Capítulo XXV
En tránsito
Dejamos Rochester y a Nueva York cuando comprendimos que aquel no era el único grupo que rondaba la zona. Luego de que la hoguera se consumió esquivamos a un par de carroñeros que también bordeaban las cercanías de nuestro hogar.
Como no teníamos pistas que nos condujeran al paradero de nuestra familia, Edward decidió que era preciso reagruparnos y así viajamos en busca de otro aquelarre que, como nosotros, se alimentaba solo de animales.
Viajamos alrededor de 6500 kilómetros bordeando ciudades y alimentándonos solo cuando fue estrictamente necesario. Nuestro aspecto con el pasar de los días fue cada vez más salvaje pero, con el fin de no llamar la atención, no habíamos usado las tarjetas de crédito que los Cullen, con todo el dinero acumulado a través de los años, gastaban en comodidades para pasar por humanos. Esta misma razón, no llamar la atención, fue la que nos llevó a escondernos de día y convertirnos en verdaderos espectros en la noche.
Edward no estaba con su mejor humor y pese a lo asustada que estaba al principio, Danielle era la que mejor llevaba el viaje, parecía optimista la mayor parte del tiempo y curioseaba al pasar por lugares desconocidos. Yo, ya no sabía qué pensar. Vagábamos para tener un objetivo pero, si no encontrábamos a la familia en Denali y sin pistas de la nuestra ¿qué íbamos a hacer?
Cruzamos Alaska al amanecer luego de seis días de viaje e inmediatamente sentimos que alguien nos observaba. ¿Habíamos guiado a un nuevo grupo de carroñeros a la casa de un clan de vampiros buenos?
Nos desplazábamos bajo el alero de mi escudo pero aún así sentí un escalofrío al notar la sensación de un par de ojos sobre nosotros.
Inspiré hondo. El olor de hogueras en el término de sus vidas llenó mis fosas nasales inundándolas con ese suave picor que llega a ser dulce y amargo a la vez. Era una fría mañana. Edward nos guiaba aferrados cada una a sus manos y nos obligaba a caminar con rapidez, no tanto por el posible sol que estaba por despuntar sino para dejar atrás el vasto y triste escenario que luego de kilómetros recorridos aún nos acompañaba. Era un espectáculo aterrador, pero se encontraba vacío. El humillo negro de las hogueras, dispersadas por los caminos, se elevaba oscilando en el aire como un eco de muerte y soledad. Nunca mencionamos qué podría haberle pasado al resto de la familia, no quisimos enfrentarnos a las posibilidades. No a las malas, al menos.
Cuando al fin llegamos a la carretera, Edward se paró en seco. En un principio no entendí lo que había detenido su paso, no podía quitar la mirada de todo lo que había quedado atrás.
Nos escondió tras su espalda, instintivamente. Acaricié la base de su mano en respuesta, deseaba que se calmara un poco.
— ¿Qué estáis haciendo aquí? —pronunció con lentitud una voz baja y ronca. El sonido se esparció entre la neblina matinal. Cuando el rocío bañó mis mejillas un ligero estremecimiento convulsionó mi cuerpo.
Me asomé desde detrás de la espalda de Edward. El recién llegado inclinó la cabeza en forma de saludo cuando vio la mía emerger desde atrás con lentitud y un poco de miedo. Tenía el cabello largo y enmarañado, profundas ojeras en su piel de tono oliváceo y los ojos hambrientos y desorbitados de un frío color negro.
—Buscamos a nuestra familia—respondió Edward. Había aligerado la postura defensiva y sus hombros habían caído, abatidos. — ¿Qué ha pasado aquí? ¿Estáis todos bien?
Me puse al lado de Edward. El vampiro volvió a mirarme, con cierta curiosidad esta vez. Sus labios fruncidos se alargaron en una estática sonrisa.
—No deberías llamar tanto la atención—me advirtió.
Miré a uno y a otro. El cuerpo de Edward volvió a encogerse.
Eleazar, el recién llegado, nos contó qué es lo que estaba ocurriendo y a qué se debían tantas hogueras en los caminos. La guardia real había desplegado grupos alrededor del mundo en busca de vampiros especiales que pudieran desequilibrar cualquier ventaja que Marcus tuviera de su lado.
Como acabábamos de ver, las negativas no se estaban tomando a la ligera. Era algo así como únete o muere. Con esto entendí a qué se refería con lo de no llamar la atención. Un frío estremecimiento me recorrió la espalda al pensar en Edward, que había huido de su castigo con los Volturi gracias a Marcus, y en lo que podría ocurrirle en cuanto nos encontraran y lo reconocieran. No siempre tendríamos la ventaja de número.
Lentamente, la protección del escudo fue desvaneciéndose en torno a nosotros.
—Ese es un don muy útil en batalla.
—Aún soy un poco novata defendiendo a más de una persona. —confesé.
—Pero sus logros han sido oportunos. —Le contó Edward con cierto orgullo.
Eleazar asintió con la cabeza y echó una rápida mirada a su alrededor.
—No he visto a ninguno de los integrantes de tu familia. No teníamos noticias suyas desde hacía meses.
