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«Llegar a casa, llegar a casa, llegar a casa».Darien repetía aquel cántico

mentalmente para intentar distraerse del dolor. Para intentar ahogar la necesidad de

hacer algo violento, una necesidad que aumentaba inexorablemente. La mujer, Serena, botaba sobre su hombro, y era un recordatorio indeseado de que podía estallar en cualquier momento y asesinar a cualquiera. Sobre todo, a ella.

«Querías poseer a una mujer», le provocó el espíritu. «Aquí tienes la oportunidad.

Posee su sangre».

Él apretó los puños. Necesitaba pensar, pero no podía hacerlo con tanto dolor. Lo

Único que sabía con certeza era que debería haberla dejado en el bosque.

Sin embargo, había oído su grito de sufrimiento, un sonido torturado, el tipo de

gruñido enloquecido que Darién quería emitir a menudo. Y dentro de él, algo que había reaccionado profundamente. Había sentido la necesidad de ayudarla, de rozar su piel suave una vez más. Esa necesidad había sido más fuerte que Violencia. Una hazaña asombrosa, increíble.

Así que había vuelto a buscarla.

«Idiota».

En aquel momento, ella estaba tendida sobre su hombro. Su olor a mujer le alcanzaba

la nariz y sus curvas suaves se le ofrecían si quería explorarlas. «O cortarlas», intervino el demonio. Era fácil entender por qué la habían enviado los Cazadores: era una mujer increíblemente bella. ¿Quién; iba a querer estropear aquella feminidad exuberante, quién rechazaría esa sensualidad tan descarada? Parecía que él no.

«Idiota», se dijo de nuevo.

¡Cazadores! Estaban en Budapest, seguro. Sus tatuajes eran un buen recordatorio de

aquellos oscuros días de Grecia. Claramente, querían su sangre, porque cada uno de los cuatro hombres que seguían a Serena llevaba un arma y un silenciador. Para ser mortales, habían luchado con maestría.

Darién había salido victorioso de aquel enfrenta-miento, aunque no indemne. Había

sufrido un corte en una pantorrilla y tenía una costilla rota.

Se preguntó cómo reaccionaría Serena cuando supiera que habían muerto. ¿Lloraría,

gritaría, enloquecería? ¿Lo atacaría, cegada por la rabia?

¿Habría más Cazadores esperando en la ciudad? En aquel momento, a Darien no le

importaba. Se sentía transportado con Serena en brazos, y el infierno de su vida se estaba retirando momentáneamente, dejado sólo... deseo, quizá. Obsesión instantánea.

Ella tenía una piel suave y flexible, como la canela con miel. Sus ojos tenían el bello

color Azul, y una mirada tan atormentada que le provocaban una opresión en el pecho. Él nunca había visto un mortal que pareciera sufrir tanto, y sentía cierta empatía con ella.

Sabía que llevarla a la fortaleza iba contra las normas, y que suponía una amenaza

para sus secretos mejor guardados. Debería avergonzarse de sí mismo por hacerlo.

Y ella debería estar gritando de terror. ¿Por qué no lloraba? Cuando se había

abalanzado sobre ella por primera vez, manchado con la sangre de los aliados de aquella mujer, había visto una sonrisa deliciosa dibujándose en sus labios, iluminándole la cara, dejando a la vista una dentadura blanca y perfecta.

Al recordar aquella sonrisa, Darién se excitó. Sin embargo, se sentía muy confuso.

Aunque había pasado una eternidad desde la última vez que se había enfrentado a un cebo, no recordaba que los señuelos de los Cazadores fueran tan transparentes a la hora de mostrar su satisfacción.

Ni siquiera Petzite, el cebo que había conseguido seducir a Zafiro, el guardián de

Desconfianza. Petzite había representado muy bien su papel de alma maltratada, asustada.

Al verla, Zafiro había decidido actuar sin recelo por primera vez desde que lo habían

condenado a alojar al demonio. O quizá no. Darién siempre se había preguntado si aquel guerrero no quería morir. De ser así, lo había conseguido. Lo habían apuñalado después de que le abriera su casa a Petzite, que a su vez, había franqueado la entrada a los Cazadores.

