Capítulo IX

El frío

Un grito ensordecedor, que pronto reconocí como mío, me despertó a mitad de camino. No sabía como, pero había logrado dormirme. Mi cuerpo había transformado el miedo y la preocupación en mero cansancio, para así protegerme de la realidad. Hasta que desperté.

La gente a mí alrededor me observó con recelo, molestos seguramente, por haberlos despertado.

Escondí el rostro observando por la ventanilla, estaba amaneciendo. Una débil y gris luz, comenzaba a iluminar la carretera.

Intenté no pensar en lo poco que quedaba para llegar a mi casa, ni lo que se suponía me esperaba al cruzar el umbral de mi puerta.

Por suerte había logrado convencer a Jacob de que todo lo ocurrido, era una simple coincidencia. No podría cargar con lo que sea que le hubiera ocurrido si decidía exponerse al peligro que me esperaba en mi hogar. Ojalá yo también me hubiera convencido de eso.

Vislumbré, a los pocos minutos, el cartel que daba la bienvenida a San Francisco. Mi estómago vacío pareció arder del miedo que me produjo la cercanía a mi hogar.

Agradecí el tráfico que solía haber en las calles de San Francisco cada mañana. No me apetecía en lo absoluto llegar a mi hogar tan luego. El taxista no era de la misma opinión. Resoplaba, lleno de hastío, cada vez que una luz roja detenía nuestro viaje.

La radio del auto anunció las ocho de la mañana cuando el taxi se detuvo frente a mi departamento. El sol cruzaba las nubes e iluminaba los balcones del edificio. La enredadera de mis vecinos de la planta superior, de un verde intenso, caía larga y cubría parte de mi balcón. Un escalofrío recorrió mi espalda al observar la absoluta tranquilidad que cubría la calle en donde vivía.

-¿Es aquí?-preguntó el chofer, apresurado porque me bajara.

Asentí con la cabeza al momento que observaba el taxímetro para pagar.

El frío de la mañana me pegó en las mejillas cuando salí del coche. Mi cuerpo entumecido iba estirándose con cada paso dado.

Subí las escalerillas de cemento que separaban la vereda del edificio y entré en terreno conocido observando todo a mí alrededor. Con los sentidos despiertos, subí lentamente hasta mi piso. No había portero por lo que no tenía a quien preguntarle sobre el robo acontecido en mi ausencia.

Esperaba encontrar mi puerta entreabierta, con lo que fuera que me persiguiera aguardándome dentro, escondido en mis habitaciones, pero la encontré cerrada y ningún sonido provenía desde el interior.

Lo único que pareció romper con la tranquilidad de aquella mañana fue el sonido de la llave al cruzar el cerrojo.

Empujé la puerta con un puntapié, para darme una oportunidad de escape por si de verdad alguien estaba esperándome. Observé el pasillo que conducía hacia mi habitación y nada fuera de lo normal había allí. Por supuesto, si eran lo que creía que eran, serían sigilosos y hasta mi muerte se realizaría en silencio. Me sorprendió que nada me saltara encima. Esperaba algo más caótico.

Entré en mi casa y dejé mi bolso encima del comedor.

Revisé dos veces, con las manos frías y temblorosas, cada rincón de mi pequeño apartamento. No había nadie allí.

Una risa que nació tímida y entrecortada fue subiendo por mi garganta hasta convertirse en un ruido agudo e histérico. Me dejé caer en un sillón y fue allí donde volví a dormirme.

Cuando desperté, horas después, todo había cambiado. Froté mis ojos con un cansancio que no parecía querer desaparecer y me enderecé con el fin de pararme.

Al principio no lo había notado. Entre la oscuridad de la habitación y las paredes descoloridas… pero a medida que mi vista se fue acostumbrando a los colores del pequeño salón, que en ese momento me pareció tan absurdo y fuera de lugar, me percaté que había algo de extremada belleza que no pertenecía a ese escenario tan conocido y rutinario.

Y entonces, le vi. Ahí, frente a mi y sentado en un banquito, se encontraba la única persona con la que ahora podría hablar.

En todo el tiempo en que había estado ante su presencia jamás había podido captar mi atención como lo hizo en aquel momento.

No me asombré al verlo, pues algo esperaba. Pero no reaccioné como debía pues quedé cautivada por la forma en que la débil luz que entraba por el resquicio de las cortinas mal cerradas, recubría y bañaba su piel descubierta. Esta lucía suave y translúcida allí donde el perlado era iluminado. Seguí el efecto tornasolado que llegaba a cubrir la mitad de su rostro, hasta que alcancé sus ojos, de un azafrán inhumano y reluciente. El brillo de aquél ojo le quitaba a sus facciones observables la estoica pose que le había visto desde comienzos de semestre. Le otorgaba una vitalidad que el color ahumado y opaco de su cotidiana piel luchaba por arrancar constantemente de su semblante.

Junté las cejas al no comprender las diferencias entre mi profesor de bioestadística y este ser que se encontraba sentado frente a mi, con una tranquilidad envidiable, y que observaba mi estudio con una ligera mueca en el rostro que parecía instarme a desentrañar una verdad que él se negaba a ofrecerme a viva voz.

