7
Serena se tumbo en la cama, intentando controlar la respiración. Oh, Dios. Él había
vuelto. No había sido un sueño, una alucinación ni un milagro. Maddox estaba vivo. Ella había estado de verdad encerrada en un calabozo. Él había vuelto de verdad de entre los muertos. Y de verdad, había hecho que las voces cesaran.
Cuando la había dejado en aquel extraño dormitorio de paredes desnudas, ella se
había puesto a buscar un teléfono, pero no lo había encontrado. Después había buscado una salida. Nada. El cansancio la había vencido rápidamente. No había sido capaz de luchar contra el silencio relajante, como una droga adorada de la que finalmente podía disfrutar.
Así que se había tumbado sin preocuparse de las consecuencias. Se había imaginado que quizá, solo quizá, todo aquello no fuera más que una ilusión y que, cuando abriera los ojos, se encontraría en su casa, en su cama.
Sin embargo, al abrir los ojos, había visto a Darién inclinado sobre ella, mirándola
con sus profundos ojos de color zafiro.
Su cara estaba llena de hematomas y cortes. Tenía el ojo izquierdo hinchado y el labio
roto. Al recordarlo, sintió nauseas. ¿Aquellos monstruos habían intentado matarlo de
nuevo?
«De nuevo». ¡Ja! Lo habían matado. Y dos de sus asesinos estaban con él. Además,
Darién hablaba con ellos en términos amables, conversaba como si no tuviera ninguna
razón para odiarlos. ¿Cómo podían seguir siendo amigos?
Salto de la cama. Le dolía el cuerpo a cada movimiento y frunció el ceño. Demasiado
estrés..., y no había un final a la vista para todo aquello.
Fue hacia el baño y se sorprendió por su belleza, te siendo en cuenta lo espartano de
la habitación. Alii, las paredes estaban recubiertas de azulejos blancos y el suelo era de mármol; además, había una bañera exenta, de hierro, con las patas de garras, que tenía el grifo elevado, ¿por si acaso un gigante quería ducharse?, y una enorme encimera llena de toallas.
Por algún motivo que ella no comprendía, todo estaba atornillado, y no había ninguna
decoración.
Serena se encogió de hombros y, con un suspiro, tomo una de las toallas y la mojo en
el agua de la bañera, que se había quedado helada. Sin quitarse la ropa, se lavó lo mejor que pudo. No tenía intención de desnudarse. Uno de aquellos hombres podía volver en cualquier momento.
«Si, pero a ti te gustaría que volviera Darién».
«No», se dijo ella, ruborizada por la idea. No le gustaría. Darién la asustaba.
«El te proporciona el preciado silencio».
«Ya no». Darién no estaba allí y, sin embargo, las voces no habían vuelto. Tenía la
cabeza clara, y solo oía sus propios pensamientos. «Estoy curada».
«No lo estas. Anoche, en el calabozo, oíste voces».
—Ahora estoy hablando conmigo misma — dijo, alzando las manos al cielo—. ¿Que
será lo próximo?
Noto que tenía el estómago vacío y recordó que había una bandeja llena de comida
que Darién debía de haber dejado allí. Salió del baño, la tomo entre las manos y se acerco a la ventana. Apoyo la bandeja en el alfeizar y tomo una uva. El jugo dulce de la fruta le recorrió la garganta, y estuvo a punto de gemir antes de concentrarse en el asunto más importante de todos: escapar.
Ella le había hablado a Black, y por lo tanto al Instituto, de aquellos hombres y de
su fortaleza. Black sabia, incluso, que ella tenía intención de visitarlos. Lo más
probable era que, en aquel momento, el ya supiera adonde había ido.
¿Iría a buscarla o la abandonaría a su suerte como castigo por haber desobedecido?
Aunque siempre había sido bueno con ella, nunca había tolerado errores de otros
empleados y, mucho menos, la desobediencia.
«Vendrá», pensó Serena. «Te necesita».
