12

Darién tomó a Serena por debajo de los brazos y la levantó del suelo. Le quitó el

sujetador rompiéndolo por el centro con los dientes. La tela se rasgó con facilidad y se

abrió, y le reveló los pechos más atractivos que hubiera visto en su vida.

Eran un poco más grandes que lo que permitía abarcar la mano de Darién. Sus

pezones eran rosados, y él no pudo esperar un segundo para probarlos. Succionó una de las yemas y la rodeó con una intensidad caliente, húmeda. Serena gimió. Echó hacia atrás la cabeza y se arqueó hacia él, rogándole silenciosamente que continuara. Él siguió lamiéndola con gozo, y a los pocos instantes pasó al otro pezón y repitió las caricias.

La sangre le pedía más, pero Darién la dejó en el suelo otra vez y la empujó

suavemente hacia la bañera. Después le tiró con delicadeza de la cintura de las braguitas.

— Quítatelas, por favor.

Ella cumplió su petición con cierto nerviosismo las deslizó por las caderas y se

deshizo de ellas.

Por los dioses... Darién estuvo a punto de desplomarse al suelo al ver el pequeño

triángulo de vello de color miel entre los muslos, deliciosamente redondeados. Respiró

profundamente al contemplar toda su belleza y, de nuevo, la tomó en brazos. En aquella ocasión, sin embargo, la metió en la bañera y corrió la cortina transparente a su alrededor.

Ella emitió un jadeo cuando notó el calor del agua en la piel. Él lamentó no haber sido el causante de aquel jadeo.

«Pronto», se dijo. «Pronto».

Entró en la bañera tras ella. Serena ya estaba empapada y tenía el pelo pegado contra

la elegante curvatura de su espalda. Tenía un trasero de curvas perfectas, carnoso. A él le gustó; le gustaba que no fuera sólo piel y huesos.

—Preciosa... —susurró.

De repente, las dudas lo acosaron. ¿Debía hacer que se diera la vuelta, o abrazarla así?

¿Debía tumbarla ó dejar que siguiera de pie? Era su primera ducha con una mujer y no estaba muy seguro de cuál era el mejor modo de hacerlo.

«Es mía. Puedo hacerlo todo».

El instinto y cientos de fantasías lo ayudaron en aquella situación. Se aproximó a ella y

frotó su erección contra el pliegue entre sus nalgas. Ella emitió un jadeo tembloroso.

Entonces, él tomó la pastilla de jabón que usaba todas las mañanas para lavarse los res» tos de sus padecimientos nocturnos.

Ella intentó darse la vuelta, pero él la mantuvo en la misma posición apoyando la

barbilla en su cabeza. Al principio, Serena se quedó tensa. Poco a poco, sin embargo, fue relajándose contra él. Darién ya estaba al límite y no quería someterse a demasiada presión. Todavía. Apenas podía dominar al espíritu así; tenía la sensación de que iba a salírsele del cuerpo y acariciarla por sí mismo.

—Fuiste creada para el sexo, ¿verdad? —le ronroneó Darién al oído. Después le pasó

la lengua por uno de los delicados pliegues de la oreja.

—Supongo que ahora vamos a averiguarlo —respondió ella en un susurro.

En realidad, había sido creada para él. No podían haber elegido un cebo más perfecto.

Si la habían enviado para distraerlo, lo habían conseguido. Si la habían enviado para que averiguara información sobre sus amigos y él..., bien, aquello también lo había conseguido.

Darién le había contado más cosas de las que nunca le había dicho a nadie.

Y si la habían enviado para castigarlo, también lo habían logrado. Nunca se había

sentido más avergonzado de sí mismo. Debería estar en cualquier otro sitio en aquel

momento, pero, pese a todo, estaba allí. Iba a hacer el amor con Serena y no le importaban las consecuencias.

Con los brazos rodeándole los hombros diminutos, Darién se enjabonó las manos.

Dejó el jabón en su soporte y comenzó a lavarla lenta, muy lentamente, de pies a cabeza. Le pasó los dedos jabonosos alrededor de los pezones, por la suave curva de las caderas, por la dulce redondez del vientre.

