6
Un puñetazo, un gruñido de dolor. Esquivar el golpe, otro puñetazo.
Darién le dio un fuerte golpe a Nicolás en la mejilla y este se tambaleó hacía un lado
con otro gruñido. Sin embargo, un segundo después, se vengó con un buen gancho de
izquierda en la mandíbula de Darién, al cual le rechinaron los dientes y se le llenó la boca de sangre. El gusto era metálico pero dulce, y en parte, sació la sed del espíritu.
Estaba sonriendo cuando le clavó la rodilla en el estómago a su contrincante. El
guerrero se dobló hacia delante, resollando. Más. Necesitaba infligir más daño. Antes de que Darién pudiera darle con el codo en la cabeza, Nicolás se echo hacia adelante con un aullido salvaje, rodeó a Darién con los brazos y lo tiró al suelo. Rodaron para conseguir la posición dominante; volaron los puños, chocaron las rodillas. Los codos se golpearon.
Darién silbó cuando Nicolás volvió a golpearlo en la boca. La sonrisa se le borró de los
labios y el interior de la mejilla se le desgarró. Noto otro chorro de sangre por la garganta.
—¿Era eso lo que querías? — rugió Nicolás.
Darién atrapó el cuello de su amigo con una mano y Nicolás jadeó. Su piel comenzó a
ponerse de color azul.
—¿Era esto lo que querías? — preguntó a su vez Darién.
Nicolás estaba luchando por respirar y el aprovechó que lo tenía inmovilizado para
darle otros cuatro golpes, todos ellos en el rostro. Uno en el ojo, otro en la nariz, otro en la mandíbula, el último en la sien. «No más Violencia por hoy», se decía inútilmente a cada golpe. «No más Violencia».
« ¿Estás seguro? », preguntó el espíritu de un modo seductor.
Darién entrecerró los ojos y lanzó otro puñetazo «mátalo».
— ¡No! — gritó, y sólo entonces se dio cuenta que no había domesticado en absoluto
al demonio. Ni siquiera un poco. Se quedó inmóvil, jadeando, sin saber qué hacer. No podía ir así al encuentro de Serena, sediento de sangre y más agresivo de lo que era
generalmente.
—Oh, sí.
Lleno de cortes y magulladuras. Nicolás rugió y le hundió el puño a Darién en el ojo
derecho. El dolor le explotó en la cabeza cuando los añillos de Nicolás golpearon una vena.
La visión se le oscureció momentáneamente. Algo húmedo comenzó a derramársele por la cara y finalmente, la voz sádica se acalló.
Quizá necesitara someter al espíritu a golpes. Feliz de complacerlo, abrid los brazos
para aceptar el siguiente golpe.
Nicolás no lo decepciono. El guerrero le dio una patada en el estómago y Darién cayó
hacia atrás. En cuanto toco el suelo, Nicolás se colocó sobre él, y le sujeto los hombros con las rodillas con una expresión de demoniaca satisfacción en los ojos, mucho más amenazante que el tatuaje que tenía en el cuello.
—¿Quieres más? —pregunto.
—Más.
Un puñetazo. La cabeza de Darién se giro bruscamente hacia la izquierda. Puñetazo.
Vuelta hacia la derecha. Puñetazo. El cartílago de su nariz crujió.
« ¡Golpéame! ¡Más fuerte! ¡Más fuerte!».
A cada golpe, el espíritu se hundía más y más. Ira contra Violencia, pensó Darién, y
Violencia se había acobardado. La idea de vencer a Violencia le producía casi un clímax sexual. Sonrió, pensando que así debía de sentirse Endimión cuando se infligía heridas a sí mismo para sentir dolor. Feliz en el sufrimiento. Desesperado por conseguir más.
Al recibir otro golpe, los dientes le mordieron la lengua. La lengua se le hincho.
«Ahora no podre besar a Serena», se dijo.
«No tienes que besarla para acostarte con ella», le dijo el demonio, y fue suficiente
para provocarle un ataque de furia.
« ¡Ya basta!». Él quería besar a Serena. Quería probar su sabor en la boca mientras ella se retorcía contra él. Y lo conseguiría. Mientras lo devoraban las llamas, aquella noche interminable, no había podido pensar en otra cosa.
Otro puñetazo.
—i Nicolás! ¿qué estás haciendo?
Darién oyó la voz de Mamoru desde el pasillo. —Darle a Darién lo que necesita.
Puñetazo.
— ¡Basta!
—No.
El golpe siguiente se hundió más fuerte y más profundamente en la sien de Darién,
haciendo que le retumbara el cerebro.
