Capítulo V
Somnolencia
Desperté sudorosa y fría, con la carta aún quemándome en las manos y doliéndome en todo el cuerpo.
Ese pequeño pedazo de papel anunciaba mi condena. Había aguantado día a día, pues la esperanza del reencuentro siempre había estado a la vuelta de la esquina. Edward también tenía sus esperanzas puestas en ese día visto por Alice, pero ahora toda posibilidad quedaba reducida a cero.
Y lo peor de todo era que si él no volvía el mundo seguiría igual, nadie sentiría su ausencia, nadie buscaría su mirada en la calle. Yo era el único vestigio de aquella historia y pronto desaparecería también.
Había estado toda la noche sintiendo que flotaba en agua fría, inmersa en un extraño trance febril.
Abría los ojos y volvía a caer en esa pesada modorra que me arrastraba irresistiblemente. Ocurrió tantas veces que pensé que todo consistía en un largo y molesto sueño. En el que siempre se repetía la misma imagen.
Me encontraba en una casa llena de amplios ventanales, por los cuales la luz del sol entraba sin disimulo y bañaba cada uno de los rincones. Desde una de las habitaciones el llanto de un bebé atraía mi atención pues su sonido envolvía mis pensamientos.
Le busqué casi con desesperación, su llanto se volvía más y más agudo y desgarrador a medida que el tiempo iba pasando. En uno de los cuartos más apartados había, como único mobiliario, una pequeña cuna y en ella, agitando los bracitos y aún llorando, se encontraba un bebe que al verme pareció calmarse.
Suspiré mientras me alistaba para ir a la universidad. Nuevamente tendría que recurrir a aquella ficticia sonrisa para que nadie supiera lo que ocurría verdaderamente en mi interior. Al menos aquí, nadie sabía que sobreactuaba.
Era extraño tener la certeza de que aquello que desee por tanto tiempo no iba a ocurrir nunca. Me había mantenido tanto tiempo tras ese velo tranquilizador que ahora no sabía cómo actuar. No olvidaría, estaba segura de ello. Haría todo lo que estuviera de mi parte para que él no desapareciera nunca en mí.
Dudaba que alguien hubiera sido tan feliz como yo. Y quizás, pensé mirándome al espejo, de eso se trataba la felicidad. Si la sintieras todo el tiempo, dejaría de ser un atractivo tesoro y se convertiría en la peor de tus pesadillas. Intenté sonreír mientras me repetía esto, tal vez para convencerme. Sonreír se sentía y lucía tan raro como si de un día para otro se me ocurriera hacer deporte, y fuera buena en ello.
A veces, los amores irrealizables son los más bellos, los que uno recuerda por siempre, con una sensación agridulce y con una sonrisa cruzándote en el rostro. ¿Por qué me iba a perder eso?
Esa sería mi felicidad a partir de ahora, el dolor sería un agregado extra que me mantendría alerta el recuerdo, no me permitiría olvidar. Seríamos amigos desde ahora, nunca me defraudaría porque jamás tendría el remedio para mitigarlo.
La primera clase del día era con el Sr. Roy. Me apresuré para no llegar de últimas, pues aunque me quedaba dormida en casi todas sus clases, impartía un ramo muy importante para el camino que quería seguir en mi carrera.
La población femenina en aquella clase aumentó al finalizar la semana. Julie no era la única interesada que suspiraba y se peleaba los primeros puestos para quedar frente a él y su deífico e inmaculado rostro.
Cuando llegué, un grupo de estudiantes, casi todas mujeres, tapaban la entrada a la espera del profesor, que se había convertido en el nuevo centro de atracción de la universidad.
Amanda y yo éramos las únicas, al parecer, inmunes a sus sublimes encantos.
-¿Qué le pasó a su piel?-preguntó Amanda en cuanto pudimos ubicarnos en nuestros puestos, casi al final de la sala.
-Dicen que se intoxicó con mercurio-nos respondió Mark al sentarse a nuestro lado.
En efecto, toda la piel visible del profesor lucía gris y opaca. Esperaba que no fuera nada serio, y que el color de su piel se debiera a cualquier otra causa menos peligrosa.
