Capítulo VI

Fenómeno

Semanas después…

Era un frío y lluvioso día de primavera. El sol no había aparecido y la transición de estaciones se había extendido exageradamente durante semanas.

Como siempre iba atrasada para la primera clase. Me había sido imposible abrir los ojos luego de que el despertador sonara. Y eso era parecido a lo que ocurría cada mañana.

Al menos, las ojeras habían desaparecido.

La noche anterior había hablado con mi padre por teléfono. Había vuelto a quedarse en el hospital, sin dormir. Lo que significaba que iba a trabajar sin haber descansado antes. La preocupación se evidenciaba en su voz y estaba segura que en el rostro también.

Uno de sus mejores amigos, Harry Clearwater, había sido ingresado al hospital tras un ataque al corazón y luego de una semana los pronósticos no eran buenos para él. No era la primera vez que tenía uno y parte importante de su corazón había dejado de funcionar.

Un auto patinando por la vía me alejó de mis pensamientos. Iba a estrellarse contra un joven que aún no se enteraba de lo que iba a ocurrirle.

Mis piernas, con una tendencia al suicidio que yo desconocía, me llevaron hacia él con el propósito de sacarle del destino al cual la vida lo había conducido.

En escasos segundos llegué junto a él y con todas las fuerzas que no tenía, le empujé, o intenté hacerlo.

El auto terminó de llegar hacia nosotros y fue ahí que el tiempo comenzó a extenderse. No había ya forma de escapar, nos arrollaría a ambos. Mientras el miedo le ganaba a la adrenalina que había sentido hacía sólo un par de segundos y que había guiado mis pasos, el auto seguía su marcha inevitable en nuestra dirección, con las llantas rechinando y marcando la calle.

Dejé de oír las exclamaciones de los espectadores y el de la posible colisión. Me mantuve en pie aun cuando mis rodillas imploraban dejarme caer.

Había cerrado los ojos con mis brazos hacia atrás, intentando rodear a aquel muchacho, intentando interponerme entre su suerte y aquel coche.

Cuando decidí que era momento de ver qué había sido de nosotros, pues no sentía dolor y todo permanecía en un extraño y sepulcral silencio que no lograba comprender, abrí los ojos. Mi cuerpo aún en pie, estaba entre el auto y el muchacho. A simple vista no nos había pasado nada, sin embargo el capó del vehículo estaba retorcido y echaba humo como si hubiera impactado una pared de concreto.

Volví a abrir los ojos, con asombro esta vez, para corroborar que las imágenes que llegaban a mi cerebro eran las mismas que adquiría del sitio en el que me encontraba. Los sonidos llegaron poco a poco, inundando nuevamente mis pensamientos. Lo primero fue mi respiración agitada, luego el palpitar asustado de mi corazón.

-¿Qué…?-balbuceé.

-¡Llamen a una ambulancia!

-Córranse, dejen pasar a la policía.

Observaba la escena sin comprender. El auto estaba a treinta centímetros de mis piernas. La gente nos rodeaba, y miraban pasmados algo que escapaba de toda lógica. ¿O era que estaba soñando?

Cuando fui lo suficientemente dueña de mis actos me volví, pues sentía que aquel muchacho al cual quise proteger, seguía allí, detrás de mí. Y tal vez, estaba tan confundido como yo.

Me encontré con la mirada ausente de mi profesor de bioestadística, el Sr. Roy.

-¿Te encuentras bien?-me preguntó, sin mirarme directamente.

Asentí.

El no parecía sorprendido y no se preguntaba qué había ocurrido. Seguía mirando la escena con ojos contemplativos y el entrecejo fruncido.

-¿Se encuentra usted bien?-pregunté.

Notó mi presencia y como si antes no me hubiera visto realmente, contestó:

-Srta. Swan, está usted a punto de desmayarse.-sujetó con sus manos mis brazos, preparado para sostenerme en caso de caer.

-No, no lo estoy.

Sus labios se curvaron formando una sonrisa y fue ahí cuando mis ojos se cerraron.

Desperté en una iluminada habitación, cubierta por una porosa sábana. Tenía frío y la habitación estaba vacía. El pitido de las máquinas era el único sonido que me acompañaba.

Mientras abría mis ojos una escena sumamente familiar cruzó por mi mente. Me encontraba en el estacionamiento del instituto, observando con un nudo en la garganta la silenciosa preocupación de mi padre. ¡Con razón se me había hecho tan fácil llegar al instituto con los pisos congelados como estaban!

Un ligero estremecimiento subió por mi espalda cuando me vi allí, nuevamente en secundaria. Me volví, curiosa de tener libre accionar en uno de mis sueños. Por lo general estos me iban conduciendo y no al revés.

Mis compañeros de clase estaban unos autos más adelante, conversando despreocupadamente.

Creí comprender lo que ocurriría, lo recordaba bien. Esperé con el corazón latiendo a causa del nerviosismo.

Hasta que escuché el auto de Tyler deslizándose en la acera.

Me volví, pues aunque fuera solo un sueño, estaba a punto de convertirme en historia. Observé el rostro preocupado de Edward mientras contemplaba como el auto se acercaba hacia mí. Vi la decisión en su rostro y agradecí al cielo el dulce corazón que siempre había tenido. En cosa se segundos estuvo a mi lado, protegiéndome con sus brazos y su cuerpo. Tan helados como el piso que nos sostenía.

Mi respiración se aceleró y ya no era de miedo. El maldecía en voz baja, alejando con un brazo la camioneta de Tyler de nuestros cuerpos.

