Capítulo XVIII

Preparativos

Inspiré hondo. El frío matinal llenó mis pulmones y bajó para reconfortar el ardor que me acompañaba continuamente. Junto con Félix, que daba grandes zancadas a mi lado, revisábamos el perímetro de un posible nuevo lugar para levantar el campamento. No necesitábamos la comodidad de un catre o el calor de una hoguera pero, según me contaron ellos mismos, era confortable tener un punto en común para compartirlo con gente de nuestra especie. Con los años, la soledad iba abrumando al vampiro y podía fácilmente llevarlo a la locura. No era fácil lidiar con algo tan absoluto como la eternidad.

Cada vez que hablaba con Félix, éste me dirigía una pícara mirada que, si por mis venas corriera sangre me subiría directo a las mejillas delatando mi embarazo. Como no era así, lograba disimular mi turbación iniciando una conversación cualquiera. Me hizo contarle de mi vida como humana: Del trabajo de mi padre y del nuevo casamiento de Renée, que lo asombró en sobremanera. Aún viviendo en el mismo planeta, se encontraba completamente alejado de todo lo que pasaba en el.

— ¿Habías estado en Nueva York antes? —preguntó.

—No, es la primera vez. Habíamos ideado un viaje con mamá pero luego conoció a Phil y lo olvidamos.

— ¿Qué dijo tu padre cuando supo que su mujer se casaba con otro?

Me encogí de hombros; sin embargo, lograba entender su confusión. El recordaba vagamente los primeros años de su existencia en los sucios y fríos callejones de la Europa medieval, cuando las mujeres todavía no tenían voz ni voto y donde el adulterio femenino se pagaba en la misma hoguera en que quemaban a brujas y traidores.

—Mi padre le deseó toda la felicidad posible—contesté.

— ¿Tu padre sigue amando a tu mamá, no? —inclinó la cabeza, lo captó enseguida.

Asentí.

—Así es.

Me detuve al escuchar un chasquido en la hierba.

— ¿Escuchas eso? —pregunté intentando localizar la procedencia del sonido.

Asintió, con tranquilidad.

—Es una animal.

— ¿Cómo sabes?

Se volvió hacia mí con una sonrisa en el rostro. Su ancho y alto cuerpo cubrió el mío cuando se detuvo frente a mí, como si lo estuviera rodeando.

—Fíjate en sus pisadas—me indicó con amabilidad.

Escuché con más atención, el quiebre era suave y el paso sobre el suelo parecía más un rebote que un andar reposado como podría suceder con un bípedo. Minutos más tarde, una perezosa ardilla apareció ante nosotros caminando de aquí para allá sin decidirse en qué lugar detenerse. Por primera vez en mucho tiempo pude ver a un animalito como lo que era, una pequeña criatura; y no como un simple alimento andante.

— ¿Es verdad lo que está por ocurrir? —pregunté a Félix antes de cerrar el perímetro.

Se dirigió hacia mí con lentitud y en su rostro pude ver que le costaba decidir cuanto podía contarme.

Tranquila, lo animé con la mirada.

—Lo que está por ocurrir—repitió moviendo la cabeza. — ¿Sabes que ello puede prolongarse cien o más años?

Me congelé, él lo notó en seguida. Olía el miedo, había sido preparado para ello.

— ¿Cómo mínimo cien años? —mi voz no fue más que un murmullo cortado.

Me pasó un brazo por la espalda.

—Tranquila, lo que él te dijo es verdad. Dejarán la caza porque no les conviene estar en contra de los Cullen. Solamente ellos, como familia y por su estilo de vida, tienen más seguidores que los que la gobernación de Volterra quisiera que tuvieran.

Sacudí la cabeza.

—Lo mejor será que vuelvan con ellos—sugirió.

— ¿Y exponerlos también?

—En cuanto estén en su compañía todo quedará en el olvido.

— ¿Cómo harás tú para volver? Aro sabrá todo.

—El sabe—aceptó—pero no regresaré esta vez.

Su rostro brilló y al verlo olvidé casi por completo que el hombre que tenía frente a mí medía casi dos metros, ocultaba el sol con su sola presencia y podía acabar conmigo con tan solo un zarpazo. Sonreía como un niño aliviado. Observé el cambio.

— ¿Por qué no?

—Quiero vivir—respondió.

