Capítulo XV
Despertar
Fue como un débil lamento, como una pena consumiéndose en sí misma.
Mi corazón luchó con uñas y dientes por la vida que yo había rechazado pero no encontró escapatoria, no había vuelta atrás, ni siquiera para las buenas intenciones de mi atolondrado y lastimado corazón.
Como la última campanada de medianoche, esa que retumba fuerte y melancólica en un reloj de cuerda y cuyo sonido se prolonga en la memoria aun cuando ya es todo silencio, mi corazón latió por última vez. Y así por fin el dolor cesó.
Ya no me encontraba en la antigua casa de Danielle, comprobé al abrir los ojos. Mi nuevo refugio parecía ser una amplia bodega con altas paredes de latón azul oscuro. Pude reconocer el olor a oxido entre las orillas verde anaranjadas de estas paredes. Aunque había otro olor, nada sutil, que llamó mi atención y que me había estado molestando durante los tres días en que había permanecido en esa extraña semi-inconsciencia. Un olor picante y abrasador que provenía de mi propio cuerpo. Me costó asociar aquél olor con alguna idea preconcebida, alguna palabra que lo abarcara en su totalidad pues parecía desprender destellos azucarados, como el caramelo, pero era tan empalagoso y punzante que se hacía inaguantable. Observé mis ropas con el fin de darme una idea, estas estaban sucias, cubiertas de hollín.
Me levanté con desconfianza al preguntarme qué estaba haciendo allí y dónde era que me encontraba. Sacudí mis ropas con un afán frenético y sentí recorrer por mi cuerpo un largo escalofrío al observar las motas de carboncillo cayendo al suelo desde mi ropa.
La única luz que iluminaba poco y nada aquella estancia provenía de una ventana rectangular ubicada en lo alto de una las paredes. Me maravillé al descubrir lo poco que necesitaba de aquel, para mí, tímido destello.
El bodegón no era más que cuatro paredes azules oxidadas de alrededor de cuatro metros de alto, suelo de grava amarillenta y una ancha puerta que se abría en corredera si ejercías un poco de presión. Me asomé por la puerta y una cálida y leve brisa bañó mi rostro casi al instante. Me encontraba en un terreno rodeado de pastizal, a unos cincuenta metros de una carretera cuya dirección desconocía.
Ante la imposibilidad de salir, pues eso conllevaba innecesariamente a exponerme ante la luz del sol, me recluí bajo la protección de aquel montón de lata a la espera del anochecer.
Durante el transcurso de los días, en que me debatí entre la locura y la lucidez, había sentido la presencia de Edward a mi lado, lo había escuchado hablar con mi cuerpo aparentemente inerte y lamentarse una y otra vez por algo que no llegué a comprender en el estado en el cual me encontraba. Luego de cerrar los ojos, vencida ya por el fuego y el dolor, él me había cargado supuse, fuera de la casa. Sentí el viento sobre mi piel, el sol al amanecer y los posteriores cambios. Él cargó mi cuerpo y caminó con el los tres días que duró la conversión. Mi cuerpo febril no me había permitido abrir los ojos para observarlo o articular palabras para que se quedara a mi lado. El no estaba, esa cercanía que había presenciado en esas pocas horas y que me había servido de consuelo ya no estaba más. Lo único que podía sentir ahora era una incesante quemazón que subía sin tregua por mi garganta.
Apoyé mi cuerpo sobre una pared, que se sacudió al contacto con mi peso, y esperé allí, con esfuerzo titánico debido a aquella sensación, a que pasaran las horas para poder salir de aquel lugar.
Era casi en lo único en lo que podía pensar, la sed, por fin había podido darle un nombre a aquella dolorosa necesidad tan exasperante, ocupaba mis pensamientos casi por completo.
Me aferré a mis manos y apreté una junto a la otra, intentando ocupar toda la fuerza de la que era capaz. Intentando así, si es que aquello era posible, distraerme de las demandas de mi organismo, acallar la sed que me instaba a salir, detener de algún modo una desesperación que era una completa extraña para mí.
No fui consciente del paso del tiempo hasta que unas calidas y suaves manos tomaron el denso puño en que se habían convertido las mías y a fuerza de caricias intentaron aflojarlas de su autocastigo.
Con temor a perder esa nueva sensación, tan reconfortante e íntima, y con ello desvanecer la sutil presencia de aquel que siempre aparecía para salvar mi vida, alcé la vista con lentitud. Fui consciente del cambio en mi respiración al llegar a su rostro, y en el lugar donde antes habitaba un palpitante corazón surgió, con fuerza e hincando raíces, una llameante esperanza, mucho más poderosa que el ansia que había querido dominarme momentos antes.
-¡Edward!-suspiré, con una mezcla de alivio y emoción contenida, como si al decir su nombre su presencia pudiera ser más real, como si al nombrarlo su existencia pudiera quedar unida irremediablemente a la mía para siempre.
Sonreí con una alegría que no sabía que podía llegar a sentir. Aunque él no devolvió mi sonrisa, sí me observó de la manera en que yo lo observaba a él, después de todo, habían pasado muchos años.
