5

En algún momento de aquella interminable noche, Serena se puso en pie y palpó las

paredes de la celda. Le dolía el tobillo a cada paso que daba. Era el recordatorio de todas las horas que había pasado subiendo las montañas cubiertas de nieve del exterior del castillo, y de la esperanza que había perdido con seis movimientos de una espada.

Su búsqueda de escapatoria fue infructuosa. No había ventanas ni ningún túnel por el

que lanzarse, como si fuera Alicia en el País de las Maravillas. En algún momento había perdido el teléfono móvil, aunque no pensaba que tuviera cobertura en el calabozo de un castillo.

A medida que pasaba el tiempo, la oscuridad se cerró más y más a su alrededor.

Sólo quería regresar a casa, pensó mientras volvía a acurrucarse en el suelo. Quería

olvidar aquella experiencia. Podía vivir con las voces a partir de aquel momento, viviría

con ellas. Intentar silenciarlas le había costado muy caro. Quizá, su trabajo. Su amistad con Black. Seguramente, una parte de su cordura. Nunca volvería a ser la misma. La cara sin vida de Darién la obsesionaría durante! el resto de su vida. Oh, Dios. Se le derramaron las grimas por las mejillas.

«Por favor, dejad que me vaya», balbuceó una voz «Por favor. Lo juro, nunca volveré».

«Yo tampoco», pensó ella. — ¿Has estado aquí toda la noche, mujer? Pasó un momento hasta que Serena consiguió orientarse. Aquella voz..., juraría que provenía del presente, no del pasado. Aquel sonido áspero y retumbante resonaba en sus oídos. —Contéstame,

Serena.

Pasó otro momento antes de que se diera cuenta dé| que era la voz que tenía grabada

en la mente, aunque sólo la hubiera oído unas cuantas veces. Luchó por ver' algo en la oscuridad..., pero no encontró nada. —Serena, contéstame.

—¿Darién? —preguntó ella. No. No podía ser. Tenía que ser un truco.

—Responde a la pregunta.

De repente, se abrió la puerta, y la luz iluminó la celda. Serena parpadeó contra los

puntos anaranjados que le nublaban la vista. Había un hombre en el vano, una sombra alta y negra.

El silencio, un silencio dulce que sólo había conocido una vez, la envolvió.

Apoyó las palmas de las manos contra el muro que había tras ella y se puso en pie

muy despacio. Le temblaban las rodillas. Él no era..., no podía ser... No era posible. Aquello sólo ocurría en los cuentos de hadas.

—Contesta —insistió la figura.

Había cierta violencia en su tono de voz en aquel momento, como si hablara con dos

voces. Ambas oscuras, espesas y atronadoras.

Serena abrió la boca para hablar, pero no emitió ningún sonido. Aquella doble voz era

gutural, turbulenta y, sin embargo, sensual. Darién. No se había equivocado.

Estremeciéndose, se limpió las lágrimas de las mejillas con el dorso de la mano.

—No lo entiendo —dijo. « ¿Estoy soñando?».

Darién... No, el hombre, porque aquél no podía ser Darién por mucho que se

parecieran sus voces, entró en la celda. ¿Cómo podía ser aquello?

Un gemelo.

Serena abrió los ojos de par en par. Un gemelo. Claro. Por fin algo que tenía sentido.

—Han matado a tu hermano —le dijo.

—Yo no tengo hermanos —respondió él—. No de sangre.

—Pero... pero...

«Darién se pondrá bien», le había dicho el hombre guapísimo. Ella sacudió la cabeza.

Era imposible. Lo había visto morir. «Sin embargo, un ángel podía resucitar, ¿no?». Se le formó un nudo en el estómago. Los hombres de aquella casa no eran ángeles, por mucho que lo creyeran los habitantes de la ciudad.

Él frunció el ceño.

—¿Te han dejado aquí toda la noche? —preguntó, con una expresión cada vez más

oscura, mientras miraba a su alrededor en la celda—. Dime que te han dado mantas y agua, y que se las han llevado esta mañana.

