Capítulo XVII

Conversaciones con otro hombre

Dejamos la bodega a su suerte y partimos nuevamente hacia el oeste. En un par de horas, quizás en unos pocos minutos podría ver a mi madre. Sabía que podía ser riesgoso pero necesitaba ver y sentir que algo perteneciente a mi vida era y seguía normal.

Marcus, Ferdinand y Félix, iban delante de nosotros, marcando el paso y haciendo el camino; Edward y yo flanqueábamos el grupo desde atrás.

Edward caminaba a mi lado en completo silencio. De vez en cuando me echaba una mirada curiosa pero no decía nada. Yo, en cambio, todavía tenía una pregunta que hacerle. Si bien la desconfianza ya había desaparecido, ya que me sentía segura y a salvo junto a él y junto a Marcus, el representante más cuerdo que quedaba del trío Volturi; aún titubeaba mientras buscaba las palabras para expresar mi duda. Jugaba con las mangas de mi chaqueta cuando Edward interrumpió mis pensamientos diciendo:

—Dime, Bella ¿qué te atormenta tanto?

Lo observé un momento, sus ojos resplandecían, sinceros.

—La muerte de Roy sigue rondando mi cabeza—confesé con desánimo.

—Sé que se convirtió en un buen amigo tuyo.

—Sí, lo fue. Su llegada fue como un salvavidas.

Mantuvo su postura y su paso, y no se volvió a mirarme cuando comenzó a contarme lo ocurrido aquella noche.

—Marcus y Roy planearon tu conversión. Alice consiguió el escondite y se encargaría de cuidarte. No sé cómo la guardia se enteró, tal vez fue mera coincidencia pero estuviste expuesta a un peligro considerable ya que te encontrabas completamente vulnerable. Buscando distraerlos Roy expuso su vida. Si bien su deseo inicial siempre había sido morir, no estaba en sus planes morir aquél día y con eso dejarte sola.

—Pero, ¿se dejó morir o no llegaste a tiempo para ayudarlo? —solté de manera inconexa y me mordí la lengua por haber formulado así mi mayor interrogante.

Lo vi fruncir el ceño. Con tímido gesto, como si temiera molestarme, apoyó una de sus manos en mi hombro y acercó mi cuerpo al suyo, brindándome consuelo.

Seguimos caminando sobre la hierba seca, podía escuchar como esta parecía crujir con cada uno de nuestros pasos. El amanecer se acercaba con lentitud.

—Llegué cuando él ya había muerto y parte de la guardia decidía qué hacer contigo. —me explicó momentos después.

— ¿Cómo fue que conseguiste escapar conmigo?

Edward se encogió de hombros.

—Ellos simplemente me dejaron.

Me dirigió una suave sonrisa.

—Ha pasado mucho tiempo, Bella—comentó.

Asentí, en efecto habían sido muchísimos años.

Caminando como si estuviéramos de paseo, llegamos a Phoenix a eso de las nueve de la mañana. Aunque era un día nublado y brumoso, decidieron que debíamos llevar capuchas y anteojos, sobretodo yo. Juntos e intentando pasar desapercibidos entre la gente, parecía que nos dirigíamos a robar un banco. Reprimí una ligera carcajada ante la ocurrencia.

Félix me guiñó un ojo antes de ponerse las gafas oscuras.

Nos separamos del grupo en cuanto Edward les explicó a Marcus y al resto lo que queríamos hacer. Noté que Félix y el otro vampiro, el regordete, no se tomaban la noticia muy bien pero Marcus accedió enseguida.

—Debes alimentarte primero—propuso Edward.

Acepté de buena gana. La sed no había remitido con mi pequeña presa y la quemazón en la garganta, una vez hube conocido el sabor de la sangre, no habían hecho más que incrementar. Sentía la boca seca como cuando te despiertas en mitad de la noche un poco afiebrada.

