mejor entrada a una lengua ajena. Si, Axel se le abalanzó repentinamente y besó al rubio con reprimida pasión. No la pensó dos veces, dejó que su lengua penetrara en la boca del rubio para acariciar la suya. Roxas sólo pudo mantener los ojos abiertos para ver el afilado rostro de Axel que, por primera vez, se veía realmente suave. Si, fue extraño al principio, pero rico. Y cada vez fue más y más delicioso. Poco a poco los brazos de Roxas comenzaron a ceder, y de pronto se encontraban rodeando el cuello del pelirrojo. A esa señal, Axel no fue idiota. Poco a poco fue tumbándose sobre Roxas, hasta quedar los dos recostados en el sillón. Con sus manos libres, Axel acarició el rostro del rubio, su cabello y su tersa piel en el cuello.
Era algo mágico. Si bien inesperado, fue mágico y agradable. Muy agradable. Demasiado agradable.
Parecía ser eso, entonces, una reconciliación deseada por ambos. ¿Será que por fin podrían estar juntos como lo deseaban? Pues, si bien Axel ya lo había hecho más que notorio, Roxas no sabía realmente qué era lo que sentía. Ahora no. Ahora estaba convencido. Le gustaba. Le gustaba hasta sentir ya una excitación notoria en todo su cuerpo.
