Capítulo XXI
Memorias de Roy
La vida de casada me esquivaba con todo lo que parecía estar gestándose a nuestro alrededor. Junto a Edward intentamos construir nuestro pequeño y privado mundo y cuando lográbamos alejar la incertidumbre y el miedo de nuestras cabezas, éramos realmente felices.
Mi lugar feliz en la tierra era estar en sus brazos.
— ¿En qué piensas que sonríes de esa manera?
—Recordaba nuestra primera vez—sonreí un poco azorada.
—Eso fue…—titubeó también azorado.
—Eso fue chistoso—le ayudé a terminar.
— ¿Chistoso? —repitió como si lo hubieran golpeado en el estómago. — ¿Es que no sabes nada de hombres, Bella? —intentó bromear.
— ¡Claro que no! —protesté riendo. —Solo sé mucho de ti. Fuiste mi primer novio, mi primer amor y me alegra que hayamos vividos nuestra primera vez juntos. No sabes cuánto me alegra haber sido torpes juntos, Edward. Es uno de los recuerdos más tiernos que tengo de nosotros.
— ¿Puedes por favor no repetirlo cerca de mis hermanos?
Reí de nuevo. Me hizo prometerlo.
Con la ayuda de Emmet, Edward había construido un lugar para nosotros a unos kilómetros de la casa grande, como llamábamos al hogar de los Cullen. Nuestra casa era cien veces más pequeña, pero como nuestro refugio, era todo lo que podíamos desear.
A veces, le encontraba un peculiar parecido con la casa de Charlie en Forks y me preguntaba si era solo una coincidencia o si Edward se había esmerado especialmente en que me sintiera cómoda.
Solíamos sentarnos frente a la chimenea del salón, no por el calor que desprendía la combustión de la madera, si no por los vivos colores que generaba el fuego. Edward era cauto y se preocupaba en extremo cuando osaba acercarme demasiado, pero a diferencia de él y de mi familia, no sentía reparos por la cercanía del fuego. En mi, todavía no nacía ese instinto de supervivencia que modulaba el comportamiento de los de mi raza. Aún después de un año no podía entender que el fuego era la muerte y destrucción para mí. Solo podía observarlo en los ojos de Edward, iluminando sus facciones, y encontrarlo fascinante.
Retozábamos en el dormitorio cuando escuchamos el timbre. Poner el timbre fue solo mantener las apariencias. Pese a que vivíamos alejados de la civilización, era importante para los Cullen simular ser humanos. Nuestra familia no necesitaba usarlo pues de sobra nos enterábamos cuando alguien se acercaba, pero no habíamos escuchado nada. No era un humano pues su olor lo hubiera delatado.
Edward se adelantó hacia la puerta para ver si captaba algo más.
—Te busca a ti—dijo.
— ¿Pasivo o agresivo? —pregunté aunque no tenía miedo.
—No lo sé, me está rehuyendo. Quédate detrás—me pidió interponiéndose entre la puerta.
Le hice caso y cuando abrió intenté espiar por encima de su hombro. La vampira en la puerta, de casi un metro sesenta y digo casi porque era muy bajita, vestía una cazadora y su pelo estaba recogido en una coleta. Lucía agresiva, pero sabía que no nos haría daño pues después de un momento de duda, supe que la conocía. Cargaba una caja de madera del tamaño de una mesa y una mochila de campamento.
Me escabullí para ponerme frente a ella antes de que Edward se diera cuenta.
—Eras amiga de Roy, ¿no?
—Fui su alumna—contestó solemne.
—Te recuerdo de aquella vez. —le dije, pero no entré en detalles para que Edward no se enfadara.
—Y yo a ti.
—Por favor, entra.
La muchacha se quedó en el recibidor y observó el resto de la casa con desconfianza. Dejó las cosas que cargaba junto a la puerta. Algo en su comportamiento te decía que no estaba acostumbrada a los espacios cerrados como los de una casa.
Se sentía acorralada.
—Tienen un bonito patio trasero—dijo.
Me guardé una sonrisa.
— ¿Quisieras que habláramos afuera? —propuse.
Asintió sin decir nada más y salió.
Edward cogió mi mano y fuimos al encuentro de la nueva visitante.
—Perdona—comenzó Edward— ¿cómo te llamas?
—Mi nombre es Gabrielle.
— A Isabella ya la conoces, —me presentó y me chocó escuchar mi nombre y que no dijera el diminutivo por el cual todos me conocían. —yo me llamo Edward Cullen.
—Isabella—se dirigió a mi Gabrielle—he venido porque tengo un último encargo de Roy que te concierne. En realidad son dos encargos, el segundo os concierne a todos.
Miré a Edward un momento, pero no se volvió.
— ¿Cuál es ese encargo? —preguntó.
—Roy decidió antes de su muerte que todas sus pertenencias quedaran a tu nombre, Isabella.
— Roy era nómade también, ¿no?
