Hola chicas espero les este gustando la historia como bien especifique al principio no me pertenece ni la historia ni los personajes sino a sus respectivas creadoras yo solo adapto la historia La Noche Mas oscura de Gena Showalter a los personajes de Sailor Moon de Naoko Takeuchi sin mas disfruten de la lectura ^^

9

—Ayúdala —le ordenó Darién.

—Oh, Dios Santo. ¿Qué le has hecho?

Darién se sentía cada vez más culpable. Apenas conocía a Serena, pero deseaba que

viviera más de lo que deseaba librarse de las llamas más abrasadoras del infierno. Era

demasiado pronto para tener sentimientos tan intensos, sí. Tampoco era propio de su

carácter. Sin embargo, ya pensaría más tarde en su propia estupidez.

—No respira —dijo—. Haz que respire.

La rubia se fijó en Serena.

—Tiene que ir al hospital. Que alguien llame a urgencias. ¡Ahora!

—No tenemos tiempo. Tienes que hacer algo.

—Llamad. Ella...

— ¡Haz algo, o morirás! —rugió él.

—Oh, Dios —susurró ella, con una expresión de pánico—. Necesito... tengo que

reanimarla. Sí, eso es. Le haré la reanimación cardiorrespiratoria. Puedo hacerlo. Puedo —dijo, más para convencerse a sí misma que para otra cosa—. Túmbala en la cama y apártate.

Darién obedeció al instante, pero Minako se quedó inmóvil, atenazada por el miedo.

—Minako —dijo Endimión—, ¿estás segura de que sabes lo que vas a hacer?

—Por supuesto —susurró ella, y sintió que le ardían las mejillas. Fijó toda su atención

en Serena. Posó las palmas de las manos en mitad de su pecho y empujó una, dos veces.

Después dijo— No te preocupes. He practicado. Un muñeco es lo mismo que una persona, un muñeco es lo mismo que una persona —susurró. Después, posó los labios en los de Serena.

Durante los siguientes minutos, que para Darién fueron una eternidad peor que las

noches que pasaba devorado por el fuego del infierno, Minako le insufló aire en los

pulmones a Serena y le apretó el centro del tórax, alternativamente. Él nunca se había

sentido tan impotente. El tiempo se convirtió en su enemigo.

Endimión esperaba junto a la puerta, silenciosamente Tenía los brazos cruzados y una

expresión pétrea en el rostro. No estaba mirando a Serena, sino a Minako, Darién se

frotaba la nuca y respiraba con dificultad.

Por fin, Serena tosió y comenzó a respirar. Todo su cuerpo sufrió un espasmo cuando

abrió la boca y comenzó a inspirar bocanadas de aire. Jadeó, se atragantó, volvió a jadear.

Darién la abrazó contra su pecho al instante. Ella se revolvió.

—Tranquila, preciosa. Tranquila.

Poco a poco, sus movimientos se calmaron.

—Darién— murmuró con un hilillo de voz. Fue el sonido más dulce que él hubiera

oído en su vida.

—Aquí estoy —dijo él. Ella aún tenía la piel pegajosa, fría—. Estoy contigo.

Minako permaneció a un lado de la cama, retorciéndose las manos.

—Tiene que ir al hospital. Necesita que la vea un médico.

—El trayecto desde la fortaleza al hospital sería demasiado para ella.

—¿Qué le pasa? ¿Tiene un virus? ¡Oh, Dios! He puesto mis labios sobre los suyos.

—Es por el vino —respondió Endimión—. Está enferma por culpa de nuestro vino.

Minako abrió unos ojos como platos y miró a Serena.

—¿Y todo por una borrachera? Deberíais habérmelo dicho. Tenéis que darle agua y

cafeína para diluir el alcohol. Yo... creo que vivirá, pero tenéis que llevarla al hospital para que le pongan suero por vena. Probablemente está deshidratada.

Mientras hablaba, el color retornaba a las mejillas de Serena.

—Me duele —susurró.

—¿Qué más puedes hacer por ella? —le preguntó Darién a Minako—. Todavía tiene

dolores.

—Yo... yo... ¡Tylenol Motrin! Algo así. Eso siempre me ayuda cuando tengo resaca.

Darién miró a Endimión.

—¿Sabes dónde conseguir eso?