La segunda vez me supo aún mejor. Si bien la ansiedad era la misma, no tenía miedo y ningún tipo de pudor me frenaba. Con suavidad cuando terminé, Edward posó sus dedos sobre la base de mis labios y los limpió de las huellas de mi reciente merienda. Un ligero cosquilleo quedó en mi piel cuando él dejó de acariciarme. Algo torpes y sin poder despegar la mirada, reímos avergonzados mientras intentábamos reiniciar nuestro viaje.

— ¿Hubieras preferido que Roy estuviera aquí? —preguntó cuando nos encontrábamos a unos pocos metros de mi hogar de infancia. Había algo extraño en la manera en que había hecho la pregunta sin embargo, no me detuve a considerarla; me vi saltando y diciendo:

— ¡Claro!

Lo miré con cautela. Nuevamente lo sentí distante. Aún cuando nuestros cuerpos caminaban pegados. Éramos lo único que el otro tenía como apoyo para sentirnos enteros, cuerdos y reales en un mundo que no nos pertenecía; y él parecía un completo extraño para mí.

A eso de las once del día mi madre salió de la casa empujando un cochecito. La vi cansada pero sus ojos brillaban de alegría haciéndola lucir su joven y despreocupada.

Se detuvo en una plaza pública y se sentó en una de las bancas verdes que rodeaban los juegos infantiles. Renée cargó al bebé y lo meció cantándole mientras lo hacía. El bebé parecía pequeño y frágil en sus delgados e inofensivos brazos. Los latidos de su corazón sin embargo, eran rápidos y golpeaban su pecho con fuerza. Si Phil lo supiera, estaría muy orgulloso de que su pequeño muchacho había heredado su corazón de deportista.

Mientras mecía a la pequeña criatura, mi madre sacó de uno de los bolsillos del cochecito un oso de felpa un tanto más grande que el bebé y que reconocí al instante. Totalmente blanco, le faltaba un ojo y parte de un brazo, que alguna vez perdió en una disputa con un perro hambriento. Renée le mostró el oso hasta que él extendió sus manitas para intentar alcanzarlo.

—Este oso era también el juguete favorito de tu hermana—le contó mi madre mientras el pequeño observaba el juguete—Nunca entendí porqué este oso tan feo le gustaba tanto, pero al parecer a ti también te agrada, ¿no? —volvió a mostrárselo y esta vez dejó que lo tomara. Lo sostuvo unos instantes mientras lo observaba y cuando se aburrió de su inanimada compañía lo lanzó tan lejos como su fuerza le permitió.

Sin pensarlo siquiera y antes de que Edward comprendiera mi propósito, me abalancé sobre el juguete que había caído a los pies de mi madre, y lo cogí.

—Oh, gracias—musitó ella distraída con el pequeño.

Levantó la vista y me observó extrañada.

Paralizada ante mi propio atrevimiento, extendí el brazo para entregarle el juguete. Lo tomó con nerviosismo y apretó al bebé contra su pecho, alejándolo de mi vista. Este comenzó a llorar.

—Mamá—murmuré bajito al observarla, se había puesto pálida.

El llanto del bebé llenó mis oídos de forma estridente, llenando también mis pensamientos que vagaban confusos y se sacudían de manera dolorosa.

Su piel delicada, una capa fina, cálida y tirante que se rompería con tanta facilidad al contacto con mis dientes, dejando al descubierto una arteria suave; y la sangre nueva y a borbotones fueron algunas de las cosas que pasaron por mi cabeza en tan solo unos pocos segundos.

Jadeé, buscando controlarme e intentando moverme, pero me había quedado petrificada mirando al pequeño, que aún lloraba en los brazos de mi madre.

Un gruñido salió de mi garganta, frustrado y ansioso. ¿Qué hacer? Estaba a punto de exponerme y mis básicos deseos, que en ese momento se resumían en la idea de atravesar la piel del bebé, ¡me querían llevar al asesinato de mi hermano!

— ¡Váyase! —grité con desesperación. Mi madre me miró con recelo y cierto temor. Los colores no habían vuelto a su rostro. Apreté mis manos en puño y las escondí detrás de mi cuerpo, golpeando mi espalda. — ¿A qué espera? —la apuré, ya no pudiendo aguantar tanta dilación.

