Capítulo XXIII
Cacería
Su figura resaltaba al contraste con la luz que entraba por la ventana. Me seguía dando la espalda, con las manos en los bolsillos y sus hombros altos y rígidos.
Tomé una bocanada de aire, se me había formado un nudo en la garganta.
—Edward—lo intenté de nuevo.
Se volvió con lentitud y sin mirarme dijo:
—Sígueme.
Cruzó la habitación sin esperar mi reacción y se dirigió hacia las escaleras. Vi un destello de malicia en los ojos de Emmet al pasar por el salón pero desvió la mirada cuando Rosalie le dio un suave codazo en las costillas.
Caminamos en silencio, yo siempre detrás de él, hacia el cerro en el que momentos antes me había encontrado con Alice. Pero no paramos allí, seguimos con el frío aire en nuestra contra hasta una pequeña planicie en medio de un bosque de altos pinos.
Al parecer, él sospechaba que me encontraba medio nerviosa pues al hablar moduló la furia que su rostro expresaba y arrastrando las palabras, con un tono parecido a un ceceo, dijo:
—Para poder proteger a Jasper tienes que aprender a protegerte a ti.
— ¡Oh! —asentí con la cabeza como una boba. — ¿Me enseñarás?
Frotó la parte de atrás del cuello con sus manos y emitió una ligera risita. Luego compuso el rostro y volvió al enfado.
— ¡Oh, sí!—dijo algo nervioso dando un paso hacia atrás.
Y antes de que alguien pudiera siquiera tomar la decisión de pestañear lo tuve encima mío y juntos caíamos sobre un grupo de arbustos. El peso de su cuerpo me dejó sin respiración y aunque había olvidado ya este reflejo humano, sentí un punzante dolor en las costillas.
—Edward—suspiré.
Por fin se levantó y se alejó.
— ¡Levántate!
Me puse frente a él y se abalanzó sobre mí al momento en que regresé al estado vertical. Esta vez mis brazos se levantaron instintivamente y ofrecieron resistencia. Luego de un momento de equilibrio, con mis manos sobre su pecho, volví a salir despedida por los aires. Mi cuerpo chocó sonoramente sobre la el suelo y se arrastró rajando la espalda de mi polera.
Me puse en pie, pero Edward no me daba un respiro. Salté sobre su cuerpo y comencé a correr. El viento agitaba mis cabellos y chocaba contra mi rostro pero no necesitaba tener la vista despejada para internarme en el bosque.
Un rugido nació en mi garganta cuando le vi correr a mi lado. Por supuesto, él seguía siendo más rápido que yo.
— ¿Así piensas protegerle? —rugió. — ¿Así es cómo tendré que verte luchar?
Me detuve en seco, la tierra bajo mis pies se recogió. Edward giró en redondo y se acercó a mi. Enarcó una ceja.
Estaba oscureciendo y densas nubes cubrían el cielo. Esto junto con las copas de los pinos ensombrecía el bosque. El único destello de luz provenía del cabello de Edward, que refulgía como el fuego sobre su pálido rostro enojado.
— ¡De nuevo! —rugió mientras mi cuerpo caía una vez más sobre la tierra a varios metros de él, produciendo un estrepitoso sonido.
Me levanté y observé mi ropa, solo quedaban débiles jirones de tela cubriendo mi cuerpo.
—Iré a cambiarme—le avisé.
— ¡No! —saltó sobre mí, embistiéndome sobre un grupo de arbustos pequeños que cubrían los bordes de un camino que nadie solía usar por lo alejado y solitario.
— ¡Basta! —le empujé fuera de mi y logré hacer lo que en horas no me había atrevido: golpear a Edward.
Sentí su enojo como un halo quemante sobre la piel. Su cara trastornada me observó confusa y distante. Volvió a ponerse en pie y se acercó con lentitud. Le esperé sabiendo que no cedería, que la impotencia que sentía en su interior debido a lo que él veía en mi como traición no le permitiría echar pie atrás.
Salté a la rama de un árbol cuando hizo ademán de abalanzarse sobre mi nuevamente.
Le escuché soltar un taco. Abrazó con sus manazas el grueso tronco y comenzó a sacudir soltando poco a poco las raíces.
— ¡Déjale! —pedí y salté del maltrecho árbol antes de que Edward le hiciera más daño.
Sus ojos nublados me vieron saltar entonces lejos de ahí y comenzar a correr para dejarle atrás. Corrí hacia la espesura de aquel solitario camino para fundirme entre los árboles y demostrarle a Edward que debía confiar en mi.
Las pequeñas gotas de lluvia se deslizaron entre las ramas bañando las frondosas copas y las cortezas de los árboles de ese bosque solitario y alejado en el que llevaba casi 36 horas escondida. Las aves y los pequeños animales se refugiaron al primer indicio de tormenta gracias a ese instinto eficaz que solo otorga la naturaleza.
Las gotas cayeron con lentitud al principio, una aquí y otra más allá intentando abarcar la gran extensión de tierra hambrienta y al segundo siguiente, sin previo aviso, el cielo prorrumpió en un sollozo que alcanzó a todo aquel que se encontraba bajo el alero de ese lugar tan silencioso. Silencio que se veía gratamente ahora interrumpido por la lluvia.
Desde una de las copas fui de las primeras, después de las aves, en enterarme del inicio de la tormenta. Creo que ni siquiera Alice podría haberlo vaticinado. No cuando el cielo se mostraba de un azul profundo e inalcanzable con la llegada del mediodía y no había pasado mucho tiempo desde entonces.
