Capítulo XI

Última oportunidad

Eran pasadas las cinco de la tarde de un sábado cualquiera. Estaba en mi día libre y Roy estaba a mi lado. Se mantenía en silencio y yo ya estaba acostumbrada a caminar junto a él sin saber a dónde terminaríamos. Lo hacía con frecuencia.

El aire era cálido aunque en el transcurso del día el sol no se había aparecido. Creía entender por qué Roy había estado tan entusiasmado por salir.

Llegamos a una amplia plaza rodeada de altos árboles; en el centro había una fuente y en su fondo un montón de amarillentas monedas.

Roy se detuvo a contemplar a un grupo de niños que se divertían molestando a unas palomas.

-¿Tienes hambre?-le pregunté con cierta malicia al acercarme a él.

Me concedió la broma con una leve inclinación de cabeza.

-Recuerdo con suma nitidez como fue mi infancia-dijo. Alzó la mirada hasta encontrarse con la mía y sonrío.

-Perdona, no se nada de tu vida.-me excusé con una ligera sonrisa y desee que fuera más abierto conmigo, pero el cambio en su rostro me predijo que eso era algo que no iba a conseguir.

-Porque no te he contado nada de ella.

Suspiré y me volví. Dos ancianas pasaron a mi lado riendo, iban del brazo y se parecían muchísimo. Debían ser hermanas y mejores amigas. Se me imaginó un vínculo cálido y perenne. Tal vez el de una madre con su hija.

-Jamás habías venido aquí.-observó, siguiendo mi mirada.

-Paso por aquí todos los días-le informé.-Camino a la universidad.

-Pero nunca te habías detenido.

-Probablemente no-admití.

Se alejó de mi unos pasos y le escuché llamarme, segundos después.

-Ven, siéntate a mi lado-Roy había encontrado una de las pocas banquitas vacías que rodeaban la fuente. La plaza estaba llena de familias con niños y adolescentes hormonales viviendo su primer amor.

Era común, cuando estaba junto a él, sentirme algo frustrada. El tenía todas las respuestas y no me daba ninguna. Además, lo notaba siempre tan tranquilo, tan inconmovible por el continuo paso del tiempo, por la amenaza de la que él aún no me había contado casi nada. Pero claro, todo dependía de mí. Aunque no sabía con exactitud qué era lo que tenía que hacer.

-¿Cómo me resisto?-le pregunté.

Se volvió a mirarme y como si no existiera nadie más, porque a nuestro alrededor se había formado, tal vez sin querer, un muro invisible que ningún otro humano además de mí se atrevía a cruzar, comenzó a hablar, como si de un cuento se tratara:

-Tu poder se basa, en estos momentos, prácticamente en el miedo. Prueba de ello fue el momento en que bloqueaste tu mente al poder de Aro y se comprobó su utilidad aquella mañana cuando impediste que un auto nos arrollara.

-Podrías haberlo comprobado de otra manera. ¿Era necesario hacerle daño a un inocente?

-¿Era necesario ponerte es ese escenario?, si.-fue sincero y agradecí el tono sensible que le dio a nuestra conversación.-Yo podría haberme alejado, como bien sabes, pero en ese entonces tu desconocías mi verdadera naturaleza. Yo no era más que un muchacho al que luego reconociste como tu profesor. Una parte de ti en verdad pensó que tu vida valía mucho menos que la de aquel a quien intentaste salvar, fue la misma parte que sabía que nada malo iba a pasar. Aunque te parezca ilógico. Porque luego de cruzarte entre el coche y mi cuerpo, ¿qué esperabas? Si el auto hubiera continuado su camino nos hubiera arrollado a ambos, y tu muerte hubiera sido algo innecesario. Eso me confirmó lo que en secreto esperaba que sucediera. Aunque no lo adviertas eres consciente de esta capacidad y eso es lo que debemos desarrollar si queremos llegar a buen puerto. Si queremos hacer algo en lo absoluto. Y es sumamente necesario que estés dispuesta y alerta.

Asentí con la cabeza, ese aviso estaba demás.

-O es probable que alguien pueda usar esto en tu contra. Si mal no recuerdo, esto ya ocurrió y produjo esta desventura. Eso no puede volver a pasar, no si nuestro propósito es enfrentarnos a los Volturi. No podré defenderte eternamente, llegará el día en que puedan encontrarte y te matarán. Tal y como lo han intentado hacer desde que Edward se marchó con ellos.

Un escalofrío recorrió mi espalda y erizó mi piel.

-¿Cómo dices?-musité cuando mis pulmones fueron capaces de llenarse de aire nuevamente.

-Eres un obstáculo para sus propósitos.

-Soy una simple mortal-me defendí, pasmada.