Renée se levantó enseguida y mirando hacia atrás de cuando en cuando para asegurarse de que no la seguía, se marchó con el bebé.

Me llevé una mano a la cabeza, me sentía aturdida por el esfuerzo. Al bajar la vista noté que se le había quedado el oso de peluche con el que mi madre había intentado distraer a mi hermanito. Le sacudí el polvo y poniéndolo entre mi palma y mis dedos dejé que estos se cerraran en torno al peluche, descargando con él mi frustración, hasta que la espuma suave y blanda empezó a escaparse de las costuras. En ese momento, Edward apareció a mi lado.

— ¿Dónde estabas? —pregunté con enfado.

Me sentía totalmente traicionada por él, ¿cómo me había dejado ir tan lejos? ¿Por qué no me había ayudado?

—No pude acercarme.

Me acerqué y extendiendo los brazos, le empujé. Su cuerpo cayó sobre la tierra arcillosa, levantando una humareda de polvo. Me sorprendí ante mi propia fuerza.

— ¿Por qué no me ayudaste? —exigí saber. Para ese entonces él ya se había levantado y estaba nuevamente frente a mí con sus ropas manchadas por la tierra. Rodeó mis muñecas con sus largos dedos y las sujetó con fuerza, intentando inmovilizarme.

—No pude acercarme, Bella—volvió a repetir.

Solté un taco, forcejeando.

—Tu escudo no me permitió acercarme—añadió.

Abrí los ojos, sorprendida. Dejé de forcejear y él, considerándolo, finalmente me dejó libre.

— ¿Cómo sabes de eso?

—Alice y yo tuvimos una conversación antes de que te encontrara.

—Ella me dijo que no sabía nada de ti.

Edward observó la plaza, no quedaba nadie. Se sacó los lentes y me miró.

—Luego de lo que hice, Alice no quería que te convirtieras.

— ¿Cómo fue? —quise saber, evadiendo sus refulgentes y oscuros ojos bermejo. Sentía curiosidad por ese repentino cambio en su actuar. Si se había logrado contener por tanto tiempo conmigo, ¿por qué no frente a un desconocido?

—Al poco tiempo de encontrarme allí se me informó que mi estadía sería permanente y que no se me permitiría volver a tener contacto contigo, pues eso atentaba contras las normas establecidas. Tú seguías siendo una humana y ningún humano podía conocer nuestra existencia. Con esto dándome vueltas en la cabeza, concluí que no sólo te perdía a ti sino también a mi familia. —Se encogió de hombros— ¿Qué me importaba entonces lo que ocurriera si las nociones del bien y el mal estaban tan retorcidas en mi mundo? Nos habían condenado por una infantil venganza, porque yo te protegí a ti y con eso le di la espalda a los de mi propia especie. —Soltó un largo suspiro—Pero, ¿cómo iba a dejar que te hicieran daño?

Me llevé una mano al pecho.

—Comencé a beber sangre humana por iniciativa propia, nadie me forzó ni me invitó a hacerlo. Tuve cuidado de escoger víctimas que ya no tenían otra opción, aquellas que ya habían sido asesinadas por mi compañeros, pero eso no cambia nada, ¿no?

Ahora fui yo la que se encogió de hombros. ¿Cómo podía pedirme que lo juzgara cuando yo conocía tan bien lo bondadoso que era su corazón?

—Marcus intentó convencerme de que existían otras opciones, pero por mucho tiempo no quise escucharlo, simplemente no podía. Entonces me envió devuelta a Estados Unidos, para una misión que luego descubrí que no existía. En cierta manera, él facilitó mi escape.

— ¿Por qué lo hace?

—El también tiene su propia batalla interna con todo lo que ellos significan para nuestra especie. Además, aboga por nuestra causa porque ve reflejados en nosotros—se volvió para mirarme con un brillo dulce en los ojos—su propia historia de amor.

— ¿El también se enamoró de una humana? —pregunté con una sonrisa.

—No, él se enamoró de la hermana de Aro.

—Entonces—murmuré—no entiendo.