—No. Nunca he tenido necesidad de prestarles atención a las medicinas de los

humanos.

—¿Dónde podemos conseguir ese Tylenol? —le preguntó Darién a Minako.

—Yo tengo un poco en mi bolso.

—Ve a buscarlo.

—No puedo. El bolso se quedó en mi hotel. ¿Qué vino tomó? —preguntó ella.

—Uno que tú no conoces, médica —dijo Endimión con sorna.

Minako se dio cuenta de que él lo sabía. Se quedó petrificada. ¿Qué era lo que la había delatado? ¿Su súplica para que llamaran a urgencias? ¿Su nerviosismo? Sintió un escalofrío. Entonces él se colocó tras ella; su calor y su energía ahuyentaron el frío.

Rápidamente, Minako se alejó de aquel hombre, porque tenía miedo de cómo reaccionaba ante su proximidad.

—Porque eres médica, ¿verdad? —insistió él en tono burlón.

Oh, sí. Lo sabía. Ella retorció los puños de su jersey y tragó saliva. Al menos, no la

había matado allí mismo.

—No puedes negar que ahora está respirando. Yo he cumplido mi parte del trato.

Estás en deuda conmigo—Endimión apartó la mirada, como si no pudiera soportar mirarla más.

—Llama a Mamoru —dijo Darién.

—No puedo. Está ocupado —respondió Endimión, y salió de la habitación—. Ahora

vuelvo —dijo por encima del hombro—. Vigila a la rubia, Darién. Es astuta. Cerró la

puerta de golpe. Minako, como una tonta, estuvo a punto de echar a correr tras él. La

asustaba más que los otros, pero por algún motivo indescifrable, prefería estar con él.

Tenía algo que la trastornaba profundamente. Quizá fuera el dolor de sus ojos. Él la atraía de un modo primitivo. Tenía la sensación de que la protegería, por muchas amenazas que lanzara.

—Si tengo que perseguirte, lo lamentarás —le advirtió Darién—. ¿Entendido?

Minako sintió frío al oír aquella rotunda advertencia. Aquel hombre era terrorífico.

Cada vez que hablaba, ella percibía un tono de brutalidad en su voz. Parecía impaciente por provocar dolor a cualquiera que lo mirara. Además, durante los últimos minutos se había dado cuenta de que su rostro cambiaba y, a veces, sus rasgos se transformaban en una máscara cadavérica. Además, el zafiro de sus ojos cambiaba a negro, y después a un rojo de neón, y después a negro otra vez.

¿Qué clase de hombre, qué clase de persona, podía mirar así?

De nuevo, ella se estremeció.

Su mirada sólo se volvía normal cuando miraba a la mujer que había en la cama.

— ¿Entendido? —preguntó él de nuevo.

—Sí —respondió Minako.

—Bien.

Darién olvidó a la chica rápidamente y se centró en Serena. Cada vez temblaba más, y

sus dientes castañeteaban. Tenía los ojos abiertos y por su mejilla se deslizó una única lágrima.

—Gracias —susurró Serena a la que la había curado.

—De nada.

—¿Te sientes mejor? —preguntó él suavemente. —Todavía me duele —respondió

Serena—. Tengo frío. Pero sí. Mejor.

Él, que quería darle el calor de su cuerpo, dijo: —Lo siento.

Raramente pronunciaba aquellas palabras. De hecho, la única disculpa que había

pedido en décadas era la que les había pedido a sus amigos aquella mañana.

—Lo siento. Lo siento —susurró. Parecía que nunca bastara—. Lo siento mucho.

Serena sacudió la cabeza. Después gimió y se quedó muy quieta.

—Ha sido un accidente.

Él se quedó boquiabierto de sorpresa y reverencia. Hasta el momento, no le había

causado a aquella humana otra cosa que dolor, pero allí estaba ella, intentando absolverlo.

Asombroso. —Vas a vivir. Te lo juro.

Haría cualquier cosa por cumplir aquel juramento. Serenasonrió débilmente. —Al

menos... silencio. Silencio. No era la primera vez que lo decía. —No lo entiendo.

Pese a su debilidad, ella volvió a sonreír. —Ya somos dos. Darién se sintió como si su

sangre burbujeara.

