8
Darién entro en su dormitorio sin saber lo que iba a encontrar. ¿Una Serena
dormida? ¿Una Serena recién bañada, desnuda? ¿Una Serena preparada para luchar?
¿Una Serena preparada para el placer?
Con irritación, se dio cuenta de que el corazón le latía desacompasadamente en el
pecho. Le sudaban las palmas de las manos. «Idiota», pensó. Él no era huma-no, ni tenía miedo, ni era inexperto. Y, sin embargo, no sabía cómo manejar a aquella mujer, a aquel... castigo.
Lo que no esperaba era ver a Serena tendida en el suelo, inconsciente, en un charco
rojo... ¿Sangre? Darién se estremeció.
— ¿Serena?
Corrió a su lado y la hizo girar suavemente para tomarla en brazos. Vino, solo era
vino. Gracias a los dioses. Tenía manchada la cara y algunas gotas se derramaron desde su rostro a los brazos de Darién. Él estuvo a punto de sonreír. ¿Cuánto había bebido?
Pesaba tan poco que apenas se habría dado cuenta de que la llevaba en brazos de no
ser por las descargas eléctricas que le provocaba el contacto con su piel.
—Serena, despierta.
Ella no se despertó. De hecho, Darién tuvo la impresión de que se hundía más en la
inconsciencia, porque el movimiento de sus parpados ceso.
Con un nudo en la garganta, Dariénse esforzó por hablar.
—Despierta, hazlo por mí.
Ni un gemido, ni un suspiro.
Preocupado por su falta de respuesta, la llevo hasta la cama, le quito la chaqueta
mojada y la aparto a un lado. Aunque no quería soltarla, la deposito sobre el colchón y le tomo la cara entre las manos. Tenía la piel helada.
—Serena.
No hubo respuesta.
—Serena... Vamos, preciosa. Despierta.
En nombre de Zeus, ¿qué le ocurría? No tenia experiencia con mortales ebrios, pero
aquello le parecía extraño.
La cabeza de Serena rodo a un lado. Sus ojos permanecían cerrados. Tenía un color
azul en los labios, y el sudor le resbalaba por las sienes. No estaba solo borracha.
¿Acaso había enfermado por pasar la noche en aquella celda? No, no había dado señales de encontrarse mal. ¿Acaso la había tocado Andrew sin darse cuenta? No, no podía ser. Serena no tosía, ni estaba cubierta de marcas de viruela. Entonces ¿qué ocurría?
—Serena — repitió.
No podía perderla, todavía no. No había conseguido lo suficiente de ella. No la había
acariciado como soñaba, no había hablado con ella. La sorpresa hizo parpadear a Darién.
Se había dado cuenta de que quería hablar con Serena, no solo saciar su cuerpo dentro del de ella. No solo interrogarla, sino hablar. Conocerla y averiguar que la convertía en la mujer que era.
Todos los pensamientos de matarla se desvanecieron, fueron sustituidos por
pensamientos de salvarla, fuertes e innegables.
—Serena, dime algo.
Darién sacudid la cabeza, impotente, sin saber que" hacer. Ella seguía helada; él tomó
las mantas y la envolvió en ellas con la esperanza de darle calor.
—Serena, por favor.
Mientras la miraba, a ella se le formaron hematomas bajo los ojos. ¿Acaso aquel era el
castigo que le habían impuesto los dioses? ¿Verla morir lenta y dolorosamente?
— ¡Mamoru! —gritó, sin dejar de mirarla—. ¡Nicolás! ¡Ayudadme!
Darién se inclinó y unid sus labios con los de ella, con la esperanza de poder
infundirle la respiración. Sintió calor... un cosquilleo...
Ella separó los labios tenidos de azul y gimió. Por fin. Otra señal de vida. Darién
estuvo a punto de rugir de alivio.
—Háblame, preciosa — dijo mientras le apartaba el pelo húmedo de la frente—. Dime
lo que pasa.
—Darién —balbució ella, pero sus ojos permanecieron cerrados.
—Estoy aquí. Dime cómo puedo ayudarte. Dime lo que necesitas.
—Mátalas. Mata a las arañas —dijo, con una voz tan débil que él tuvo que esforzarse
por oírla.
—No hay arañas, preciosa.
—Por favor — susurró ella, y una lágrima se escapó entre sus parpados—. Me están
corriendo por el cuerpo.
—Sí, si, las matare — respondió Darién.