-Una que ha dado muchos problemas.-aceptó con un movimiento de cabeza.

-Alejarse de mí sería lo más sensato. No entiendo para qué se toman tantas molestias.

-Es el temor a lo que te puedas convertir si te transforman. Victoria ya les alertó de aquella posibilidad y teniendo tú tantas razones para odiarles, se hace totalmente plausible que, en venganza, y usando tus capacidades, maquines un levantamiento en contra de ellos. No sería la primera vez pero imagínate, tan solo sabiendo lo que pudiste hacer con ese auto, lo que llegarías a realizar siendo un vampiro joven y poderoso. Adiciónale a esta imagen el poder de precognición de Alice, que podrá adelantarse a cada movimiento de sus adversarios y al don de Edward. Lo tendrían fácil aun cuando ellos sean mayoría.-se detuvo y me observó con sus ojos centellando, llenos de una fascinación que no compartí.

-Ya-acepté un poco aturdida, aún inmersa en aquella fantasía donde era a mi a la que temían-pero eso no es lo que busco. Tan solo quiero liberar a Edward.

-Lo se.-suspiró.

Observé a mí alrededor en busca de algo que pudiera calmarme. Los faroles de la calle ya se encontraban encendidos. Roy despegó la vista de mi rostro preocupado y alzó sus ojos al cielo. Una leve brisa acarició nuestros rostros y nuevamente un escalofrío recorrió mi cuerpo.

Entonces recordé, con el afán de cambiar de tema, que seguía sin entender una parte importante de su persona.

-En clases tu aspecto es distinto. Estoy confundida, ¿cómo haces para salir a la calle aún en los días de sol? Tu piel no brilla como debería hacerlo y el color de tus ojos no es posible en la gama…-me detuve al no encontrar una manera correcta de decirlo.

-¿En la gama vampírica?-me ayudó.

Asentí.

-Es todo un disfraz-comentó.-Un muy incómodo disfraz.

Lo miré con detención, aparte de esa palidez casi grisácea pasaba por humano.

-En el caso de los ojos son lentillas-acercó su mirada para que pudiera notar alguna diferencia. El tono era aguado pero seguía siendo suave.

-Las lentillas se deshacen en contacto con-juntó las cejas.-mi organismo.

-¿Cómo lo haces con tu piel?

-Te reirás-me avisó.

-Creo que podré sobrellevarlo, será un buen cambio, ¿no lo crees?-intenté bromear con mi comportamiento apático pero él solo me observó como si yo no hubiera dicho nada.

-Cubro mi piel visible con mallas.

No me pude reír, el hecho de que su vida dependiera de aparentar algo que distaba mucho de su naturaleza me parecía algo sumamente triste. No hablaba del autocontrol, gracias a el yo seguía con vida, me refería al día a día, al sentirse un extraño en un mundo que también les pertenecía y en el cual habían nacido.

No me sumergí más tiempo en estos lúgubres pensamientos. Como suele ocurrir, antes de que lo pensara en exceso, algo ocurrió y desvió mi completa atención.

-Debes ir a ver a tu madre-me interrumpió.

-¡¿Qué le pasó a mi mamá?-pregunté alarmada.

Puso los ojos en blanco y luego me informó que no tenía nada de qué preocuparme.

-Pero debes ir a verla. Ya tenemos que irnos-se apuró a explicar Roy.-Van a volver a buscarte y temo que esta vez no haya posibilidad de burlarlos.

-¿Qué hiciste la vez anterior?

-Entraron a tu apartamento la última vez, estuvieron a punto de llegar a ti.

Me di cuenta, viendo su rostro tan calmado y escuchando la lentitud con la que habló, que la verdad encerraba un escalofriante suceso. De pronto, la curiosidad, que solía gobernar mis acciones estando con Egon, dejó de ser apremiante y ya no quise saber más. Sólo sentí impotencia y esa sensación me embargó como un día frío y húmedo.

-Gracias-farfullé con mi mente en un lugar muy lejano.

-Tenemos solo un par de semanas-me apuró.

-Está bien-acepté con un nudo formándose en mi garganta.

Mismo nudo que se apretó con tristeza cuando mi madre abrió la puerta de su hogar y nos dio la bienvenida con una emocionada sonrisa. Su barriga deformaba solo un poco su delgado cuerpo y el embarazo le había otorgado un toque aún más juvenil a su aspecto. Le quedaban solo un par de semanas para dar a luz. No llegaría a conocer a mi pequeño hermano, concluí.

Sin despegar la mirada de Roy, mi madre nos dejó pasar. La salita de estar se encontraba llena de cajas vacías y bolsas de embalaje.

-Disculpen el desorden-nos dijo-Aún no terminamos de arreglar el cuarto del bebé.