Aquella sonrisa, tan deliciosa, tan encantadora, le daba calor, lo excitaba, le provocaba

tanto alivio que casi se sentía embriagado. Abrió la boca para responder, aunque no

supiera qué decir, pero en aquel momento, Endimión entró en la habitación acompañado de Nicolás. El pelo corto de éste brilló bajo la luz.

—Nicolás va a llevar a la chica a la ciudad —dijo Endimión, mirando a Minako.

—Oh, no. No, no, no. No quiero marcharme sin mi familia —dijo Minako con pánico.

Nicolás hizo caso omiso de la súplica y se quitó la camiseta.

—Vamos a terminar con esto.

Era moreno y musculoso, un legado de su alma de guerrero. Llevaba tantos tatuajes

que era difícil distinguir uno de otro.

Darién sólo reconoció dos: la mariposa negra que volaba sobre sus costillas y el

demonio que extendía las alas sobre los contornos de su cuello. Con sólo mirarlo, uno

sabía que aquél era un hombre al que merecía la pena tener como amigo, y que sería muy malo tenerlo como enemigo.

— ¡Alto! No hay ningún motivo para desnudarse — dijo Minako, negando

violentamente con la cabeza—.

Ponte otra vez la camiseta. ¡Ahora mismo, maldita sea!

Nicolás se aproximó a ella con determinación. Minako miró a Endimión con terror.

— ¡No le dejes que me viole! Por favor, Endimión, por favor.

—Nicolás va a llevarte a la ciudad —respondió Endimión con calma—. No va a violarte.

Tienes mi palabra. Debes ir con él.

Aunque Minako seguía temblando, Nicolás la tomó de la muñeca sin decir una palabra y se la llevó hacia la ventana que daba a la terraza. Cuando la abrió, el viento helado entró en la habitación con un remolino de copos de nieve. Nicolás le soltó la muñeca y la tomó por la cintura para sacarla a la terraza.

—Detenlo —dijo débilmente Serena, al ver que Minako miraba por la barandilla hacia

abajo y reía amargamente, con histerismo.

—¿Qué vas a hacer?—inquirió la rubia—. ¿Tirarme? ¡Sois todos unos mentirosos!

¡Espero que os pudráis en el infierno!

—Ya lo hacemos —respondió Endimión.

Nicolás tomó a Minako por los hombros cuando salió a la terraza e hizo que diera media vuelta para situarla de cara a él.

—Agárrate a mí —ordenó.

Otra risa de amargura.

— ¿Por qué?

—Para que no te mates —dijo él.

De repente, unas enormes alas salieron por unas ranuras que se abrieron en la

espalda de Nicolás. Eran largas, negras; tenían aspecto de ser tan vaporosas como una telaraña, pero los extremos eran puntiagudos, afilados como cuchillos.

Serena soltó un jadeo debido a la impresión.

—Estoy mejor. Lo juro, ya no necesito las pastillas —susurró.

Darién le acarició la mejilla para intentar relajarla.

—Chist. Todo va a ir bien.

Minako abrió los ojos desorbitadamente.

— ¡No! —gritó, tratando de zafarse de Nicolás.

Quiso correr, pero él no la soltó. Ella buscó a Endimión con la mirada.

— ¡No puedo hacer esto! ¡No puedo! No dejes que me lleve, Endimión, ¡por favor!

Con una expresión atormentada, Endimión extendió los brazos y los dejó caer a ambos lados del cuerpo.

— ¡Endimión!

— ¡Marchaos! —gritó él.

Sin decir una palabra más, Nicolás saltó y desapareció del campo de visión de los que

estaban en la habitación, llevándose a Minako consigo. Ella gritó pero pronto aquel grito se convirtió en un jadeo, y el jadeo en un gemido. Luego ambos volvieron a ascender por el aire y aparecieron por encima de la barandilla. Las alas de Nicolás se movían con elegancia, rítmicamente.

—Páralo —suplicó Serena con un hilo de voz — Por favor.

—No puedo. Y no lo haría aunque pudiera No te preocupes por ella. Las alas de Ira son fuertes, y podrán sostener el peso de Minako.

Buscó a Endimión con la mirada. Su amigo estaba caminando de un lado a otro de la

Habitación. ! ¡Apretaba una de sus dagas con el filo hacia la palma de la mano! y la sangre se derramaba desde el puño de nudillos blancos al suelo.