Ella emitió otro de aquellos suaves gruñidos; fue un sonido de deseo, y en aquella

ocasión sí era por él. Apoyó la cabeza hacia atrás, en el hombro de Darién, en una clara invitación para que él hiciera lo que quisiera.

—¿Te gusta que te lave? —preguntó Darién.

—Sí.

—¿Todavía estás sucia?

—Sí.

—¿Por dónde?

—Por todas partes —susurró ella con voz ronca.

Él estuvo a punto de sonreír. Casi. Su deseo era demasiado oscuro como para permitir

el buen humor. Y, mezclados con aquella oscuridad, había respeto y una sensación de

milagro.

Sus caricias fueron un poco más bruscas de lo que él hubiera querido mientras le

enjabonaba los brazos. No pareció, sin embargo, que a ella le importara. Darién se dio

cuenta de que había cerrado los ojos y se estaba mordiendo el labio inferior mientras unos pequeños suspiros se escapaban de su boca.

—¿Te habías duchado con un hombre alguna vez? —le preguntó él mientras se ponía

de rodillas con la pastilla de jabón en la mano.

Ella se quedó inmóvil.

—No.

Darién se alegró. Descubrirían juntos aquellos placeres. Antes, incluso, de que el

demonio se hubiera convertido en una parte de su ser, él no había demostrado mucha

ternura hacia las féminas. Las tomaba rápidamente, porque sólo eran algo agradable, nada mas Algo que deseaba, no que necesitaba.

Después de la maldición, el afecto se convirtió en algo impensable. Darién siempre

había temido que el espíritu se desatara si él se recreaba con una mujer. Sólo entonces se había dado cuenta de lo precioso que era el tiempo, de cómo debería haber disfrutado de la vida cuando había tenido la oportunidad.

Nunca había temido más a Violencia que en aquel momento, pero no permitió que le

impidiera disfrutar y saborear el tiempo. Estaba muy excitado, pero se juró que no

mostraría ninguna brusquedad con Serena.

«Me controlaré, cueste lo que cueste. Controlaré al espíritu».

Besó la curvatura de su espalda, a la altura de la cintura, y le lamió la espina.

—Mmm —susurró ella—. Me... me gusta eso.

A él también le gustaba.

Le gustaba todo de ella.

Después de enjabonarle las pantorrillas y los muslos mientras se mordía el interior de

las mejillas para no morderla a ella, se aclaró las manos. E, incapaz de resistirse un

segundo más, introdujo dos dedos en el calor de su cuerpo.

—Oh... ¡Oh!

Serena dio un respingo para alejarse de aquella caricia erótica, pero rápidamente

volvió a apoyarse contra él, y abrió las piernas, pidiéndole en silencio que siguiera.

Estaba tan resbaladiza como la espuma del jabón. El la acarició y le pellizcó con

suavidad la parte más sensible del cuerpo; ella se tambaleó.

—¿Todavía te gusta? —le preguntó.

La tensión se apoderó de él.

«Tómala. Tómala ahora».

—Me encanta. Me encanta —respondió ella débilmente.

Él movió los dedos hacia arriba, tan profundamente como pudo. Ella jadeó su nombre.

—Prieta —dijo él entre dientes. Casi le pareció que sentía... No, no era posible—.

Caliente.

—Me gusta...

En cualquier momento, las llamas iban a devorarlo, unas llamas más abrasadoras que

las del infierno. Estaba temblando. Estaba duro, tan duro que le dolía. Estaba preparado para atacar.

Si reaccionaba de una manera tan intensa poseyéndola sólo con los dedos, ¿cómo

sería cuando la penetrara?

«No pares. No puedes parar».

Darién apretó los dientes y metió otro dedo más en su cuerpo, para ensancharla... y

entonces, ya no pudo negar que notaba la barrera que marcaba su virginidad. Apretó los dientes; ladeó la cabeza y se dio cuenta de que le estaba mirando entre las piernas con desconcierto.

