11
Darién abrazó a Serena durante varias horas mientras ésta dormía, reviviendo en
cuerpo y alma. El tiempo era su enemigo, y la medianoche se acercaba rápidamente, pero no la despertó. Ni siquiera cuando le quitó los zapatos y el jersey, dejando a la vista unos pies delicados y una camiseta que le dibujaba los pechos. Sintió que le hervía la sangre de la excitación.
La hora del almuerzo había pasado y tenía hambre, pero deseaba a Serena más de lo
que deseaba la comida. Quería abrazarla, oír sus suspiros en mitad del sueño... Era el cielo.
Se sentía más en paz de lo que había estado en siglos, y no se sorprendió cuando
comenzaron a cerrársele los ojos y su mente comenzó a vagar.
«Despierta, guerrero. He vuelto», dijo una voz en su cabeza. Una voz que le resultaba
familiar. Aquello sí que le sorprendió.
Darién se puso tenso y abrió los ojos de golpe. Rápidamente observó toda la
habitación. No vio a nadie ninguna sombra.
Prefería enfrentarse a un Cazador que a un Titán que había prometido que ayudaría a
Serena y la había abandonado. ¿Intentaría aquel ser arrancársela de los brazos?
« ¿Dónde está mi compensación, guerrero?».
—¿Quién eres? —susurró para no despertar a Serena.
«No tengo por qué decírtelo», respondió su interlocutor con irritación.
—¿Y qué quieres de mí?
«Me lo prometiste todo. Todo».
—Te prometí que haría cualquier cosa si salvabas a la chica. Tú no la salvaste. Lo
hicimos nosotros.
«De todos modos, está viva».
—Pero tú no hiciste nada.
« ¿Estás seguro?».
La voz se había vuelto sedosa, como si quisiera desafiarlo a que la contradijera.
¿Estaba seguro? Minako había ayudado apretando el pecho de Serena, y ella había
recuperado la respiración. Endimión y Nicolás también habían hecho su parte. Darién la había abrazado, la había ayudado a limpiarse y la había reconfortado.
¿Qué había hecho aquel ser? ¿Importaba?
—¿Qué quieres que haga? —le preguntó con resignación.
Hubo un ronroneo de satisfacción.
«Diles a tus amigos que vayan al cementerio de Kerepesi a medianoche. Deben ir
desarmados, y no pueden decirle a nadie lo que están haciendo. Irán solos y yo los visitaré. Les mostraré quién soy».
—A medianoche estaremos ocupados en otra cosa,
«Tu maldición de muerte. Sí, lo sé. Mamoru y Endimión tienen permiso para llegar más tarde»
—Pero...
«Sin objeciones. Medianoche. Desarmados».
Darién parpadeó. Aquello no tenía sentido. ¿Por qué quería que los hombres fueran
sin armas? Un dio podía aplastarlos por mucho armamento que portaran.
« ¿Se lo dirás?».
Darién entornó los ojos. Aquél no era un dios, si lo era, tenía intención de conducirlos a una emboscada. Él ya pensaba que los Titanes eran crueles, así que no dudaba que eran capaces de algo así. Sin embargo, él ya estaba maldito. Si aquél era un dios, Darién sería castigado, porque no podía pedirles a sui] amigos que se aproximaran a
una situación potencialmente peligrosa sin armas. Y si no lo era, significan que alguien, otro ser, tenía el poder de infiltrarse en sus pensamientos.
A su lado, Darién chasqueó los labios y rodó hasta tumbarse boca arriba. Tenía un
brazo apoyado en la frente, y el otro sobre el estómago. Estaba a punto de despertarse, pero resistiéndose a hacerlo.
« ¿Se lo dirás?», preguntó de nuevo la voz; sin embargo, su tono en aquella ocasión fue inseguro, ansioso.
Y Darién se dio cuenta. No era la voz de un diosa No podía serlo. Un ser todopoderoso podría arrastrar a] los guerreros al cementerio, y no se delataría con una
sola muestra de duda. Darién apretó los dientes.
«No me obligues a preguntártelo otra vez».
—Por supuesto que se lo diré —respondió Darién.
Hablaría con sus amigos, pero no les diría lo que aquel ser quería que les dijera.
«Entonces, hasta esta noche», dijo la voz, que prácticamente canturreaba de satisfacción.
«Hasta que sepamos la verdad», pensó Darién, pero por supuesto, no lo dijo en voz
alta. No obtuvo respuesta, no hubo ninguna reacción, y él sonrió lentamente. Aquel ser
podía infiltrar palabras en su mente, pero no podía leerle el pensamiento. Bien. Muy, muy bien.