Noté pronto que había estado viviendo a expensas de un retrato que no se le parecía en lo absoluto. Mi memoria humana jamás había podido grabar tan definidamente la hermosura de su rostro, las líneas que marcaban su expresión, la manera en que su cobrizo cabello caía de manera descuidada queriendo llegar a su rostro, otorgándole un aire aniñado que acompañaba muy bien a sus eternos 17.
Cuando caí en sus ojos él intentó retirar la mirada, algo avergonzado. Aún en la más profunda oscuridad podía ver con claridad cada detalle de lo que me rodeaba como si el natural de los días fuera la ausencia de luz y mis ojos ya estuvieran acostumbrados a esta dieta.
Alcé los brazos para retenerlo cuando hizo ademán de levantarse y el contacto con mi piel lo hizo volverse hacia mí por un momento. Sus ojos escarlata me observaron con detención y poco a poco se fue soltando de mi improvisado abrazo.
-¿Cómo te encuentras?-preguntó, poniéndose frente a mí y formando una recta línea con sus labios.
-Confundida-admití e intenté sonreír para que se relajara.
Nuevamente evadiendo mi mirada, una tímida sonrisa se dibujó en sus labios, comprensiva, calida y aún así tan distante.
Con una inclinación de cabeza, Edward me instó a acompañarlo, camino a la salida.
Era una noche sin luna y debido a la oscuridad de la carretera podían apreciarse con suma nitidez el mar de estrellas que adornaban el cielo.
Seguí su alta figura recortada bajo la noche alejarse por un improvisado camino que se distanciaba poco a poco de la carretera. Pronto nos sumergimos en un extenso pastizal, sabía, porque mis agudizados sentidos me lo advirtieron, que no había ningún humano cerca. Este presentimiento continuó constante en mi cabeza y en mi garganta, como un aviso luminoso hasta que Edward se detuvo.
-¿Tienes mucha hambre, no?-preguntó con empatía.
Asentí con la cabeza, enfocada toda mi atención en observarlo. Algo andaba mal y no podía dilucidar qué era exactamente.
Junto a él, la angustiante sed había disminuido de intensidad, aunque hubiera preferido que esta desapareciera por completo, me sentía insegura frente a mis nuevas necesidades, no quería que estas me convirtieran en un demonio.
-Descuida, lo vas manejando bien.-me dijo como si estuviera al tanto de mis pensamientos. Boté el aire con un largo suspiro y fui recién consciente de que había estado aguantando este acto reflejo, vestigio de la vida humana que ya no me pertenecía.
-Está será tu primera caza.
Me acerqué a él, quien cerró los ojos al notar nuestra cercanía.
-Cierra los ojos, por favor-pidió. Su aliento cayó refrescante sobre mi rostro-Puedes escuchar sin dificultad todo lo que nos rodea, hasta el murmullo más alejado es fácilmente captado por tus oídos.
Con los ojos cerrados concentré mi atención en todo aquello que nos rodeaba. El sonido de las ruedas de un camión al patinar sobre la acera, el silbido del viento al chocar con un cable eléctrico, el aleteo de una polilla y el sonido titilante de la ampolleta a la que esta estaba unida.
Así era, en efecto.
-Ahora, busca entre esos sonidos el corazón de tu presa, bloquea todo lo demás.
Cada movimiento que percibían mis oídos fue recibido y no hizo falta que abriera mis ojos para ser capaz de orientarme en medio de aquel árido paisaje. Mi mente hiló con una rapidez abismal todo lo que mis sentidos podían capturar, era como si lo estuviera viendo en alta definición, pero no era más que mi cabeza uniendo percepciones. Luego de eso no fue difícil escoger y desechar todo aquello que no servía para mi propósito de alimentarme.
Detrás de mí y también de caza, un pequeño animal, pequeño supuse por el suave latido de su corazón y por el ruido que hacían sus pequeñas patas al caminar sobre la hierba seca, se iba acercando. Me alarmó el cambio que, instintivamente, tuvo mi cuerpo al seguir su sonido y llenar con el mis pensamientos. Su corazón bombeaba sangre y esta recorría su cuerpo hasta nutrir la última y más distante de sus células.
Me volví para buscar su procedencia, sentí a Edward moverse a mi lado, pero por una fracción de segundo su distante compañía dejó de ser importante. Todo lo que me podía preocupar ahora era la sensación de la sangre en mi boca. Un calido y agridulce líquido llenó este cálido espacio, casi anunciándome lo que estaba a punto de hacer.
Ya estaba cerca, quizás a unos cincuenta metros y venía hacia mí. Su olor penetró mis sentidos de una manera de lo más agradable. Comencé a ser consciente de lo tirante que se había puesto mi mandíbula, la tensión entre los dientes llegaba a doler.
Mi cuerpo se encogió un momento y en una zancada llegó frente a una hermosa perdiz de piel cobriza y cabeza blanca. Caminaba con lentitud y parecía no haberse percatado de mi presencia. La dolorosa anticipación se me hizo eterna, y en esta espera la quemazón volvió a ser angustiante. Me volví para buscar consuelo en el rostro de Edward, quien con un movimiento de cabeza me instó a continuar.