-¿Dejando todo para último día, madre?

Asintió con una animada sonrisa. Me acerqué para abrazarla y la estreché con cariño sin preocuparme del extenso periodo de tiempo que nos tardó separarnos.

-Y este muchacho tan guapo-se dirigió a Roy-¿Quién es, Bella?

-Soy su novio- se adelantó él, ofreciéndole la mano.

Los observé sin palabras temiendo que el contacto con su fría mano alertara a mi madre. Renée sonrió satisfecha y nos observó nuevamente, tratando de desentrañar nuestra historia. Tendría que inventar una nueva mentira, pensé.

En un gesto espontáneo Roy tomó mi mano y estrechó nuestros dedos con, lo que pude experimentar, mucho cariño.

Entendiendo lo que buscaba y algo molesta porque no se me hubiera ocurrido a mí, le sonreí y comprobé en sus falsos ojos azules su idea. Debía entregarle a mi madre una última imagen de su hija sonriendo con alegría. Existía la posibilidad de que no nos volviéramos a ver.

Renée se alejó, tiempo después, camino a la cocina anunciando que prepararía un festín con motivo de nuestra visita. Roy no se soltó de mi mano y yo no quise que lo hiciera. Este pequeño contacto físico me reconfortó, sorprendiéndome de manera abismal. Jamás se me había pasado por la cabeza, como en este momento, lo mucho que extrañaba este tipo de demostraciones de cariño entre dos enamorados. Aunque este no era el caso, la sensación logró inundarme y para cuando mi madre regresó de la cocina, la sonrisa que observó en mí era real.

Phil llegó cerca de las ocho y su recibimiento me recordó a Emmet. Me rodeó en sus brazos y dimos vueltas por el saloncito hasta que, ya mareada, le rogué que me soltara. Con Roy se portó más frío y me pregunté si esto no se debía quizás al propio Roy, temeroso de recibir una entusiasta y cálida bienvenida humana.

-Ayúdame a convencerla de que la anestesia es solo una amiga, Bella.-me pidió Phil ya en la mesa.

A mi lado, el plato de Roy se iba desocupando con rapidez. Lo miré de soslayo un momento pero no pude captar el momento exacto en el que sacaba la comida del plato.

-¿A qué te refieres, Phil?-le pregunté algo distraída.

-Renée desea un parto natural, cree que la anestesia le hace daño al bebé.-puso los ojos en blanco y se posó sus labios en la mejilla de mi madre.

-Pero mamá he escuchado que el dolor es terrible. Y conmigo recibiste anestesia, ¿no?

-Si, pero solo porque te querías quedar allí eternamente.-sonrió a las caricias de su marido.-Tuvieron que inducirme el parto-le comentó a Roy como si le contara un secreto. Este sonrió y tomando un bocado de su comida se lo echó a la boca, y sin ninguna mueca, lo tragó. Lo miré para hacerle saber que no era necesario realizar toda esa pantomima de la comida, pero Roy estaba muy concentrado escuchando las ideas que Renée tenía sobre un parto ideal.

-En otros tiempos-comenzó su atento interlocutor-las mujeres debían someterse a comadronas o la vecina que sabía un poco más que el resto, a la falta de asepsia y al dolor-se detuvo un momento, abstraído-del dolor no había forma de escapar. La mayoría de las mujeres se quedaban en el parto dejando al bebé huérfano y a su familia destrozada.

Pateé a Roy por debajo de la mesa. El tema se había vuelto muy lúgubre y mi madre se asustaba con facilidad.

-Lo siento-susurró Roy, avergonzado.-A lo que iba es que debería aprovechar los avances de esta época. Todo se ha hecho pensando en la comodidad y seguridad de usted y también la de su hijo.

-Agradezco tu preocupación. ¿Te puedo ofrecer una porción más del pastel?

-Me encantaría-aceptó de buen talante mi indescifrable protector.

Me ofrecí a lavar los platos al terminar la cena. Y Roy me acompañó so pretexto de secar los platos.

-Tu madre me pareció una mujer encantadora.

-Si, ese es el efecto que tiene en la gente-sonreí.

-Ha sido tu mejor amiga desde siempre-comentó.

-Así es, la mejor.

Se concentró en su tarea más de lo necesario, así que cuando habló, me pilló totalmente desprevenida.

-Mi esposa murió en el parto. No pude salvarla-me contó de la nada con una ligera inclinación de cabeza. Se acercó a mí y yo me volví para mirarlo de frente. Sus ojos brillaban y de las lentillas no quedaba ni rastro. Alargó su brazo y rozó mi cintura en el proceso. Me alejé al roce de su tacto, no porque este fuera frío sino por todo lo contrario, y desee con todas mis fuerzas que él no supiera lo que en esos momentos estaba sintiendo. Mi corazón latía agitado y yo luchaba en silencio por controlar mis emociones, para que él no se diera cuenta.

