Disclaimer: nada de esto me pertenece, los personajes le pertenecen a Stephenie Meyer y la historia a LyricalKris, yo solo la traduzco.
THE ROOKIE
Capitulo cuatro – Precipitarse
A veces, la mayor parte del tiempo, era completamente sencillo olvidar que Bella era la hija de su jefe y solo tenía diecisiete años.
Dieciocho. La semana que viene, insistió el demonio.
Cuando su padre empezó a ver a una mujer en la reserva, estando fuera casi todos los fines de semana, Bella empezó a ir a la comisaría para ver si él compartiría una cena tardía con ella. Edward no cocinaba mal, pero era perezoso para esas cosas, así que una comida casera era bienvenida.
Y la compañía era sorprendentemente intrigante.
A Edward nunca le habían gustado particularmente los adolescentes, incluso cuando él era uno. No era culpa de ellos. Simplemente se sentían fuertemente atraídos por el drama y Edward lo encontraba desagradable.
Pero, de todas formas, parecía que Bella tenía poca paciencia con su generación. Esa era la razón, clamaba ella, por la que prefería pasar las noches de fin de semana hablando con él.
Podían hablar durante horas de todo y nada. Él no estaba simplemente soportándola porque fuera la hija del jefe. Eran amigos legítimos que podían reírse juntos y tomarse el pelo.
Edward creía que era divertidísimo como, cuando tenía que salir por una llamada tarde en la noche, ella siempre se inquietaba un poco. Era lindo ver como se preocupaba por su seguridad.
― Oh, Bella, fue horrible, ― dijo él en una falsa voz asustada, relatando su historia mientras ella se preocupaba por una herida que tenía en el brazo.
Ella estaba sobre el escritorio de su padre, sosteniendo la mano de Edward entre las suyas mientras examinaba la herida vendada con consternación. Se veía tan seria que Edward tuvo que morderse el interior de la boca para no echarse a reír.
― Verás, ― dijo él, bajando la voz de forma que ella se inclinó atenta hacia él, ― ahí estaba yo, siguiendo simplemente una llamada de rutina. Anoche era una noche oscura. Era solo yo con mi linterna, rastreando el suelo, cuando de la nada oigo ramas crujir y este gruñido increíble. ― Se inclinó hacia delante, gruñendo y ladrando fuertemente a su oído, de forma que ella soltó un pequeño grito y saltó.
― ¡Edward Cullen, no eres divertido! ― clamó, golpeándole el hombro con la palma de la mano.
Él rió, levantando la cabeza.
Y se quedó congelado abruptamente.
Edward estaba repentinamente consciente de su posición en ese momento. Estaba apoyado contra el escritorio, con sus manos a cada lado del cuerpo de Bella. Estaba tan cerca de su cara que sus narices casi se tocaban, tan cerca que podía sentir el calor de su cuerpo, podía imaginar que solo si cerrara esos últimos centímetros que los separaban, ella estaría presionada contra él.
Las manos de ella estaban en sus hombros y la risa murió en sus labios cuando se dio cuenta de la repentina intensidad que cargaba el aire. Sus ojos, iluminados con diversión, se oscurecieron mientras él miraba fijamente. Su aliento salió con dificultad, cálido y dulce, oliendo a las galletas que habían compartido anteriormente, y sus manos se ahuecaron en el cuello de él.
Todo el cuerpo de Edward estaba tenso para mantenerse quieto. Cada músculo ansiaba doblarse, cerrar la pequeña distancia que le daría a su piel lo que pedía: el cuerpo de ella contra el suyo, sus brazos alrededor de ella, y sus labios saboreando los de ella.
Nunca había querido nada tanto.
― Bella, ― susurró su nombre, levantando una mano para pasar sus dedos por la mejilla de ella. No podía pensar. Sentía un cosquilleo de urgencia en su mente, una voz que se desvanecía rápidamente y que tenía una nota de aviso; sobre qué, Edward no podía saberlo.
Quería besarla. Necesitaba besarla. Era el único pensamiento en su mente.
Ella inclinó la cabeza hacia arriba y esa fue toda la invitación que su cuerpo estaba esperando. Solo tuvo que mover la cara una fracción de centímetro y se estaban besando. Al principio era un beso dulce, sus labios rozando los de ella, una prueba.
Pero oh, se hizo instantáneamente adicto a su sabor. Sabía dulce por las galletas y e intoxicante como el vino. Y, ¿por qué se sorprendió tanto cuando sus labios encajaron exactamente con los suyos? No estaba muy seguro.
En realidad, no existía nada más en el mundo además de lo absolutamente correcto que se sentía besar a esa mujer.
Mujer. No.