¿Era virgen? No, no era posible; Serena era una mujer adulta. Sin embargo, notaba

perfectamente que aquella barrera existía.

Se retiró de su cuerpo y se puso en pie. No la tocó; sólo la miró de pies a cabeza. Como él, ella estaba temblando.

Por su mente enfebrecida pasaron miles de pensamientos. ¿Cómo era posible que una mujer tan bella siguiera siendo virgen? ¿Y por qué le habían enviado los Cazadores una mujer sin experiencia para que lo sedujera?

Serena no tenía por qué saber cómo hacerlo.

¿Por qué le enviarían los dioses una virgen para castigarlo? ¿No sería eso, más bien,

castigarla a ella?

Con evidente confusión por su repentina retirada, Serena volvió la cabeza hasta que

sus ojos se encontraron. En sus preciosos rasgos había dolor y placer.

—¿He hecho algo mal?

Él negó con la cabeza. Todavía no podía hablar. Se sentía tan posesivo que no podía

creerlo. Ningún hombre la había conquistado antes. Nadie había probado su dulzura.

—Entonces ¿por qué has parado?

Ella se dio la vuelta completamente y Darién vio que tenía los pezones erectos,

enrojecidos y mojados. Se erguían hacia él, suplicantes...

Él había estado a punto de tomar su virginidad y ni siquiera la había besado. Ninguna

mujer, ni siquiera un cebo, ni siquiera un castigo divino, se merecía aquello. Y, en aquel momento, Darién no creía que ella fuera ninguna de las dos cosas.

Sin embargo, Serena estaba en el bosque aquella noche, y la seguían cuatro Cazadores.

Ambas situaciones tenían relación, seguro, pero... ¿qué relación? ¿Acaso Serena era su blanco?

De ser así, ¿cuál era el motivo? Ella no custodiaba ningún demonio. Él lo habría

sentido, ¿verdad? Ya no estaba seguro. No sabía nada, salvo que deseaba a aquella mujer con toda su alma desde el primer momento en que la había visto. Serena tenía algo que lo trastornaba profundamente. Trastornaba incluso a su espíritu.

—¿Darién?

Él quería tomar su virginidad, pero no iba a hacerlo. Aquel día no. Ella había estado

enferma poco tiempo antes. Además, no sabía cómo iba a reaccionar ante el hecho de estar dentro de ella sabiendo que era el primero. Serena también sería la primera para él; nunca había tomado a una virgen. Tendría que encontrar la mejor manera de hacerlo, de mantener a Violencia dominada. El espíritu disfrutaría hiriendo a Serena, infligiéndole aunque fuera el más ligero de los dolores. Quizá tuviera que encadenarse a sí mismo.

En cuanto a aquel momento...

Él la empujó con delicadeza hacia la pared de azulejo blanco. Ella lo miró con los ojos

muy abiertos, y aunque los labios de Darién no se habían curado por completo, la besó.

Ella abrió la boca con sorpresa, y después la abrió más y acogió su lengua ávidamente. Él la hundió dentro e inclinó la cabeza para poder llegar más profundamente, para alimentarla con todo lo que ella necesitara. El sabor femenino de Serena lo cautivó.

Hubo otra chispa entre ellos.

Serena jadeó, y él se bebió el sonido. Su torso se aplastó contra los pechos de ella, y

Darién notó sus pezones, tan duros que le picaron en la piel, y notaba también el ritmo

desbocado de los latidos de su corazón.

Él flexionó las rodillas y frotó su erección contra' ella, y consiguió que volviera a

jadear y que se estremeciera. Serena hundió las manos en su pelo, se agarró para

acercárselo más. Sus dientes entrechocaron; el beso continuó... no se detuvo... duró una eternidad... un beso hechizado, de sueños y de fuego.

Sí, de fuego. Había mucho fuego. Darién tenía un infierno por dentro. Le mordió el

labio inferior, algo que no hubiera podido evitar ni aunque hubiera querido, cosa que ya no quería. Una gota de sangre le cayó en la lengua. Saboreó el gusto metálico.

