Capítulo XX
Visitas inesperadas
La ceremonia se realizó con normalidad y cada uno representó su papel. La flamante novia besó a su apuesto caballero como se supone que pasara pero en el momento en que los labios de estos se despegaron el encanto se acabó. El sueño se transformó en una macabra pesadilla.
—No dejes que se vaya. —Escuché que alguien decía. Me volví lentamente desde los brazos de Edward y encontré a una pequeña niña vampiro, menor incluso que Danielle en sus eternos 12, acercándose a la glorieta donde se había desarrollado la ceremonia.
Comprendí demasiado tarde que se refería al cura, el único humano de todo el lugar. Se me encogió el estómago.
Me volví bruscamente pero Edward cogió mi mano en seguida y con un breve pero marcado movimiento de cabeza me impidió realizar cualquier acto suicida. Como ir en ayuda de aquel hombre. Mi nueva y entrañable familia se cerró en torno a nosotros.
Edward acercó su mano para estrechar la mía, fuerte y dulce a la vez.
—Pase lo que pase, no la hagas enojar. —me advirtió—E intenta no mostrar tus habilidades frente a ellos, por favor.
—Está bien—asentí con rapidez.
—Y… ¿Bella?
— ¿Si? —me volví.
Su rostro se acercó al mío y buscó mis labios.
—Te amo—agregó con la voz ronca.
—Yo también te amo.
Un jovencito de similar apariencia cogió la orden de la pequeña vampiro y ya estaba sujetando de un brazo al cura, el cual no entendía qué pasaba. No habían pasado más de cinco segundos. Los recién llegados observaron el lugar y a sus visitantes con grandes y furiosos ojos carmesí.
— ¡Felicidades! —exclamó la niña con una suave y musical entonación, como de ensueño. Sus delicadas facciones eran agravadas por la luz que despedían las antorchas y por el color del fuego. Era una imagen perturbadora. Sabía que no lo decía en serio por lo que no me molesté en contestar. No podía quitar la vista del joven y del cura. Lo tenía agarrado de manera familiar, como si estuviera sosteniéndolo luego de un tropezón, pero con una fuerza tal que el pobre señor no se podía resistir.
— ¿Si lo matamos ahora—siseó el joven de manera tal que el cura quedó exento de la conversación—ustedes dos—nos apuntó a Edward y a mí—seguirían casados?
La pequeña le celebró la broma y lo llamó Alec.
Edward volvió a sujetarme con fuerza pero en verdad no me estaba moviendo, estaba helada y no podía reaccionar, aunque sabía que debía hacerlo. El contacto con su piel era la única noción que tenía de mi presencia en aquel lugar.
— ¡Qué demonios! —mascullé cuando los Cullen se inclinaron en servicial reverencia ante una dura mirada de la pequeña. Me observó con la mueca de una sonrisa intacta, esperando que hiciera lo mismo.
—Ahora que te has transformado nos debes obediencia y servilismo a nosotros los Volturi. Regimos y somos la ley, esperamos que el comportamiento de nuestra comunidad sea la apropiada, si esto no sucede no tardamos en arreglar y zanjar cualquier problema. —me contó.
Si con eso quería decir que hacían lo que se les daba la gana y que nadie se atrevía a contrariarlos, estaban en lo cierto. Podía sentir escalofríos de temor con solo mirarlos. Incliné la cabeza en señal de respeto y temor.
—Bienvenida entonces. —la escuché decir. Odié la sensación que sus palabras produjeron en mi interior. Era como ella, las dos éramos vampiro.
Había deseado por años ser convertida para poder compartir mi vida con Edward, pero la felicidad que pensé que me causaría estaba lejos aún de poder ser alcanzada.
—Tienes una familia excesivamente grande—observó Alec, dirigiéndose con respeto a Carlisle.
—Dos adiciones en menos de diez años. —confirmó su compañera. — No es algo muy común, pero nos viene estupendo, hermano. —Se volvió hacia el muchacho con profundo cariño en los mismos ojos hostiles que me habían dado la bienvenida momentos antes.
—Aro envía sus saludos y espera que puedan acompañarlo en su visita al nuevo mundo. —añadió.
— ¿Aro visitará América? —preguntó con cortesía Jasper, aunque no pudo evitar cierto desconcierto. Al instante, una oleada de calma inundó el patio donde se celebró la ceremonia. La diferencia resultó incómoda. Las antorchas seguían iluminando el pasillo, las florecillas adornaban los suelos, las estrellas parecían gigantes bolas de fuego gracias a la ausencia de luces artificiales…y el cura estaba ahora medio inconsciente en los brazos del joven Alec, quien sin esfuerzo lo arrastraba para seguir y resguardar a su hermana.