Sin embargo, mientras miraba por la ventana, solo veía arboles y nieve. No dejo que
aquello la desanimara. Tenía que salir de allí cuanto antes. Mientras pensaba, se comió todas las uvas. Y cuando termino con ellas, dio buena cuenta de los fiambres y el queso, y tomo un poco de vino. Nunca había comido nada tan delicioso. El jamón estaba espolvoreado con azúcar morena, y había sido una fiesta para sus papilas gustativas. El queso era suave, y las uvas habían sido un contrapunto perfecto. El vino, excelente.
Bien, aquel lugar si tenía algunos puntos a su favor.
Sin embargo, la comida no era una razón lo suficientemente buena como para
quedarse. ¿Y el sexo? Claro que no, pensó, aunque sintió un cosquilleo en el estomago. Eso era...
De repente, todo en su interior se puso en alerta. Era como la calma antes de la
tormenta. No sentía exactamente dolor, pero se dio cuenta de que algo no estaba bien en su cuerpo. Un latido del corazón... dos... Trago saliva, espero.
Entonces estallo la tormenta.
La sangre se le heló en las venas, pero unas gotas de sudor, afiladas como cristales
rotos, le cubrieron la piel. Grito, gimió, intento quitárselas. Sin embargo, no se iban. Eran como arañas, y ella veía sus patitas paseándose por su cuerpo. Se le formo otro grito en la garganta en el preciso instante en que la invadía un fuerte mareo, así que el sonido se quedo en un gruñido. Tuvo que agarrarse a la ventana para no caer. La bandeja si cayó al suelo con estrepito.
De repente, el mareo se convirtió en dolor, y el dolor en un cuchillo que la atravesó
desde el estómago al corazón. Se tambaleo, jadeo y gimió, todo al mismo tiempo.
¿Qué le había pasado? ¿Había veneno en la comida? Oh, Dios, ¿todavía tenia aquellas arañas en la piel?
Otra punzada de dolor la atravesó.
—Darién — susurro.
Nada. No oyó pasos.
— ¡Darién! —grito, proyectando el nombre con todas sus fuerzas. Intento llegar
hasta la puerta, pero no podía moverse.
— ¡Darién!
« ¿Por qué lo llamas? Quizá sea él quien te ha hecho esto».
—¡Darién¡ —repitió Serena. No podía quitarse el nombre de los labios—. Darién...
Se le nublo la visión y la garganta se le inflamo. No podía respirar y cayó al suelo.
Necesitaba aire, necesitaba quitarse aquellas arañas del cuerpo, pero no tenia fuerza ni energía.
La botella de vino se inclino y el liquido que quedaba dentro se derramo a su
alrededor. Perdió la visión completamente mientras el mundo se desmoronaba y
desaparecía, dejando solo la oscuridad.
Darién no podía creer lo que estaba viendo.
—Esto... no es posible — dijo. Se paso la mano por los ojos, pero la visión no cambio.
—Es evidente que no era a Serena a quien estaba oliendo —dijo Endimión, y dio un
puñetazo en la pared. El polvo se extendió por el aire, y algunos trozos pequeños de piedra cayeron al suelo.
Andrew se limito a reír.
Jedite inhalo con reverencia.
—Venid conmigo.
Alii, en un rincón del dormitorio de Mamoru, había cuatro mujeres de diferentes
edades. Estaban agarradas de las manos unas a otras y acurrucadas, muy juntas, como si quisieran darse apoyo y fuerza. Estaban temblando y miraban a los hombres con los ojos muy abiertos, llenos de pánico.
Darién se dio cuenta de que no todas temblaban. Había una rubia muy guapa, con
pecas, que los miraba con furia. Tenía la mandíbula apretada, como si se estuviera
mordiendo la lengua para no comenzar a proferir obscenidades.
—¿Que están haciendo aquí? — pregunto.
—No me hables en ese tono —respondió Nicolás—. Tú empezaste con Serena.
Darién miro a Mamoru.
—¿Por qué están aquí?
Mamoru ¡ miro a Nicolás. Nicolás hizo un gesto con la barbilla hacia el pasillo. Los guerreros salieron. Todos estaban impacientes por saber lo que ocurría. Mamoru fue el último en salir, y cerró la puerta con llave.