Ella no podía dejar de temblar.

—¿Quién eres? ¿Qué eres?

—Ya sabes quién soy.

— Pero no puedes ser él. Mi Darién ha muerto.

—¿Tu Darién? —Preguntó él, y algo fiero brilló en su mirada—. ¿Tuyo?

Ella alzó la barbilla y no respondió.

Los labios del hombre se curvaron levemente hacia arriba, como si quisiera sonreír.

Alargó la mano y la llamó.

—Ven. Te lavarás, entrarás en calor y comerás algo. Después yo... te explicaré.

Aquel titubeo le dejó claro a Serena que no iba a explicarle nada. Tenía otra cosa en la

cabeza, y su tono de voz sugería que iba a ser intenso. Ella permaneció inmóvil. Estaba muy asustada.

—Deja que vea tu abdomen.

Él chasqueó los dedos.

—Vamos.

—No.

—Vamos.

Ella sacudió la cabeza.

—Voy a quedarme aquí hasta que me muestres el estómago.

—No voy a hacerte daño, Serena.

—Tú no puedes ser mi Darién. Es imposible.

—Es la segunda vez que me reclamas como tuyo.

—Lo... lo siento.

No sabía qué decir. Darién la había salvado de las voces, al menos durante un breve

rato. Ella lo había visto morir. Estaban conectados. Era suyo.

—No lo sientas —dijo él, casi con ternura—. Soy Darién. Ahora, ven.

—No.

Cansado de negativas, él se acercó.

—Te llevaré al hombro si es necesario, como hice anoche. Si me veo obligado a

hacerlo, sin embargo, no puedo asegurarte que salgas de esta celda con la ropa puesta. ¿Lo entiendes?

Extrañamente, aquellas palabras fueron embriagadoras, cuando deberían haber

resultado intimidantes. Eran reconfortantes, cuando deberían haber sido aterradoras. Sólo Darién sabía la forma en que la había llevado al castillo. La había bajado del hombro y la había tomado en brazos antes de entrar por la puerta y comenzar a gritar a sus asesinos.

— Por favor —dijo ella—. Enséñame tu abdomen.

Finalmente, él suspiró.

—Parece que soy yo el que no va a salir de aquí con la ropa puesta.

Tomó el bajo de su camiseta negra y, lentamente, lo levantó.

—Querías mirar, así que mira —le dijo con impaciencia y resignación.

Serena bajó la vista centímetro a centímetro. Vio un cuello musculoso en el que latía

desenfrenadamente el pulso. Unas clavículas cubiertas de tela negra. Vio una de sus manos grandes sujetando la tela de la camiseta justo encima de su corazón. Sus tetillas eran diminutas, marrones y duras. Tenía la piel bronceada de un modo sobrenatural, como ella había admirado en el bosque, y estaba hecho de músculos.

Y entonces, Serena lo vio. Vio seis heridas recubiertas de costra. No tenían puntos;

estaban enrojecidas e inflamadas. Dolorosas.

Ella inhaló bruscamente. Casi en trance, alargó la mano. Con las yemas de los dedos,

rozó la herida que le atravesaba el ombligo. La costra era áspera y cálida. Ella notó

pequeñas descargas eléctricas subiéndole por el brazo.

—Darién —jadeó.

—Por fin —murmuró él, retirándose como si ella fuera una bomba a punto de

explotar. Se bajó la camiseta y tapó las heridas—. ¿Contenta? Estoy aquí, soy de verdad.

—¿Cómo es posible? No eres un ángel. ¿Significa eso que eres un demonio? Eso es lo que dice alguna gente sobre tus amigos y sobre ti.

—Cuanto más hablas, más te comprometes. ¿Quieres venir conmigo?

—Darién, yo...

—Te he enseñado el abdomen. Dijiste que vendrías conmigo si lo hacía,

¿Le quedaba otra elección? — Bien. Te acompañaré.

—No intentes escapar. No te gustaría lo que podría pasar.