Bueno; aquello era tan bueno...

Ella gimió y lo mordió también, devolviéndole la oscuridad de su pasión con un fervor

que lo dejó anonadado. «Calma, suavidad», se dijo Darién. Entonces, la tomó por las

mejillas y con gentileza, la obligó^ a ladear la cabeza; la mordisqueó y le lamió todo el

cuello hasta que llegó a la clavícula, y aquello fue casi su ruina. La piel de Serena era como una droga, y con una pequeña muestra, hacía que deseara tomar más, hacer más.

Experimentarlo todo.

Serena se arqueó contra él entre jadeos. La erección de Darién exploraba entre sus

piernas, desesperada por entrar.

No, todavía no. «Es virgen, ¿recuerdas? Es virgen».

Serena le clavó los dientes en el cuello, y él estuvo a punto de llegar al orgasmo.

Estuvo a punto de derramarse allí mismo. Ella estaba desatada, frenética. Deslizó las

manos hasta su espalda e hincó los dedos en su carne. Le hundió las uñas en la piel.

Él no sabía si era consciente de sus actos. Movía la cabeza de un lado a otro y tenía los ojos cerrados.

—Haré que sientas todo el placer —le dijo él mientras luchaba por controlarse.

—Sí, sí... Acaríciame...

—Un momento, por favor.

Entonces Darién apretó los dedos alrededor de su erección, porque sabía que, de no

hacerlo, la tomaría sin poder dominar la situación. Bombeó una, dos veces. Emitió un

silbido bajo.

— ¡Darién! ¡Date prisa!

—¿Con las manos o con la boca? —preguntó él con un hilo de voz. El agua caía sobre

ella, se le derramaba por el abdomen, desafiándolo a que se la bebiera.

—¿Cómo? —preguntó ella, y de repente abrió los ojos y lo miró.

—¿Quieres que te acaricie con las manos o con la boca? —mientras se lo preguntaba,

siguió bombeando su miembro hinchado, deseando que fuera ella quien lo hiciera. Con la boca. Con su cuerpo.

—¿Con las manos?

Darién no sabía mucho sobre los humanos, pero reconoció el verdadero deseo de

Serena. Quería que la tomara con la boca. Y él también lo deseaba. Aquella necesidad, probablemente, la avergonzaba; bien, él también conquistaría aquel espacio íntimo, muy pronto.

Se arrodilló una segunda vez.

—¿Qué haces? —susurró Serena, escandalizada.

Sin embargo, en el trasfondo de su voz había excitación.

En vez de responder, él le lamió justo donde más lo necesitaba. Era algo que había

querido hacerle a una mujer durante mucho tiempo, pero no se había atrevido porque

temía la reacción de Violencia. En aquel momento, sin embargo, estaba demasiado

cautivado como para tener miedo, y de repente se alegró de haber esperado. Serena tenía un sabor puro, inocente. Sabía a miel, a pasión, a calor resbaladizo. Era adictiva. Era suya.

—Con la boca —gimió ella—. Con la boca. He cambiado de opinión.

Entonces él volvió a lamerla y ella tembló. Se apoyó con las palmas de las manos en la pared para no caer. Arqueó hacia delante las caderas ofreciéndose más a su lengua. Él la complació. La abrió con una mano, mientras con la otra continuaba acariciándose, y succionó el centro más ardiente de su cuerpo. Ella jadeó, gimió, se arqueó, se retorció.

—¿Más? —le preguntó él.

—Más... sí. Por favor.

Estaba cerca, muy cerca. El sentía que Serena se acercaba cada vez más al éxtasis,

saboreaba la abundancia de dulzura. «Muerde». Aquel impulso lo asustó| Dejó de mover la lengua, de acariciar el clítoris henchido. Ella se quejó con frustración y él cerró las mandíbulas con dolor y excitación.

Las gotas de agua le caían desde las cejas a la barbilla. Quería apartárselas, quería

verla con más claridad pero no quería quitar las manos de los lugares en que las tenía. El aire le quemaba la garganta, los pulmones.