Con un salvaje jadeo, Edward se apartó, consiguiendo hacerlo solo por el centímetro que les había separado antes. Lo que tenía que hacer era alejarse de ella, mucho, pero ese centímetro fue todo lo que pudo conseguir en ese momento. Le hizo falta toda su fuerza de voluntad para moverse lejos con todo su ser gritando por ella.
― Bella, ― dijo con voz ronca, intentando encontrar las palabras correctas para explicar cuánto sentía...
Los dedos de ella se enredaron en su pelo y se sentó un poco más recta, bajando la cabeza de él hacia la suya. Él no opuso resistencia, completamente desarmado ante esa llamada y con su auto-control diezmado.
Solo entonces se dio cuenta de cuánto había luchado, apartando pequeñas necesidades que en ese momento estaban fuera de control.
Era como enterarse de que había estado viviendo solo a media capacidad. Sus pulmones de repente estaban más llenos, el volumen del mundo había subido y los colores eran infinitamente más brillantes. Había mucho que explorar, que vivir, y él lo quería todo, quería más.
Las manos de él fueron a la cintura de ella, sus dedos presionaron en la parte baja de su espalda. Antes de poder procesar lo que estaba haciendo, él ya había unido su cuerpo al de ella. Ella le agarró de la solapa de la camisa, acercándole incluso más, y él cayó hacia delante, apoyándose en un brazo antes de inmovilizarla en el escritorio.
El ruido de cristal rompiéndose deshizo el hechizo y se separaron, los dos respirando rápido y con dificultad. Las manos de ella todavía estaban empuñadas en su uniforme. Él podía sentir como el pecho de ella subía y bajaba contra él mientras ella intentaba recuperar el aliento. Se miraban fijamente a los ojos, los dos pestañeaban. Ella se veía tan sobresaltada como él se sentía. En otra situación, habría sido divertido, pero con el cuerpo de ella tan cerca del suyo y sus ligeros movimientos enviando sensaciones deliciosas por la columna de él, a Edward le estaba costando concentrarse.
Cierto. Había habido un ruido.
A regañadientes, los sus ojos se apartaron de los de ella y miraron al suelo. Se le formó un gran nudo en la garganta cuando vio lo que había caído. Era una foto que el jefe tenía en su escritorio: él y su hija, Bella, ella con los ojos brillantes porque le acababan de regalar esa camioneta destrozada que a ella tanto le gustaba, y el Jefe viéndose bastante satisfecho porque su hija estuviera tan feliz.
Edward tragó con dificultad, cerrando los ojos y descansando su frente brevemente contra la de ella antes de incorporarse. Deslizando una mano por su espalda, la levantó con él para que estuviera sentada de nuevo. Respirando profundamente gracias a los restos de fuerza de voluntad que le quedaban, Edward se apartó varios pasos de ella.
Un minuto completo pasó mientras se miraban el uno al otro, ninguno de los dos habló. Edward se frotó la nuca, sus pensamientos eran demasiado caóticos para procesarlos.
― ¿Fue, um...? ― Bella tartamudeó, rompiendo el silencio mientras sus ojos iban a los de él y luego se apartaban. Sus mejillas estaban teñidas de un fuerte tono rojo. ― ¿Fue el perro muy violento?
Durante un largo momento, Edward solo la miró fijamente con la boca abierta mientras intentaba entender sus palabras. ― Um. No. No, fue... ― Soltó el aire, intentando hacer arrancar su proceso de pensamiento racional. Ella le estaba ofreciendo una salida y, como el cobarde que era, él iba a tomarla. ― Fue culpa mía. Los perros me asustan un poco, ― admitió tímidamente. ― Y yo me lancé. El dueño, Sam, llamó al perro al instante. De verdad, Bella, está bien. Es apenas un arañazo. La peor parte fue la vacuna contra el tétanos que mi padre me puso en el hospital.
― Hmm, ― murmuró Bella, asintiendo. Sin mirarle.
Volvieron a caer en el silencio.
― Debería irme, ― dijo ella en voz baja un minuto después, su voz estaba desprovista de toda inflexión. Se bajó del escritorio – el escritorio de su padre – hasta el suelo.
Los ojos de Edward cayeron, las manos en los bolsillos. Sabía que había cosas de debería estar diciendo, pero temía que si abría la boca, solo le suplicaría que se quedara.
― Bella, ― consiguió decir finalmente cuando ella ya estaba en la puerta.
― No, ― dijo ella, todavía sin mirarle. ― Solo no.
Y entonces se fue.
Hola!
La cosa se va calentando... ¿qué os ha parecido el capitulo?
Muchas gracias por vuestros comentarios, alertas y favoritos y también a los que solo leeis.
Nos vemos de nuevo el próximo sábado, y no os olvideis de los adelantos en el blog los miércoles.
-Bells, :)