-¡Edward!-exclamé casi sin aliento.

-Calla-me ordenó, con los ojos ensombrecidos.

-Edward, todo está bien.

Se giró, extrañado.

-Te pegaste fuerte en la cabeza, ¿no?

La verdad es que sí, la cabeza me dolía en sobremanera.

-Bueno, dejaste que me golpeara la cabeza contra el piso.

Pese a que se resistió, una pequeña sonrisita se escapó de sus labios.

Suspiré agotada, él no podía entender aún mi emoción.

Me centré en su rostro tanto como pude, pero me sentía adormecida y poco a poco lo fui perdiendo.

-¿Edward?-murmuré con las pocas energías que me quedaban.

Un gruñido fue su respuesta.

-Intentaré descifrar de qué va todo esto, pero gracias. En serio, gracias.

Sonreí.

-Podrá ser dada de alta por la tarde.-oí mencionar a alguien, en mi habitación.

Como no quería ser molestada, me concentré en hacerme la dormida.

-Solo ha sido un desmayo, hay cosas más importantes. Necesitamos las camas.

-Tenemos que atender a todo aquel que lo necesite-reprochó alguien, con autoridad.-Además, no fue un simple desmayo.

-¿Qué fue lo que ocurrió exactamente?-se adhirió otra voz a la conversación.

-Se interpuso, dicen, entre un auto y el joven que está aún en recepción. El auto no pudo seguir, se detuvo de repente como si hubiera chocado contra algo muy duro.

-Eso es lo que dicen-repuso nuevamente el que parecía tener más autoridad en la conversación.-Pero ninguno de nosotros estaba presente.

-Está en las noticias-se defendió la que parecía tener las últimas novedades acerca de mi caso.

-Procuren que se sienta lo más cómoda posible.

-Está bien, Dr.

Una puerta se cerró. Y acto seguido, aquella mujer volvió a hablar, olvidando las indicaciones del que había partido.

-Esto es extraño de veras, el conductor está grave en el piso de arriba y a ella no le ha pasado nada.

Se me contrajo el estómago tan solo recordar lo que había ocurrido aquella mañana. Suceso que aún no lograba entender pues había sido yo, al parecer, quien había detenido el coche de su destino.

-Aún así, necesitamos que se vaya. Urgencias está lleno y necesitan más espacio.

Cuando aquellas personas se fueron, me levanté de mi cama. Me saqué la aguja de mi brazo con una mueca en el rostro. Abrí la puerta de mi habitación con cautela, no quería ser descubierta escapando. El pasillo era largo y se encontraba vacío. En el fondo, una puerta de vidrio anunciaba la salida. Caminé con más rapidez.

Aún sabiendo que no llegaría muy lejos solo con la bata de hospital, seguí caminando hacia la salida. La recepcionista de piso estaba ocupada hablando con unos visitantes, y en la sala de espera no había nadie más. Me dirigí hacia los ascensores con paso decidido. Como si todo se confabulara a favor mío, este se abrió apenas me crucé con el.

Entré sin ser vista y lo conduje al piso superior, donde se encontraba el conductor del coche. Cuando las puertas se abrieron, apareció el Sr. Roy. Alzó una ceja y examinó mi vestimenta.

-¿Qué haces aquí?-preguntó.

-Vine a ver…-hice ademán de salir, pero él me detuvo-quiero ver al conductor.

Entró conmigo al ascensor y antes de que pudiera protestar estaba en mi piso nuevamente. Con una mano en mi espalda me llevó hasta mi habitación. Cerró la puerta y me invitó a sentarme.

-¿Qué era, precisamente, lo que ibas a hacer?

Ahora fui yo quien alzó una ceja, visiblemente molesta. Me senté sobre mi cama y le observé caminar por la habitación.

-¿Cómo está él?-pregunté con miedo.

-Ha estado mejor, eso seguro.

Cuando vio que no estaba para bromas, agregó:

-Estará bien, no debes preocuparte por eso.

-¿Está seguro?

-Si, sus piernas sufrieron todo el impacto, pero caminará.

¿Y yo era la responsable de todo ese sufrimiento? ¿Qué había pasado conmigo?

-No logro comprender qué fue lo que pasó.

-Nadie logra comprenderlo, pero no debes hablarlo con nadie.

Cada vez que el Sr. Roy repetía la palabra deber algo en mi interior quería gritar y rebelarse.

-No fue intencional.

-Se que no lo fue. Pero, ¿qué fue, exactamente, lo que hiciste?

-No lo se, mi idea era sacarlo de la vía pero usted no se movió y…era inevitable. Nos arrollaría a ambos.

-¿Qué sentiste? ¿Qué pensaste?

-Sentí miedo y pensé que usted era muy joven para tener esa suerte.

-¿Y creíste conveniente ponerte entre el auto y yo?

-No lo pensé, ya estaba allí cuando me di cuenta.

Se quedó pensativo por largo tiempo. Volví a levantarme, esta vez para buscar mi ropa. Cuando decidió que había encontrado una solución a lo que fuera que pasaba por su mente en ese momento, dijo:

-Deberás irte por un tiempo, la gente hará preguntas.

No lo soporté más y le dije:

-¿Quién es usted para aconsejarme? ¡Váyase y déjeme!

-Isabella, está en todas las noticias, ¿qué responderás?

-¿Por qué tendría que responder?

Me miró como si fuera algo lenta de entendimiento.

-¿Tienes donde ir?

Solté un largo bufido. Para aumentar mi mal humor y mi desconcierto mi ropa no se hallaba en ningún lado.