—Necesitamos agua y café —dijo Darién al recordar las instrucciones de Minako.

Endimión se detuvo y cerró con fuerza los ojos, como si quisiera controlarse.

—Debería haberla llevado yo, pero si hubiéramos ido caminando, habríamos tardado

demasiado. ¿Has visto lo asustada que estaba?

—Lo he visto.

Darién no sabía qué podía decir. El miedo de Minako no era nada para él comparado

con el dolor de Serena.

Endimión se pasó la mano por la mandíbula y se dejó una mancha roja en la cara.

— ¿Agua? ¿Café, has dicho?

—Sí.

Endimión salió de la habitación. Casi parecía que agradecía aquella distracción.

Evidentemente, Darién no era el único que, de repente, tenía problemas con las mujeres.

Poco después, Endimión apareció con las bebidas y dejó la bandeja al borde de la cama.

Hecho aquello, se marchó. Darién no creía que volviera, y sacudió la cabeza con pena. Si Endimión albergaba por Minako la mitad de los sentimientos que él tenía hacia Serena, estaba condenado a un mundo de dolor, y no de la clase que más ansiaba.

Darién le tendió a Serena un vaso de agua tibia. Le pasó una mano por la nuca, hizo

que inclinara la cabeza ligeramente hacia atrás y le puso el borde del vaso en los labios.

—Bebe —ordenó.

Ella apretó los labios y negó con la cabeza.

—Bebe—insistió él.

—No. Me dolerá el...

El vertió el contenido del vaso en la boca de Serena. Ella se atragantó y tosió, pero

bebió la mayor parte del agua. Varias gotas se le derramaron por la barbilla. El dejó el vaso vacio en el suelo.

Serena le lanzó una mirada de acusación.

—He dicho que me encontraba mejor, pero todavía tengo el estómago muy sensible.

El no le hizo caso. Le acercó la taza de café y le ordenó nuevamente que bebiera. Sin

embargo, ella intentó apartar la taza y, sin querer, la tiró al suelo. La porcelana se hizo

añicos y el café formó un río negro en el suelo.

Dos manchas sonrosadas le cubrieron las mejillas.

—No —dijo.

— Eso ha estado fuera de lugar —protestó él, y le apartó los mechones de pelo

húmedo de las sienes, disfrutando del tacto de su piel de seda.

—No me importa.

—Muy bien. No habrá café.

El se quedó mirándola, mirando a aquella mujer que había sacudido todo su mundo.

—¿Todavía deseas que te deje marchar? —preguntó él antes de poder evitarlo.

Serena apartó la mirada y la fijó en la pared, por encima del hombro de Darién, con

una expresión intensa. Pasaron varios minutos de silencio. Minutos angustiosos.

El agarró la almohada con fuerza.

—Es una pregunta que requiere un sí o un no, Serena.

—No lo sé, ¿de acuerdo? —respondió ella suavemente—. Me encanta el silencio, y

estás empezando a caerme bien. Te agradezco que me hayas cuidado. Pero...

Pero todavía estaba asustada.

—Te he dicho que soy inmortal. Te he dicho que estoy maldito. Lo único que tienes

que saber, aparte de esas dos, es que te protegeré de todo mientras estés aquí.

Incluso de sí mismo.

—¿Y protegerás a la otra mujer? —preguntó ella—. ¿A la que me ha ayudado?

A menos que se le ocurriera un modo de desafiar a los Titanes, dudaba que nadie

pudiera proteger a aquella sanadora. Ni siquiera Endimión. Sin embargo, Darién apretó con delicadeza la mano de Serena y respondió:

—No lo pienses más. Nicolás la cuidará.

Aquello no era una mentira.

Serena asintió con gratitud, y él sintió una punzada de culpabilidad.

De nuevo, pasaron unos minutos en silencio. Él la observaba con satisfacción, al

comprobar que sus mejillas recobraban un color saludable y que el dolor se desvanecía de su mirada. Ella también lo observaba con una expresión impenetrable.

—¿Cómo es posible que los demonios hagan cosas buenas? —Preguntó por fin—. Me

refiero a que, aparte de lo que has hecho por mí, sé que todos habéis hecho cosas

estupendas por la ciudad, con vuestras donaciones y actos filantrópicos. La gente cree que los ángeles viven en esta fortaleza. Lo han creído durante cientos de años.