Darién miro a sus amigos. Todos tenían la misma cara de incredulidad que él. Nunca
había sucedido nada parecido. Ninguno había llevado a una mujer al castillo, ni siquiera Jedite, y en aquel momento, había tantas féminas en la casa como guerreros. Era surrealista.
—¿Y bien? —insistid.
Nicolás, entonces, explico que los Titanes habían derrocado a los Griegos, y que los
nuevos soberanos querían..., no, le habían ordenado que ejecutara a aquellas cuatro
mujeres inocentes. Si se resistía, lo volverán loco de violencia; si pedía que lo liberaran de la tarea, quedaría maldito, como Darién
Darién escucho la historia sin salir de su asombro. EI horror se iba apoderando de él.
— Pero por que iban los nuevos reyes a pedirle a Nicolás que...
De repente, adivino la respuesta y apretó los labios.
«Es culpa mía», pensó. «Yo soy el responsable. Ayer desafié a los dioses, los insulte».
Aquello tenía que ser su venganza.
Miro a Andrew con consternación. El guerrero lo estaba observando con un brillo duro
en los ojos. El día anterior, los dos habían afirmado que no les importaba que los dioses los castigaran. Habían pensado que nada podía ser peor que la situación en que vivían.
Se equivocaban.
—No podemos permitir que Nicolás haga esto — dijo Mamoru, interrumpiendo los
negros pensamientos de Darién—. Ya está al límite. Todos lo estamos.
Endimión dio otro puñetazo en la pared y gruño por la fuerza. Tenía cortes en los brazos y se le abrieron a causa del impacto. La sangre roja salpico en la piedra plateada.
—Los Titanes tienen que saber lo que ocurrirá si Nicolás obedece. Tiene que saber que estamos en un equilibro muy precario entre el bien y el mal. ¿Por qué hacen esto?
—Yo sé por qué —dijo Darién. Todos lo miraron.
Mientras contaba lo que había hecho, sintió una gran vergüenza.
—No esperaba que sucediera esto — termino—. No sabía que los Titanes hubieran
escapado, y mucho menos que se hubieran hecho con las riendas del Olimpo.
—No sé qué decir — susurro Nicolás.
—Yo sí. Maldita sea — respondió Jedite.
—¿Crees que Serena es también un castigo de los dioses? —pregunto Mamoru.
El apretó las mandíbulas.
— Si. Los Titanes debieron de conducir a los Cazadores directamente hacia nosotros,
sabiendo que podían usar a Serena, y como iba a trastornarme.
— Tú no maldijiste a los dioses hasta después de que hubieran llamado a Nicolás.
Además, ni siquiera los habías desafiado cuando Serena apareció por primera vez en mis cámaras — señalo Andrew —. Los Titanes no podían saber lo que haríamos y diríamos después.
—¿No? Quizá no la enviaran, pero deben de estar usándola de algún modo —dijo
Darién. No había otra explicación para la intensidad de lo que sentía por Serena—. Me
ocupare de ella — añadió. Sin embargo su cuerpo se tensó, y le rogo que retirara aquellas palabras. Él no lo hizo—. Me ocupare de todas ellas.
Jeditelo miro con el ceño fruncido.
-¿Cómo?
—Las matare.
Había hecho cosas peores. ¿Por qué no podía añadir aquello a su lista? «Porque no soy una bestia». Si lo hacía, se convertiría en Violencia. No sería mejor que el espíritu que llevaba dentro, y su existencia solo tendrá un objetivo: causar dolor.
Sin embargo, el había llevado aquella plaga a la casa. Tenía que arreglarlo, pero
¿Podría destruir a Serena? No quería saber la respuesta.
— Tú no puedes matar a las cuatro que están en la habitación de Mamoru — dijo
Nicolás—. Los Titanes me lo ordenaron a mí. Quien sabe cómo reaccionaran si no seguimos sus instrucciones al pie de la letra.
—Os oigo, canallas, enfermos —grito una voz femenina desde detrás de la puerta—.
Si nos matáis, os juro que yo os matare a vosotros.
Hubo una pausa.
Endimión sonrió con ironía.
—Una hazaña imposible, pero me gustaría verla intentándolo.