La corriente de poder se desvaneció del aire.
Darién pensó rápidamente en todas las posibilidades. Quizá aquella entidad pudiera
oír una conversación a distancia. Quizá, como Darién y sus compañeros, su interlocutor era un inmortal con poderes especiales.
¿Un Cazador inmortal?
Con cuidado de no despertar a Serena, se levantó de la cama y salió de la habitación.
Recorrió el castillo hasta que encontró a Mamoru. El guerrero estaba sentado en un sofá dela sala de entretenimiento, a solas y en silencio, con un vaso de whisky en la mano.
Meditaba.
Darién le dijo a su amigo lo que había ocurrido y Mamoru palideció. Incluso sus
cicatrices parecían más blancas.
—Cazadores. Titanes. Mujeres. Y ahora, seres sin identificar con poderes
desconocidos. ¿Cuándo va a terminar todo esto?
Darién se pasó una mano por el pelo.
—Parece que ocurre algo nuevo a cada minuto que pasa.
Y pensar que el día anterior se había quejado de la monotonía de su vida...
—Al menos tenemos varias horas para decidir lo que podemos hacer al respecto. Voy
a pensarlo antes de contárselo a los demás. Están pasando muchas cosas a la vez, muchos cambios.
Darién asintió.
—Ya sabes dónde encontrarme si me necesitas -le dijo.
Después volvió a su habitación, agradecido por aquel aplazamiento. Todavía no estaba dispuesto a separarse de Serena.
Ella estaba tendida exactamente igual que la había dejado. Era una visión maravillosa
en medio de la espartana estancia. Al tumbarse en el colchón, la despertó.
— Darién —murmuró ella.
Aquella única palabra fue un gemido somnoliento que encendió su sangre como
seguramente la encendería una caricia de sus delicados dedos. Con deseo renovado,
Violencia se hizo notar de nuevo. Estaba hambrienta. Necesitaba algo. ¿Sangre? ¿Dolor?
¿Gritos? Él no lo sabía, no podía saberlo. «Me controlare, No le haré daño a esta mujer».
Serena frotó la mejilla contra su costado y ronroneo como un gatito satisfecho.
—¿Darién?
Violencia también ronroneó.
Él se agarró a las sábanas. ¿Qué quería obligarle a hacer Violencia? Sus deseos eran
oscuros. Darién comenzó a sudar y apretó los dientes.
—¿Darién? —repitió Serena.
En aquella ocasión, su tono era de preocupación. Se incorporó, y los mechones de su
preciosa melena color miel le cayeron en cascada por la espalda. Los rayos de sol que
entraban por la ventana la bañaban en un halo brillante de color ámbar. Miró a Darién
fijamente.
—¿Qué ocurre?
Él no podía responder. No pudo hablar debido al mulo que tenía en la garganta.
Cada vez más preocupada, Darién se inclinó hacia él y metió las manos bajo su
camiseta para pasarle las palmas por el pecho. Aquella caricia fue excitante, decoradora.
Siempre había una fuerte energía entre ellos. Darién nunca había sentido nada semejante.
Sin embargo, se dio cuenta de que al espíritu también le gustaba. Rugió, no de furia,
sino de apetito. «Más...». Las nebulosas necesidades de antes volvieron a crearse y se dejaron identificar. Placer y pasión. Éxtasis y un deseo exquisito.
—¿Cómo te encuentras? —preguntó Darién, y tragó saliva. Le resultaba asombroso
desear algo, a alguien, sin sentir un impulso arrollador de hacer daño.
—Mejor.
—Me alegro.
Él permaneció inmóvil un largo rato, permitiendo a Serena que le acariciara el pecho y
disfrutando de todas las sensaciones que le producía. Era como un sueño erótico, dulce, suave, y no quería que terminara nunca. Estaba vibrando; o quizá fuera el espíritu.
«Peligroso». Iba a desnudarla y tomarla en cuestión de minutos si no la detenía.
—Tienes la cara mucho mejor —susurró Serena— los golpes se han curado.
— Sano rápidamente. Ven —respondió él. Rodó por la cama y le tendió la mano.
La mirada de Serena fue desde su rostro a su mano, y después a su rostro de nuevo, en busca de alguna respuesta.
—Cambias de estado de ánimo más rápido que nadie que yo haya conocido —
refunfuñó.
Sin embargo, le dio la mano tímidamente, como si no pudiera contenerse. Los dedos
de ambos se entrelazaron.
