— ¿Qué ocurre? —pregunté.
Enderezó la pose.
—Carroñeros—murmuró.
Sus ojos se estrecharon, asemejándolo a un felino crispado. A una distancia de casi tres kilómetros se encontraban tres altas figuras, moviéndose en zigzag para abarcar la mayor superficie posible.
—Son una especie de caza recompensas. —me explicó.
— ¿Qué crees que estén haciendo aquí? ¿Crees que hayan venido por nosotros? —pregunté inquieta.
Tomó mi mano enseguida para que no temiera.
—No están lo suficientemente cerca—sacudió la cabeza, frustrado. —Debemos regresar.
Se volvió a mirarme.
— ¿Crees que podrías desplegar tu escudo para los dos? Serían capaces de seguir nuestros rastros.
Asentí, nerviosa.
—Creo que sí—respondí.
Me concentré en nuestras manos unidas, como si fuera un puente entre ambos cuerpos, uniéndolos hasta hacerlos uno. Lo sentí casi enseguida, aunque creía que se debía al temor que había despertado en mí la palabra "carroñeros" y no a un aumento en mis capacidades.
—Vamos—le avisé.
Me dirigió una lenta mirada llena de orgullo; sentí nuevamente como se me encogía el corazón al verle.
Algo iba mal.
Capítulo XIX
Se celebra una boda
— ¿No estarás pensando en escapar? —Alice cruzó la habitación hasta posarse a mi lado.
Me encontraba en el balcón de mi cuarto mirando la ciudad, tan lejos de nosotros. Las luces comenzaban a encenderse con la llegada del atardecer, formando sempiternos caminos a donde quiera que mirara.
Negué con la cabeza.
—Pensaba en mis padres.
Alargó uno de sus brazos y estrechó mi cuerpo junto al suyo.
—Vi lo que ocurrió cuando encontraste a tu madre. Luchaste mucho para controlarte y…
—Sé lo que ocurrió ese día—la interrumpí sin volverme a mirarla. —Fue una imprudencia de mi parte acercarme tanto como lo hice, sobretodo con el pequeño allí. Sé también que es peligroso para cualquier ser humano rondar cerca de estos lugares teniendo a carroñeros y a la guardia tan cerca de nuestras narices.
Asintió con la cabeza.
—Le escribiste a Charlie.
—Sí—acepté— ¿crees que sea peligroso?
Hizo una mueca aunque no se veía preocupada.
— ¿No podrías enviarle un correo electrónico?
— ¿Charlie con cuenta en Hotmail? —quise bromear. — ¿Tan malo se ve el futuro?
—Deberías darle más crédito a tu padre—me retó—se ha apañado solo casi toda su vida.
Me retaba medio en serio, medio en broma; pero tenía razón. Charlie había pasado gran parte de su vida solo y ahora yo había contribuido a aumentar su soledad cortando el contacto.
—El es feliz porque sabe que tú lo estás. Y eso es lo que siempre ha deseado para ti.
Respiré profundo aunque no sirvió para deshacer el nudo en mi garganta.
— ¿Estás nerviosa? —preguntó momentos más tarde.
—Sí. No estabas muy equivocada en tus suposiciones al entrar acá. He considerado por lo menos cinco maneras de evitarme esto.
—No estás hablando en serio. Te he visto en el altar junto a mi hermano, eso no ha cambiado.
— ¿Qué es lo que sí ha cambiado?
—Tranquila, Bella. Todo saldrá bien. Mi hermano fue muy afortunado al haberte encontrado. Es una unión que deseamos que ocurra, de todo corazón.
—Siempre he pensando que fue al revés. —le conté—No puedo imaginar qué hice para merecer su amor ni el cariño de ustedes.
Meció su cabeza con dulzura.
—Nuestro cariño fue totalmente tuyo el día que mi lúgubre hermano comenzó a sonreír con verdadera alegría. Jamás olvidaré la vez que me contó de tu amor por ti, por esa criatura extraña y misteriosa que había nacido con el claro afán de torturarlo por el resto de su existencia.
Escondí el rostro para ocultar la emoción.
— ¿Quieres que te ayude con el vestido? —se ofreció tomándolo de su lugar en el armario y extendiéndolo para que pudiera apreciarlo otra vez.
—Sí—contesté—me encantaría.
—Llamaré a Esme, me mataría si la excluyo de este ritual.
El trabajo de los carroñeros ya había cobrado una víctima, una víctima conocida, porque del resto de vampiros aliados no sabíamos nada. Félix había muerto escondiendo el lugar donde se levantaba el campamento y llevándose consigo el nombre del resto de los participantes.
— ¡Isabella, Isabella! —me volví para encontrarme con Danielle. — ¿Puedo quedarme yo también mientras te vistes?
—Claro—respondí un poco aturdida.
—Alice no quiere dejarme.
—Tienes que prometer que no hurgarás entre sus cosas—la regañé con cariño.
—No hago eso—protestó.
Danielle se había convertido, por influencia de sus hermanas y de Esme en una mujercita traviesa y un poco vanidosa; llena de amor por sus familias y lealtad por las personas que la habían acogido para que su hermano pudiera comenzar a vivir su propia historia.
La casa, a la que habíamos llegado con Edward hacía ya más de tres meses, exudaba feminidad; y los hombres de la casa, fornidos y atractivos a partes iguales, habían quedado relegados al olvidado, todo por la llegada del pequeño tornado que era Danielle.
—Por favor.
