Capítulo XXIV
Cenando entre buitres
Caminamos en silencio y con precaución, tratando de abarcar todo lo que había a nuestro alrededor, hacia el lugar donde Edward nos encontraría.
Danielle se aferró a mi mano y murmuró bajito el nombre de Esme y comprendí que hasta tener noticias sobre el paradero de nuestra familia, yo era todo el apoyo que ella tenía. Apreté su mano con cariño e intenté embargarme con un valor que no sentía. Debía controlarme también para no bajar mi escudo, lo único que podía defendernos y ocultarnos del ávido sentido del olfato de los carroñeros que, al parecer, se encontraban limpiando la zona en busca de qué se yo que cosa.
— ¿Cómo será? —Preguntó Danielle de pronto— ¿nuestra memoria será eterna como nuestras vidas?
—No lo sé—respondí confundida por su pregunta. —Llevo tan poquito tiempo siendo una de vosotros que eres tú quien podría explicármelo mejor. —sonreí para alejar cualquier pensamiento que pudiera ser potencialmente triste en su cabeza.
El cielo se cubrió de nuevo. Esperamos a Edward en lo alto del pino que había sido mi refugio horas antes.
Danielle observó la llegada del crepúsculo y la aparición de la primera estrella mientras la preocupación me carcomía por dentro. No habíamos sabido nada de Edward y eso no podía significar nada bueno. Confiaba en sus capacidades pues en descontadas ocasiones le había visto protegiéndome a mi o a su familia, pero saber esto no me ayudaba en lo absoluto.
— ¡Oh, Bella! ¿Puedo? —me despertó Danielle.
Seguí la dirección de su mirada hacia un grupo de ardillas que con la partida de la luz comenzaban a recogerse hacia sus nidos.
— ¿Por favor? —insistió con un tono agudo parecido al que usaba Alice cuando quería conseguir algo.
—Está bien, —acepté—pero iré contigo.
De un salto y con el entusiasmo que solo da la caza y la sed de sangre, Danielle saltó y llegó al suelo para seguir a su presa.
No le quité los ojos de encima. Cuidar de ella evitaba que me preocupara más.
— ¿No quieres? —preguntó cuando llegué a su lado.
—No—rechacé el ofrecimiento. El nerviosismo y el miedo habían formado un nudo en mi estómago que ni siquiera me hacía deseable el olor a la sangre.
De pronto, un cambio en la dirección del viento me erizó la piel.
— ¿Danielle?
— ¿Qué ocurre? —se enderezó limpiándose la boca de los restos de sangre que quedaban aún en sus comisuras.
También lo sintió. Era como si algo nos estuviera observando y nos rodeara oculto entre los árboles.
—Debemos irnos.
Pensándolo con claridad, había sido una pésima idea dejar que Danielle se alimentara. No habíamos hecho más que crear un muy fuerte rastro de nuestra presencia en el lugar.
— ¿Qué hago con esto? —preguntó nerviosa apuntando el cuerpo de la pequeña ardilla inerte y desangrada tras unos arbustos.
—Tendremos que llevarlo—observé. —Si nos cubrimos no podrán sentir el olor.
— ¿Estás segura?
—Sí.
Con una mueca en el rostro, Danielle tomó el cuerpo de la ardilla y lo escondió en la capucha de su polerón.
—Ahora no huele tan apetecible como hace un rato. —comentó Danielle.
Puse un dedo sobre mis labios para que se mantuviera en silencio. Nuestros pasos resonaron sobre la hierba y no tenía idea de hacia dónde debíamos dirigirnos. Si nos íbamos, ¿cómo nos reencontraríamos con alguna vez con Edward?
Nos escondimos tras un grueso tronco y protegidas con el escudo esperamos. No quería dejar el lugar, no quería perder el único enlace a Edward.
Seiscientos veinticinco segundos después un grupo de carroñeros pasó por el lugar. Y no iban solos. Ufanos, haciendo gala de su poderío, silbaban contentos como un grupo de piratas borrachos en día de pago y en el medio de la fiesta y con su cuello expuesto a dos manazas envueltas en cuero, se encontraba Edward.