Demasiado pronto sentí una conocida opresión en el pecho y sobre mí un cansancio tal, que al apoyar mi cabeza en mis brazos cruzados, sin darme cuenta, me quedé dormida.
-Bella-escuché que murmuraba alguien desde algún lugar muy lejano.
Volvieron a repetir mi nombre y sentí el frío del mesón en mi rostro y una ligera incomodidad en la espalda. Me reincorporé y la luz artificial de la habitación logró cegarme por un momento.
-¿Se encuentra bien, Srta. Swan?-preguntó alguien con una voz tan profunda que tuve que morderme los labios para reprimir una risita nerviosa.
Enfoqué la vista en este nuevo objetivo. Cuando dejó de ser un manchón luminoso encontré frente a mí al profesor Roy, mirándome con curiosidad y aún así, cierta reticencia.
La somnolencia desapareció, pero antes de poder responderle él se dio la vuelta y se retiró del lugar.
Salí del trabajo y me fui al puerto, lugar donde me encontraría con Ángela. Atardeció temprano y los faroles de la calle ya alumbraban la avenida cuando llegué. Áng me esperaba bajo uno de ellos. Me recibió con una calida sonrisa y al verme más de cerca su expresión se tornó preocupada.
-¿Te encuentras bien?-preguntó con cautela
-Si, lo estoy.
No pareció muy convencida, siguió observando mi rostro con preocupación, pero no insistió en el tema.
Había decidido que pasara lo que pasara no me aislaría del mundo, no practicaría el ostracismo nuevamente, pues no quería que la pena se llevara mi vida con tanta rapidez. Para evitar esto lo mejor era estar rodeada de gente, el máximo tiempo posible, así tendría que fingir que estaba bien, sonreiría con más frecuencia y llegaría el día en que me saldría natural...
Esa misma tarde había llamado a Ángela para concertar nuestra prometida reunión. Decidimos entrar a un restaurante pues había empezado a hacer mucho frío.
Ella resumió, con una entusiasta sonrisa, todo aquel tiempo en que no nos habíamos visto. Había viajado a Europa con su compañía de teatro, no había podido conocer muchos lugares debido a que siempre se encontraba algo ocupada, pero había aumentado con creces el amor por su carrera.
Le conté, con menos entusiasmo, de mi vida como universitaria, de las investigaciones en las que había participado, de mi (nuevo) grupo de amigos, y cuando me quedé sin más anécdotas, como a los cinco minutos de haber comenzado a hablar, tuve ganas de inventarle historias…Pero ella, al igual que mi madre, sabía exacto cuando mentía.
Sonreí, finalmente, para llenar los espacios vacíos.
-Cuando anduve por Italia, creí ver a Edward-comentó como de pasada.
Tomé un sorbo de agua, el frío del vaso en mi mano y del líquido, recorriendo mi interior, me provocaron escalofríos. Mantuve mi sonrisa impávida tanto como pude, y al dejar nuevamente el vaso sobre la mesa, comenté con afectada tranquilidad:
-Me pregunto qué habrá sido de él.
-Su hermana Alice me contó que estudia arquitectura allá en Italia.
-¿Su hermana Alice?-mi pequeña pantomima quedó desbaratada al escuchar estas palabras.
-Si, me la encontré hace un tiempo. Antes de encontrarte.
Asentí.
-¿Aquí en San Francisco?
-Si, asistió a una de mis obras. Me dio tus datos para contactarte.
¿Por qué no se había pasado a saludarme?
-Mi vida en Forks-murmuré luego, con tono ácido-casi siento que fue otra la que tuvo esa vida.
-Fueron unos años muy complicados para ti. ¿Nunca más volviste a tener problemas con tu memoria?
-No, recuerdo ahora todo con suma nitidez.
Lo que creí iba a ayudarme a seguir adelante, sólo sirvió para hacerme retroceder en mi intento de despertar. Volví a mi casa peor que como salí, sumida una vez más en esa ambigua sensación en la que parecía dormir pero con la cual no lograba descansar.
Hola!
Primero que todo, muchas gracias, en serio, por seguir esta historia y por sus comentarios.
Me motivan muchísimo ^^
Por si lo dudan, esta historia sí tendrá un final feliz.