—Está bien—aceptó. Pegó la mirada en el suelo y luego lentamente la alzó para encontrarse con mi mirada. —Esta mañana ha llamado mi hermano. Quería venir. Le pedí que no lo hiciera—agregó al ver mi reacción. —Sé que no es seguro. Han pasado cinco años desde la última vez que pude verlo. —Se defendió con pena.
—Sé lo difícil que es, Danielle.
—No, no sabes—contestó. —Tú lo quisiste; yo no tuve opción.
Asentí con la cabeza mientras peleaba en mi interior con un ademán que quería acariciarla y asegurarle que a pesar de las cosas que había vivido y quizás de las que todavía tendría que vivir, todo estaría bien y que volvería a ver su hermano.
—Danielle, no es momento de poner triste a Bella—masculló Alice al entrar junto con Esme.
Danielle se volvió para observar el rostro de Alice, pero este no estaba enfadado como esperaba; lo encontró tranquilo y fraternal.
—Mandamos a Edward y a los muchachos a dar una vuelta. —contó Esme. —Tenemos toda la casa para nosotras.
Y eso era más que suficiente. La casa de los Cullen en Rochester, apartada de la ciudad, era todo lo que uno podría querer y llegar a desear de un hogar. Era una hermosa casa colonial color damasco, con amplios tragaluces, patios de piedra y hierba, y pasillos oscuros e infinitos. Mi cuarto quedaba en el ático y había sido minuciosamente modificado para mi comodidad. Tenía una librería para mi uso y deleite personal, un balcón por el cual podía ver las luces de la lejana ciudad; y un guardarropa antiguo e inmenso regalo de Alice.
—Genial—murmuré con los labios apretados.
Desistí de querer ayudar a ponerme mi propio vestido luego de haberlo rasgado en una de las revisiones debido a mi torpeza y a mi siempre flamante fuerza, de la cual todavía no llegaba a acostumbrarme.
Y ahí estaba yo, frente a un espejo, vestida de blanco, vestido que solo usaría una vez; con mi nueva y desconcertante fuerza, observándome con mis nuevos ojos color granate, luciendo mi nueva y lisa piel, junto a mi querida, eterna y nueva familia. Quería creer que no había cambiado tanto, pero el espejo no mentía: me encontraba más guapa. Aunque esto quizás se debiera al hecho de que el vestido había sido escogido a mi gusto y que éste anunciaba mi unión con el amor de mi vida.
Sonreí a mi reflejo.
— ¡Te ves hermosísima! —exclamó Esme a mi lado, aprobando mi apariencia.
— ¿Llego tarde? —preguntaba la voz de Rosalie desde las escaleras.
— ¡Aquí, en su cuarto! —respondió Danielle.
Cualquier aversión que podría pensar que ella sentía por mí, quedó en el olvido cuando la vi cruzar el umbral de mi habitación y sonreírle a mi reflejo con verdadero cariño.
—He traído unas flores para armar tu ramo y quizás para adornar tu cabello—comentó con una timidez que tuve que comprobar mirándola a los ojos.
Se las entregó a Alice al ver que no reaccionaba.
—Claro—sacudí mi cabeza— ¡muchas gracias!
El cielo estaba completamente estrellado cuando, acompañada por Carlisle, crucé el pasillo de piedra que me dirigiría hacia Edward. Estábamos en la parte trasera de la casa, en un extenso patio que se compartía con una antigua y subterránea bodega de vinos.
El camino estaba trazado con antorchas y florecillas en el piso; y de invitados solo estábamos nosotros. Era tragicómica la manera en que nos alejábamos estratégicamente de las pequeñas hogueras que conducían hacia el altar. Con cierta vergüenza ante tal debilidad.
De marcha nupcial solo teníamos los sonidos que nos ofrecía la naturaleza, cuidadosamente acentuados por la oscuridad y las luciérnagas.
Jasper había conseguido unos certificados falsos tanto para Edward como para mí, para poder ser casados bajo las leyes de Dios. Sabía lo importante que era para él, no era una petición difícil de aceptar.
Edward se volvió lentamente esperando mi llegada y su primera reacción al observarme me produjo un vértigo exquisito. Su sonrisa se expandió infantilmente por su rostro y sus ojos centellaron risueños a la luz de las antorchas.
Su segunda reacción fue más desconcertante. Su sonrisa, que me acompañó gran parte del camino hacia el altar, se esfumó de repente y fue reemplazada por una triste mueca que ensombreció sus facciones.
— ¿Qué ocurre?—pregunté en un murmullo a sabiendas que todos me escucharían.
Carlisle, a mi lado, se mantuvo impasible y cumplió con su misión como un padre, entregando a su única hija en matrimonio. Estrechó la mano del novio y me detuvo al lado de este para que pudiera comenzar la ceremonia.
El cura, totalmente ajeno a todo y completamente humano, comenzó con su perorata en cuanto reposé mi brazo en el de Edward.
—Te ves hermosa—dijo mi novio con la voz llena de amor.
— ¿Qué ocurre? —volví a preguntar, con miedo y en voz baja.
Edward inclinó solamente un poco la cabeza mientras centraba su atención en el cura, el cual hablaba sobre la importancia del matrimonio; y siseó:
—Actúa con naturalidad.
Enderecé la pose ante un escalofrío e hice todo lo posible por concentrarme en las palabras del sacerdote.
Sé que he tardado una eternidad en actualizar y que muchos debido a esto se habrán bajado de la historia; les pido perdón.
Gracias por pasarse! =)