Marcus nos recibió cuando llegamos al círculo de piedra, lugar que servía como base para nuestra pequeña legión. A ese lugar llegarían los vampiros aliados una vez que Ferdinand, Félix y tal vez nosotros comenzáramos a correr la voz. Se esperaba la llegada de un nuevo aquelarre latinoamericano que también ayudaría a incorporar nuevos miembros. No era una tarea fácil, la persuasión debía estar muy bien camuflada, cualquier movimiento en falso sería completamente letal. Por eso necesitaban, comprendí, un don como el de Edward.

—Bella—me acogió Marcus al alcanzarme (había logrado al fin que me llamara así, luego de muchas replicas y formalidades de su parte) — ¿han encontrado algo fuera de lo normal?

—No, el lugar está despejado.

— ¡Fantástico! —subió los brazos como si agradeciera al cielo.

Mis ojos se desviaron con rapidez cuando atisbé la figura desgarbada de Edward escondida detrás un puñado de cipreses. Por un momento pensé en los cipreses de van gogh, hasta que nuevamente mi vista se perdió en la excepcional belleza del joven que me había cautivado. Se encogió de hombros al verme y me sonrió con esa sonrisa torcida que era tan suya y tan natural que quitaba el aliento.

No. Marcus no había desaparecido como pensé en un principio. Era yo quien lo había dejado atrás y me acercaba, con rapidez y casi sin sentirlo, a Edward.

—Te tengo una buena noticia—me contó luego de besar mis labios.

Asentí para que continuara.

—Volveremos a casa.

Me estremecí al ver su rostro animado. Como tantas otras veces, agradecí el que no pudiera leer en mí como bien podía con el resto del mundo. No quería que nada, ni siquiera mis temores, nublaran su satisfacción. Desde nuestro reencuentro solo había visto en él una sombra de culpa, dolor y arrepentimiento. Pedía al cielo que se despejara de una vez.

— ¿Cuándo? —pregunté.

—Apenas llegue nuestro recambio—guiñó un ojo. Mi corazón se estrechó dentro del pecho, aun sin vida, y logró sacarme una sonrisa. Asentí mientras acariciaba su rostro.

— ¿Has hablado con ellos?

—No, pero sé donde se encuentran ahora.

— ¿Dónde es eso?

Tal vez Félix y Edward tenían razón y al regresar con los Cullen Alice podría tener una visión confirmando lo que ambos sospechaban, que todo estaría bien y no tendríamos que escapar ni escondernos, podríamos comenzar a vivir y a disfrutar el uno del otro sin temor.

—Nuestra familia está en Rochester. —respondió.

— ¡Eso está muy cerca! —Alice ya debe estar preparando nuestro recibimiento—bromeé.

—Ya lo creo—suspiró, simulando estar agotado.

Nos miramos un momento, el tiempo, ahora imperceptible, pasaba sin rozarnos. A modo de broma volvió a guiñar un ojo; no pude evitar reír.

— ¿Qué ha dicho Marcus sobre nuestra partida? —pregunté mucho, mucho tiempo después.

—El sugirió que nos fuéramos. En tiempos hostiles como los que se avecinan lo más seguro es estar junto a nuestra familia.

— ¿Los dejaremos? —me refería a abandonar el grupo y dejarlos a su suerte; no a nuestra inminente partida.

Pareció entender porque respondió:

—No podemos optar por ningún bando.

— ¿Marcus te pidió eso?

—El me aconsejó eso—asintió con la cabeza—y es bastante lógico.

—Lo es, sin duda. Elegir cualquier bando sería peligroso pero, ¿no sería irresponsable de nuestra parte dejarlos así?

Rió suavemente, para mantener la seriedad que debía por la conversación.

—Bella, no los dejaremos indefensos tras nuestra partida. Llegarán más aliados, —sonrió con un deje de ironía—aliados que estén realmente preparados para una batalla.

—Sabes—dijo de pronto en un susurro ronco que erizó mi piel—hay otros preparativos que Alice también querría empezar a preparar. —tomó de mi mano y me guió lentamente, sin apartar los ojos de mi rostro, lejos del bosque de cipreses, lejos de nuestros compañeros de ruta.

— ¿Cuáles? —le pregunté.

Me vi totalmente perdida en su rostro inocente; sus ojos brillaban, dulces. El color amargo se estaba destiñendo con lentitud. Sus pensamientos vagaban difusos y me costaba seguirle la marcha.