Aunque no la entendía, le paso las manos por la cara, por el cuello, por los brazos, el
abdomen y las piernas.
—Ya están muertas. Están muertas, te lo prometo.
Con aquello, pareció que Serena se relajaba un
Poco.
—Comida, vino. ¿Veneno?
El palideció. No lo había pensado, no lo había tenido en cuenta... El vino era para ellos,
los guerreros, no para los humanos. Como el alcohol de los humanos no tenia efecto en ellos, a menudo Jedite le añadía unas gotas de ambrosia que había robado de los cielos y que mantenía guardada desde entonces. ¿Acaso la ambrosia era veneno para los mortales?
«Yo le he hecho esto», pensó Darién, horrorizado. «Yo. No los dioses».
Grito y dio un puñetazo al cabecero de metal de la cama. Noto un agudo dolor en los
nudillos y comenzó a sangrar. Eso no lo aplaco, así que volvió a dar otro golpe al cabecero.
La cama retumbo, y Serena gimió de dolor.
«Basta. No puedes hacerle daño», se dijo Darién. Se obligo a tranquilizarse.
—¿Qué puedo hacer para ayudarte? —pregunto.
—Llama a un medico — susurro ella débilmente.
Un sanador humano. Si, si. Tenía que conseguir llevar a un medico al castillo, puesto
que no podía llevar a Serena a la ciudad.
—Te encontrare un medico, preciosa, y lo traeré.
Ella gimió y, por fin, abrió los ojos.
—Darién.
—No voy a tardar, te lo prometo.
—No... te vayas — dijo ella, que estaba a punto de llorar—. Me duele. Me duele mucho.
Quédate.
Entonces él se levanto de la cama y se acerco a Ia puerta.
— ¡Jedite! ¡Nicolás! ¡Endimión! —grito. El sonido de su voz retumbo contra las paredes—.
¡Mamoru! ¡Andrew!
No los espero, sino que volvió a la cama. Allí, entrelazo sus dedos con los de Serena.
— ¿Que más puedo hacer para aliviar tu dolor?
—No me sueltes —jadeo ella, y Darién se dio cuenta de que tenía estrías rojas en las
comisuras de los labios. ¿el veneno se estaba extendiendo?
—No me voy a ir, pero, ¿qué más puedo hacer? —No lo sé. ¿Voy a... morir?
— ¡No! No. Esto es culpa mía, y no lo permitiré.
—¿A propósito?
—Nunca.
—Entonces ¿cómo? —gimió ella.
—Ha sido un accidente. El vino no es para los humanos.
No sabía si ella lo había oído.
—Voy a... vomitar —dijo ella entre arcadas.
El tomo el cuenco de fruta vacío y se lo acerco. Ella se arrastró hasta el borde de la
cama y vomito. Darién le sujeto el pelo hacia atrás.
¿Era bueno o malo que se purgara?
Serena se dejó caer sobre el colchón en el mismo momento en que Endimión y Jedite
aparecían corriendo en la habitación, con una expresión confusa en el rostro.
—¿Qué? —pregunto Endimión.
—¿Qué ocurre? —pregunto Jedite. Estaba sudando, y las arrugas de tensión que le
rodeaban los ojos estaban muy marcadas.
Los brazos de Endimión sangraban de nuevo, y tenía la mano hinchada. Además, en cada mano llevaba un puñal. Claramente, estaba preparado para la batalla. Al presenciar la escena, su confusión se hizo mayor.
—¿Necesitas ayuda con el golpe final?
— ¡No! El vino estaba mezclado con la ambrosia de Jedite. Yo se lo deje aquí —confeso,
y se sintió culpable y desolado, y miro a Jedite—. Sálvala.
Jedite se tambaleo.
—No sé cómo hacerlo.
—Tienes que saberlo. ¡Has pasado muchas horas con los humanos! Dime como puedo ayudarla.
—Ojala pudiera — dijo, y se pasó el dorso de la mano por la frente sudorosa—. Nunca
he compartido el vino con ninguno de ellos. Es nuestro.
—Preguntadles a las otras humanas si saben que hay que hacer. Si no lo saben, que
Mamoru se transporte a la ciudad y encuentre un médico para traerlo aquí.
Muerte era el único de los guerreros que podía moverse de un lugar a otro con un
pensamiento.
Endimión asintió y salió corriendo.