El color de sus ojos debió haberme calmado, pero no podía ignorar el hecho de que él y quien sabe cuántos de sus amigos me perseguían, que habían desencadenado una nueva oleada de conversiones entre los nativos quileute y que me encontraba completamente sola ante esta amenaza.

Un montón de interrogantes me mantenían de una pieza, pese a que el miedo había reaparecido al recordar lo indefensa que estaba. Y no es que mi inminente muerte pudiera causarme tal nivel de pánico, lo que me embargaba en ese momento era la desesperanza de que nunca había vuelto a ver a Edward. Este mero hecho producía en mi el más hondo dolor, un dolor infinitamente superior al que podría llegar a sentir en manos de estos incógnitos vampiros. Torcí el gesto cuando volvió el nudo en la garganta.

-Es suficiente-suspiró con impaciencia. Observé como una de sus manos cubrió sus ojos y comenzó a mover su cabeza, de un lado para el otro.-¡No lo soporto!

Me alejé tanto como el respaldo del sillón me lo permitió. No quise levantarme ya que presentía que mis piernas no cooperarían con mis intenciones de ponerme en marcha.

Finalmente, acercó su silla y se inclinó hacia mí. Justo cuando abría la boca para comenzar a hablar, me interrumpió con fastidio:

-Debes controlar tus emociones.

Cerré una de mis manos en un puño, avergonzada de que mis incipientes lágrimas lo molestaran. Aún las sentía atrapadas y empañaban mi visión, pero él seguramente ya se había percatado de que quería echarme a llorar.

Asentí tímidamente con la cabeza y entonces, todo su aspecto pareció cambiar. Sus ojos, que hasta hace un momento brillaban con un vivo y duro fulgor, comenzaron a relucir serenos y agradables; de sus labios se borró la fina y tensa línea que acompañó a cada escueta oración que le había escuchado decir esa noche, y en cambio una jovial y alegre sonrisa la reemplazó. Liberando su rostro de una mueca de hastío que lo hacía parecer mucho mayor.

-¿Eres consciente de que estás en grave peligro?-me interrogó con sus ojos pegados a los míos.

Si bien la expresión de su rostro se había dulcificado, sus palabras, cargadas de una advertencia letal que volvía a aturdirme, sonaron frías y con un deje a burla que erizó mi piel.

Tragué saliva para infundarme valor, compuse mi rostro respirando profundo y le miré desafiante, sabiendo que no podría alcanzar el desdén.

-Se lo que es, aún no comprendo por qué me buscan con tanta insistencia, pero debería saber que todo un clan de vampiros me protege.-A medida que decía cada palabra fui leyendo en sus facciones y crucé los dedos para que él no tuviera un don parecido al de Edward. Le vi juntar las cejas un fugaz momento y luego su rostro recuperó su expresión afable.

-Si-convino.-Entonces, si ya sabes toda la historia nos tenemos que ir.

-Perdón, ¿qué?

Se levantó y tomó el bolso que había tirado esa misma mañana en la mesita del comedor.

-¿Esto es todo lo que llevarás?-preguntó, con algo de escepticismo.

-¿Está al tanto de que no entiendo nada de lo que dice?

Se volvió, camino a la puerta y me miró.

-¿Qué fue exactamente lo que te dijo Alice?

Entonces yo también me puse de pie, realmente confundida pero mas calmada en cuanto aquel nombre fue pronunciado.

Mi corazón latía rápido y ya no de miedo, mis ojos se llenaron nuevamente de lágrimas y esta vez no quise esconderlas, una sonrisa nació sincera en mis labios y se extendió por mi rostro, iluminándolo. Un escalofrío convulsionó mi cuerpo, llenando cada partícula de el con una alegría repentina que no sentía hacía muchísimo tiempo.

Me abalancé sobre Egon, que aún estaba junto a la puerta, con la intención de rodearlo con mis manos, pero me contuvo con presteza, sosteniendo mis muñecas con sus frías manos.

-¿Por qué estás tan contenta?-me preguntó confuso.-Es un buen cambio-agregó cuando observó que no añadía nada.-pero no comprendo el por qué.-Su rostro se contrajo en una mueca indefensa, claramente contrariado.

-¿Qué tiene que ver Alice en esto?-pregunté, aunque ya tenía una ligera idea, conociéndola como la conocía.

-¿No te dijo nada?

-No he hablado con ella en años-respondí, con las esperanzas renovadas y unas locas ansias de verla. Al parecer, ya todo había acabado.

-Oh, entonces vuelve a sentarte, necesito hablar contigo antes de que nos vayamos.

Dejó mi bolso donde lo había encontrado y volvió a su puesto, en la silla, frente al sillón donde me había encontrado dormida.

Y comenzó a hablar. Renuente a soltarme todo de un solo guiño, me contó que todo había sido idea de Alice, lo había encontrado por casualidad hace un par de años y me confió que yo había sido uno de sus trabajos más difíciles. Alice lo había contratado para protegerme… y entrenarme. Al principio le había costado acercarse a mi.

-Se me hace insufrible tu presencia. A ratos eres insoportable-fueron sus palabras.


Mil perdones por la tardanza, al parecer cuando tengo tiempo libre se me hace más difícil escribir.

Como no pude antes, les deseo a todos que tengan un muy buen año.