Capítulo II
Renée
Acompañada por la mortecina luz que entraba por mi pieza, luz formada por los faroles de la calle, por los autos al pasar, por los locales aún abiertos y por una débil luna que se dejaba distinguir entre las nubes cargadas, me encontraba repasando unos apuntes para la charla que daría por la mañana. Era de madrugada, y el bullicio de la calle, de gente riendo y conversando con total algarabía en vez de disminuir, acrecentaba a medida que el tiempo pasaba.
No estaba nerviosa, ya había presentado mi disertación antes. Ahora sólo me divertía. Las preguntas casi siempre eran las mismas y ya había aprendido a lidiar con la malicia.
Dejé mis apuntes sobre la mesita, no tenía ni una pizca de sueño. Cerré mis ojos un momento, para intentar traer a mi memoria el único rostro capaz de despertar una emoción en mí. El corazón reaccionando, en reconocimiento, latió decaído como si supiera que aquello no era más que una fantasía.
Revisé mi correo en el ordenador. Tenía mails de la facultad, de Ángela, Danielle, David, Jacob y tenía uno nuevo de mi madre.
No era una de sus extrañas cadenas del tipo "envía esto a mil amigos y conocerás al amor de tu vida" así que lo abrí.
Estaba escrito hace no más de media hora y versaba sólo tres palabras: cariño, estoy embarazada.
¡Qué extraño que no me hubiera avisado al móvil!-pensé mientras lo buscaba debajo de mis apuntes, en mis bolsillos, en mi mochila. ¿Dónde podría haber quedado?
Phil, el marido de mi madre, y ella, habían buscado ser padres desde hace un par de años. Pese a los alegatos de Renée habían tenido que pedir ayuda a especialistas (titulados) y, al parecer, sólo así había resultado.
Encontré el móvil en el marco de mi ventana. Estaba en silencio pero la pantalla anunciaba quince llamadas perdidas. Quince llamadas de mi madre, supuse.
Marqué devuelta pues estaba segura de que se había quedado esperando mi llamada.
Tras un tono escuché a mi madre exclamar:
-¡Bella! ¿Te has enterado?
Asentí con la cabeza, era una mala costumbre.
-Si, mamá. ¡Es estupendo! Muchas felicidades para ti y para Phil.
-Cariño, ¿sabes que luego de enterarme me vino la nostalgia de nuestros años juntas?
-Supongo que es normal, hace mucho tiempo que no tienes que encargarte de un personita.
-Nunca pude encargarme mucho de ti, espero que este sea más dependiente.
-Si, si lo será-le aseguré. Mi madre me tuvo apenas terminó la secundaria. Nos había tocado apechugar juntas y más que su hija, en muchas ocasiones era yo la que se comportaba como madre. Esta vez sería distinto, conmigo había aprendido y ahora le tocaba demostrar sus conocimientos.
-¿Qué preferirías, un hermanito o una hermanita? Phil, por supuesto, quiere un varón. El bebé no ha nacido todavía y ya le ha comprado un trajecito de béisbol.
-Si el bebé no sale tan patoso como su hermana no hay nada de malo en ello-aventuré.
Mi madre comenzó a reír pero pronto su voz se cortó y se transformó en un débil sollozo.
-Madre, esta en una nueva etapa de tu vida. Y sólo vendrán alegrías.
Se calló un momento y luego soltó:
-¡Oh, Bella! ¿y tu cuando? Es eso lo que me preocupa.
-¿Yo qué? ¿Ser madre?-hice una mueca.
-Ahá, enamorarte, compartir tu vida con alguien.
Me levanté de mi asiento y fui hacia la ventana. No era la primera vez que me preguntaba aquello, ni la única.
El cielo estaba estrellado y una ligera brisa desordenaba las amarillentas hojas que cubrían la calle.
Fijé la vista en un auto apostado frente a mi edificio. Este, de un modelo muy bonito y caro, partió lentamente hasta salir de mi campo de visión.
-¿Con qué tiempo voy a enamorarme, madre? Ahora sólo puedo pensar en mi carrera. Es lo que me completa y me hace feliz.