Jedite dijo:
—Lo siento, Darién, pero estoy al limite. Necesito sexo. Oí tu llamada desde la puerta
principal y vine en vez de marcharme. No debería haberlo hecho. Si no llego pronto a la ciudad yo...
—Lo entiendo.
—Te lo compensaré más tarde —dijo Jedite, y desapareció por la puerta.
—Darién— gimió Serena de nuevo. El sudor le corría por las sienes. Tenía la piel
azulada, pero tan pálida, que el veía las diminutas venas azules que había debajo—.
Cuéntame... una historia. Algo que me haga olvidar el dolor —dijo ella, y cerró los ojos.
—Relájate, preciosa. No debes hablar — susurró Darién. Fue al baño, vacio el cuenco,
lo limpió y lo seco, por si acaso. Después volvió junto a la cama y la encontró con los ojos cerrados todavía.
—¿Por qué... te apuñalaron tus amigos?
Él nunca hablaba de su maldición, ni siquiera con los guerreros que sufrían a su lado.
No debería hablar con nadie de su maldición, y menos con Serena, pero eso no lo detuvo.
Al verla retorcerse de dolor, habría hecho cualquier cosa con tal de distraerla.
—Me apuñalan porque tienen que hacerlo. Están malditos, como yo.
—Eso no explica nada.
—Lo explica todo.
Pasaron varios minutos en silencio. Ella comenzó a retorcerse, como si estuviera a
punto de vomitar de nuevo. Él la había puesto enferma y estaba obligado a distraerla de su dolor.
—Aquí va la historia de mi vida. Soy inmortal, y llevo en la Tierra desde el principio de
los tiempos.
—Inmortal —repitió ella—. Sabía que eras más que humano.
—Yo nunca he sido humano. Me crearon como guerrero para proteger al rey de los
dioses. Durante mucho tiempo, le serví bien y lo ayude a mantener el poder, y lo protegí incluso de su familia. Sin embargo, no creyó que yo fuera lo suficientemente fuerte como para velar por su posesión mas preciada, una caja hecha con los huesos de la diosa de la opresión. Le encargo esa tarea a una mujer. Ella era la guerrera más fuerte, pero eso hirió mi orgullo.
Afortunadamente, Serena se había relajado.
—Para demostrarle que había sido un error, ayude a liberar los demonios que había
en aquella caja, y se extendieron por toda la tierra. Como castigo, los dioses me unieron a uno de ellos —dijo Darién. Le puso una mano en el abdomen y comenzó a acariciárselo suavemente, con la esperanza de que aquello la calmara.
Ella exhalo un suave suspiro. ¿De alivio? Ojala.
—Un demonio. Lo sospechaba.
Si, ella debía de saberlo. Sin embargo, Darién no entendía por qué lo había confesado con tanta facilidad.
—Pero tú eres bueno. Algunas veces. ¿Por eso te cambia la cara?
—Sí.
¿Ella pensaba que él era bueno? Lleno de satisfacción, continúo con la historia.
—Yo supe en qué momento me ocurrió, porque sentí una ruptura por dentro, como
si algunas partes de mi estuvieran muriendo, como si estuvieran haciéndole sitio a otra
Cosa, a algo más fuerte que yo mismo.
Había sido la primera vez que el había comprendido el concepto de muerte. Sin
embargo, no sabía que muy pronto iba a entenderlo íntimamente.
Ella emitió otro delicado suspiro. Darién no sabía si entendía lo que él le estaba
contando. Al menos no estaba llorando ni retorciéndose de dolor.
—Durante un tiempo, perdí contacto con mi propia voluntad. El demonio me controlo
por completo y me obligo a...
A todo tipo de perversidades, pensó. Tuvo visiones de sangre y muerte, de humo, de
cenizas y de completa desolación. Ni siquiera el mismo podía soportar aquello, y no iba a cargar a Serena con esos recuerdos espantosos.
Después recordó como el espíritu había aflojado su dominación, como el había salido
de aquella niebla y el humo negro de su mente se había dispersado con una brisa dulce de mañana, y había dejado atrás solo unos recuerdos odiosos.
El demonio lo había obligado a matar a Esmeralda, la guardiana a la que el ser odiaba
más que a nada. Al final, su sed de sangre se había aliviado, y el monstruo se había retirado a un rincón de la mente de Darién, y había dejado que él se enfrentara a las
consecuencias.
—Tuve que alejarme de aquella caja — dijo él con un suspiro.