—Sí, sus pertenencias consisten en mapas, diarios, fotos y tres de sus cuadros. —Sacó unos papeles de un bolsillo interior de su cazadora y me los entregó. —Sus certificados de autenticidad en caso que quisieras venderlos.
Recibí los papeles con el nombre de Roy, Egon Roy Adrien Perry. Las fechas iban desde el 1600 hasta mediados del siglo veinte. Egon Roy Adrien Perry repetí en mi cabeza. Pasamos juntos mucho tiempo, casi dos años y en ese tiempo logré conocerlo muy poco.
— ¿Por qué yo y no uno de ustedes?
—No lo sé. Yo solo cumplo con la entrega.
— ¿Cuál es el otro encargo? —la apuró Edward.
No entendía qué ocurría con Edward, parecía que respirara azufre en presencia de Gabrielle. Pero yo no entendía qué iba mal.
—Eso puede esperar, —contestó ella—volveré mañana.
— ¿Por qué no ahora?
—Tengo que ir a cazar.
—No puedes cazar aquí—le advirtió Edward.
—Ella se alimenta como nosotros. —le conté.
Gabrielle sonrió y con una inclinación de cabeza, se fue.
— ¿Qué es lo que pasa contigo, Edward?
— ¿Vais a revisar lo que te legó Roy?
—Luego de que me cuentes qué ocurre, ¿por qué trataste así a Gabrielle?
—Ella carga con una muy mala noticia, pero no me ha dejado saber qué era.
— ¿Crees que es ese su segundo encargo?
Asintió con la cabeza y se me erizó la piel. No necesitaba más malas noticias. Rodee su cuerpo con mis manos y apoyé mi cabeza sobre su pecho. Hubiera dado con gusto la mitad de mi vida por escuchar un corazón palpitando dentro de él, resonando en respuesta a mi contacto.
—No debes preocuparte, Bella. —me dijo con cariño. —Te dejaré ahora para que puedas reencontrarte con Roy.
Volvió a erizárseme la piel cuando se me vino a la cabeza lo último que recordaba de él y el hollín pegado a mis ropas cuando Edward había ido en mi búsqueda.
—Envidio el tiempo que compartió contigo. —me contó antes de marcharse.
Entré en casa con una fría sensación en el estómago y no eran por las malas noticias que traía Gabrielle. Observé la caja de madera y la mochila sin saber qué hacer luego. Tomé la caja y la mochila y fui hacia el salón para poder sentarme frente al fuego. ¿Qué debía hacer con sus cosas? ¿Guardarlos? ¿Revisar el contenido, sus recuerdos, era correcto? Toqué la pálida madera de embalaje. Estaba fría y tenía astillas, pero no pudieron dañarme. Abrí la caja con cuidado de no romperla. Dentro había tres lienzos y un pequeño cuadro ovalado con un marco caoba que lucía muy antiguo, todos ocultos por una fina capa de aserrín. Limpié el pequeño cuadro ovalado del aserrín y descubrí a una muchacha de grandes ojos color marrón chocolate observándome con una tímida sonrisa. Me quedé sin aliento al observar mi rostro en esa pequeña placa. Si no hubiera podido apreciar las pinceladas en el lienzo, hubiera pensado que se trataba de una foto enmarcada.
Rebusqué en la mochila y encontré, tal como había dicho Gabrielle, diarios, fotos y documentos.
Los diarios, todos agendas de cuero, ocupaban la mayor parte del espacio. Cogí la primera que mi mano encontró y observé la escritura de Roy entre las amarillentas páginas. Leí una de las páginas:
28 de noviembre:
He visto a Amaranta, mi dulce niña, ya tiene quince años y está prometida en matrimonio con el joven Alex. Aunque conozco el cariño que se tienen desde que son unos críos no veo en ella el brillo de una novia feliz. Amaranta era solo una pequeñita cuando me perdió y su tía ha sabido criarla y hacer de ella una mujercita fuerte y hermosa. ¿Puede que la falta de sus padres en un día tan especial como este enlace sea la razón de sus ojos cansados y tristes?
Cerré el diario con un nudo en la garganta y un ligero sentimiento de culpa por leer los escritos privados de Roy. Cuando me había contado que su esposa había muerto en el parto no me pregunté por la criatura y qué había sido de su destino cuando él fue convertido. Creo que no me detuve a pensar en lo absoluto en que había una criatura. Me recriminé por mi poca insistencia. Solté un taco y busqué otro diario, si no lo había hecho antes lo haría ahora, conocería a Egon Roy aunque no supiera de qué año estuviera hablando.
14 de Abril
No hay lugar en la tierra que no conozca ni mar en el que no me haya sumergido. He conocido personas como yo pero solo he sentido hastío.
9 de Junio
El joven Alex murió esta tarde de una dolencia hepática. Amaranta y el pequeño Kyle han quedado nuevamente en custodia de mi hermana. Francisca ha aceptado por fin mi ayuda. Le he entregado todo lo que he juntado a lo largo de los años. A mi el dinero no me sirve para nada.
