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—¿Quién eres y de qué conoces a Darién?

— ¡Suéltame!

Serena se retorció para intentar zafarse de su captor. Le dolía mucho el tobillo, pero

no le importaba.

— ¡Lo están matando!

Oh, Dios. Lo estaban matando con una espada. Había mucha sangre, y los gritos eran

espantosos. Sintió náuseas al recordarlo.

Aunque las voces seguían en silencio, nunca se había sentido más atormentada que en aquel momento.

—Darién se pondrá bien —le dijo aquel hombre. Darién le había roto la nariz, ella

lo había visto, pero se le había vuelto a colocar en su lugar casi al instante. Ni siquiera

había sangrado. Él apartó uno de los brazos de su cintura, le acarició la sien y le apartó con delicadeza un mechón de pelo de la frente—. Ya lo verás.

— No, no lo veré —dijo ella, casi sollozando —.

¡Suéltame!

— Por muy poco que me guste desobedecerte, no puedo. Le estabas causando un

tormento excesivo.

—¿Yo le estaba causando un tormento excesivo? No he sido yo la que lo ha atravesado con una espada. ¡Suéltame!

Como no sabía qué otra cosa podía hacer, se quedó inmóvil y lo miró. —Por favor.

Aquel hombre tenía los ojos azules, muy brillantes, y la piel blanca como la leche. El

pelo era de una cautivadora mezcla de castaño y rubio. Era más guapo que nadie a quien hubiera visto antes. Demasiado perfecto para ser verdadero.

Y lo único que ella deseaba era escapar de él. —Relájate —respondió el hombre con

una sonrisa lenta, seductora. Era una sonrisa estudiada, incluso para alguien lego en la materia—. No tienes nada que temer de mí, preciosa. Sólo me dedico al placer.

Entre la furia, el miedo, la pena y la frustración, Serena encontró la fuerza necesaria

para abofetearlo. Acababa de ver cómo otro hombre apuñalaba a Darién y no había hecho nada para evitarlo. Además, se había atrevido a flirtear con ella. Tenía todo que temer deél.

AI hombre se le borró la sonrisa de los labios y la miró con el ceño fruncido.

—Me has golpeado.

Ella volvió a abofetearlo.

— ¡Suéltame!

Su gesto ceñudo se hizo más marcado. Se frotó la mejilla con una mano y la mantuvo

inmovilizada con la otra.

—Las mujeres no me abofetean. Me adoran. Ella levantó la mano para darle otra

bofetada.

Con un suspiro, él dijo:

—Está bien. Vete. Los gritos de Darién han cesado. Dudo que puedas molestarlo

ahora, porque estará muerto.

Y la liberó.

Serena no le dio oportunidad de cambiar de opinión. Al verse libre, salió corriendo

por el pasillo, pese al dolor que sentía en el tobillo. Cuando entró en la habitación y vio el cuerpo empapado en sangre, inmóvil, se detuvo en seco.

Dios Santo. Darién tenía los ojos cerrados. Su pecho estaba quieto.

Sollozó y se cubrió la boca con una mano temblorosa. Los ojos se le llenaron de

lágrimas.

—Te han matado.

Corrió hacia la cama y le tomó la mandíbula a Darien entre las manos, ladeándole la

cara ligeramente. Los párpados no se abrieron. No respiraba. Ya tenía la piel fría por la pérdida de sangre.

Había llegado demasiado tarde.

—¿Quién es? —preguntó alguien.

Asombrada, se volvió. Los asesinos de Darién estaban a un lado, hablando entre sí.

Ninguno le dirigió la palabra, aunque la miraban de vez en cuando. Continuaron con su

conversación como si ella no importara. Como si Darién no importara.

—Deberíamos llevarla a la ciudad, pero ha visto demasiado — dijo uno de ellos, con una voz ronca y fría—. ¿En qué estaba pensando Darién?

—Durante todo este tiempo he vivido con él y no sabía lo que sufría —dijo otro, uno

rubio de ojos verdes, con aspecto angelical. Iba vestido de negro de pies a cabeza y llevaba unos guantes que le llegaban hasta los bíceps—. ¿Es siempre así?