Edward dejó escapar una risita musical y comprendiendo mi confusión, agregó:

—Marcus y Dydyme, la hermana de Aro, se enamoraron y quisieron escapar de Volterra para empezar una nueva vida, lejos de las maquinaciones y las ansias de poder y soberanía que tenía Aro. Ellos querían estar juntos.

— ¿Qué pasó entonces? —lo apuré a medida que me adentraba en la historia, podía leer en los ojos de Edward que lo que seguía no era el final de un cuento de hadas.

—Aro mató a su hermana.

Un escalofrío recorrió mi espalda. Edward tomó mi mano a modo de consuelo.

— ¿Marcus lo sabe?

Edward asintió con la cabeza y dirigió su atención a un punto alejado de la plaza.

—Debemos irnos—me indicó segundos después.

— ¿Qué ocurre? —inquirí.

—Tu madre ha llamado a la policía, vienen por nosotros.

Me detuve frente a él, incrédula.

—Es en serio—rió— ¡Vamos!

Nos escabullimos nuevamente entre la gente y caminamos hacia las afueras de la ciudad. Me envolví en mis pensamientos y agradecí nuevamente que mi escudo, de manera inconsciente, no dejara a Edward ni a nadie penetrar en mi mente. La historia sobre Marcus revoloteaba en mi cabeza. Sentí otra vez aquel dolor en un rincón inhabitado de mi cabeza, la única porción de mi persona que sabía exacto lo que debía hacer. Mi conversión no cambiaba el hecho de que Edward era un fugitivo de las leyes vampíricas, leyes que ahora sí me atañían; ni lo eximían para que pudiera volver con su familia.

— ¿No vas a alimentarte, Edward? —pregunté en el camino.

—Sí—aceptó— ¿me acompañarías?

—Claro, no supone ya un peligro para mí—sonreí al notar la nube que se posó sobre sus ojos. —Quiero acompañarte.

Era pasado el mediodía cuando llegamos a los restos de lo que, en su época, fue una exitosa fábrica de acero. Había escuchado muchas veces a mi padre divagar con ella, cuando pensaba que todavía tenía una posibilidad con mamá.

Pasé por los restos de esa idea que jamás logró realizar y me pregunté ¿qué hubiera sido de mí si jamás hubiera tenido que regresar a Forks?

Lo más evidente, jamás hubiera conocido a Edward.

Me podría haber partido un rayo o atropellado un bus pero jamás mi vida hubiera corrido tanto peligro como lo hizo en mi corta estadía en Forks.

Edward jamás hubiera tenido que dejar a su familia para irse con los Volturi.

La vida de Edward no correría peligro por haberlos abandonado.

Repetí lo último varias veces y cada vez sentía un poco más de miedo. Si algo llegaba a pasarle estaría condenada eternamente a vivir sin él. Atrapada para siempre en mi nueva inmortalidad.

Ambos escuchamos los pasos de un grupo de animales que se acercaban entre la hierba. Eran tres zorros medio desnutridos que se movían torpemente. Su pelaje pardo rojizo estaba desteñido y sus ojos brillaban, más febriles que despiadados. Se cruzaron con nosotros y no hicieron ni siquiera el intento de considerarnos como posible caza. Nosotros pensamos diferente, sin embargo.

— ¿Las mujeres primero? —me esperó Edward con una invitación de su mano.

Negué con la cabeza.

—Adelante.

La verdad, no me apetecía beber sangre en ese momento. Tenía sed, estaba segura de que siempre tendría sed pero no me apetecía hacer nada. Edward se adelantó y al instante siguiente bebía de dos de los desafortunados zorros que se habían cruzado en nuestro camino. Escuchaba sus movimientos y el palpitar de los animales antes de perder la batalla y sospeché que Edward, en aquel momento, no estaba más pendiente de mí.

Podría marcharme, comenzar a correr y él no se daría cuenta, pensé. Pero antes quería asegurarme de que él no podría encontrarme.

Aún alimentándose, Edward estaba de espaldas a mí cuando me acerqué a su lado. Intenté sentir y ser capaz de notar la presencia de mi escudo. Fui consciente de su aparición, una incierta seguridad me cubrió y entonces comprendí que lo había encontrado.