—No pares — dijo Darién a Nicolás. Un poco más, y quizá el espíritu se mantuviera
escondido durante el resto del día.
— ¡Basta! —Repitió Mamoru—. Ahora mismo, o esta noche te llevare al infierno con
Darién.
Al instante, cesaron los puñetazos. Era una amenaza que Mamoru podía cumplir con
facilidad.
Nicolás estaba jadeando, y Darién también. Estuvo a punto de agarrar a Nicolás por la muñeca y obligarlo a que siguiera golpeándolo. Quería, necesitaba más. No podía
arriesgarse. Si debía recibir golpes hasta que no pudiera moverse, se dejaría pegar.
No quería hacerle daño a Serena.
Todavía no, al menos.
De mala gana, Nicolás se levantó y le ofreció la mano a Darién para ayudarlo a
incorporarse. Con la misma renuencia, Darién la acepto y pronto estuvo en pie. Juntos, se enfrentaron a Mamoru.
No había ninguna emoción en los ojos de Mamoru mientras los observaba. Darién se
paso la mano por la cara golpeada y encontró cortes que deberían haber sido suturados si hubiera sido humano.
—¿Quiere decirme alguien que ha pasado?
—Estamos probando una nueva técnica de lucha — dijo Darién, con los labios
hinchados. Por una vez, el espíritu se mantuvo callado. El casi se sentía normal. Darse
cuenta de ello le resulto tan maravillosamente increíble que sonrió.
—Exacto. Una nueva técnica — dijo Nicolás, y le paso un brazo por los hombros. Tenía uno de los ojos cerrados, y el labio inferior partido.
Darién sabía que en menos de una hora, sus heridas estarían totalmente curadas. La
inmortalidad tenía sus ventajas.
¿Volvería Violencia a su cuerpo cuando estuviera sano?
Mamoru iba a responder, pero Darién alzo la palma de la mano.
—No quiero oír tus quejas. Dejasteis a Serena en el calabozo. Deberías darles gracias a los dioses de que no me tire a tu garganta.
—Hicimos lo necesario para que se mostrara más dócil —dijo Mamoru, y en su tono de voz no había ningún ánimo de disculpa.
Darién se puso tenso al notar una oleada de ira. Sin embargo, era una ira muy
normal, que no le obligaba a hacer cosas terribles. Milagroso.
—Te pedí solo dos cosas. Y no has hecho ninguna de las dos.
—Me pediste que la mantuviera con vida e intacta. Ambas cosas se han cumplido —
replico Mamoru.
Cierto, pero ella estaba asustada y helada, y por algún motivo, eso le hacía mas daño
que los puños de Mamoru. Era tan menuda, tan delicada...
—Yo no podía ocuparme de sus necesidades. Deberías haberlo hecho tú — le dijo a su amigo.
—Mira, en este momento tu mujer no importa — dijo Mamoru —. Desde tu última
muerte han ocurrido muchas cosas...
—¿Que no importa? Si se enferma...
Los bordes de su ira se convirtieron en puntas afila-das que provocaron al espíritu.
Después de todo, no debía de estar completamente vencido, porque Darién se dio cuenta de que su cuerpo se tensaba y se preparaba para la guerra.
Al demonio le gusto. «Mátalo. Quiere quedarse con lo nuestro».
Si, necesitaba matar. La sangre le hervía. Su piel se estiraba sobre los huesos.
—No te escucha — le dijo Nicolás a Mamoru, y le dio a Darién un empujón—. ¿Me oyes a mí?
—Si —respondió Darién entre dientes
.
—¿Cuánto tiempo piensas tener aquí a la mujer? «Todo lo posible», respondió su
mente por voluntad propia.
«Lo que sea necesario», corrigió él.
Tenerla en la fortaleza era peligroso para ella, para él y para los otros Señores. Él lo
sabía, pero no iba a liberarla. No tenía la voluntad ni el deseo. No había nada más
importante que descubrir las delicias que prometía su cuerpo.
De repente, alguien le dio un puñetazo en la nariz y su cabeza exploto de dolor. La
furia se desvaneció. La excitación también. Darién parpadeo con confusión y miro a
Nicolás.
—¿Por qué has hecho eso?
—Tu cara no era tu cara, sino la de Violencia — le dijo Mamoru, sacudiendo la cabeza.
Tenía una expresión Cansada—. Estabas a punto de estallar.
—Tienes que controlarte, Darién —dijo Nicolás con exasperación—. Eres como una
espada de Damocles, preparada para caer en cualquier momento y cortarnos a todos.