—No siempre, no —dijo el que había manejado la espada—. Normalmente demuestra

más aceptación — añadió, con una expresión atormentada. Tenía los ojos negros, duros—.

La mujer...

¡Asesino! Serena quería atacarlo, pero sabía que no serviría de nada. Eran más que

ella. Y eran más fuertes.

Un hombre lleno de tatuajes la observó con el ceño fruncido. Tenía el pelo castaño,

cortado al estilo militar, llevaba dos anillos en las cejas y tenía los labios suaves, llenos.

También tenía más músculos que un campeón de halterofilia. Podría haber sido guapo, al estilo de un asesino en serie, de no ser por los tatuajes. Incluso en las mejillas tenía grabadas imágenes violentas de la guerra y de las armas.

Sus ojos tenían el mismo color azul zafiro que los de Darién, pero carecían de su calidez.

Le cayó una gota de sangre de la nariz cuando se frotó la barbilla con dos dedos.

—Tenemos que hacer algo con la chica. No me gusta que esté aquí.

—De todos modos, Nicolás, no podemos tocarla.

El que había respondido tenía el pelo negro y los ojos de diferente color: uno marrón

y otro azul. Su rostro era una máscara de cicatrices. A primera vista era espantoso.

Después, parecía que tenía una capacidad hipnótica. Emanaba una fragancia de rosas muy extraña.

—Mañana por la mañana estará exactamente igual que ahora. Vestida y respirando

.

—Típico de Darién quitarnos toda la diversión.

El comentario irónico provenía desde detrás de ella, y Serena se dio la vuelta de un

respingo. El hombre pálido y guapo estaba en la puerta. La miró con deseo en los ojos, como si se la estuviera imaginando desnuda y le gustara lo que veía.

Comenzó a temblar. Aquellos tipos eran unos desgraciados, unos canallas. Miró a su

alrededor y vio la espada ensangrentada, que estaba en el suelo. La misma espada con la que habían atravesado y cortado a Darién como si no fuera más que una pieza de seda.

—Quiero saber quién es —dijo el de los tatuajes, el llamado Nicolas—, Y quiero saber

por qué la trajo Darién. Él conoce las reglas.

—Debe de ser una de las humanas que estaban en la colina —intervino el hombre de

rostro angelical—, pero eso no explica por qué la ha traído.

Ella se habría reído de no sentirse al borde de un ataque de nervios. Debería haberle

hecho caso a Black. Los que vivían allí eran demonios.

—¿Y bien? ¿Qué hacemos con ella? —preguntó Nicolás .

Todos la miraron y Serena agarró la espada. Tomó la empuñadura con ambas manos y apuntó la hoja en dirección a ellos. Era más pesada de lo que se imaginaba y, al instante, comenzaron a temblarle los brazos. Sin embargo, se mantuvo firme.

Los hombres la miraron con curiosidad. Su ausencia de miedo no la amedrentó.

Aunque sólo había conocido a Darién durante pocos momentos, había algo salvaje dentro de ella que sufría por su pérdida y que quería vengar su muerte.

Darién. Aquel nombre resonó en su mente. Había muerto. Se había ido para siempre.

A Serena se le encogió el estómago.

—Debería mataros a todos. Él era inocente.

—¿Inocente? —preguntó alguien con socarronería. —Quiere matarnos. Los Cazadores

han venido por nosotros —dijo Nicolás con disgusto

.

— Un Cazador no diría que Darién era inocente. Ni siquiera en broma.

—Pero un cebo sí. Recordad que todo lo que decían era mentira, aunque sus rostros

parecían siempre cándidos.

—Vi a Darién matar a cuatro hombres en el monitor. No lo habría hecho si fueran

inocentes. Y dudo que hubiera también una mujer inocente en el bosque por coincidencia.

—¿Crees que tiene destreza con la espada? Un resoplido.

—Claro que no. Mira cómo la sujeta. —Pero es valiente.

Serena los miraba con la boca abierta, sin entender su conversación.

—¿Es que a nadie le importa que hayan asesinado a un hombre? ¿No os importa

haberlo matado?

