3. Desesperación, Odio

Creía que todo había terminado, que nada sería igual. Desde que Sayaka dejo este mundo, había dejado de ser igual de energética y se había vuelto un poco reservada con los demás. ¿Por que tenía que ser de esa manera? ¿Por que tenían que sufrir el cruel destino de desaparecer? - ¡uf! Si supiera que antes era peor, y que se convertían contra lo que luchaban- Se sentía destruida. Aquel día después del desastroso momento en que la peli azul uso su último aliento para acabar con el demonio, se vino abajo.

Días antes, la guerrera de capa blanca la había aceptado -por fin- como amiga. Le dijo que la causa por la que no la aceptaba era porque desconfiaba de ella y creía que algún día las traicionaría. Pero se dio cuenta de que era una buena persona y que sobre todo... se había convertido en su mejor amiga. Igualmente la invito a quedarse a vivir en su casa, ya que no le gustaba que durmiera todas las noches en las bancas del parque, sola y con frio. Kyoko había aceptado pero al día siguiente ya no la encontró en su casa, ni siquiera en su actividad diaria de cazar demonios.

Siguió caminando por los pasillos del parque alumbrados por la luz de la luna y varios faroles. A pesar de que era un parque había varias jardineras delimitadas con una pequeña barda de color blanco con relieves de flores, y un letrero de "No pise el césped". Hizo caso omiso -como siempre- y cruzo la barda de un salto. En medio había un gran árbol en el cual se recostó. Cerro los ojos y soltó un largo suspiro.

Mami le propuso quedarse a vivir con ella ya que tenía un cuarto extra, pero siempre y cuando le ayudara con los deberes del departamento. Kyoko acepto, pero solo porque no tenía otro lugar en donde quedarse. Ese día, exactamente dos años después del terrible suceso, le dijo a la rubia que saldría y que talvez no pasaría ahí la noche así que la vería al día siguiente en la escuela. Si, Mami la "obligó" a asistir a la escuela ya que eso le ayudaría a despejar un poco la mente y olvidarse de cosas que fueran innecesarias.

Se puso el antebrazo en la cara tapándole los ojos rubíes y sonrió. No se quejaba en absoluto ni se arrepentía ya que la consideraba como una hermana mayor. Ambas se conocían desde hace varios años, poco tiempo después de que Kyoko se convirtiera en Chica Mágica. Así que definitivamente no había ningún problema con que vivan juntas. En el pasado igualmente habían hecho un equipo combatiendo al mal por eso tanto una como la otra conocían sus habilidades y debilidades. Pero debido a lo que paso con la familia de la pelirroja esta decidió distanciarse. Mami se rehusó a este repentino cambio y trato de convencer a la chica de que no era necesario. Aun así, no hizo caso y huyó.

Unos pasos pesados resonaron cerca y un rayo de luz amarilla el saco de sus pensamientos.

- ¡Oye tú! - gritó el guardia del parque -! ¿Que haces ahí?!- comenzó a correr hacia donde se encontraba la chica acostada.

La pelirroja abrió los ojos de golpe, se levantó de un brinco y echo a correr.

De un salto cruzo nuevamente la pequeña barda y corrió lo más rápido que pudo. El hombre de uniforme azul marino la seguía muy de cerca con la linterna en la mano. La chica llego a un callejón y se escondió tras una montaña de basura junto a un contenedor. El hombre entro al callejón y camino lentamente en la estrechura de este, mirando atentamente a todos lados buscando un movimiento sospechoso que delatara a quien se encontraba dormida al pie del árbol. Después de varios minutos de espera el guardia se fue y Kyoko pudo salir de su escondite.

-Demonios, eso estuvo cerca... pero ¿ahora donde poder dormir? - se rasco la barbilla con expresión pensativa.

Talvez tendría que buscar otro parque. Pero no le importaba mucho en donde, sino que alguien la pudiera ver cuando se pusiera a llorar al recordar a su amiga la de cabellos celestes. Y sabía que se odiaría, no solo a ella misma sino a aquel animal de pelaje blanco que las engaño y jamás les dijo la verdad... el verdadero destino de las Chicas Mágicas.