— ¿Recuerdas aquella conversación que tuvimos la última vez que visitamos aquel prado?

Incliné la cabeza, un poco alelada. Recordaba a la perfección el último día que había pasado a su lado. Había sido una hermosa tarde, tan hermosa que parecía mentira. Y así había sido. Tuvimos un momento tan bello que tuvo que terminar, demasiado luego. Sacudí la cabeza para no pensar en ese final.

—Sí, la recuerdo—le dije.

No pudo disimular la sonrisa que nació en sus labios. Estreché los ojos, suspicaz.

— ¿En qué estás pensando, Edward? —puse mis brazos en jarra.

—Usted señorita, si mal no recuerdo, —dejó caer sus manos sobre mis caderas y me atrajo hacia su cuerpo—me prometió algo aquella vez y aún no ha cumplido.

Intenté zafarme para tontear con él.

— ¿Qué cosa te prometí?

Abrí los ojos y batí las pestañas con candidez. Una de sus cejas broncíneas se alzó, llena de escepticismo. Contuve la risa.

—Pues, que serías mía para siempre.

—Desde el principio ha sido así. Las dos veces que te vi por primera vez supe que jamás podría amar a alguien más. Soy tuya—le respondí con sinceridad. —Y, literalmente, espero que sea para siempre.

—Lo será—prometió. Rozó su mejilla con la mía mientras respiraba hondo al acariciar mi piel. — ¿Sabes? —murmuró—Aún queda en ti un vestigio de tu aroma humano. Los vampiros somos esencialmente dulces pero tú…—dejó escapar un suspiro—es como si jamás nos hubiéramos separado.

Me reconfortó la idea de que, después de todo, yo no hubiera cambiado tanto. Me alegró pensar que no era una total extraña para él, una extraña con la cual él se había atado alguna vez. Nunca había sido más feliz como en aquellos días en su compañía en secundaria, por eso agradecía estos momentos en que nos olvidábamos de todo lo que había ocurrido en el medio, el tiempo separados, y podíamos extender ese tiempo y mezclarlo con nuestra vida actual como quien edita un video y solo deja las partes buenas.

— ¿Serás por fin mi esposa?

Con que a eso iba. Me separé de su abrazo y él se detuvo a mirarme expectante. Nerviosa por lo profunda de su mirada, busqué en mi cabeza algo que decir. Fue mucho más fácil buscar en mis bolsillos.

Sus ojos, del color del crepúsculo, brillaron al ver mi traviesa sonrisa.

Comencé a correr y al sentir el aire rozando mi cuerpo, elevándome, aceleré un poco más. Edward venía tras mío y aceleró también para darme alcance. Nuestras risas se desvanecieron a través del bosque, perdiéndose en este mientras lo dejábamos atrás.

—Detente—no sabría decir si lo dijo realmente o apareció de repente como una alarma en mi cabeza. De igual forma, me detuve en seco. Edward se detuvo a mi lado, conteniendo el aliento.

— ¿Qué ocurre? —pregunté.

Enderezó la pose.

—Carroñeros—murmuró.

Sus ojos se estrecharon, asemejándolo a un felino crispado. A una distancia de casi tres kilómetros se encontraban tres altas figuras, moviéndose en zigzag para abarcar la mayor superficie posible.

—Son una especie de caza recompensas. —me explicó.

— ¿Qué crees que estén haciendo aquí? ¿Crees que hayan venido por nosotros? —pregunté inquieta.

Tomó mi mano enseguida para que no temiera.

—No están lo suficientemente cerca—sacudió la cabeza, frustrado. —Debemos regresar.

Se volvió a mirarme.

— ¿Crees que podrías desplegar tu escudo para los dos? Serían capaces de seguir nuestros rastros.

Asentí, nerviosa.

—Creo que sí—respondí.

Me concentré en nuestras manos unidas, como si fuera un puente entre ambos cuerpos, uniéndolos hasta hacerlos uno. Lo sentí casi enseguida, aunque creía que se debía al temor que había despertado en mí la palabra "carroñeros" y no a un aumento en mis capacidades.

—Vamos—le avisé.

Me dirigió una lenta mirada llena de orgullo; sentí nuevamente como se me encogía el corazón al verle.

Algo iba mal.