El que iba vestido de negro se rió de verdad, aunque la angustia no se le borró de los

ojos.

—Créeme. Darién nos lo agradecerá por la mañana.

—Si no nos mata por haber estado aquí —añadió alguien.

Para asombro de Serena, los hombres se rieron. Sólo quien había matado a Darién

permaneció serio, mirando el cadáver, con una expresión de culpabilidad y agonía. Bien.

Ella quería que sufriera por lo que había hecho.

El que pensaba que ninguna mujer podía resistírsele la miró y Je dedicó otra sonrisa

sensual.

—Aparta la espada, cariño, antes de que te hagas daño.

Ella siguió en posición.

— ¡Ven a quitármela..., animal! —las palabras salieron de su boca antes de que

pudiera evitarlo—. Quizá no tenga habilidad con las espadas, pero si te acercas, te haré daño.

Hubo un suspiro. Una carcajada. Un murmullo. ¿Qué mujer se resistiría a Jedite?

—Yo creo que debemos encerrarla en uno de los calabozos —dijo Nicolas—. No se sabe qué podría hacer de otro modo.

—De acuerdo —contestaron los demás.

Serena se retiró lentamente hacia la puerta y agarró la espada con más fuerza.

—Me marcho. ¿Me oís? ¡Me marcho! Y escuchad-me bien, se hará justicia. Todos

vosotros seréis arrestados y ejecutados.

—Darién decidirá lo que hace con ella por la mañana —dijo el que tenía los ojos de

distinto color, calmadamente, sin hacerle caso.

Como si Darién pudiera decidir algo.

Le tembló la barbilla. Y después abrió mucho los ojos, al ver que los asesinos

caminaban hacia ella con paso decidido

.

«No me hagas daño. Por favor, no me hagas daño».

Una pausa. Un chasquido.

Un grito de angustia.

« ¡Mi brazo!». Unos sollozos desgarradores. « ¡Me has roto el brazo!». A Serena le dolió

el brazo por empatía. «Yo no he hecho nada... malo».

Las voces habían vuelto con fuerza.

Ella estaba acurrucada en el suelo de una celda oscura y húmeda, estremeciéndose y

muñéndose de miedo.

—Sólo quería encontrar a alguien que pudiera ayudarme —susurró.

En vez de eso, había caído en un cuento de Grimm, pero no parecía que fuera a tener

un final feliz.

«Lo haré. Lo haré. Sólo… necesito... un momento».

Aquel monólogo llevaba desarrollándose en su mente una eternidad, y se había

convertido en un concierto de ira, desesperación y dolor. Sin embargo, por encima de todo oía una sola voz: la de Darién. No era una voz del pasado, sino un recuerdo. Un estallido de gritos de rabia y de dolor.

Ella se echó a llorar. No podía sacarse su imagen de la cabeza, ni su imagen cuando

estaba vivo ni su imagen cuando lo habían asesinado. Gimió.

Después de haberla arrojado a aquel calabozo, los asesinos de Darién le habían

prometido que le llevarían mantas y comida, pero no habían vuelto por allí. Serena se

alegraba. No quería volver a verlos. No quería hablar con ellos. Prefería soportar el frío y el hambre.

«Os diré lo que queréis saber, pero por favor, no volváis a hacerme daño», dijo Brazo

Roto, abriéndose camino en su mente a sollozos. «No quería entrar en el castillo. Está bien, sí, sí quería, pero sólo para ver quién vivía aquí. No soy cazador, lo juro».

A Serena le chirriaron los oídos. Aquel hombre había mencionado la palabra cazador.

Los asesinos de Darién también la habían llamado cazadora. ¿Qué „ querían decir?

¿Cazadora de recompensas? Se frotó el tobillo hinchado, dolorido. ¿Quién iba a pensar eso de una persona tan corriente como ella?

—No importa. Tienes que encontrar el modo de salir de aquí, Tsukino.

Tenía que decirles a las autoridades lo que había ocurrido con Darién. ¿La creerían?

¿Les importaría? ¡O los habrían hechizado aquellos hombres, tal y como habían hecho con el resto de los ciudadanos, que pensaban que eran ángeles y les permitían hacer lo que quisieran?