Con un movimiento fluido, él se dio la vuelta y salió del calabozo.

Serena lo siguió, cojeando, haciendo todo lo posible por mantenerse cerca de él.

—No has contestado a mi pregunta. Si eres un demonio, puedo aceptarlo. De veras. No me voy a asustar ni nada parecido. Sólo quiero saberlo para poder prepararme.

No hubo respuesta.

—Nada de conversación —respondió él sin aminorar el paso mientras subían por las

escaleras—. Quizá más tarde.

Más tarde. No era lo que ella hubiera deseado, pero era mejor que nada. —Te tomo la

palabra.

Se tropezó y se encogió al sentir un agudo dolor en el tobillo.

Darién se detuvo bruscamente. Antes de que ella se diera cuenta, se chocó contra su

espalda y dio un grito de susto. Al instante, sintió un calor, un cosquilleo.

—¿Te has hecho daño?

—No.

—No me mientas.

—Me torcí el tobillo anoche —admitió Serena en voz baja.

Sus rasgos se suavizaron mientras la recorría lentamente con la mirada. Se detuvo en

sus pechos, en sus muslos. A ella se le puso la piel de gallina. Era como si la estuviera

desnudando prenda a prenda, dejándola sin nada. Y a ella le gustó. El corazón le latía

aceleradamente en el pecho. Sintió humedad entre las piernas.

De repente, ya no le importaban las respuestas, el dolor del tobillo ni el entumecimiento. El estómago se le encogió de necesidad. Tenía calor. Quería que la

abrazara, que la reconfortara, que la abrazara.

Un instante después se dio cuenta de que estaba alargando los brazos hacia él.

—No me toques —dijo Darién, y dio un paso hacia atrás para poner distancia entre

ellos—. Todavía no.

Ella bajó los brazos con decepción. «Ni respuestas, ni caricias», pensó, intentando

contener el placer que sentía al estar por fin cerca del hombre que le había consumido el pensamiento durante toda la noche. Su calor, el silencio... Una combinación letal para el sentido común.

Lo único que necesitaba, lo único que quería, era una caricia. Sin embargo, él estaba

decidido a negársela.

— ¿Y respirar? ¿Puedo respirar?

Los labios de Darién se curvaron otra vez y, la leve sonrisa suavizó la fiereza de su

rostro.

—Si lo haces silenciosamente.

Ella entornó los ojos.

-Vaya, eres un encanto. Muchas gracias

Aquella sonrisa se hizo enorme, y su fuerza le cortó el aliento a Serena. Era muy guapo

Absolutamente hipnotizante. Serena se vio de nuevo atrapada en su trampa… ¿Como

conseguía hacerle eso? Y de nuevo alargó la mano sin pensar. Deseaba sentir la chispa del contacto. Deseaba... deseaba...

Él sacudió la cabeza con vehemencia. Ella se quedó inmóvil, molesta con él, consigo

misma.

—Hay algo que necesito antes de que comience el contacto.

—¿Qué es?

— No importa. Lo que importa es que no me has contestado. ¿Has estado en la celda

toda la noche?

—Sí.

— ¿Te han dado de comer?

—No.

— ¿Y mantas?

—No.

— ¿Alguien te ha hecho daño? —inquirió él, y un músculo se le movió en la mandíbula,

una, dos veces.

Ella se quedó confusa.

—Sí, claro.

— ¿Quién?

La cara de Darién comenzó aquel extraño cambio, y bajo su piel apareció la máscara

de un esqueleto. Incluso sus ojos cambiaron. El zafiro se volvió negro y después un rojo que brillaba espantosamente.

A Serena de le hizo un nudo en la garganta. « ¿Qué haces aquí parada? ¡Corre!»

La expresión de Darién se torció como si supiera lo que ella quería hacer.

—No —le dijo—. Lo único que conseguirías es enfurecerme más. Esto pasará en un

momento. Ahora dime quién te tocó.

—Todos —respondió ella—, creo. Pero tuvieron que hacerlo. Era la única manera de

que pudieran meterme en la celda.