—¿Y cómo sabes que lo han creído durante tanto tiempo?

Ella tembló y apartó la mirada.

—Yo... lo sé.

Serena tenía un secreto, algo que no quería que él supiera. Darién la tomó por la

barbilla y la obligó a mirarlo.

—Ya sospechaba que eres un cebo, Serena. Puedes decirme la verdad.

Ella frunció el ceño.

—Sigues llamándome eso como si fuera algo asqueroso y horrible, y yo no sé que es

un cebo.

En su tono de voz había una genuina confusión. ¿Inocente, o buena actriz?

—No voy a matarte, pero espero sinceridad completa por tu parte de ahora en

adelante. ¿Entendido? No me mientas.

—No estoy mintiendo.

Darién notó que su cuerpo comenzaba a calentarse lentamente, que el espíritu hacía

patente su presencia.

Se apresuró a cambiar de tema. El hecho de oír más mentiras podía hacer que saltara,

que hiriera. Y, cebo o no, Darién se negaba a dejar que aquello sucediera.

—Vamos a hablar de otra cosa.

Ella asintió. Parecía que estaba muy contenta de seguir su sugerencia.

—Hablemos de ti. Esos hombres te atravesaron con una espada anoche, y moriste. Sé

que has resucitado porque eres un guerrero inmortal, un demonio... o algo así. Lo que no sé es por qué lo hicieron.

—Tú tienes tus secretos y yo tengo los míos.

Él pensaba tenerla en el castillo y mantenerla con vida, así que no podía hablar de su

maldición; Ella ya le tenía miedo, y si se enteraba de la verdad, lo despreciaría. Ya era lo suficientemente malo que él supiera lo que había hecho para merecerse semejante castigo.

Más aún, si se sabía lo que le ocurría cada noche, quizá perdiera su reputación de

ángel. Alguien podía tomar su cuerpo, llevárselo y prenderle fuego, o decapitarlo sin que él pudiera hacer nada por evitarlo. Deseaba a aquella mujer más de lo que nunca hubiera deseado a otra, pero no confiaba en ella. Al menos, conservaba algo de cerebro.

— ¿Les pediste que te mataran para poder ir al infierno a visitar a tus amigos, o algo

así?

—Yo no tengo amigos en el infierno —replicó él, ofendido.

—Entonces...

—Entonces nada. Me toca a mí hacer las preguntas. No eres húngara. ¿De dónde eres?

Ella se recostó en la almohada con un suspiro y se acurrucó alrededor del cuerpo de

Darién. Al darse cuenta de que Serena estaba tan cómoda como para colocarse así, él

sintió una gran satisfacción.

—Soy de Estados Unidos. De Carolina del Norte, para ser exactos, aunque me he

pasado casi toda la vida viajando con el Instituto Mundial de Parapsicología.

—¿Y qué es eso?

—Es un organismo que estudia lo sobrenatural. Lo inexplicable. Criaturas de todo

tipo. Estudian y observan las diferentes razas, e intentan que haya armonía entre ellas.

Él se quedó callado. ¿Acababa de admitir que trabajaba con los Cazadores? Sus

acciones siempre habían estado llenas de odio, aunque ellos alegaban que preservaban la paz para la humanidad. Él frunció el ceño con confusión.

—¿Y qué haces para ellos?

Serena vaciló.

—Escucho para ayudar a encontrar seres y objetos de interés.

Después de decir aquello, se removió con incomodidad contra la almohada.

—¿Y qué pasa cuando encuentras esas cosas?

—Ya te lo he dicho. Las estudian.

—¿La gente con la que trabajas lleva tatuajes en las muñecas? ¿Un símbolo del

infinito?

Ella negó con la cabeza.

—No, que yo sepa.

¿Verdad? ¿Mentira? El no la conocía lo suficientemente bien como para discernirlo.

Todos los Cazadores fanáticos que habían atacado a los Señores en Grecia, y también aquellos a los que Darién había encontrado en el bosque el día anterior, estaban marcados con un tatuaje.

—Has dicho que escuchas. ¿Y qué es exactamente lo que escuchas?

Otra pausa, otro titubeo.