Sollozó. Se echó a temblar. Nadie debería morir tan lentamente, con tanto sufrimiento.

Sin dignidad, entre gritos desgarradores.

De un modo u otro, Darién sería vengado.

Darién gritó.

Las llamas lo devoraban de pies a cabeza, derritiendo su carne y reduciéndolo a

cenizas. Era consciente de todo..., siempre lo sentía. Seguía sabiendo quién era, lo que era, y que tendría que regresar a aquel fuego al día siguiente.

La agonía era casi más de lo que podía soportar. Las columnas de humo se alzaban por el aire, esparciendo hollín por todas partes. Con repugnancia, pensó que aquel hollín le pertenecía. Era él mismo.

Pronto, muy pronto, recuperó su cuerpo de hombre, un hombre que nuevamente se

inflamó. Nuevamente, se derritió, desde la carne y el músculo, provocando chispas doradas y anaranjadas. Y nuevamente, otra brisa ennegrecida lo devolvió todo a su lugar, de modo que el proceso completo comenzara otra vez. Y otra vez, y otra, y otra.

Durante todo el tiempo, Violencia rugía dentro de su cabeza, desesperada por escapar.

Ya no estaba saciada como lo estaba en el momento de la muerte de Darién. Y

mezclándose con sus rugidos, estaban los aullidos de otras almas condenadas que sufrían mientras las llamas los devoraban. Los demonios, aquellas-criaturas aladas y asquerosas de ojos rojos, caras esqueléticas y cuernos amarillos, iban de un prisionero a otro, riéndose, provocándolos, escupiéndolos.

«Y yo tengo uno de esos monstruos dentro de mí. Salvo que el mío es peor».

Los otros demonios también lo sabían.

—Bienvenido, hermano —le decían, antes de la-merlo con sus lenguas de fuego.

Antes, Darién siempre había deseado disolverse en la nada cuando las llamas lo

abrasaban. No quería volver nunca al infierno ni al mundo. Deseaba que su desgraciada existencia terminara, y que el dolor cesara por fin. Antes siempre lo había deseado, pero aquella noche no.

Aquella noche, el deseo eclipsaba al dolor.

La imagen de Serena apareció en su mente, provocándolo más que los demonios.

«Conmigo no encontrarás nada más que felicidad», parecía que decían sus ojos, mientras separaba ligeramente los labios como si quisiera recibir un beso.

Era un misterio que él deseaba resolver. Era exquisita, tan femenina que despertaba

todos sus instintos masculinos. Y sorprendentemente, había luchado por quedarse con él. Incluso había luchado por salvarlo de los demás. Darién no entendía por qué, pero de todos modos le gustaba la idea.

Quizá no hubiera sabido lo que quería hacer con ella al principio, pero ya sí. Quería

saborearla. Entera. Cebo o no. Cazadora o no. Simplemente, deseaba. Después de tanto sufrimiento, se merecía un poco de felicidad.

Ni siquiera en sus días de guerrero de élite de los dioses había deseado a una mujer

más que a otra. Después, siempre había aprovechado aquello que podía, cuando podía conseguirlo. Sin embargo, a Serena la deseaba específicamente. A Serena la deseaba en aquel momento. ¿Dónde la habría alojado Mamoru? ¿En la habitación contigua a la suya?

¿Estaba en la cama, desnuda, envuelta en sábanas de seda? Así era como él iba a tomarla, pensó entonces Darién. No fuera del castillo, como era su costumbre. No en el suelo frío y lleno de ramas. En una cama, cara a cara, piel con piel, embistiendo y deslizándose lentamente.

Al pensarlo, el cuerpo le ardió, le ardió de una manera que no tenía nada que ver con las llamas.

Nunca había conocido a una mujer tan vulnerable como Serena. Allí, sola, en el

bosque, con los ojos llenos de secretos. Seguida por asesinos. Darién no sabía si ellos

tenían intención de matarla o usarla para matarlo a él y a los otros Señores. Pero lo

averiguaría.