Él se relajó, aunque sólo un poco. La imagen esquelética y el brillo rojo se

desvanecieron.

—¿No te tocaron sexualmente?

Ella negó con la cabeza y también se relajó un poco.

— Entonces les perdonaré la vida —dijo Darién. Después se olvidó de su propia

regla, le puso las manos en las sienes y la obligó a que fijara la atención en su cara.

Ella experimentó aquel cosquilleo eléctrico de nuevo y sintió su respiración caliente

en la nariz. Darién era tan grande que a su lado parecía diminuta, y tenía los hombros tan anchos que la abarcaban por completo.

—Serena —dijo con ternura.

Aquel rápido cambio, de bestia a caballero preocupado, era asombroso.

—No quería hablar de esto todavía, pero creo que debo oír tu respuesta ahora.

Anoche maté a esos cuatro hombres. Los que te seguían.

—¿Que me seguían? —preguntó ella. ¿Acaso la había encontrado alguien del Instituto, después de todo? ¿Y habían...? El resto de las palabras apenas se registró en su mente, porque sintió un escalofrío—. ¿Los has matado?

—Sí.

— ¿Cómo eran? —preguntó ella, horrorizada. Si el doctor Black había muerto por

su culpa... Apretó los labios para reprimir un gemido de dolor.

Darién describió a los hombres. Eran guerreros altos y fuertes. Ella se relajó

lentamente. La mayoría de los empleados del Instituto eran mayores, como Black.

Muchos de ellos eran pálidos, con poco pelo y gafas, y con los ojos debilitados de mirar constante» mente los monitores de los ordenadores. Sintió un inmenso alivio, pero también culpabilidad: la noche anterior habían muerto cuatro personas. No debería importarle si los conocía o no.

—¿Y por qué hiciste algo semejante?

—Iban armados y estaban preparados para la batalla. Tenía que elegir: o los mataba

yo o me mataban a mí.

Lo dijo sin la más mínima señal de remordimiento. Claramente, su salvador hablaba

como un soldado veterano. .. o como un asesino cruel y frío, parecido a sus compañeros.

No dudaban en asesinar.

Entonces ¿por qué seguía deseando que la abrazara? Fuera cual fuera la emoción que Darién leyó en su semblante, respondía la pregunta que éste no había llegado a formular.

Él frunció el ceño y apretó los labios. ¿Con desagrado? ¿Por qué?, se preguntó Serena.

Antes de que pudiera observarlo mejor, él se dio la vuelta y subió dos escalones más.

—Olvida que lo he mencionado —dijo. —Espera.

De un salto, Serena se acercó a él, pese al dolor del tobillo, y lo agarró por el brazo.

Él se detuvo. Se puso muy rígido, y después volvió la cabeza y gruñó mirándole los

dedos.

—Lo siento —susurró ella, y apartó la mano. Nada de tocarse, recordó—.Darién...

-¿Sí?

—No te enfades, pero ya es más tarde, así que voy a volver al tema original. ¿Qué

eres? Yo he respondido tus preguntas, así que por favor, responde tú a la mía. Él no lo hizo.

Se quedó mirándola.

Entonces Serena comenzó a hablar nerviosamente.

—Mira, hay todo tipo de criaturas poco corrientes en el mundo. Nadie lo sabe mejor

que yo. ¿Te he mencionado que sé que existen los demonios? Sólo quiero saber a lo que me estoy enfrentando en este castillo.

Él bajó un escalón para acortar la distancia que los separaba. En respuesta, ella bajó

otro para volver a ampliarla.

—No hagas más preguntas. Te vas a bañar, vas a comer y a descansar. Estás muy

sucia, te tambaleas a causa del hambre y tienes unas ojeras muy profundas. Después,

podremos... hablar.

De nuevo aquella vacilación. Ella se quedó desconcertada y tragó saliva.

—Si te pidiera que me llevaras de vuelta a la ciudad, ¿qué me dirías?

—Que no.