Mis compañeros de clase ya no se molestaban en llamar mi atención o en incluirme en sus invitaciones. Tras varias negativas habían terminado por aburrirse. Por eso me sorprendió que al salir de nuestro último examen del semestre me detuvieran a mitad de camino. Quien se acercó a hablarme era una muchacha que siempre me agradó (aunque no la conocía), pues era una muchacha muy alegre y entusiasta. Por lo que observaba en sus relaciones con los demás no era maliciosa y era la única que siempre saludaba.
-Bella-sonrió con nerviosismo-estamos planeando una salida para la última semana de vacaciones ¿te gustaría ir con nosotros?-miró hacia atrás, indicando a su grupo de amigos.
Antes de que pudiera negarme, agregó:
-Lo hemos planeado en esa fecha por que todos irán con sus familias primero.
Asentí.
-Entonce, ¿te gustaría?
No supe por qué de mi boca salió un "si, gracias", aunque no muy convencido.
La sonrisa se ensanchó en su rostro y luego de despedirse y desearme unas buenas vacaciones, se marchó.
Volví a Phoenix como volvía cada vez que tenía vacaciones.
El traslado a Jacksonville no se había concretado para Phil, pero ahora era asistente de un entrenador muy famoso en las ligas mayores.
Estábamos en la cocina, Renée me servía un vaso de agua mientras me observaba con cierta inquietud.
-¿Cómo está San Francisco?ó arreglando unos platos en la despensa.
-¿Ah, si?
-Si, me gusta. Ahí parece que el tiempo no pasara.
-¿Quieres algo?-preguntó luego, con más dulzura.
-Está bien-respondí reticente, temiendo una de sus improvisaciones culinarias.
Sacó dos panes de una bolsa y los puso en el tostador.
Se sentó frente a mi, nerviosa y con la mirada esquiva.
-¿Ocurre algo, mamá?
Levantó la mirada.
-No se cómo voy a hacer esto.
-¿Hacer qué? ¿La comida?
-No, ser madre-susurró.
-Te tengo noticias, ya lo eres. Y una de las mejores amigas que alguien puede tener.
Comenzó a negar con la cabeza y detrás de ésta una nube de humo comenzó a formarse. Me levanté en silencio para evitar que el pan siguiera quemándose. Mi madre no se dio cuenta de esto.
-¿Soy tu amiga?-preguntó.
Volví a sentarme, mi madre no estaba nada bien.
-Si-repetí-la mejor.
-Entonces, ¿por qué no te apoyas en mí? Si soy tu amiga, ¿por qué no confías en mí?
-Si lo hago
-¡No!-exclamó-hace años que noto que estas diferente. Observo la pena en tus ojos y me siento impotente porque no puedo ayudarte, porque no me buscaste para que te consolara, porque no se nada de tu vida.
-Mamá, créeme. Te lo cuento todo-todo lo que puedo contarte.-Eres la primera persona en la que pienso cuando me ocurre algo emocionante.
Me detuve para tomar aire y se me empañó la vista.
Sonrió, poco convencida. Quise contarle del nudo en la garganta con el que vivía, de mi fobia con los calendarios y el tictac del reloj y de cuánto extrañaba nuestras época solas, con ella alborotándolo todo y yo recogiendo los pedazos. En aquella época en que no tenía nada que ocultarle.
Pero no lo hice.
En cambio, le conté:
-La próxima semana iré con unos amigos a acampar.
-¿Amigos de universidad?
-Si
-Me parece estupendo-sonrió ahora con más alegría.
-¿Qué ha sido de Alice?-preguntó volviendo a los platos y a la despensa.
-Lo mismo de siempre. Está muy bien-titubee-estudia historia del arte en Washington y sigue con su novio, Jasper.
Asintió, pero no dijo lo que en verdad pensaba. Esto era lo que yo siempre decía cuando me preguntaba por Alice.
Me pasé la semana contándole sucesos de mi vida que no me habían llamado la atención pero que sirvieron para ahorrarle la preocupación. Inventé anécdotas que regresaron la perpetua sonrisa que solía iluminar el rostro de mi madre.
Aún así tenía la sensación de que no me había creído ninguna palabra.