Ninguno de ellos nos vio y Edward no hizo ademán, con su rostro mirando al cielo, de saber que estábamos allí. Sentí un fuego envolviéndome la garganta, el cual fue extendiéndose a lo largo de mi cuerpo por la furia que se acumulaba en mi interior.
—Escala hasta lo alto de este árbol—le pedí a Danielle—y no dejes que te descubran.
Asintió con la cabeza.
— ¡Hey! —la llamé nuevamente. —Préstame tu polerón, el olor se está volviendo cada vez más intenso.
Tomé la prenda y me la amarré a la cintura. Esperé a que Danielle desapareciera antes de acercarme al grupo. Eran cinco e iban rodeando a Edward. Yo debía irme encima del que lo aprisionaba y debía ser lo suficientemente rápida para que el resto del grupo no se me viniera encima.
Tomé una bocanada de aire frío y me abalancé sobre su espalda, sorprendiéndolo lo necesario para que le soltara. El resto se volvió confuso y soltó una carcajada burlesca al verme. Edward se alejó y llegó a mi lado mientras, tras la primera reacción algo incrédula de su parte, el grupo de carroñeros se formaba para atacarnos. Aquel que parecía el líder, de piel gris y el cabello largo y oscuro recogido en una coleta, se frotó los labios con el puño ansiando el comienzo. Los otros lucían menos imponentes, pero sus ojos rojos, abiertos y alertas no nos dejaban de observar, desorbitados y sedientos.
— ¿Pudiste hallarlos? —tuve que preguntar.
Edward no se volvió, no quitaba su vista de los movimientos del grupo y estaba segura tampoco de sus pensamientos. Sus labios y sus puños se mantuvieron apretados.
— ¿Qué es ese olor? —preguntó con enfado y arrugando la nariz, esquivando el primer asalto de nuestros contrincantes.
Seguí la dirección de su mirada hasta mis caderas y en ellas, hacia el polerón de Danielle.
—Debe de ser la merienda de Danielle—musité.
Se acercó y me arrebató el polerón, sacando con rapidez el cuerpo desangrado de la ardilla. Unas cuantas gotas de sangre cayeron de el. Los cinco pares de ojos rojos se desviaron entonces y se fijaron con toda su atención en el paquete sanguinolento que Edward aún tenía en las manos. Parecían un grupo de animales hambrientos ante un solo y pequeño pedazo de carne.
— ¡Aquí! —señaló Edward con una brillante sonrisa moviendo el bulto y lanzándolo en medio de ellos.
Fiel a su nombre, el grupo de carroñeros se peleó por las últimas trazas de sangre del pequeño animal.
— ¿Buscamos otro? —pregunté.
Pero Edward ya estaba en eso y había encontrado una nueva víctima para añadir a la cena. Volvió a pasar lo mismo, no bien sintieron el olor de la sangre y la calidez con la que brotaba entraron en un frenesí que los hizo olvidar completamente nuestra presencia.
Edward tomó mi mano y llamó mi atención.
—Debemos matarlos—articuló para que no pudieran escucharlo.
Asentí e inmediatamente me sentí nerviosa.
Edward con sus largos brazos rodeó al más cercano que, con vehemencia, se peleaba una parte de la nueva ardilla con sus compañeros. Lo arrancó del grupo como quien arrebata un pétalo de una flor.
Un gruñido fue lo único que pudo soltar antes de que Edward le arrancara la cabeza con un movimiento rápido y limpio. Inmóvil este quedaban cuatro.
Los cuatro restantes sí se dieron cuenta y dejando, de mala gana, a sus pequeñas presas, se nos vinieron encima. Dos carroñeros para cada uno. ¡Genial!
— ¿Para qué vamos a pelear? —me preguntó con un tono meloso el líder del grupo observando mi atuendo o más bien la falta de el.
Emití un gruñido en respuesta y girando sobre mis pies le hice tropezar. Edward se encontraba detrás mío conteniendo a sus oponentes.
