Disclaimer: Hetalia y los personajes no me pertenecen, blablablá, la historia sí, blablablá... Lo de siempre.

Sucesos históricos relacionados con este fic: ¡Ninguno!

Parejas: FrUK (obviamente); Spamano; se nombran el USUK y el FranciaxPrusia...

N/A: ¡600 views! ¡Los amo!

En fin, hoy fue un día genial para mí. Me pasó de todo, larga, larga historia. Pero creo que hace rato que no soy tan feliz como ahora... Encima acá está lloviendo, y me dio la idea de que este capi es más real.

Y no, no se termina acá. Falta el epílogo, que luego dirán si necesita una continuación :D.

En fin, espero les guste esto... Como a mi me encantó volverlo a leer.

Dedicatorias: A Luli, por bancarme en todo esto de los fics; y a MPaRu, por leerlo hasta el final... Al igual que a ustedes. Sin sus reviews creo que no lo hubiera terminado de publicar nunca. Me hacen feliz.

Advertencia: Fluff. Llantos patéticos. Supongo que el que lo haya escrito yo también es una advertencia...


Media hora más tarde, sonó el timbre. ¿Por qué Antonio vendría tan temprano? Si apenas eran las 12 del mediodía... Miró por el agujero de la puerta, pero estaba todo oscuro. Qué extraño. Abrió la puerta, un poco desconfiado y…

Lo vió.

Realmente estaba ahí, en frente suyo.

Jadeante, con los ojos vidriosos, mojado por la lluvia, pero estaba ahí.

Lo abrazó, y recibió lo mismo de vuelta. Sentía que era la persona más feliz del mundo.

-Yo… - comenzó Arthur, pero sus palabras fueron selladas por un cálido beso, que borró todos sus pensamientos. – Mmmh… yo… Mmh… tengo frío…

-¡Oh, claro! – exclamó Francis, separándose del beso, tomando la bata que tenía a su lado y poniéndosela al británico encima, el cual se sonrojó, sorprendidísimo – Ven, sécate y cámbiate o te enfermarás otra vez.

El francés tomó la maleta de su compañero, y la dirigió a su cuarto mientras le enviaba un mensaje a Antonio: "¿A qué hora vienes a llevarte tus cosas?"

A los 5 minutos, mientras Arthur se secaba y cambiaba, Francis recibió una llamada del español.

-¡Francis, amigo! ¿Qué ocurrió? – gritó el moreno en el teléfono, mientras Lovino le decía que no grite, que parecía un loco.

-No tengo idea – respondió el francés – pero lo descubriré. Se está cambiando, vino al departamento sin decirme nada.

-¡Genial, tío! ¿Entonces no hace falta que vuelva?

-Para nada, cheri, está todo arreglado… o eso parece. Si no te aviso nada, es porque está todo bien. Sino, tendrás que salir corriendo a buscar un taxi – bromeó el rubio.

-JAJAJA, ¡Claro, claro tío! Debo irme, que tenemos que volver a casa nosotros dos, supongo que nos divertiremos esta noche – dijo Antonio, sonriéndole a Lovino, quien estaba a punto de golpearlo de la rabia - ¡Suerte con eso!

-Merci, Anthony.

Francis colgó justo cuando Arthur salió. Se miraron a los ojos. ¡Cómo se extrañaban! Los dos se sentaron, en sillones diferentes, ligeramente incómodos.

-Te contaré lo que pasó – comenzó el de orbes celestes.

-No... No quiero saberlo. Me di cuenta de que tú… no serías capaz de engañarme con… alguien como… Gilbert – lo interrumpió el de orbes verdes. El francés lo miró a la cara. Estaba sonrojado, con la mirada desviada y su cara demostraba que estaba apenado. Tres características que le derretían el corazón.

-¿L-lo dices… en serio? – preguntó Francis. Una lágrima de felicidad salió, inevitablemente, de sus ojos.

-Y-Yes… ¡Hey! ¡No llores, you bloody wanker! ¡No es para tanto! – gritó Arthur, quien en realidad tenía un nudo en la garganta.

El francés abrazó al británico, el cual primero se asustó, pero luego terminó lloriqueando en el hombro del otro. Luego de calmarse los dos, se separaron y se volvieron a mirar a los ojos.

-Oh, mon amour… No llores…

-Te… extrañé muchísimo, you git. Me… podrías haber… llamado, o… algo – respondió el pelicorto entre sollozos.

-Pardon, mon cheri, Amerique me dijo que no me contactara contigo y que te esperara… - Francis acomodó, apenado, a Arthur entre sus brazos. Éste suspiró, y decidió decirle la verdad al otro.

-Se me declaró. Me dijo… que me amaba. No lo soporté, y me fui… - confesó el inglés, dejándose acomodar.

-O-oh… Bueno… Pero viniste por mí de todos modos… Dime una cosa, Arthur…

-¿W-What?

-… ¿Por qué volviste? – preguntó el francés, sabiendo la respuesta pero… queriendo escucharla de los labios que lo volvían loco.

-W-Well… Because… Je t'aime – respondió, avergonzado, con su típico acento inglés.

-I love you too, dear – le susurró Francis, antes de unir sus labios en un cálido beso.

Estaban felices, demasiado felices. Todo les parecía un sueño. Si lo era, los dos optaban por no despertar jamás. Pero no, era real. Hicieron un pacto, un dulce pacto:

Nunca más nos separaremos, nunca, por nada del mundo.