Y cuando lo hubieron apuñalado, lo decapitaron. Zafiro no había tenido la más mínima

oportunidad de sobrevivir.

Antes de Petzite, otro cebo había seducido a Jedite, aunque aquello no había requerido demasiado esfuerzo. Durante su encuentro, los Cazadores habían entrado en el dormitorio de la mujer y habían apuñalado al guerrero por la espalda con la intención de debilitarlo antes de poder cortarle la cabeza.

Sin embargo, Jedite estaba fortalecido por el sexo. Incluso herido, se las había

arreglado para liberarse y matar a todos los que lo rodeaban.

Darién no podía imaginarse que la mujer a la que portaba fuera lo suficientemente

cobarde como para apuñalarlo por la espalda. Quizá Serena fuera inocente. No había

encontrado cámaras, ni explosivos, en los árboles cercanos a ella. Quizá...

—Quizá seas más idiota de lo que te crees —murmuró.

— ¿Qué?

El hizo caso omiso. Lo mejor era que estuviera callada.

Por fin, Darién vio la piedra oscura de la fortaleza. Sentía un dolor atroz en el

estómago, que estaba a punto de hacerlo caer. Violencia recorría sus venas y hacía hervir su sangre.

«Mata. Hiere. Mutila».

—No.

«Mata. Hiere. Mutila». —¡No!

«Matahieremutila». — ¡Darién!

El espíritu se revolvió, desesperado por liberarse. «Lucha contra ella», se dijo Darién.

«Calma». In-haló profundamente y después espiró. «Mata hiere mutila, mata hiere mutila».

—Resistiré. No soy un monstruo. «Ya veremos...».

— ¿Darién? —dijo Serena otra vez. Su voz dulce le llegó a los oídos. En parte era

como un bálsamo calmante, en parte, como ascuas—, ¿Qué...?

—Silencio.

Se la bajó del hombro, sin soltarla, y abrió la puerta principal de una patada, con tanta

fuerza que estuvo a punto de sacarla de los goznes. Oyó voces enfadadas. Andrew, Mamoru y Endimión estaban en el vestíbulo, discutiendo.

— ¡No deberías haber permitido que saliera! —le dijo Mamoru—. Se convierte en un

animal, Andrew, aniquila...

— ¡Ya basta! —gritó Darién—. ¡Ayudadme!

Los tres hombres se giraron hacia él.

—¿Qué ocurre? —preguntó Endimión. Al ver a

Serena, se quedó boquiabierto—. ¿Por qué has traído a una mujer al castillo?

Al oír el escándalo, Jedite y Nicolás acudieron a toda prisa a la entrada, con la tensión

reflejada en el rostro. Cuando vieron a Darién, se relajaron.

—Por fin —dijo Jedite con alivio. Sin embargo, también vio a Serena—. ¿Es un regalo

para mí?

Darién le enseñó los dientes. «Mátalos», le dijo Violencia, susurrándole

seductoramente. «Mátalos».

—No deberíais estar aquí —les dijo con un gran esfuerzo—. Tomadla y lleváosla antes

de que sea demasiado tarde.

—Míralo —dijo Jedite, cuyo alivio se había esfumado—. Miradle la cara.

—El proceso ya ha empezado —dijo Mamoru.

Aquellas palabras pusieron a Darién en acción. Aunque no quería soltar a Serena, la

tiró contra el grupo. Mamoru la agarró sin esfuerzo. En cuanto ella apoyó el peso del cuerpo en el suelo, hizo una mueca de dolor. Darién se dio cuenta de que debía de haberse torcido el tobillo, y la preocupación desplazó al deseo de sangre durante un instante.

— Cuidado con el pie —ordenó. Mamoru la soltó para mirarle el tobillo, pero Serena se

alejó de él y cojeó hacia los brazos de Darien. La preocupación de Darién se intensificó cuando la abrazó sin poder evitarlo. Serena estaba temblando. Sin embargo, un momento después dejó de importarle. Una niebla pestilente se extendió por su cabeza y borró brutalmente cualquier emoción que hubiera en su camino.