—Eso suena gracioso viniendo de ti — respondió Darién secamente
.
— ¿Dónde está la chica ahora? — quiso saber Mamoru.
—En mi habitación —respondió Darién.
— ¿La has dejado sola en la habitación? — Inquirió Nicolás, y lanzo los brazos al aire—.
¿Por qué no le da un cuchillo y le dices que nos apuñale?
—La encerré. No puede causarnos problemas.
—Puede que sepa forzar la cerradura — dijo Mamoru, mientras se frotaba la nuca—.
Quizá en este mismo momento este dejando pasar a los Cazadores.
—No. Yo los mate.
—Pero puede haber más.
Mamoru tenía razón, y Darién lo sabía.
—Está bien. Comprobare que sigue donde la deje, y sola.
Cuando comenzó a andar, Mamoru y Nicolás lo siguieron. Por el rabillo del ojo, vio que
Nicolás sacudía los brazos y un par de cuchillos caían en sus manos.
No se había dejado dominar por su demonio durante la pelea, después de todo.
Darién se dio cuenta de que, de lo contrario, su piel estaría hecha jirones en aquel
momento.
Sintió una punzada de culpabilidad. ¿Había luchado Nicolás solo para ayudarlo?
—Nadie toca a la chica —dijo él, y su culpabilidad se intensificó. Debería ser más leal
con sus amigos—. No importa lo que averigüemos, es mía. ¿Entendido? Yo me encargare de ella.
Hubo una pausa tensa mientras los otros dos hombres pensaban en su respuesta.
—De acuerdo —dijo Mamoru con un suspiro.
Nicolás permaneció en silencio.
—Es mi habitación. Puedo entrar solo y dejaros fuera...
—Está bien —dijo Nicolás —. Es tuya. Aunque sé que no vas a hacer lo que deberías...
Pero los Cazadores serán ejecutados al momento.
—De acuerdo.
—¿Que ha hecho ella para que sientas tanta lealtad?
Pregunto Mamoru con curiosidad.
Darién no conocía la respuesta. Ni siquiera quería conocerla.
—Creo que a nuestro amigo se le ha olvidado que el sexo es sexo —dijo Nicolás—. La
persona que lo ofrezca no importa. Esa mujer no es nada especial. Ninguna lo es.
De repente, Darién sintió otra oleada de furia y miro a Nicolásfijamente. Nicolás le
devolvió la mirada y entre ellos hubo una gran tensión.
—No hables así de ella.
—Hablare como quiera.
Darién sabía que, si volvía a oír hablar a su amigo sobre Serena de una manera tan
despectiva, saltaría.
—Por la razón que sea —dijo Mamoru —, esa chica es un detonador. Dile que no
volverás a hablar de ella, Nicolás.
—¿Y por qué? La última vez que lo comprobé, todavía tenía derecho a expresar mis
opiniones.
—Nicolás , tienes que estar cansado de limpiar la sangre de los suelos —dijo Mamoru—.
Piensa en cuanta sangre correrá si los Cazadores están intentando invadir ahora nuestra casa y no les impedimos entrar. Díselo.
—Está bien. No volveré a hablar de la chica. ¿Contento?
Si. Darién se relajo al instante.
—No voy a decirlo, pero sabes lo que estoy pensado, ¿verdad? —pregunto Nicolás con ironía.
Si. Lo sabía. Era peor que Paris.
— ¡Niños! —dijo Mamoru , poniendo en blanco los ojos.
—Mama... —respondió Nicolás con sorna.
Finalmente, los tres hombres se pusieron de nuevo en camino hacia el dormitorio.
Cuanto más se acercaban, mas percibía Darién el olor a miel de Serena Aquel olor era suyo; no era de un jabón ni de un perfume, sino suyo. Darién noto que se le endurecía: cuerpo.
Tuvo la sensación de que llevaba toda la eternidad esperando probar aquella miel.
Miro a sus compañeros. No parecía que ellos percibieran aquel olor dulce que
Impregnaba el aire. Bien. Él quería a Serena por completo, en exclusiva.
Cuando llegaron al umbral, los tres se detuvieron. Nicolás se puso tenso y preparo uno
de sus cuchillos. Su cara se convirtió en una máscara dura, como si se estuviera
preparando para hacer lo que fuera necesario. Mamoru también sacad un arma: un revolver del 45 cargad y preparado.
—Mirad bien antes de atacar — advirtió Darién entre dientes.
Ellos asintieron.
—A la de tres. Uno — susurro, y escucho atentamente.