—Dime que me deseas.

«Mientras me calmo».

—Te deseo —respondió Serena, casi a gritos. Lo miraba fijamente, como si no pudiera

creer que estaban teniendo aquella conversación en aquel preciso instante.

—Dime que me necesitas.

—Te necesito.

—Dime que nunca me traicionarás.

—Nunca te traicionaré.

Al menos, no había titubeado. Algo en su interior se suavizó, se derritió.

—¿Dónde quieres estar? —le preguntó; y sus palabras eran casi una súplica.

«Necesítame tanto como yo te necesito a ti».

Quizá fuera el agua, tal vez el vapor. Darién tuvo la sensación de que a ella se le

llenaban los ojos de lágrimas, de que una cortina de vulnerabilidad le caía por el rostro.

—Contigo —respondió—. Sólo contigo.

Tanto espíritu como hombre se sintieron atravesados por la magia de aquellas

palabras. Recibieron una lección de humildad. De nuevo, Darién enterró la cara entre sus piernas, y le hundió la lengua más profundamente que antes. Ella suspiró de pasión y le posó una pierna en la espalda. Hundió el talón en su hombro, pero a él no le importó; incluso le gustó.

El deseo de Serena le fluía por la garganta mientras él la mordisqueaba. Ya no podía

detenerse, estaba indefenso ante sus acciones. No quería hacerle daño, y tampoco el

espíritu lo deseaba. Por una vez, estaban de acuerdo, y lo único que ambos querían era proporcionarle placer.

Ella llegó al límite. Cayó. El orgasmo sacudió todo su cuerpo. Sus paredes le

presionaron la lengua, lo mantuvieron cautivo en aquellas puertas del cielo. Y cuando

Serena gritó su nombre, Darién también llegó al clímax. Su simiente cálida brotó de él y cayó a la bañera. Su cuerpo se tensó, los músculos presionaron los huesos con una fuerza férrea. Nunca había sentido nada tan bello, tan perfecto.

Pasaron segundos... minutos... horas. En aquella eternidad atemporal se convirtió en

Placer. Era sólo un hombre que deseaba a aquella mujer. Un hombre que vivía en un

mundo luminoso, donde el bien siempre vencía al mal.

Ojalá...

Cuando abrió los ojos, era Darién una vez más. De nuevo, un hombre regido por la

oscuridad, que habitaba un mundo donde siempre triunfaba la medianoche, y donde el mal se reía en la cara del bien.

Aún estaba de rodillas. Serena seguía frente a él. Darién oía su respiración

entrecortada, y se dio cuenta de que él mismo estaba jadeando. Se puso en pie y notó que no dejaban de temblarle las piernas.

Tampoco Serena dejaba de temblar. Tenía los ojos cerrados y en su semblante había

una expresión dichosa. Sin embargo, Maddox no podía librarse del súbito pensamiento de que había sido demasiado brusco, de que debería haber sido más tierno...

—Por favor, mírame —le pidió.

Ella abrió los ojos, y aquellas esferas de color ámbar se clavaron en él mientras se

mordía el labio con una expresión de inseguridad.

—¿Sí?

—¿Te he hecho daño? ¿Te arrepientes?

—No y no —dijo ella, con una de sus sonrisas deslumbrantes, como un rayo de sol en

la noche tenebrosa.

—¿Cómo es posible que sigas siendo virgen? —le preguntó, anonadado.

Lentamente, a Serena se le borró la sonrisa de los labios. La vergüenza se le reflejó en los ojos.

—No quiero hablar de eso.

—Por favor.

Ella se miró los pies para esconder sus emociones tormentosas.

—No debería haberte pedido que no me ordenaras las cosas. ¡Es irresistible!

Él recordaría aquello.

—Quizá hubiera debido decírtelo antes, antes de que..., pero...

Él se le encogió el corazón. ¿Debía escuchar su confesión, fuera la que fuera? Sí.

¿Quería? No. En .Aquel momento no. Cerró el grifo y la apretó contra la pared. No podía

predecir cuál sería la reacción del espíritu si aquella preciosa criatura le decía que había conspirado contra él.

