10
Cuando Nicolás y Minako entraron a la fortaleza por la ventana y aterrizaron en el suelo del dormitorio de Darién con un suave golpe, Serena se quedó asombrada. Nunca lo hubiera imaginado. Aquel hombre tenía de verdad unas alas negras y brillantes.
«Querías conocer a otros como tú, Tsukino. Bueno, pues lo has conseguido».
Darién le había dicho que era inmortal, que estaba poseído. Ella había sospechado
que podían ser demonios, así que no le extrañaba que lo fueran de verdad. Pero ¿alas?
Mientras ascendía por la colina, había oído voces que hablaban de un hombre que podía volar, pero no le había dado importancia. Estaba demasiado ocupada intentando bloquear la catarata de voces. Debería haber prestado atención, pero también había escuchado que... había un hombre que podía entrar al mundo de los espíritus, y otro podía hipnotizar con una sola mirada...
Suspiró. Darién la había hipnotizado. Desde el principio, había quedado atrapada en
su red. La extraña lujuria que sentía por él era tan impropia de ella como su precipitada decisión de quedarse en el castillo.
—Aquí está el Tylenol —dijo Minako con voz temblorosa, y sacó un frasquito rojo y
blanco de un bolsito de color verde.
A su lado, Nicolás irguió los hombros. Sus alas se cerraron y desaparecieron por
completo. Se inclinó, toma la camiseta del suelo y se la puso, cubriendo los tatuajes
amenazantes que le decoraban el torso. Caminó hasta la ventana y la cerró antes de
volverse hacia Minako con los brazos cruzados. Se quedó allí, callado, observándolo todo.
—Gracias —dijo Serena—. Siento que lo hayas pasado tan mal para traérmelo.
Minako le entregó dos pastillas en silencio, que ella aceptó con gratitud. Aún sentía
algo de dolor y tenía calambres que le molestaban, y todavía tenía náuseas. Sin embargo, se encontraba mucho mejor que al principio.
Darién tomó las pastillas antes de que ella se las metiera a la boca. Las estudió
atentamente y frunció el ceño.
—¿Son mágicas? —preguntó con curiosidad.
—No —dijo ella.
—Entonces ¿cómo es posible que dos piedrecitas calmen el dolor?
Serena y Minako se miraron con desconcierto. Aquellos hombres habían tenido que
relacionarse con los humanos durante todos aquellos años. ¿Cómo era; posible que no supieran nada de la medicina moderna?
La única explicación que Serena encontraba para todo aquello era que nunca le habían prestado atención a una persona enferma. Además, sólo uno de los hombres, Jedite, iba a la ciudad con frecuencia. Ella lo sabía porque había oído voces que lo decían.
Entonces ¿Darién permanecía encerrado en aquel castillo? De repente, Serena
sospechó que sí, y eso hizo que se preguntara si se sentiría alguna vez olvidado, si sentiría desamor y desamparo.
Salvo por la amabilidad con que Black la trataba, Serena también se había sentido
así en el Instituto, siempre. Allí sólo valía por su capacidad de oír voces. Se dio cuenta de que quería entender a Darién. Quería descubrir cosas sobre él, reconfortarlo como la había reconfortado a ella. Darién no podía saberlo, y ella no iba a decírselo, pero cada vez que la había acariciado y le había frotado el abdomen, o le había dicho palabras de aliento, se había enamorado un poco de él. Era una equivocación, una tontería, pero era imparable.
Debería hablarle de su habilidad para oír voces, pero había decidido no hacerlo
cuando él había mostrado un interés tan agudo, casi enfado. Se había dicho: «Si Darién se enfada antes de saber hasta dónde llega mi habilidad, ¿se quedará horrorizado cuando conozca toda la verdad?».
En el Instituto, la mayoría de la gente se sentía incómoda con ella porque sabían que
podía enterarse de sus conversaciones privadas con sólo entrar en una habitación. Como había decidido quedarse en el castillo, por muy raro que fuera aquel lugar, no quería enfrentarse a aquel rechazo en los demás. Por una vez, quería que la consideraran la persona más normal de todas. Sólo durante un rato.
