Capítulo IV
La carta
Y entonces mi mente me jugó una mala pasada. Me dirigía a mi primera clase del nuevo semestre. Iba algo atrasada y con los ojos pesados. No había dormido bien y me había levantado muy temprano, mala combinación para estar alerta o atenta. Caminé despacio hacia la universidad. Rostros cansados, mujeres bellas camino al trabajo que escondían con el maquillaje el agobio y jóvenes yendo al colegio, pasaban a mi lado como en cualquier otra mañana.
Me detuve en un semáforo, frente a la puerta de la universidad. Un viento calido comenzaba a correr, anunciando lluvia. Miré hacia el cielo, el sol, aún tapado con nubes, lograba sobresalir. Sonreí, pese a la ambigüedad de sentimientos que me sobrecogían ahora por el sol, siempre lograba sacarme una sonrisa.
Al bajar la vista un destello anaranjado entre la gente logró llamar mi atención. Pero no podía ser. El semáforo aún en rojo parecía no querer cooperar, bordeé la calle con la vista pegada a aquella espalda que se alejaba con rapidez.
-Edward-susurré con el corazón en la garganta.-Edward, espérame. Crucé la calle y comencé a correr deseando que mis piernas fueran más veloces.
Le llamé con un grito que salió ahogado de mis pulmones pero él no se detuvo. Recorrí sus pasos y estuve a centímetros de distancia. Mi corazón se desbordaba en mi pecho, frente a él, y el nerviosismo me hizo soltar una intranquila carcajada. Alcé mi mano para tocarle pero cuando él se volvió y su rostro me escrutó descubrí con desesperación que no era él.
Mi cara debió haber asustado a aquel tipo que, sosteniendo mi brazo me preguntó si me encontraba bien.
-Está usted pálida-me dijo.
Asentí sin volver a mirarlo y di un paso hacia atrás.
-Lo confundí con alguien. Lo lamento.
Me quedé ahí parada un rato infinito, intentando componerme. Estaba segura, era él entre la gente…
Cuando me sentí lo suficientemente calmada como para alzar la vista, noté que había comenzado a llover.
Llegué cuando la clase había finalizado. Me detuve en la puerta para ver salir a mis compañeras. Amanda y Julie se habían convertido en las primeras amigas que hacía aquí en San Francisco desde mi llegada hacía ya cuatro años.
-¡Te perdiste la clase de tu vida!-exclamó Julie con su entusiasmo característico.
-¿Por qué?-pregunté sin verdadero interés.
-El profesor-comenzó con una pícara sonrisa.
-¿Es bueno en el ramo que imparte?-aventuré
-Es atractivo-terció Amanda queriendo acabar con el tema.-Ahí va, puedes comprobarlo tu misma.
Alcé la vista en la dirección que me indicaba. El, que más bien parecía un muchacho más entre el resto del alumnado, cargaba una mochila y vestía como deportista extremo. Su rostro era sin duda atractivo pero su apariencia, algo desaliñada y extraña, no lograba llamar la atención de buena manera.
-¿Cómo se llama?-pregunté mientras lo contemplaba.
-Egon Roy
-¿Egon Roy?
-Creo que es alemán.
-Bueno, y ¿qué dices?-me preguntó Julie.
Negué con la cabeza.
-Bella, ¿te quedaste dormida?-preguntó luego Amanda.
-No, me distraje camino hacia aquí.-descarté el tema.
Caminamos en silencio hasta la facultad. Ahí se encontraba el resto del grupo. Ellos, aún si saber casi nada de mi, me integraron como una más luego de nuestra salida a acampar.
-¿Tienes que trabajar esta tarde?-preguntó Mark acercándose a nosotras.
-Si, ¿Qué planes tienen?
-Encontramos un bar karaoke muy cerca de tu casa, queríamos pasar hoy a ver qué tal es.
Decliné la oferta pues lo único que quería era llegar pronto a mi casa y dejarme caer en algún rincón.
El turno en el trabajo se alargó más de lo normal. Trabajaba en la biblioteca municipal recogiendo libros y devolviéndolos a sus estanterías, seleccionándolos cuando llegaban nuevos y la parte que más me gustaba, leyéndolos para luego recomendarlos.
Llegué a mi casa empapada, y con una idea fija en la cabeza. Debía llamar a Alice y confirmar que aquél sujeto al cual seguí no era Edward. Sabía que no era el tipo con el cual hablé, la confusión había sido un crimen, pero el primero que vi y por el cual comencé a correr, ese tenía que ser Edward.
Luego de cambiarme cogí el teléfono y marqué a Alice. Uno tras otro se sucedieron los tonos y no obtuve respuesta. Comencé a recorrer mi pequeño departamento, algo ansiosa.
-¡Alice contesta! Ya sabes para qué te llamo, responde.
Sin embargo, Alice no contestó. Dejé el teléfono sobre la mesita de noche y me senté en el suelo, apoyada sobre la pared. Estuve allí sentada hasta que el reloj cruzó la medianoche.
Al levantarme y observar de reojo la habitación un sobre blanco sobre la alfombra llamó mi atención. No había reparado en el antes y no había sido yo quien lo había puesto en ese lugar.
Lo cogí con precaución, por el reverso y escrito en una exquisita y pulcra letra estaba escrito mi nombre. Me dio un vuelco el corazón cuando caí en la cuenta de quien había escrito aquello.
Mis dedos se apresuraron en abrir el sobre y mis ojos por leer la carta. La primera lectura fue tan rápida que no supe de qué se trataba. Intenté calmarme, las piernas y las manos me temblaban y tenía la vista nublada de lágrimas.
Respiré profundo y comencé nuevamente.
Bella:
Lo que pensamos que ocurriría no dio resultado.
No sigas esperándome, sigue con tu vida pues ya no podré ser parte de ella.
Mereces ser feliz, por favor no te niegues a sentirlo nuevamente.
No me despido personalmente de ti porque sería peor.
Agradeceré siempre haberte conocido, fuiste la luz de mis días y tu recuerdo me seguirá por siempre.
Prométeme que serás feliz. Confío en ti,
Edward.
Hola!
Este si era Edward
Gracias por pasarse y por los comentarios ^^
saludos!!