—Serena...

—No —dijo ella, sacudiendo la cabeza—. Escúchame. Pero antes, prométeme que no

vas a odiarme, e intenta entender que no puedo evitarlo. Allá va. No eres el único que estás poseído por algo que no puedes controlar. Yo oigo voces. Cuando me quedo quieta en un lugar donde ha tenido lugar una conversación, oigo todas las palabras que se han pronunciado aunque haya pasado mucho tiempo.

Mientras hablaba, miraba a todas partes, menos a él.

Darién la escuchó con un profundo asombro. Serena no había confesado que fuera

cebo ni que fuera un castigo divino ni que quisiera vengarse de él, sino que oía voces. Él supo con toda seguridad que no mentía. Aquello era demasiado complicado, y muy fácil de comprobar. Un cebo verdadero habría optado por algo mucho menos refutable. Además, lo que describía tenía sentido y hacía que encajaran muchas piezas del rompecabezas.

Lo cual significaba que ella había intentado protegerlo simplemente porque quería, y

aquello lo llenó de alegría y alivio.

En aquel momento, Darién entendió por qué ella no se había quedado hundida

cuando él había admitido que había asesinado a aquellos hombres. Ni siquiera los conocía.

Y tal y como él sospechaba, seguramente ellos querían capturarla y usar su habilidad.

— ¿Y por qué tenías miedo de que te odiara? —le preguntó.

—Oigo secretos —susurró—. Es difícil tener amigos, ¿sabes? La gente que sabe lo que puedo hacer no quiere tener que ver conmigo, y la gente que no lo sabe no me entiende.

La soledad que transmitían sus palabras lo entristeció. Él la entendía muy bien. Sin

embargo, no le gustaba la idea de que ella oyera..., supiera las cosas violentas que había hecho durante su vida.

—¿Y qué secretos míos has oído? —le preguntó intentando mantener un tono de voz

desenfadado, aunque no lo consiguiera.

—Ninguno, te lo juro —dijo ella, y lo miró fijamente—. Cuando estoy contigo, el

mundo es silencioso.

Aquello ya se lo había dicho. Darién recordó la expresión de su rostro la primera vez

que él se le había acercado. Era de una gran felicidad. Estaba disfrutando del silencio, tal y como le había dicho. Al saberlo, se sintió asombrado, lleno de humildad, pero también orgulloso. Él la había ayudado. Él, que era incapaz de liberarse de su propio tormento, había liberado a otros.

—Has dicho que oyes secretos. ¿Qué secretos has oído sobre nosotros?

—Ya te lo he dicho. La mayoría de la gente de la ciudad os considera ángeles. Unos

cuantos os tienen por demonios. Sin embargo, todos sienten reverencia por vosotros.

—¿No hay planes de atacar?

—No que yo sepa.

—Bien.

Él extendió los dedos por su cintura, la levantó y la sacó de la bañera. Después le puso una toalla sobre los hombros y tomó otra para sí.

— ¿«Bien»? ¿Eso es todo lo que tienes que decirme?

—Sí.

Ella se quedó boquiabierta.

—Bueno, ahora que ya te lo he contado, me gustaría llamar a mi jefe y decirle que

estoy bien.

Darién sacudió la cabeza.

—Me temo que eso no es posible. Nadie puede saber que estás aquí. Es por tu

seguridad y por la nuestra.

—Pero...

—Esto no está abierto a discusión.

Serena iba a hablar de nuevo, como si quisiera protestar. Sin embargo, se limitó a

decir:

—Bien.

Por su tono de voz, Darién supo que no estaba bien. Probablemente, pensaba en

buscar un teléfono en cuanto él se diera la vuelta.

—Te prometo, Serena, que es lo mejor que podemos hacer para todos los que estamos involucrados.

Ella siguió secándose de espaldas a él. Sus movimientos eran un poco lentos, medidos, como si su mente estuviera muy lejos de allí.

—¿Qué ocurre?