«Eso me parecía». A ella se le hundieron los hombros. Por mucho que deseara a aquel hombre, o quizá por lo mucho que lo deseaba, tenía que empezar a comportarse como un ser humano racional... y escapar.

Darién arqueó una ceja.

—¿Voy a tener que encerrarte otra vez, Serena? — preguntó, como si le hubiera leído

el pensamiento—. ¿Es que quieres marcharte porque tienes que hablar con alguien? ¿Hay alguien ansioso por saber dónde estás?

—Mi jefe —respondió ella con sinceridad.

—¿Quién es tu jefe?

¡Como si ella fuera a decírselo y a poner en peligro la vida de un hombre inocente! En

vez de responder, hizo acopio de valor y dijo:

—Deja que me vaya, por favor, Darién.

—Anoche te dije que volvieras a la ciudad, y te negaste a hacerlo. Me seguiste, me

llamaste a gritos. ¿Te acuerdas?

A Serena le resultaba amargo recordarlo. —Un momento de locura.

— Bueno, pues ese momento de locura sentenció tu destino, mujer. Vas a quedarte

aquí.

Darién acompañó a Serena a su dormitorio. Él ya había limpiado la sangre del suelo,

había tirado el colchón sucio y lo había sustituido por otro de los de re-puesto que había en la habitación contigua. Para adelantarse a la seducción, le había preparado un baño de agua caliente, había dejado una bandeja de fiambres y quesos, había abierto una botella de vino y había puesto sábanas limpias, secadas al sol.

Nunca había invertido tanto esfuerzo en un encuentro sexual, pero había oído hablar

a Jedite sobre cómo se derretían las mujeres con aquellas atenciones.

Darién no se había dado cuenta de que Darién pasaría toda la noche en una celda, ni

de que necesitaría de verdad sus cuidados, «gracias» a sus amigos. Apretó los puños.

«Su comodidad no importa». No estaba seguro de dónde provenía aquel pensamiento,

si del demonio o de sí mismo. Sólo sabía que era mentira.

—Báñate, cámbiate de ropa y descansa —le dijo—. Nadie te molestará. ¿Necesitas

algo más?

Ella asintió.

—La libertad no estaría mal.

—Aparte de eso.

—¿Podrías borrar mis recuerdos de los últimos días?

—Aparte de eso —repitió él. No le había gustado nada que ella quisiera olvidarlo.

Serena suspiró.

—No. Entonces no hay nada más.

Darién sabía que debía salir del dormitorio para que ella pudiera relajarse y seguir

sus instrucciones, pero no tenía ganas de hacerlo. Se apoyó contra el quicio de la puerta.

Ella permanecía en el centro de la habitación, con los brazos cruzados sobre el abdomen, tirándose de la chaqueta rosa que llevaba para abrigarse. A él se le hizo la boca agua.

— ¿Has hecho esto con muchas mujeres? —preguntó Serena en tono despreocupado.

—Hacer ¿qué?

—Encerrarlas.

—No. Tú eres la primera.

— ¿Y qué tienes pensado para mí, ya que soy una chica especial?

—El tiempo lo dirá —respondió él con sinceridad.

Una sombra de preocupación oscureció el rostro de Serena

— ¿Cuánto tiempo?

—Tendremos que descubrirlo juntos.

Ella frunció el ceño.

—Eres el hombre más críptico que he conocido en mi vida.

Darién se encogió de hombros.

—Me han dicho cosas peores.

—De eso estoy segura —murmuró ella.

Ni siquiera aquel insulto hizo que Darién se fuera. Sólo un ratito más...

—No sabía que comida te gustaría más, así que te he traído un poco de todo lo que

teníamos en la cocina. Me temo que no hay mucho donde elegir.

— Gracias — respondió Serena. Después, se enfadó—. No sé por qué soy amable

contigo. Mira lo que me estás haciendo.

—¿Ocuparme de ti?

Ella se ruborizó y apartó la mirada.

—¿Perteneces a algún hombre, Serena? — preguntó él de repente. Odiaba aquella

idea.