Otra chispa
.
Ella la sintió también, obviamente, porque jadeó al primer contacto.
Temblando a causa de la necesidad, él hizo que se pusiera en pie. Serena se tambaleó ligeramente y se agarró con fuerza a su mano.
— ¿Adónde vamos?
Al Paraíso, si él se salía con la suya.
—A la ducha.
No esperó su respuesta, sino que la llevó al cuarto de baño. Y, sorprendentemente,
Serena no protestó.
—Debo de tener un aspecto horrible — murmuró. Se pasó una mano por el cabello e
hizo una mueca desagrado—. Ah. Qué pelos.
—Tú nunca podrías tener un aspecto horrible.
Ella se ruborizó.
—Sí, sí puedo. Es sólo que... no sé. No mires hasta que esté limpia, o algo así.
— Ya he intentado no mirarte, créeme —dijo él; pero sus ojos siempre la buscaban
como si tuviera voluntad propia, atraídos por una fuerza más potente que él mismo.
Llegaron al cuarto de baño y él la soltó. «Casi ha llegado el momento. Sólo un poco
más».
De espaldas a ella, abrió el grifo. El agua comenzó a caer, fría al principio,
calentándose gradualmente. Muy pronto, el vapor de agua comenzó a surgir de la bañera y a subir en espiral hacia el techo, condensándose y después cayendo como diminutas gotas de agua.
Darién se volvió hacia Serena.
—Siento lo de tu habitación. Yo... eh... la limpiaré después —dijo ella, mirándose los
pies descalzos.
—No, lo haré yo —respondió él con la voz ronca.
Ella lo miró a los ojos.
—No. Preferiría que no lo hicieras. Ya estoy lo suficientemente avergonzada. He
vomitado varias veces..., quizá incluso te haya manchado. Me resulta mortificante. Lo que haya podido caer al suelo es responsabilidad mía.
—Fue culpa mía. Es mi habitación. Yo la limpiaré.
No le gustaba la idea de verla haciendo labores domésticas. La quería en su cama,
descansando. Y desnuda; sí, desnuda. Quizá no descansando, entonces, sino lamiéndolo y mordisqueándolo a él.
Al pensarlo, se excitó al instante.
—Quítate la ropa —le dijo, con la voz mucho más ronca de lo que hubiera querido.
Ella parpadeó de la sorpresa y después bajó la mirada.
— ¿Qué?
—Que te quites la ropa.
— ¿Ahora mismo? —preguntó con un chirrido.
Darién frunció el ceño.
— ¿Te duchas normalmente con la ropa puesta?
—No, pero normalmente me ducho sola.
—Hoy no.
Se sentía como si llevara toda la vida esperando aquel momento. Serena. Desnuda.
Suya, para que él pudiera hacer lo que más le complaciera, con sus curvas pidiéndole que las explorara.
—¿Por qué hoy no? —preguntó Serena, en tono suplicante.
—Porque no —respondió Darién, y con obstinación, se cruzó de brazos.
— Darién...
—Serena. Quítate la ropa. Está sucia.
Tras él, el agua continuaba cayendo a la bañera blanca. Y frente a él, Serena
continuaba mirándolo como si estuviera azorada.
—No —respondió ella, y dio unos pasos para retroceder hacia la puerta, lentamente.
Él se inclinó hacia ella y estuvo a punto de rozarla con la nariz. Sin embargo, no la
besó. No la tocó, Alargó el brazo por detrás de ella y cerró la puerta para impedirle la
huida. El suave clic resonó contri las paredes y ella tragó saliva. Palideció.
Darién suspiró. No quería que se asustara, quería que se sintiera excitada.
—No tengas miedo.
—No... no tengo miedo.
Él no la creía, no sabía qué podía pensar. No entendía por qué se resistía a algo que,
sólo unos minutos antes, deseaba. Así que le preguntó:
— ¿Cómo te sientes? ¿Estabas mintiendo cuando me dijiste que te encontrabas mejor?
Mentir o no mentir, se dijo Serena. Si le contaba que todavía se sentía mareada, él
nunca le permitiría que se duchara sola. Y si le contaba que de veras estaba curada, querría verla desnudarse. Ella nunca hábil hecho eso ante ningún hombre, y menos ante un desconocido. Y un desconocido inmortal, además.
«En realidad, ya no es un desconocido. Me ha abrazado, ha dormido a mi lado, me ha
cuidado y me ha limpiado la cara».