-¿Qué pasó?-me preguntó sin alejarse de mí.

-¿Por qué?-pregunté a la defensiva.

Juntó las cejas y se acercó un poco más. Ahora su rostro estaba al frente mío, me tenía arrinconada en una esquina de la cocina. Esperé a que agregara algo pero solo sonrió.

-¿Qué ocurre?-lo observé algo inquieta.

-¿En qué estabas pensando?

Me encogí de hombros.

-En nada importante-respondí.

-Mentirosa-me dijo.

Sentí como las mejillas se me ponían coloradas.

-Sea lo que sea que esté pasando en estos momentos por tu cabeza, no he podido descifrarlo, es como si no estuvieras parada en frente mío.

-¿En serio?-murmuré aliviada.

-Así es.

-Genial.

Se apartó con rapidez, tomó un plato y lo secó mientras por el umbral entraba mi madre.

-Bella, ¿qué haces parada ahí como si estuvieras castigada?

Negué con la cabeza, algo atontada y volví a mi puesto junto al lavabo.

-¿Se quedarán aquí esta noche?-preguntó.

Asentí al momento en que cruzaba miradas con Roy para asegurarme que estaba de acuerdo con esta decisión.

Renée se acercó a nosotros con las manos tomadas y apoyadas sobre su falda.

-Hace una noche preciosa. Hay luna llena, les aseguro que es un espectáculo que no pueden perderse.

-¿Vamos?-me instó Roy.

-Claro.

Caminamos por la playa, la noche estaba despejada y fría. Roy me prestó su chaqueta y desligándose de sus zapatos se adentró en la orilla del mar. Me alejé unos metros y me senté en la arena a observarlo. El frío aún me afectaba y no estaba dispuesta a contraer una pulmonía días antes de lo que fuera que iba a pasarme. Roy se perdió entre las olas y de cuando en cuando pude observar, gracias al brillo de las estrellas, su nívea piel emerger entre la oscuridad del agua.

Tras un extenso período de tiempo, en el cual me aburrí y me calé a partes iguales, apareció él, con una sonrisa infantil en el rostro. Sus ojos, ahora oscuros, producían un extraño contraste al amparo de la oscuridad de la noche.

Se sentó a mi lado en silencio y oí su respiración aparecer de repente.

-Bella, debes decirle a tu madre que te vas. Si eso lo que decides hacer.

Me volví, su mirada era sincera.

-Aunque no es necesario que lo hagas. El probablemente está bien.

-No, él no lo está. Le repugna ese estilo de vida, tanto como a su familia. Y él está ahí por mi causa, lo he separado de su familia y de todo lo bueno que tiene en esta inmortalidad.

-Y está lejos de ti, pero él no deseaba que te convirtieras.

Busqué en los bolsillos de mi pantalón. Siempre lo había tenido aunque no lo usaba ni solía, como ahora, prestarle mucha atención. No cuando detallaba una promesa que no se iba a poder cumplir. Le mostré el anillo que Edward me había dado.

-Se rindió-aceptó Roy.-Comprendo.

Observé las bandas del anillo cruzándose y volviéndose una.

-Si todo sale mal, ¿le harías eso a tu madre? ¿Y a tu padre?, él está completamente solo.

-¿Intentas convencerme de lo contrario?-mi barbilla comenzó a temblar.-¿No quieres hacerlo?-temí que se hubiera arrepentido y que todas mis esperanzas se esfumaran, nuevamente.

-Voy a hacerlo, si así lo deseas. Pero, como debes saber, es un proceso muy complicado, muy doloroso y muy largo. Deberás luchar contra ti misma y tener la voluntad suficiente para subsistir con menos de lo que en verdad tu cuerpo requerirá. No estarás más viva Bella, las cosas no serán iguales. No se sienten iguales, tienes siempre la certeza de que te has robado una porción de tiempo que no te mereces, que tal vez no buscaste, y estarás viviendo solo un sucedáneo de la vida.

Asentí.

-Me he cuestionado todo esto por cuatro años, Roy. Aunque el miedo me consume con solo pensar que no podré acercarme a mis padres y que perderé parte importante de mí misma, que tal vez sentiré diferente y que volveré a olvidar al amor de mi vida, es algo que tengo que hacer. Solo con este propósito he soportado el paso del tiempo. No me pidas resignación, por favor, no lo hagas-murmuré emocionada.-No podría empezar otra vez de cero. Mi vida ya se fue, no se cómo empezar de nuevo.

Cogió mi mano que yacía sobre la arena y sin mirarme estrechó la suya para calmarme.

-Está bien, Bella. Así será.