— No entiendo tu pregunta. ¿Si estoy casada? No. ¿Si tengo novio? Tampoco. Pero sí

tengo amigos, y gente que se preocupan por mí — Añadió rápidamente, al darse cuenta de que se había puesto en una situación vulnerable —. Me buscarán — insistió, al ver que él no respondía.

—Pero no te encontrarán — respondió Darién. Los cuatro de la noche anterior no

habían conseguido subir a la colina. Los demás tampoco lo conseguirían.

Ella se llevó la mano a la garganta y con el movimiento atrajo la atención de Darién a

su pulso. ¿Por qué se sentía tan embelesado por los latidos de su corazón, tan deseoso de acariciarla?

—No quería asustarte —explicó.

—No te entiendo — gimoteó ella.

Él tampoco se entendía a sí mismo. Y, cuanto más tiempo pasaba hablando allí con

Serena, menos sentido tenían las cosas. Se irguió.

—Báñate. Volveré más tarde — dijo, y sin darle oportunidad de responder, salió al

pasillo y cerró la puerta sin mirar atrás.

Era mejor así. Desde el instante en que había preguntado si pertenecía a algún

hombre, el demonio había empezado a removerse dentro de él, ansioso de pelea. Si se quedaba, la tocaría. Sí la tocaba, la tomaría. Sin embargo, no quería arriesgarse a fundir los cuerpos y a que un beso abrasador se convirtiera en un mordisco, o a que hubiera golpes demasiado fuertes.

Aquella mujer delicada que había dentro de su habitación no sobreviviría.

—Maldita sea —gruñó.

Serena era, sin duda, la humana más dulce que había conocido. Se le hacía la boca

agua. Su cuerpo atormentado lloraba por ella. No quería hacerle daño, por mucho que ella hubiera admitido que conocía la existencia del demonio. Sólo un Cazador o un cebo podían conocerla. Sin embargo, él no quería otra cosa que darle placer.

Además, estaba enfurecido con sus amigos por haberla tenido toda la noche en el

calabozo. Cuando había abierto la puerta de la celda y había visto la cara sucia y la

expresión de miedo de Serena, había tenido ganas de matar a alguien. Había conseguido reprimir el impulso diciéndose que pronto estaría tendida en su cama, desnuda, abierta para él. Aunque aquello había conseguido calmarlo, no había calmado al demonio; sólo había servido para incitarlo más.

En aquel momento, Violencia necesitaba una vía de escape para su rabia creciente.

Sólo entonces, él podría acariciar a Serena sin miedo a romper su cuerpo frágil.

Cuerpo... Serena... Dos palabras que lo excitaban si se usaban en la misma frase. Era

luminosa, era todas las fantasías que él pudiera tenido hechas realidad, y tenía la intención de saciarse dentro de ella, una y otra vez.

Pronto, ella desearía lo mismo.

El deseo brillaba en los ojos de Serena cuando lo miraba y, constantemente, había

intentado tocarlo, tener algún tipo de contacto físico con él. Darién había incluso

percibido el olor de su excitación, un perfume de pasión, inocencia y miel. Sin embargo, la asustaba, y el miedo superaba su deseo.

«Deberías estar contento de que un cebo te tema», se dijo Darién para sus adentros.

Debería, pensó con desdén. Cómo estaba empezando a odiar aquella palabra.

No obstante, tenía que pensar detenidamente en si ella era o no un cebo.

Cuando él había mencionado a los cuatro humanos que la seguían por la colina,

Serena había mostrado una sorpresa que parecía verdadera. Se había quedado

horrorizada por lo que él había hecho, cierto, pero a la mayoría de las humanas le

horrorizaba la guerra y las matanzas.

Había algo que resultaba asombroso: Serena había admitido libremente que conocía

la existencia de los demonios. El no había tenido que torturarla para conseguir la

información. ¿Por qué iba a hacer algo así un cebo voluntariamente? ¿Por qué no había fingido que pensaba que él era humano para conseguir que bajara la guardia?