Unos puños femeninos golpearon la puerta.
— ¡Soltadnos! ¡Soltadnos! ¿Me oís?
—Te oímos, mujer —dijo Endimión—. Estoy seguro de que te oyen hasta los muertos.
El hecho de que Endimión, el más serio de todos, hiciera una broma, era inquietante. Solo recurrían al humor cuando la situación era desesperada.
Aquello era una pesadilla. Después de siglos de rutina rígida, de repente Darién tenía
que interrogar a una mujer y después destruirla, antes de que pudieran usarla contra ellos.
Tenía que salvar a un amigo de una orden impensable. Y tenía que aplacar a los dioses. A unos dioses a los que ni siquiera sabía cómo aproximarse.
Aquellos Titanes eran seres desconocidos. Si les pedía misericordia y ellos le
ordenaban hacer algo vil, algo a lo que él se negara, la situación empeoraría con toda
seguridad.
— ¿Por qué no las toco? —Preguntó Andrew—. Si mueren de enfermedad, nadie tendrá que preocuparse por su conciencia — dijo. Salvo el mismo.
—No —dijo Nicolás, al mismo tiempo que Jedite gritaba:
— ¡No, demonios!
—Nada de enfermedades —dijo Mamoru—. Una vez que empieza, es imposible de
controlar.
—Mantendremos los cuerpos en envoltorios sellados — propuso Andrew con decisión.
Mamoru suspiro.
—Eso no serviría de nada, y lo sabes. La enfermedad siempre se extiende.
— ¡enfermedad! — Gritó la chica—. ¿Vais a contagiarnos alguna enfermedad? ¿Por
Eso nos habéis traído aquí? Asquerosos, odiosos, podridos...
—Chist —dijo otra voz—. No los provoques, Mina.
—Pero, abuela, esos...
Sus voces se alejaron. Probablemente, habían alejado a la chica de la puerta. A Darién le gustaba su valor. Le recordaba a Serena, que se había enfrentado a él en la celda y le había exigido que le ensenara el abdomen. Estaba claro que quería salir corriendo, pero no lo había hecho. Solo con recordarlo, se le endurecía el cuerpo y se le calentaba la sangre. Le había acariciado las heridas, incluso, y les había infundido algo de vida. Eso era algo que él no había podido comprender.
¿Ternura, quizá?
Sacudió la cabeza. Lucharía contra aquella emoción hasta su último aliento, que
llegaría dentro de trece horas, pensó irónicamente. No podía sentir ternura por un cebo, ni por un castigo divino, ni por lo que fuera.
La prueba era que, cuando volviera a verla, la tomaría con dureza, rápidamente,
embistiendo, embistiendo... Violencia se sentía satisfecha con aquella imagen.
«Cuando este con Serena en mi cama, voy a ser suave, tengo que recordarlo».
Aquel pensamiento fue arrinconado. Ella le pediría más, y él se lo daría. Le...
—Esto está empezando a ser tedioso — dijo Nicolás, y lo empujo con fuerza hacia la
pared—. Estas jadeando y sudando, y tienes un brillo rojo en los ojos. ¿Estás a punto de estallar, Violencia?
La imagen de Serena, desnuda y excitada, se desvaneció... Aquello enfureció al
espíritu, que intento salir de la piel de Darién y atacar. Darién también rugió, deseando obtener otra imagen de ella.
— Cálmate, Darién — ordeno Mamoru, y su voz serena penetro en la nebulosa mente
de Darién —. Si sigues así, tendremos que encadenarte. Entonces, ¿quién protegerá a
Serena, eh?
Darién se quedo helado. Sabía que lo encadenarían, y no podía permitirlo. Durante el
día, no. Por la noche, si. Entonces era una amenaza y no había otro modo de dominarlo.
«Soy una amenaza ahora también», pensó. Pero si lo ataban en aquel momento, cuando estaba a punto de perder el sentido, quizá admitiera la derrota y dejara de intentar serotra cosa que un demonio. Todos lo estaban mirando.
—Lo siento — dijo.
Algo no iba bien. Aquella danza frenética con el espíritu era completamente absurda.