Por la mañana, cuando Mamoru devolviera el alma a su cuerpo curado, la buscaría y le preguntaría. No, primero la acariciaría, pensó. La besaría. Saborearía todo su cuerpo, tal y como quería hacer en aquel momento.

Pese al dolor, se dio cuenta de que estaba sonriendo. Aquella mujer lo había mirando

con embeleso. Había intentado seguirlo, salvarlo. Sí, se había hecho su propia cama. Y se acostaría en ella. Con él.

La interrogaría sólo después de hacer el amor con ella. Y si averiguaba que era de

verdad un cebo, se dijo, pese a que notó una punzada de dolor en el pecho, se encargaría de ella como se había encargado de los Cazadores.

—Los Titanes han derrocado a los Griegos —anunció Nicolás.

Aquello había estado bullendo dentro de él desde que había vuelto a la fortaleza, una

hora antes, pero con todo aquel caos, no había tenido oportunidad de decírselo a los

demás. Hasta aquel momento. Por fin las cosas se habían calmado. Sin embargo, él sabía que la paz duraría sólo hasta que todos asimilaran la noticia que acababa de darles.

Pese a que estaban en la sala de entretenimiento, soportando los gemidos de una de

las películas pornográficas a las que Jedite era tan aficionado, no pasó mucho» tiempo

antes de que los demás se volvieran hacia él.

—Nicolás ... ¿acabas de mencionar a los Titanes? — preguntó Mamoru, con su voz

calmada de siempre.

Calmada. Sí, eso describía perfectamente a la Muerte. El inmortal mantenía su

temperamento y todas sus; emociones dominadas con mano de hierro, porque cuando se desataban, Mamoru era una fuerza que incluso temía la propia Ira. Más que una bestia, Mamoru se convertía en un verdadero demonio. Nicolás sólo había sido testigo de la transformación una vez, pero nunca lo había olvidado.

—Me ha parecido oír algo así —dijo Endimión, sacudiendo la cabeza—, ¿Qué está

pasando? Primero, Andrew nos dice que han vuelto los Cazadores, después Darién viene a casa con una mujer, y ahora tú nos cuentas que los Titanes se han hecho con el poder. ¿Es posible que suceda algo así?

—Sí, es posible —respondió Nicolás—. Parece que los Titanes han pasado estos siglos

de encarcelamiento poniendo a punto sus poderes. Hace poco escaparon del Tártaro, les tendieron una emboscada a los Griegos, los atraparon y se quedaron con el trono. Ahora, son ellos quienes nos controlan.

Hubo un pesado silencio, mientras todo el mundo reflexionaba sobre aquella noticia.

Los Griegos y los guerreros no se guardaban afecto, precisamente, puesto que los primeros los habían condenado y maldecido; sin embargo...

— ¿Estás seguro? —preguntó Mamoru.

— Muy seguro. Me llevaron a una especie de cámara de tribunal, en medio de un

círculo formado por sus tronos. Físicamente son más pequeños que los griegos. Sin

embargo, su poder es inconfundible. Casi podía verlo, como si fuera un ser viviente. Y en sus rostros, vi sólo decisión, intransigencia y desagrado.

Pasaron unos momentos muy tensos.

— Desagrado aparte, ¿hay alguna posibilidad de que los Titanes puedan liberarnos de

los demonios sin matarnos? —Endimión hizo la pregunta que, sin duda, todos querían

formular.

—No creo —respondió Nicolás —. Yo les pregunté eso mismo, pero no quisieron hablar de ello conmigo.

Otro silencio.

—Esto es... esto es... —murmuró Jedite.

—Increíble —dijo Andrew.

Endimión se frotó la mandíbula.

—Si no van a liberarnos, ¿qué planes tienen para nosotros?

—Lo único que sé con seguridad es que quieren tomar un papel activo en nuestras

vidas —respondió Nicolás.

— Pero ¿por qué?

—Ojalá lo supiera.

—¿Por eso te llamaron? —intervino Mamoru —.

¿Para informarte de este cambio?

—No —dijo Nicolás, y cerró los ojos—. Me ordenaron que hiciera... algo.

—¿Qué? —preguntó Jedite.