Edward no pudo sentir mi presencia cuando entró en el bosque. Le observé cruzar entre los gruesos troncos y ser bañado por la lluvia hasta empapar sus ropas. Me dio la impresión de que se encontraba nervioso y es que creo que intuía que me encontraba por allí, escondida y cubierta por mi escudo sin que él pudiera hallarme.
¿Sería diferente hoy? Me pregunté mientras se acercaba al árbol en el que me encontraba. Me asomé sobre una de las ramas, un escalofrío recorrió mi espalda cuando bajó sus hombros.
—Edward—me precipité a tierra de un salto.
Sus ojos se agrandaron al llegar a su lado, sorprendido por mi presencia y luego volvieron a caer con un dolor palpable.
—Bella—dijo por fin.
Las gotas de lluvia caían desde cada ángulo de su cuerpo, desde la punta de sus cabellos y desde sus puños apretados.
—Vine por…
—El entrenamiento—le interrumpí cruzando los brazos sobre mi pecho.
—Vine por ti—aseguró. — ¿Es que no entiendes?—murmuró con los dientes apretados. — ¿No entiendes que no puedo perderte?
—Edward—me acerqué.
— ¡No! —se alejó alzando una de sus manos. —Vas a prometerme que nada malo te pasará y que solo voy a perderte cuando sea tu decisión.
Me extrañé, sobretodo por la última parte de su petición. ¿Acaso pensaba que no le amaba?
— ¡Prométemelo y si no lo cumples te seguiré hasta el mismísimo infierno para reprochártelo!
—Edward, no haría tal propuesta si no pensara que soy capaz de hacerlo. Lo prometo.
Se quedó un momento en silencio, sopesando lo que acababa de decirle. No debí haberme ofendido pero sentí en mi interior que él seguía viéndome como la frágil humana a la que debió proteger pese a sus deseos, en el momento en que puse un pie en Forks.
—Tienes mucho que mejorar, sobretodo en la parte defensiva.
—Lo haré—prometí.
— ¿Sabes lo duro que es saber que estarás corriendo el mismo peligro que Jasper?
— ¿Sabes lo horrible que sería que le perdiéramos?
—Lo sé—respondió con suavidad.
Tomó mi mano y caminamos hacia la casa con lentitud.
—Te ves muy guapa así—me observó con una media sonrisa. —Con casi nada de ropa.
Había olvidado por un momento que me encontraba apenas vestida y olvidé también que él me había visto más denuda que eso. Aún así me cubrí cruzando los brazos y él soltando una risita al verme, se despojó de su camisa y la posó sobre mis hombros.
—Gracias—sonreí.
Estreché mi cuerpo al suyo y él me rodeó con sus brazos. Volvió a sonreír, esta vez parecía un chiquillo nervioso. Sus ojos brillaban a tono con su sonrisa. Las gotas de lluvia seguían cayendo a nuestro alrededor y el repiqueteo sobre la tierra era suave y sereno. Sus manos recorrieron mis brazos en un lento subir y bajar mientras tarareaba una dulce canción.
—Te extraño—dijo.
—Y yo a ti. ¿Esto terminará alguna vez?
Me estrechó contra su cuerpo y me protegió con sus brazos.
—No lo sé, Bella—respondió. —Pero algo muy drástico va a tener que pasar para que no vuelva a ocurrir.
—Drástico—repetí sin voz. — ¿Matar?
Asintió con seriedad y besó mi coronilla.
—No acabará nunca si pasa algo como eso.
—Hay tiempo, es una posibilidad—se encogió de hombros para restarle importancia.
— ¡Bella! —llegó en ese momento Danielle a nuestro lado. —Por fin te ha encontrado—comentó mirando a Edward con sus grandes y curiosos ojos.
— ¡Eh, pequeña! ¿Qué estás haciendo aquí?
—Ha ocurrido algo—nos contempló con sobresalto.
— ¿Qué cosa? —la apuró Edward.
—Hay un grupo rondando la zona.
— ¿Carroñeros? —aventuré con una puntada de miedo.
—Será mejor que nos vayamos a casa inmediatamente, no debemos separarnos. —dijo con la voz muy ronca.
Nos cubrió con su cuerpo y nos guió hacia la casa. En el camino no vimos a nadie, pero un fuerte olor a quemado nos recibió a metros del caserón. Una densa y negra nube cubría nuestro hogar. El humo se expandía desde el interior.
Danielle se puso rígida a mi lado. La tomé del hombro para impedir que se fuera.
— ¿Dónde están todos? —pregunté con miedo sin apartar la vista de las llamas que cubrían la casa.
—Bella—musitó Edward y me instó a usar el escudo.
Tomé a Danielle de la mano y rodeamos los límites de la casa pero no había rastro alguno ni de los carroñeros ni de nuestra familia.
Observé a Edward aterrada. ¿Qué había pasado con los Cullen en ese pequeño lapso de tiempo? ¿Estarían todos bien? ¿Estarían aún en la casa?
—Solo puedo sentir olor a calcinado—se quejó Danielle. Su cuerpo tiritaba del miedo y la impresión.
Y yo también. El miedo y la impresión visceral que la imagen tuvo en mi me hacían difícil mantener la protección del escudo.
—Bella, vuelvan al bosque, escóndanse en lo alto de los pinos. Pasé tres veces sobre el árbol en el que te escondiste y no pude sentirte. Concéntrate—pidió—y no dejes tu escudo hasta que vuelva a ustedes.
—Edward—murmuré.
—Buscaré a nuestra familia.
Besó mis labios y se perdió en dirección a la casa.
Repetí en silencio una plegaria que había aprendido de pequeña en el colegio y partí junto a Danielle a cumplir con mi parte del trato.
Gracias por pasarse :D Feliz Halloween