Estando con demonios, aquello no debería ser tan difícil.
Le diría la verdad, sí. Quizá cuando pasaran unos días. Mientras tanto tenía que hallar
la forma de ponen se en contacto con Black. Su jefe se merecía saber lo que le había
ocurrido, y que estaba bien. No quería que se preocupara.
—Tómatelas —ordenó Darién, interrumpiendo sus pensamientos, y le entregó las
dos pastillas—. Si empeoras —añadió, mirando a Minako—, no soy responsable de mis actos.
— No la amenaces —se apresuró a responder Serena—. He tomado esta medicina
más veces. Me pondré bien.
—Ella...
—No ha hecho nada malo.
Serena no sabía de dónde había sacado aquella valentía. Sólo sabía que estaba allí, y
que no permitiría que Darién intimidara y echara bravatas.
Sabía que nunca le haría daño a ella. Se quedaría a su lado, la cuidaría, la abrazaría
como si fuera algo muy preciado. Sin embargo, por muy maravillosamente que la hubiera tratado, no podía permitir que le hiciera daño a Minako, que también la había ayudado.
—Serena —dijo él con un suspiro.
—Darién.
El volvió a extender los dedos sobre su abdomen y Serena pensó que podría quedarse
para siempre entre sus brazos. Nunca nadie, ni siquiera Black, había conseguido que se sintiera tan especial.
—Serena —repitió Darién. Sus miradas quedaron atrapadas, y sus ojos brillaron con
un fuego zafiro— Di otra vez mi nombre.
—Darién.
El cerró los ojos durante una fracción de segundo, y por un instante, en su rostro se
dibujó una expresión de embeleso.
—Me gusta oírtelo decir.
A Serena le sorprendió la alegría que él podía sentir con algo tan sencillo. Notó un
escalofrío. Sin embargo, al segundo siguiente, su semblante volvió a ser normal. Aquella pequeña muestra de placer se había desvanecido de sus rasgos, como si no se fiara de sí mismo con aquella emoción.
—Minako...
—Me va a dar un poco de agua —dijo Serena en su lugar—. Para tomar las pastillas.
—Sí, en seguida —dijo Minako. Tomó el vaso vacío del suelo y entró al baño. El sonido del agua le llenó los oídos a Serena; un instante después, Minako estaba a su lado de nuevo, tendiéndole el vaso.
Ella lo tomó y se tragó las pastillas. El frescor del agua le alivió la ligera irritación que
tenía en la garganta.
—Gracias —dijo Serena.
—Bien. Entonces ya está hecho —intervino finalmente Nicolás —. Acompañaré a la
chica a la habitación de Mamoru.
—La chica tiene nombre —le espetó Minako.
—¿Y cuál es? ¿Bocazas? —murmuró él. La tomó por el brazo y la llevó hacia la puerta.
Era evidente que aquel hombre no tenía ni modales ni la más mínima Idea de cómo tratar a una mujer.
Si Serena decidía quedarse allí, tendría que arreglar aquello.
— ¡Esperad! —gritó.
Nicolás continuó su camino.
—¿Estará bien? —preguntó.
Después de una leve vacilación, Darién respondió.
—Sí. -Bien —dijo ella.
Entonces se dio cuenta de que estaba a solas con él. Por supuesto, en aquel momento se dio cuenta también de que tenía un sabor horrible en la boca. Dios, debía de parecer un espanto y debía de oler fatal. Se sintió mortificada.
—Eh..., necesito ir al baño.
—Te ayudaré.
Él la tomó en brazos sin ningún esfuerzo, como si fuera un saquito de plumas y se
puso en pie. Ella le rodeó el cuello con los brazos y la fuerza y el calor de Darién la
calaron hasta los huesos. Él traspasó el umbral y se detuvo en el centro del cuarto de baño.
Al sospechar que quería quedarse, Serena sacudió la cabeza, y tuvo que reprimir una
oleada de mareo.