—Suéltame —gruñó, y la empujó. Serena se aferró a él. — ¿Qué pasa?

Mamoru la agarró y tiró de ella, sujetándola con fuerza. Si hubiera tocado a Darién un

segundo más, quizá la hubiera hecho añicos. De hecho, Darién dio un puñetazo en la

pared más cercana.

—Darién —dijo ella con la voz temblorosa. —No le hagáis daño —dijo él, tanto para

sí mismo como para los demás—. Tú —añadió, mientras señalaba a Endimion con un dedo teñido de rojo—. A la habitación, ahora.

No esperó la respuesta. Comenzó a subir de dos en dos los escalones.

Oyó a Serena protestar.

— ¡Quiero ir contigo!

Él se mordió el interior de la mejilla hasta que saboreó la sangre. Se permitió mirar

atrás una sola vez. Mamoru agarraba a Serena con más fuerza, y su pelo negro le rozaba los hombros. Al verlo, la necesidad de derramar sangre que sentía Darién se intensificó. «Mía. Es mía. Yo la encontré. Nadie más que yo puede tocarla».

Darién no sabía si era el espíritu o él mismo quien sentía aquello, y no le importaba.

Sólo quería matar. Sí, matar. La furia se adueñó de él. Se detuvo y cambió de dirección. Iba a partir a Mamoru en dos y a cubrir todo el suelo con su sangre.

«Destruir, destruir, destruir. Matar».

—Va a atacar —dijo Mamoru.

— ¡Sacadla de aquí! —exclamó Andrew.

Mamoru arrastró a Serena fuera del vestíbulo. Sus gritos de pánico alcanzaron los oídos de Darién, y eso sólo sirvió para incrementar sus impulsos más oscuros. La imagen de su cara pálida, preciosa, se le apareció en la mente una y otra vez. Era lo único que veía. Ella estaba aterrorizada. Confiaba en él. Había extendido los brazos hacia él.

Su estómago se había convertido en una masa la-tiente de agonía, pero no aminoró el

ritmo de sus pasos. En cualquier momento llegaría la medianoche y él moriría, pero iba a llevarse consigo a todo el mundo. «Sí, debo destruirlos».

—Ah, maldita sea —dijo Nicolás —. El demonio lo controla completamente. Tendremos que reducirlo. ¡Mamoru, vuelve! ¡Date prisa!

Nicolás, Endimión y Jedite avanzaron hacia él. En una fracción de segundo, Darién

desenfundó sus dagas y las lanzó. Como esperaban el ataque, los tres se agacharon. Las cuchillas pasaron silbando por encima de ellos y se clavaron en la pared. Un instante después, sus compañeros habían caído sobre él y lo habían derribado. Estaba de espaldas en el suelo, luchando contra ellos, rugiendo, dando golpes.

Los guerreros consiguieron arrastrarlo escalera arriba hacia su habitación. A Darien

le pareció oír los sollozos de Serena, creyó que la veía intentar apartar a los hombres de él.

Entonces dio un puñetazo que impactó con algo, una nariz. Oyó un aullido de dolor.

Experimentó una gran satisfacción. Quería más sangre.

— ¡Maldita sea! Encadénalo, Endimión, antes de que le rompa la nariz a alguien más.

—Es demasiado fuerte. No sé cuánto voy a poder sujetarlo.

Pasaron los minutos mientras luchaban, quizá una eternidad. Después, Darién sintió

unas argollas de metal en las muñecas y los tobillos. Se retorció y se arqueó, y las argollas le cortaron la piel.

— ¡Desgraciados!

El dolor que le atenazaba el estómago era insoportable. Ya no era esporádico, sino

constante.

— ¡Os mataré! ¡Os llevará a todos al infierno con-migo!

Endimión se acercó a él con una mirada sombría de de-terminación y expresión de

tristeza. Darién intentó derribarlo con un golpe de las rodillas, pero las cadenas se lo

impidieron. El guerrero también se mantuvo j firme. Tomó una espada que había a su lado.