Todo eso era cierto, pero ella no conocía la intimidad de aquel hombre. Lo que le
gustaba y lo que no, y la historia de sus relaciones, que debía de ser bastante larga,
teniendo en cuenta que había vivido tantos años.
Serena no sabía si él quería tan sólo pasar aquel día ron ella, o si quería algo más.
Muchas veces, en muchos idiomas distintos, Serena había oído a un hombre decirle a
una mujer lo que ella quería oír, y cómo después la abandonaba. Los había oído mentir sin preocuparse de la mujer que los esperaba en casa. Había oído embustes bonitos y descarados.
¿Cómo trataría su cuerpo Darién, que era un demonio declarado? ¿Cómo la trataría
después de que terminara el sexo?
Por mucho miedo que le diera la perspectiva de estar con él, Serena tenía que admitir
que también era excitante. Emocionante. En los ojos de Serena había reflejado un intenso deseo; un fuego violeta tan fiero como abrasador.
Nadie la había mirado así.
Ella era la chica rara, la loca que no podía tener una conversación normal porque
estaba demasiado ocupada escuchando las conversaciones de otros.
«Aprovecha la oportunidad, Tsukino. Atrévete a vivir por una vez. Sabes que quieres
hacerlo».
Miró a Darién. Estaba rodeado de vapor; tenía un aura fantasmal, de ensueño. La
expresión de su rostro era despiadada, pero sexy, y llevaba el pelo cortado a capas
desiguales. Ella siempre había querido tener un hombre, una relación. Siempre había
sentido curiosidad por la pasión de la que tanto había oído hablar. Sin embargo, deseaba estar con un hombre que la quisiera, que no la dejara cuando el fuego de la pasión se hubiera consumido.
—¿Cómo te encuentras? —repitió él.
—Bien —admitió ella finalmente—. Me siento bien. No mentía.
—Entonces ¿por qué estás ahí inmóvil? Desnúdate.
—No me des órdenes —dijo Serena. Si le permitía imponerse en aquel momento,
siempre lo haría, ¿Siempre? ¿Cuánto tiempo iba a quedarse?
Él se quedó en silencio durante un momento.
—Por favor.
« ¿De verdad vas a hacerlo?».
Sí. Lo haría. El no la quería, y ella no estaba segura de cómo iba a tratarla después,
pero iba a hacerlo. Lo deseaba en aquel momento y lo había deseado desde el principio.
Le tembló la mano cuando se la llevó a la cremallera de la chaqueta rosa. Sin embargo, se dio cuenta de que ya no la llevaba puesta. Ni el jersey. Él debía de habérselos quitado mientras dormía. Con las mejillas ardiendo, tomó el borde de la camiseta, se la quitó y la tiró a un lado. Se quedó con una camiseta interior, el sujetador y los vaqueros.
Darién asintió.
—Llevas demasiadas capas. Quítate más, por favor
Ella posó las manos en el borde de la camiseta interior. Se detuvo.
—Estoy nerviosa —confesó.
Él arqueó una ceja y ladeó la cabeza.
—¿Porqué?
—¿Y si... y si no te gusta lo que ves?
—Me gustará —respondió él con la voz ronca.
Aquella voz primitiva... Serena se estremeció. La había asustado en el bosque. En
aquel momento, en cambio, inflamaba las llamas de su deseo.
—¿Por qué estás tan seguro?
Él paseó la mirada por todo su cuerpo.
—Me gusta lo que veo ahora. Lo que está debajo me va a gustar todavía más.
Serena no estaba tan segura. No hacía ejercicio, y no hacía régimen. Nunca lo había
necesitado. Cuando lio estaba viajando con el Instituto, estaba tranquilamente en casa, viendo la televisión, leyendo revistas y navegando por Internet. No eran las actividades que le proporcionaban a una mujer un cuerpo de ensueño.
Tenía los muslos un poco más anchos de lo que a ellos les gustaba, y el vientre un poco más redondeado. ¿A qué tipo de mujeres estaba acostumbrado Darién ? Después de todo,
él era inmortal, y probablemente, había estado con miles de mujeres bellas.
Serena apretó los puños. Aunque fuera irracional, Imaginarse a Darién con otra
mujer le provocó irritación.
—Serena—dijo Darién, y la sacó de sus pensamientos.
—¿Qué?
—Concéntrate en lo que estás haciendo —dijo con ironía.
Ella sonrió.
—Lo siento. Me he distraído.
—Deja que te ayude, por favor.