Era vergonzante. Normalmente, luchaban el uno con el otro, pero no así.
Quizá necesitara pasar más tiempo en el gimnasio. U otra ronda con Nicolás.
— ¿Bien? —pregunto Mamoru.
Darién asintió rígidamente.
Mamoru se agarro las manos por detrás de la espalda y miro a todos los demás.
—Como esto ya está resuelto, vamos a hablar de la razón por la que os he traído aquí.
—Vamos a hablar de la razón por la que has traído a las mujeres aquí —intervino
Jedite—, en vez de dejar-las en la ciudad. Si, Nicolás tiene un trabajo que hacer, pero eso no explica...
—Las mujeres están aquí porque no queríamos que se marcharan de Buda y que
Nicolás se viera obligado a seguirlas — se justificó Mamoru—. Y yo quería que las vierais para que no las matéis si os las encontráis por la fortaleza. Si consiguen escapar, volved a traerlas a mi habitación y encerradlas dentro. No habléis con ellas ni les hagáis daño. Hasta que pensemos como librar a Nicolás de esto, las mujeres son nuestras invitadas.
¿Entendido?
Uno por uno, los señores asintieron. ¿Qué otra cosa podían hacer?
—Por ahora, dejádmelas a mí y descansad. Seguid adelante con vuestra Jornada. Estoy
seguro de que pronto os necesitare.
—Yo, para empezar, pienso beber hasta perder el sentido —dijo Nicolás, pasándose
una mano por la cara—. ¡Mujeres en la casa! — murmuro mientras se alejaba—. ¿Por qué no invitamos a toda la ciudad y hacemos una fiesta?
—Una fiesta estaría bien — dijo Andrew —. Quizá me ayudara a olvidar esta sociedad
masculina por obligación. Dicho eso, él también se marchó.
Endimión no dijo nada. Se limitó a sacar un cuchillo de su funda y se marchó por el pasillo, sin dejar duda de lo que pensaba hacer. Darién se habría ofrecido para cortarle, para darle de latigazos o golpearlo y ahorrarle a Endimión la agonía de hacerse las heridas a sí mismo, pero se había ofrecido más veces, y la respuesta había sido un no muy brusco.
El entendía que Endimión necesitara hacerlo por sí mismo. Ser una carga era casi tan
malo como estar poseído. Todos tenían sus demonios, y Endimión no quería empeorar las cosas para ninguno de ellos.
En aquel momento, sin embargo, quizá Darién hubiera recibido de buen grado la
distracción.
—Nos veremos más tarde — se despidió Jedite—. Yo vuelvo a la ciudad —tenia finas
arrugas de tensión alrededor de los ojos, ojos que, en vez de brillar de satisfacción, como
de costumbre, estaban de un azul apagado—. No he estado con ninguna mujer, ni esta mañana ni anoche. Todo esto... —dijo, e hizo un gesto con la mano hacia la puerta— me ha alterado la agenda. Y no de un modo positivo.
—Ve — lo animo Mamoru.
—A menos, claro, que me permitas entrar en tu habitación...
—Vete — repitió Mamoru con impaciencia.
—Ellas se lo pierden —dijo Jedite. Se encogió de hombros y desapareció por la
esquina. Darien sabía que debía ofrecerse para vigilar a las mujeres. Después de todo, seguramente estaban alli por su culpa. Sin embargo, necesitaba ver a Serena. No, no lo necesitaba. Quería verla. El no necesitaba nada, y menos a una humana con motivaciones cuestionables y que estaba destinada a morir.
—Mamoru...
—Vete — dijo su amigo—. Haz lo que necesites hacer para mantener las cosas bajo
control. Tu mujer...
—No quiero hablar de Serena — respondió Darién. Ya sabía lo que quería decirle
Mamoru. «Tienes que ocuparte de tu mujer lo antes posible». El también lo sabía.
—Sácatela del cuerpo y después haz lo que tengas que hacer para que nuestras vidas
puedan volver a la normalidad.
Darién asintió y se marchó, preguntándose si merecía la pena volver a su vida
normal.
N/T: Espero les esté gustando esta adaptación ^^