—Muchas cosas. Necesito llamar a mi jefe, y voy a hacerlo en cuanto encuentre un

teléfono. No puedes impedírmelo.

—Eso es...

En aquella ocasión fue ella quien lo interrumpió.

—E incluso tú, inmortal, tendrías que pensar que soy rara después de lo que te he

dicho, así que no sé por qué lo niegas.

Él se secó el pelo y se puso la toalla alrededor del cuello.

—No eres rara. Yo creo que eres bella, lista, y, lo más importante, deliciosa.

Ella se tapó el torso con la toalla, robándole el placer de mirarla.

—¿De veras?

—De veras —respondió él. Sus miradas se encontraron—. Si supieras la mitad de las

cosas que ocurren aquí, tú...

Apretó los labios. Demonios, no debería haberle dicho aquello.

¿Te refieres a que hay más que los apuñalamientos y las resurrecciones? —preguntó

Serena con ironía.

Mucho más.

—Bueno, ¿qué vamos a hacer ahora?

Aunque él deseara pasar el resto del día con ella, sabía que no podía. Tenía deberes

que cumplir. Todavía era un guerrero que tenía que defender su casa. Después de

acompañarla al dormitorio, se vistió, tomó una camisa, unos calzoncillos y unos

pantalones del armario y se los lanzó a Serena.

—Ponte eso.

Ella no agarró en el aire ni una sola de las prendas y tuvo que agacharse a recogerlas.

A cada movimiento, la toalla blanca se le subía por las piernas. Él se excitó. Otra vez.

Debería estar cansado, pero no. Con Serena no. Ella lo excitaba pese a todo.

—Hay algunas cosas que tengo que hacer —dijo,

—¿Y puedo ir contigo? —preguntó ella.

—Sí y no.

—¿Qué significa eso?

—Te voy a encerrar con Minako mientras hago algunas... tareas. Así tendrás compañía

y estarás con alguien que podrá ayudarte si te pones enferma otra vez.

Primero, en su rostro apareció una expresión de pánico. Después, de ira.

—No tienes por qué encerrarme. ¿Y por qué tienes a Minako encerrada? ¿Es una

prisionera?

—Sí.

—Pero, Darién, me dijiste que yo era la primera mujer a la que...

—Yo no la encerré, no te he mentido. Y ahora, ni una palabra más, por favor. Vístete, o te sacaré desnuda de la habitación.

—Debería discutir contigo, pero no voy a hacerlo. No porque tú seas el jefe, sino

porque quiero ir a ver a Minako.

Serena se vistió rápidamente.

—Esta ropa es enorme —protestó cuando terminó.

—Por ahora es lo que tenemos. Tendrás que arreglártelas.

—Hablaremos más tarde de todo esto —dijo ella, y no como una petición sino como

una orden.

—Sí —respondió Darién, intentando no sonreír—. Hablaremos.

—Vas a responder a todas mis preguntas sin evasivas.

—Y tú pórtate bien mientras no estoy contigo. ¿Recuerdas que te dije que era

peligroso enfadarme?

—¿Y qué, me vas a dar unos azotes si soy una niña mala?

Aquel comentario provocativo sorprendió a Darién. Por todos los dioses, ¿de dónde

había salido aquel pequeño polvorín? La había visto asustada, pasmada, enferma, excitada, pero no batalladora como en aquel momento. Asombrosamente, el espíritu no estalló ante su desafío. No le obligó a hacer daño. Darién pensó que quizá Violencia... No. Imposible.

El espíritu de Violencia no sonreía.

—No preguntes lo que te haría —dijo cuando pudo hablar nuevamente—, Y no me

tientes.

Ella se puso de puntillas y acercó la boca a su oreja Él sintió sus pezones rozándole el

torso. Esperó, sin aliento, a ver lo que iba a hacer Serena después. Quizá no supiera de dónde había salido el polvorín, pero sabía que lo excitaba mucho.

—Quizá me guste tentarte —le susurró, y le mordió el lóbulo de la oreja—. Piénsalo

mientras estoy encerrada.

Lo pensaría. Oh, sí. Lo pensaría.