Cerró las manos sobre las de ella y Serena sintió aquel chisporroteo que siempre
seguía a su contacto. En aquella ocasión lo esperaba, pero todavía no estaba preparada para la reacción que le iba a causar: se le pusieron los pezones erectos y sintió calor entre
las piernas.
Él no esperó a que le diera permiso, tiró de la camiseta hacia arriba.
—Espera —dijo Serena.
Al instante, él se quedó inmóvil.
—Tengo que prepararte.
Él estaba a punto de ver su ropa interior, otro tema embarazoso. Era de algodón
blanco. Un día, había oído que un hombre decía que era ropa interior de abuela. Ella nunca se ponía prendas provocativas, m siquiera de ropa interior, cuando estaba trabajando. No era práctico.
—Tengo lencería sexy, te lo prometo, pero en este momento no la llevo puesta.
—¿Y se supone que eso tiene que disgustarme? le preguntó Darién con confusión—.
¿Que no lleves lencería sexy?
—No lo sé —respondió ella, y se mordió el labio inferior—. Quizá. ¿Te molesta?
—Serena, lo que lleves no me importa. No lo vas a tener puesto mucho tiempo.
¿Estás lista? — ¿preguntó? Darién.
Ella tragó saliva y asintió.
Él tiró de la camiseta y se la quitó. Serena se estremeció.
—¿Y bien?
—¿Y bien?
—¿Fea? —dijo ella.
—Preciosa —dijo Darién.
Tomó aire de una forma... ¿reverente? Ella sintió que le ardía la sangre. Con una mano trémula, Darién acarició el algodón blanco que le cubría los pechos. Serena gimió de placer.
Él deslizó los dedos hacia su abdomen y la agarró por la cintura de los pantalones
vaqueros. Con sólo un giro de muñeca, se los desabrochó. Serena notó el calor de su piel hasta los huesos.
Él le bajó los vaqueros por las caderas, pasó de las rodillas abajo y los dejó en el suelo.
—Sal de los pantalones.
Serena obedeció con las piernas temblorosas. La mirada de Darién se quedó
prendida en sus braguitas blancas. Ella tuvo que reprimir el impulso de taparse con las
manos; ojalá él pudiera verla con algo más estimulante. Sin embargo, no parecía que
Darién estuviera pensando lo mismo.
Quítate el sujetador y las braguitas —le pidió mientras se incorporaba.
Quizá no le importara lo que ella llevaba, realmente.
Mientras esperaba a que obedeciera, él se quitó la Camiseta. Entonces a ella se le
escapó un jadeo, y encantada, olvidó lo feas que eran sus braguitas. Y el sujetador. Pero no se lo quitó; estaba demasiado ocupada mirando.
Darién era magnífico. Las cicatrices habían desaparecido de su abdomen; sólo
Quedaban unas finas líneas rojas. Los músculos de su cuerpo bronceado eran un festín para los ojos. Tenía un ombligo muy bonito, rodeado por un suave rastro de vello negro que conducía la mirada directamente hacia la cintura de sus pantalones.
Sin dejar de mirar a Serena, se desabrochó los pantalones y se los bajó hasta que
también cayeron al suelo.
No llevaba ropa interior.
Ella abrió los ojos como platos y sintió que se le secaba la boca. Era muy grande; largo, grueso y muy excitado. Serena había visto el pene masculino en libros, en páginas web que no debería haber visitado y en películas que no debería haber visto, pero nunca en la realidad. Nunca de aquel modo.
— Creo que te he asignado una tarea concreta — dijo Darién, mirándola
directamente entre las piernas, de un modo que la hacía temblar.
Serena sintió un deseo muy intenso; necesitaba acariciar y que la acariciaran,
saborear y que la saborearan. Sintió un agudo dolor en el cuerpo.
— ¿De verdad vamos a tener relaciones sexuales? —preguntó sin aliento, con
esperanza.
—Oh, sí —respondió él, avanzando hacia ella—Oh, sí, preciosa, vamos a tenerlas de Verdad.
Lo se me quede en la mejor parte pero es que mi querida madre quiere ver una pelicula online ya saben cuando me pone esa cara de quiero usar la pc me recuerda a Ikuko con la cuchara cuando regaña a Serena pero mañana les subo otros dos capítulos o 3 ya que hoy solo iba a subir 2 y subí 3 no seguidos pero los subí, hasta mañana chicas \*0*/ corriendo de la ira de mi Ikuko XDDD... asi... regresando... y no se les olvide comentar para ver que tal les va pareciendo la historia para tambien ir pensando en adaptar el segundo libro de la Serie ^^
Isis Gremory