—Caja —susurro Serena, y lo dejo asombrado—, demonios... Había oído algo parecido
—dijo. Abrió la boca para seguir hablando, pero no pudo. Grito y alargo las manos
ciegamente para tomar el cuenco.
Darién reacciono con rapidez y le acerco el cuenco en un segundo. Ella vomitó
mientras él la sujetaba, la protegía como no había hecho nunca con otra persona. Dar
consuelo era algo nuevo para él. Ojala lo estuviera haciendo correctamente. Nunca había recibido un apoyo así de sus amigos. Todos eran muy reservados acerca de sus tormentos, como él.
Cuando Serena termino, volvió a colocarla sobre el colchón y, una vez más, le limpio la cara. Después miro al cielo.
—Siento mucho haber hablado así de vosotros — susurro—. Pero, por favor, no le
hagáis daño a ella por mis pecados.
Volvió a mirarla, y se dio cuenta de que su vida se disolvería en la nada si la perdía.
¿Cómo era posible? Hacia una hora, se había convencido de que seria capaz de matarla...
—Dejadla vivir — añadió —, y hare cualquier cosa que queráis.
¿Cualquier cosa?», pregunto una voz muy baja, que provenía del trasfondo. No era la
voz de Violencia, ni ninguna voz que él hubiera oído antes.
Darién parpadeo, quedo inmóvil. Paso un momento antes de que su sorpresa se
convirtiera en confusión.
— ¿Quién está ahí?
Serena se sobresaltó por su pregunta y lo miro con los ojos enrojecidos.
—Yo — gimió.
—No me hagas caso, preciosa. Duérmete — dijo el suavemente.
« ¿Quién crees que soy, guerrero? ¿Es que no te imaginas quien tiene el poder de
hablarte así?».
Darién pasó otro momento asombrado antes de asimilar la respuesta. ¿Podía ser un
Titán? El llevaba años enviándoles suplicas a los Griegos, y nunca le habían respondido.
Además, los Titanes habían llamado así a Nicolás para que acudiera a los cielos, con solo una voz...
Sintió esperanza y miedo. Supo que haría cualquier cosa si aquellos Titanes eran
benevolentes y lo ayudaban. Si eran malvados y empeoraban las cosas, sin embargo. ..
Apretó los puños.
Le habían ordenado a Nicolás que asesinara a cuatro mujeres inocentes. No podían ser benévolos. ¡Maldición! ¿Cómo iba a interactuar con aquel ser? ¿Con humildad? ¿0 verían eso como una muestra de debilidad?
¿Cualquier cosa?», insistió la voz, y se oyó una carcajada. «Piensa bien antes de
responder, y piensa que tu mujer podría morir».
Darién miro el cuerpo tembloroso de Serena y se dio cuenta de que, hasta aquel
momento, nadie lo había necesitado. «No puedo dejar que sufra así», pensó.
Tendría que arriesgarse con los Titanes. Quisieran lo que quisieran de los guerreros,
fuera cual fuera el propósito, se arriesgaría.
—Cualquier cosa —respondió.
Endimión jadeaba mientras iba corriendo a la habitación de Mamoru. Había perdido mucha sangre los últimos días, más de lo normal. La necesidad de dolor, aquel dolor terrible y bello, lo invadía con más fuerza últimamente.
No sabía por qué y no podía detenerlo. Ya no era capaz de controlarlo, en realidad.
Durante los últimos días, había dejado de intentarlo. Lo que quería el espíritu de Dolor, lo obtenía. Cada día que pasaba, Endimión perdía un poco más el deseo de controlarlo. Una parte de el quería abandonarse al dolor y dejarse llevar. Experimentar la nada y el
entumecimiento que le proporcionaba cada punzada de sufrimiento.
Las cosas no habían sido siempre así. Durante un tiempo, había aprendido a vivir con
el demonio, a coexistir pacíficamente con él. En aquel momento...
Doblo una esquina y la luz que entraba por una de las ventanas lo cegó
momentáneamente; sin embargo, no se detuvo. Nunca había visto a Darién tan asustado.
Tan vulnerable. Y por una humana, una extraña. Un cebo. A Endimión no le gustaba, pero consideraba a Darién un amigo y lo ayudaría en todo lo que pudiera. Lo ayudaría, aunque deseaba desesperadamente que las cosas volvieran a lo normal, cuando Darién se enfurecía y moría cada noche, y a la mañana siguiente se comportaba como si no hubiera ocurrido nada. Porque, cuando Darién fingía que todo iba bien, a Endimión le resultaba mas fácil fingir, también.