—Lo siento —susurró Endimión, mientras el reloj daba las doce.

Entonces le clavó la espada a Darién en el abdomen. El metal atravesó todo su

cuerpo hasta la espina dorsal antes de volver a salir. Al instante, la sangre brotó de la

herida y se extendió por su pecho y estómago. La bilis le quemó la garganta, la nariz.

Darién maldijo, se retorció.

Endimión volvió a atravesarlo. Y otra vez. El dolor... la agonía... la piel le quemaba. Con sólo aquellas tres cuchilladas, sus huesos y sus órganos ya estaban desgarrados. Sin embargo, siguió luchando. Sentía una desesperada necesidad de matar. Una mujer gritó.

— ¡Ya basta! ¡Lo estáis matando! ¡Basta! ¡Oh, Dios mío!

Endimión volvió a atravesarlo con la espada.

Unas telarañas negras le cubrieron la visión mientras miraba la habitación. Vio

borrosamente que Jedite agarraba a Serena. La sombra del hombre la engulló. Sin embargo, las lágrimas le brillaban en los ojos de color azul y en las mejillas pálidas.

Ella se resistió, pero Jedite se mantuvo firme y la sacó de la habitación.

Darién emitió un gruñido animal. Jedite la seduciría. La desnudaría, la saborearía. Ella

no podría resistirse. Ninguna mujer podía.

— ¡Suéltala! ¡Ahora! —gritó.

Sin embargo, su visión se oscureció por completo.

—Sacadla de aquí y que no vuelva a entrar —ordenó Endimión mientras apuñalaba por quinta vez—. Lo está enloqueciendo más de lo normal.

Tenía que salvarla. Tenía que ir por ella. El sonido de las cadenas se mezcló con los

jadeos de Darién mientras intentaba seguir luchando.

—Lo siento —susurró Endimión nuevamente.

Finalmente, lo atravesó por sexta y última vez.

Entonces Darién se debilitó. El espíritu se tranquilizó y se retiró a un rincón de su

mente.

Hecho. Estaba hecho.

Quedó exánime en la cama, empapado en su propia sangre, incapaz de moverse ni de

ver. El dolor no lo abandonó, ni tampoco el calor abrasador. Se intensificaron, se

convirtieron en una parte de sí mismo, como la sangre. Un líquido caliente le burbujeó en la garganta.

Mamoru. Darién supo que era él porque reconoció el olor engañosamente dulce de

Muerte. Mamoru se arrodilló junto a él y le tomó la mano. Aquello significaba que su

fallecimiento estaba cerca. Sin embargo, para Darién, el tormento verdadero no había

comenzado todavía.

Como parte de su maldición, Violencia y él pasarían toda la noche en el infierno,

quemándose en sus llamas. Abrió la boca para hablar, pero sólo consiguió toser. La sangre le estaba anegando la garganta, ahogándolo.

—Por la mañana tendrás que explicarnos muchas cosas, amigo —dijo Mamoru

suavemente—. Ahora, muere. Llevaré tu alma al infierno, como es obligado. Sin embargo, quizá esta Vez prefirieras quedarte ahí en vez de tener que enfrentarte a lo que te esperacuando vuelvas a casa.

—La chica —susurró Darién.

—No te preocupes —dijo Mamoru—. No le haremos daño. Te estará esperando aquí por la mañana.

—Intacta —dijo él.

Era una petición extraña, Darién lo sabía. Ninguno de ellos había sido posesivo nunca

con una mujer. Sin embargo, Serena... No estaba muy seguro de lo que quería hacer con ella. Sabía lo que debería hacer, y lo que no podía hacer. Ninguna de las dos cosas tenía importancia en aquel momento. Porque, más que nunca, sabía que no quería compartirla.

—Intacta —insistió débilmente ante el silencio de Mamoru.

—Intacta —dijo finalmente Mamoru.

El olor a flores se intensificó. Pasó un instante, y Darién murió.


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