Al otro lado de la puerta no había ningún sonido. Ni el chapoteo del agua del baño, ni
el suave entrechocar de un plato en una bandeja. ¿Se habría escapado Serena de verdad? Si
lo había hecho...
—Dos...
Se le encogió el estómago. Apretó con fuerza la empuñadura de su cuchillo.
—Tres.
Giro el pomo y abrió la puerta de par en par. Los tres hombres entraron rápidamente,
en silencio, preparados para cualquier cosa. Darién pasó la mirada por la habitación,
asimilando todos los detalles. No había huellas en el suelo. Las ventanas estaban cerradas.
La bandeja de comida, intacta. Había ropa suya fuera del armario, tirada por el suelo.
¿Donde estaba Serena?
Nicolás y Mamoru se separaron mientras el avanzaba sigilosamente junto a la pared del armario, con los sentidos en alerta. Entonces las mantas de la cama se movieron y se oyó un suave gemido.
—Bajad las armas — ordeno Darién con un susurro fiero. La sangre le había hervido
al oír el sonido de aquel suspiro femenino.
Al acercarse a la cama, encontró a la Bella Durmiente. Serena. Ángel, destrucción.
Su pelo color rubio estaba extendido por la almohada blanca. Las pestanas, un poco
más oscuras que el pelo, proyectaban sombras picudas sobre sus mejillas, todavía
manchadas de la porquería del suelo del calabozo. No se había bañado, no había comido.
Debía de haberse quedado dormida en cuanto él la había dejado sola.
—Guapa — dijo Nicolás con una admiración reticente.
«Exquisita», lo corrigió Darién para sus adentros. «Mía». Tenía los labios rojos y
deliciosamente hincha-dos. ¿Se los habría mordido de preocupación? Observo el
movimiento ascendente y descendente de su pecho y, sin poder evitarlo, alargo el brazo para tocarla. Sin embargo, apretó el puño antes de rozarla. De nuevo, su cuerpo se había endurecido como una roca y la necesidad borboteaba en su interior. Una necesidad oscura, intensa, más poderosa incluso que Violencia.
¿Cómo era posible que ella consiguiera aquella res-puesta de él, solo con un suspiro?
Finalmente, extendió los dedos y le acaricio la mejilla con la suavidad de una pluma.
Su piel era suave, pero a él le produjo un cosquilleo eléctrico y, al instan-te, la temperatura de su cuerpo subió otro grado.
Serena abrió los ojos de golpe, como si ella también hubiera sentido el cosquilleo.
De golpe, se incorporo, y la melena le cayó en cascada por los hombros y la espalda.
Con ojos somnolientos, lo miro.
—Darién — susurro.
Se echo hacia atrás hasta que toco el cabecero de metal, y las cadenas repiquetearon
contra los lados de la cama. Eran las cadenas con las que lo ataban todas las noches.
—Darién —repitió ella. Asustada, alucinada..., ¿feliz?
Darién, Mamoru y Nicolás dieron un paso atrás al unísono. Él sabía por qué se movía;
había visto su ruina en los preciosos ojos de Serena cuando sus miradas se habían
encontrado. Sin embargo, no sabía por qué los otros reaccionaban así.
— ¿Que... que estás haciendo? — pregunto ella—. ¿Y qué te ha pasado en la cara? Estas sangrando.
Entonces miro a los otros y gimió.
— ¡No fue suficiente con matarlo anoche! ¿Habéis tenido que golpearlo hoy también?
¡Salid de aquí, asesinos!, ¡Fuera!
Salto de la cama y se interpuso entre Darién y ellos, tambaleándose ligeramente
mientras abría los brazos para mantenerlos alejados. ¿Para protegerlo?
¿Otra vez? Con los ojos muy abiertos, Darién miro a sus amigos, que también tenia
expresión de asombro.
Los actos de Serena eran los de alguien inocente... de alguien que fingía ser inocente.
De todos modos, Darién noto que quería tocarla otra vez. ¿Para sentir consuelo? No, no podía ser. Tenía que ser por deseo. Eso tenía sentido. Él era un hombre, ella era una mujer.
La deseaba.
Pero, ¿se haría aquel deseo más oscuro, tal y como temía?
La tomo del brazo y tiro para que se colocara tras él. Compartió una mirada de
confusión con Mamoru, y después se volvió a mirarla. Antes de que pudiera pronunciar una sola palabra, ella dijo apresuradamente:
—¿Vas a llevarme a la ciudad ahora? Por favor.
¿Y no volver a verla?