—Puedo hacerlo sola.
—¿Y si te caes?
Cabía la posibilidad, pero no tenía ninguna intención de permitirle que se quedara con
ella, mirando.
—Estoy bien.
Aunque su expresión era dubitativa, Darién dijo:
—Llámame si me necesitas. Estaré esperando detrás de la puerta.
Lentamente, dejó que Serena se deslizara por su cuerpo hasta que posó los pies en el
suelo. Ella tuvo que agarrarse al pomo de la puerta para mantener el equilibrio.
—Sal, por favor.
Él obedeció, aunque de mala gana. Cuando estuvo fuera, ella cerró la puerta.
—Cinco minutos —dijo Darién.
Serena echó el cerrojo y murmuró:
—Tardaré todo lo que quiera.
—No. Dentro de cinco minutos, voy a entrar, hayas terminado o no. La cerradura no
servirá de nada.
—Cabezota.
—Preocupado.
Dulce. Con una media sonrisa, ella se lavó lo mejor que pudo, y se lavó los dientes con uno de los cepillos que encontró en el armario del baño. Estuvo a punto de caerse en dos ocasiones. Después utilizó el inodoro, se deshizo algunos enredos del pelo y decidió, después de observar su pálida cara en el espejo, que no podía hacer nada más por mejorar su aspecto.
Con un minuto de sobra, descorrió el cerrojo y llamó a Darién. Aunque su voz era
débil, Darién abrió la puerta como si hubiera gritado. Tenía una expresión tensa. Ella
cerró los ojos, porque cada vez estaba más mareada.
—Has abusado de tus fuerzas —dijo él.
De nuevo, la tomó en brazos y la llevó a la cama. I a tendió suavemente en el colchón y se tumbó a su lado.
— ¿Te sientes mejor? —preguntó. La atrajo hacia la curva de su cuerpo, exactamente
donde ella quería estar.
Aquel calor delicioso la envolvió, y Serena exhaló un suspiro de placidez. Lo había
buscado durante toda la vida, pero había hecho falta que conociera a un inmortal poseído para descubrir aquel pedazo de cielo silencioso, pleno de deseo.
—¿Mejor? —repitió él.
—Mucho mejor —respondió Serena con un bostezo.
Abrigada, segura y limpia, casi libre del dolor, notó que el sueño la vencía. Se le
cerraron los ojos y luchó por mantenerlos abiertos. No quería que terminara aún aquel
momento que estaba compartiendo con Darién.
—Tenemos mucho de lo que hablar —dijo él.
—Lo sé —susurró Serena.
Si Darién respondió, ella no lo oyó. Se estaba quedando dormida. Él la besó en la
mejilla con ternura. Sus labios eran firmes, pero suaves, y entre ellos dos ardió una llama con el contacto. «Abre los ojos Tsukino. Quizá te bese en la boca». Lo intentó, lo intentó de verdad. Sin embargo, aunque su mente estaba dispuesta, su cuerpo se encontraba muy débil.
— Hablaremos más tarde —susurró Darién. Ahora, duerme.
— ¿Te vas a quedar? —preguntó ella. « ¿Cómo es posible que lo necesite así? Lo
conozco desde hace sólo un día».
—Sí. Ahora duérmete.
Incapaz de hacer otra cosa, Serena obedeció.
—Los he visto —dijo Nicolás con una expresión sombría—. Darién no los mató a
todos; Jedite y Endimión no debieron verlos cuando fueron a explorar los alrededores. Hay más Cazadores, y en este momento están reunidos en la ciudad. Creo que he oído que mencionaban las palabras «esta noche», pero volaba demasiado alto como para estar seguro.
Por segunda vez en dos días, todos estaban reunidos en la sala de entretenimiento.
Sólo faltaba Darién, pero Nicolás casi se sentía aliviado por su ausencia. Su compañero estaba impredecible últimamente, por no mencionar que se hallaba completamente embelesado con la humana.