— ¡Es mi esposa! —vociferó con rabia y lo sentí acabar con uno más.
Mientras tanto mi segundo oponente me miraba con una mezcla de confusión y ansiedad. Sus ojos buscaban opciones que lo salvaran de su inminente muerte.
Menee la cabeza.
— ¿Quieres escapar? —balbucee intentando comprender sus erráticos movimientos.
Abrió los ojos y resopló repetidamente como un caballo. Tomé sus brazos y lo patee en el pecho. Me quedé con sus brazos mientras el resto de su cuerpo volaba a través del bosque.
— ¡Agh! —exclamé con asco y los solté. Pero no pude seguir de allí, dos nuevos brazos me tomaron de la cintura y habían empezado a apretar con fuerza.
—Señorita—me decía el del pelo largo— ¿qué ha hecho con mi compañero?
—Señora—contesté de inmediato intentando zafarme. Su aliento caía por mi cuello y me provocaba arcadas con cada espiración. Tomé su cabeza con mis manos mientras temía con su fuerza que mi cuerpo se separara de un momento a otro. Apreté su cuello con mis dedos y él empezó a aflojar su abrazo.
—Bella, —escuché la voz de Edward—no sueltes su cabeza—ordenó con tranquilidad y acto seguido el peso del cuerpo del carroñero desaparecía de mi espalda. Luego de unos momentos de forcejeo un crujido me dejó con su cabeza en las manos. La expresión de desesperación en su rostro me revolvió el estómago.
—Venga—me apuró Edward—apilemos todo aquí y hagamos una hoguera.
Sus carroñeros se encontraban ya agrupados. Evité mirar los rostros pues tenía la sensación de que esas miradas me perseguirían de por vida.
—Estuviste muy bien, Bella—me dijo Edward dándole un cálido apretón a mis manos.
Parecía distraído y sus ojos se iluminaron con tristeza cuando el fuego creció sobre los restos de nuestros adversarios.
—No los encontraste, ¿cierto?
—No—me miró con preocupación. —Pero estoy seguro de que están bien.
—Alice nos encontrará—intenté animarlo desde el otro lado de la hoguera. — ¿Qué fue lo que encontraste?
—El crepitar del fuego llevándose nuestro hogar. —Musitó. —El patio donde nos casamos estaba destruido e irreconocible.
Me acerqué y abracé su cuerpo.
—También llegaron a nuestra cabaña. —me contó con la voz quebrada. —Solo pude recuperar esto. —de un bolsillo de su chaqueta sacó el retrato que me había dibujado Roy antes de convertirme.
— ¿Puedes guardármelo? —pedí.
—Te ves muy bonita.
—Sí, es que Roy dibujaba muy bien.
—No, —me contradijo con una sonrisa—es que eres hermosa.
Nos observamos en silencio haciéndonos creer que el fuego que con altas llamaradas iluminaba el lugar, había sido originado por un encuentro romántico en vez de por una persecución.
— ¡Eso estuvo genial! —nos interrumpió la llegada de Danielle al lugar celebrando la muerte de los carroñeros.
—No creo que sean el único grupo que anda por la zona. —observó Edward cruzando los brazos.
— ¿Y nuestra familia? —preguntó Danielle.
Eché un vistazo a los cuerpos siendo consumidos por el fuego. Parecían moverse desesperados entre el fuego. Un escalofrío me recorrió el cuerpo.
—El fuego se había llevado su rastro, pero podemos bordear la zona para ver si conseguimos encontrar una pista de su paradero.
Danielle hizo un gesto afirmativo.
—Debemos encontrarlos—murmuró con sus grandes ojos iluminados de miedo.
—Están bien—la contuvo Edward con ternura. —Ellos son fuertes y nada malo les pasará porque no le han hecho mal a nadie.
Lo ocurrido era, en verdad, muy extraño. ¿Por qué no nos habían buscado? ¿Estarían en verdad todos bien?
Observé nuevamente a Edward, haciéndose el fuerte por Danielle y esperé con todo mi corazón que así fuera y que pronto nos reencontráramos.