Ahí estaba y ahora quería saber si este podía esconderme de los agudizados sentidos de un vampiro dispuesto a buscarme. Me escondí tras un tronco seco y le llamé.

—Edward.

Me quedé quieta mientras él se volvía, con una dulce sonrisa en el rostro. Esperaba, con esto, que él no pudiera sentir mi olor, protegida por mi escudo. Si él no podía sentir mi presencia allí, a unos metros de él, podría ser prácticamente invisible para cualquiera.

La sonrisa de Edward se fue desdibujando a medida que recorría con la vista el perímetro que nos rodeaba. Juntó las cejas.

— ¿Bella? —un escalofrío recorrió mi espalda al observar su rostro.

Cerró los ojos y caminó, orientado únicamente por sus sentidos. Pasó a mi lado y siguió de largo, sin darse cuenta de mi presencia.

— ¿Bella, dónde estás?

Me acerqué lentamente a él, intentando concentrarme para mantener el escudo.

—Edward.

No pudo encontrarme.

Ya era suficiente, concluí.

La próxima vez que Edward me vio, me encontró a la orilla de un riachuelo. Lo había encontrado por casualidad y me sirvió de excusa para justificar mi ausencia. Tomó mi mano al llegar y la sostuvo con fuerza.

— ¿Qué haces? —preguntó con curiosidad.

Lo miré un instante, guardándome un suspiro ante su compañía. Volví la vista al riachuelo, buscando algo que decir.

—Me preguntaba como se sentiría el agua fría ahora. Tú me pareces muy cálido. —Acaricié la base de su mano con ternura.

— ¿Quieres probar?

Asentí.

Ya que el riachuelo no era lo suficientemente hondo ni extenso como para recibirnos, nos descalzamos y sumergimos los pies en el agua transparente. La sensación, una parecida a la que sentía cuando era humana, subió como una corriente eléctrica por mi cuerpo, pero ya no era la baja temperatura del agua lo que la producía; sino su calidez. Su acogedora y exquisita calidez. Como la matriz materna, imaginé.

—Esto se siente maravilloso—murmuré con los ojos cerrados. La mano de Edward soltó la mía y subió por mi espalda, con movimientos lentos y suaves. Atrajo mi cuerpo y lo estrechó junto al suyo. Su aroma llenó mis pensamientos ni bien lo tuve al lado. Tarareó una melodía mientras acunaba mi rostro y lo acercaba al suyo para finalmente besarlo. Sus finos labios acariciaron mis ojos, mis mejillas, mi frente y mis labios con una ansiedad muy poco comedida. Le respondí con la misma intensidad esperando el momento en que sus labios cayeran en los míos.

—Edward—susurré.

Cuando nuestras lenguas se encontraron, me soltó como lo hacía cuando temía hacerme daño, pero me mantuvo aferrada a su cuerpo.

—Vas a irte. —dijo. No era una pregunta.

Asentí mirándolo a los ojos. No podía mentirle.

— ¿Por qué? —Había una ligera nota de dolor en su voz.

—Tu vida está en peligro, no sabría que hacer si te pasa algo, si llegara a perderte…

Entrecerró los ojos.

— ¿Y por eso vas a dejarme, por temor a perderme?

Reí ante la pregunta y negué con la cabeza. Besé su cuello y respondí:

—Quiero ir a hablar con Aro.

— ¿Por qué? —pronunció muy lentamente.

—No puedes volver donde tu familia, tendrás que estar siempre escapando y es todo mi culpa.

— ¿Tú culpa?

—Y yo ahora puedo arreglarlo.

—Cuando te dije que no era necesario que te sacrificaras por mí, hablaba en serio. —Negó con la cabeza—No sabes cuanto desearía en estos momentos que fueras humana.

— ¿Cambié mucho? —pregunté con temor, no había tenido la oportunidad de observar mi reflejo. Toqué mi rostro, sentí la piel lisa y suave. Ninguna imperfección encontré en mi rápida búsqueda. Solo podía ser consciente de los cambios que había notado en mi cuerpo, en mis capacidades.