—¿Cómo sabes que son Cazadores? —preguntó Mamoru. Tenía la tensión reflejada en el rostro.
—Iban armados con cuchillos y pistolas, y tenían el tatuaje del infinito en la muñeca.
—¿Cuántos eran?
—Seis
—Bueno, esto es un fastidio —dijo Jedite—. Donde hay seis, hay seis más, y seis más, y así sucesivamente.
—Malditos Cazadores —dijo Endimión con desprecio.
—No quiero tener que hacer la maleta y salir de aquí, como en otras ocasiones. Ésta es nuestra casa. No hemos hecho nada malo. Si han venido a luchar, yo digo que luchemos contra ellos —opinó Nioclas.
—No nos han desafiado —observó Mamoru—. ¿Por qué?
—Subían por la colina. Eso ya es suficiente desafío. ¿Y qué opináis de la chica de
Darién? Quizá los Cazadores estén esperando su señal.
—Ahora, ella es representa más complicación que nunca —murmuró Andrew—. Y
todavía me pregunto cuál es el papel de los dioses en todo esto.
—Tenemos que decírselo a Darién —opinó Nicolás. Andrew sacudió la cabeza.
—No le importará. Ya has visto cómo está con ella. -Sí...
Y se sentía disgustado por ello. ¿Qué clase de guerrero daba de lado a sus amigos por una mujer que, además, podía traicionarlo?
—Vigilaremos y dejaremos que los Cazadores asciendan por la colina esta vez. No
quiero que mueran inocentes en la batalla —dijo Mamoru. Endimión negó con la cabeza.
—No quiero que los Cazadores entren aquí. A nuestra casa no. Yo propongo que
paseemos a la humana de Darién por la ciudad, que usemos al cebo como cebo para
atraer a los Cazadores. Nos seguirán con intención de salvarla, y atacarán. Nosotros los conduciremos a una trampa, lejos de la ciudad, y los aniquilaremos.
Todo el mundo lo miró con desagrado.
—Si nos ven —dijo Nicolás—, la ciudad se volvería contra nosotros. Será como en
Grecia otra vez.
—No nos verán —replicó Endimión—. Andrew puede vigilar la zona con las cámaras y
decirnos por radio cuándo se acerca alguien.
Nicolás reflexionó sobre ello y después asintió. Los Cazadores se distraerían
intentando salvar a Serena, y los guerreros podrían atraparlos uno por uno. Y lo más
importante de todo, él no tendría que limpiar la sangre de las paredes.
Miró a Mamoru, que tenía cara de resignación.
—Está bien. Usaremos a la chica.
Jedite se frotó la nuca y Nicolás pensó que iba a protestar. Sorprendentemente, no lo
hizo.
—Supongo que ahora tenemos que pensar cómo evitaremos que Darién nos cuelgue
cuando lo averigüe.
Minako miró a su madre, a su hermana y a su abuela, que a su vez la observaban con
esperanza y curiosidad, miedo y aprensión. Era la más joven, pero de algún modo, se había convertido en la líder del grupo.
— ¿Qué ha pasado? —Preguntó su madre retorciéndose las manos—. ¿Qué te han
hecho?
¿Qué debía decirles? Minako dudaba que creyeran la verdad: que había hecho una
reanimación, que había ayudado a salvar a una mujer de la muerte y que despues un
hombre con alas la había llevado volando, ¡volando!, a la ciudad, donde había recogido su bolso, y que a continuación había vuelto al castillo en el mismo medio de transporte, todo en menos de media hora.
Aunque ella misma lo había vivido, le resultaba increíble. Además, la verdad les
provocaría más miedo, y ya estaban lo suficientemente asustadas.
—Creo que nos van a soltar pronto —mintió.
La abuela Luna comenzó a llorar, a exhalar grandes sollozos de alivio. Diana, la
hermana mayor de Minako, se desplomó en la cama con un apenas audible «gracias a
Dios». Sólo su madre permaneció inmóvil.