—Así es. Desea conocer en qué están sus leales amigos.
—Comprendemos—sonrió Carlisle.
—Nos vamos ahora—comunicó la muchacha con una traviesa sonrisa. —Estoy segura de que nos veremos nuevamente.
Nos miramos desconcertados.
El joven Alec arrastrando al cura, cuya cabeza se movía en un ángulo siniestro, siguió a su hermana y cruzaron juntos el portón de entrada de la casa. Luego de eso, se hizo el silencio. Edward aún no me soltaba la mano y lo agradecí. Necesitaba que me estrechara es sus brazos.
Alice y Jasper flanquearon a los recién llegados hasta la salida de las tierras, asegurándose de que no volvían ni atacaban a nadie más.
Nos reunimos en torno a la mesa del salón, la cual solo ocupábamos de vez en vez para jugar naipes al atardecer por insistencia de Rosalie. Una virginal muñeca rota respondió mi mirada en el espejo situado frente a la mesa. Mis ojos de un rojo profundo todavía ocupaban la mayor parte de mi rostro debido al miedo.
— ¡Se han ido sin más! —se extrañaba Emmet al ingresar al salón.
— ¿Fue una visita de cortesía? —se preguntaba Rosalie.
—No lo creo—terció Edward. Tenía el rostro contraído y le lanzaba duras miradas a su hermana Alice. —Debió ser una advertencia.
—De que nos mantengamos de su lado—asintió Alice.
—Llegan un poquito tarde—comenté y una idea me cruzó la mente— ¿ya lo saben, no, Edward?
Sus labios apretados fueron soltándose para responder:
—No lo sé. Sea lo que sea que estuvieran tramando no lo pensaron en su visita aquí. Pero una visita de cortesía—negó con la cabeza—no me lo trago.
Emmet soltó un bufido exasperado desde un costado de la mesa.
—Además, ¿qué es eso de que Aro visitará a sus leales amigos? Jamás deja su puesto.
—Lo hizo antes—recordó inmediatamente Rosalie—y esa vez se llevaron a Edward.
Un estremecimiento me recorrió la espina al recordar esa noche hacía ya cinco años.
— ¿No es obvio? —comentó Edward con tono lúgubre. Estiré una mano para tomar la suya. —Marcus hace unos años prepara un alzamiento y ahora es cuando Aro ha decidido contraatacar. Recién han decidido darse por enterados, sembrar el miedo para que ningún clan o vampiro solitario apoye las causas de Marcus.
Nos miramos unos a otros con un temor muy mal disimulado. Eso significaba participar de una guerra que no tendría fin. Una guerra que solo terminaría con la muerte. ¿Y qué podíamos hacer mientras tanto? ¿Esperar? ¿Intentar escapar?
—Podríamos aprovechar y vivir la vida. —contestó Edward poniéndose a mi lado.
— ¿Cómo has... —comencé a preguntar. Rodeó mi cintura con sus fuertes brazos y besó el arco de mi cuello en forma ascendente, dejando tras de sí un camino cálido lleno de escalofríos.
—Estás demasiado preocupada—contestó.
—Tú también los estás—lo acusé.
Negó con la cabeza.
—Solo estoy molesto. Muy, muy molesto de que hayan interrumpido el día más especial de nuestras vidas. Es un día que he estado esperando por años.
—Podemos volver a crear este recuerdo. Según sé Rosalie y Emmet han tenido muchas veces el día más especial de sus vidas—Intenté bromear y logré sacarle una sonrisa.
—Me había prometido que no volvería a hacerte pasar por esto otra vez. Sé que lo odias.
Me volví para besar su nariz. Tomé su mano con solemnidad.
—Yo, Isabella, te tomo a ti, Edward, como esposo y me entrego a ti y prometo serte fiel en las alegrías y en las tristezas, en la salud y en la enfermedad, todos los días de mi existencia. —Los ojos de Edward se dulcificaron. Tomó mi mano.
—Yo, Edward, te tomo a ti, Isabella, como esposa y me entrego a ti y prometo serte fiel en las alegrías ye n las tristezas, en la salud y en la enfermedad, todos los días de mi existencia. —me estrechó junto a su cuerpo. —Y prometo cuidarte de cualquier amenaza que quiera poner en peligro nuestra felicidad. —sus ojos se estrecharon con pasión, acunó mi cabeza con sus manos y me atrajo para besarme.
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