El observó a sus amigos, intentando encontrar las palabras más adecuadas. Respiró

profundamente y exhaló.

—Me han ordenado que asesine a un grupo de turistas en Buda. Cuatro humanos.

Todas mujeres. —Repítelo —dijo Jedite. Nicolás repitió la orden de los Titanes. Jedite, más pálido de lo normal, sacudió la cabeza. —Puedo entender que ahora tenemos jefes nuevos.

No me gusta, estoy confuso, pero lo acepto. Lo que no entiendo es que los Titanes te hayan ordenado a ti, el guardián de Ira, que mates a cuatro mujeres en la ciudad ¿Por qué iban a hacer algo así? Es una locura. —No me dijeron el motivo —respondió Nicolás. El motivo tampoco hubiera importado. Él no quería hacerles daño a aquellas mujeres. Sabía lo que era matar. Había matado muchas veces, pero siempre guiado por los impulsos innegables del demonio, un demonio que elegía bien a sus víctimas. Era gente que abusaba de sus hijos, o que se regodeaba en la destrucción de los demás. Ira siempre sabía cuándo alguien se merecía la muerte.

Cuando Nicolás había prestado atención a aquellas cuatro mujeres, el demonio las

había juzgado y las había declarado inocentes. Y, sin embargo, se suponía que él debía matarlas.

Si eso sucedía, si se veía forzado a derramar sangre inocente, Nicolás no volvería a ser el mismo. Lo sabía.

— ¿Te han dado un plazo para que lo hagas? —le preguntó Mamoru.

—No, pero...

— ¿Pero?

—Me dijeron que si no actuaba con rapidez, la sangre y la muerte comenzarían a

consumir mi mente. Me dijeron que mataría cualquier cosa, y a cualquier persona, hasta el

día que cumpliera su orden. Como Darién. Pero, al contrario que Darién, mi tormento no terminaría al amanecer.

Jedite le preguntó con gravedad:

—¿Cómo vas a hacerlo? ¿Te dijeron eso, al menos?

A Nicolás se le encogió el estómago.

—Tengo que cortarles el cuello,

—¿Y por qué hacen esto? —inquirió Andrew.

Nicolás no conocía la respuesta. Permaneció en silencio. Sin embargo, sabía que ya

nada podría salvar a aquellas mujeres. Estaban colocadas en la lista de víctimas de su

espíritu, y aunque fueran inocentes, al final serían eliminadas. Una por una.

— ¿Qué podemos hacer para ayudar? —preguntó Mamoru con una mirada aguda

.

—No lo sé. Estamos tratando con dioses nuevos, con nuevas circunstancias. No sé

cómo reaccionaré cuando... cuando las haya matado.

—¿No es posible hacerles cambiar de opinión?

—Ni siquiera vamos a intentarlo —respondió Nicolás—. De nuevo, usaron a Darién

como ejemplo. Me dijeron que sufriríamos una maldición como la suya si nos atrevíamos a protestar.

Jedite saltó de su asiento y comenzó a caminar a zancadas de un extremo a otro de la

habitación.

—Odio esto —gruñó.

—A los demás no nos encanta, precisamente —respondió Andrew.

—Quizá les estés haciendo un favor a esas mujeres —dijo Endimión.

—Y quizá me ordenen que te mate a ti después — replicó Nicolás.

—Tengo que pensar en esto —murmuró Mamoru, pasándose la mano por la mejilla

llena de cicatrices—, Tiene que haber algo que podamos hacer. Por ahora, creo que ya está bien de charla. Ha sido una noche muy ajetreada, y no ha terminado todavía. Jedite, Endimion, creo que debéis ir a la ciudad para aseguraros de que no hay más Cazadores al acecho.

Andrew... no sé. Vigila la colina, o gana más dinero para nosotros. — ¿Qué vas a hacer tú? — inquirió París. —Pensaren cuáles son nuestras opciones —respondió Mamoru con seriedad.

Jedite arqueó las cejas.

—¿Y qué pasa con la mujer de Darién? Estaré en mejor forma para luchar con

cualquier Cazador que pueda encontrarme si paso un rato entre sus...