—¿Te han hecho daño, cariño? —lo preguntó con los ojos llenos de lágrimas—. No
pasa nada, puedes decírmelo. Lo soportaré.
—No, no me han hecho nada —respondió ella.
—Dinos qué ha pasado —le pidió su madre, tomándola de las manos—. Me he vuelto
loca imaginando todo tipo de cosas. ¿Y si esas... cosas no nos dejan marchar? ¿Y si deciden matarnos, tal y como han estado hablando?
«Sé fuerte. No dejes que vean sus miedos en ti».
—Prometieron que nos liberarían si ayudaba a curar a la mujer, y lo he hecho.
—Los hombres suelen mentir —dijo su hermana, incorporándose.
Diana tenía veintinueve años y era profesora de gimnasia. Normalmente era
calmada y reservada. Ninguna se había visto en una situación como aquélla, y ninguna
sabía cómo enfrentarse a ella.
Hasta aquel momento habían tenido vidas despreocupadas y se habían engañado
pensando que no podía ocurrirles nada malo. Antes de eso, lo peor que le había ocurrido a Minako era la muerte de su abuelo, que había fallecido dos meses atrás. Había sido un hombre maravilloso con pasión por la vida, y ella había sentido su muerte hasta el tuétano de los huesos. Todas habían sufrido. Y sufrían.
Habían pensado que pasar unas vacaciones allí las ayudaría a mitigar la pena y las
haría sentirse más próximas al hombre al que nunca volverían a ver. A su abuelo le
encantaba aquella ciudad; siempre hablaba de las dos semanas mágicas que había pasado allí antes de casarse con la abuela.
Nunca había mencionado a un grupo de guerreros homicidas con alas.
—Hemos registrado la habitación una y otra vez le dijo su abuela—. Las únicas salidas
son la puerta y la ventana, y no podemos abrir ninguna de las dos.
—¿Por qué quieren hacernos daño? —gritó Diana.
—No me lo han dicho —respondió Minako con un suspiro.
Dios, aquello era una pesadilla. Justo antes de que las secuestraran, habían estado
visitando el barrio de los castillos. Ella nunca había visto nada tan bonito como las luces que brillaban en aquella arquitectura majestuosa de siglos atrás. Había echado de menos sus pinturas, sus lienzos, para capturar aquellas visiones.
Eso era lo que quería hacer al llegar al hotel. Pintar.
Sin embargo, cuando había entrado en su habitación se había encontrado con un
hombre muy alto, lleno de cicatrices, de pelo negro y ojos de colores extraños que la había abordado. Olía a flores, recordó. Ese olor le había resultado reconfortante, de algún modo, en medio del ataque de pánico más grande de su vida. El hombre de las alas también estaba allí, pero las llevaba escondidas bajo la camiseta.
Qué fácilmente las habían reducido. Pese a que ellas eran cuatro, y ellos sólo dos, las
habían dejado sin sentido con facilidad, y cuando habían vuelto a despertar, estaban en aquella habitación.
— Quizá debamos intentar seducir a uno de ellos para que nos dé una llave —le
susurró Diana.
Inmediatamente, Minako pensó en el guerrero de piel oscura y ojos negros. Cada vez
que lo veía, estaba sangrando. ¿Torpeza? No parecía torpe, pero... quizá debería haberse ofrecido a curarle las heridas. Quizá si hubiera sido más amable con ella. Y quizá la hubiera ayudado si ella se lo hubiera pedido.
Quizá la hubiera besado.
La mera idea la excitaba, demonios.
—Ninguna mujer tendría que ofrecer su cuerpo para escapar de una prisión —
murmuró, enfadada consigo misma. La imagen de Endimión se le apareció en la mente, y añadió— Pero lo pensaré.
Espero les este gustando la lectura espero y Endimion y Minako se enamoren tambien ya se preferirian Yaten por Mina pero es que ninguna me convencio para ser la pareja con Endimion mas que Minako bueno les dejo estos capitulos mas nos vemos mañana con otro dos o 3 capítulos dependiendo del señor tiempo ^^
Isis Gremory