—Bueno, sí. Ahora puedes patearme el trasero si así te lo propones. Eres y serás más fuerte que yo por unos cuantos años. —Lo vi sonreír— Si fueras humana sería fácil retenerte a mi lado, amarrarte a mi muñeca para impedir que escaparas. Ahora no se me ocurre qué hacer.

—Tenía miedo, cuando Roy finalmente me dijo el porqué de su llegada, que al convertirme yo cambiara. —le conté. — Que llegara a sentir las cosas de manera diferente, que el amor que yo había guardado y que sentía por ti desapareciera luego de los tres días, como si nunca hubiera existido, dejándome sin ninguna huella en mi interior que pudiera recordármelo. Temía volver a olvidarte y sin embargo, fue verte y mi pecho, que ahora parece vacío y muerto, revivió y una oleada abrasadora aunque totalmente distinta a la sensación de la sed, se abrió camino por todo mi cuerpo, despertándolo. Y quise llorar y quise gritar porque por fin estabas allí. No sabes cuanto tiempo imaginé que aparecías de repente en mi camino, que despertaba en mi antigua habitación de forks y estabas ahí como cada mañana, contando los segundos para que yo despertara.

—Lamento mucho la demora, pero ya acabó. —Susurró— Lo prometo.

Negué con la cabeza y escondí la mirada.

—Apenas encuentre un poco de valor para hacerlo, voy a irme.

Rodeó mis muñecas fuertemente con sus manos para ilustrarme lo que había intentado decirme momentos antes.

— ¿Estabas probando tu escudo, no?

Asentí.

—Quería comprobar que no podías sentir mi olor.

—No, no podía. —Soltó un suspiro— A menos que quieras—soltó mis manos con suavidad—no es necesario que te vayas.

—No quiero este tipo de vida para ti, no quiero que te la pases escapando.

Me solté de su abrazo y me senté a su lado, para que me tomara en serio.

—Bella, Marcus y sus seguidores están a punto de decidir iniciar un levantamiento contra los habitantes de Volterra. Dentro de unos cuantos meses ya nadie se preocupará de nosotros ni de mi familia. No tendremos que seguir escondiéndonos.

—Quizás por eso te dejaron irte conmigo. —Dije minutos después, dándole vueltas a la nueva información. El se volvió para prestarme toda su atención—teniéndote a ti y a tu familia de su lado, no tendrían mucho que temer.

Entrecerró los ojos.

—Puede que tengas razón.

—Y si alguna vez me vieron junto a Roy, las semanas antes a mi conversión, se habrán enterado de lo básico, al menos, de mi don.

—Eres toda una geniecilla, ¿no?

Sonreí divertida ante su comentario.

—Eso calzaría con algo que escuché la noche de tu conversión. —me contó.

— ¿Qué cosa?

—Habían opiniones divididas sobre lo que se tenía que hacer contigo. Muchos de los integrantes del clan Volturi solo están allí por sus deseos de sangre, de pelea. Otros han sido reclutados por sus dones especiales y hay unos pocos que han decidido entrar a sus filas por su afán de justicia y equilibrio. Dentro del grupo de aquella noche había una mezcla entre los primeros y los últimos. Los que deseaban acabar contigo aunque no existiera motivo para ello y los que, viendo que el veneno ya había llegado a tu corazón, tenían la intención de dejarte allí a tu suerte, pues tu conversión era inminente.

Se detuvo y contempló el correr del agua.

—En ese momento no comprendí lo que habían querido decir, solo podía pensar en ti y en lo que estabas pasando; pero en cuanto llegué a tu lado ellos se alejaron. No intentaron detenerme ni comenzar una pelea. Uno de ellos, me imagino que uno de los dialogadores, murmuró: Si el chico llega, nos vamos. Si no aparece, es nuestra.

—Entonces no buscaban acabar conmigo—concluí extrañada.

Edward negó con la cabeza y abrió los ojos ante el descubrimiento.

—Te querían para ellos.


Gracias por pasarse

Que tengan una buena semana!