Cuando vio a Mamoru, todos aquellos pensamientos desaparecieron de su mente.
Mamoru estaba sentado en el suelo con las rodillas cruzadas, y la cabeza apoyada en
las manos. Tenía el pelo negro de punta, como si se hubiera pasado muchas veces los
dedos entre el cabello, y parecía que estaba fuera de sus límites. Endimión trago saliva.
Si aquella situación podía desequilibrar incluso al estoico Mamoru...
Cuanto más se acercaba, mas fuerte era el olor a flores. Muerte siempre olía a flores, el pobre.
—Mamoru — dijo.
Mamoru no reacciono.
—Mamoru— repitió.
Sin embargo, no obtuvo respuesta.
Endimión lo agarro por el hombro y lo zarandeo suavemente. Nada. Se agacho y miro al guerrero a los ojos. Sin embargo, su mirada estaba vacía, su boca inmóvil. Endimión lo entendió. En vez de marcharse físicamente de la fortaleza, como de costumbre,
trasladándose en segundos de un lugar a otro, Mamoru se había marchado espiritualmente.
Era algo que hacía muy pocas veces, porque dejaba su cuerpo vulnerable a cualquier
ataque. Lo más probable era que hubiera pensado en ello para que al menos una forma que no respondía a estímulos quedara vigilando la puerta de su cuarto mientras el salía a recoger almas.
«Entonces, estoy solo», pensó. Solo le quedaba una cosa por hacer.
Abrió la puerta y entro de repente en la habitación de su amigo.
Las cuatro mujeres estaban sentadas en la cama, susurrando, pero se quedaron en
silencio en cuanto lo vieron. Todas se quedaron pálidas. Una de ellas soltó un jadeo. La más joven, una rubia muy guapa, se puso en pie con las piernas temblorosas y adoptó una postura de guerrera para interponerse entre su familia y el Levantó la barbilla y lo desafió con la mirada
A él se le endureció el cuerpo. Le ocurría cada vez que se acercaba a ella. La noche
anterior la había estado oliendo; polvos de talco dulces, y tormentas. Había pasado horas sudando, jadeando, tan excitado que había estado pensando en luchar con Darién por Serena, creyendo que era ella quien lo había dejado reducido a aquel estado.
Aquella, mujer era placer y cielo, una fiesta para sus sentidos castigados. No tenía
cicatrices ni señales de una vida dura. Tenía la piel inmaculada, dorada v los ojos azules y brillantes. Y una boca roja, llena hecha para reír y para besar.
Si había sufrido momentos de dolor, no lo dejaba entrever. Y eso atraía a Endimión . Sin embargo, él sabía que sus relaciones sólo podían acabar mal.
—No me mires así —le espetó el ángel rubio, apretando los puños a ambos lados del
cuerpo.
¿Tenía pensado golpearlo? Era una idea risible Ella no podía saber que él disfrutaría.
Que querría más y más y más, que le rogaría que le pegara más. «Le haría un favor al
mundo si dejara que los Cazadores me cortaran la cabeza».
Se odiaba a sí mismo. Odiaba lo que era y lo que se veía obligado a hacer. Lo que
deseaba.
—Si has venido a violarnos, deberías saber que voy a luchar contigo. No lo
conseguirás fácilmente —dio la chica.
Semejante valor en alguien tan pequeño lo dejó asombrado, pero no se distrajo de su
tarea.
—¿Alguna de vosotras sabe cómo curar a una humana?
Ella parpadeó.
— ¿A una humana?
—Una mujer. Como tú.
La chica parpadeó de nuevo.
— ¿Por qué?
— ¿Sabes cómo? No tengo mucho tiempo.
— ¿Por qué? —insistió ella.
—Respóndeme, y quizá os deje vivir otro día más.
—Minako, responde, por favor —le pidió la más anciana de las mujeres. Además,
alargó una mano arrugada, temblorosa, y la tomó del brazo para atraerla hacia la cama.
Minako. El nombre le invadió la mente. Y lo pronunció en voz alta sin poder evitarlo.
—Minako. Es bonito. Yo me llamo Endimión.
La chica se resistió a obedecer a la anciana y se zafó de su brazo sin dejar de mirar a
Endimión. De repente, él se sintió ansioso por escapar de ella y de su provocativa inocencia.