—No —zanjó Mamoru, mirando al techo—. Con ella no. Recuerda que le prometí a

Darién que se la devolvería intacta.

—Sí, lo recuerdo. Recuérdame tú otra vez por qué le prometiste una cosa tan

estúpida.

—Déjala en paz. De todos modos, no parecía que le gustaras mucho.

—Lo cual es incluso más asombroso que la noticia de los Titanes —murmuró Jedite.

Después, suspiró—. Está bien. Yo no le pondré las manos encima, pero alguien tiene que ir a darle algo de comer. Le dijimos que lo haríamos.

—¿Por qué no la dejamos pasar un poco de hambre? A lo mejor mañana por la

mañana está un poco más dócil si se siente debilitada.

Mamoru asintió.

—De acuerdo. Quizá esté más dispuesta a decirle la verdad a Darién si piensa que

vamos a darle de comer.

—No me gusta, pero no voy a protestar. Y supongo que eso significa que tengo que

irme a la ciudad sin mi dosis de vitamina D —dijo Jedite con otro suspiro—. Bueno, vamos a hacerlo, Dolor.

Endimión se puso en pie y ambos salieron juntos de la habitación. Andrew los siguió, pero a distancia. Nicolás no podía imaginarse cómo era la presión de tener que asegurarse siempre de no tocar a nadie. Tenía que ser un Infierno.

Soltó un resoplido. La vida de los guerreros era un infierno.

Mamoru se sentó en la butaca que había frente a él. Irradiaba una fragancia a rosas.

Nicolás nunca había comprendido por qué la Muerte olía como un ramo de flores de

primavera. Seguramente, era una maldición como la de Darién.

—¿Qué piensas? —le preguntó a su amigo mientras lo observaba. Por primera vez en

muchos, muchos años, su amigo transmitía algo distinto a la calma. Te-nía el ceño fruncido, y arrugas de tensión en el rostro lleno de cicatrices.

Aquellas cicatrices le atravesaban la cara desde las cejas a las mandíbulas; eran

gruesas y fruncidas. Lu-cien nunca había hablado de cómo se las había hecho, y Nicolás nunca se lo había preguntado. Cuando vivían en Grecia, el guerrero había vuelto a casa un día con el dolor reflejado en los ojos y aquellas marcas en las mejillas.

—Esto es malo —dijo Mamoru—. Muy malo. Caza-dores, la mujer de Darién y los

Titanes, todo en el mismo día. No puede ser una coincidencia.

—Lo sé. ¿Crees que los Titanes quieren nuestra muerte?, ¿que han sido ellos los que

han enviado a los Cazadores?

—Quizá. Sin embargo, ¿qué harían con nuestros demonios cuando nuestros cuerpos

fueran destruidos y los espíritus liberados? Y, ¿para qué te iban a dar la orden de hacer algo por ellos si quieren asesinarte?

Buenas preguntas.

—No tengo respuestas que darte. Ni siquiera sé cómo voy a hacer lo que me han

pedido. Esas mujeres son inocentes. Dos son jóvenes, de unos veinte años, la tercera tiene cuarenta y tantos años y la cuarta es abuela. Probablemente, hace galletas para los vagabundo» en su tiempo libre.

Nicolás había buscado a las turistas y las había encontrado en un hotel de Buda

después de salir del Olimpo. Al verlas en carne y hueso, su horror se había intensificado.

—No podemos esperar. Tenemos que actuar rápida-' mente —dijo Mamoru—. No

podemos permitir que esos Titanes dicten nuestras acciones, o intentarán hacerlo una y otra vez. Seguro que podemos dar con una solución.

Nicolás pensaba que tendrían mejor suerte intentando encontrar un modo de arreglar

los despojos rasgados y quemados de su alma cuando matara a aquellas mujeres. Incluso eso le parecía difícil.

Los dos amigos se quedaron en silencio durante un largo rato, pensando en todas sus

opciones. O más bien, en la falta de ellas. Finalmente, Nicolás sacudió la cabeza y se sintió como si acabara de acoger a otro demonio en su interior. La fatalidad...