—Conversaciones —susurró Serena—. Mira, la gente que trabaja para el Instituto

aprende a guardar silencio sobre su trabajo. Casi nadie creería lo que hacemos. Nos

considerarían unos locos.

—Yo no. Preferiría que me contaras algo sobre tu trabajo.

Ella suspiró.

—Está bien. Te contaré una de mis misiones. Hace unos años, yo... eh, el Instituto,

descubrió un ángel. Tenía las alas rotas en varias partes. Mientras lo curábamos, él nos habló sobre las diferentes dimensiones, y las puertas que las comunican. Eso es lo mejor de mi trabajo. Con cada descubrimiento nuevo, aprendemos que el mundo es mucho mayor de lo que nos habíamos imaginado.

Interesante.

—¿Y qué hace el Instituto con los demonios?

—Los estudia, como he dicho. Actúa, y les impida que hagan daño a las personas, si es necesario.

— ¿Tu gente no destruye aquello que no entiende?

Ella se río.

—No.

Los Cazadores sí. Cuando habían asesinado a Badén y su entendimiento se había

perdido, la muerte de Desconfianza había dividido a los guerreros. La mitad de ellos

querían la paz, el perdón, un refugio, y se habían instalado silenciosamente en Budapest.

Los otros habían buscado la venganza, y habían permanecido en Grecia para continuar con la lucha.

A menudo, Darién se preguntaba si aquella enemistad sangrienta continuaría, y si los

Señores que se habían quedado en Grecia habrían sobrevivido durante todos aquellos

siglos.

Darién le apartó un mechón de pelo de la frente a Serena.

— ¿Qué más puedes contarme de ese Instituto?

Con el ceño fruncido, ella lo miró.

—No puedo creer que vaya a admitir esto, pero creo que lo siguiente que quieren

estudiar es a ti.

Aquello no fue una sorpresa. Fuera lo que fuera aquel Instituto, era normal que

tuviera interés en los demonios. Sin embargo, con los sensores y las cámaras de Andrew, nunca conseguirían ascender por la colina, y aquellos que se atrevieran a intentarlo recibirían el mismo trato que los Cazadores.

—Pueden intentar estudiarnos, pero no les resultará fácil —le dijo a Serena.

Estando tan cerca de ella, percibía de lleno su olor, y la sexualidad de Darién estaba

despertando rápidamente. Con cada segundo que pasaba, se sentía más excitado. Ella era suave y dulce. Estaba viva y se sentía mejor. Y era suya.

De repente, él quería olvidar el Instituto. No quería saber nada más de aquello.

—Te deseo —dijo—. Con todas mis fuerzas.

Los preciosos ojos de Serenase abrieron desmesuradamente.

—¿De veras?

—Eres muy bella. Todos los hombres deben desearte —dijo él.

Sin embargo, rápidamente puso una cara fiera. Si algún hombre intentara tocarla,

moriría. Con dolor, con lentitud.

Violencia ronroneó para mostrar su aquiescencia.

Las mejillas de Serena se colorearon, y él recordó las rosas que a veces veía crecer

junto a los muros de la fortaleza. Ella sacudió la cabeza.

— Soy demasiado rara.

—¿Por qué dices eso?

Ella apartó la mirada.

—No importa. Olvida que lo he dicho.

—No puedo —dijo Darién, y le pasó un dedo por la mejilla.

Serena se estremeció. Se movió contra él y, al instante, su excitación impregnó el aire.

Él se la bebió.

—Tú también me deseas —dijo con un gruñido de satisfacción y olvidó su pregunta,

y la negativa dé Serena a responder.

—Yo... yo...

—No puedes negarlo —afirmó él—. Así que te lo preguntaré de nuevo: ¿Todavía

quieres que te lleve a casa?

Ella tragó saliva.

—Pensaba que sí. Hace sólo unas horas, lo único que quería era escapar; ahora... No

puedo explicármelo ni siquiera a mí misma, pero deseo quedarme aquí? Quiero quedarme contigo. Por ahora, al menos.

La satisfacción de Darién se intensificó, lo invadió. En aquel momento, no le

importaba que ella hubiera respondido como mujer o como cebo. «La tendré».

«La tendremos», corrigió Violencia, y Darién se asustó al percibir el fervor de su

tono. «La tendremos».