—Lo preguntaré una vez más. ¿Alguna de vosotras es sanadora? —ladró.
Ante su brusquedad, la muchacha palideció, pero no se retiró.
—Sí... Si soy médica, ¿me prometes que se salvarán mi madre, mi hermana y mi
abuela? No han hecho nada malo. Hemos venido a Budapest a olvidar, a despedirnos de mi abuelo. Nosotras...
Él alzó una mano y ella se quedó callada. Oír cosas sobre su vida era peligroso. Él ya
tenía ganas de abrazarla y consolarla por una pérdida que, obviamente, la había hecho sufrir.
—Sí, les perdonaré la vida si la salvas —mintió.
Si debía creer lo que habían dicho los Titanes, Nicolás explotaría muy pronto, se
volvería loco por la sangre y la muerte. No tendría otro propósito que asesinar a aquellas mujeres. Darles un poco de paz de espirita durante sus últimos días era algo
misericordioso, pensó Endimión. Sus días finales. No le gustó pensarlo.
Ella cerró los ojos, suspiró y dijo:
—Sí, soy médica.
—Entonces, ven conmigo.
Para no perder más tiempo, se dio la vuelta rápidamente y salió de la habitación.
Minako lo siguió. Endimión dejó a las demás mujeres encerradas, y después, intentó mantener una distancia prudente entre el ángel y él.
«Oh, Dios santo», pensó Minako Aino con el corazón en un puño. « ¿Por qué he hecho esto? No soy médica».
Había estudiado un año de anatomía en la facultad, sí. Y había hecho un curso de
reanimación cardiorrespiratoria por si acaso su abuelo sufría un ataque cardíaco, claro.
Sin embargo, no era médica, ni enfermera. Sólo era una artista que luchaba por salir
adelante y que había pensado que unas vacaciones en familia podrían ayudar a aliviar la pena que les había causado la muerte del abuelo.
¿Qué iba a hacer si aquel soldado de ojos metálicos, porque claramente era un
soldado, le pedía que llevara a cabo una operación quirúrgica? Por supuesto, se negaría.
No podía poner la vida de otra persona en peligro. Sin embargo, quizá hiciera cualquier otra cosa. Tenía que salvar a su familia. Eran sus vidas las que estaban en peligro en aquel momento.
En un intento por tranquilizarse, se concentró en estudiar a su captor mientras éste
caminaba delante de ella. Tenía la piel bronceada y los ojos muy azules. Era alto, y tenía los hombros más anchos que había visto en su vida. Sólo lo había visto una vez antes, y tampoco sonreía. En sus ojos había dolor. Y en los brazos tenía cortes recién hechos, en las dos ocasiones.
Minako quería hablar con él, preguntarle qué esperaba de ella, pero no encontraba la
voz. Tenía un nudo en su garganta. No sabía por qué estaba secuestrada, y ya casi no le importaba. Sólo quería salir de aquel castillo tétrico cuanto antes, olvidar a sus musculosos habitantes y volver a su casa, a Nuevo México.
De repente, sintió tanta nostalgia que estuvo a punto de echarse a llorar. ¿Cumpliría
aquel soldado su promesa si lo ayudaba? Ella lo dudaba mucho, pero la esperanza se
impuso sobre la razón. Haría lo que pudiera y rezaría para que ocurriera un milagro.
Sin embargo, no podía convencerse de que iba a ocurrir un milagro. «Probablemente, esa bestia te apuñalará si algo sale mal».
«Oh, Dios Santo», repitió. Si fracasaba, no había duda de que su familia y ella morirían.
Muy pronto.
Cuando Endimión entró en el dormitorio con la rubia de aspecto angelical a la que se
suponía que tenía que matar Nicolás , Darién casi se echó a llorar de alivió Serena había vomitado varias veces, hasta vaciar su estómago. Y después había vomitado un poco más.
Acto seguido, se había desplomado sobre el colchón y había dejado de respirar. En
medio de la desesperación, Darién había intentado hablar de nuevo con el Titán, pero el dios no había hecho nada. Cuando Darién había accedido a hacer cualquier cosa a cambio de la ayuda que le prestara, el ser poderoso lo había abandonado.
El Titán le había dado esperanzas, y después las había echado por tierra. Darién se
preguntaba cuáles eran las intenciones del dios, y ya tenía la respuesta:) divertirse con
crueldad, con sadismo.
Endimión se apartó del vano de la puerta y la chica rubia entró a la habitación.