—Come — le ordeno —. Lávate. Volveré pronto —dijo. Después, les ladro a sus
amigos —Vamos. Y salió al pasillo. Ellos vacilaron un momento antes de seguirlo.
Después de cerrar la puerta con llave, Darién apoyo la frente contra el muro de piedra y respiro profundamente.
«Esto tiene que parar».
—Nos has traído el problema a casa —dijo Nicolás —. ¿De verdad estaba intentando
protegerte de nosotros?
—No puede ser.
Sin embargo, era la segunda vez que lo había hecho, y Darién estaba más confundido
en aquel momento que antes.
Se irguió y se paso la mano por la cara.
—Déjame marchar, Darién — pidió Serena a través de la puerta—. Me equivoque al
venir. Si sirve de algo, te prometo que no se lo contare a nadie.
—Se que he traído problemas —reconoció Darién a Nicolas.
Su amigo arqueo una ceja.
—¿Y no te vas a disculpar?
Aquello era lo peor de todo, no lo lamentaba.
—Olvida a la mujer por ahora —dijo Mamoru, agitando una mano en el aire—. La has
visto, está bien. No parece que haya dejado entrar a los Cazadores, al menos todavía.
Ahora tenemos algo más importante de lo que hablar. Antes intente decirte que los
dioses... no son quienes piensas.
—Darién, tenemos que hablar contigo —dijo una voz áspera, que corto cualquier
respuesta que él hubiera podido dar.
Mamoru bajo los brazos con exasperación y Darién se dio la vuelta. Endimión se acercaba junto a Jedite y Andrew. Los dos primeros tenían el ceño fruncido. El tercero sonreía, como el loco que era.
—Tu mujer tiene que marcharse —rugió Endimión—. La he estado oliendo toda la noche, y no puedo soportar otro instante más de esa esencia de tormenta.
¿Tormenta? Serena olía a miel.
—Se queda —dijo Darién lacónicamente.
— ¿Quién es, por que está aquí y puedo verla desnuda? —pregunto Jedite, moviendo
una ceja.
—Alguien debería matarla — sentencio Endimión.
— ¡Nadie la va a tocar!
Nicolás cerró los ojos y sacudió la cabeza.
—Ya estamos otra vez.
—Al contrario que Endimión, a mi no me importa su presencia —dijo Jedite, frotándose las manos—. Solo me importa que no quieras compartirla. Me gustaría...
Darién empujo a Jedite antes de que este pudiera terminar la frase.
—No digas nada más. Se lo que te gustaría hacerle, y antes moriré.
Entonces Paris frunció el ceño y su piel pálida enrojecida.
—Apártate, idiota. No he estado con ninguna mujer hoy, así que no estoy de humor
para tonterías.
Andrew permanecía en la esquina, sonriendo.
— ¿A nadie más le parece divertido esto? Es mejor que escuchar a los brokers cuando
las acciones bajan en picado.
Darién lucho por dominar su temperamento y quitarse a Serena de la cabeza. Como
mujer, como humana, como posible cebo, era la última persona que debería suscitarle
aquel sentimiento de protección.
Debería, debería, deberia. ¡Aj! «Termina con esto». Finalmente. Pronto. Ya.
— ¡Ya basta! —grito Mamoru.
Todo el mundo quedo en silencio y miro a Mamoru con sorpresa. Rara vez gritaba.
— ¿Había Cazadores en la ciudad? —pregunto a Jedite y a Endimión.
Endimión sacudió la cabeza.
—No encontramos ninguno.
—Bien. Eso está bien. Quizá Darién los matara a todos —dijo Mamoru, y asintió con
satisfacción—. Pero Dariénno sabe nada de los dioses todavía. Tenemos que contárselo.
Y hay más. Nicolás y yo... hicimos algo anoche.
— ¿Que está ocurriendo? —pregunto Darién —.
Quiero saberlo. ¿Qué pasa con los dioses? Sé que llamaron a Nicolás, pero estaba muy distraído como para preguntar antes por los detalles. ¿Qué querían de él?
—Más tarde — contesto Andrew a Darién, sin apartar los ojos de Mamoru—. ¿Qué habéis hecho, Muerte?
—Explícate —exigió Endimión.
—Una explicación no será suficiente. Necesito enseñároslo — dijo Mamoru, y comenzó a caminar por el pasillo—. Seguidme.
No podía ser nada bueno, pensó Darién. Mamoru nunca se había mostrado tan
misterioso. Confuso, intrigado, preocupado, miro hacia la puerta tras la que se encontraba
Serena antes de seguir a sus amigos.