Hasta el momento, no había intentado sacarlo de la fortaleza, ni tampoco había

intentado dejar entrar a alguien. Sin embargo, no había tenido capacidad de movimiento para hacerlo. Y no iba a tenerla.

Lo que más lo confundía de todo, no obstante, era que ella hubiera intentado salvarlo

de sus amigos. Salvar a alguien a quien se quería hacer daño era ridículo. Además, Serena podía haberse hecho daño. Era una contradicción andante, para el mundo en blanco y negro de Darién.

Al día siguiente se encargaría de averiguar la verdadera razón por la que ella estaba

allí. Sin embargo, aquel día estaba destinado a otras cosas.

Se encaminó hacia la habitación de entretenimiento en busca de los demás. El espíritu

ronroneó de impaciencia. A Darién le dolía el cuerpo por el ansia de pelear, pero no

encontró a nadie en la sala, ni tampoco en las habitaciones de sus compañeros. Después de recorrer toda la fortaleza estaba tan frustrado que se puso a gritar.

—¿Dónde estáis todos?

Dio un puñetazo en la pared, y después otro, con tanta fuerza que dejó muescas. Se

había machacado los nudillos y le latían de dolor, pero un dolor bueno, un dolor que hacía que el espíritu ronroneara de felicidad.

—¿Qué estás haciendo? ¿Estás rompiendo las paredes en vez de arreglarlas?

Darién oyó aquella voz familiar y se volvió. La sangre le caía de las manos, cálida y

estimulante. Nicolás estaba al final del pasillo. La luz entraba a raudales por un ventanal y dibujaba su silueta poderosa. Uno de los rayos de sol incidía directamente sobre su pelo Castaño y lo convertía en una corona brillante que iluminaba su piel.

Y como si la hubieran golpeado, como si no la hubieran calmado, Violencia despertó a

la vida con un aullido. Darién señaló a su amigo con el ceño fruncido.

—La dejasteis ahí abajo.

—¿Y qué?

El demonio negro que Nicolás llevaba tatuado en el cuello también despertó de su

letargo. Parecía que había parpadeado. Y parecía que la saliva chorreaba de sus colmillos afilados.

—¿Ha hablado?

—¿De qué?

—Del motivo por el que está aquí.

—No.

—Entonces deja que le pregunte yo.

— ¡No!

Serena ya estaba lo suficientemente asustada.

—¿Dónde está ahora? —preguntó Nicolás.

—No es asunto tuyo. Sin embargo, alguien va a pagar por el estado en que la encontré.

Los ojos color azules de su amigo, tan idénticos a los suyos, como si los dioses

hubieran estado demasiado cansados como para crear algo distinto, se abrieron

desmesuradamente debido a la sorpresa

.

—¿Por qué? ¿Qué significa esa mujer para ti?

—Es mía —fue la única respuesta que Darién pudo dar—. Es mía.

Nicolás se pasó la lengua por los dientes. —No seas idiota. Es un cebo.

—Quizá —dijo Darién. Probablemente. Comenzó a caminar hacia delante. Estaba

hirviendo, hambriento. ..—. En este momento no me importa.

El otro guerrero se acercó también, igualmente furioso.

—Pues debería. Y traerla aquí ha sido un error.

Darién lo sabía, pero no iba a disculparse. Volvería a hacerlo si le dieran la

oportunidad.

—Llévala a la ciudad y bórrale los recuerdos —dijo Nicolás—. De lo contrario, tendrá

que morir. Ha visto y ha oído demasiado, y no podemos permitir que informe a los

Cazadores.

—Preferiría herirte a ti.

El demonio tatuado extendió las alas. Estaba completamente despierto, y Nicolás

sonrió lentamente.

—De acuerdo, pero tú tendrás que arreglar lo que has roto.

— Y tú tendrás que limpiar.

— Como si me importara. ¿Vamos a empezar o sólo vamos a hablar de ello?

—Claro que vamos a empezar. Ahora mismo.

Darién dio un salto.

Nicolás también. Chocaron en el aire.