5 de Mayo
Hoy se cumplen 130 años de la muerte del pequeño Kyle, el nieto que nunca pude cargar ni hacer reír. Encontré su tumba y la de su madre cubiertas de hojas secas y tierra. Me he quedado con ellos esta tarde cuidando su descanso.
1 de Enero
Un año nuevo más. ¿Cuántos más tendré que soportar? He observado el mundo bastante para comprender que todo cumple su ciclo, he visto a toda mi familia desvanecerse frente a mis ojos. Todo perece, menos yo. ¿Cuál es el fin para mí?
13 de Julio
Aún no encuentro a la muchacha y está fastidiando mi estadía en San Francisco. Creo que no soy el único que está tras ella. Anoche vi un grupo de carroñeros rondando las calles y ellos no ingresan en ciudades habitadas si no tienen algo que buscar. Debo agilizar mi búsqueda pero la pareja Cullen no me dio ningún rastro para seguir.
12 de Agosto
He abierto una galería en la zona costera de San Francisco. Los Cullen guiarán a la muchacha hacia ella. Les he contado de la presencia de los carroñeros y están de acuerdo conmigo en que no es algo fortuito.
2 de Septiembre
He sentido su presencia esta tarde en el bosque. Debió pedir que me apresaran por cazar en zona protegida. La he sentido a mi lado pero no me pareció una amenaza, aún no comprendo porqué la buscan. Comenzó a llorar al verme, pero tampoco comprendí el porqué.
18 de Enero
Hay momentos en que no soporto a Isabella. Vive cubierta en la desesperanza y aún así tiene una fe ciega en aquel vampiro que conoció en su pueblo natal. ¿Qué no sabe que no somos de confiar? Nuestra raza nunca lo es. Vivimos suprimidos con la mitad de nuestra conciencia, con el uno por ciento de nuestra humanidad y eso si la tenemos. Ha esperado por años por algo que probablemente no consiga nunca. Ese vampiro es parte ahora del clan Volturi, nunca será libre. No sin pagar un muy alto precio por su libertad.
Alcé la vista. No había pasado mucho tiempo. Los pálidos rayos de sol entraban por los ventanales e iluminaban la estancia. Egon Roy sería toda la vida un misterio para mí. Ahora podía acercarme un poco a lo que fue su existencia pero ya no tendría la oportunidad de conversar con él, de preguntarle su parecer, de reírme de sus opiniones del siglo pasado. Busqué en la caja por un auto retrato que me devolviera al menos por un momento al Roy que yo había conocido. Al ver los lienzos, supuse, que se eran su familia.
Amaranta era la muchacha que se afirmaba al barandal de un balcón con la mirada perdida. Este era el cuadro que había visto siendo humana, podía recordar la sensaciones que tuve al verle por primera vez. Pensé que Amaranta sí se había enterado del triste destino que había corrido su padre, de la verdadera causa de su abandono. El pequeño Kyle era un joven apuesto sobre el lienzo, que sonreía de esa manera infantil que tenía su abuelo. La tercera pintura era un paisaje. Una fiel imagen de la quebrada donde se apoyaba la casa de Jessica en las afueras de Forks. El mar que tanto amaba Roy parecía un sitio cálido y tranquilo.
Ojeé el último diario, estaba lleno de dibujos y pequeñas anotaciones. Paisajes y rostros pasaron volando frente a mis ojos. Me detuve nuevamente en el mío, esta vez hecho a lápiz tinta. Esta vez reía. El pie de página decía: ISABELLA.
¿Cómo hacerle lo que más he odiado en esta vida a ella? La quiero feliz, ¿cómo hacerle esto?
—Bella.
Desperté de pronto, el sol ya se había escondido y el crepúsculo comenzaba otra vez. Edward estaba a mi lado y me había encontrado con una mano en el rostro aguantando unas lágrimas que no salieron.
— ¿Estás bien? —preguntó.
—Sí—logré contestar por fin. Me quedó mirando desde las alturas.
—Gabrielle ha vuelto y desea hablar con nosotros.
— ¿Vendrá hasta acá? —me detuve a su lado.
—No, desea hablar con todos, ya está en la casa grande.
Cuando llegamos, la familia se encontraba alrededor de Gabrielle y le preguntaban cuan tenso estaba el ambiente en Italia, ya que nosotros permanecíamos convenientemente alejados del clan reinante.
—Es de eso que debo hablarles. Las cosas han empeorado entre los bandos de Aro y Marcus.
— ¿Será una guerra, entonces? —preguntó Carlisle sin mostrar destello alguno de temor.
—Así es. Estamos todos citados, nómades y clanes, para el día primero del sexto mes del año de nuestro señor Jesucristo.
—La guerra ha comenzado—murmuró Jasper.
Un nuevo capi, he tenido que editarlo porque iba muy largo. Mis sinceras disculpas por la demora.
El título del siguiente cap es "Hermandad"
Muchos saludos y que tengan una buena semana, gracias por pasarse :)