—Lo sé, —respondió Edward— preferimos estar bajo el radar de la guardia. Pero no lo conseguimos. Jane y Alec nos visitaron hace un par de meses y un grupo de carroñeros quemó hasta los cimientos nuestro hogar. Desde entonces no hemos tenido noticias de nuestra familia.
—Quedaos con nosotros—dijo afable. —Estoy seguro de que su familia está bien. Además, nos vendrá bien un escudo como el de tu pareja—dijo dándome una rápida mirada de aprobación.
— ¿Ellos han venido por ustedes, cierto? —les pregunté.
No era difícil sacar esta conclusión, la manera en que se había enfrentado a nosotros, quizás pensando en la distancia que éramos un grupo más de carroñeros, las hogueras repartidas por los caminos y esa sensación de vacío y muerte por donde quiera que miráramos, eran indicios claros.
—Han intentado llevarse a Kate. Hemos tratado de dialogar con ellos, pero estamos en tiempos de guerra. Están saqueando hogares e interceptando nómades. Estuvimos más de una semana peleando.
Por eso su aspecto rudo y desaliñado, parecía que no se hubiera alimentado en meses.
—Pero ahora—se detuvo—entremos.
La casa de los Denali no era tan grande como la de los Cullen en Forks sin embargo, era mucho más acogedora. Tenía altos pilares de madera pulida en el recibidor y un largo pórtico cubierto donde me imaginé a Esme pasando la tarde junto a Danielle.
Dentro, se había reemplazado una muralla entera por ventanales, los cuales daban a un amplio patio trasero lleno de verdor que terminaba en la orilla de un hermoso lago, que parecía en ese momento el fiel reflejo del cielo.
Tres hermosas mujeres nos esperaban en el interior. También lucían algo contrariadas, pero mantenían una actitud serena. Todas miraron inmediatamente a Edward de forma familiar. El se adelantó e hizo las presentaciones pertinentes. Dos de ellas parecían hermanas gemelas pues compartían tanto facciones como colores, ambas de un cabello rubio muy claro y luminoso.
—Bienvenidas—nos sonrió una mujer con acento extranjero cuyo nombre era Carmen. — ¿Cuántos años tenías? —preguntó a Danielle acercándose a ella con curiosidad, en su frente se dibujaron unas finas líneas de preocupación.
—Doce—respondió Danielle.
Carmen sacudió la cabeza con reprobación. Observé al resto del grupo, preguntándome qué don tenía Kate que habían venido en su búsqueda.
Una tercera gemela llegó en ese momento a la casa. Sus dos hermanas suspiraron al unísono.
—Irina.
La recién llegada tenía un rostro suave, sus facciones angelicales, pero sus ojos despedían un dolor y un frío que me atravesó la espina.
—Ha acabado por ahora—masculló. Luego, una sonrisa de disculpa le dulcificó el rostro. Sus hermanas se acercaron a ella para abrazarla.
—Esto no terminará nunca—comentó Tanya acariciando el cabello de Irina, con preocupación.
—No terminará nunca—repitió esta en tono de pregunta.
Sus ojos volvieron a quebrarse.
—Hicieron lo mismo con los Cullen—le informó Tanya y entonces se volvieron hacia nosotros.
— ¿Están todos bien? —preguntó Irina.
—Así es—respondió Edward.
—Esto no puede seguir así—se le adelantó Irina. —Mira lo que te hicieron a ti hace un par de años obligándote a servirles, lo que hicieron con Laurent—murmuró con la voz quebrada.
Al instante sentí una punzada de miedo en el interior cuando le nombró. Parecían haber pasado muchas vidas desde que había ocurrido todo eso…Yo era humana y él pertenecía a un aquelarre que pasaba por la zona. James, uno de sus compañeros, se encaprichó e ideó un macabro juego, una cruel cacería, donde yo era la presa.
Finalmente, Edward le había matado pero ahí no terminaron los problemas. La pareja de James, Victoria, quiso vengarle a costa mía y estuvo a punto de matarme aunque yo no recordaba nada. Laurent le había ayudado para que los Volturi, con Aro incluido, le tomaran ojeriza a los Cullen luego de ver fracasado el plan.
No fueron nuestros mejores momentos y así como iba la vida parecía que jamás conseguiríamos nuestra vida juntos y en paz.
Laurent había traicionado a los Cullen pero como lo veía Irina, era la guardia real la que le había jugado chueco a uno de los suyos.
Había perdido el hilo de la conversación y cuando otra vez presté atención, Irina estaba azuzando, tanto a su familia como a Edward, para que lucháramos por nuestra libertad.
Libertad repetí en mi mente y la sola mención de esta palabra me produjo un escalofrío.
Recordé a Roy luchando a su manera por la ansiada libertad. Una libertad completamente distinta a la que buscábamos nosotros. Una libertad que solo pudo darle Edward. Le miré un momento y me observó juntando las cejas.
Sabía que Edward le había dado el tiro de gracia a Roy la noche de mi conversión, otorgándole con eso la vida que quería. El rostro mortificado de Edward al despertar fue lo que me hizo guardar el secreto y tragarme todo lo que él me había dicho. Me dolía cada vez que lo pensaba, era un peso innecesario sobre sus hombros, pero no encontraba cómo decirle que no tenía que ocultarlo más.
La guerra ha empezado!
gracias por pasarse :D que tengan un buen fin de semana