La perdiz, perdida entre las malezas, estiró el cuello como si estuviera buscando algo y esa fue toda la invitación que necesité, no pude resistirlo más. La cogí entre mis manos, esta no se resistió, y con una rápida mordida en su delgado pescuezo, le puse fin a su vida. El primer sorbo sería, supuse, el más delicioso que me tocaría probar en mi larga vida. La intensidad de la sed fue incrementando a medida que aquel liquido cálido, viscoso y aún así refrescante inundaba a borbotones mi pequeña boca. Con ansiedad retiré hasta la última gota que aquel animal fue capaz de proporcionarme pero aún así la sed no disminuyó.
Llevada siempre por el instinto, cuando me tocó soltar el cuerpo inerte de aquella ave sentí una punzada de culpabilidad.
Edward llegó a mi lado en ese momento y apoyó una de sus manos sobre mi hombro.
En silencio observé los restos de lo que había sido mi primera comida. Una mano subió instintivamente hasta mi boca con la intención de limpiarla y arrancar toda huella de lo que acababa de hacer. En ella, una pequeña gota, mezcla de sangre y lo que supuse era, por su sabor amargo, el veneno con el que mi cuerpo funcionaba, bajó hasta que llegó a mi muñeca, sobre el reloj que solía usar para ocultar la cicatriz en forma de medialuna que lo había empezado todo. El reloj se había detenido a las 2:11 y del cristal protector ya no quedaba ni un ápice. Al bajar la mano el rostro de Edward apareció frente a mí.
Por un momento como este, por volver a verlo y por saber que se encontraba bien, no me arrepentía de haber pagado un precio tan alto.
-¿No vas a alimentarte tu también?-le pregunté.
-No esta vez-me respondió.
Sacó una cajita de metal del bolsillo que luego reconocí como un encendedor y con un movimiento mecánico lo hizo caer sobre el cuerpo de la perdiz, que junto a las malezas que la acompañaban, no demoraron en formar una pequeña hoguera.
Pero este no era el momento que yo había esperado por años, si bien lo tenía frente a mis ojos, podía sentir su presencia a mi lado, algo no encajaba y me ponía los pelos de punta.
La sensación de culpabilidad se transformó de pronto en pura desconfianza al ver el rostro de Edward iluminado por las llamas. Sus ojos, que no me habían llamado antes tanto la atención, me parecieron fríos, crueles y carentes de emoción.
El ave se fue consumiendo poco a poco entre las flamas y el olor a carne asada se me hizo insufrible.
¿Quién pensaría que mi primera comida sería un ave?-pensé con desaliento al recordar a Roy. Inmediatamente sentí una angustiosa punzada en el pecho al recordarlo.
Un gemido de dolor subió por mi garganta pero lo logré ahogar en las cercanías de mis labios. En el intento por acallarlo mordí mi lengua por casualidad, un ligero y sedoso líquido, apetecible como la textura de dos labios entreabiertos, pero de gusto agridulce, una extraña mezcla a la que podrías llegar a hacerte adicta; llenó mi boca al instante. La ponzoña.
Con la vista fija en las llamas, Edward lucía incluso más pálido, algo demacrado. Ya no era el Edward que yo había conocido, concluí con tristeza. Saltaba a la vista que él no se encontraba bien.
Una sola imagen vino a mi cabeza de pronto, aunque no podía recordar que yo hubiera sido testigo de esa escena tan escalofriante. Una pelea al parecer bastante desigual, una alta sombra inclinada hacia su víctima, una que no hacía ni el más mínimo intento por defenderse. Roy siendo atacado una y otra vez, Roy finalmente muerto a escasos centímetros de mi cuerpo. Roy muerto.
Las imágenes asaltaban mi cabeza sin tregua y del ave sólo quedaban sus cenizas, carboncillo parecido al que aún estaba pegado a mis ropas.
Con pesar comprobé que todo parecía tener una lógica absoluta. ¿No era así como destruían a un vampiro para siempre? Mis ropas llenas de aquél polvillo negro no anunciaban otra cosa que la muerte de uno.
Sentí mi cuerpo encogerse y al momento siguiente daba un paso lejos de él.
-¿Qué ocurre, Bella?-escuché preguntar a Edward, quien se mantuvo en su sitio.
-¿Cómo fue que me encontraste?-quise saber.
A unos sesenta metros unos ligeros pasos se acercaban hacia donde nos encontrábamos. Si bien el sonido de sus pisadas era casi inaudible aun sobre el pasto seco, el roce de sus ropas y el olor que desprendían sus cuerpos me crispó, alertándome de un posible peligro aunque ya hacía unos minutos que estaba completamente horrorizada. Los pasos se hicieron cada vez más duros a medida que fueron acercándose a nosotros.
-¡Oh, Edward!-murmuré con el mentón partido.
Sus ojos subieron a los míos con un rápido movimiento, estremeciéndome.
-¿Qué hiciste?-pensé con temor.
Perdón por tanta demora!
